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El boomerang afgano:
EEUU, el islam militante y los errores de Osama ben Laden
Yacov Ben Efrat
Challenge,
núm. 70 (suplemento especial)
Traducción: CSCAweb (www.nodo50.org/csca),
10 de noviembre de 2001
No es fácil comprender
la alternativa que EEUU tiene en Afganistán, quizás
porque no tiene ninguna. Por eso mismo, Washington retrasó
su respuesta militar durante casi un mes. Incluso hoy es difícil
definir los objetivos de esta guerra o el patrón por el
cual habremos de medir el éxito o el fracaso de la misma.
Parece extraño que para atrapar a un hombre y sus seguidores
escondidos en cuevas un gran poder tenga que movilizar a enormes
portaaviones y divisiones enteras del ejército a través
de los mares
Hasta hace poco, el nombre de "Afganistán"
tenía un tono exótico para muchos, pero no para
los políticos norteamericanos. Durante una década
(1979-1989) los norteamericanos apoyaron la guerra afgana contra
la Unión Soviética, contribuyendo así al
colapso soviético. Bien podría decirse que el Nuevo
Orden Mundial tuvo sus inicios en este desolado país,
pese a que poco tiempo después tuvo su punto culminante
en la Guerra del Golfo.
Entre los muyahidín que lucharon contra la Unión
Soviética había quienes se negaban a aceptar ese
nuevo orden mundial, y vieron la victoria afgana como un símbolo
de la superioridad islámica. La guerra anti-soviética
era una lucha contra un Imperio Infiel. El apoyo que [los muyahidín]
recibieron de EEUU les pareció entonces una mera conjunción
temporal de intereses.
La existencia de estos grupos disidentes con sus excéntricas
interpretaciones no levantó suspicacias en Washington.
Había dos razones para semejante complacencia. Una, el
desequilibrio de fuerzas: un poder mundial no podía sentirse
amenazado por grupos de guerrilleros poco armados. Dos, que los
antiguos aliados [de EEUU] siguieron colaborando en la campaña
norteamericana por aplastar a la Federación yugoslava,
primero en Bosnia, más tarde en Kosovo, y animaron también
la guerra contra Rusia en Chechenia, donde cooperaron con compañías
petrolíferas norteamericanas que pretendían asegurarse
el control de los recursos energéticos del Mar Caspio.
En Afganistán uno de estos grupos, los talibán,
se hizo con el poder por la fuerza en 1996. Los talibán
dieron cobijo y apoyaron a Osama ben Laden, quien en 1998 emitió
una opinión religiosa o fatua convocando al jihad
contra EEUU. Sin embargo, otro factor contribuyó a la
ceguera de Washington: sus aliados regionales (Arabia Saudí,
Pakistán y los Emiratos Árabes Unidos) apoyaban
a los talibán con dinero y armas. De hecho, fueron los
únicos en reconocer al gobierno talibán.
¿Cómo pudieron los principales de EEUU brindar
su apoyo a los talibán, que apoyaban a su vez el decreto
de Osama ben Laden relativo al jihad? ¿Por qué
EEUU no se tomó la amenaza en serio? Para responder a
estas preguntas, necesitamos examinar las raíces de la
guerra actual. Sea cual sea el papel de Osama ben Laden a la
hora de iniciar el conflicto, es un error atribuir los ataques
sin precedentes del pasado 11 de septiembre únicamente
a sus puntos de vista extremistas. El extremismo crece en una
realidad política, social y económica específica
en la que hoy por hoy viven la mayoría de los pueblos.
No es, ni con mucho, algo propio únicamente del Islam.
Lo vemos también entre los yugoslavos que han girado hacia
el ultra-nacionalismo, o en Italia y Austria, donde los fascistas
están nuevamente en el gobierno, o entre quienes perpetraron
las masacres en África, e incluso en el mismo EEUU donde
existen fundamentalistas cristianos esperando ansiosamente el
día del Armageddon. El extremismo es una epidemia de dimensiones
globales
I. Afganistán, tierra abandonada
Desde 1979 a 1989, EEUU se mantuvo tremendamente ocupado en
Afganistán, controlado entonces por fuerzas soviéticas.
EEUU veía la presencia soviética en el país
como una amenaza para su influencia en Asia Central y fundamentalmente
como una amenaza para sus aliados, Pakistán y Turquía.
La Revolución iraní había acabado hacía
poco con el Shah. El trauma iraní hizo que aumentara la
ansiedad norteamericana cuando Afganistán cayó
en manos soviéticas. Como contrapeso a lo anterior, Anwar
el-Sadat firmó los acuerdos de Camp David y se pasó
al bloque occidental. Pero debido al aislamiento que siguió
[a la firma de los acuerdos] en el mundo árabe, EEUU seguía
sin tener claro cuál sería el futuro de la región.
Para cumplir con su objetivo de influir en Afganistán,
EEUU necesitaba una política exterior más agresiva.
Lo cual a su vez exigía una transformación interna.
Ocurrió a finales de 1980, cuando el conservador republicano
Ronald Reagan venció al demócrata Jimmy Carter.
Reagan entró en la Casa Blanca armado con un programa
político extremadamente anti-soviético. De manera
inmediata, encontró un aliado cercano en el líder
de Pakistán, el general Zia al-Haq, que había depuesto
al gobierno legítimo de Ali Bhutto tres años antes.
La Administración Carter había impuesto sanciones
sobre Pakistán debido a su programa nuclear y a los abusos
contra los derechos humanos. Reagan canceló inmediatamente
las sanciones. Pakistán se convirtió en el tercer
país que más ayuda exterior recibía de EEUU
(Fuente: Digital National Security Archive). A cambio,
Pakistán apoyaría la política norteamericana.
Con el fin de ganar legitimidad a nivel doméstico para
su régimen dictatorial, el general Zia comenzó
a depender de las tendencias islamistas. Al tiempo que se suprimían
partidos políticos y se eliminaban las libertades, Zia
intentó dotar al régimen de una nueva identidad.
Entre los movimientos religiosos, eligió al Jamaat
al-Islam, un partido fundamentalista de derechas fundado
en 1941. Zia otorgó a la Jamaat amplios poderes
para administrar el sistema educativo, incluyendo las universidades,
y le ayudó a ganar influencia sobre los medios de comunicación
(Alavi).
El poder del partido se extendió a todos los ámbitos,
incluido el ejército, y levanto las suspicacias de la
oposición pakistá
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