NUESTRA POSICIÓN RESPECTO A IRAQ
Una premisa.
No somos obreristas. Al contrario que algunos ‘revolucionarios’ que hay por ahí, nosotros no sólo vemos al proletariado en el obrero industrial de mono azul de las grandes fábricas europeas, norteamericanas o asiáticas. Lo que algunos llaman, en su delirio, “lúmpen”, es hoy la gran masa del proletariado, la clase explotada que debe, para sobrevivir, buscar comprador para la única mercancía que posee: su fuerza de trabajo. Que no encuentre comprador y se encuentre, por este motivo, “marginado” y excluido de la producción capitalista, no significa absolutamente nada. El proletario no deja de serlo cuando está en paro, no se “desclasa”. Su definición como clase surge de la práctica, de su antagonismo con las relaciones sociales del capital y por tanto de su antagonismo y enfrentamiento con la clase que representa estas relaciones, la burguesía. Esas visiones fosilizadas, por otro lado idénticas a cuantas podemos recibir de los mass media burgueses, definen al contrario al proletariado en cuanto simple productor de plusvalor, mientras que todos los que son arrojados fuera de esa producción son etiquetados, como haría un coleccionista de bichos, de mil y un maneras: ‘indígenas’, ‘inmigrantes,, ‘mujeres’, jóvenes’, ‘lúmpen’, ‘negros’, ‘moros’, ‘bereberes’, ‘marginales’, ‘sin techo’, ‘sin tierra’, etc. etc.
Como no somos obreristas nos es imposible percibir única y exclusivamente las luchas proletarias en esas que se desarrollan en el terreno económico –por motivaciones salariales y otras condiciones laborales-. Las huelgas, piquetes, manifestaciones…forman parte de las formas de lucha de nuestra clase. Claro. Pero no sólo. El proletariado no sólo es explotado por el capital en la fábrica, y la explotación asalariada, siendo el pilar sobre el que se asienta el capitalismo, no es la única forma en que el proletariado es diariamente machacado. El terreno en que el proletariado manifiesta su antagonismo hacia la sociedad capitalista es tan amplio como esa misma sociedad. Las formas de lucha en que este antagonismo se expresa son múltiples.
Por otro lado, las luchas obreras puras no existen. Aun cuando el 100% de los que participan en una lucha sean proletarios, la ideología –burguesa siempre –está constantemente presente, y los aparatos de encuadramiento burgués no dejan de actuar, tratando de canalizar y reabsorber la lucha en provecho del sistema. Hay quien no verá un combate proletario, una acción proletaria verdadera, hasta que no vea las filas compactas de los obreros industriales en mono azul marchar marcialmente a la toma del poder, ondeando las rojas banderas y cantando la internacional. Está bien: nunca lo verán entonces y, en todo caso, si eso fuera posible, de nada vale la intervención de los revolucionarios. Los combates proletarios actuales no están exentos de contradicciones, ni mucho menos. Lo que hoy es una simple jugada de alguna facción ideológica del capitalismo, puede devenir en lucha proletaria autónoma. Lo que es lucha proletaria puede degenerar, a través de la intervención de los aparatos de encuadramiento de la burguesía, en una simple manifestación de apoyo al sistema.
La premisa no es: cuando la lucha sea como nosotros quisiéramos, cuando participen sólo quienes a nosotros nos gustan, enarbolen las consignas que nos satisfagan, las banderas que nos ponen…entonces intervendremos. Esa intervención es inútil, es mierda rebozá. La premisa es otra: la práctica revolucionaria debe ir dirigida, desde el seno de las luchas con todas sus carencias, debilidades, errores, a que el proletariado que está ya luchando reconozca su programa, su proyecto, sus objetivos así como sus enemigos sean cual sean, y que el proletariado aún ausente, pasivo, entre en lucha. Práctica revolucionaria para clarificar, para que el proletariado haga suyo, en la práctica, su propio programa histórico; para extender y profundizar la lucha, para acelerar los tiempos, facilitar la convergencia de los diferentes momentos de lucha a nivel internacional. Para facilitar la tarea revolucionaria, no para entorpecerla.
Lo que es inadmisible es esperar, al modo de los educacionistas libertarios, que primero se tome conciencia, se “recupere la identidad de clase”, y sólo después se entre en lucha, con todo muy clarito y…¡palante! Esto es absurdo y paralizante, y por ello reaccionario: el proletariado actúa cuando tiene necesidad de hacerlo, empujado por la explotación y la opresión a la que le somete el capital y su Estado. Y sólo en la acción, en la lucha real, puede ‘tomar conciencia’ para seguir luchando hasta las últimas consecuencias. Sin errores, sin pasos en falso, no hay revolución.
Iraq, a día de hoy.
La guerra, más bien invasión, de Iraq tiene como motivaciones, según nuestro punto de vista, la necesidad capitalista de emprender cíclicamente destrucciones masivas, por un lado; y por otro, la necesidad de las grandes potencias imperialistas de asegurar su trozo del pastel. Las contradicciones interburguesas que sirvieron de espoleta a esta carnicería, aún en curso, han sido analizadas hasta la nausea por toda la izquierda y extrema izquierda del capital, así como por las organizaciones revolucionarias. Nosotros aportamos en su momento nuestro análisis, más o menos acertado, sobre el asunto, y nos plantamos.
Pero una motivación que muy pocos han tenido en cuenta es, ni más ni menos, la guerra contra el proletariado. No se ha tenido en cuenta por qué, en el 91, la coalición internacional, mucho mayor que la actual, se abstenía de invadir Iraq, bombardeaba a los miles de desertores y dejaba vía libre a los sicarios de Sadam para masacrar a los insurrectos que se habían levantado en varias ciudades. No se ha tenido en cuenta el por qué de más de 10 años de embargo que, mientras mantenía bien alimentados a Sadam y a los suyos, mataba de hambre y enfermedad a un millón de explotados iraquíes. Finalmente, no se ha tenido en cuenta la deserción de la práctica totalidad de soldados del ejército iraquí. Se podrá aducir que tal deserción no fue tal, sino una estratagema militar para dejar pasar al enemigo y después acosarlo mediante la guerra de guerrillas. Esto supondría, por un lado, que la tradición desertora del proletariado iraquí, desarrollada en la guerra Irán-Iraq y en la primera guerra del golfo, ha pasado a mejor vida; y, por otro, que la totalidad de los soldados enrolados en su mayor parte a la fuerza eran, en realidad, fanáticos baazistas prestos a cumplir a rajatabla las órdenes del Estado mayor. Sencillamente, ridículo.
Tras la invasión innumerables prácticas de lucha se han desarrollado. Las que los estúpidos consideran las únicas genuinamente obreras: huelgas en todos los sectores productivos que aún funcionan; manifestaciones exigiendo a los nuevos patronos trabajo, subsidios de paro, agua, electricidad, etc. Algunas de ellas, todo hay que decirlo, salvajemente reprimidas a golpe de metralleta por las tropas de la coalición y la nueva esbirrada local. Se han desarrollado asambleas obreras, y algunas organizaciones proletarias, más o menos integradas en el capitalismo, han echado a andar.
Pero naturalmente la cosa no se ha quedado ahí, por mucho que algunos alucinados quieran ajustar la acción proletaria a sus puritanos deseos: saqueos masivos, acciones colectivas para satisfacer inmediatamente necesidades colectivas, expresión de lucha genuinamente proletaria. Ajusticiamientos, con tiros, bombas o mediante linchamiento, de antiguos jefes baazistas –algunos de ellos responsables directos de la represión del 91 -así como de los nuevos amos. Emboscadas contra las tropas ocupantes y la nueva policía iraquí (responsables, no lo olvidemos, de innumerables muertes, torturas, desapariciones, redadas, violaciones). Ataques contra las embajadas e instituciones internacionales involucradas en la invasión y represión. Sabotajes contra la industria petrolera, restando rentabilidad día a día al negocio que, según el parecer de casi todos, motivó la invasión.
Los levantamientos y luchas callejeras se añaden cotidianamente a todo este cuadro. A la par, la solidaridad –en forma de colectas, caravanas y ayuda armada a algunas ciudades sitiadas y bombardeadas a saco –se ha extendido por todo Iraq. El enfrentamiento interétnico e interreligioso avivado por la coalición –algunos atentados contra mezquitas llevan más el sello de la CIA que de Al Qaeda, aunque para el caso es lo mismo –y sus medios de propaganda no es aún, por fortuna, una realidad.
A la lucha multiforme de los explotados se añade, qué duda cabe, la acción de un puñado de grupos y grupetes que son de todo salvo proletarios. Es decir, a la acción proletaria hemos de añadir, si no queremos faltar a la verdad, la de una serie de facciones burguesas locales.
De algunos, escasos, reductos de fieles de Sadam a la fantasmal y cada vez más increíble Al Qaeda, pasando por el famoso ‘ejército del Mahdi’ de Al Sadr. Lo de Al Qaeda es increíble, en tanto que sus acciones no dejan de beneficiar a los EEUU, permitiéndoles, primero, invadir Afganistán sin ninguna oposición –y fortificar el consenso en el ‘frente interno’ –y, ahora, bombardear impunemente barrios obreros enteros con la excusa –excesivamente parecida a la esgrimida siempre por el Estado de Israel –de combatir a los terroristas.
En cuanto a Al Sadr y su “ejército”, este calca la actividad de grupos como Hezbolá y Hamás, logrando, con una mezcla de actividad caritativa, policial y guerrillera, controlar las zonas donde se asienta y presentarse simultáneamente como oposición radical al invasor.
La actividad de estos grupos y grupetes es una realidad. Algunos coches bomba, los atentados suicidas y los secuestros-degüello pueden atribuírseles sin duda alguna. Tendremos que añadir, tal vez, la acción de alguna pequeña mafia local. Está bien.
Pero de ahí a afirmar que la totalidad de la acción armada en Iraq es obra de baazistas e islamistas –en un país, no se olvide, que no ha sido nunca un hervidero de fanáticos religiosos1 -es una soberana gilipollez.
Los proletarios desertores conservaron sus armas, y con sus armas están atacando a algunos de sus enemigos, desarrollando una práctica de guerrilla que no puede ser asimilada con la obra de Al Qaeda ni ninguna otra ficción televisiva.
Esta acción aún no se ha concretado, es cierto, en prácticas organizativas proletarias conocidas, ni se ha hecho explícito, que sepamos, ningún programa que exprese las necesidades y el proyecto del proletariado, no sólo en Iraq. Y esto es así, entre otras cosas, porque la rebelión iraquí permanece dolorosamente aislada, privada de la acción de las minorías revolucionarias que desaparecieron, en la tumba o en exilio, tras la represión de la insurrección del 91. El extenderse de la revuelta por los países limítrofes y, sobre todo, por los Estados occidentales, dificultaría la tarea represiva y asesina de la Coalición y sus lacayos iraquíes y facilitaría al proletariado hoy en lucha percibir que el problema, el enemigo, no es esta o aquella facción burguesa, sino el capital en su conjunto.
Por eso es criminal profundizar el aislamiento de la revuelta iraquí, presentándola como obra de mafiosos y terroristas –sumándose en la condena al nauseabundo coro mediático –y prescindir del desarrollo de un análisis propio, realmente de clase, que permita la formación sobre el terreno –el terreno de la lucha real y concreta –de minorías proletarias capaces de indicar mediante la práctica la dirección de la ruptura proletaria con la sociedad de clases.
Sin la acción decidida de esas minorías el encuadramiento está dado. Donde no había islamismo, florecerá el fanatismo religioso –el mismo que permitió en Irán el aplastamiento de la insurrección y el establecimiento de una burocracia religiosa. Donde sólo hay odio, desprecio y rencor hacia el viejo régimen baazista brotará la añoranza. Donde hubo prácticas autónomas de clase surgirá el sindicalismo con renovados bríos. Y eso será obra no sólo de baazistas, islamistas y sindicalistas, sino de algunos de esos “comunistas” y “revolucionarios” que se llenan la bocaza con internacionalismos y, en cuanto pueden, corren a condenar, como curas y jueces, aquello que el proletariado hace realmente, pues lo que ellos quisieran que hiciera sólo existe en su imaginación enferma.
1.Los chiítas y sus procesiones nos recuerdan en exceso a las de la semana santa española, y aún no hemos escuchado que cada lucha en esta tierra sea obra de fanáticos nazarenos. Ni siquiera las luchas de Sevilla o Cádiz, ciudades bastante famosas por su ‘fanatismo religioso’ y, ¿por qué no? rociero.