CONTRA LA MAREA NEGRA
TERROR ROJO
Que el capitalismo mata es una evidencia que sólo los imbéciles pueden negar. Que no sólo mata, sino que destruye de forma brutal las condiciones que hacen posible la vida es algo que no necesita de sutiles demostraciones: el capital se encarga de demostrarlo todos los días.
La marea negra del petrolero Prestige es una más de esas demostraciones. Cargado con fuel sulfuroso, aderezado con maravillosos aditivos como el lindano, cancerígeno a más no poder, liberará su veneno durante años, que pasará a formar parte de nuestra dieta, sumándose a las innumerables ponzoñas con que nos deleita la industria alimentaria, a las exquisiteces que respiramos, a la carroña que bebemos. Para qué hablar de los miles de trabajadores que perderán sus medios de supervivencia.
El Estado, dirigido por estúpidos e incapaces, ha revelado, de nuevo, su verdadera función: ocultar la verdad de un mundo de explotación, miseria y destrucción, y reprimir toda contestación real a ese mundo. Su ejército ha demostrado para lo que sirve: violar niños en Bosnia, regentar burdeles en Kosovo, masacrar obreros por todas partes, garantizar la paz de los cementerios. Incapaz de hacer algo distinto, ni siquiera sirve para un lavado de cara.
Las críticas impotentes de la “oposición” y sus medios tratan de ocultar la verdad fundamental de este asunto: no es la falta de leyes, la ausencia de medios, la incapacidad de ningún gobierno lo que ha provocado el desastre; sino, precisamente, las leyes del mercado, la sobreabundancia de medios de destrucción con que cuenta el capitalismo, la capacidad de todos los gobiernos para cumplir su misión central: asegurar el beneficio.
La reducción de costes para asegurar los márgenes de ganancia es una constante inevitable en el capitalismo, más aún en un capitalismo en crisis como el que hoy padecemos. Las leyes que, nos cuentan, tendrían que evitar estos desastres son parches inservibles ante las leyes fundamentales que rigen el capitalismo decadente.
Lo que todos, gobierno, oposición, medios de difusión de embustes e ignorancia, ecologistas, oenegés, ocultan es que la única solución real a estos desastres es acabar con el sistema basado en la producción de mercancías, producir para satisfacer las necesidades humanas y no para el beneficio. En pocas palabras, acabar con el capitalismo, con todos los Estados, abolir el trabajo asalariado, la propiedad privada, destruir el sistema basado en la mercancía y el dinero. Lo que todos ocultan es que evitar estas barbaridades demenciales es imposible sin una revolución mundial, una violenta sacudida que imponga a los de arriba, a los que engordan con la explotación y la muerte, nuestras necesidades. Imposible, en suma, sin revolución proletaria, sin revolución comunista.
En tanto esta necesidad no se cumpla evitar y prevenir la destrucción de la tierra y de los mares pertenece al reino de la utopía. El proletariado está echando a andar, revolviéndose contra los amos, en Argentina, Argelia, Bolivia, Ecuador...y tendrá que echar a andar en todo el mundo (sí, también aquí), poniendo en juego toda su fuerza y su violencia creadora, para parar esta aberración cotidiana, este embrutecimiento, esta barbarie.
Todo lo demás, las ilusiones, las sandeces y autoengaños difundidos a los cuatro vientos por la maquinaria de propaganda del capitalismo sólo conducen a más y más destrucción. Que cada cual, entonces, escoja su campo:
Comunismo o Barbarie
Contra la dictadura de la economía
Por la dictadura de nuestras necesidades