La Segunda República ha significado el momento de mayor ampliación democrática en la historia de España: abolición de la monarquía, reparto de la tierra, enseñanza pública y laica, derecho de voto para la mujer, derecho de los pueblos a la autodeterminación... Tuvo sin embargo un periodo de difícil existencia para los trabajadores: el denominado "bienio negro", en el que la derecha se hace con el poder.
El complicado sistema electoral de la República, con un sistema de cuenta que primaba las mayorías, y la realización de una segunda vuelta, hacía imprescindible la formación de coaliciones electorales. Para las elecciones de noviembre de 1933, los votos se repartieron casi por igual en tres terceras partes: Derechas (CEDA, monárquicos, terratenientes...), Centro (liberales, republicanos conservadores, nacionalistas vascos...) e Izquierdas (comunistas, socialistas, extrema izquierda...); al no haber mayoría absoluta se procedió a una segunda vuelta.
La unión de los partidos de izquierda se había conseguido con grandes dificultades ideológicas. Sabemos sin embargo cuál es el idel máximo de los demás: el dinero. La unión de Derechas y partidos "de centro" llega así al poder, e inmediatamente comienzan sus desmanes, realizando un franco retroceso en todos los derechos conquistados por los trabajadores y campesinos.
La revisión de la constitución, la protección de los intereses económicos, la vuelta atrás de la reforma agraria, la desaparición del estado laico, la represión policial, los despidos injustificados y las tierras confiscadas... Todo esto fue soportado por el pueblo, que, si bien disconforme, creía en la democracia y en la vuelta al poder de quien defendiese los intereses de la mayoría. Como medio de protesta democrático, se realizaron numerosas huelgas y manifestaciones, brutalmente reprimidas por las fuerzas del "orden".
Llegamos así al 4 de octubre de 1934, en el que Lerroux reforma la constitución, prescinde del Parlamento y forma un nuevo gobierno aún más de derecha si cabe. La respuesta fue inmediata en todo el país; la misma madrugada del día 5 comenzaba el paro en Asturias, Madrid, Cataluña, Euskadi, Andalucía... En Asturias, los mineros inician el asalto a los puestos de la Guardia Civil: la Revolución había comenzado.
 Aida de la Fuente |
Debido a desavenencias entre los distintos partidos de izquierda, el levantamiento no fue secundado por catalanes y andaluces, como se esperaba, dejando solos a los obreros asturianos, que proclaman la República de Obreros y Campesinos de Asturias. El día 11, el PSOE abandona el Comité Provincial, dejando solos a los comunistas, que aún así avanzan tomando hasta 40 cuartelillos, y resistiendo hasta que el Gobierno envía de Marruecos a los rifeños; al fin, los revolucionarios son derrotados y comienza la represión.
Como siempre, los comunistas dando lo mejor de sí y luchando hasta el último momento, dejando centenares de muertos, detenidos, huérfanos, fusilados..., como la joven Aida de la Fuente, fusilada el día 13 junto a otros camaradas en La Argañosa.
La Revolución no fue un fracaso; demostró que cuando la clase obrera se une, dejando de lado sus diferencias para luchar contra el enemigo común tiene grandes posibilidades de triunfar. Su sacrificio sirvió de ejemplo a las generaciones de luchadores que vinieron detrás, aunque algunos hayan intentado capitalizar sus actos, como los socialistas. O la reciente creencia de que esta fue una revolución nacionalista, que buscaba la independencia de Asturias, cuando el verdadero propósito era comenzar por nuestro territorio y continuar por el conjunto de la península, para restaurar la democracia y proclamar el fin último: el Socialismo.