Alguien podrá plantearse qué hacemos unos ateos confesos como nosotros tratando de este tema. La razón no es otra que la larga polémica y crisis social que a nivel de Noreña se ha producido alrededor del paso procesional del Ecce-Homo. El jaleo va más allá de un enfrentamiento entre reformistas y contrarreformistas. Es la historia de un cura recién llegado que impone su autoritarismo sobre todo el arco asociativo confesional local: MPJ, coro juvenil parroquial, catequesis... al grito de “aquí mando yo”. La iglesia muestra así su más tradicional y reaccionaria cara, en su versión reformista.
Desde nuestra opinión, los edificios religiosos y sus obras de arte son patrimonio cultural y espiritual del pueblo, del cual han salido los dineros para construcciones y arreglos. La libertad de culto no puede ser utilizada como pantalla que justifique a una oligarquía de profesionales clericales, un poder económico y social. Si el pueblo de Noreña quiere procesión está en su derecho, sea sincero o cínico, guste o no guste. El pueblo aporta a las arcas de la iglesia y piensa, en su inocencia, que está legitimado para opinar y decidir. Pero resulta que cuando el cura quiere, puede imponer su capricho de casta sacerdotal al conjunto del rebaño sin importar el daño o los conflictos desatados.
En Noreña hay 600 cofrades, los cuales, parece ser según la “democracia parroquial” de Tardón, tienen derecho a pagar sus cuotas y a obedecer lo que el cura diga. Y al que se oponga represión, en forma de retirada de llaves, colgantes, comunión, etc.
No tenemos ni idea de si habrá más procesiones del Ecce-Homo o no, si el santo acabará empotrado en la capilla o no; porque sólo hay una cosa clara, que el cura manda e impone, caiga quien caiga. Mientras, como en todo, Aurelio Quirós intenta quedar bien con todos: subvencionando a la cofradía con 900.000 pts y no mojándose, no vaya a ser que pierda algún voto. Al final el pueblo enfrentado por culpa de una iglesia que mejor haría en aprender de ejemplos como D. Fermín o Gaspar García Laviana..