Sobre inmigrantes y emigrantes

Existe en España una larga tradición de migraciones, tanto interiores como exteriores. A partir de los años 60, los movimientos interiores de población se convirtieron en una cuestión de gran trascendencia, ligada a la intensificación del proceso de industrialización y la disminución de la población campesina. La corriente emigratoria a países extranjeros durante los siglos XIX y XX tuvo también una fundamental influencia en la historia de nuestro país, siendo Iberoamérica y Europa los destinos más frecuentes. ¿Quién no tiene algún tío, abuelo o pariente más o menos lejano en Argentina, Bélgica o Alemania? En la época contemporánea, España ha sido predominantemente tierra de emigrantes, aunque no por ello la inmigración estuvo ausente. Pero el hecho nuevo es que España ha dejado de ser un país de emigración y se ha convertido en receptora de inmigrantes, lo que ha supuesto un importante cambio en nuestra sociedad.

No todo el mundo parece dispuesto a aceptar esta nueva situación, y muchos se olvidan de los motivos que llevaron a nuestros abuelos a dejar la tierra en la que crecieron, a olvidar que fueron obligados a marcharse si querían vivir, para ser acogidos por otros cuya situación muchas veces nada tenía que ver con la suya. Ese mismo espíritu de comprensión es el que debería ahora guiarnos en el trato con los recién llegados. Pero parece que no todo el mundo está dispuesto a ello.

El número actual de residentes extranjeros en España se cifra en torno a 1.200.000 personas, de las que 500.000 proceden de países de la Unión Europea y unos 700.000 de países extracomunitarios. Estas cifras, sin embargo son insignificantes, ya que apenas suponen un 1,5% de la población, mientras que en el resto de la Unión Europea está en el 6%. El fenómeno migratorio es algo constante y permanente, y que, pese a la opinión de algunos, contribuye al crecimiento de nuestro desarrollo económico, teniendo en cuenta que las tasas de crecimiento de población en nuestro país disminuyen a pasos agigantados. Pero hay que tener presente que son algo más: "pidieron mano de obra y les llegaron personas". Son personas que, llevadas por situaciones económicas insostenibles, guerras, exilios forzosos, y falta de futuro han recurrido a la única vía que les quedaba para poder vivir y ver crecer a sus hijos. No es fácil dejar atrás a una familia, unos amigos, un país; no es fácil tener que comenzar de cero, muchas veces incluso desconociendo el idioma del lugar que les acoge. En un porcentaje muy amplio se trata de la juventud cualificada (arquitectos, profesores, técnicos...), de países que pierden así a su capital humano, dificultando su propio desarrollo.

Pero su lucha por un futuro mejor no hace más que comenzar cuando llegan; da igual que lleguen en patera que en avión, da igual que lleguen sin papeles o con un permiso de turista de tres meses. Todos se han de enfrentar a una dura situación, en la que deberán demostrar lo que a nosotros se nos da por hecho, en la que tendrán que soportar insultos porque su "bronceado" no es fruto de sesiones de playa, en la que deberán soportar que no se les alquile un piso por tener una "apariencia poco fiable", en la que pedir un puesto de trabajo significará en el mejor de los casos doce horas diarias por la mitad de lo que cobraría un español por ocho horas, y además deberán aprender a defenderse por sí mismos, en una sociedad muchas veces hostil.

Aunque sea por un breve instante, ponte en su lugar, e imagina lo que debe sentirse. Imagina que eres tú quien tiene que irse del país, pregunta en tu familia cómo lo pasaron aquellos que tuvieron que emigrar, sólo entonces comprenderás que tenemos el mismo derecho a reclamar que se nos trate como personas, seamos del país que sea, y que todos debemos tener las mismas oportunidades para vivir y ver cumplidas nuestras esperanzas de futuro.