Asistimos, días atrás, a un debate sobre la reforma de la LOGSE que resultaba patético. Los grandes debates no giraban en torno a la educación, sino a intereses partidistas. Por un lado, los nacionalistas españoles (Pepé) defendiendo la historia de España; por otro los nacionalistas catalanes, vascos, gallegos, etc., defendiendo la historia de sus comunidades-naciones, preocupándose más por imponer su criterio político que por crear un plan de estudios que realmente dé una formación global al individuo. Y esto se da porque a lo que responden las sucesivas y, últimamente casi vertiginosas reformas educativas, no es a mejorar la calidad de la enseñanza, sino a aparentar que se preocupan por la educación de l@s ciudadan@s, cuando lo único que hacen es servir de criadero de futur@s trabajadores fieles al sistema de producción.
El baile de horas de matemáticas, lengua o educación física... sólo responde a la potenciación de la salida técnica F.P. o de la universitaria, dependiendo de lo que el mercado laboral necesite en cada momento.
Pero la verdadera base del sistema de enseñanza no se toca, puesto que ésta sirve perfectamente a los fines para los que está destinada. Nos referimos a aquellas cuestiones que se aprenden en la institución, pero que no aparecen recogidas en los programas y currículos, y que son los pilares del sistema. Lo primero que la escuela nos enseña es la responsabilidad de cumplir con una obligación (creíamos que la educación era un derecho), a levantarnos temprano, a acudir a la escuela y permanecer horas y horas sentad@s sin protestar. También nos enseña a obedecer sin cuestionar el porqué, y acatar una jerarquía impuesta: profesor, tutor, jefe de estudios... También nos enseña a no participar de las decisiones: el/la alumn@ es un/a mer@ receptor/a que se limita a escuchar, asimilar y ejecutar, nunca a pensar, reflexionar, razonar, debatir, proponer alternativas, en definitiva, a participar activamente. Fiel reflejo de lo que nos depara el futuro como trabajadores/as asalariad@s, capaces de realizar tareas alienantes y desmotivadoras, como pasarse ocho horas diarias (o más) accionando el botón de una máquina, tecleando en un ordenador o repartiendo menús en el burguer de la esquina.
Es hora pues de que l@s estudiantes exijamos una verdadera reforma educativa, una reforma que nos haga partícipes de nuestra formación, que eleve nuestra voz dentro del sistema de enseñanza, que nos permita poder decidir sobre nuestro derecho a cómo ser educad@s, a cómo queremos que funcionen los centros, cómo y qué contenidos se deben desarrollar o cómo queremos que estén decoradas las tristes aulas en las que nos pasamos ocho horas al día. En definitiva, que nos permita asumir un papel protagonista y decisorio en nuestra formación.