Fugitivos del País de Jauja (II) |
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1. Habitamos un mundo de aspiraciones pesadillescas.Cuando el horror y la angustia colman todo el espacio, el tiempo y el sentido del sueño, entonces una pesadilla nos da alcance. Ante ella, desaparece cualquier otra dimensión, cualquier otro participante o cualquier otra posibilidad del sueño. Sólo permanece el terror de la monstruosidad que nos persigue, el vértigo del vacío que se abre bajo nuestros pies o la opresión de encontrarnos perdidos en esas calles desconocidas, entre personas amenazantes. Pero en cuanto, por casualidad, se da una dimensión que no participa del espanto, por minúscula que sea, entonces, es la pesadilla la que mengua y desaparece. La omnipresencia del pánico y la completa saturación de desasosiego es su naturaleza. Es codiciosa, porque sólo un poco menos que todo la hace desaparecer. Andamos huérfanos de horizontes desde que este Imperio totalitario se ha erigido en amo y señor exclusivo de nuestros destinos. Caído el muro, los cimientos del Capitalismo, plantados hace siglos y afianzados a lo largo de los duros años de la guerra fría, brotaron desmesurados regados constantemente por fertilizantes deseos publicitarios de libertad, confort y paz hasta convertirse en lo Único. Si bien antes, hace apenas unos años, como Jefe de Departamento intentaba mantener contentos a sus empleados, fue finalmente al llegar a Director General, cuando la angustia y el horror, la falta de esperanza y la imposibilidad de disensión colmaron todos los rincones de la empresa. La utopía es esto, no hay más vuelta de hoja, no hay alternativa posible, nunca jamás existió nada más, la historia ha llegado a su fin, el presente ya es eterno, todo está bajo control: esta es la pretensión del Imperio. Vivimos una pesadilla que se quiere recursiva: despertar sobresaltados sólo para descubrir que seguimos dentro del sueño.
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