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martes, 24 de noviembre de 2009
Santiago Alba Rico, Leer con niños
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Santiago Alba RicoLa obra de Santiago Alba Rico es siempre tan recomendable que quizá debieramos decir que resulta hasta necesaria. Leer con niños es, más que un libro, una herramienta, un útil aprovechable para abordar no tanto cuestiones puramente intelectuales sino vitales. Pertenece, pues, a un tipo de literatura que viene a ser para nosotros lo mismo que para la ideología dominante los ignominiosos libros de autoayuda (y por eso mismo, Leer con niños es precisamente todo lo contrario a un libro de autoayuda). Se trata de un manual de uso contra el capitalismo y su hybris y contra el nihilismo imperante, pero también contra el derrotismo, contra la desesperación y contra la tristeza. Alba Rico se pregunta, nos pregunta, para qué sirven los niños, para qué sirven los libros. Y en su larga, valiente y tierna respuesta va desgranando los motivos y las formas para la militancia política y para la esperanza realista con que construir comunismo. A través de este extraño ensayo en que la reflexión acude a la ayuda del relato y viceversa hasta llegar a confundirse, descubrimos que niños y libros les sirven a las madres de ambos sexos para medir cuerpos, objetos y paisajes alzados contra la barbarie capitalista, en una urgente necesidad y constante deseo de seguir ahí. Alba Rico nos tiene acostumbrados a la valentía, y en esta ocasión nos muestra, precisamente, que la valentía, la necesidad, la paciencia y el amor van de la mano (enlazando cuerpos) porque lo que abunda en en el mundo es una cobardía opulenta impaciente y egoísta a la que sólo podemos llamar nihilismo.

¿Para qué sirve este libro? Si se encuentra Vd. en los límites de sus fuerzas, a un paso de la desesperación o incluso un paso más allá de ella; si necesita recordar a alguien o recordarse a Vd. mismo para qué está aquí; si le urge mostrarle a alguien por qué seguimos militando y por qué la causa común no está perdida, no lo dude, acuda a la caja de herramientas de Leer con niños.

Un breve fragmento de libro:

El amor, finalmente, es materialista. Quiere que la inteligencia del amado tenga dientes, que su generosidad tenga una cadera, que sus opiniones tengan dos hombros; quiere, en definitiva, que su carácter -esa vaga nube de moscas- esté encarnado, como el dios de los cristianos. El amor se pasa el día contándole las piernas y las orejas al amado, sin quedarse jamás tranquilo con la cuenta. Le dice, es verdad: "No me importa que seas bajo, no me importa tampoco que seas alto; no me importa que seas bello o inteligente; no me importa que seas rico; ni siquiera me importa que seas un hombre (o una mujer). ¡Qué le vamos a hacer! Te amo". Y le dice también al mismo tiempo: "No se cuántas tienes y por eso te las estoy contando todo el rato, pero me importa que tengas piernas y orejas y manos y dos incontable brazos en los costados. Aún más: me importa que tengas cuerpo, aunque te lo lleves lejos de mí; quiero que te siga creciendo el pelo, incluso en Suecia, donde no puedo verte, y que en Australia lo lleves bien peinado; quiero que tengas pies, que sigas teniendo pies en Canadá, a diez mil kilómetros de distancia, y que los tengas calientes si hace frío y descalzos si es verano. Quiero que peses y que alientes y que ocupes un espacio". No se puede disminuir la importancia de esta cursilería que reúne al filósofo y al carbonero en un mismo suelo, ni ocultar su seriedad fundamental. El amor, precisamente porque es materialista, construye y aplica sin cesar un instrumento de precisión; pone permamentemente en marcha una voluntad de exactitud. No olvidemos que la geometría, sobre la que Platón y Plutarco levantaron el reino puro de las ideas, ha medido durante siglos las superficies en "pies", "codos" y "palmos" (o incluso "pulgadas"). El horizonte es extenso, pero el concepto de profundidad sólo se aprende entre el alma y la ropa. La separación es dolorosa, pero el concepto de dolor sólo se aprende en una mejilla ausente. La escena típica del folletín, colofón y revelación del vínculo amoroso, en la que el enamorado cubre con su cuerpo el cuerpo del amado y recibe en su pecho el disparo que le está destinado; el sacrificio convencional de la propia vida para salvar al amante amenazado, manifiesta en realidad el impuslo del trabajo del amor: la opción preferencial de los cuerpos, incluso al precio de olvidar el propio; el cuidado minucioso del lugar del otro; la conservación a todo trance una existencia concreta.

Santiago Alba Rico, Leer con niños, ed. Caballo de Troya. 

 
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