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domingo, 22 de noviembre de 2009
Libros
Historia de la literatura fascista española
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Historia de la literatura fascista españolaComenzamos con dos chascarrillos significativos. La primera edición de esta obra, en 1986, mereció todo tipo de calificativos. Entre los menos benignos se hallaban los de oportunismo mercantilista, el de revanchismo y el de venir a perturbar la sagrada paz (y el olvido, suponemos) de la democracia. En su segunda edición, revisada y aumentada, esta obra ha merecido ser incluida en el Índice de libros prohibidos de Libertad Digital (sic). Las anécdotas quizá le puedan llevar a preguntarse qué nos cuenta esta obra para ser merecedora de tantos y tan notables afanes.

La Historia de la literatura fascista española (HLFE, en adelante) es apenas un compendio ordenado (dos volúmenes, 1300 páginas) de la abundantísima producción intelectual fascista en España desde la fundación del fascismo patrio hasta nuestros días. Ni más ni menos. Pero, precisamente por no ser ni más ni menos que un estudio historiográfico de una producción que se nos quiere ocultar resulta molestísima a multitud de lectores. Ocurre que el campo de los estudios literarios, desde los libros de textos escolares hasta los mamotretos universitarios, es campo abonado para toda suerte de idealismos (románticos y postmodernos, con frecuencia), cuando no directamente de hagiografías indisimuladas, adulaciones bochornosas, patrioterismos acartonados y clientelismos ramplones. La ideología burguesa, desde el mercado editorial en manos de los grandes holdings de comunicación hasta las programaciones educativas de institutos y universidades, permea una visión culturalista en que la literatura y el arte se convierten en el frasco carrasco de todas las esencias: la belleza inexplicable, el estremecimiento estético, la calidad inobjetivable y el espíritu patrio. Al introducir por la puerta esta concepción idealista de la literatura se intenta, desesperadamente, hacer saltar a la historia por la ventana. Este ahistoricismo (la muerte de las ideología, el fin de la historia), que expresa la necesidad del capitalismo de sacralizarse, de ponerse a salvo de los embates indefectibles de la lucha de clases, sirve además para crear la ilusión de que existe un lugar adonde escapar, precisamente, de la realidad histórica y sus violencias. En esta naturaleza de maniobra de distracción coinciden los estudios literarios con los teológicos, y no nos cabe la menor duda de que en la sociedad futura de esta manera serán estudiadas y leídas las obras de los intelectuales orgánicos de nuestra actual burguesía. Por otro lado, nos parece cada vez menos sujeto a objeciones que en el periodo que suelen llamar con gran satisfacción la transición española, se impuso una doctrina de olvido con que el capitalismo español se desprendía de los ropajes de una dictadura inservible ya a sus intereses para arroparse con las vestimentas de la democracia parlamentaria. Había que olvidar, y lo más aprisa posible, que las motivaciones que promovieron el auge del fascismo en Europa y de la sublevación africanista en España eran los mismos que promovían el cambio al régimen democrático, una vez que el trabajo sucio ya estaba hecho y el amenazante ciclo revolucionario finiquitado. De ahí que inquiete a tantos el retrato que esta obra hace del trasiego de intelectuales que dieron por buena tanto una maniobra como la otra, pasando de fascistas con carné a demócratas de toda la vida. aportando la sospecha de que tal cambio es mucho menos abrupto de lo que las convenciones burguesas pretenden. Así las cosas, una obra como la HLFE, empeñada en reintroducir la historia, y por tanto, la política, en el estudio de la literatura, y además de la literatura fascista, no podía ser recibida como otra cosa que como una barbaridad contraria al sentido común. Mayor barbaridad cuando el arco de autores y textos incluidos van desde José Antonio Primo de Rivera a Sánchez Dragó o César Vidal, introducidos todos ellos en una misma línea de continuidad (estos últimos figuran en los capítulos finales de la segunda edición. El lector comprenderá mejor ahora la inquina de Libertad Digital y sus responsables). Conviene recordarnos ahora que lo que es sospechoso de bárbaro para los intelectuales orgánicos del capitalismo (batallando cada cual en su facción burguesa contra los trabajadores y las unas contra las otras) es, por eso mismo, sospechoso de albergar alguna verdad para nosotros.

La HLFE posee muchas virtudes y algunos defectos. La primera virtud que salta a la vista es la recuperación de textos y autores a los que se había obligado a desertar de los manuales al uso de literatura. La sola selección de textos que ilustra el repaso histórico por los géneros literarios que hace el profesor Rodríguez Puértolas ya habría justificado la existencia de esta obra. Eso fue lo que ocurrió, eso fue lo que se dijo y se escribió, aquellos quienes lo dijeron, estos otros los que lo promovieron y aquellos, en fin, quienes pagaron. En algunos capítulos, especialmente los referidos a la producción literaria de postguerra, este simple recurso de documentación ya nos obliga a recordar el tenebroso panorama del régimen nacional-católico. No menos encomiable es la recuperación de la perspectiva histórica de autores cuya hagiografía está en permanente construcción, recordándonos qué fue de tanto padre intelectual y literario de la patria cuyas alabanzas son cantadas sin descanso en una infinita cantidad de trabajos (así, por ejemplo, Cela, Ortega, Baroja...). De este lado, de la consulta morbosa del índice onomástico de la obra, proceden sin duda las denuncias de revanchismo. Sin embargo, la objetividad (al menos lingüística) con que se acomete esta labor sería irreprochable para cualquier lector medio. Como nosotros esperamos no serlo, precisamente encontramos oculta en esa objetividad una carencia de la HLFE. Nos parece que buscando la objetividad académica, Rodríguez Puértolas desiste del análisis político, histórico y económico que las herramientas del marxismo le hubieran permitido. Nos parece que en ocasiones la obra se mantiene en una vertiente testimonial, acertada pero insuficiente. A pesar de ello, y teniendo en cuenta el desolador panorama intelectual de la crítica literaria española, debemos un agradecimiento muy especial a Rodríguez Puértolas por su valiosísimo trabajo, tanto aquí, como en otros manuales, como su Historia social de la literatura española. Ambas, con sus defectos y virtudes, son dos rarae avis de valor incalculable.

Julio Rodríguez Puértolas, Historia de la literatura fascista española, Akal, 2008.

Reseña en Rebelión.

Extractos de la obra en torno a Cela .

 
El año que tampoco hicimos la revolución
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Portada de "El año que tampoco hicimos la revolución", del colectivo TodoazenImaginamos que la crítica literaria al uso (es decir, burguesa) habrá tenido verdaderos quebraderos de cabeza con este libro. Cualquier intento de definirlo con los estándares conceptuales burgueses, desde los más tradicionales hasta los más postmodernos, acabaría por afirmar que"El año que tampoco hicimos la revolución" es un experimento narrativo, que no es más que una forma directa de tratar de desanimar a cualquier lector a enfrentarse con este texto (no hace falta haber leído ningún experimento literario, bastaría con conocer a cualquiera que afirme haberlo leído, para estar convencido de que "experimento literario" equivale a "rareza para estúpido integral"). Desde luego, cualquier lector que busque en la literatura una feliz evasión del mundo que le ha tocado en suerte padecer va a sentir decepcionadas sus expectativas con un libro como este.

El colectivo Todoazen presenta como origen de este texto una pregunta en forma de pasmo: ¿sabiendo lo que sabemos a través de la información diaria, cómo es que aún no ha estallado una revolución comunista? Para comunicar este misterio al lector, les basta organizar diversos materiales procedentes de los medios de comunicación de masas de modo que la violencia del sistema capitalista se muestre claramente. Como nosotros no somos críticos literararios (es decir, burgueses) no tenemos inconveniente en afirmar que ese es todo el mérito que posee este libro, que no es poco: el de haber seleccionado una serie de recortes de prensa y servírselos en disposición de guerra al léctor.  La vida de la familia real, los despidos masivos, los motines en las cárceles, los presuntos crímines pasionales, las declaraciones políticas... todo ello engrasado por una escalofriante escalada de beneficios empresariales y una cínica guía sobre cómo despedir a un empleado constituyen los datos del delito.

Todos nosotros formamos, en cada segundo, parte del cuerpo de este delito. Por ello, porque vivimos en este sistema demencial, "El año que tampoco hicimos la revolución" es un relato valiosísimo de nuestra debilidad y de nuestra apatía sucida. Aunque, sobre todo frente a tanta estupidez literaria, este libro resulta un texto necesario, como todo libro tiene sus limitaciones. Una de ella es que nos ofrece los datos de nuestra derrota, pero renuncia a dar una explicación sólida sobre sus causas (y por tanto, sobre nuestra posibilidades de superarla). Se nos ocurre, a bote pronto, que una forma de superar estas insuficiencias es considerar "El año que tampoco hicimos la revolución" como un catálogo de ilustraciones a, por ejemplo, El Capital.  ¿Qué no comprende Vd. la esclavitud moderna de la ley del valor? Pues nada, abandona por un momento la lectura de Marx y lee cualquiera de las páginas de "El año que tampoco hicimos la revolución". Esta lectura híbrida sería especialmente interesante ahora. Resulta que la narración de este libro se desarrolla durante los primeros años del 2000, en plena orgía de beneficios empresariales. Ahora, en 2009, inmersos en plena crisis, es bueno recordar aquellos momentos, para no olvidar que lo que pretenden vendernos como una crisis financiera, lo es de sobreproducción y que, en fin, de aquellos polvos aquestos lodos (y los que se nos vienen encima).

 
A perro flaco... CTP
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Portada

 

 

 

 

 

Usted, como buen burgués, tiene la superstición de lo selecto, que es la más plebeya de todas. Es usted un cursi.

Antonio Machado.

 

En el año 2004, arbeit-x, miembro del Grupo Arbeit, encontró un método de escritura colectiva de poesía que llamó "Congregación Telepoiética de Patafísica" (CTP, en adelante). Como en el propio caso del Grupo Arbeit, primero fue el método. La cosa funcionaba así: alguien enviaba a otro alguien unos versos; la receptora debía a su vez contestar completando, ampliando, reformulando, corrigiendo,  parafraseando, transformando o generando otros versos. En principio, el método de comunicación se estableció a través de esos nefandos chismes llamados teléfonos móviles (o celulares) y sus no menos nefandos esemeses. La cosa parece simple, pero resultó no serlo. Para empezar, las participantes en este intercambio renunciaban de manera expresa, pero también casi sin darse cuenta, a dos dimensiones de la creatividad que suelen darse por hechas. La primera era que nunca se podía saber cuándo la obra estaba acabada. En ocasiones, una misma idea y unos mismos versos fueron reformulados en distintas tentativas y en distintos (des)aciertos. Esas tentativas daban lugar, a su vez, a desviaciones del tema o de la forma a los que ya sólo cabía un vago parentesco con el original. Y en otras ocasiones, la respuesta a unos versos hacía proliferar nuevos temas y versos en un diálogo poético sin fondo. A la segunda renuncia (sin duda relacionada con la primera), los miembros de Arbeit ya estaban algo acostumbrados: nadie podía atribuirse una Autoría Individual sobre los resultados. Todos (pero un Todos que no era la suma de Unos) eran (ir)responsables de los escritos.

Para gran sorpresa, la fórmula cuajó durante meses y los móviles de los primeros miembros comenzaron a resonar a cualquier hora del día (y de la noche) aportando versos en que pensar y a que responder. Muchos de esos mensajes comenzaron a ser de auténticos desconocidos. Arbeit-y pronto se dio cuenta de que, si recibíamos mensajes de auténticos desconocidos sólo anunciados por oscuros números de teléfono, esto significaba que la CTP empezaba a gravitar en torno a nodos de comunicación anónimos. Así que, de pronto,
aparecieron las Vicesatrapías de la CTP. Esto es, los nudos de la red. A la vez, los miembros nos comenzamos a llamar Vicesátrapas y a tratarnos de Vd. y en femenino (dado que todos somos personas, de género gramatical femenino). Nuestra vicesatrapía ha recibido varios nombres, dependiendo de qué acto estuviera acometiendo, pero en definitiva la podríamos llamar Vicesatrapía Arbeit. Al tiempo, se acumulaban versos y versos y más versos. Arbeit-x, definitivamente rebautizado Vicesátrapa Ph, fue recogiendo con tesón variantes de variantes, inventando categorías e inventariando muestras. Por otro lado, algunas de la Vicesatrapías de las que aún conocíamos llevaban la CTP a recitales, libros, presentaciones y otros actos. La
CTP llegó así a un encuentro de poesía en Pekín y a otro en Moguer, que desde aquí sepamos.
 
Agotado el asunto de los esemeses (al menos, agotado en esta vicesatrapía), la CTP pasó a otros medios: una página wiki alojada por las compañeras del MLRS, intercambio por correo-e y también trabajo colectivo presencial en talleres. Nuevos proyectos aparecían en el horizonte. Máquinas automáticas de fabricación de literatura burguesa, generación de apócrifos, apropiación y re-escritura de libros enteros de terceros poetas y un largo etcétera.
 
Ofrecemos aquí una colección de lo que sus insignificancias, las vicesatrapas de Arbeit,
consideran aciertos de lo común en este ¿disparatado? Juego.
 
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Fdez Liria y Alba Rico, Dejar de pensar
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 Un tal Miguel López Pérez pensó (funesta manía) que este libro de finales de los ochenta de los infames (carentes de fama) Alba Rico y Fernández Liria podría ser re-editado para regocijo de esos marxistas recalcitrantes que se empeñan en considerar que su opinión es verdad, o al menos se acerca a ella.

No se preocupen los lectores no-marxistas, pues en este libro no encontrarán novedad alguna. Como dicen los propios autores, sólo hallarán el terco empeño en seguir creyendo que la realidad existe y que, por tanto, se puede pensar en ella. Pero como es obvio, la realidad ya no existe y la Historia se ha acabado. Una muestra de ello es este mismo libro: buena parte de lo que en él describe con validez los maravillosos ochenta del felipismo, siguió siendo válido durante el aznarismo y sigue siendo válido para el zapaterismo. Y porque aquí nada ha cambiado, los mismos intelectuales que acertaron a vislumbrar que la realidad no existe y por tanto no hay nada sobre qué pensar, siguen ganando premios, dirigiendo periódicos, hablando en las radios y escupiéndose en las teles.

 Pues eso, lean y dejarán de pensar sabiendo por qué... o volverán a hacerlo con motivo.

 

Dejar de pensar, en PDF, alojado en Rebelión

 

El libro comienza con esta advertencia: 

Dos autores marxistas, hastiados de ver las majaderías que habitualmente suelen ser objetadas contra Marx, quieren ofrecer a la POSTMODERNIDAD los verdaderos puntos débiles de este pensador tan pasado de moda, con la esperanza de poder situar así la polémica en un más digno nivel.


Gracias a este libro, usted podrá DEJAR DE PENSAR COMO UN MARXISTA, con todo fundamento 

 

 
Grupo Arbeit, Monserga del mal día
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La verdad da igualLes ofrecemos aquí un poemario colectivo (trabajado desde la reflexión común, y no desde el sagrado individuo) que, esperamos, aporte algo a nuestra brega.

La burguesía domina política y económicamente el planeta. Su ideología, por tanto, ha alcanzado la cota de verdad natural y universal. Ella nos dice que existe algo llamado el "ámbito cultural", una supuesta esfera de la existencia completamente separada de las contigencias vitales, de las condiciones en que trabajamos, consumimos y nos relacionamos. La ideología burguesa afirma que una cosa es la vida, tan prosaica la pobre, y otra cosa bien distinta la cultura.

Desde esta perspectiva sólo hay dos posibilidades. Para la inmensa mayoría, una cultura pop de entretenimiento para las masas que nos masajea el cerebro a través de anuncios publicitarios, canciones pegadizas, ídolos televisivos, seriales enlatados y una amplia variedad de productos simbólicos con que entretenernos y conseguir olvidar la realidad. Lo que no halla lugar en estos productos, no existe. Lo que existe, por necesidad, acabará apareciendo en estos productos. En cualquier caso, esta cultura del entretenimiento consigue que, apartando la mirada, demos por buena nuestra propia explotación. Pero para una inmensa minoría también existe la cultura de élites. En la cúspide de este ámbito cultural está el selecto club de los llamados a leer a Dante en dialecto; en sus bases, una legión de intelectuales y artistas que disertan sobre la obra de Wong Kar Wai o los fundamentos de la libertad. La función de esta élite cultural no es otra que custodiar los valores eternos de la belleza, la inteligencia y la espiritualidad, haciéndonos creer que existen valores inmateriales y preciosos ajenos a las condiciones de atrocidad del capitalismo. Esta cultura de élites ofrece lo mismo que cualquier otra religión: consuelo oscurantista. Tanto mayor será su éxito en un momento histórico en que muy pocos parecen estar tentados a contactar con la Blanca Paloma. La cultura pop, tan mundana la pobre, se mueve en una pura contigencia incapaz de explicar nada. La cultura de élite, tan eleveda la muy estúpida, en una pura idealidad que trata de explicar todo sin cambiar nada.

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