Contra (la) información: comunicación e inteligencia colectiva
No habrá nunca una puerta. Estás adentro
y el laberinto alcanza el universo
y no tiene ni anverso ni reverso
ni externo muro ni secreto centro.
J.L. BORGES
La extensión del ciberespacio ha puesto muy en evidencia los límites
del esquema clásico de la teoría de la información, en la que se
establece un flujo unidireccional entre el emisor y el receptor, a
través de un canal determinado. Este planteamiento asimétrico es bien
conocido y se trata de un elemento recurrente en todos los medios de
comunicación tradicionales: por un lado, el productor de la información;
por otro, su destinatari@. Es cierto que desde hace algún tiempo los
medios se esfuerzan por introducir cierto grado de interactividad
(teletienda, pago por visión, encuestas, intervenciones telefónicas…),
pero no son más que paliativos bastante burdos. La insistencia en que la
gente intervenga, opine, se solidarice, etc. no puede ocultar a nadie la
ausencia de una interactividad que no existe en absoluto.
Aunque su intención sea opuesta, el esquema de la contrainformación no
difiere mucho en su expresión material. Sigue habiendo un@s que producen
la información –las agencias y medios contrainformativos– con muy
escasos medios y otr@s que la reciben –la peña– con más buena fe que
interés real. Parece claro que no por repetir muchas veces ideas como
"horizontalidad" o "no-mediación", la comunicación que promovemos pasará
automáticamente a ser horizontal o no mediada. Prácticas de la
contrainformación como sacar a la luz informaciones obviadas o
manipuladas por los medios convencionales se basan en la idea de
"veracidad" o, dicho de otro modo, en la búsqueda de una aproximación
máxima entre los "hechos" y el relato que se construye. Esa noción de
que hay una "verdad" que hay que sacar a la luz tiene su apogeo en
contextos totalitarios en el que se censura la información o bien en un
esquema ilustrado de otros tiempos en el que había falta de información.
No es ese ciertamente nuestro caso, en el cual el problema es más bien
el contrario: flujo excesivo de información que produce ruido,
distorsión, redundancia y banalidad, pasando a ser fundamental el cómo
situarnos desde nuestra absoluta precariedad de medios en semejante
contexto. Aquí quizá el concepto de visibilidad adquiere toda su
potencia, pero en todo caso no podemos limitarnos a sumarnos a ese
griterío ininteligible pues por muy buena que sea nuestra intención y
muy interesantes nuestras informaciones no tenemos forma de "hablar más
alto" que los medios convencionales y que se nos oiga en medio del
ruido. La buena voluntad no es suficiente. Tampoco el uso de un medio u
otro garantiza automáticamente una comunicación antagonista.
¿Hay pues posibilidad de comunicación alternativa, y no sólo contribuir
al ruido mediático? Una posible línea de fuga sería ver si podemos
convertir la comunicación en algo capaz de producir formas de vida y de
socialidad refractarias al mercado y al mando.Y en ese contexto, el
mensaje es lo de menos. Aquí, el proceso comunicativo es lo importante,
pero no cualquier proceso comunicativo sino el que producimos en una
apuesta colectiva de lucha contra el poder (los poderes). Comunicación
en proceso como creación de nuevos espacios de libertad, con
singularidades que desbordan la disyuntiva individuo/colectivo y que son
fruto de la libre circulación de saberes y experiencias diversas.
Pero el caso es que el esquema de la contrainformación se sigue
centrando en el mensaje, en la información misma, o bien en el emisor y
su papel (contra)informativo. Por ejemplo cuando decimos que queremos
"dar voz a l@s sin voz" y cosas por el estilo. Con esto, conseguimos –en
el mejor de los casos– multiplicar y diversificar el número de mensajes
en la red, pero no por esto se está necesariamente contrainformando. No
quiero decir con esto que hacer notas de prensa o ejercer de altavoz de
aquello silenciado desde otros ámbitos sea inútil o contraproducente. Es
más, hay muchos casos en que información veraz es sinónimo de
contrainformación. A lo que voy es que debemos tratar de ir más allá de
ese esquema y para ello resulta imprescindible reequilibrar los
elementos discursivos unidireccionales (frases, imágenes, informaciones,
páginas web…) con lo que se puede denominar elementos existenciales de
la comunicación, esto es, los elementos éticos y políticos
multidireccionales. ¿Qué etica? Una ética fundada en la horizontalidad
de las relaciones entre los individuos, en la cooperación y la puesta en
común de saberes y experiencias y en la posibilidad de todo el mundo de
poder emitir para todo el mundo; ¿Qué política? una política de la no
dominación, de la no dependencia, de la autonomía de los individuos y de
los grupos sociales. Para ello hay que renunciar definitivamente al
esquema del humano alienado por el Estado o adormecido por los media y
que debe ser contrainformado; la información ya está ahí, por todas
partes, de todos los signos posibles, al alcance de tod@s: lo que
propongo en cambio es apostar por comunicar la comunicación, por la
inteligencia colectiv, y por su espacio natural: el ciberespacio.
Y es que mientras hemos estado discutiendo sobre si las nuevas
tecnologías son liberadoras o son un instrumento más al servicio del
poder, ya se nos está imponiendo una manera de hacer y la dinámica
social nos ha sobrepasado y ya está indagando desde hace tiempo en sus
atractivos, también en sus límites y peligros. Cuando estas tecnologías
empiezan a estar arraigadas socialmente, cuando empezamos a vislumbrar
la posibilidad de su uso antagonista, igual ya es demasiado tarde, ya
están emergiendo otras tecnologías en la frontera nebulosa donde se
inventan las ideas, las cosas y las prácticas. Y no son empresas ni
Estados sino grupos indeterminados de individuos que se mueven con
criterios que me atrevo a calificar de marginales y con los que tenemos
mucho que ver (aunque nunca les veamos ;-). Por ejemplo, ningún Estado,
ninguna empresa, había previsto ni anunciado el desarrollo de la
informática personal, ni el de las interfaces gráficas interactivas para
tod@s, ni el de las BBS o el apoyo mutuo de las comunidades virtuales,
ni de los hipertextos, ni de la Web, ni de los programas de criptografía
personal e inviolable, ni de GNU/Linux. Estas tecnologías, todas ellas
empapadas de sus primeros usos y de los proyectos de quienes las
concibieron, nacidas de mentes visionarias, transportadas por el
trasiego de movimientos sociales y de prácticas de base y cooperativas,
han llegado donde ningún tecnócrata podía siquiera sospechar, pero
parece que tampoco lo esperaban los medios de comunicación, incluyendo
aquí a los colectivos de contrainformación.
Los medios de comunicación tradicionales fabrican un público homogéneo,
el mensaje mediático busca el "común denominador" mental de sus
destinatarios, pues el mismo mensaje debe ser leído, escuchado o visto
por mucha gente. No tiene pues en cuenta la singularidad del receptor,
sus opiniones sociales, su microcultura, su estado de ánimo o su
situación particular: es la masa, la audiencia, el público, también la
"peña". Aunque parezca increíble, en cierto sentido el ciberespacio nos
retrotrae a la situación comunicativa que había antes de la escritura –a
otra escala, obviamente– en la medida que la interconexión y el
dinamismo en tiempo real de las memorias en línea hace que nuevamente se
comparta un contexto comunicativo común, imperfecto, inacabado pero en
evolución constante, lleno de vida, que incluye a las personas y donde
nada hay ya extemporáneo o "fuera de contexto".
La extensión del ciberespacio ha hecho saltar muchos dogmas acerca de la
organización de los grupos humanos, y ha dado pie a que se se
establezcan relaciones entre los individuos y los colectivos
radicalmente nuevos, sin precedentes en la historia ni en la biología.
El ciberespacio no es otra cosa que el soporte técnico indispensable
para dar pie a la inteligencia colectiva. El movimiento social que se
desarrolla en el ciberespacio –las comunidades virtuales–, cada vez más
masivo y potente, prefigura y actualiza muchas de las cosas de las que
teorizamos en los ámbitos antagonistas como un ideario de futuro. La
activación de modos de cooperación flexibles, transversales y no
mercantiles y la distribución coordinada de los centros de decisión
están creando formas comunitarias, emancipadoras, socializadoras y
horizontales. En efecto, el movimiento social que se mueve en el
ciberespacio carece de programa político, pero la autonomía, la apertura
a la diferencia, el espacio sin fronteras (la universalidad) y la libre
circulación del saber –la oposición radical al copyright y a la
propiedad intelectual– son sus valores constituyentes. Sin centros ni
líneas directrices, sin contenido particular, acepta todos los
contenidos ya que se limita a poner en contacto –comunicar– un punto
cualquiera con otro, sea cual sea la carga semántica o política de cada
uno de esos puntos. Y sería lamentable persistir en el error de creer
que no hay que preocuparse demasiado de lo que sucede en el
ciberespacio, que es cosa de aficionad@s a la informática, que es
virtual y no tiene consecuencias en el mundo "real": está transformando
ya, y lo va a hacer mucho más en el futuro inmediato, las condiciones
materiales y subjetivas de vida en sociedad.
Primavera 1999
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