Viernes 13 de octubre de 2001.
MUNDO:
Han pasado 2 meses desde nuestra detención ilegal e injusta, a esta hora de ese día lunes estaba sentado en una silla, con las manos esposadas y los brazos hacia a tras, hacía frió y la trusa no me protegía de nada.
Los golpes, las amenazas, ese conjunto de cosas que para mejor nombre se le llama tortura apenas comenzaba.
Los gritos de mi hermano Héctor (el que ataja o el domador de caballos, diría Homero) se perdían entre casas vecinas y personas ajenas a nuestra situación, a pesar de estar tan cerca.
Hemos comenzado a contar los meses, aunque comenzamos contando semanas y tal vez después contemos años.
Tan difícil es describir el cúmulo de emociones y sentimientos de ese momento, cómo olvidarlos, son profundas cicatrices terrenales, que el tiempo no podrá borrar jamás.
Algunos podrán considerarnos afortunados, por el momento, ya que no estamos desaparecidos, tal vez es cierto, pudo y puede ser mucho peor, sin embargo una certeza se acumula en los días, la certeza de ser parte de la memoria colectiva que resiste a su manera el acoso idiotizante de la mayoría de los medios de comunicación.
Somos estadística, somos uno más de los presos ilegal e injustamente encarcelados, pero también somos prueba fehaciente de la irracionalidad institucionalizada.
Somos hombres libres, presos, la continuidad generacional de la injusticia, la saña y el intento de acallar las conciencias críticas.
Somos la evidencia de hasta dónde puede llegar el Gobierno en turno para destruir a la UNAM y a la rebeldía juvenil que se transforma en conciencia, ¿será este el futuro impuesto para otros universitarios, para otros jóvenes?
Pero también somos simple y sencillamente jóvenes con anhelos, dudas, cuestionamientos, ganas de amar a plenitud y ser amados, somos jóvenes tan grises como otros grises, nos gusta descubrir el mundo y descubrir que no debe ser igual o que puede ser mejor, somos el joven estudiante preocupado por la calificación de fin de semestre, el joven obrero angustiado por el mísero salario, el campesino de manos ásperas, el indígena, somos jóvenes presos como otros jóvenes, carne de presidio.
También somos pretenciosos, consideramos que podemos tener espacio en los periódicos, las revistas, los noticieros, junto a los refugiados de Afganistán, las familias de los mexicanos muertos en el atentado en Nueva York, el dolor, la muerte cotidiana y la miseria que pululan en el mundo. Aunque sabemos que nuestra pretensión es derrotada por el terrorismo omnipresente de la tecnología gringa, inglesa, rusa, de los colonizadores de ayer, de los actuales.
Aquí seguimos entre libros, revistas y algunos periódicos que nos narran el acontecer del exterior, entre la soberbia y la bajeza humana, entre la solidaridad del presidio y la angustia colectiva de verse libres.
Por momentos nuestra esperanza no es la libertad, sino el recuerdo que nos sostiene.
Estamos, ¿qué podemos pedir por el momento? Además de varias letras, palabras e ideas que nos permitan redactar la carta al mundo del próximo ¿año? Sea mejor del próximo mes.
Antonio Cerezo Contreras
CEFERESO #1 La Palma de concreto, Almoloya