"El amor lo es todo: reposo y
movimiento a la vez"
Louis Pauwels
"El amor es mucho más que amor"
Jacques Chardonne
Para Lupe Gaméz
Un cálido y grácil destello
de luz bermeja tocó suavemente la tez de su empíreo rostro.
Desde el balcón, recargada en la barandilla, Clara se despidió
de la tarde, jamás lo había hecho, no tenía porqué,
pero esa tarde de invierno era diferente, era una tarde especial, tal vez
la última que presenciaba.
El sol se hundió en el horizonte, ahogándose en un mar de
montañas, arrastrando consigo los últimos rayos de la luz
moribunda. Sobre la ciudad, la luz negra de la noche anunció con
su presencia su eterna historia.
Por primera vez en su vida, Clara fue testigo conciente de la muerte del
astro sol y del nacimiento de la luna, y por razones desconocidas, actualmente,
para nosotros, derramó un par de lágrimas. Lloró como
cuando niña presenció la partida de su gato Jacinto.
En la orilla de la banqueta quedaron impresos los ojos aterrados de una
niña al ver como las llantas de un camión enviaban a su pequeña
mascota a los brazos del Señor. El dolor de la tragedia fue tan duro
para Clara que enmudeció una semana, en vano fueron las palabras
de consuelo de sus padres y de sus tías.
Una mañana, Clara se levantó de su cama y se dirigió
al cuarto donde dormían sus padres. Mamá, dijo Clara, ¿es
cierto que jamás lo volveré a ver?
30 años después, la misma pregunta volvía a atormentarla
en el balcón del departamento, su departamento, aunque el verdadero
dueño era Carlos, lo sentía como suyo, lo compartió
miles de noches con él, ojalá pudiera decir que miles de días
también, pero eso sería decir una mentira.
Clara era una mujer de una belleza extraordinaria y de una inteligencia
respetable. Carlos siempre le decía que tenía los ojos más
bellos que jamás había visto; con esa frase, que para muchos
es trivial, Carlos conseguía miles de besos y caricias.
Al caer la noche, Clara entró a su habitación, por todos los
rincones y escondrijos buscó afanosamente la foto de cuando tenía
10años, quería reconocerse en ella, tal vez así, recuperaría
su inocencia, la inocencia pisoteada y humillada por Carlos. La foto no
la pudo encontrar, cansada de buscar infructuosamente, se sentó en
la orilla de la cama, y desde ahí, observo el reflejo de su rostro
en la media luna del tocador; se asustó, lo que estaba frente a sus
ojos no podía ser su rostro, al menos no el que estaba acostumbrada
a ver todos los días: sus ojos habían perdido el fulgor acostumbrado,
sus labios eran pálidos y sin gracia, todo su semblante denotaba
la ausencia del ser amado.
Las noches en vigilia comenzaron a hacer verdaderos estragos en ella, ni
las pastillas que le recomendó su amiga Carolina, ni el té
de Siete yerbas que compró en el mercado de Jamaica le habían
hecho el efecto deseado. A esas alturas, Clara estaba cansada de luchar
contra el insomnio, añoraba con vehemencia un solo instante de descanso,
cerrar los párpados con la certeza de que tras haberlo hecho, iniciaría
el bello viaje al mundo de los sueños.
Todas las noches, desde aquel día, se la pasaba deambulando por el
departamento, pensando, tratando de comprender los motivos o la razón
que empujó a Carlos a tal decisión. Carlos, el maldito y amado
Carlos.
Tres noches antes, Carlos había ido al departamento y como siempre
entró sin que ella se diera cuenta. Clara lo recibió con el
acostumbrado beso de sus labios, le preparó la cena (tortas de papa
con ensalada de col) mientras le platicaba de las actividades que realizó
durante el transcurso del día. Pero carlos no escuchaba, su mente
estaba ocupada en lo que, momentos después, iba a decirle, no tenía
idea de cómo respondería Clara, sentía tristeza por
ella y en el fondo también por él.
Esa noche hicieron el amor por última vez, bajo la sábana,
sus sexos chocaron entre sí, con movimientos discontinuos, sin ritmo,
ninguno de los dos quedó complacido, un halo de insatisfacción
se desprendió de sus cuerpos, de sus caras, definitivamente algo
andaba mal. Clara se había dado cuenta de ello. Carlos nunca había
sido u mal amante. ¿qué sucede Carlos?, tengo algo que decirte,
espero que lo entiendas, ¿qué es Carlos? Esta es la última
noche que estoy contigo, tengo que irme.
Pero, ¿cuánto tiempo te iras? Todo el tiempo; pero, ¿a
dónde vas a ir?, tu sabes que no te lo diré, ya habíamos
hablado de ello.
En silencio, Clara se levantó de la cama, atravesó la alcoba
y se encerró en el baño, no podía creer que después
de cinco años, Carlos la abandonara.
Es cierto que el día en que se hicieron amantes, arlos le advirtió
muy seriamente que llegaría el día en que se marcaría
y que cuando eso sucediese no le daría ninguna explicación.
Clara aceptó, lo amaba demasiado como para no hacerlo, tal vez pensó
que con el tiempo y con l infinito amor que sentía por él,
lo haría cambiar de opinión, aunque en el fondo de su corazón
no tenía plena seguridad de que así sucedería.
Encerrada en el baño, hundida en una profunda tristeza, cogió
las hojas de afeitar del rastrillo de Carlos, por un momento quiso quitarse
la vida, pero no pudo, no podía hacerle eso a Carlos, tenía
que cumplir con su parte.
Clara salió del baño, lentamente se metió nuevamente
en la cama. Mañana cuando te levantes y te vayas, por favor no me
despiertes.
Sentada en la orilla de la cama, con el rostro lleno de tristeza y desesperanza,
Clara se sumergió en una especie de estado catatónico. Entre
sueños, la imagen jovial de Carlos recorrió todos los rincones
de su memoria, lo recordó de la misma forma que cuando lo vio por
primera vez; sentado bajo la sombra de un árbol, leyendo un libro
de pasta dura del tamaño de su mano. Aquel día, los ojos de
Clara brillaron como nunca lo habían hecho por u hombre, en ese instante,
supo que ese muchacho de semblante taciturno y de mirada penetrante sería
suyo. No le importó ser diez años mayor que él, tampoco
le importaron los comentarios ácidos y mordaces de sus amigas y sobre
todo los de su madre, desde ese momento, nada sería tan importante
como para interponerse entre ella y Carlos.
Carlos tocó el timbre del departamento, una, dos, tres, cuatro, cinco,
seis veces, nadie abrió. Intentó nuevamente.
El sonido insistente del timbre terminó por sacar a Clara del letargo
en que se encontraba, lentamente, como si de verdad sintiera todo el peso
del mundo en sus hombros, miró su reloj, faltaban pocos minutos para
la media noche. Clara se levantó de la cama y arrastrando los pies
atravesó la alcoba y se dirigió a la entrada del departamento.
Abrió la puerta.
Sus ojos no podían creerlo, llena de sorpresa y a su vez de alegría
cayó de rodillas a los pies de Carlos y abrazó sus muslos
con fuerza. Carlos, regresaste, murmuró. Lentamente, mecánicamente,
Carlos Levantó a Clara, sólo vengo por unos papeles que olvidé,
espero que no te moleste, dijo Carlos. Estupefacta, herida hasta el fondo
de su alma por esas frías y estúpidas palabras, deseó
morir. Clara se desmayó.
A las ocho de la mañana sonó el despertador, Clara despertó
con un fuerte dolor de cabeza, con dificultad abrió los ojos, los
tenía tan irritados que parecía haber llorado toda la noche.
Clara, si no te levantas, vas a llegar tarde al trabajo, dijo Carlos.
De golpe, Clara se sentó en la cama. Carlos ¡regresaste!, ¿qué
pasa Clara? Si nunca me he ido.
Absorta, se acostó nuevamente en la cama, ¡fue un sueño,
sólo un sueño!, pensó.
En la noche durante la cena miró fijamente a Carlos.
Carlos, sí, dijo él, recuerdas que cuando nos conocimos me
mencionaste que algún día tendrías que marcharte, sí,
dijo Carlos, lo recuerdo.
Si lo haces me mato, te juro que me mato.
Lo sé Clara, lo sé.
Almoloya de Juárez, La Palma
de concreto
Héctor Cerezo Contreras
25 de enero de 2002