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Ingrid, la víctima
Lunes 21 de julio de
2008
El problema de Colombia es que hay víctimas
de víctimas. Así, es difícil ser justo en la valoración de Ingrid, de su
papel, de sus aciertos y de sus desaciertos como figura pública que es.
Análisis de Victor de Currea-Lugo*.
Es necesario, para evitar la avalancha incontrolada de detractores,
empezar diciendo, con convicción, que me alegró la liberación de Ingrid,
que no comparto para nada los métodos de las FARC, que el secuestro le
está pasando factura a la misma guerrilla que lo comete, que las
condiciones del secuestro fueron atroces y humillantes, y que
indudablemente el momento político y militar tiene un antes y un
después, pero que nada de eso evita un debate tan necesario como
riesgoso: el papel de Ingrid en la agenda de hoy.
Ingrid es lo que diríamos una víctima "business class", lo que no la
hace menos víctima pero tampoco debería hacerla más. Como civil, tiene
todo el derecho a haber sido protegida de pagar con tantos años en tan
terrible situación el precio de una guerra en la que no era combatiente;
como civil tiene todo el derecho a no ser neutral. La neutralidad de los
civiles es una entelequia que hasta en su momento apoyó Uribe con la
idea de la "neutralidad activa" que tiene un claro discurso de fondo:
negar el derecho a los civiles a ejercer sus derechos civiles y
políticos, a expresarse, a manifestarse. Es decir, la víctima neutral,
la víctima que, para que sea considerada como tal, debe ser dócil.
Ingrid, antes y después, tiene derecho a no ser neutral, igual que lo
tienen los casi cuatro millones de desplazados, los familiares de los
detenidos-desaparecidos, y los demás liberados con Ingrid.
No tiene nada de malo que Ingrid use su propia historia con objetivos
políticos, ¿acaso debería no hablar de su secuestro y más bien del
calentamiento global? Podemos no compartir su puesta en escena pero eso
tampoco la descalifica. Ingrid, como política tiene derecho a decir lo
que considere válido, con el sólo compromiso de la responsabilidad
política por aquello que dice pero, de ninguna manera, puede ser
coaccionada por decirlo, sea a favor o en contra de Uribe, nos guste o
no nos guste. Por lo mismo creemos que la acción política de las
víctimas de la violencia estatal tiene derecho a usar políticamente su
dolor, sí, a pasar de la acción sentimental a la acción política; ese es
el juego de la democracia. Lo que no podemos apoyar es un discurso de
víctimas buenas y de víctimas malas, de víctimas que tienen derecho a
decir, que refuerzan una "agenda humanitaria" excluyente donde no
aparecen ni los desaparecidos, ni los desplazados, ni los detenidos de
manera arbitraria.
Es ridículo, por no decir injusto, deslegitimar a Ingrid porque no
estaba tan enferma como se decía ni porque salió directo para Paris. De
nuevo, se espera que la víctima sea débil, que se reduzca a su condición
de víctima sin elevarse a su categoría de persona. Es tan injusto como
decir que un desplazado no lo es después de ciertos meses, o que no es
"tan" desplazado porque no le mataron la familia, ni le violaron a la
esposa.
Pero, el hecho de haber sido víctima no le da necesariamente –repito, no
necesariamente- la razón sobre lo divino y lo humano. Ingrid tiene razón
en su experiencia vital, en su carácter de civil afectada por la guerra,
pero eso no la convierte ni en tertuliana de fútbol, ni en experta en
astrofísica, ni todo lo que diga puede ser cubierto con un manto sagrado
como el que protege la verdad revelada. Una víctima, como persona, como
ciudadano, tiene derecho a los derechos, pero no tiene derecho a más
privilegios que los que tiene por su situación particular.
Creer que un colombiano sabe del conflicto, lo entiende y sabe cómo
solucionarlo por el sólo hecho de ser colombiano es irresponsable, es un
argumento demográfico sin seriedad. Por lo mismo, creer que un
secuestrado sabe todo lo de la paz y la guerra por el solo hecho de
haber sido víctima es una actitud ilógica. En un encuentro en Madrid de
2007, me reprocharon por contradecir públicamente al profesor Moncayo
"porque tiene un hijo secuestrado", con lo cual pareciera que la
verdad "está en el drama que me acompaña" (Mao decía la verdad está en
la boca de mi fúsil).
Ingrid se equivoca en varias cosas, una de ellas, para mencionar solo
una y tal vez la más grave es salir a apoyar el proceso de la ley de
Justicia y Paz, una ley que precisamente vació de contenido la noción de
derechos de las víctimas. Y para esto poco importa que haya sido
secuestrada. En Colombia hay alrededor de 30.000 personas desaparecidas,
la gran mayoría por los paramilitares; de las 4.000 fosas comunes
descubiertas en años anteriores el 98% fueron resultado de la acción
paramilitar; los vínculos entre paramilitares y militares siguen sin ser
investigados y la impunidad del paramilitarismo sigue siendo una
asignatura pendiente que no se resolvió con la extradición de éstos a
los Estados Unidos. Ingrid se afilia así a una postura condenable desde
los derechos humanos, lo que no desdice de su pasado de víctima pero
tampoco hace que no se le pueda criticar. No ha habido ni verdad, ni
justicia, ni reparación.
Hay otras víctimas que no son Ingrid, víctimas colombianas organizadas
que se erigen como un actor político antes que como un "necesitado
menesteroso", renuncian a la idea de neutral y asumen el ejercicio
de su ciudadanía, de sus derechos políticos y civiles, sin por eso
renunciar a su categoría de víctima. Sus reclamos no son de asistencia
humanitaria, en términos de bienes materiales, tampoco se da en términos
de pedido sino que, cada vez más, en términos de exigencia al Estado,
La primera demanda, o una de las primeras, de las víctimas es el derecho
a ser reconocido como tal, que no se invisibilice más su drama, que no
se le vea como delincuente urbano ni como falso desplazado, menos aún
como parte de los actores de la guerra en Colombia. Es triste decirlo
pero lo que piden puede ser dicho en la paradójica expresión del
"derecho a ser víctima", negado sistemáticamente por la sociedad y por
las instituciones. Derecho que, afortunadamente, no se le niega a
Ingrid.
Pero esos reclamos legítimos, a través de mecanismos jurídicos, de
bienes materiales a los que tienen derecho o de justicia y reparación,
han tenido que enfrentar la violencia. En los primeros 9 meses de 2007,
al menos 13 líderes del movimiento de víctimas fueron asesinados.
Uribe también ha buscado rentabilidad política de las víctimas: nombró a
un ex ministro, secuestrado por las FARC durante varios años, como
Ministro de Relaciones Exteriores, más que por sus cualidades por el
peso mediático de quererle dar "voz y nombre" a las víctimas, pero a
cierto tipo de víctimas y al servicio de intereses específicos.
La lucha política de los civiles en medio de la guerra es memorable, no
como víctimas que piden ayuda sino como sujetos titulares de derecho que
demandan éstos al Estado, no sólo derechos de subsistencia sino de
libertad, a pesar de los que hacen la guerra e incluso contra quienes
hacen la guerra. Un ejemplo de esto es las diferentes formas de
resistencia civil, de las comunidades indígenas en el Cauca, las zonas
humanitarias en medio de los crecientes cultivos de Palma Africana, los
procesos organizativos de personas desplazadas, y de tantos otros
esfuerzos de resistencia frente a la barbarie.
Contrario a ese deseo, en el marco de la Ley de Justicia y Paz, en el
marco de la llamada desmovilización de los paramilitares, lo que se
observa es la institucionalización de la impunidad. En el barrio
"Villa Paz" de Sincelejo los desplazados conviven con los paramilitares
sin que haya ocurrido ningún proceso de reconciliación. ¿Aceptaría
Ingrid compartir vecindario con sus secuestradores si estos un día se
desmovilizan? Creo que no, tiene derecho a decir que no y los de
Sincelejo también.
* Investigador social |