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Silencio frente al terrorismo de Estado en Colombia, estridencia contra
las acciones de las insurgencias
Por: Hugo Paternina Espinosa.
Madrid. Enero 19 de 2008.
Apuntes
referenciales.
Veo la convocatoria
que me hacen llegar vía email para que me sume el día cuatro de febrero
a una movilización contra la FARC. No pongo en cuestión que la
insurgencia en Colombia comete y ha cometido innumerables y
despreciables actos que laceran la dignidad humana. No voy a enunciarlos
aquí porque no es preciso seguir ahondando en el horror. Hay cosas que
no son defendibles ni ideológica ni política ni éticamente hablando.
Dicho lo anterior, lo que si quiero es expresar mi opinión en relación
con el texto y el propósito de la convocatoria. Me resulta repugnante
que las personas que se auto-consideran “de bien” en Colombia lancen
soflamas y cualquier cantidad de epítetos contra las FARC, y, sin
embargo, esa misma gente calla y ha callado de modo alevoso y cómplice
ante los miles de crímenes cometidos por el paramilitarismo, con la
anuncia, y eso podemos decirlo hoy con gran propiedad, del Estado
colombiano.
Hoy conocemos por los
mismos paramilitares la manera cómo importantes funcionarios del Estado
contribuyeron a forjar su industria criminal y a que expandiera dicho
fenómeno su corrosivo poder por todo el país, hasta el punto de llegar a
permear todos los niveles del Estado y el gobierno. Hemos conocido entre
otras muchas cosas, dónde están las fosas comunes, las que se conocen,
por supuesto, y a cuantas miles de personas asesinaron y desaparecieron
en todo el país, las que han reconocido, pues muchas victimas hoy por
hoy no saben qué pasó con su o sus familiares, y tal y como va la cosa
no lo sabrán puesto que las audiencias en donde han comparecido los
jefes paramilitares y en donde se tenía previsto que contaran toda la
verdad, sin ningún genero de duda, dejan la sensación que es más lo que
siguen ocultando que lo que aclaran. Y ello para no referirnos que
algunos de los familiares de las víctimas que asistieron a las
audiencias demandando justicia y verdad terminaron siendo asesinadas
.
Por estas víctimas,
hay que decirlo, nunca hubo una movilización y la ley de justicia y paz
que hoy desarrolla el Gobierno de Uribe para conocer todo lo sucedido
parece inexorablemente ahondar más en el ocultamiento que en el
esclarecer lo acontecido. Y si alguien se movilizó en alguna ocasión por
todas aquellas sonadas masacres y victimas, sin duda, no fueron
precisamente las personas que hoy convocan con gran brío esta
movilización, a la que se suma y con mucho entusiasmo, no podía ser de
otra manera, el Diario el Tiempo.
El Uribismo calla
frente a sus propios crímenes
Para más INRI, hace
poco Hernán Veloza,
más conocido como H.H y quien fuera Jefe Paramilitar del Bloque Bananero
y el Bloque Calima (2001) reconoció que en el sólo Urabá mandó a matar
entre 1995 y 1996 a más de 1500 personas,
es decir que, frente a esto las 336 muertes que Salvatore Mancuso
reconoció en una de las audiencias en la ciudad de Medellín terminan
siendo para muchos de sus acólitos nimias, insignificantes. Cabe decir
que, entre los acólitos de Mancuso se encontraban miembros en el ramo de
la justicia, en el gremio de ganadero, en la Policía y el ejército, y,
por supuesto, en el Congreso de la República. En este organismo llegó a
reconocer que al menos el 35% de los Congresistas que lo integran
estaban a su disposición. Los hechos han terminado demostrando que las
reiteradas denuncias de la oposición y de otros sectores sociales en
relación con los vínculos existentes entre políticos y paramilitares
eran una monumental realidad y no una invención como al principio se
dijo desde el alto gobierno.
El último gran
acólito y ello ha trascendido a los medios de comunicación, es Benito
Osorio,
Expresidente de la Fondo de Ganaderos de Córdoba, sobre todo en el
periodo de afianzamiento del paramilitarismo en esa región y en Urabá, y
quien fuera nombrado por Uribe a finales de diciembre en calidad de
gobernador Encargado del paramilitarizado Departamento de Córdoba. Dos
semana después de su nombramiento éste personaje y de quien se dice en
Córdoba que era uno de los aupantes del paramilitarismo, --- no lo sabía
acaso Uribe siendo ganadero y terrateniente en esa zona durante más de
tres décadas---, el gobierno ha tenido que pedirle la renuncia, pues se
comprobó, pese a haberlo negado, que en los momentos previos a su
nombramiento fue a visitar a Salvatore Mancuso en su sitio de reclusión
¿de qué hablaron? ¿ por qué este nombramiento?
Y el tropel no para
aquí, pues recientemente el gobierno de Colombia ha reconocido por fin,
que, paramilitares y funcionarios del gobierno son los
responsables del asesinato de 47 sindicalistas, lo que eleva a 267 los
asesinados durante los últimos cincos años, es decir, en
pleno mandato de Uribe y de la Seguridad Democrática, lo que
convierte a Colombia en el país más peligroso del mundo para el
ejercicio de la actividad sindical como así lo ha reconocido la OIT.
Hay que decir que, este reconocimiento es el resultado de la presión
que ha realizado el Congreso de los EEUU, de mayoría demócrata, por
cierto, y quien le estaba exigiendo a Uribe que esclareciera dichos
crímenes si quiere que le sea aprobado el Tratado de Libre Comercio. Es
decir que, tuvo que esperarse que el amo del norte y la Unión Europea
pidieran responsabilidades para que una parte de la verdad se supiera.
Esto llega tarde: todos sabíamos que el Estado y el paramilitarismo en
una simbiosis criminal eran y son los responsables de tales crímenes,
sólo que poco se había hecho para asumirlo.
Y ello para no hablar
de las campañas de limpieza, e incluso, las matanzas que siguen
cometiendo los paramilitares después de la desmovilización en
importantes ciudades del país. Salvo las centrales obreras, sectores del
Polo Democrático y las ONGs de derechos humanos, a propósito
consideradas por el Presidente Uribe en distintas ocasiones como
áulicas del “terrorismo” y de la guerrilla, ¿quién se le ha movilizado
contra estos crímenes?, desde luego no muchos/as de los que saldrán el
día cuatro de febrero en una colorida comparsa y en donde se escuchará a
la fija: no más secuestros de las FARC -no se mencionarán los que
acomete el Estado- fuera Hugo Chávez de Colombia, Piedad Córdoba vende
Patria y, por supuesto, No al Despeje.
Gradiantes diferente frente a la vida y la muerte.
Frente a esto me
pregunto, ¿por qué la "gente de bien" que hoy llama a movilizarse contra
las FARC no se ha inmutado siquiera a suscribir una comunicación que
denuncie todos los desafueros cometidos por el paramilitarismo y el
Estado? En Colombia, sin duda, el gobierno y eso que llaman
sociedad civil parece que les horroriza sólo un tipo de crímenes
cometidos por un tipo de victimario y no los cometidos por todos los
victimarios. El día que quienes convocan este tipo de manifestaciones me
muestren una convocatoria que ponga en igualdad de condiciones a todas
las víctimas y a todos los victimarios, ese día saldré a marchar, pues
consideraré que se está atacando a todos los victimarios por igual y
dignificando a todas las victima de forma simétrica.
¿Cuántas veces la
Corte Interamericana de derechos humanos con sede en San José de Costa
Rica ha condenado al Estado colombiano por violación a los derechos
humanos y cuántas manifestaciones por tales hechos han convocado “esta
gente de bien” que ahora se expresan contra las FARC? No nos
equivoquemos, hay que repudiar por principio ético los desafueros de la
insurgencia, pero hay que huir de aquellas posturas que desde el Estado
y el gobierno usan el dolor de las víctimas de la insurgencia para sacar
réditos políticos y limpiar el sucio nombre de un gobierno que cada vez
más le cuesta huir del descrédito; también hay que huir y a toda prisa
de aquellos sectores de la sociedad civil que denuncian con toda bravura
las tropelías de la guerrilla, pero, curiosa y contradictoriamente se
quedan calladitos y hasta dan por bueno los horrendos crímenes del
paramilitarismo y del Estado mismo.
A contracorriente.
Frente al contenido
de la convocatoria, digo, efectivamente: estoy cansado de ver cómo la
gran mayoría de los jóvenes en Colombia huyen de la falta de
oportunidades; estoy cansado de ver como El Presidente Uribe nombra a
amigos y personajes en el alto gobierno, los cuales luego deben
renunciar porque se les demuestra relaciones y nexos con el
narcoparamilitarismo, sin que asuma ninguna responsabilidad política por
ello; estoy cansado de ver cómo las élites que mal gobiernan el país
utilizan el patrimonialismo como herramienta para profundizar
las diferencias sociales, económicas y políticas ya existentes; estoy
cansado de ver cómo las elites en Colombia perdieron cuando han querido
hacer la paz y también cuando han querido hacer la guerra; estoy cansado
de ver cómo tres millones de desplazados/as, ---la mayoría de
ellos/ellas responsabilidad del Estado y los paramilitares-- deambulan
por las frías calles de Bogotá o de otras ciudades sin ninguna ayuda por
parte del Estado;
Estoy cansado de ver
como Ardila Lule, Julio Mario Santo-Domingo y demás representantes de
los principales gremios económicos y financieros se llenan, mientras el
68% de la población vive en la miseria; estoy cansado de ver y oír cómo
se cierran hospitales y clínicas y de saber que el ejercito se lleva una
gran parte del presupuesto general de la nación, sin que la derrota de
la insurgencia que una vez se prometió ---con tanto candor--- se vea a
la vuelta de la esquina como de modo ingenuo pensó y piensa Uribe y la
élite que le respalda; estoy cansado que el Presidente Uribe le siga
mintiendo al país sobre sus verdaderos nexos y los de sus familiares con
el narcoparamilitarismo; estoy cansado de ver cómo Colombia es el corral
del gobierno americano; estoy cansado de que me digan de que sin Uribe
el país se cae; estoy cansado de que me digan de manera estúpida que la
“insurgencia es terrorista” y el Estado y los paramilitares no lo son;
Estoy cansado de que
la gente de manera torpe y en coro con el gobierno niegue y sin
distancia crítica que en Colombia no hay un conflicto social y político
y de que éste urge una solución política, si no que lo que existe es una
amenaza terrorista; estoy cansado de la frágil memoria del país que da
por buena las masacres de los paramilitares mientras repudia las de la
guerrilla; estoy cansado de ver cómo los congresistas --y funcionarios
nombrados por Uribe---- empiezan a ser condenados por paramilitarismo y
se les condena sólo a ocho años de prisión, o menos, como en el caso del
representante a la Cámara por el Departamento de Sucre, Carlos García, o
como el del Senador por el Departamento del Atlántico, Dieb Maloof,
mientras al señor de ruana le ponen penas inconcebibles por delitos
menores.
De igual modo, estoy
cansado de ver como los hijos de los políticos y gente con pocos meritos
vienen a hacer alarde de haberse ganado becas para venir a estudiar a
Europa, justo cuando sus padres podrían financiarles sus estudios y con
ello dejar esa oportunidad a quien bien la necesita; estoy cansado de
ver y oír que quien critica al gobierno está con él; estoy cansado de
ver como Uribe desinstitucionaliza al Estado y acaba con lo poco de
democracia que había; estoy cansado de ver como se militariza y narco-paramilitariza
la sociedad sin que esa gente de bien se pronuncie con el mismo vigor
como ahora pretende hacerlo; por último, estoy cansado de esta elite que
mal gobierna a Colombia y por ello deseo que un día la gente se dé
cuenta que hay la necesidad de proscribir a aquellos sectores
comprometidos con la corrupción, la violencia oficial y todo tipo de
desmanes contra los bienes del Estado y la gente más indefensa.
Uribe y Francisco
Santos han dicho que Las FARC y las guerrillas son la peor amenaza de la
democracia en América Latina y en el hemisferio occidental, me resisto a
creer semejante estupidez funcional; la verdadera amenaza para el
continente es la pobreza creciente y compleja que crece de la mano del
neoliberalismo y de la globalización asimétrica que imponen los países
del norte a los del sur y ello lo reconoce hasta el mismo George Soro,
de profesión especulador.
Insisto, que por principio ético hay que condenar aquellos actos de la
insurgencia que la niegan en los principios y fines que ella dice
perseguir. No secundar la marcha que con rabioso sentimiento antifariano
y antiinsurgente nos proponen sectores de la sociedad civil y los
estamentos del Estado y el Gobierno, no significa que estemos admitiendo
actos repudiables como los de Bojayá, Machuca, o la situación, por
ejemplo, en la que
Claras
Rojas tuvo que hacer la gestación de su hijo Emmanuel y la manera como
después éste fue separado de la misma.
Ello tampoco quiere decir que no se
sienta uno conmovido por lo que tuvo que vivir Consuelo González de
Perdomo y lo que viven el resto de las personas secuestradas, no,
lo que quiero dejar claro es que no hay que ser instrumento político ni
ideológico de nadie y menos de un sector de la sociedad civil que no ha
tenido el valor de cuestionar ni denunciar los desafueros del
paramilitarismo; y muchos menos, por cierto, del gobierno y del Estado,
que solventes muestras ha dado y desde hace mucho tiempo atrás de ser el
principal perpetrador de toda suerte de desafueros contra la población
civil; unas veces teniendo como victimarios a la Policía y al Ejército
de forma directa, u otras apoyando las sañas y el sadismo del
narcoparamilitarismo.
Cuando la
convocatoria tenga por fin denunciarlos a todos, entonces ese día yo
encabezaré la marcha. Por lo pronto marchen contra las FARC, pero les
recuerdo, otras familias en Colombia se siente agraviada por el Estado y
los paramilitares y seguro que muchos de ustedes no lanzarán una
consignas por ellas.
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