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Por: Carlos Alberto Ruiz
S.* Enero 4 del 2008
Comúnmente es tan fácil especular como lo es opinar desde fuera de unas
circunstancias de ahogo. Pero a veces es punzante aventurar suertes en
determinados sucesos como el que nos ocupa, con el martilleo de las
horas en espera de los resultados de una prueba científica como el ADN
(manipulable según qué corruptos estén cerca). No obstante hay que
hacerlo, aparte de un cierto deber de aprendizaje, para expresar una
personal consternación por algo grotesco que había podido evitarse.
Porque creo que hay mejores formas de hacer ciertas cosas, modos
superiores de obrar, que están al alcance, que hubieran podido conjurar
esta escena sórdida, penosa y turbia a la que asistimos, por sí misma
hiriente.
Igualmente, no es tan fácil hoy día, como puede pensarse, aseverar algo
y sentir vergüenza, ni por actos propios, ni por acciones ajenas. Para
que la vergüenza aflore se requiere piel en el alma, y lucidez. Los
múltiples mecanismos de tergiversación, alienación y entumecimiento
moral y espiritual de los individuos y de los colectivos, ya no sólo en
un contexto de pugna de versiones, sino en general en la instrumentación
actual del ser humano en la sociedad capitalista, nos ha convertido esa
piel en un cuero duro, sin finas terminaciones nerviosas, casi en un
plástico, tras capas densas de mezquindades, ceguedades y oprobios, y la
pizca de lucidez en estupidez. Escribo esta opinión con algo de esto
último, sin esperar confirmaciones contundentes, que llegarán en
cuestión de horas, pensando que es mejor arriesgar este discernimiento
sin acomodarlo en unos días, sin oportunismos indecentes. Lo expreso
como lo siento, leyendo entre otras fuentes el buen escrito de Okrim Al
Nasal en rebelión.org: “ADN: El invitado sorpresa”
(4-01-08) y sus deducciones.
Reconstruyamos otra vez: Emmanuel, el niño de Clara Rojas, nacido él en
cautiverio de su madre al estar ella privada de su libertad por las
FARC, al alba del 2008 debía haber sido entregado al presidente Chávez
(quien recordó el 26 de diciembre con justicia en un lapsus afortunado,
que también niños de la esperanza, hijos de guerrilleras prisioneras,
nacen en las cárceles). Junto a la criatura, Clara y Consuelo González,
otrora parlamentaria, al parecer actualmente enferma, debían ser puestas
en marcha para ser recogidas. Ese fue el compromiso público, ante el
mundo, de aquella insurgencia, que lo proclamó en un comunicado con
origen en La Habana. No puedo ocultar la asociación más o menos
inconsciente tejida entre el hecho de que ese anuncio circulara desde
allí y la quimera o el deseo de ver y probar una guerrilla caminando en
el sendero ético de Ché Guevara, en el corazón de una Revolución que el
pasado 1º de enero cumplió 49 años.
Se
duda ahora. Se dice que es probable que las FARC no tengan en sus manos
al niño que prometieron entregar. Uribe dice que la inteligencia del
Estado sabe que Emmanuel fue dado al instituto público (ICBF) que se
encarga de estos casos: de menores desprotegidos que son luego
mantenidos en hogares de paso hasta dar con quienes los puedan acoger en
mejores condiciones. Y que por ello las FARC no pueden cumplir lo ya
comprometido. Para dar esa noticia abortiva, Uribe salió de su
descanso en su hacienda en un conocido enclave paramilitar hasta
Villavicencio, a donde llegó con su sombrero ranchero. Escogió con
cálculo un momento crucial en la Operación política y logística
coordinada por el Gobierno de Venezuela. Tal aborto no es de extrañar.
Del régimen Uribe y su equipo de tunantes, no puede esperarse que
ahorren energías cuando trazan objetivos determinantes. Uno de ellos
podía ser, y fue, bombardear la empresa que concentró parte de la
atención mediática del mundo al final del año 2007, entre muchos hechos
de gran calado. Basta ver la prensa en diferentes latitudes. Era lógico
entonces arruinar el propósito que convocó en pocos días a
representantes de varias naciones, a organismos como el Comité
Internacional de la Cruz Roja, y que resaltó la interlocución y
planeación que el propio presidente Chávez elevó a la merecida categoría
de verdadero asunto humanitario, con millones de ojos en todo el
planeta puestos en esa puerta. Dinamitar eso es altamente
rentable para Uribe, coherente con su tesis de que no hay conflicto
armado, y que lo imperativo es la “mano dura” contra criminales
sin altruismo alguno, sin sentimientos de consideración, que dice él, y
muchos, es lo que caracteriza a los hombres y mujeres de las FARC,
agregando que no hay opositor digno de tenerse como tal, ni motivo para
dialogar, ni siquiera sobre la humanización de la guerra, y que por
sustracción de materia el papel de la comunidad internacional no puede
ser otro que apoyar su tarea antiterrorista. Buscó así el 31 de
diciembre cerrar un año y abrir otro con el portazo de su razón.
Denunciando otra vez que las FARC no son creíbles. Que pueden jugar con
la verdad y con la vida de cualquiera.
Hay
caravanas antagónicas. Uribe y su caravana, y por supuesto el Imperio,
de Washington a Madrid, sabían de la cuestión puesta en pocos días en la
mesa en la que Hugo Chávez hace una apuesta digna. Prominentes poderes
en esas dos ciudades apostaban a su vez por el fiasco. El descalabro del
fustigado Chávez sería útil a Bush, a Rodríguez Zapatero, a Aznar y al
Borbón, para demostrar que no es posible otra diplomacia que la
dominante. Sabían que si la caravana para recuperar a Emmanuel, Consuelo
y Clara, tenía éxito, aparte del posicionamiento de Chávez, la
progresiva o escalonada caravana de interlocución con las FARC podía ir
derivando en el reconocimiento de elementos de beligerancia,
expreso o implícito, hacia tal insurgencia, estando de por medio
representantes de otros gobiernos y concitada una importante atención
internacional.
Ya
es un tópico afirmar que la primera víctima de las guerras es la verdad
(no sólo de aquellas, ciertamente, sino del mismo sistema de dominación
económico y cultural). Mas una cosa es la verdad sospechada, y otra la
verdad debida, cuando sobre ésta se empeña la palabra, dada además por
rebeldes que se postulan tales: seres dispuestos a aprender, indignados
y combativos ante la opresión, de la que hace parte la mentira. Rebelión
que no puede ser posible entonces sin aprendizaje y sin indignación. Y
por esos mismos valores y estas dos demandas insitas, puede sentirse
vergüenza: por esa señal objetivamente frustrada; por ese pacto de una
organización consigo misma, incumplido por ahora; por un importante
gesto, justo y unilateral, eclipsado o decaído, para el que no se tuvo
capacidad, ya ofrecido el paso, no nacido de la negociación sino de la
voluntad y la claridad políticas vinculadas al hacer de Chávez, quien
confió en ello. Sentir vergüenza, además mirando hacia delante, con una
migaja de justicia elemental, no es fácil. Pero tendrá que producirse.
Esa vergüenza habrá de generarse, y regenerarse.
Sin
esa vergüenza propia o ajena, no será posible superar la infamia de una
realidad compleja, en la que se patenta con este hecho, como mínimo, que
planes militares de liquidación han sido aplicados ferozmente para no
dar siquiera una corta oportunidad a las liberaciones con un carácter
humanitario, y menos tampoco al intercambio de personas privadas de la
libertad en razón del conflicto. Confirman esos planes y su intensidad,
que Uribe busca y quiere guerra. Y se corrobora con ese cuadro, además,
una desconcertante precariedad material en medio del conflicto
armado convencional e irregular, que agrava la desigualdad de medios, la
asimetría, donde al parecer ya no puede tenerse por la guerrilla en las
más básicas condiciones a un niño, en selvas y campos de un inmenso país
donde se supone hay o debe haber desde hospitales de campaña para los
combatientes hasta los últimos campamentos madre, donde se presume puede
accederse no sólo a Internet sino a medios para surtir dignamente la
vida. Supongamos que tal escasez es así de drástica, y que la misma
penuria de la vida guerrillera obligó a evacuar por su seguridad e
integridad física y psicológica al pequeño Emmanuel. Pero no excusa la
falta de previsión, iniciativa o creatividad para hallar opciones más
adecuadas.
Y
no justifica la posible precariedad ética y política, deducida
ésta, en mi modesta y externa opinión, de dos comprobaciones llegado el
caso de ser demostrado el incumplimiento objetivo de las FARC (asumo el
riesgo de observar por ahora, no de enjuiciar una intencionalidad
que me creo claramente no es malévola, orientado por lo que dicen y
callan medios de comunicación dominantes, guiado por el desconcierto que
hemos experimentado miles de personas, que podemos albergar sentimientos
y razones para la defensa del derecho a la rebelión como recurso contra
la opresión, y que no hemos podido tener ante sí otras versiones, de la
subversión, aclaraciones realmente sólidas. Quizá lleguen. Mejor más
temprano que tarde, pues Uribe ya logró dilatar lo que con el paso de
los días buscará liquidar por completo con la inercia: cualquier viso de
solución con presencia internacional que le desautorice su política
atroz de “seguridad democrática”).
La
primera comprobación eventual: que no se contó la verdad a un Presidente
que en ese extremo sí se la merecía plenamente y que debía conocerla
para la complicada labor asumida. Me refiero al legítimo interlocutor en
esta batalla, Hugo Chávez, en tanto las FARC le dijeron, y con él al
mundo entero, que se le entregaría a Emmanuel. Uno no entrega lo que no
tiene. Esto no sería un desliz operativo; sería un costoso error
político que desdice tanto en el terreno de la correspondencia entre
proyectos revolucionarios, como en el plano mismo de la elemental
credibilidad que debe ser ganada para que una organización sea tenida al
menos parcialmente como fuerza beligerante por ámbitos
progresistas. Ese camino ha quedado cañoneado por ahora. No sólo por
Uribe, como era de esperarse, sino por la irreflexión de las propias
FARC sobre las diversas variables. Esta guerrilla sabía lo que podía
suceder y en su comunicado del 9 de diciembre lo previó anunciando la
liberación: “en circunstancias tales que se evite bajezas uribistas
como las sucedidas con las ‘pruebas de vida’”. Luego no se explica
uno cómo pueden facilitarle a Uribe tales bajezas, como las que urdió
con su histrionismo el último día del 2007 escupiendo en la cara de
miles de personas, entre ellas los familiares que esperaban después de
tanto tiempo a sus seres queridos, por años en las selvas colombianas.
En
caso de ser cierta la primera, una segunda dolorosa demostración se
arraiga: que el hijo de Clara Rojas y de un guerrillero sí fue
entregado, directa o indirectamente, al Estado. Por diligencia o por
indisciplina de la guerrilla. Da igual. Si ello fue así, debe sentirse
vergüenza. Vergüenza, porque en lugar de esa triste elección, podía
haber sido entregado hace tiempo a la familia de Clara en la ciudad, o
al Gobierno de la República Bolivariana de Venezuela, con todo lo que
tal evento hubiera supuesto en el escenario político de un país como
Colombia, envenenado con la pócima mediática de que la guerrilla es
desalmada, que no tiene piel o es estúpida. O había podido el niño ser
puesto al cuidado de familias muy cercanas o de confianza para la
insurgencia, y no a cualquier aislado poblador, como sería el caso según
las informaciones que llegan: que una vez enfermo el niño, alguien no
formado para ello o consciente de su responsabilidad, lo debió llevar a
esa institución benéfica. Y que eso pasó en julio de 2005 ¡Hace dos años
y medio!
Pasaba hasta hace unos años, en el campo o en la ciudad, que familias
del entorno insurgente podían recibir hijos de combatientes ¿A tal punto
ha llegado la inclemencia de la guerra que esto ya no es posible?
Vergüenza habrá de sentirse, si fue entregado a un instituto de un
Estado de un país, donde sus autoridades públicas dejan morir de hambre
y enfermedades a miles de niñas y niños, donde los hay deambulando sin
futuro, medio creciendo para morir, en las calles pegados a la barata
droga del pegante, expuestos al maltrato, a la violación, a la
explotación, al comercio de órganos. Paul Martin, de UNICEF, afirmó que
21.000 niños mueren en Colombia por causas prevenibles como la
desnutrición (El Tiempo, 2-01-08) ¿A ese Estado entregó la
guerrilla revolucionaria de las FARC, o dejó que se entregara, a un niño
que tenía el derecho de estar con su madre, y ella el derecho de estar
con él, incluso temporalmente en el medio más inhóspito? Es verdad que
las condiciones de la guerra son terribles, y que los campamentos de las
FARC no son una guardería. Pero ¿no había otra alternativa?
Quisiera estar equivocado. No por fundamentalismo alguno, sino por
higiene mental, y por algún asomo de coherencia de lo que uno cree que
se mantiene despierto en el espíritu insurgente. No creer entonces que
un niño puede ser dado por la guerrilla rebelde al cuidado del Estado
infanticida (mírense las estadísticas, las calles y los campos: ¡un país
con dos millones de niños desplazados¡ donde abundan recursos para
brindarles una vida digna), y menos que aquel niño, Emmanuel,
especialmente él, cuya entrega se prometió a los cuatro vientos por las
FARC, no haya estado en sus manos en el momento de tal decisión de esa
guerrilla, sino a buen recaudo del gobierno de Uribe, y su instituto
ICBF, que ha anunciado que apenas 15.853 menores viven bajo esa tutela.
No quiero pensar que es Emmanuel, aunque allí le vaya mejor al niño que
sea, si cuando fue entregado en 2005, como dice la directora del
hospital de recepción, tenía “un brazo fracturado e inmensa falta de
amor”. A lo que hay que agregar el vil relato de Uribe, posando él
con indignación ante la desnutrición severa, las enfermedades y
los signos de abandono del niño, diciendo que Emmanuel fue
torturado por las FARC, lo cual es de tajo una mentira. Me
resisto a creer tal indolencia, desamparo u orfandad de las FARC
respecto de Emmanuel y de cualquier otro niño o niña. Y no puedo creer
que Uribe Vélez, un neoliberal y guerrerista consumado, tenga sustancia
humana para miramientos con los niños, menos con los niños pobres de
Colombia. Él, que ha dejado en su historial político y criminal a miles
de víctimas, de su modelo económico depredador, de sus grupos
paramilitares, de su impunidad. Miles de niños sin padre o madre por la
guerra sucia, podrán algún día saber qué papel cumplió en ella Álvaro
Uribe.
La
página de Emmanuel marcará el texto de un país descuadernado moralmente,
del que Uribe y su séquito han dado las mayores pruebas de perversión,
pues habían podido dejar hacer a la misión internacional y
esperar a ver con qué cara salía la guerrilla al entregar a las dos
mujeres y no al niño. Incluso desde su posición, hubiera sido
inteligente aguardar. Y no impedir que se pasara a la fase en la que
ellas recobraran su libertad. Pero eso significaría contar ya con un
resultado, con gente liberada, y esa eventualidad por sí misma es
inadmisible: la libertad basada en la solución dialogada es
desestabilizadora del modelo autoritario que Uribe ha entronizado. Si
esto hace Uribe para impedir la libertad de dos mujeres, además cercanas
a su misma clase social, ¿puede esperarse de él algún día un compromiso
con la paz? Queda mucho por andar, para que una casta inconmovible en el
poder ceda algo serio a favor de la justicia.
Pasaremos, como estamos acostumbrados con más cuero que piel, a otros
capítulos de ese cuaderno desvencijado, haya sido cierto o no que este
niño fue dejado por la guerrilla y que inasistido llegó a manos del
Estado, o sea que aquella cascabeleó cuando comprometió su entrega, sin
tenerlo. O sabremos que no mintió, y que puede comenzar a levantar la
cabeza cuando otros le requieran obligaciones como correlato para que se
le observe, al menos parcialmente, su condición de fuerza beligerante
responsable, por al menos un gobierno, como el venezolano. Es eso lo que
Uribe reventó por ahora con la ayuda que brinda la probable torpeza de
su oponente. Desenlaces como la muerte de los diputados del Valle le
sirven a él más que a nadie. Cierra las puertas internas y las ventanas
internacionales para encender la casa. Luego hay que derribar unas y
otras, para que problemas como el intercambio humanitario puedan tener
solución, y si no el canje, entonces liberaciones unilaterales,
habilitando los canales internacionales que hacen temblar a Uribe y los
suyos.
El
año que terminó se cerró con hechos funestos, que se siguen sumando al
desgarro de las auténticas farsas que protagonizó el régimen de Uribe. Y
se abre otro con las expectativas enrevesadas y con la confusión insana
que aumenta una factible improvisación grave de la guerrilla, poniendo
sal en una herida. No todas las imposturas pueden asimilarse. Aunque las
FARC demuestren luego que Uribe ha vuelto a mentir sin pudor, y eso
pueda remontarlas en sus propósitos, no es marginal, sino central y
apremiante, un debate que deben encarar ya, a partir de su capacidad de
aprendizaje e indignación, en la base de la rebelión a la que dicen no
renunciar.
Debería abordarse con el rigor de la seriedad de la que deben renovarse
pruebas, con criterios propios y diversos, escuchando a otros que así
mismo escuchen a esta insurgencia (Gobiernos, agencias y redes
internacionales, intelectuales, iglesias, organismos de derechos humanos
y derecho humanitario, y sobre todo pueblos), en un método probo
y eficaz, para que la regulación de la guerra sea realidad al
menos por una parte, indignados/as ante la injusticia, con menos
palabras y con más hechos diáfanos. Es lo que debe urgentemente
comprenderse de este acontecimiento triste que debe avergonzar. Con la
transparencia de una controversia que corresponde a la ética y a la
política de las fuerzas que luchan por la transformación. De un lado
fundamentando con la coherencia del ejemplo la necesidad del alegado
derecho a la rebelión ante la injusticia. Y de otro lado la necesidad de
los límites de ese derecho a rebelarse, creciendo moralmente en la
autocrítica. La guerra contra lo injusto, no puede ser más de cualquier
manera. Esta fue y es la ética de los medios que no apabulló sino que le
dio sentido a gestas revolucionarias o rebeldes casi imposibles en sus
respectivas épocas, de Ché Guevara o Bolívar, aun en la derrota
material, pero no moral ni política. Uribe, su ministro Santos,
Restrepo, su comisionado de guerra, y el Imperio, no tienen por qué
tomar en cuenta esas lecciones. No son sus destinatarios. No son para
ellos. No es para su dura costra. No tienen por qué sentir vergüenza, ni
por Emmanuel, ni por el sufrimiento en la guerra. Que si ha de terminar
algún día, debe acabar dignamente, no entregando el futuro, simbolizado
en los hijos de la esperanza, ni nada que haya significado tanto dolor,
como lo es el parto de una Colombia con justicia.
* Carlos Alberto Ruiz fue Asesor de la
Comisión Gubernamental para la Humanización de la Guerra en Colombia.
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