Mal de Altura

Notas sobre un viaje a Bolivia

1. La condición de lo inesperado siempre fuerza al pensamiento y la imaginación por captar algo de eso que pasa. Bolivia exige ese impulso y esa energía. En su heterogeneidad y su permanente movimiento, Bolivia es a la vez la experiencia de la fractura y del magma. Sobre esa superficie se inscriben geografías claramente iluminadas, climas naturales y sociales que generan una atmósfera densa. Es ahí donde rostros, cuerpos y lenguas cuentan historias que son desafíos para quien se propone comprender, acompañar, disfrutar. Nuestro viaje, durante febrero del 2005, fue una lucha entre este intento de comprensión y las dificultades de adaptación (en donde la altura no fue el menor de los obstáculos). También una apuesta a que lo sucedido en estos últimos años en Argentina abriera a una mirada diferente. Y a que ese diálogo entre procesos de destitución-construcción se vuelva vital para cada quien.

No se trata de demostrar sino más bien de mostrar. Nuestro paso por Bolivia, por cierta Bolivia, tuvo que ver con mostrar(nos). Con buscar, con encontrar, con conectar con ciertos testimonios. Con una palabra que abre mundo, que opera como marca del paso del sentido, que ya no requiere ser explicada, sino compuesta en un mundo textual y político más amplio. De allí que no sea este un texto de aspiraciones analíticas, sino uno de vocación expresiva, atravesado de modo explícito por nuestras impresiones.

2. Llegando a Bolivia uno se encuentra con la altura: sobre todo en La Paz, El Alto y el altiplano, es un rasgo dominante. Se tarda meses en acostumbrarse totalmente a ella. Las cosas en Bolivia se dan como violenta indiferencia y explosiones de una agresividad sorprendente. Arriba lo indio, abajo lo mestizo. La indiferencia sube, la agresividad baja. La altura es maldición anticolonial, cuartel natural y suelo de cocción de elementos civilizatorios, sea a fuego lento, sea como un grito crudo.    

Viajar a Bolivia es perderse a velocidades variables, en esos relatos (personales,  históricos, políticos). Nuestro tiempo resultó insuficiente. El de los bolivianos quedó intocado. Cíclico, continuo y a la vez expansivo, disruptivo. El tiempo desplegado en cada una de las historias que nos recibieron y nos invitaron, y en las que nos comprometimos, sigue abierto, atravesado por una coyuntura tan rica como trabada e imprevisible.

3. Llegar a Bolivia es sorprenderse al punto de quedar sobrepasados por el modo en que las primeras intuiciones se confirman al infinito: en efecto, se puede sentir de inmediato y de manera inconfundible esa atmósfera concentrada, como envolviendo una extrema tensión entre elementos distintos, como abierta a una dinámica –estilo danza guerrera– poliforme que signa hoy, de modos diversos, la sintaxis de los movimientos y las luchas de buena parte de este territorio llamado, a pesar de todo, América Latina. Conectar con Bolivia es parte de una necesaria, renovada, alfabetización.

Al parecer toda imagen admite ser vista y leída. Hoy el espacio llamado “latinoamericano” se presenta en público a partir de la emergencia de gobiernos nacionales denominados de “izquierda” (en rigor se trata de un conjunto disímil). La alfabetización que proponemos es una que nos permite nuevas claves de lectura de este proceso. Estos gobiernos –cada uno según su caso– funcionan como prolongación, interpelación, sustitución, subordinación, desplazamiento y/o reorganización de los movimientos y experiencias que pugnan en regiones enteras del continente –precisamente las más calientes y creativas– por el despliegue de una política desde abajo. Este impulso democrático no prospera sin momentos de estallido, que espacializan y abren a nuevos terrenos, pero tampoco, evidentemente, si no enfatizan la dimensión constructiva e innovadora de los procesos abiertos.

Se trata de una sintaxis en formación. Si se mira esta yuxtaposición de tiempos y lenguajes diferentes a lo largo de todo el continente se verifica, más allá de todo tipo de esfuerzos, la relativa falta de una coordinación configurante. El arduo proceso de construcción de la palabra y con ella el despliegue de elementos a los que les suponemos un valor civilizatorio se juega en situaciones tan diferentes entre sí, como el nuevo llamamiento de los zapatistas a partir de la Sexta Declaración del EZLN, la constitución de expresiones populares vivas en Ecuador y Venezuela, o en el modo en que tanto en Brasil como en Argentina se resuelva la tensión entre las expectativas persistentes en los cambios propiciados por los gobiernos y la constatación –una vez más, omnipresente– de que toda democratización económica, política y social depende del modo en que se abren y protagonizan los procesos que trascienden los límites de lo instituido.

Bolivia nos muestra la complejidad de este esfuerzo de constitución de una voz (en rigor, de unas voces) primero, una voz que grita luego y, es de esperarse, de una "palabra", de varias. Un esfuerzo social y político de construir la propia palabra (lo que implica a su vez asumir la pluralidad de idiomas disponibles) como palabra digna, palabra políticamente relevante, palabra urbana válida, palabra que tiene que ser reconocida, aceptada, decisiva.  Esta dialéctica de silencio y construcción, este latido que contrae y distiende, que concentra y relaja, esta marea que trae y lleva, no es armónica ni inofensiva: con cada ida y venida, Bolivia se define por esta tendencia que se ensancha y se lastima, que se visibiliza por explosiones y se continúa en los ayllus, en El Alto, en los usos y costumbres, entre los campesinos, entre las mujeres insumisas, en la lucha cotidiana por los recursos naturales. 4. Como sucedió con los “piqueteros” en Argentina, en Bolivia las luchas convocan nuevas expresiones. Los medios de comunicación inventan modos de nombrar cada irrupción. Así, la agresividad que despliegan las luchas son inmediatamente llamadas “guerra por” (hubo, en los últimos años, guerras por el agua, por la coca, por el gas). Estas “guerras”, sin embargo, no son momentos organizativos en una estrategia trazada y consistente por el control del aparato del estado, como podía concebirse hace sólo dos décadas, aunque resulta evidente que las consecuencias de estos conflictos redundan en una politización constante y en una neutralización y desgaste de la capacidad de mando del poder central. La llamada violencia, en las luchas de Bolivia, no es decidida y desarrollada por organizaciones revolucionarias tradicionales, sino por impulsos comunitarios, más o menos configurados como tales. No se trata de una táctica excluyente, sino de un momento entre otros. De allí que la coexistencia de una estrategia electoral de grupos indígenas y populares junto a resistencias más duras o sumergidas, sea no sólo fuertemente conflictiva sino también persistente y hasta parcialmente articulable en algunos momentos. Partidos politicos como el Movimiento Al Socialismo (MAS), con arraigo cocalero y campesino, convive con mucha polémica junto a coordinadoras que protagonizan luchas sociales y sindicales radicales de magnitud, así como el Movimiento Indígena Pachacutik (MIP) se enraíza con dificultades inocultables en la lucha de las comunidades del altiplano. Esta pluralidad de instrumentos políticos no hace sino mostrar que las estrategias en relación al poder no se definen de un modo total y acabado, pero también que no se juegan en un modo único o momento privilegiado, y que la violencia, la construcción de las palabras y el modo en que se asumen los nombres, se combinan como momentos interiores de esta consistencia entre fracturada y magmática.

5. Otra impresión que tenemos sobre la construcción de esta gramática colectiva pasa por lo que podríamos llamar rápidamente cuestiones de movilidad. Los territorios de “guerra” (por el gas y el agua en El Alto, contra el impuestazo en el Altiplano, por la coca en El Chapare, o por el agua en Cochabamba) constituyen a la vez el terreno de un aterrizaje y una recomposición de grandes migraciones internas. Este componente de re-territorialización de flujos poblacionales tiene un doble componente. Con el proceso de relocalización neoliberal de la fuerza de trabajo campesina y minera de los años 80 y 90 se concretó una reorganización del perfil económico de Bolivia, a la vez que se descompuso una experiencia de modos de lucha y de identificación obtenida tras décadas de labor política popular. Este proceso de disgregación y traslación de quien había sido parte de una figura de trabajo, vida comunitaria y lucha social sometió a decenas de miles de personas al aislamiento, teniendo que enfrentar nuevas estrategias para obtener recursos, un nuevo territorio, nuevas configuraciones familiares, etc. Y a la vez, luego de dos décadas, se percibe cómo se han comenzado a tejer nuevos vínculos, desde la reanimación de elementos de la vida anterior (como los barrios de mineros en El Alto) que operan como aporte de la tradición sindical a la lucha urbana, hasta la invención que surge de la adaptación y la creación de nuevos modos de enlazamiento, de nuevos sujetos de lucha. Esta reorganización aparece, de modos diferentes, con los aymaras, los campesinos quechuas y el Movimientos Sin Tierra (MST) de Bolivia.

6. En esta polaridad sólo aparente de estallido y construcción, violencia y palabra, migración y  reorganización, en el núcleo duro de la configuración de lo colectivo mismo, se halla la cuestión de los llamados “recursos naturales”. En la medida en que Bolivia tiene una estructura económica y social colonial más bien extractiva y netamente exportadora de materia prima, se comprende fácilmente que la lucha por los “recursos” sea la pugna por el control de las divisas, del ingreso nacional y por la distribución de la riqueza. A la vez, los “recursos naturales” se han convertido ellos mismos en un campo de batalla trasnacional desde que el capitalismo global intensificó su uso como combustible de su desarollo. Esta guerra abarca incluso una disputa por el significado mismo de la expresión “recursos naturales”. De hecho, los movimientos populares bolivianos rechazan esta interpretación industrial-desarrollista empobrecida que reduce la cuestión a una valoración técnico-instrumental, e involucran un despliegue más amplio y complejo que abarca el propio control del proceso de la existencia de las comunidades y los movimientos, la organización de la cotidianidad, la persistencia de la tendencia al uso de la palabra más allá de las modalidades coloniales de distribuir el derecho a lo público. Más aún: que en el uso de los recursos se juega también la memoria y hasta el control del tiempo y el espacio (los usos y costumbres) y los procedimientos productivos, comerciales, religiosos, ecológicos que configuran la propia existencia, y posibilitan la expansión de los elementos civilizatorios puestos en juego a partir de las últimas décadas: el agua para los regantes, o el alcantarillado en El Alto, la tierra como posibilidad de existencia campesina, la coca como hoja sagrada, los hidrocarburos como combustible y calefacción, a la vez que como signo de resistencia (ambivalente en muchos aspectos) a una nueva colonización. En este proceso, lo que está en disputa es la constitución de dinámicas colectivas que abarcan junto a los “recursos naturales” lo que podríamos nombrar como potencias comunes, tales como la lengua (aymara, quechua, guaraní, etc.) o el propio cuerpo de las mujeres, como base de una resistencia al patriarcado, en el caso de las Mujeres Creando, en donde la propia sensibilidad es superficie de goce autónomo y politización.

7. Ciertos picos del pensamiento filosófico clásico admiten una doctrina según la cual lo viejo no es lo más antiguo, ni lo nuevo lo más reciente, sino que lo viejo nace viejo y lo nuevo lo es por la eternidad. Lo viejo no es lo anacrónico y lo nuevo no admite la lógica de la moda y el snobismo. Lo viejo sería aquello que está separado de la capacidad de crear. Siempre separado, siempre impotente. Lo nuevo, en cambio, es la añeja posibilidad de producción. Por eso, lo viejo es lo contemporáneo no renovado, y lo nuevo debe actualizarse. Es una rearticulación de los términos disponibles en la propia historia.

Todo esto para decir que en Bolivia hay una añeja y amplísima capacidad autogestiva que se actualiza hoy formando redes del cotidiano y, a la vez, cobija una aptitud para desarrollar luchas sin especializar excesivamente organizaciones específicas y profesionalizadas. Estas redes conviven y son tomadas más de una vez, sin embargo, por lógicas patriarcales y estrategistas. Ambas tendencias subsisten.

El Alto en torno a La Paz o el El Alto Cochabamaba, son nuevas ciudades construidas de modo autogestionario, incluyendo la infraestructura del gas y del agua. Lo mismo se ve en los poderes populares desarrollados en Warisata y Achacachi, o en el Chapare, o en las tomas de los MST, o en los mercados, o en las asambleas reunidas en la Federación de Juntas Vecinales (FEJUVE). Esta trama –económica, solidaria, afectiva, lingüística– efectúa una experiencia comunitaria viva y permanente, incluso si está atravesada –de un extremo a otro– por una ambigüedad fundamental. Es el caso, por ejemplo, de la llamada "justicia comunitaria”, autogestionada por los vecinos de los barrios de El Alto, por la cual al parecer se han “ajusticiado” a varias decenas de personas (de todo sexo y edad) en los últimos años, en general por casos de robo ocurridos en estos barrios-comunidad. Esto ha generado una polémica sobre la capacidad de lo comunitario y lo autogestivo para tomar una consistencia propia fuera de las comunidades tradicionales campesinas, es decir, al interior de una espacialidad también tramada por una dinámica capitalista-colonial, o bien para reproducirla a su modo. Este dilema entre la adaptación a la reproducción o bien como principio diferente y heterogéneo de la matriz capital-racista-colonial que recae sobre la vida comunitaria está en el centro del juego político de los movimientos sociales, pero también en la propia ambivalencia que admite, a veces, que esta trama sea materia de mitificación e instrumentalización.

8. Estas redes poseen una valiosa aptitud que determina la fisonomía de la conflictividad boliviana: su singular capacidad de fluir subterráneamente de la autogestión al antagonismo. Sea en las luchas contra las grandes empresas multinacionales que gestionan el agua o usufructúan la renta del gas, sea contra los aumentos impositivos decretados por el gobierno. Este rasgo de una movilidad y una capacidad organizativa constante, flexible y casi imperceptible ha caracterizado tanto al surgimiento de las juntas de vecinos de El Alto, como a la coordinadora que afrontó la guerra por el agua en Cochabamba, o entre los cocaleros. En todos estos casos, las instancias instituidas y los liderazgos establecidos son conminados a obedecer la dinámica de una organización más fluida, que emerge en los momentos de confrontación y recobra el mando efectivo en los procesos de lucha. Nuestra impresión es que esta capacidad de tránsito fluido entre lo silencioso y lo expresivo, o de oscilación entre lo cotidiano y lo antagónico, se alimenta de una cierta capacidad común a muchos tramos de la red para establecer conexiones más o menos duraderas con los demás, así como por un impulso reconstructivo del sustrato indígena-campesino-comunitario que favorece esta disposición antagonista, lo que no basta, sin embargo, para reducir este fenómeno a una reacción mecánica fundada en una supuesta  homogeneidad de base, siempre ya-dada o preexistente que desconoce tanto el esfuerzo como los modos concretos de este tipo de politización. Todo lo cual se refuerza en ante dificultad de distinguir en las maneras inmediatas de organización del cotidiano entre aquello que corresponde a la capacidad de lucha efectiva de los movimientos y lo que pertenece a los puntos de circulación de la trama afectiva, económica y lingüística comunitaria en donde enlazan las diversas tácticas.

9. El proceso de antagonismo invierte, además, lo que suele ser una prerrogativa del poder. La de medir, mapear, conocer y limitar la potencia de su adversario. La conflictividad boliviana ha echado luz sobre las estrategias de los principales actores del poder: el estado, las multinacionales, los países limítrofes con intereses en Bolivia y en la región, y los países que ejercen mando de dominio a nivel global. Sus procedimientos, que suelen estar adecuadamente ocultos o disimulados, aparecen ahora desnudos por efecto de las luchas que conforman la capacidad de antagonismo.

De este modo, lo que se configura como una intelectualidad ligada a los movimientos cuenta con un valioso material de mapeo de las extorsiones del capital, del estado colonial, de las tácticas represivas y de cooptación y hasta de la operatoria de los poderes –estatales y empresariales– trasnacionales de evidente utilidad para éstos y otros procesos de lucha. La experiencia boliviana resume todas estas cuestiones con una claridad tal que bajo su luz se hace más visible el contraste entre los discursos de integración continental y la operación real de ciertas empresas que, como Petrobrás -empresa de petróleo estatal de Brasil- son identificadas por los movimientos bolivianos como partícipes del saqueo de los recursos. Lo mismo cabe a las preocupaciones del gobierno argentino y los intereses que posee REPSOL-YPF en la región. La constitución real del antagonismo produce así una perspectiva propia capaz de alumbrar de otra manera los argumentos deretórica soberanista con que los gobiernos de izquierda de la región pretenden capturar la política de y desde los movimientos.

10. Otro aspecto del movimiento de resistencia boliviano se vincula con los ensayos de construcción de instancias no-estatales del contrapoder (línea de confrontación, de autodefensa y desarrollo) que sirven en diversos momentos para sostener una interlocución con el poder, para diversas tareas organizativas y de comunicación sin por eso resumir ni orientar a los movimientos. Esta formulación de procedimientos organizativos, aptos para seleccionar y producir una representatividad limitada, provisional, asamblearia, por delegación y mandato muy controlados, de coordinaciones amplias y permanentes, permiten a los movimientos efectivizar sus impulsos produciendo continuidad y consistencia a sus luchas.

De la FEJUVE (cientos de asambleas coordinadas en El Alto) a las coordinadoras de defensa de recursos naturales (que abarcan ya niveles de autogestión de empresas públicas que fueron recuperadas a la gestión privada) y las federaciones de ayllus (comunidades productivas del Altiplano), anticipan modos de apropiación de los recursos que esbozan situaciones de organización de la potencia social muy diferentes al clásico reclamo de estatización de los servicios públicos. Se trata de formas de lucha e instituciones en las que el formato estado-nacional resulta completamente estallado y en su lugar se recompone un protagonismo social que crea nuevos modos de regulación y relación con su entorno.

Su carácter de no-estatal, sin embargo, no se sustrae de una ambigüedad fundamental. Tanto en su discurso como en sus imaginarios se mezclan elementos de una sociabilidad no-estatal con la permanencia de un horizonte estatal. Pareciera que toda expresión de "poder popular" en Bolivia se construye desde abajo, elaborando sentidos desde mucho antes de aspirar a controlar el aparato del estado, configurando una “institucionalidad” propia que enlaza cotidiano con antagonismo, con liderazgos múltiples y muchas veces con portavoces revocables.

La vieja discusión sobre la construcción de lo nacional en América Latina en relación al estado es así evocada para su actualización. ¿Es posible acaso ver en Bolivia un caso de decontrucción y reconstrucción de la cuestión nacional en torno a una lucha política por los rasgos de un estado que hasta ahora ha oficiado como garante de un modo de explotación y acumulación capitalista-colonial?

11. Por supuesto que sobre la propia ambivalencia de las redes populares operan las élites políticas, sociales, lingüísticas y económicas. Sean las débiles fracciones del poder propiamente boliviano o las trasnacionales e instituciones de “cooperación” internacional, sea el estado nacional boliviano como los flujos del capital global que descienden a través de los canales provistos por los modos de su inserción en el mercado mundial y en el entramado jurídico global, estas fuerzas, que componen el bloque de gobierno, afrontan la crisis actual de dominación mediante estrategias plurales que abarcan la disputa directa por la renta y el perfil productivo-extractivo; la autonomización de las regiones que concentran recursos estratégicos (gas y petróleo en el oriente y el sur); la apelación a tribunales internacionales para condicionar las capacidades de la soberanía boliviana (Aguas del Illimani - Lyonnaise des Aux y Aguas del Tunari-Bechtel); la postulación de nuevos candidatos de la derecha; la preparación de grupos paramilitares para enfrentar a los campesinos que toman tierras; la “contención” de los gobiernos limítrofes (Argentina y Brasil) y hasta la preparación regional de los Estados Unidos para poner un límite material-militar a un eventual desborde. (La preocupación del aparato militar norteamericano por lo que sucede en Bolivia parece confirmar retroactivamente la intuición del Che Guevara respecto de su potencial geoestratégico en el corazón del América del sur).

Sin embargo, y entrecruzado a lo anterior sobre la autogestión, es notable la escasez de presencia del estado nación como tal. El rasgo capitalista-colonial de Bolivia se percibe claramente a partir de dos indicadores. Uno positivo: depende en casi un 30% de financiamiento externo. Otro negativo: la organización social, por un lado, y las ONG´s, por otro, sustituyen a la acción estatal en una proporción enorme en las cuestiones vinculadas a la existencia individual y social. Junto a esto contrasta la rigidez estatal frente a las capacidades magmáticas del contrapoder.

12. La profundidad de la revolución que se desarrolla en Bolivia puede ser valorada por la importancia de lo que pone en juego: a) La afirmación de un nuevo protagonismo que aspira a la palabra política con pleno derecho, lo que cuestiona la estructura de jerarquías que organiza lo social y sobre la que se sostiene el estado; b) la recomposición de formas de vidas comunitarias y sus correlatos en modos de lucha; c) el antagonismo con la estructura trasnacional del estado colonial y la lucha por los “recusos naturales”. En cualquiera de las variantes posibles, sin embargo, se desarrolla un principio de organización que cuestiona total o parcialmente el régimen de autonomía de la esfera de la política y replantea los términos de una democracia popular. La complejidad del proceso hace que ninguna visión lineal pueda ser sostenida sin más. Esa complejidad radica tanto a nivel de los tiempos diferentes de cada experiencia de lucha, como a nivel de las muchas dificultades para encontrar estrategias comunes y en la diversidad de liderazgos, donde convergen tendencias electoralistas, caudillistas y paternalistas junto a modos rotativos, plurales e inscriptos en el cotidiano.

En Bolivia está en juego también (y eso muestra la radicalidad alcanzada) la relación dirigente-dirigido. Se trata de un tema delicado porque no es una cuestión que pueda plantearse al margen de las relaciones concretas y del sustrato orgánico del que los líderes dependen de modo estrecho. Y es en este sentido que esta dialéctica se va desarrollando con un nivel creciente de control social, en la medida en que se está afirmando una "voluntad de poder" en forma de cuerpos comunitarios, impensables sino a partir de la defensa y reconquista de la tierra, el gas, los afectos, las lenguas originarias, el agua y los usos y costumbres.

La coordinación de estos movimientos, claro, es también compleja, y conoce vaivenes significativos. Con frecuencia se manifiesta en los bloqueos o en las puebladas, pero se prolonga además en un diálogo dilatado y también interrumpido como el que afrontan actualmente los movimientos frente a las convocatorias a elecciones nacionales y a una Asamblea Constituyente. Así, el fortalecimiento de los elementos singulares de los movimientos parece depender tanto del destino de estas convergencias como del modo en que se articule la persistencia de la tradición con las capacidades productivas, la concepción de los recursos, la relación con el estado y la macro economía y, sobre todo, del proceso de reapropiación del territorio y del cuestionamiento de jerarquías internas a los propios movimientos.

13. En síntesis: en Bolivia hay una creatividad social viva, si bien puede decirse también –en aparente paradoja– “en crisis”.

En Bolivia se concentran muchos de los problemas actuales del contrapoder: lo que Raquel Gutiérrez define como una estrategia de “cerco y contrucción”. Pero no se trata de buscar situaciones de lucha como “muestreos exhaustivos”. De allí que sea conveniente proponer a Bolivia en relación con otras crisis y otros movimientos, para encontrar en sus respectivos logros y cuestiones irresueltas una nueva inspiración. Bolivia muestra una cierta contracción de problemas generales, como la cuestión de la gestión o el control de lo público y la puesta en cuestión de los mandos sociales en todos los niveles. Los ilumina con su propia acentuación. Pero no representa el corazón o el único punto en donde se despliega la esencia del proceso. No podríamos decir que el contrapoder de América Latina se juega en Bolivia, pero sí, tal vez, que “sin Bolivia” nos perdemos de comprender la gramática general de las luchas de la América Latina actual. Y en esta gramática reconocemos los ecos de un diálogo silencioso entre dos procesos, tan parecidos como diferenciados entre sí: los movimientos en Bolivia y la experiencia zapatista en México. El zapatismo, luego de ensayar una serie de iniciativas políticas a partir de la constitución de una voz propia y un imaginario original, ha logrado consolidar una serie de municipios libres y regiones autónomas (Juntas de Buen Gobierno) a la vez que percibe un límite en esta fase de su experiencia, que los ha impulsado a realizar una nueva convocatoria política amplia (la Sexta Declaración del EZLN). Tanto en Bolivia como en México, los movimientos radicales deben articular sus perspectivas civilizatorias y la construcción de sus autonomías a ciertas tácticas para afrontar las dinámicas que los disgregan.  Ambos desarrollan estrategias definidas de confrontación como exigencia interna de su desarrollo. Tanto Bolivia como México debaten actualmente sobre la naturaleza de los posibles gobiernos progresistas que emergerán de las próximas elecciones. En ambos países hay un contrapoder en construcción que intenta posicionarse ante lo que se les viene pero, además, tuvieron algo de tiempo para ver cómo ha funcionado en Argentina y en Brasil (dos casos diferentes) la relación compleja entre tres términos: gobiernos democráticos con aspiraciones progresistas, condiciones neoliberales de existencia y vida de los movimientos.

Colectivo Situaciones

8 de octubre de 2005