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Notas sobre un viaje a Bolivia
1. La condición de lo inesperado siempre fuerza al pensamiento y la imaginación
por captar algo de eso que pasa. Bolivia exige ese impulso y esa
energía. En su heterogeneidad y su permanente movimiento, Bolivia
es a la vez la experiencia de la fractura y del magma. Sobre esa
superficie se inscriben geografías claramente iluminadas, climas
naturales y sociales que generan una atmósfera densa. Es ahí donde
rostros, cuerpos y lenguas cuentan historias que son desafíos para
quien se propone comprender, acompañar, disfrutar. Nuestro viaje,
durante febrero del 2005, fue una lucha entre este intento de comprensión
y las dificultades de adaptación (en donde la altura no fue el menor
de los obstáculos). También una apuesta a que lo sucedido en estos
últimos años en Argentina abriera a una mirada diferente. Y a que
ese diálogo entre procesos de destitución-construcción se vuelva
vital para cada quien.
No se trata de demostrar sino más bien de mostrar. Nuestro paso por Bolivia,
por cierta Bolivia, tuvo que ver con mostrar(nos).
Con buscar, con encontrar, con conectar con ciertos testimonios.
Con una palabra que abre mundo, que opera como marca del paso del
sentido, que ya no requiere ser explicada, sino compuesta en un
mundo textual y político más amplio. De allí que no sea este un
texto de aspiraciones analíticas, sino uno de vocación expresiva,
atravesado de modo explícito por nuestras impresiones.
2. Llegando a Bolivia uno se encuentra con la altura:
sobre todo en La Paz, El Alto y el altiplano, es un rasgo dominante.
Se tarda meses en acostumbrarse totalmente a ella. Las cosas en
Bolivia se dan como violenta indiferencia y explosiones de una agresividad
sorprendente. Arriba lo indio, abajo lo mestizo. La indiferencia
sube, la agresividad baja. La altura es maldición anticolonial,
cuartel natural y suelo de cocción de elementos civilizatorios,
sea a fuego lento, sea como un grito crudo.
Viajar a Bolivia es perderse a velocidades variables, en esos relatos
(personales, históricos,
políticos). Nuestro tiempo resultó insuficiente. El de los bolivianos
quedó intocado. Cíclico, continuo y a la vez expansivo, disruptivo.
El tiempo desplegado en cada una de las historias que nos recibieron
y nos invitaron, y en las que nos comprometimos, sigue abierto,
atravesado por una coyuntura tan rica como trabada e imprevisible.
3. Llegar a Bolivia es sorprenderse al punto de quedar sobrepasados
por el modo en que las primeras intuiciones se confirman al infinito:
en efecto, se puede sentir de inmediato y de manera inconfundible
esa atmósfera concentrada, como envolviendo una extrema
tensión entre elementos distintos, como abierta a una dinámica –estilo
danza guerrera– poliforme que signa hoy, de modos diversos, la sintaxis
de los movimientos y las luchas de buena parte de este territorio
llamado, a pesar de todo, América Latina. Conectar con Bolivia es
parte de una necesaria, renovada, alfabetización.
Al parecer toda imagen admite ser vista y leída. Hoy el espacio
llamado “latinoamericano” se presenta en público a partir de la
emergencia de gobiernos nacionales denominados de “izquierda” (en
rigor se trata de un conjunto disímil). La alfabetización que proponemos
es una que nos permite nuevas claves de lectura de este proceso.
Estos gobiernos –cada uno según su caso– funcionan como prolongación,
interpelación, sustitución, subordinación, desplazamiento y/o reorganización
de los movimientos y experiencias que pugnan en regiones enteras
del continente –precisamente las más calientes y creativas– por
el despliegue de una política desde abajo. Este impulso democrático
no prospera sin momentos de estallido, que espacializan y abren
a nuevos terrenos, pero tampoco, evidentemente, si no enfatizan
la dimensión constructiva e innovadora de los procesos abiertos.
Se trata de una sintaxis en formación. Si se mira esta yuxtaposición
de tiempos y lenguajes diferentes a lo largo de todo el continente
se verifica, más allá de todo tipo de esfuerzos, la relativa falta
de una coordinación configurante. El arduo proceso de construcción
de la palabra y con ella el despliegue de elementos a los que les
suponemos un valor civilizatorio se juega en situaciones tan diferentes
entre sí, como el nuevo llamamiento de los zapatistas a partir de
la Sexta Declaración del EZLN, la constitución de expresiones populares
vivas en Ecuador y Venezuela, o en el modo en que tanto en Brasil
como en Argentina se resuelva la tensión entre las expectativas
persistentes en los cambios propiciados por los gobiernos y la constatación
–una vez más, omnipresente– de que toda democratización económica,
política y social depende del modo en que se abren y protagonizan
los procesos que trascienden los límites de lo instituido.
Bolivia nos muestra la complejidad de este esfuerzo de constitución
de una voz (en rigor, de unas voces) primero, una voz que grita
luego y, es de esperarse, de una "palabra", de varias.
Un esfuerzo social y político de construir la propia palabra (lo
que implica a su vez asumir la pluralidad de idiomas disponibles)
como palabra digna, palabra políticamente relevante, palabra urbana
válida, palabra que tiene que ser reconocida, aceptada, decisiva.
Esta dialéctica de silencio y construcción, este latido que contrae
y distiende, que concentra y relaja, esta marea que trae y lleva,
no es armónica ni inofensiva: con cada ida y venida, Bolivia se
define por esta tendencia que se ensancha y se lastima, que se visibiliza
por explosiones y se continúa en los ayllus, en El Alto, en los
usos y costumbres, entre los campesinos, entre las mujeres insumisas,
en la lucha cotidiana por los recursos naturales. 4. Como sucedió
con los “piqueteros” en Argentina, en Bolivia las luchas convocan
nuevas expresiones. Los medios de comunicación inventan modos de
nombrar cada irrupción. Así, la agresividad que despliegan las luchas
son inmediatamente llamadas “guerra por” (hubo, en los últimos años,
guerras por el agua, por la coca, por el gas). Estas “guerras”,
sin embargo, no son momentos organizativos en una estrategia trazada
y consistente por el control del aparato del estado, como podía
concebirse hace sólo dos décadas, aunque resulta evidente que las
consecuencias de estos conflictos redundan en una politización constante
y en una neutralización y desgaste de la capacidad de mando del
poder central. La llamada violencia, en las luchas de Bolivia, no
es decidida y desarrollada por organizaciones revolucionarias tradicionales,
sino por impulsos comunitarios, más o menos configurados como tales.
No se trata de una táctica excluyente, sino de un momento entre
otros. De allí que la coexistencia de una estrategia electoral de
grupos indígenas y populares junto a resistencias más duras o sumergidas,
sea no sólo fuertemente conflictiva sino también persistente y hasta
parcialmente articulable en algunos momentos. Partidos politicos
como el Movimiento Al Socialismo (MAS), con arraigo cocalero y campesino,
convive con mucha polémica junto a coordinadoras que protagonizan
luchas sociales y sindicales radicales de magnitud, así como el
Movimiento Indígena Pachacutik (MIP) se enraíza con dificultades
inocultables en la lucha de las comunidades del altiplano. Esta
pluralidad de instrumentos políticos no hace sino mostrar que las
estrategias en relación al poder no se definen de un modo total
y acabado, pero también que no se juegan en un modo único o momento
privilegiado, y que la violencia, la construcción de las palabras
y el modo en que se asumen los nombres, se combinan como momentos
interiores de esta consistencia entre fracturada y magmática.
5. Otra impresión que tenemos sobre la construcción de esta gramática
colectiva pasa por lo que podríamos llamar rápidamente cuestiones
de movilidad. Los territorios de “guerra” (por el gas y el agua
en El Alto, contra el impuestazo en el Altiplano, por la coca en
El Chapare, o por el agua en Cochabamba) constituyen a la vez el
terreno de un aterrizaje y una recomposición de grandes migraciones
internas. Este componente de re-territorialización de flujos poblacionales
tiene un doble componente. Con el proceso de relocalización neoliberal
de la fuerza de trabajo campesina y minera de los años 80 y 90 se
concretó una reorganización del perfil económico de Bolivia, a la
vez que se descompuso una experiencia de modos de lucha y de identificación
obtenida tras décadas de labor política popular. Este proceso de
disgregación y traslación de quien había sido parte de una figura
de trabajo, vida comunitaria y lucha social sometió a decenas de
miles de personas al aislamiento, teniendo que enfrentar nuevas
estrategias para obtener recursos, un nuevo territorio, nuevas configuraciones
familiares, etc. Y a la vez, luego de dos décadas, se percibe cómo
se han comenzado a tejer nuevos vínculos, desde la reanimación de
elementos de la vida anterior (como los barrios de mineros en El
Alto) que operan como aporte de la tradición sindical a la lucha
urbana, hasta la invención que surge de la adaptación y la creación
de nuevos modos de enlazamiento, de nuevos sujetos de lucha. Esta
reorganización aparece, de modos diferentes, con los aymaras, los
campesinos quechuas y el Movimientos Sin Tierra (MST) de Bolivia.
6. En esta polaridad sólo aparente de estallido y construcción,
violencia y palabra, migración y
reorganización, en el núcleo duro de la configuración de
lo colectivo mismo, se halla la cuestión de los llamados “recursos
naturales”. En la medida en que Bolivia tiene una estructura económica
y social colonial más bien extractiva y netamente exportadora de
materia prima, se comprende fácilmente que la lucha por los “recursos”
sea la pugna por el control de las divisas, del ingreso nacional
y por la distribución de la riqueza. A la vez, los “recursos naturales”
se han convertido ellos mismos en un campo de batalla trasnacional
desde que el capitalismo global intensificó su uso como combustible
de su desarollo. Esta guerra abarca incluso una disputa por el significado
mismo de la expresión “recursos naturales”. De hecho, los movimientos
populares bolivianos rechazan esta interpretación industrial-desarrollista
empobrecida que reduce la cuestión a una valoración técnico-instrumental,
e involucran un despliegue más amplio y complejo que abarca el propio
control del proceso de la existencia de las comunidades y los movimientos,
la organización de la cotidianidad, la persistencia de la tendencia
al uso de la palabra más allá de las modalidades coloniales de distribuir
el derecho a lo público. Más aún: que en el uso de los recursos
se juega también la memoria y hasta el control del tiempo y el espacio
(los usos y costumbres) y los procedimientos productivos, comerciales,
religiosos, ecológicos que configuran la propia existencia, y posibilitan
la expansión de los elementos civilizatorios puestos en juego a
partir de las últimas décadas: el agua para los regantes, o el
alcantarillado en El Alto, la tierra como posibilidad de existencia
campesina, la coca como hoja sagrada, los hidrocarburos como combustible
y calefacción, a la vez que como signo de resistencia (ambivalente
en muchos aspectos) a una nueva colonización. En este proceso, lo
que está en disputa es la constitución de dinámicas colectivas que
abarcan junto a los “recursos naturales” lo que podríamos nombrar
como potencias comunes, tales como la lengua (aymara, quechua,
guaraní, etc.) o el propio cuerpo de las mujeres, como base de una
resistencia al patriarcado, en el caso de las Mujeres Creando, en donde la propia sensibilidad
es superficie de goce autónomo y politización.
7. Ciertos picos del pensamiento filosófico clásico admiten una
doctrina según la cual lo viejo no es lo más antiguo, ni lo nuevo
lo más reciente, sino que lo viejo nace viejo y lo nuevo lo es por
la eternidad. Lo viejo no es lo anacrónico y lo nuevo no admite
la lógica de la moda y el snobismo. Lo viejo sería aquello que está
separado de la capacidad de crear. Siempre separado, siempre impotente.
Lo nuevo, en cambio, es la añeja posibilidad de producción. Por
eso, lo viejo es lo contemporáneo no renovado, y lo nuevo debe actualizarse.
Es una rearticulación de los términos disponibles en la propia historia.
Todo esto para decir que en Bolivia hay una añeja y amplísima capacidad
autogestiva que se actualiza hoy formando redes del cotidiano y,
a la vez, cobija una aptitud para desarrollar luchas sin especializar
excesivamente organizaciones específicas y profesionalizadas. Estas
redes conviven y son tomadas más de una vez, sin embargo, por lógicas
patriarcales y estrategistas. Ambas tendencias subsisten.
El Alto en torno a La Paz o el El Alto Cochabamaba, son nuevas
ciudades construidas de modo autogestionario, incluyendo la infraestructura
del gas y del agua. Lo mismo se ve en los poderes populares desarrollados
en Warisata y Achacachi, o en el Chapare, o en las tomas de los
MST, o en los mercados, o en las asambleas reunidas en la Federación
de Juntas Vecinales (FEJUVE). Esta trama –económica, solidaria,
afectiva, lingüística– efectúa una experiencia comunitaria viva
y permanente, incluso si está atravesada –de un extremo a otro–
por una ambigüedad fundamental. Es el caso, por ejemplo, de la llamada
"justicia comunitaria”, autogestionada por los vecinos de los
barrios de El Alto, por la cual al parecer se han “ajusticiado”
a varias decenas de personas (de todo sexo y edad) en los últimos
años, en general por casos de robo ocurridos en estos barrios-comunidad.
Esto ha generado una polémica sobre la capacidad de lo comunitario
y lo autogestivo para tomar una consistencia propia fuera de las
comunidades tradicionales campesinas, es decir, al interior de una
espacialidad también tramada por una dinámica capitalista-colonial,
o bien para reproducirla a su modo. Este dilema entre la adaptación
a la reproducción o bien como principio diferente y heterogéneo
de la matriz capital-racista-colonial que recae sobre la vida comunitaria
está en el centro del juego político de los movimientos sociales,
pero también en la propia ambivalencia que admite, a veces, que
esta trama sea materia de mitificación e instrumentalización.
8. Estas redes poseen una valiosa aptitud que determina la fisonomía
de la conflictividad boliviana: su singular capacidad de fluir subterráneamente
de la autogestión al antagonismo. Sea en las luchas contra las grandes
empresas multinacionales que gestionan el agua o usufructúan la
renta del gas, sea contra los aumentos impositivos decretados por
el gobierno. Este rasgo de una movilidad y una capacidad organizativa
constante, flexible y casi imperceptible ha caracterizado tanto
al surgimiento de las juntas de vecinos de El Alto, como a la coordinadora
que afrontó la guerra por el agua en Cochabamba, o entre los cocaleros.
En todos estos casos, las instancias instituidas y los liderazgos
establecidos son conminados a obedecer la dinámica de una organización
más fluida, que emerge en los momentos de confrontación y recobra
el mando efectivo en los procesos de lucha. Nuestra impresión es
que esta capacidad de tránsito fluido entre lo silencioso y lo expresivo,
o de oscilación entre lo cotidiano y lo antagónico, se alimenta
de una cierta capacidad común a muchos tramos de la red para establecer
conexiones más o menos duraderas con los demás, así como por un
impulso reconstructivo del sustrato indígena-campesino-comunitario
que favorece esta disposición antagonista, lo que no basta, sin
embargo, para reducir este fenómeno a una reacción mecánica fundada
en una supuesta homogeneidad de base, siempre ya-dada o preexistente
que desconoce tanto el esfuerzo como los modos concretos de este
tipo de politización. Todo lo cual se refuerza en ante dificultad
de distinguir en las maneras inmediatas de organización del cotidiano
entre aquello que corresponde a la capacidad de lucha efectiva de
los movimientos y lo que pertenece a los puntos de circulación de
la trama afectiva, económica y lingüística comunitaria en donde
enlazan las diversas tácticas.
9. El proceso de antagonismo invierte, además, lo que suele ser
una prerrogativa del poder. La de medir, mapear, conocer y limitar
la potencia de su adversario. La conflictividad boliviana ha echado
luz sobre las estrategias de los principales actores del poder:
el estado, las multinacionales, los países limítrofes con intereses
en Bolivia y en la región, y los países que ejercen mando de dominio
a nivel global. Sus procedimientos, que suelen estar adecuadamente
ocultos o disimulados, aparecen ahora desnudos por efecto de las
luchas que conforman la capacidad de antagonismo.
De este modo, lo que se configura como una intelectualidad ligada
a los movimientos cuenta con un valioso material de mapeo de las
extorsiones del capital, del estado colonial, de las tácticas represivas
y de cooptación y hasta de la operatoria de los poderes –estatales
y empresariales– trasnacionales de evidente utilidad para éstos
y otros procesos de lucha. La experiencia boliviana resume todas
estas cuestiones con una claridad tal que bajo su luz se hace más
visible el contraste entre los discursos de integración continental
y la operación real de ciertas empresas que, como Petrobrás -empresa
de petróleo estatal de Brasil- son identificadas por los movimientos
bolivianos como partícipes del saqueo de los recursos. Lo mismo
cabe a las preocupaciones del gobierno argentino y los intereses
que posee REPSOL-YPF en la región. La constitución real del antagonismo
produce así una perspectiva propia capaz de alumbrar de otra manera
los argumentos deretórica soberanista con que los gobiernos de izquierda
de la región pretenden capturar la política de y desde los movimientos.
10. Otro aspecto del movimiento de resistencia boliviano se vincula
con los ensayos de construcción de instancias no-estatales del contrapoder
(línea de confrontación, de autodefensa y desarrollo) que sirven
en diversos momentos para sostener una interlocución
con el poder, para diversas tareas organizativas y de comunicación
sin por eso resumir ni orientar a los movimientos. Esta formulación
de procedimientos organizativos, aptos para seleccionar y producir
una representatividad limitada, provisional, asamblearia, por delegación
y mandato muy controlados, de coordinaciones amplias y permanentes,
permiten a los movimientos efectivizar sus impulsos produciendo
continuidad y consistencia a sus luchas.
De la FEJUVE (cientos de asambleas coordinadas en El Alto) a
las coordinadoras de defensa de recursos naturales (que abarcan
ya niveles de autogestión de empresas públicas que fueron recuperadas
a la gestión privada) y las federaciones de ayllus (comunidades
productivas del Altiplano), anticipan modos de apropiación de los
recursos que esbozan situaciones de organización de la potencia
social muy diferentes al clásico reclamo de estatización de los
servicios públicos. Se trata de formas de lucha e instituciones
en las que el formato estado-nacional resulta completamente estallado
y en su lugar se recompone un protagonismo social que crea nuevos
modos de regulación y relación con su entorno.
Su carácter de no-estatal, sin embargo, no se sustrae de una ambigüedad
fundamental. Tanto en su discurso como en sus imaginarios se mezclan
elementos de una sociabilidad no-estatal con la permanencia de un
horizonte estatal. Pareciera que toda expresión de "poder popular"
en Bolivia se construye desde abajo, elaborando sentidos desde mucho
antes de aspirar a controlar el aparato del estado, configurando
una “institucionalidad” propia que enlaza cotidiano con antagonismo,
con liderazgos múltiples y muchas veces con portavoces revocables.
La vieja discusión sobre la construcción de lo nacional en América
Latina en relación al estado es así evocada para su actualización.
¿Es posible acaso ver en Bolivia un caso de decontrucción y reconstrucción
de la cuestión nacional en torno a una lucha política por los rasgos
de un estado que hasta ahora ha oficiado como garante de un modo
de explotación y acumulación capitalista-colonial?
11. Por supuesto que sobre la propia ambivalencia de las redes
populares operan las élites políticas, sociales, lingüísticas y
económicas. Sean las débiles fracciones del poder propiamente boliviano
o las trasnacionales e instituciones de “cooperación” internacional,
sea el estado nacional boliviano como los flujos del capital global
que descienden a través de los canales provistos por los modos de
su inserción en el mercado mundial y en el entramado jurídico global,
estas fuerzas, que componen el bloque de gobierno, afrontan la crisis
actual de dominación mediante estrategias plurales que abarcan la
disputa directa por la renta y el perfil productivo-extractivo;
la autonomización de las regiones que concentran recursos estratégicos
(gas y petróleo en el oriente y el sur); la apelación a tribunales
internacionales para condicionar las capacidades de la soberanía
boliviana (Aguas del Illimani - Lyonnaise des Aux y Aguas del Tunari-Bechtel);
la postulación de nuevos candidatos de la derecha; la preparación
de grupos paramilitares para enfrentar a los campesinos que toman
tierras; la “contención” de los gobiernos limítrofes (Argentina
y Brasil) y hasta la preparación regional de los Estados Unidos
para poner un límite material-militar a un eventual desborde. (La
preocupación del aparato militar norteamericano por lo que sucede
en Bolivia parece confirmar retroactivamente la intuición del Che
Guevara respecto de su potencial geoestratégico en el corazón del
América del sur).
Sin embargo, y entrecruzado a lo anterior sobre la autogestión,
es notable la escasez de presencia del estado nación como tal. El
rasgo capitalista-colonial de Bolivia se percibe claramente a partir
de dos indicadores. Uno positivo: depende en casi un 30% de financiamiento
externo. Otro negativo: la organización social, por un lado, y las
ONG´s, por otro, sustituyen a la acción estatal en una proporción
enorme en las cuestiones vinculadas a la existencia individual y
social. Junto a esto contrasta la rigidez estatal frente a las capacidades
magmáticas del contrapoder.
12. La profundidad de la revolución que se desarrolla en Bolivia
puede ser valorada por la importancia de lo que pone en juego: a)
La afirmación de un nuevo protagonismo que aspira a la palabra política
con pleno derecho, lo que cuestiona la estructura de jerarquías
que organiza lo social y sobre la que se sostiene el estado; b)
la recomposición de formas de vidas comunitarias y sus correlatos
en modos de lucha; c) el antagonismo con la estructura trasnacional
del estado colonial y la lucha por los “recusos naturales”. En cualquiera
de las variantes posibles, sin embargo, se desarrolla un principio
de organización que cuestiona total o parcialmente el régimen de
autonomía de la esfera de la política y replantea los términos de
una democracia popular. La complejidad del proceso hace que ninguna
visión lineal pueda ser sostenida sin más. Esa complejidad radica
tanto a nivel de los tiempos diferentes de cada experiencia de lucha,
como a nivel de las muchas dificultades para encontrar estrategias
comunes y en la diversidad de liderazgos, donde convergen tendencias
electoralistas, caudillistas y paternalistas junto a modos rotativos,
plurales e inscriptos en el cotidiano.
En Bolivia está en juego también (y eso muestra la radicalidad
alcanzada) la relación dirigente-dirigido. Se trata de un tema delicado
porque no es una cuestión que pueda plantearse al margen de las
relaciones concretas y del sustrato orgánico del que los líderes
dependen de modo estrecho. Y es en este sentido que esta dialéctica
se va desarrollando con un nivel creciente de control social, en
la medida en que se está afirmando una "voluntad de poder"
en forma de cuerpos comunitarios, impensables sino a partir de la
defensa y reconquista de la tierra, el gas, los afectos, las lenguas
originarias, el agua y los usos y costumbres.
La coordinación de estos movimientos, claro, es también compleja,
y conoce vaivenes significativos. Con frecuencia se manifiesta en
los bloqueos o en las puebladas, pero se prolonga además en un diálogo
dilatado y también interrumpido como el que afrontan actualmente
los movimientos frente a las convocatorias a elecciones nacionales
y a una Asamblea Constituyente. Así, el fortalecimiento de los elementos
singulares de los movimientos parece depender tanto del destino
de estas convergencias como del modo en que se articule la persistencia
de la tradición con las capacidades productivas, la concepción de
los recursos, la relación con el estado y la macro economía y, sobre
todo, del proceso de reapropiación del territorio y del cuestionamiento
de jerarquías internas a los propios movimientos.
13. En síntesis: en Bolivia hay una creatividad social viva, si
bien puede decirse también –en aparente paradoja– “en crisis”.
En Bolivia se concentran muchos de los problemas actuales del contrapoder:
lo que Raquel Gutiérrez define como una estrategia de “cerco y contrucción”.
Pero no se trata de buscar situaciones de lucha como “muestreos
exhaustivos”. De allí que sea conveniente proponer a Bolivia en
relación con otras crisis y otros movimientos, para encontrar en
sus respectivos logros y cuestiones irresueltas una nueva inspiración.
Bolivia muestra una cierta contracción de problemas generales, como
la cuestión de la gestión o el control de lo público y la puesta
en cuestión de los mandos sociales en todos los niveles. Los ilumina
con su propia acentuación. Pero no representa el corazón o el único
punto en donde se despliega la esencia del proceso. No podríamos
decir que el contrapoder de América Latina se juega en Bolivia,
pero sí, tal vez, que “sin Bolivia” nos perdemos de comprender la
gramática general de las luchas de la América Latina actual. Y en
esta gramática reconocemos los ecos de un diálogo silencioso entre
dos procesos, tan parecidos como diferenciados entre sí: los movimientos
en Bolivia y la experiencia zapatista en México. El zapatismo, luego
de ensayar una serie de iniciativas políticas a partir de la constitución
de una voz propia y un imaginario original, ha logrado consolidar
una serie de municipios libres y regiones autónomas (Juntas de Buen
Gobierno) a la vez que percibe un límite en esta fase de su experiencia,
que los ha impulsado a realizar una nueva convocatoria política
amplia (la Sexta Declaración del EZLN). Tanto en Bolivia como en
México, los movimientos radicales deben articular sus perspectivas
civilizatorias y la construcción de sus autonomías a ciertas tácticas
para afrontar las dinámicas que los disgregan. Ambos desarrollan estrategias definidas de confrontación
como exigencia interna de su desarrollo. Tanto Bolivia como México
debaten actualmente sobre la naturaleza de los posibles gobiernos
progresistas que emergerán de las próximas elecciones. En ambos
países hay un contrapoder en construcción que intenta posicionarse
ante lo que se les viene pero, además, tuvieron algo de tiempo para
ver cómo ha funcionado en Argentina y en Brasil (dos casos diferentes)
la relación compleja entre tres términos: gobiernos democráticos
con aspiraciones progresistas, condiciones neoliberales de existencia
y vida de los movimientos.
Colectivo Situaciones
8 de octubre de 2005 |