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| Prólogo al libro Hegel o Spinoza, de Pierre Macherey, una publicación de Tinta Limón Ediciones, 2007. Leer a Macherey La eternidad es ausencia de fines. 1. Quienes
escribimos estas líneas hemos sentido la presencia de Spinoza. La lectura fue el
medio para dar con él. La experiencia
de la lectura se encarga luego de invertir los términos: justamente, leer la experiencia (cuyo medio es la lectura).
Una lectura que se nutre de sentimientos que la acompañan, porque no hay lectura activa que pueda prescindir del
vínculo íntimo entre orden conceptual y afectos. Spinoza es quizás uno de los
nombres más misteriosos –y radicales– de esta mismidad concepto-afecto. Se
ha dicho muchas veces: a Spinoza se lo percibe en el intento de explorar una intuición
atrapada en un abigarrado texto de presunciones geométricas. Escritos una y mil
veces desautorizados; como desautorizadas fueron muchas de sus lecturas
posteriores (las de Asa Heshel, vagando entre guerras con la Ética en su bolsillo, o Yakov - el hombre de Kiev- en prisión,
reflexionando sobre Vida de Spinoza):
sin excesivo apego a la letra, más atentos a los efectos producidos por el
impacto que implica su encuentro. Con
la edición de este texto de Pierre Macherey pretendemos sumarnos a esa larga
lista de filósofos y no filósofos (quienes, sin profesión, se hacen filósofos
desde fuera de la filosofía misma) que han sucumbido a esta curiosa fidelidad
sin obediencia, que busca una y otra vez los modos de articular fragmentos de
textos a la propia investigación, para rehacerse en ella. ¿Confió
Spinoza excesivamente en la filosofía? ¿Se entregó en alma y cuerpo al concepto
y la palabra expuesta con rigor, enmudeciendo precisamente sobre su propia
relación con las pasiones, a las que se dedica
largamente, sin embargo, en proposiciones y escolios?, ¿es su dios un dios
muerto, pura abstracción, despojado de la vida con que lo representan las religiones ? La política
de Spinoza, su filosofía práctica, no se esconde en recónditos detalles en torno
al origen de tal o cual palabra utilizada en una vieja carta aún no lo
suficientemente descifrada. Su modo de ir más allá depende, para ser iluminado,
de nuestras propias estrategias de desacato. El sentido de su sustracción tan
radical de la vida pública y universitaria, de sus modos en apariencia solitarios,
ascéticos, está definitivamente perdido y sólo alimenta mitos sin fuerza si no
se reabre al fragor de una reflexión actual sobre los modos de relación con los
libros, las palabras, la vida social, las representaciones públicas y los
compromisos políticos. Spinoza
desarrolló en sus días una política de la cautela.
Una prudencia extrema –y ya célebre–, ante los sucesos de la vida pública del
reino de los Países Bajos de aquellos años del siglo XVII. Sus sugerencias para
una moral provisoria tenían por objetivo conquistar los medios para una
existencia filosófica a la altura de sus intuiciones, malditas entonces,
malditas ahora –contracara de la moda
Spinoza de la que sin dudas no hemos dejado de beneficiarnos– sin chocar con
los prejuicios de época. Comprendemos muy bien que ni aún así haya podido
evitar los escándalos: toda época se define, también, por sus prejuicios. El
método de la cautela puede recobrar su proximidad si lo reconocemos como
prudencia necesaria y cuidado práctico interior a todo proyecto de
desobediencia. 2. Es
sabido: la presencia actual de Spinoza no sería la misma sin la lectura que de
él nos ofrece Gilles Deleuze, auténtico médium filosófico. Deleuze anuncia en 1969 que
su generación de filósofos franceses fue definida por un “generalizado
anti-hegelianismo”. Él acababa de terminar su gran libro sobre Spinoza y, sin
dudas, la alternativa –Hegel o Spinoza– estaba presente en su cabeza. Deleuze
es muy claro: un sí a Spinoza significa un no a Hegel. Pero Deleuze nunca combate
a Hegel directamente. Lo mantiene a distancia. Su
anti-hegelianismo, en efecto, toma otra forma: darle la espalda a Hegel. La estrategia de Macherey
en su libro es completamente diferente. Para poder leer a Spinoza Macherey tuvo
que pasar a través de Hegel y pelear de cerca con su pensamiento. Uno de los
reconocimientos iniciales de Macherey es que la imagen de Spinoza en la
filosofía moderna europea ha sido absolutamente condicionada por la lectura que
Hegel hizo de él. Macherey realiza un gran servicio en su libro detallando la
lectura que hace Hegel de Spinoza, demostrando no sólo el rol de sostén en el
que Spinoza fue ubicado para servir al sistema de Hegel, sino también, y más
importante, las distorsiones que Hegel impone al pensamiento de Spinoza. Hegel
simplemente convierte a Spinoza en una versión incompleta de su propio intento
de pensar lo absoluto, un precursor noble pero errado. A través de un
enfrentamiento tan estrecho, Macherey nos ayuda a volver a Spinoza, libre de
las falsificaciones hegelianas. El acierto del libro de
Macherey no sólo es destapar al Spinoza previo a Hegel o sin Hegel, sino
también reconocer a Spinoza contra Hegel, en algún sentido más allá o después
de Hegel. Esto incluye centralmente una crítica de la dialéctica hegeliana y la
búsqueda de una forma alternativa de pensamiento. Sin dudas, el generalizado
anti-hegelianismo en Francia del que hablaba Deleuze es verdaderamente un
movimiento anti-dialéctico que involucra de diversas maneras a figuras como el
propio Deleuze, Foucault, Derrida y Althusser. Debemos ser cuidadosos, sin
embargo, con estos pronunciamientos anti-dialécticos porque estos autores no
son realmente antagónicos a la dialéctica como tal, en todas sus formas. Antes
y después de Hegel, el término dialéctica ha sido usado frecuentemente para
nombrar una simple forma relacional o un movimiento dialógico del pensamiento.
Lo que estos autores desafían es una dialéctica específicamente hegeliana
caracterizada por la subsunción de los términos contradictorios a una unidad
superior (Macherey indudablemente concibe su proyecto en este libro como la búsqueda
de una dialéctica no-hegeliana). En general, ellos rechazan la dialéctica en
nombre de la diferencia. La dialéctica hegeliana destruye la diferencia en dos
momentos distintos: primero, empuja todas las diferencias al punto de la contradicción,
enmascarando sus especificidades; y, precisamente porque las diferencias son
vaciadas como términos de contradicción, es posible subsumirlas en una unidad.
Macherey explica bellamente, al final de su libro, en su libro las
consecuencias del dictum “non opposita, sed diversa”: no opuestos, sino
diferentes. Hegel mismo, por supuesto, critica la mera oposición cuando
desarrolla su noción de contradicción, pero Spinioza se mueve en una dirección
diferente. El Spinoza que viene después de Hegel y nos habla es una afirmación
de las esencias singulares. El contexto académico del
combate contra la dialéctica hegeliana está muy presente para Macherey. Por
supuesto, para Deleuze y los otros filósofos anti-dialécticos de esa
generación, el sistema universitario francés parece estar definido por un
hegelianismo dominante. La diferencia para ellos significa en parte liberarse
de esa ortodoxia y jerarquía académicas. Este hecho vuelve de lo más deliciosa
la anécdota con la que Macherey abre su libro para definir la alternativa Hegel
o Spinoza. Cuando le ofrecieron a Spinoza un cargo en la Universidad de
Heidelberg, lo rechazó porque pensaba que tal relación con la institución y el
estado comprometerían su libertad para filosofar. Pero cuando a Hegel le
ofrecieron un puesto en la misma universidad, un siglo y medio después, él
aceptó entusiasmado. Así, Spinoza nos sirve como símbolo de la diferencia y la
libertad respecto del aparato académico. La dialéctica hegeliana
también tiene un significado político directo para los autores franceses de esa
generación. La forma-partido, y especialmente la reinante ortodoxia del
materialismo dialéctico, sólo podían reconocer contradicciones en la sociedad,
y no aceptar diferencias. El partido, en otras palabras, operaba con la lógica
de la dialéctica hegeliana, deformando todas las diferencias en contradicciones
y luego poniendo sobre ellas una unidad
superior. El rechazo a tal política dialéctica significa una afirmación de la
libre expresión de las diferencias. La afirmación de las singularidades en Spinoza
–que no puede ser subsumida en ninguna
unidad– asume de este modo un carácter decididamente político. 3. Este libro se traduce al
castellano en un momento y en un país que no ha dejado de producir dilemas
capaces de incluir en su reflexión textos filosóficos como éste. La cuestión
misma de qué cosa es actualidad está
en el centro del problema que plantea la “o” entre Hegel y Spinoza. Si una
política del pensamiento es aquella que ayuda a formular las preguntas que
reabren un contexto cerrado al cuestionamiento –incluso “recientemente cerrado”–,
la filosofía bien puede ser uno de esos sitios llenos de enunciados capaces de
ayudarnos en esa tarea. Pero, ¿puede la filosofía ser interpelada libremente o
hay que respetar el modo en que se autorepresenta en su tradición? ¿Se puede ir
a Spinoza luego de haber hecho estación en Hegel o habrá que aceptar la
definitiva superación de aquel por éste? ¿Es posible pensar un Spinoza
“después” de Hegel? ¿Cómo recobrar, hoy, para nosotros, un Spinoza liberado de
la versión “dialectizada” según la cual el spinozismo es un hegelianismo aún
inmaduro o, tomado en sí mismo, una caricatura? Macherey se propone liberar
a Spinoza de Hegel, del proceso de dialectización al que fue sometido, extrayéndole
lo que su filosofía posee de más radical. Así utilizado el verbo se vuelve
oscuro. Porque supone una línea evolutiva desde la cual cada momento posterior
adquiere derecho a revisar para sus fines al anterior. La operación
dialectizante consiste en poner fin a lo que no lo tiene, en dotar de
orientación definida a lo que carece de finalidad, en tomar (superar) los
momentos anteriores rescatando lo que tienen de útiles (conservar) al servicio
de una nueva afirmación, prohibiendo toda conciencia de la diversidad irreductible,
del exceso no retomado. La dialéctica esconde el cadáver luego del crimen. Aparece
como supresión de todo lo no dialectizable. Como momento final, esta idea de la
dialéctica viene a concluir procesos abiertos, a sintetizar en una unidad final
multiplicidades sin relaciones determinables a priori. Si la temporalidad
hegeliana es tratada como una dinámica progresiva (evolución dialéctica), la
“eternidad” spinozista se presenta como la liberación respecto de toda
finalidad establecida de antemano: las cosas carecen de toda finalidad, de toda
intencionalidad (no son sujetos). Pero la alternativa Hegel o
Spinoza nada sería si ellos no participaran, a su vez, de un diálogo en cierto
modo más abarcativo, en el que cada uno define por sí mismo una suerte de espacio
público del pensamiento en el cual toda filosofía se presenta yuxtapuesta junto
al resto de las filosofías, y en donde las operaciones de unas y de otras
pueden ser vistas en sí mismas y en contraste con las demás. Una infinita conversación
virtual sólo interrumpida de mala manera cuando introducimos preguntas actuales,
surgidas de nuestra propia escena vital. Macherey ingresa en este
recinto y extrae de él los materiales para su operación de reparación del
spinozismo: si uno “se apoya en las demostraciones
spinozistas, elimina la teleología hegeliana y hace desaparecer también esa
concepción evolutiva de la historia de la filosofía, la relación real entre
filosofías no es ya mensurable por su grado de integración jerárquica; tampoco
es reductible a una línea cronológica que las disponga una en relación con la
otra en un orden de sucesión irreversible.”
Macherey
se concentra en el Hegel lector de Spinoza. No se preocupa por la totalidad de
la filosofía de Hegel, sino por un conjunto de fragmentos en los que se perciben
sus interpretaciones “aberrantes” sobre el holandés. El drama es presentado del
siguiente modo: Hegel, el dialectizante, dialectiza a Spinoza, el indialectizable.
El Spinoza dialectizado pierde toda la fuerza de su verdad que consiste, precisamente,
en enarbolar el carácter no dialéctico, irreductible a una unidad hacia la cual
tendería toda diversidad. Las
“aberraciones” del Hegel lector no constituyen, por tanto, mero error de
lectura. Macherey no cree ni por un minuto en su inocencia. Hegel representa,
en la filosofía, el gusto por la contradicción: “como modo de pensar, la oposición corresponde entonces, también, a
cierto modo de ser: el que hace coexistir las cosas finitas en la serie
ilimitada en que ellas se limitan unas a otras”. Lo
suprimido de Spinoza en la lectura que de él realiza Hegel es recuperado por la
lectura de Macherey: el hecho de que “la
sustancia difiere entonces fundamentalmente del espíritu hegeliano”. En la
filosofía radical de la inmanencia no hay falta de vida sino de negatividad, de
contradicción como modelo del movimiento: no hay movimiento de degradación,
sino existencia espontánea y coexistencia inmediata: “El “pasaje” de la sustancia al modo en el cual ella se afirma no es el
movimiento de una realización o de una manifestación, es decir, algo que pueda
ser representado en una relación de la potencia al acto. La sustancia no está
antes que sus modos, o por detrás de su realidad aparente, como un fundamento
metafísico o una condición racional. En su absoluta inmanencia, la sustancia no
es nada más que el acto de expresarse a la vez en todos sus modos, acto que no
es determinado por las relaciones de los modos entre sí, sino que es, por el
contrario, su causa efectiva”. Leer a Spinoza desde
Spinoza no implica desconocer a Hegel. Contamos –a partir de Marx y desde Marcuse
a Holloway– con lecturas de un “Hegel revolucionario”. Pero la liberación del
spinozismo de todo intento de sujetar sus efectos explosivos demanda, cada vez,
de una vocación incendiaria: “Spinoza elimina la concepción de un sujeto intencional, que no es
adecuada ni para representar la infinidad absoluta de la sustancia ni para
comprender cómo ésta se expresa en las determinaciones finitas. Si Hegel parece
no haber comprendido siempre bien a Spinoza, o no haber querido comprenderlo,
es porque Spinoza, por su parte, había comprendido muy bien a Hegel, lo cual,
desde el punto de vista de una teleología, es evidentemente intolerable”. 4. “La
edad de este hombre no tiene ninguna importancia, puede ser muy viejo o muy
joven. Lo esencial es que no sepa donde está. Lo esencial es que no sepa donde
está y que tenga ganas de ir a cualquier parte. Por eso, como en los westerns americanos, él siempre toma el
tren en marcha. Sin saber de dónde viene (origen) ni a dónde va (fin). Y se
baja del tren en marcha, en un pequeño poblacho en torno a una estación
ridícula”. Con
estas palabras comienza Althusser su Retrato
de un materialista. El “materialista”, no necesita saber de dónde viene y
hacia dónde se dirige el tren de la historia para poder desarrollar sus
historias en él. Sus preguntas son de otro orden. Son preguntas que cuestionan
el modo en que las cosas están planteadas, que aspiran a crear sentido. Un
materialismo de lo aleatorio, dice Althusser. Macherey, quien no oculta en este
texto sus deudas con él, nos presenta aquí un Spinoza –en este
sentido– materialista: un
materialismo de las preguntas que producen nuevos sentidos. Sobre todo, cuando de lo
que se trata es de actualizar la vieja cuestión: ¿qué es una dialéctica
materialista? ¿Cómo es aquí y ahora una dialéctica que funcione en ausencia de toda garantía, de manera absolutamente causal, sin una
orientación previa que le fije desde el comienzo el principio de la negatividad
absoluta, sin la promesa de que todas las contradicciones en las cuales se
embarque se resuelvan por derecho, porque ellas llevan en sí mismas las
condiciones de su resolución? La
multiplicidad sin finalidad como premisa absoluta (teoría política y fuerza
productiva). La pregunta como operación de rescate de esta multiplicidad, como
acto que efectúa un tajo, como extremo radical, salud auténtica del
pensamiento. Entonces:
no sólo la filosofía de Spinoza, sino también, y sobre todo, Spinoza político.
O “subversivo”, como lo llamó Toni Negri recreando el concepto de la democracia
absoluta como sentido último y más radical de toda filosofía, de entonces y de
ahora. La composición de la multitud como espacio constituyente (producción en un sentido amplio y
fuerte), no es sólo posibilidad en el presente, sino condición misma de todo
presente de lucha. 5. 1968
y 2001 no son fechas cualesquiera: ambas localizan de modo diverso sendas
aperturas. De un extremo al otro de este arco, Spinoza no deja de ser
fuertemente evocado con matices diversos. Y en cada retorno, la misma pregunta
insiste: ¿qué significa el pensamiento de Spinoza una vez liberado de todo lo
que lo aprisionaba: no sólo la dialéctica hegeliana en filosofía, sino también
un modo de organizar la dominación social a partir de los estados nacionales?
¿Qué hay luego de la polémica con la dialéctica hegeliana y en plena
transformación de las formas de la soberanía? ¿Qué nos dice el spinozismo en el
contexto de un discurso capitalista no dialéctico que nos habla de pluralismo,
libre consumo, guerra generalizada de diversas intensidades y democracias
parlamentarias? Una
pregunta que cree poder hacer converger a Spinoza junto a Marx: “Cuando Marx
escribió la famosa fórmula “La humanidad sólo se plantea los problemas que
puede resolver”, era todavía completamente tributario del evolucionismo
hegeliano. La historia ulterior del marxismo iba a mostrar justamente en los
hechos que una cuestión no se resuelve ni una pregunta se responde por el mero
hecho de que se las plantee. Pero ya es algo plantear una cuestión, o una
pregunta, incluso si esto no encamina en nada a una resolución o a una
respuesta. Leer a Spinoza después de Hegel, pero no según Hegel, es algo que
nos permite plantearnos la pregunta acerca de la posibilidad de una dialéctica
no hegeliana, pero hay que admitir también –es incluso un modo de ser
spinozistas– que eso no nos permite al mismo tiempo dar una respuesta”. La multiplicidad liberada y
la proliferación de la diferencia, lo sabemos, no son términos concretos de una
respuesta, sino nociones problemáticas de una pregunta. Volver a Spinoza, volver a Hegel (o a los griegos, a Marx,
o a Freud, da igual): esta idea del retorno a los orígenes puros del
pensamiento, en que lo pensable estaría ya pensado para nosotros, pecadores
desviados, en realidad nos aleja. No hay adónde volver. Cuando los clásicos
–cada quien elija los suyos– son evocados bajo esta clase de supuestos no se
consigue sino debilitar sus usos posibles. Su magnificencia excluyente se nos
impone como horizonte absoluto; como si se tratase de dioses intolerantes a la
mezcla, incapaces de coexistir con la heterogeneidad de situaciones e
inquietudes con que el pensamientos vivo los
interpela. Ni retorno de
Spinoza, ni vuelta a él, sólo el encuentro que exigen ciertos problemas comunes:
no tanto lo múltiple contra lo Uno, como la redeterminación de lo Uno en tanto
que múltiple. Paolo Virno lo dice con admirable sencillez: lo Uno como
premisa, no ya como promesa. 6. Ya
lo recordamos: Spinoza rechazó la enseñanza pública. No quería verse limitado
por un poder que le ofrecía protección. Pero su rechazo tuvo dos razones: una
de ellas es, efectivamente, su rechazo a verse limitado en la exposición de sus
pensamientos. La otra suele ser menos citada: la enseñanza obstaculiza “mi
propia formación filosófica”, argumenta el holandés que concibe por actividad
intelectual fuera de toda restricción académica. El pensamiento como dinámica
de investigación ininterrumpida desplaza toda medida para la mera acumulación
de conocimientos y supone una experiencia existencial única de la
pregunta. Michael
Hardt y Colectivo Situaciones Diciembre
de 2006 |