Preguntas
para compartir
(A propósito de la desaparición
de Julio López)
1.
¿Qué significado otorgarle a la desaparición de Julio López? ¿Cambió algo
luego de este suceso siniestro?
Si comenzar una reflexión
con preguntas se ha vuelto ya una costumbre es porque la desorientación
radical es el punto de partida de cualquier preocupación –y quizás también
de cualquier intervención– política.
2.
La desaparición de López no es un hecho aislado.
El conjunto de amenazas y de operaciones de
intimidación –algunas de las cuales no se han hecho públicas– a quienes
participan activamente en los juicios contra los involucrados en la represión
dictatorial ofrece un primer marco explícito. No se trata sólo del significado
simbólico que conllevan estos avances judiciales como realización del
histórico reclamo de los organismos de derechos humanos. Está en juego
también la novedad de que los señalados esta vez sean los cuadros medios
ejecutores de las políticas genocidas, los
que gestionaron los campos de detención y tortura e integraron las bandas
operativas: caras y nombres que han guardado cierto anonimato y que por
lo mismo poseen hoy mayor efectividad que los altos mandos de la dictadura.
Es precisamente su inserción en los aparatos de seguridad –tanto estatales
como privados– lo que les permite reaccionar con eficacia.
Pero
la desaparición de López no puede ser aislada de otras dimensiones de
la realidad. La reanimación de las tendencias sociales más reaccionarias,
elitistas y excluyentes encuentra en el boicot a los juicios una oportunidad
para re-articularse e intentar ganar terreno político. Guardando las diferencias
de escala y de contexto, diversas estrategias de desestabilización buscan
detener hoy el avance de la voluntad democratizadora que emana de las
luchas de todo el continente: ya sea a través de políticas abiertamente
golpistas como en Bolivia y Venezuela o de campañas ultra agresivas para
recuperar capacidad de maniobra como en Brasil, o combinando efectivos
fraudes electorales con una represión feroz, como en México.
Entre
nosotros, si bien las derechas no están ausentes del propio aparato de
estado, su ofensiva actual no parece destinada sólo a ganar presencia
en el gobierno. Procura, sobre todo, bloquear las políticas más democráticas
(como las de derechos humanos) y fortalecer el control sobre la situación
social. Incapaces por el momento de elaborar alternativas enteramente
propias, recurren con desesperación a su histórico repertorio de recursos,
procedimientos y retóricas –“mirar al futuro”, “combatir la inseguridad”,
“pacificación”– para recuperar influencia.
Sin
embargo, percibimos dos modos de plantear el problema que se desvían de
aquello que nos parece importante resaltar: de un lado, cuando se reduce
la discusión a una polémica puramente legal, que se desarrolla en los
espacios ya consagrados a los derechos humanos; por otra parte, cuando
se subsume todo a la división entre oficialistas y opositores. En ambos
casos se pierde de vista lo principal: la posibilidad de un retroceso
efectivo de las luchas sociales que cambiaron en los últimos años nuestra
realidad política. La construcción de la condena
social a un tipo de ejercicio del poder intolerable tanto por su forma
como por su contenido no puede aislarse o reducirse al reclamo sectorial
de familiares, víctimas o excombatientes, pues constituye un componente fundamental e interior a las luchas sociales que lograron
replantear la cuestión general de la justicia.
3. ¿Cómo se presenta este retroceso?
Como
el desmoronamiento de un “final feliz”, en el que la justicia institucional
y el reconocimiento oficial coronaban la ardua labor de aquellas luchas
por la memoria, decretando la superación de toda complicidad colectiva
con respecto al genocidio. La facilidad
con que las operaciones clandestinas de los últimos días consiguieron
desactivar esta escena desmiente la ilusión de un final definitivo y justo,
pues señala precisamente la impotencia de las instituciones estatales
para inscribir, sostener y garantizar por sí mismas las conquistas sociales.
El retorno de razonamientos perversos y de las miradas más torvas son
índices inquietantes de lo ingenuo que resulta querer dar por cerrado
lo que constituye un asunto más complejo.
Así,
ha quedado al desnudo la torpeza de un gobierno que suele apelar al pasado
de un modo estrechamente retórico, aislándolo de las dinámicas actuales
con las que inevitablemente aquellos recuerdos se articulan. Por el contrario,
las luchas de la memoria se desarrollan en múltiples niveles y se entrelazan
con los más variados movimientos anti-represivos.
Es en el vínculo con las resistencias al “gatillo fácil”, a la violencia
doméstica, al trabajo esclavo y el racismo con los migrantes;
en la apertura a dinámicas que desafían los códigos que reglan la convivencia
urbana y la gestión estatal de la pobreza; en el encuentro con las luchas
que consiguen politizar “tragedias” como la de Cromañón
o cuestionar formas de “desarrollo” esencialmente destructivas de los
recursos comunes... donde aquellas modalidades de la memoria se encarnan,
se enriquecen y contribuyen a un proceso de democratización real de la
existencia. Esta multiplicidad y esta actualidad es la que se inhibe cuando
se convierte cada conflicto en la teatralización
simbólica de una polarización rígida, montada sobre un exacerbado protagonismo
gubernamental.
El
golpe que implica la desaparición de López es más doloroso aún en tanto
sorprende a un cuerpo social que ya no esperaba sucesos como éstos. Lo
que parecía una discusión socialmente saldada, un balance colectivo, un
piso común alcanzado, corre el riesgo de evaporarse. Pero el verdadero
riesgo es el de intentar resolver este desgarro apelando a una polarización
y un enfrentamiento que ha perdido su vigencia. Para evitar este retroceso
en el tiempo, es preciso indagar cómo estas preguntas se vuelven sobre
nosotros mismos: ¿cuándo y cómo comenzamos a acomodarnos a esta imagen
de “un final feliz”, siendo que jamás habíamos creído en ella? ¿Qué tipo
de “pereza” es la que en estos casos nos domina y distrae? ¿Qué tipo de
dinámica puede sacudirnos de esta “modorra”?
4. ¿Por qué nos afecta tanto esta re-polarización?
Precisemos la sensación
que nos recorre. Cuando la posibilidad de una solución justa y definitiva
al terrorismo de estado se deshace
por el resurgir de una polarización que creíamos conjurada, más que ante
un retroceso estamos ante el retorno de situaciones y peligros que pertenecen
a otras épocas. Esta convivencia de lógicas y temporalidades muy distintas
es lo que nos descoloca.
De un lado, al recordar
los términos del enfrentamiento pasado la discusión queda encerrada –otra
vez– en un escenario ocupado sólo por los involucrados directos. Ya sea
que se imagine un arreglo “entre ex–combatientes” o que se acepte una
idea de la justicia estrechamente ligada a la reparación de las víctimas.
Por otra parte, la
posibilidad cierta de que aquel enfrentamiento político que tuvo lugar
en los años setenta sea actualizado amplifica la magnitud del anacronismo,
renovando la distancia entre quienes enfatizan la persistencia de una
añeja polarización y quienes constatan la discontinuidad de los nuevos
problemas y preocupaciones. Los caminos se bifurcan entre quienes sienten
que es hora de volver a ocupar sus puestos en el combate y quienes no
pueden dejar de percibir que se trata de una contienda que ha perdido
sentido. Los primeros parecen pelear contra los fantasmas del pasado y
los segundos aseguran que no creen en tales fantasmas, aún si no cesan
de mortificar sus noches.
Un presente así escindido
pierde el hilo de contemporaneidad que permitiría aprehenderlo. Se trata
del estallido de una linealidad del tiempo en la que se supone que lo
viejo debe descansar en paz para que lo nuevo pueda progresar. Quizás sea hora de asumir que si hay algo común
en nuestra experiencia social es precisamente un pasado que no cesa de
reabrise en un presente que no cesa de quebrarse.
5. Pero, ¿cómo hacer para que
la reapertura del “tiempo” no nos traslade literalmente al pasado? ¿Cómo
inventar un modo contemporáneo de convivir con ese retorno?
Estos
días hemos escuchado que los sucesos presentes traen a la memoria –sin
que la elección sea conciente– alternativas que conocimos en décadas anteriores.
Así como hubo quienes vivieron el 25 de mayo de 2003 como una segunda
asunción de Cámpora, la desaparición de Julio López recrea situaciones
como las vividas en los meses previos al golpe militar del 76 –donde las
luchas cada vez más se encerraban en los límites de un enfrentamiento
entre bandas fascistas y grupos armados–; o como las que siguieron a los
juicios a los comandantes que tuvieron lugar en la década del ochenta,
en un contexto de plena vigencia de la teoría de los dos demonios, cuando
la demanda de justicia de los organismos de derechos humanos fue contestada
y maniatada por los levantamientos carapintadas.
Se
trata de recuerdos dignos de ser escuchados, en tanto constituyen el anuncio
de que estamos en peligro. Y el peligro consiste en el hecho mismo de
que la situación se polarice a la vieja usanza. Si esto sucede, lo sabemos
por experiencia propia, la degradación puede ser inminente, pues
la consigna de "pacificar" puede diseminarse como deseo mayoritario
por toda la sociedad. No es sólo, entonces, el resurgir del miedo o la
actualidad de aquel terror militar lo que nos preocupa, aunque este último
no deje de resonar como antecedente inmediato de las nuevas modalidades
represivas. Es sobre todo la despolitización del problema de la justicia,
que tan bien expresa la moral cristiana y progresista cuando clama arrepentimiento
y reconciliación como condiciones para toda apertura al futuro –reponiendo
así una versión débil pero no menos eficaz de la teoría de los demonios.
Sin
embargo, instalarnos demasiado en estos recuerdos, adoptarlos como prisma
para interpretar lo que sucede, quizás impida entender la singularidad
de la situación actual. Si el contexto presente no es de pura amenaza
es porque su trasfondo también está tramado por las luchas
que plantearon de un modo enteramente nuevo la cuestión de la memoria
y la justicia. Es en esta otra fuente de recuerdos -opuesta a la de los
fantasmas que aterrorizan– dónde quizás encontremos
la inspiración para eludir, atravesar o conjurar esta vez el peligro,
resistiendo la despolitización que implica reducir esta multiplicidad
a un esquema de enfrentamiento simple.
6. ¿Se puede condenar y saldar
cuentas con las lógicas genocidas del pasado desde un hoy tramado por
formas de poder que han heredado mucho de aquellas, incluyendo buena parte
de su “personal”?
Si
la desaparición de Julio López nos descoloca no es sólo por su forma –que
de por sí no hemos olvidado– sino por el tipo de actualidad que adopta
esa forma en un contexto presente que queríamos imaginar evolucionado,
maduro. Lo que desorienta no es tanto lo inusitado del suceso como el
hecho de que aquello que suponíamos excepcional –porque históricamente
situado– se vuelve posibilidad latente en todo tiempo y lugar. En el mismo
sentido, se trata de algo siniestro: es precisamente el ejercicio tenaz
de una memoria densa –y no su déficit– el que nos muestra, como su reverso
tétrico, el mal que pretende conjurarse.
Sólo
asumiendo que esta oscilación es la condición más íntima de un presente
quebrado se podrá resistir el miedo y revertir la impotencia. Porque lo
que trágicamente nos recuerda todo esto es que la justicia es algo más
complejo y evanescente que las sentencias de los jueces y las hegemonías
de turno. Y esto es más verdadero hoy precisamente porque aplaudimos y
apoyamos esas sentencias y nos vemos representados en ciertos aspectos
que han sido reconocidos y asumidos por el gobierno actual.
La
singularidad de la situación nos obliga a combinar planos diferentes en
un mismo momento: al mismo tiempo que corroboramos que no hay una justicia
definitiva, apoyamos como nunca –con la continuidad de los juicios– estos
momentos provisorios. En el preciso instante en que vemos con toda claridad
que lo político no se resuelve en decidir si “apoyar” u “oponerse” a los
gobiernos, comprendemos lo necesario que resulta la continuidad e incluso
la profundización de la política actual de derechos humanos.
Quizás
haya sido el escrache la práctica que mejor
entendió que la justicia es todo
lo contrario de un final feliz, precisamente porque encontró el modo de
convivir con el “mal” sin la más mínima concesión hacia él. Lejos
de desaparecer, los torturadores siguen viviendo en los barrios, trabajando
en agencias de seguridad, desarrollando su guerra contra “la pobreza”
y “la inseguridad”. Paralelamente, quienes pensaron, legitimaron y explicaron
el terrorismo de estado se esfuerzan en identificar a los “nuevos demonios”,
definiendo sus rasgos actuales, instigando las nuevas cacerías.
Conviene entonces
recobrar aquella pista: porque asumimos que la justicia es algo que no
se resuelve de una vez y para siempre, porque depende de la construcción
cotidiana y del roce permanente con las ambivalencias de nuestra realidad
social, es que nos preocupa la polarización. Y es que la polarización
nos deja sólo dos alternativas: o bien forzamos la resolución definitiva
del problema, llevando al máximo un enfrentamiento que deja mucha realidad
afuera –es la película setentista y su reflejo en la izquierda clásica que exige
radicalizar esa inercia–; o bien, como suele suceder cuando el antagonismo
no se resuelve dialécticamente y más bien se retuerce y pierde el sentido,
llega la hora de la reconciliación, que es siempre la de un punto final
cínico ajustado al juego de las relaciones de fuerza y a las negociaciones
que inevitablemente supone.
Esto no significa
en ningún caso restar importancia a los juicios. La cárcel común y efectiva
para todo quien estuvo implicado en la represión genocida es un piso mínimo
y aún un objetivo que demandará mucho esfuerzo. De hecho, estos ataques
fascistas coordinados con una derecha que no duda en aprovecharlos
para reorganizarse, constituyen una invitación a involucrarnos más en
su desarrollo. Insistimos: se trata de comprender que sólo se avanza realmente
si se elude la tentación de reducir el problema de la justicia a una polarización
simple, retórica y simbólica. Y si, por otra parte, desconfiamos lo suficiente
de una solución fácil como para preocuparnos en serio de la protección
de quienes más directamente están involucrados, acudiendo a todos los
recursos al alcance, incluyendo los que provienen –esta vez– del estado.
Justicia, condena
social, construcción pública y resistente de los recuerdos colectivos
y una capacidad efectiva para cuidarnos, son elementos de una política
de la memoria que no ha cesado una y otra vez de ocupar las calles, de
discutir abierta y creativamente, de comprometerse con las injusticias
presentes y con las luchas actuales en el más amplio de los sentidos.
Buenos Aires, 23 de octubre del 2006
Colectivo Situaciones
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