Texto perteneciente a Mal de altura. Notas sobre un viaje a Bolivia / Testimonios una publicacón de Tinta Limón Ediciones, 2005.

Mal de altura

Notas sobre un viaje a Boliva

 

1. La condición de lo inesperado siempre mueve a pensar y a un esfuerzo de la imaginación por captar algo de eso que pasa. Bolivia exige ese impulso y esa energía. En su heterogeneidad y en su permanente movimiento, Bolivia es a la vez la experiencia de la fractura y del magma. Sobre esa superficie se inscriben geografías claramente iluminadas, climas naturales y sociales que generan una atmósfera densa. Es ahí donde rostros, cuerpos y lenguas cuentan historias que son desafíos para quien se propone comprender, acompañar, disfrutar. Nuestro viaje, durante febrero del 2005, fue una lucha entre este intento de comprensión y las dificultades de adaptación (en donde la altura no fue el menor de los obstáculos). También una apuesta a que lo sucedido en estos últimos años en Argentina abría a una mirada diferente. Y que ese diálogo entre procesos de destitución-construcción es vital para cada quien.

Según Henri Bergson, no se trata de demostrar sino más bien de mostrar. Nuestro paso por Bolivia, por cierta Bolivia, tuvo que ver con mostrar(nos). Con buscar, con encontrar, con conectar con ciertos testimonios. Con una palabra que abre mundo, que opera como marca del paso del sentido, que ya no requiere ser explicada, sino compuesta en un mundo textual y político más amplio. De allí que no sea éste un texto analítico, sino uno expresivo de nuestras impresiones. Y donde al mismo tiempo lo que se muestra es una investigación de lenguajes.

2. Llegando a Bolivia uno se encuentra con la altura; (nos es mejor dos punto y no punto y coma) sobre todo en La Paz, el Alto y el altiplano, es un rasgo dominante. Se tarda meses en acostumbrarse totalmente a ella. Las cosas en Bolivia se dan como violenta indiferencia y explosiones de una agresividad sorprendente. Arriba lo indio, abajo lo mestizo. La indiferencia sube, la agresividad baja. La altura es maldición anticolonial, cuartel natural y suelo de cocción de elementos civilizatorios, sea a fuego lento, sea como un grito crudo.

Viajar a Bolivia es perderse a velocidades variables, en esos relatos (personales, históricos, políticos). Nuestro tiempo resultó insuficiente. El de los bolivianos, quedó intocado. Cíclico, lento, disruptivo. Y el tiempo de cada una de las historias que nos recibieron y nos invitaron, con las que nos comprometimos, siguen abiertas (si lo que sigue abierto es “el tiempo de las historias” debería ser singular y masculino; si lo que siguen abiertas son las historias no entiendo bien lo del tiempo), atravesadas por una coyuntura tan rica como trabada e imprevisible.

3. Llegar a Bolivia es sorprenderse al punto de quedar sobrepasados por el modo descomunal en que las primeras intuiciones y prejuicios se confirman al infinito: en efecto, se puede sentir de inmediato y de manera inconfundible esa atmósfera concentrada, como envolviendo una extrema tensión entre elementos distintos, como abierta a una dinámica –estilo danza guerrera– poliforme que signa hoy, de modos diversos, la sintaxis de los movimientos y las luchas de buena parte de América Latina. Conectar con Bolivia es parte de una necesaria, renovada, alfabetización.

Al parecer toda imagen admite ser vista y leída. Hoy el espacio llamado “latinoamericano” se presenta en público a partir de la emergencia de gobiernos nacionales denominados como (¿quedaría mal sacar este “como”?) de “izquierda” (en rigor, se trata de un conjunto de términos disímiles). La alfabetización que proponemos es una que nos permite nuevas claves de lectura de este proceso. Estos gobiernos –cada uno según su caso– funcionan como prolongación, interpelación, sustitución, subordinación, desplazamiento y/o reorganización de los movimientos y experiencias que pugnan en regiones enteras del continente –precisamente las más calientes y creativas– (¿no le falta un “por” el despligue?) el despliegue de una política desde abajo. Este impulso democrático no prospera sin momentos de estallido, que espacializan y abren a nuevos terrenos, pero tampoco, evidentemente, si no enfatiza la dimensión constructiva e innovadora de los procesos abiertos.

Esta sintaxis está en formación. Si se mira esta yuxtaposición de tiempos y lenguajes diferentes a lo largo de todo el continente se verifica, más allá de todo tipo de esfuerzos, la relativa falta de una coordinación configurante. El arduo proceso de construcción de la palabra y el despliegue de nuevos elementos civilizatorios se juega en situaciones tan diferentes como son la Sexta Declaración del EZLN, la constitución de expresiones populares vivas en Ecuador y Venezuela, o en el modo en que tanto en Brasil como en Argentina se resuelva la tensión entre las expectativas persistentes en los cambios propiciados por los gobiernos, y la constatación –una vez más, omnipresente– de que toda democratización económica, política y social depende del modo en que se abren y protagonizan los procesos que trascienden los límites de lo instituido.

Bolivia nos muestra la complejidad de este esfuerzo de constitución de una voz; primero, una voz que grita; luego, y, es de esperarse, de una "palabra", o de varias. Un esfuerzo social y político de construir la propia palabra (lo que implica a su vez asumir la pluralidad de idiomas disponibles) como palabra digna, palabra políticamente relevante, palabra urbana válida, palabra que tiene que ser reconocida, aceptable, decisiva. Esta dialéctica de silencio y construcción, este latido que contrae y distiende, que concentra y relaja, estas marea que trae y lleva, no es armónica ni inofensiva: con cada ida y venida, Bolivia se define por esta tendencia, que se ensancha y se lastima, que se visibiliza por explosiones y se continúa en los ayllus, en el Alto, en los usos y costumbres, entre los campesinos, en la lucha cotidiana por los recursos naturales.

4. Como sucedió con los “piqueteros” en Argentina, en Bolivia las luchas convocan nuevas expresiones. Los medios de comunicación inventan modos de nombrar cada irrupción. Así, la agresividad que despliegan las luchas son inmediatamente llamadas “guerra por” (hubo, en los últimos años, guerras por el agua, por la coca, por el gas). Estas “guerras”, sin embargo, no son momentos organizativos en una estrategia trazada y consistente por el control del aparato del estado, como podía concebirse hace sólo dos décadas, aunque resulta evidente que las consecuencias de estos conflictos redundan en una politización constante y en una neutralización y desgaste de la capacidad de mando del poder central. La llamada violencia, en las luchas de Bolivia, no es decidida y desplegada por organizaciones revolucionarias tradicionales, sino por impulsos comunitarios, más o menos configurados como tales. No se trata de una táctica excluyente, sino de un momento entre otros. De allí que la coexistencia de una estrategia electoral de grupos indígenas y populares junto a resistencias más duras o sumergidas, sea no sólo fuertemente conflictiva sino también persistente y hasta parcialmente articulable en algunos momentos. El MAS convive, con mucha polémica junto a coordinadoras que protagonizan luchas sociales y sindicales radicales de magnitud, y el MIP se enraíza, con dificultades inocultables en la lucha de las comunidades del altiplano. Esta pluralidad de instrumentos políticos no hace sino mostrar que las estrategias en relación al poder no están definidas aún del todo, pero también que no se juegan en un modo único o momento privilegiado, y que la violencia, la construcción de las palabras y el modo en que se asumen los nombres, se juegan en este suelo tejido por lo fracturado y lo magmático.

5. Otra impresión que tenemos sobre la construcción de esta gramática social pasa por lo que podríamos llamar rápidamente cuestiones de movilidad. Los territorios de “guerra” (por el gas y el agua en El Alto, por la coca en El Chapare, o por el agua en Cochabamba) constituyen a la vez el terreno de un aterrizaje y una recomposición de grandes migraciones internas. Este componente de re-territorialización de flujos poblacionales tiene un doble componente. Con el proceso de relocalización neoliberal de la fuerza de trabajo campesina y minera de los años ‘80 y ‘90 se concretó una reorganización del perfil económico de Bolivia, a la vez que se descompuso una experiencia de modos de lucha y de identificación obtenido (si el obtenido remite a la experiencia debería ser femenino) tras décadas de labor política popular. Este proceso de disgregación y traslación de quien había sido parte de una figura de trabajo, vida comunitaria y lucha social sometió a decenas de miles de personas al aislamiento, teniendo que enfrentar nuevas estrategias para obtener recursos, un nuevo territorio, nuevas configuraciones familiares, etc. Y a la vez, luego de dos décadas, se percibe cómo se han comenzado a tejer nuevos vínculos, entre la reanimación de elementos de la vida anterior (como los barrios de mineros en El Alto) que opera como aporte de la tradición sindical a la lucha urbana, hasta la invención que surge de la adaptación y la creación de nuevos modos de enlazamiento, de nuevos sujetos de lucha. (me parece que debería ser o bien “entre éste y éste o desde éste hasta éste, pero no entre/hasta). Esta reorganización aparece, de modos diferentes, con los aymaras, los campesinos quechuas, y el Movimientos Sin Tierra (MST) de Bolivia, etc.

6. Entre el estallido y la construcción, entre la violencia y la palabra, entre la migración y la reorganización, en el núcleo duro de la configuración de lo colectivo mismo se halla la cuestión de los llamados “recursos naturales”. En la medida en que Bolivia tiene una estructura económica y social colonial, más bien extractiva, y netamente exportadora de materia prima, se comprende fácilmente que la lucha por los “recursos” sea la pugna por el control de las divisas, del ingreso nacional y por la distribución de la riqueza. Sin embargo, nuestra impresión es que el significado de los “recursos naturales” en Bolivia no se agota en su sentido técnico, en su interpretación desarrollista-industrial, sino que involucra un despliegue más amplio y complejo que abarca el propio control del proceso de la existencia de las comunidades y los movimientos, la propia organización de la cotidianidad, la persistencia de la tendencia del (¿es del o al?) uso de la palabra más allá de las modalidades coloniales de distribuir el derecho a lo público. Más aún: que en el uso de los recursos se juega también la memoria y hasta el control del tiempo y el espacio (los usos y costumbres) y los procedimientos productivos, comerciales, religiosos, que configuran la propia existencia, y posibilitan la expansión de los elementos civilizatorios puestos en juego a partir de las últimas décadas: el agua para los regantes, o el alcantarillado en el Alto, la tierra como posibilidad de existencia campesina, la coca, los hidrocarburos como combustible y calefacción, a la vez que como signo de resistencia (ambivalente en muchos aspectos) a una nueva colonización. (al lado de éstas, Halperín Donghi escribe oraciones cortitas y sencillas). En este proceso, lo que está en juego es la constitución de procesos colectivos que abarcan junto a los “recursos naturales” lo que podríamos llamar, como lo hace Paolo Virno, las “potencias comunes” tales como la lengua (aymara, quechua, guaraní, etc.) o el propio cuerpo de las mujeres, como base de una resistencia al patriarcado, en el caso de las Mujeres Creando (Ver: Virgen de los deseos), en donde la propia sensibilidad es superficie de goce autónomo y politización.

7. En Bolivia, como en muchos otros sitios, no hay posibilidad de abandonar un régimen mixto de comprensión. No hay “UN” principio explicativo de los fenómenos audibles y visibles. Hay una indisimulable fractura social, sí; pero la rigidez que esta imagen supone oculta la fluidez magmática (a veces más caliente y dinámica hasta el estallido, otras más fría y lenta). Lo mismo sucede con lo viejo y lo nuevo. Parece ser que ciertos picos del pensamiento filosófico clásico admiten una doctrina según la cual lo viejo no es lo más antiguo, ni lo nuevo lo más reciente, sino que lo viejo nace viejo, y lo nuevo, (creo que la coma podría ir acá) lo es por la eternidad. Lo viejo no es lo anacrónico, y lo nuevo no admite la lógica de la moda y el snobismo. Lo viejo, sería aquello que está separado de la capacidad de crear. Siempre separado, siempre impotente. Lo nuevo, en cambio, es la añeja posibilidad de producción. Por eso, lo viejo es lo contemporáneo no renovado, y lo nuevo debe actualizarse. Es una rearticulación de los términos disponibles en la propia historia.

Todo esto para decir que en Bolivia hay una añeja y amplísima capacidad autogestiva que se actualiza hoy formando redes del cotidiano y, a la vez, (tengo la sensación de que falta un “que” –y no sé si no sobre la “y” antes de “cobija”) cobija una aptitud para desarrollar luchas sin especializar excesivamente organizaciones específicas (estas cuatro palabras juntas parecen un trabalenguas) y profesionalizadas. Estas redes conviven y son tomadas, más de una vez, sin embargo, por lógicas improductivas, patriarcales y estrategistas, como lo muestra la idea de la “crisis de los movimientos sociales” de las Mujeres Creando. Ambas tendencias subsisten.
El Alto en torno a La Paz o el Alto Cochabamaba, son nuevas ciudades construidas de modo autogestionario, incluyendo la infraestructura del gas y del agua. Lo mismo se ve en los poderes populares desarrollados en Warisata y Achacachi o en las tomas de los MST, o en las calles de La Paz y los mercados, o en las asambleas reunidas en la FEJUVE. Esta trama –económica, solidaria, afectiva, lingüística– efectúa una experiencia comunitaria viva y permanente, incluso si está atravesada –de un extremo a otro– por una ambigüedad fundamental. Es el caso, por ejemplo, de la llamada "justicia comunitaria”, autogestionada por los vecinos de los barrios de El Alto, por la cual al parecer se han “ajusticiado” a varias decenas de personas (de todo sexo y edad) en los últimos años, en general por casos de robo ocurridos en estos barrios-comunidad. Esto ha generado una polémica sobre la capacidad de lo comunitario y lo autogestivo para tomar una consistencia propia fuera de las comunidades tradicionales campesinas, es decir, al interior de una espacialidad también tramada por una dinámica capitalista-colonial, o bien para reproducirla a su modo. Este dilema entre la adaptación a la reproducción o bien como principio diferente y heterogéneo de la matriz capital-racista-colonial que recae sobre la trama comunitaria está en el centro del juego político de los movimientos sociales, pero también en la propia ambivalencia que admite, a veces, que esta trama sea materia de mitificación e instrumentalización.

8. Estas redes, esta trama, posee (no sé si no va en plural) una valiosa aptitud que determina la fisonomía de la conflictividad boliviana: su capacidad para pasar con total fluidez de la autogestión al antagonismo (por ejemplo, en las luchas contra las multinacionales que gestionan el agua o usufructúan la renta del gas, o frente al estado). VER: El rol de la FEJUVE (precisar: ver Libro de Luis Gómez) en octubre ¡?, o de la coordinadora en la Guerra del Agua, o de los cocaleros...
Nuestra impresión es que esta capacidad de tránsito fluido de lo cotidiano a lo antagónico se alimenta, entre otras cosas, de una cierta capacidad de cada tramo de la red para establecer conexiones con los demás, y no tanto porque cuente con una homogeneidad de base, dada. Sin embargo, es fundamental considerar la preexistencia de un substrato indígena-campesino-comunitario, que se viene reconstruyendo, y que se pone a disposición de la dinámica antagonista. De hecho no es posible distinguir radicalmente la capacidad de lucha de los movimientos de ciertos puntos de la trama afectiva, económica y lingüística comunitaria, en donde enlazan las diversas tácticas de lucha que parten de los modos de organización inmediatas del cotidiano.

9. El proceso de antagonismo invierte, además, lo que suele ser una prerrogativa del poder. La de medir, mapear, conocer y limitar la potencia de su adversario. La conflictividad boliviana ha echado luz sobre las estrategias de los principales actores del poder: el estado, las multinacionales, los países limítrofes con intereses en Bolivia y en la región, y los países que ejercen mando de dominio a nivel global. Sus procedimientos, que suelen estar adecuadamente ocultos o disimulados, aparecen ahora desnudos por efecto de las luchas que conforman la capacidad de antagonismo. Esta naturaleza de la producción de saberes populares se corrobora asombrosamente –en el caso de Bolivia– en el discurso de ofrecimiento de su renuncia al Congreso por parte del entonces presidente, Carlos Mesa.
De este modo, la intelectualidad ligada a los movimientos cuenta con un valioso material de mapeo de los movimientos del capital, del estado colonial, de las tácticas represivas y de cooptación y hasta de la operatoria de los poderes –estatales y empresariales– trasnacionales, de mucha utilidad para otros procesos de lucha. Mas aún: la experiencia boliviana contrae sus elementos de un modo tal que nos hace pensar que su original es muy aprovechable para otros procesos. Sin ir más lejos, Petrobrás, empresa de petróleo estatal de Brasil, es una de las trasnacionales que opera en terreno boliviano y, como tal, está identificada por los movimientos sociales bolivianos. Lo mismo sucede con la relación evidente entre las preocupaciones del gobierno argentino y los intereses que posee REPSOL-YPF en la región. La constitución real del antagonismo produce así una perspectiva propia capaz de alumbrar de otra manera los argumentos (pseudo-soberanistas) con que los gobiernos de izquierda de la región pretenden capturar la política de y desde los movimientos.

10. Otro aspecto en relación con las aptitudes del movimiento de resistencia boliviano se vincula con los ensayos de construcción de lo que podríamos denominar (con todos los reparos que nos produce el término “institución” para nombrar este fenómeno) “instituciones no-estatales del contrapoder”. Mas allá de si se trata de instituciones diferentes o conviene mejor llamarlas de otro modo, estamos ante la instauración de procedimientos de organización, selección y producción de una representatividad limitada, por delegación y mandato muy controlados, asamblearias (si remite a representatividad debería ser singular), de coordinaciones amplias y permanentes.
(no me cierra la construcción “de ... a”. De la FEJUVE (500 asambleas de El Alto coordinadas) a las coordinadoras de defensa de recursos naturales (que abarca (si las que abarcan son las coordinadoras debería ir en plural) ya niveles de autogestión de empresas públicas) o (a) los Ayllus (comunidades productivas del Altiplano) y las experiencias extendidas de control social anticipan modos de apropiación de los recursos que se esbozan como situaciones de organización de la potencia social muy diferentes al clásico reclamo de estatización de los servicios públicos. Al contrario, (de qué) se trata de formas de lucha e institución en los (las) que el formato estado-nacional –como se ha dicho– resulta completamente estallado.

Su carácter de no-estatal sin embargo, no se sustrae de una ambigüedad fundamental. Tanto en su discurso como en sus imaginarios se mezclan elementos de una sociabilidad no-estatal con la permanencia de un horizonte estatal. Pareciera que toda expresión de "poder popular" en Bolivia se construye desde abajo, elaborando sentidos desde mucho antes de aspirar a controlar el aparato del estado, configurando una “institucionalidad” propia que enlaza cotidiano con antagonismo, con liderazgos múltiples y muchas veces con portavoces revocables.

11. Por supuesto que sobre la ambivalencia que recorren las redes populares operan las élites políticas, sociales, lingüísticas y económicas. Tanto las débiles fracciones del poder propiamente boliviano como la presencia de trasnacionales e instituciones de “cooperación” internacional y tanto el estado nacional boliviano como su inserción en el mercado mundial y en el entramado jurídico global están determinados por la alianza entre estas fuerzas. La estrategia con que este bloque afronta la crisis actual de dominación es plural y abarca desde la disputa directa por la renta y el perfil productivo extractivo, a (o hasta) la autonomización de las regiones estrategias (gas y petróleo del oriente y sur) y la apelación a tribunales internacionales para condicionar las capacidades de la soberanía boliviana (Aguas del Illimani-Suez Lyonnaise des Aux y Aguas del Tunari-Bechtel), de la postulación de presentación de nuevos candidatos de la derecha, hasta la preparación de grupos paramilitares para enfrentar a los campesinos que toman tierras, desde la “contención” de los gobiernos limítrofes (Argentina y Brasil) hasta la preparación regional de los Estados Unidos para poner un límite material-militar a un eventual desborde (La preocupación del aparato militar norteamericano por lo que sucede en Bolivia parece confirmar retroactivamente la intuición del Che Guevara respecto de su potencial geoestratégico en el corazón del América del sur).

Sin embargo, y entrecruzado a lo anterior, sobre la autogestión es notable la escasez de presencia del estado nación como tal. El rasgo capitalista-colonial de Bolivia se percibe claramente a partir de dos indicadores. Uno positivo: depende en casi un 30% de financiamiento externo. Otro negativo: la organización social sustituye a la acción estatal en un porcentaje enorme de las cuestiones vinculadas a la existencia individual y social. Y junto con esto contrasta esta rigidez estatal frente a las capacidades magmáticas del contrapoder.

12. La profundidad de la revolución que se desarrolla en Bolivia puede ser valorada por la importancia de lo que pone en juego: a) La afirmación de un nuevo sujeto popular complejo que aspira a la palabra política con pleno derecho, lo que cuestiona la estructura de jerarquías que organiza lo social y sobre la que se sostiene el estado; b) la recomposición de formas de vidas comunitarias y sus correlatos en modos de lucha; c) el antagonismo con la estructura trasnacional del estado colonial. En cualquier de las variantes posibles, sin embargo, se desarrolla un principio de organización que cuestiona total o parcialmente el régimen de autonomía de una esfera de la política y replantea los términos de una democracia popular. La complejidad del proceso hace que ninguna visión lineal pueda ser sostenida sin más. Y esa complejidad radica tanto a nivel de los tiempos diferentes de cada experiencia de lucha, como a nivel de las múltiples dificultades de encontrar estrategias comunes y a la diversidad de liderazgos, donde convergen tendencias electoralistas, caudillistas y paternalistas junto a modos rotativos, plurales e inscriptos en el cotidiano.
En Bolivia está en juego también (y eso muestra la radicalidad alcanzada) la relación dirigente-dirigido. Se trata de un tema delicado porque no es una cuestión que pueda plantearse al margen de las relaciones concretas y del sustrato orgánico del que los líderes dependen de modo estrecho. Y es en este sentido que esta dialéctica se va desarrollando con un nivel creciente de control social, en la medida en que se está afirmando una "voluntad de poder" en forma de cuerpos comunitarios, impensables sino a partir de la defensa y reconquista de la tierra, el gas, los afectos, las lenguas originarias, el agua, y los usos y costumbres.

La coordinación de estos movimientos, claro, es también compleja, y conoce vaivenes significativos. La creación de nuevos modos de vida depende de cómo se articula la tradición a las capacidades productivas, los recursos, la relación con el estado y la macro economía, pero sobre todo con los territorios y la economía de jerarquías internas a los propios movimientos.

13. En síntesis: en Bolivia hay una creatividad social viva, si bien puede decirse también –paradojalmente– “en crisis”. En Bolivia se concentran los problemas del contrapoder y existen desarrollos muy altos, pero aún así no se trata de un “muestreo exhaustivo”. Más aún, es posible que en muchos de los aspectos que causan “crisis” al interior de los movimientos, haya en Chiapas, pero también en algunos otros movimientos de Argentina y del resto del continente experiencias más avanzadas.
Bolivia implica una cierta contracción de problemas generales, a los que muestra con una cierta acentuación, pero no representa el corazón o el único punto en donde se despliega la esencia del proceso. No podríamos decir que el contrapoder de América Latina se juega en Bolivia, pero sí, tal vez, que “sin Bolivia" nos perdemos de comprender la gramática general de las luchas de la América Latina actual. Y en esta gramática percibimos que resulta imprescindible ligar la experiencia y la elaboración de dos polos con tantos parecidos como diferencias entre sí: los movimientos en Bolivia y la experiencia zapatista de México. El zapatismo, luego de ensayar una serie de estrategias de construcción que abarcan desde la constitución de una voz y un imaginario propios a la creación de municipios libres y regiones autónomas (Juntas de Buen Gobierno) siente que ha llegado a un límite de su experiencia y como tal está convocando a la constitución de una nueva estrategia política amplia (Sexta Declaración del EZLN). Tanto en Bolivia como en México, los movimientos radicales deben articular sus perspectivas civilizatorias y la construcción de sus autonomías a ciertas tácticas para afrontar las dinámicas que los disgregan. Tanto Bolivia como México se debaten actualmente sobre la naturaleza de posibles gobiernos progresistas como producto de las próxima elecciones. En ambos países hay un contrapoder sólido que intenta posicionarse ante lo que se les viene, pero además, tuvieron algo de tiempo para ver cómo ha funcionado en Argentina y en Brasil (dos casos diferentes) la relación compleja entre tres términos: gobiernos democráticos y con aspiraciones progresistas, condiciones neoliberales de existencia y vida de los movimientos.

Colectivo Situaciones
Buenos Aires, Octubre de 2005

 

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