En junio del 2004 Sandro Mezzadra estuvo un mes entero en Buenos Aires. Fue entonces que terminamos de preparar la edición en castellano de su Derecho de Fuga.Migraciones, ciudadanía y globalización. Y, al mismo tiempo, aprovechamos para trabajar sobre un prólogo introductorio que aquí presentamos. La creación de Tinta Limón Ediciones, en Argentina y la disposición de Editorial Traficantes de Sueños de Madrid para coeditar el texto hicieron lo demás.

Diálogo entre Sandro Mezzadra
y el Colectivo Situaciones

 

I. Subjetividad migrante

Colectivo Situaciones (CS): Querríamos comenzar este diálogo a partir de las sugerencias que surgen del propio título del libro. La noción de fuga parece indicar la condición negativa del sitio del que –precisamente– se produce dicha huída. Esa negatividad –que mueve a fuga o es inherente a ella– no es asumida por vos, sin embargo, como excusa para desarrollar un discurso victimizante sino que desarrollás un esfuerzo considerable por considerar la migración, la fuga, desde el punto de vista de lo que ocurre a nivel subjetivo, incluso como fuente de una apertura, lo cual te permite captar una cierta positividad alrededor de la cual se modifica la perspectiva dominante sobre los fenómenos de movilización migratoria. Esta vía es también explorada por autores como Hardt y Negri –en su libro Imperio–, quienes postulan al migrante como un sujeto político heroico, en tanto forjador del desdibujamiento de las fronteras nacionales. Querríamos saber cómo funciona en tu perspectiva esta doble dimensión de la experiencia del migrante –“negativa” (aquello que en el territorio de origen empuja a la fuga) y “positiva” (lo que puede abrir en términos subjetivos la movilidad)– y con qué énfasis proponés esta lectura al nivel de las subjetividades.

Sandro Mezzadra (SM): Bueno, mi punto de vista no es idéntico al de Hardt y Negri, aunque siempre tengo el riesgo de llegar a un punto parecido al de Negri, porque tengo una manera parecida de plantear las cosas. Pero me parece que hay una diferencia importante: por un lado, decir que el migrante es en sí mismo un sujeto revolucionario –lo que se podría derivar de una lectura "simple" de Imperio– no tiene para mí sentido alguno. Mi esfuerzo está dedicado a desarrollar la ambivalencia misma de la condición migratoria, más allá de una retórica de victimización pero, al mismo tiempo, tratando de poner en el centro de la discusión teórica y política la tensión entre la realidad de la opresión y la búsqueda de libertad que es un rasgo característico de muchas experiencias migratorias. Por otro lado, mi trabajo se inscribe en una investigación, individual y colectiva, de más largo alcance, que trata de problematizar el concepto mismo de sujeto. En esta investigación –de la que forma parte también, por ejemplo, el trabajo de Paolo Virno– la posibilidad de hablar de sujeto en términos de "heroísmo" es criticada desde el principio y la atención está puesta en el conjunto de procesos de subjetivación que forman el tejido de las relaciones sociales.

CS: Querríamos concentrarnos en un punto. La fuga –el éxodo– como acto de vaciamiento puede seguramente corresponder a situaciones muy heterogéneas de partida. Imaginemos tres (sabiendo que hay más): el exilio político en casos de tiranías políticas o el asilado en condiciones de guerra; la deserción ante situaciones económicas extremas y, por último, el “desierto subjetivo”, es decir, la pura falta de horizonte o el diferencial según el cual ciertos territorios prometen más que otros. Suponemos que cada una de estas situaciones da lugar a procesos diferentes, aún si todos ellos son concebidos unitariamente bajo la noción de “migración”. La primera cuestión que querríamos preguntarte va en el sentido de especificar la productividad subjetiva de tales procesos. Nos gustaría entonces comprender un poco más sobre el momento positivo o productivo de estas experiencias: ¿dónde radica, según tu punto de vista, esta calificación política del migrante? La pregunta también funciona en un contexto específico: ¿cómo superar la impresión según la cual la valoración de la dimensión productiva de las migraciones no se genera en y por el reforzamiento de una mirada eurocéntrica que festeja el vaciamiento que se produce en territorios tiránicos o desérticos –más periféricos– a favor de otros –más (post)modernos– reduciendo el potencial crítico de esta perspectiva a una actualización de los discursos modernizantes, en la que los modos de dominación son siempre rechazados por lo que tienen de arcaicos, confirmando así, de modo implícito, formas mas sofisticadas del control?

SM: Me parece que, a pesar de las condiciones de origen de los migrantes, la movilidad en sí misma es un proceso que tenemos que indagar en su significado político, en el sentido que siempre tiene que ver con condiciones de coacción y con una búsqueda de libertad. Creo que la movilidad ha sido una de las apuestas y de las condiciones más importantes en el desarrollo de muchos movimientos sociales, incluso de aquellos que no parecen tener una relación directa con el tema de la migración. Pienso, por ejemplo, en los piqueteros en la Argentina: ¿qué relación hay entre el desarrollo de los piquetes en el conurbano de Buenos Aires y la historia de desplazamientos que está en la base misma de la formación de la “geografía humana” del conurbano? Una pregunta que se podría plantear es si hay una continuidad, en los comportamientos sociales, entre una marcha piquetera desde el conurbano hacia la Capital Federal y la experiencia migratoria de muchos de los protagonistas de los piquetes. Una pregunta como ésta me parece una de las más importante que se podrían hacer tratando de pensar categorías como las que desarrollo en el libro en la situación argentina…

Retomando la pregunta de ustedes, es claro que es distinto irse de un sistema muy opresivo a irse de un medio desértico. Pero también en las situaciones de muchos países de África, de donde llegan muchos migrantes a Europa, hay una situación de desestructuración social muy fuerte. Irse de una situación de desestructuración social significa al mismo tiempo tratar de construir una vida de una manera diferente. Además, a mí me parece importante remarcar que cuando el migrante se va, por ejemplo, de África y se queda viviendo en Europa, no corta todas sus relaciones con el país de origen. Existe todo un intercambio de hábitos que repercute en el tejido social del país de origen, pero también se producen efectos en los países de llegada. Y esto es un poco lo que trato de desarrollar, en sintonía con una parte muy interesante de los estudios internacionales sobre el tema de la migración y con el concepto de espacio transnacional aplicado a la migración.

La idea es que la migración no implica un corte total y abrupto con las condiciones de origen, sino que el mismo tejido social del país de origen va a ser modificado por las relaciones nuevas que se constituyen con el país de llegada. Este proceso tiene una cara económica muy evidente: las remesas de divisas que los migrantes envían a sus familias, que son muchas veces más importantes para los países de origen que la “ayuda al desarrollo” que otorgan los países más ricos.

Si se toma, por otro lado, un país como Albania, Rumania u otros países de Europa oriental, se puede notar muy claramente que en los últimos 10 ó 15 años hubo una inversión muy fuerte de capital que llevó a un determinado modelo económico de desarrollo. Cuando hablamos del desarrollo de la migración albanesa, me parece bastante claro que para muchos migrantes el tema es que si se quedan en su país tienen que trabajar en una fábrica que está manejada por empresarios italianos y tienen que cobrar 100 dólares. Entonces para eso se van a Italia, donde aspiran a cobrar un sueldo italiano: y me parece claro que la migración en ese sentido implica, aún de una manera que no es el modo clásico de plantear una acción política "conciente", una crítica al modelo de desarrollo que se afirmó en el país de origen, pero también del modelo de desarrollo del país de llegada, que se basa en una cierta "deslocalización" –una nueva geografía económica– de la producción.

CS: Antes que nada no querríamos dejar pasar tu comentario sobre el proceso migratorio que está en la base de la composición de los movimientos piqueteros en Argentina. De hecho, existe un componente de migración de los países limítrofes pero también de migración interna. No solamente es interesante desarrollar esta línea de investigación sino que también, de manera paralela, podría ser muy interesante indagar la representación urbana de la “invasión” piquetera de la ciudad, que está en la base de los discursos actuales sobre la “inseguridad”.

Hay en tu trabajo una insistente afirmación –que también se puede rastrear en Imperio– sobre la caída de la pertinencia de la distinción entre primer y tercer mundo. Y sin embargo, el mundo no se vuelve cada vez más liso. Es claro que más allá de las fronteras nacionales y continentales –y a veces en superposición con ellas– existen barreras aún más significativas, en la medida en que determinan el valor de las vidas, del trabajo. Estos umbrales son tan visibles (basta con prestar atención a la orientación unidireccional de los flujos migratorios para entender de qué se trata) que nos obligan a producir modos de pensar los movimientos migratorios más allá del nivel formal de las relaciones internacionales; es decir, para poder configurar los mapas de estos umbrales. Pero entonces ¿cuál es la ventaja de abandonar nominaciones como “norte-sur” o “primer y tercer mundo” (como intentos de nombrar esos umbrales de desigualdad) en favor de la postulación de un “terreno transnacional”?, ¿no existe el peligro de un cierto ocultamiento de estas desigualdes a favor de un modelo unitario en que los procesos de movilidad se indiferencian? Te preguntamos esto a la vez que nos damos perfecta cuenta que las formas en que se pensaban las desigualdades estructurales hace tres décadas ya no alcanzan a nombrar las dinámicas abiertas en este nuevo período de trasnacionalización capitalista y que, por tanto, es crucial hallar modos de volver a nombrar las asimetrías territoriales que –sospechosamente– parecen reproducir en buena medida, y esto también merece alguna reflexión, la distribución geográfica de desigualdes de la época del “primer y tercer mundo”.

SM: Bueno, el tema es muy importante y al mismo tiempo puede ser una fuente de continuos malentendidos. Conviene entonces que precisemos de qué hablamos cuando hablamos de "fin del tercer mundo": ¿significa sostener que ya no hay más diferencias entre los distintos lugares del mundo?, ¿que el espacio global de hoy es liso y que las fronteras no juegan ya ningún papel sino que siguen existiendo como reliquia geológica de una supuesta “era” de los "estados nacionales"?, ¿que no hay más un problema de desigualdad entre distintas áreas geoeconómicas y geopolíticas? Evidentemente no. El trabajo sobre la migración, para nombrar sólo un tema, nos muestra justamente la importancia, por un lado, de las fronteras y, por otro, de los desequilibrios económicos y políticos entre distintas áreas del planeta. El punto es otro: si para mí tiene sentido hablar del “fin del tercer mundo” es porque el concepto mismo de tercer mundo ha sido desde el principio un concepto político: es un concepto que nació simultáneamente con el movimiento de los "no alineados" para hacer referencia a una unidad de intereses entre países muy distintos pero unificados por la experiencia de la colonización y de la dependencia. La discusión sobre el "tercer mundo" siempre ha sido una discusión sobre las posibilidades políticas de resistencia (o de alternativa) al imperialismo. Y estas posibilidades pertenecían a un espacio dividido por confines muy claros desde el "primer mundo".

Me parece que este discurso sobre el "tercer mundo" ha entrado en crisis por los desarrollos de las últimas décadas. Por un lado, la geografía del capital no es más una geografía que se puede reconstruir alrededor de confines claros entre centro y periferia, desarrollo y subdesarrollo. Para decirlo sencillamente: hay cada vez más periferia en el centro y más centro en la periferia. Lo que no significa que no hay más desigualdades en la distribución de la riqueza social, pero sí que hay relaciones de dependencia que son muy puntuales y que no configuran un primer mundo cerrado y un tercer mundo igualmente cerrado.

Esto es algo que me parece muy importante, porque la tesis de la “unificación del mundo” tiene que ser profundizada y precisada, cosa que no sucede cuando se la toma de modo sencilla y lineal, lo cual no tiene mucho sentido. Y sin embargo, muchas veces tengo la impresión de que se tiende a plantear esta tesis de una manera simplista mientras que, por ejemplo, el trabajo sobre la migración demuestra que la unidad del planeta es compleja, poblada de líneas de dominación y de explotación que se pueden reconstruir también en un sentido geográfico.

Pero hay otro aspecto del problema, que tiene que ver con la posibilidades políticas mismas de los movimientos sociales en el "ex" tercer mundo. Hasta hace veinte años se podía tomar como supuesto que había una diferencia cualitativa entre la perspectiva de los movimientos en la "metrópoli" y en el "tercer mundo". Hoy ya no es más así: claro que las condiciones de desarrollo del movimiento piquetero de Buenos Aires son distintas a las condiciones de desarrollo del movimiento de los precarios en Milán o en Madrid. Pero es una diferencia más cuantitativa que cualitativa: en el fondo los problemas y el lenguaje son los mismos. Esa es la otra cara de la fin del tercer mundo.

CS: ¿Y sobre qué nuevas premisas te parece válido recomponer un mapeo geográfico de la explotación en el nuevo espacio trasnacional? Porque el esquema de “primer y tercer mundo” tenía la ventaja de explicitar estas diferencias jerárquicas, estas relaciones espaciales de explotación. Pero como bien apuntás, parece que ya no son capaces de operar como analizador activo de la reconfiguración de las últimas décadas. Como si aquellas nociones hubieran quedado atrapadas en una percepción de homogeneidades y fijezas donde hoy habría que poder captar fluidez, velocidad y nuevas heterogeneidades. No parece desacertado suponer que todo esto afecte directamente a la noción misma de migrante, que debería ser reconstruida a partir de este nuevo mapeo capaz de dar cuenta más nítidamente de la persistencia de fronteras de explotación en el espacio trasnacional y a la vez la fluidificación (y unificación) de ese espacio. ¿Cómo se ve afectada, entonces, la noción misma de migrante en este nuevo contexto en el que la tendencia a la “re-unificación del mundo” implica simultáneamente un nuevo estriamiento –fractal– en el que el espacio se repleta de diferencias jerárquicas?, ¿podrías darnos tu punto de vista sobre el modo de pensar todo esto? En el fondo, por supuesto, la pregunta supone desplegar la noción de migrante más allá de su reducción al sujeto de derecho que ocurre entre fronteras nacionales. ¿Cómo pensar la diferencia entre un profesor que viaja a dar sus clases de París a New York respecto de quien atraviesa fronteras nacionales, de acuerdo, pero sobre todo atraviesa umbrales de jerarquización económica y social afrontando toda la hostilidad, todos los obstáculos que el cruce de una frontera como ésa supone?

SM: Estoy totalmente de acuerdo. La única cosa que me parece importante agregar es que si bien el planeta no es liso, al mismo tiempo cayó la posibilidad de distinguir entre regiones en sí homogéneas que han sido justamente la premisa de toda la política tercermundista. Y eso me parece que es muy importante porque, como decía antes, cambia bastante el panorama, sobre todo por sus consecuencias políticas. Entonces, la discusión no sería con la imagen primer mundo-tercer mundo, sino con las “políticas tercermundistas” –o con la imagen tercermundista de esa separación entre primer mundo y tercer mundo–.

Por eso cuando yo hablo de tercer mundo me refiero en primer lugar a un concepto político que claramente tiene una base económica.

CS: La imagen-noción del tercer mundo como base de la formulación de políticas soberanistas...

SM: Seguramente de muchas políticas antiimperialistas. Pero también de un imaginario político que sigue planteando la "alternativa" al capitalismo o al neoliberalismo a partir de la centralidad de un proyecto de Estado nacional.

CS: Lo que supone una discusión sobre la existencia de un más allá de una noción puramente jurídica del migrante, ligada a la centralidad de los estados nacionales.

SM: Sí, pero la dimensión jurídica también es importante, porque si tomás la condición de un italiano que va a vivir a los EEUU y la condición de un marroquí que va a vivir a Italia, la diferencia jurídica es relevante.

CS: Claro, pero esa diferencia muestra que las fronteras relevantes –los umbrales jerárquicos determinantes– que responden a una configuración más compleja se tornan evidentes precisamente cuando se deja de identificarlas linealmente con la configuración formal, es decir, con la geografía jurídica del estado nacional.

SM: Muestra que lo revelante es justamente la intersección entre las dos configuraciones, que produce al mismo tiempo la superación y la multiplicación de las fronteras. Y, sobre todo, que produce experiencias de frontera totalmente distintas. Es este sentido, el profesor francés que va a vivir a New York es un migrante, pero es un migrante que hace una experiencia de la frontera (con todo lo que la experiencia de la frontera significa en la vida cotidiana de un migrante) muy distinta a la del marroquí que vive en Roma. El primer migrante puede disfrutar del espacio global; tiene un acceso al espacio global que es totalmente distinto –cualitativamente hablando– del acceso al espacio global que tiene el marroquí.

CS: Lo que refuerza la idea según la cual las fronteras nacionales en tanto tales ceden su poder de distribución de personas y bienes a favor de una regulación diferente que se expresa en un nuevo trazado de muros-fronteras cada vez más duros. ¿No existen, incluso dentro de Italia y España, unas fronteras no jurídica pero bien reales para un calabrés o un siciliano, o bien para un andaluz o un extremeño? ¿No hay desde este punto de vista tendencialmente una semejanza con un marroquí o un argelino en Italia o España?

SM: Sí, pero hay una diferencia fundamental: que el marroquí puede ser expulsado y el calabrés o el andaluz no. Por eso, a mí me parece que la condición jurídica juega un papel importante. Creo que los dos son migrantes en un sentido general, pero hay una diferencia todavía muy grande, importante, que afecta la forma de sus vidas. Porque vivir bajo la amenaza de ser expulsado de un país es terrible. Hay gente que construye toda una vida, proyectos, durante años y todo eso bajo la amenaza de ser expulsado de un día para otro. Además, me parece que en países como España o Italia la inmigración extranjera de los últimos años ha modificado también la posición de los "migrantes interiores" si se hace una comparación con la situación de los años sesenta y setenta: se ha formado una nueva jerarquía que está modificando profundamente el sentido mismo de la ciudadanía en estos países.

CS: Tal vez podamos detenernos un poco en el modo en que cada frontera (la jurídica pero también el umbral social de explotación) determina sus efectos sobre la construcción de la noción del migrante. Comprendemos lo que decís sobre el modo en que ambas se articulan. Pero también sobrevive la impresión de que son las últimas las que re-funcionalizan a las primeras, y no a la inversa. Lo que nos lleva a entrar en otra dimensión importante de tu trabajo: la manera en que el flujo cuantitativo pero también subjetivo modifica la composición de la fuerza de trabajo en los territorios de llegada y el modo en que contribuye a alterar las geografías y la distribución espacial.

SM: Claro, pero para decir algo más de lo anterior: un seguimiento atento del flujo migratorio actual no puede detenerse en una espacialidad norte-sur, porque ya no es posible trazar confines precisos, absolutos, entre una área llamada primer mundo y un área llamada tercer mundo. Esto tiene también una consecuencia muy importante en la investigación sobre la migración porque siempre se habla de migraciones sur-norte o este-oeste, pero hay migraciones que son muy importantes y que son sur-sur o este-este y que influyen también decididamente en la actual geografía.

De alguna manera lo que trato de desarrollar –en el cuarto capítulo del libro– es un intento de encontrar las primeras formas de superación de las fronteras del primer y tercer mundo ya en las migraciones de los años 50-60, y en la relación entre estas migraciones y las luchas anticoloniales.

Mi conclusión provisoria sería –para decirlo de una manera muy esquemática– que en este pasaje la diferencia más importante se da entre una geografía más o menos estable y una geografía que no es estable, que siempre está en revisión. Y entre unos confines que son absolutos –discriminan formas de vida– y otros que están en permanente redefinición. En ese sentido es que una de las características más llamativas del mundo de hoy es esta redefinición geográfica continua: aquí se juega la reconstitución de las relaciones de dominación y explotación, pero también la búsqueda de libertad e igualdad. La razón por la que el tema de la migración me parece tan importante hoy es justamente porque la investigación sobre este tema (y también las prácticas políticas que se desarrollan a su alrededor) permite observar esta redefinición de la geografía global desde el punto de vista de las apuestas políticas que están en juego, sin reducir estas apuestas a la dominación imperial, sino tomando en cuenta el protagonismo de las mujeres y de los hombres que viven la migración como experiencia social concreta.


II. Derecho de fuga

CS: Otro punto que nos llamó la atención en tu trabajo fue la negativa a reducir al migrante a mero exponente de una genealogía de la sangre o a un simple representante de su cultura de origen. Habría dos puntos: por un lado, que el derecho de fuga –con su dimensión subjetivante– permite evitar esta reducción del individuo a la comunidad de origen y, por otro, permite observar la tensión que existe en el fenómeno migrante entre libertad y control.

SM: El primer punto es complejo: la cuestión de la "individualidad" del migrante es polémica en varios sentidos. En primer lugar y políticamente, porque se trata de una polémica contra una manera de percibir la subjetividad de los migrantes bastante difundida en la izquierda de los movimientos e incluso en los centros sociales en Italia y en Europa: muchas veces se da por cierto que los migrantes tengan una identidad totalmente distinta a la "nuestra", una identidad étnica. Y aún si para muchos compañeros se trata de una identidad "mejor" –en la medida en que estaría más enraizada en un tejido "comunitario"– me parece que esa perspectiva reproduce un esquema típicamente colonial: acá los individuos, allá las comunidades; acá las naciones, allá las "etnias"; acá los ciudadanos, allá los súbditos. En el marco de esta polémica –que tiene que ver con otra polémica: la de la representación del migrante como sujeto débil, como víctima–, yo enfatizo en la individualidad del migrante. Pero este énfasis tiene su razón de ser en una crítica a la oposición misma entre comunidad y sociedad –para tomar los términos sociológicos clásicos– como esquema para pensar las subjetividades (¡y no solamente la de los migrantes!).

Y sin embargo, esta posición no me lleva a considerar a los migrantes como individuos en el sentido que la economía clásica y neoclásica dan a esta noción. Como hubo malos entendidos sobre este punto trato de profundizar esta cuestión en el anexo (1), en el sentido en el cual creo que se debe orientar hoy la investigación, es decir, hacia el proceso complejo de desestructuración y reproducción de tejidos comunitarios en la migración. Pero hablar del migrante como el sujeto que está totalmente subsumido en una identidad comunitaria cultural no tiene para mí ningún sentido, ni científico ni político.

CS: Es interesante como trabajás la noción de universalismo de las pequeñas patrias. Pues permite considerar los polos de oscilación política de los migrantes entre comunitarismos reaccionarios que enfatizan su oposición a otras comunidades, modos radicales de asimilación a la cultura de recepción y elementos comunitarios que habilitan nuevas hibridaciones. ¿No son estas opciones las políticas posibles para los migrantes antes que criterios metodológicos de investigación? Te preguntamos esto porque de alguna manera se conecta con nuestra propia experiencia de investigación militante; sobre todo cuando enfocamos la cuestión a partir de los aspectos comunes que poseen los movimientos que se producen subjetivamente en torno de la cuestión inclusión-exclusión, lo que nos permite relacionar todo esto con el fenómeno de los movimientos piqueteros de Argentina. También aquí aparecen políticas diferentes: distintos énfasis a la hora de considerar los procesos de inclusión, la vuelta al trabajo, la relación de los autoemprendimientos con el mercado, la relación con el estado, etc.

SM: En Europa la polémica tiene un nivel de desarrollo muy básico que consiste en la contraposición entre la política de asistencia a los migrantes y una política que reconoce, como su base constitutiva y fundamental, la subjetivación de los migrantes. Ese es el suelo básico de la polémica. Hay, además, otra polémica que me parece más vinculada a la discusión cultural actual que es justamente la polémica contra una imagen de la subjetividad del migrante muy apologética, que dice: el migrante es el paradigma de la subjetividad postmoderna, no tiene más raíces, no está condicionado por todo el peso de la historia, de la comunidad y puede cruzar confines, hibridizarse. En esta manera de pensar la subjetividad del migrante se olvida totalmente el duro suelo de su experiencia misma. Por eso hay justamente una ambivalencia que subrayar.

CS: Las luchas sociales que se desarrollan alrededor (y como puesta en discusión) de la frontera –y las modalidades– de inclusión / exclusión derivan en un cuestionamiento de los discursos sobre la ciudadanía, pero junto a este cuestionamiento se percibe, de un modo u otro, una pugna por ampliar esa noción. ¿Cómo asumir el compromiso político en torno a estos discursos que suelen venir aparejados por conceptos como “tutelaje” o “protección” por parte de los sectores que ya gozan de la vieja ciudadanía?, ¿cómo evitar una “solución” social por la vía de una inclusión subordinada directa?, ¿vale, a tu criterio, la insistencia en los propios elementos de subjetivación que surgen de las experiencias de lucha (estamos pensando, claro, en los movimientos piqueteros o en las fábricas ocupadas por sus trabajadores, en Argentina), desde los márgenes, que tienden a resistir esos modos de inclusión, forzándolos hasta poner en juego el espacio mismo desde el que dicha inclusión se predica?

SM: El tema de la migración en Europa es –justamente– ambivalente. Hay pasajes de legalización de los migrantes, pero esta legalización está vinculada a criterios muy rígidos, muy duros, que de alguna manera reproducen la condición de la clandestinidad. En este momento se puede lanzar la consigna de prácticas de protección y tutelaje, de desobediencia civil, de insurgencia contra una ley que es reconocida como despótica. Se hace una campaña durante dos meses, se hacen contratos truchos de trabajo o incluso de matrimonio con los migrantes. Esta es una práctica política que a mí me parece que puede ser muy importante porque contribuye a mejorar la vida de los migrantes. Pero si se piensa eso como una relación de largo plazo me parece terrible porque es una relación de tutelaje.

CS: ¿Cómo altera todo esto la propia idea de inclusión?, ¿qué efectos tienen estos procesos subjetivos sobre los propios sectores críticos y solidarios europeos?

SM: Se trata justamente de evaluar la posibilidad real de que el proceso de subjetivación de los migrantes cambie no sólo la izquierda italiana y europea sino también la propia noción de ciudadanía. Ese es un punto fundamental. Pero lo que me queda como duda es que no se puede enfrentar linealmente el proceso de subjetivación contra el pedido de inclusión. Porque sino llegás a una idea que es la de mantener la exclusión –la clandestinidad, en el caso de muchos migrantes– pensando que ésta es la única base de subjetivación posible.

CS: Claro, pero es que no vemos que la clandestinidad sea ella misma una subjetivación. La pregunta en realidad sería si no se juega algo de la propia politicidad en la no inclusión. Pero no como base de un radicalismo táctico a ultranza, sino por el hecho de no admitir los modelos de inclusión disponibles. ¿No es la afirmación de la no-inclusión una palanca para abrir vías políticas diferentes? Nuestra experiencia –y nuestro modo de leerla– nos habla precisamente de la importancia de estos momentos en que la no inclusión hace temblar los modos de ser, las certezas políticas y jurídicas cuestionando –incluso– los modos de establecer habitualmente lo que entendemos por conocimiento. Desde este punto de vista es que te planteamos la cuestión de la diferencia que no busca la inclusión como potencial político concreto.

SM: Me parece un concepto de diferencia que siempre tiene el riesgo de convertirse en una forma de desigualdad. Lo más importante, creo, es la afirmación de la igualdad como base para el desarrollo mismo de las diferencias: pensar al mismo tiempo igualdad y diferencia conduce a redefinir el sentido de los dos conceptos y, de alguna manera, a poner en discusión la oposición misma entre inclusión y exclusión.

CS: ¿Querés decir que una cierta manera de plantear el tema de la diferencia implica el riesgo de condenar a un migrante a ser toda la vida un ilegal?

SM: Claro. Si lo tomamos en referencia a los migrantes, me parece que es más claro, sobre todo por la importancia de lo jurídico. Significaría tomar como única condición de subjetivación posible la clandestinidad permanente, una vida bajo la amenaza del centro de detención, de la exclusión.

Si un migrante calabrés anda por la calle haciendo compras en Milán y un policía le pide los documentos, existe la posibilidad de que el migrante sea tratado de una manera distinta. Pero si el migrante marroquí en la misma situación reacciona contra el policía, su vida puede cambiar de una manera dramática de un momento a otro. Eso hace una diferencia muy importante.

Me parece que, justamente, se trata de imaginar una manera de inclusión que permita valorar lo que ustedes vienen llamando “exclusión” en el sentido de la diferencia, pero a partir de una base de igualdad.

Porque el pedido de nacionalidad, de naturalización, es de alguna manera un pedido de integración. La legalización de los papeles es una forma muy diferente... manteniendo la diferencia.

CS: Bueno, claro, hay un juego de diferencia e igualdad que de algún modo es el que tenemos que pensar. Porque la marginalidad es un modo de incluir excluyendo. Y la inclusión con “molde” es un modo colonial de no tolerar la diferencia. O de agotar todo potencial político. La imagen que nos hacemos de estas luchas por la igualdad-diferencia es precisamente la de una afirmación de la diferencia subjetiva que, ella misma, está en la base del movimiento que permite alcanzar niveles crecientes de igualdad económicos y jurídicos. ¿Por qué no pensar que la emergencia de una demanda que dice “quiero derechos jurídicos (o socioeconómicos) pero no integración”? Lo que a nosotros nos parece interesante es la afirmación de la diferencia pero no como un corte total y absoluto sino, precisamente, como modo de hacer estallar la “inclusión subordinada”, es decir, nuevos modos de relación cada vez mas igualitarios.

SM: En ese sentido estoy totalmente de acuerdo.

CS: ¿Se podría decir, entonces, que se trata de afirmar una condición de igualdad sin inclusión, o de un igualitarismo diferenciante?

SM: Eso es lo que de alguna manera traté de plantear alrededor de la idea de derecho de fuga. Acá hay un problema que siempre me llama la atención en la discusión más intelectual y política que hubo en estos tres años sobre mi libro y es que mucha gente tomó la figura de derecho de fuga como una figura jurídica y la criticaron como tal. Pero yo nunca pensé proponer el tema jurídico del derecho de fuga. El sentido de la figura de derecho de fuga es justamente tratar de pensar, alrededor de prácticas sociales concretas, al mismo tiempo la igualdad y la no integración y, en este sentido, se trata de una figura que contiene un desafío fundamental para la tradición jurídica moderna.


III. Globalización desde abajo


SM: La manera en que yo entiendo en este trabajo el tema de la ciudadanía es muy parecida a esta síntesis de igualdad y no-integración.

CS: En el libro aparece algo de esto con la noción de ciudadano de frontera, que es la idea de esta configuración que no se reduce ni al país de origen ni al de llegada, sino que es este espacio...

SM: Que hay un espacio que cruza el de ciudadanía, que siempre es pensado como un espacio cerrado. Pero el desafío –que está solamente planteado– es también preguntarse si esas formas de ciudadanía de frontera, en referencia a los migrantes, tienen resonancia con otras formas de ciudadanía como ligadas a prácticas que no tienen necesariamente que ver con los migrantes, como hablábamos en relación a los piqueteros argentinos. Ese es de alguna manera el desafío, la razón por la que hablo, en un libro sobre la migración, de la posibilidad de ver una continuidad entre los comportamientos de los migrantes y el rechazo al trabajo y la fuga de las fábricas, que ha sido una de las causas más importantes –y menos reconocida– de la llamada crisis del fordismo.

CS: ¿Pero hablar de “ciudadanización” no implica apaciguar un poco el potencial de la fuga? ¿No hay aquí un relajamiento del polo de “no integración” respecto de la síntesis que acabamos de alcanzar?

SM: Lo que trato de desarrollar son prácticas de deconstrucción de una ciudadanía en contra de procesos de estructuración de una ciudadanía institucional previa. Y, al mismo tiempo, en contra de las normas de funcionamiento de la ciudadanía previa.

La manera en que trato de usar el concepto de ciudadanía parte de que yo trabajé bastante el tema desde una perspectiva histórico política. Pero –para decirlo claramente–, la palabra ciudadanización que ustedes usaron, en Europa se usa mucho también: hay un sector bastante grande de movimientos que lanzaron consignas de ciudadanización de los migrantes. Y muchas veces, cuando hablo con esos compañeros, ellos toman como cierto que estoy de acuerdo con lo que plantean porque hablo de ciudadanía, y yo no estoy de acuerdo para nada.

La “ciudadanización” es una consigna que supone la posibilidad de resolver de una vez y para siempre los problemas de la migración con una inclusión pensada como integración. Y yo digo que hay dos problemas: el primero es que no se entiende bien adónde es que los inmigrantes deban integrarse y el segundo es que la ciudadanización no tiene en cuenta para nada la calidad de las prácticas de ciudadanía de los migrantes, que son prácticas que justamente no desarrollan un pedido de integración total.

Hay dos procesos de desestructuración de la ciudadanía: un proceso que podríamos resumir con el concepto de neoliberalismo (en Europa también hay una deconstrucción neoliberal de la ciudadanía), y otro que se desarrolla en las prácticas de construcción de ciudadanía que se despliega poniendo en discusión la idea misma de integración.

CS: Si vemos cómo suceden las cosas por ejemplo con los movimientos de desocupados en Argentina no resulta fácil concebir la universalización de los llamado “planes de inclusión” como índice de igualdad: ¿qué haría que una generalización de ciertos mecanismos tan mínimos de atención merezcan ser tomados como elementos de igualad y no, precisamente, como modos de estabilizar una jerarquización insoportable de lo social?

SM: Es muy difícil pensar la realización de la igualdad.

CS: Pero tal vez no sea tan complejo enunciar que la igualdad se afirma –como decíamos antes– en procesos concretos de diferenciación, en los que la diferenciación (más que el reconocimiento jurídico o económico) opera como proceso de actualización de la igualdad . En ese sentido hemos percibido tonos diferentes entre el libro y el anexo. En este último hacés más énfasis en lo que se podría llamar una deriva de investigación militante, que tiene más que ver con la formulación de hipótesis que surgen en la actividad concreta.

SM: Esto tiene mucho que ver con la perspectiva del anexo, que ha sido escrito como una propuesta de trabajo en el marco de la discusión dada especialmente con compañeros alemanes (de una red muy interesante de migrantes de segunda generación que se llama Kanak Attak). Con ellos tenemos el proyecto de escribir un manifiesto sobre el tema de la migración, pero no con respuestas políticas. La idea es retomar su trabajo desde una perspectiva teórica pero también política y, por tanto, elaborando hipótesis, lo que hace que el texto sea pensado como una propuesta de investigación militante dirigida a un amplia red de trabajo político sobre el tema de la migración que se formó en los últimos años en Europa y que -junto con las experiencias de las lucha y de autoorganización de los propios migrantes contra el racismo, por los papeles y el trabajo- constituye el contexto de mi propio trabajo teórico.(2)

CS: Hace un rato discutíamos cómo la globalización del capital (o globalización “por arriba”) produce estriamientos y jerarquías, que se ocultan ante la presentación del mundo como una unidad lisa. Ahora bien, en el libro desarrollás la noción de una globalización “desde abajo”, desde las luchas, los movimientos sociales, las migraciones. ¿Cómo evita esta noción de globalidad ese tono abstracto y general con que el discurso de lo global (“por arriba”) disimula, precisamente, las texturas y los relieves reales?

SM: Por un lado debo decir que el concepto de globalización desde abajo es para mí muy importante en el nivel teórico. Empezamos a trabajarlo alrededor de los hechos de Génova, en julio del 2001, cuando nos parecía que el concepto mismo –que había sido introducido por compañeros de los EEUU (como por ejemplo Jeremy Brecher)– tenía más posibilidades de desarrollo pero también porque abría una nueva imaginación política, necesaria ante la calificación del movimiento simplemente como un movimiento antiglobal o no-global.

Por otro lado, yo venía trabajando un poco el tema de la globalización en un sentido bastante parecido al que Toni Negri y Michael Hardt desarrollan en Imperio, es decir, la constitución de los procesos de globalización también –y no solamente– como respuesta a un desarrollo de movimientos de lucha que criticaron y destruyeron materialmente la arquitectura del mundo "nacional". Este es para mí uno de los puntos más fuertes de Imperio, con el que más de acuerdo estoy.

Traté, entonces, de hacer trabajar la imagen de la globalización desde abajo. Y de hacerlo de acuerdo también con lo que dice Toni Negri sobre las luchas y la constitución de un imperio. Aunque el planteo de él me parece –como se ha dicho muchas veces– demasiado lineal: “todas las luchas que empujan hacia...”, y yo creo que el proceso es mucho más complejo, mucho más fragmentario, desarrollándose sobre distintos niveles. Pero sí creo que no se puede entender la llamada globalización, su genealogía, sin tomar en cuenta la contribución del desarrollo de las luchas hacia un más allá de los confines nacionales. Y, en ese sentido, los movimientos migratorios han sido una parte importante de esa genealogía de la globalización, porque también pueden ser considerados como un desafío a los confines nacionales, no tanto como movimientos directamente políticos sino como movimientos sociales, como comportamientos sociales que empujaron y empujan hacia un mismo cuestionamiento de los movimientos sociales.

CS: También a nosotros nos parece que la conceptualización de un proceso de pasaje del imperialismo al imperio no se trata de un pasaje unilateral, lineal, pero tampoco se trata de un pasaje del que quepa decir si es “feliz” o no, o si consiste en un “progreso” o no, porque nos enfrentamos, en todos los casos, a modos complejos de articulación que comparten el hecho de ser figuras concretas del mando del capital.

SM: Lo comparto, lo que decía de la linealidad va en ese sentido. Además está la cuestión de los estados-nación que en el anexo trato de desarrollar en una perspectiva bastante esquemática. Yo no diría que los estados nacionales están desapareciendo –que es un poco lo que Toni Negri tal vez tiende a decir–, no me parece que sea así. Me parece que los estados nacionales están viviendo un proceso de transformación profunda que redimensiona unas posiciones y reelabora otras. Diría, además, que los estados nacionales –también EEUU– tienen procesos que desbordan los confines estatales nacionales. Eso es bastante diferente a decir que no hay más estados nacionales.

CS: Bueno, pero entonces cabe avanzar aún más en la distinción sobre qué se afirma, como concepto, bajo la nominación de “lo global”. De hecho, parece que estamos llegando a una conclusión sobre esta palabrita: se trataría a la vez de un nuevo énfasis, una nueva cualificación que emerge como producto de una aceleración de ciertas dinámicas del capital y de las luchas, pero también de un proceso ambivalente en donde vemos revitalizarse técnicas –nuevas y viejas– de explotación, a la vez que se despliegan posibilidades políticas inéditas para la emancipación...

SM: Sí me pasó algunas veces de ponerme en la posición de festejar lo global. Cuando discuto con gente vinculada a Attac en Italia y en Francia, y escucho lo que dicen, la tentación de festejar lo global es muy cierta porque ellos vinculan muy estrechamente la crítica de lo global a una celebración total de lo nacional –de lo estatal–, y me parece que una posición así funciona justamente como un bloqueo fuerte ante cada posibilidad de imaginación política. En ese sentido me puede pasar, si discuto con Susan George más de cinco minutos, ¡que me ponga a hacer apologías de lo global!

IV. Trabajo vivo migrante

CS: Vos trazás una relación entre migración y composición de la fuerza de trabajo, o entre trabajo vivo y trabajo migrante. De algún modo el rasgo del migrante y los del trabajo precario se identifican entre sí, lo que explica hasta qué punto al trabajo migrante no le cabe el prisma de la excepción, sino más bien el de la norma. Esta identidad es muy interesante porque coloca la cuestión del migrante al interior de la propia estructura productiva europea (y ya no como un agente exterior, prescindible) pero, a la vez, parece insinuar una vuelta a la retórica de base económica para pensar la cuestión del sujeto, restringiendo las causalidades a los sitios ocupados en el proceso productivo, lo cual garantizaría subjetividades ya constituidas. Pero, de ser así, la subjetivación migrante se vería reabsorbida por la subjetividad obrera y su politicidad no agregaría nada a los discursos que reducen los procesos subjetivos a la economía y delegan la complejidad de la política a un sueño de salvación mesiánica que añora el advenimiento del sujeto-obrero.

SM: Es otro tema muy complejo. Tomemos la categoría de composición de clase o de composición del trabajo vivo, que yo no utilizo ahora porque soy conciente de los problemas que conlleva. Como saben, esta categoría ha sido trabajada por la tradición del operaísmo italiano(3), a la que pertenezco decididamente. Lo que intento es, precisamente, llevar estas nociones hacia delante y desarrollar sus ambigüedades. La categoría de composición de clase siempre ha sido, en la tradición del operaísmo, a la vez analítica y política. Yo diría que ha sido, más en la clandestinidad, hipótesis política. Ustedes saben que en la discusión clásica del operaísmo se hace una distinción entre la composición técnica y la composición política que más o menos refleja la ambivalencia de la categoría.

En la manera en que la categoría ha sido trabajada, el problema fue siempre buscar un sujeto central –dentro de la composición de clase– que pudiera funcionar como motor de la recomposición subjetiva, y que ha sido pensada siempre como política, pero como surgiendo desde dentro de la composición de clase.

La categoría de composición de clase ha sido trabajada dentro del operaísmo, de alguna manera, contra la idea de conciencia. Se podría decir que la relación entre composición técnica y composición política de clase reemplaza, de alguna manera, a la tradicional relación entre "clase en sí" y "clase para sí", es decir, la relación que en el marxismo clásico abre el espacio de la conciencia de clase y del partido como sujeto separado. En este sentido, me parece que el operaísmo produce una innovación muy importante en el pensamiento marxista de lo político: lo político ya no es algo separado de los procesos de lucha "social" (o “económica”), ya no pertenece a la esfera de la "conciencia", sino que se difunde en estos mismo procesos. Pero esta nueva conceptualización de lo político tiene mucho que ver también con una nueva conceptualización de lo "económico" como tal, del "proceso productivo del capital", de una manera que nos lleva –potencialmente– a poner en cuestión la representación de los procesos de subjetivación en términos de jerarquías construidas simétricamente a las categorías del capital.

CS: Y de allí el discurso actual del trabajo inmaterial...

SM: La cuestión es compleja e interesante, sobre todo –otra vez– si la tomamos en sus reflejos directamente políticos. El intento del operaísmo, en todo caso, ha consistido en recolocar la función de partido dentro de la composición de clase, pensar la función de partido en una dimensión de inmanencia. La categoría de trabajo inmaterial, en la perspectiva de Negri y Hardt, por ejemplo, implica colocarse al interior de esta problemática: hablar de trabajo inmaterial significa ver en el trabajo mismo la centralidad de funciones que han sido eminentemente políticas.

En la década del `70 hubo una consigna que como planteo teórico es seguramente discutible pero que ilustra bien esa idea: “a la clase la estrategia y al partido la táctica”.

CS: ¿Y eso se invirtió actualmente?

SM: Sí, pero se trabajó siempre buscando lo que sería el componente subjetivo de clase más importante, un planteo de jerarquización: en la década del `70, el obrero masa(4) es para el operaísmo el motor de cada posible proceso de subjetivación de clase, y esta hipótesis es confirmada por las grandes luchas de fábrica –en Italia y en el ciclo internacional– de la fin de la década. Después se empieza a hablar del obrero social(5) –a mediados de la década del 70– y eso complica aún más el asunto, porque si se habla del obrero social no es muy fácil encontrar una figura subjetiva que pueda ser el motor de la composición. Sin embargo, creo que toda la discusión de los últimos treinta años en el operaísmo italiano ha estado muy marcada por la búsqueda de una figura de este tipo. Se propusieron muchísimas figuras –hasta el trabajo inmaterial de hoy. Siempre existió la búsqueda decidida de una figura central. A mí me parece que incluso en la manera en que Toni Negri plantea el tema del trabajo inmaterial todavía hay una búsqueda de esa función hegemónica, en razón de la centralidad que el trabajo inmaterial tiene en la estructura de la producción social: esta búsqueda convive problemáticamente –en su trabajo– con la conciencia de que la producción está difundida en todo el tejido social y que, entonces, es muy difícil hablar de una posición central.

Yo veo todo esto en distintos niveles. Por un lado, el tema de la subsunción formal y la subsunción real(6): ¿qué sentido tiene seguir discutiendo sobre la centralidad del trabajo inmaterial luego de la sugerencia de Paolo Virno según la cual el postfordismo(7) más que implicar un modelo productivo con rasgos propios y exclusivos, suscita una “exposición universal de todas las maneras de trabajar” que han marcado la historia humana y que (re)emergen ahora a la superficie? Por otro lado, en mi propio trabajo intenté elaborar la cuestión del trabajo migrante en una dirección distinta de aquella que está marcada por la búsqueda de un sujeto central. Traté de decir: el trabajo migrante en su condición social representa una cantidad de cualidades, de características, que son compartidas por muchísimos trabajadores que no son migrantes, lo que no implica de un modo directo considerar que el trabajo migrante sí pueda ser el motor de una recomposición de clase. De lo que se trata, para mí, es de pensar la cuestión de la composición del trabajo vivo más allá de la idea de composición de clase.

CS: Cada uno a su modo, los teóricos italianos del viejo operaísmo persisten en su investigación sobre el General Intellect(8). Paolo Virno plantea incluso la actualidad de esta noción ya no –como en Marx– a partir de una cristalización tecnológica de este intelecto general sino más bien al modo de una inmensa cualificación del propio cuerpo humano, la mente, y de las redes de cooperación. A tal punto que la fuerza productiva actual es comprendida como una extensa trama afectiva, intelectual y lingüística. De este modo se produce una expansión de la condición obrera sobre el conjunto del cuerpo social –toda la deriva de las redes de cooperación afectivo/lingüística– neutralizando el discurso según el cual con el “fin del trabajo” se acaba la lucha política. Porque cuando la fábrica se inmaterializa se vuelve, ella misma, social, tendiendo a recubrir la metrópoli entera.

Sin embargo, a veces da la impresión de que la tesis de la “fábrica social” o “metropolitana”, es trabajada con una cierta nostalgia, de modo que la relación vida-trabajo es elaborada según el viejo esquema de la subjetivación, cuando la propia tesis de la identidad vida/producción es la que hace caer el modo obrerista de considerarla.

Hace unos años Santiago López Petit ha realizado esta crítica a Negri: según él –dado que la metrópoli es el escenario en que se producen valores, vidas y subjetividades– se trataría de elaborar-investigar los modos de politización urbanos –ya no estrictamente obreros– despejando toda tentación de hallar un proceso central y unas subjetividades revolucionarias latentes en tal o cual esfera de la producción.

Entonces, y tomando en cuenta el punto de vista que venimos desarrollando, ¿en qué sentido vale la pena hablar de la figura del migrante y del trabajo migrante, como lo hacés en el libro, como “norma” más que como “excepción”?, ¿cuál es el alcance político de ese enunciado?

SM: A mí me parece que la cosa pasa –justamente– por tratar de mantener juntos los dos niveles del problema: el modo de existencia del migrante, por decirlo de una manera muy abstracta (porque es claro que hay muchos modos de existencia de los migrantes), tiene una peculiaridad que no se puede olvidar y, al mismo tiempo, la manera de vivir del migrante es paradigmática justamente porque sobre-expone una característica que es al mismo tiempo central para los mecanismos de explotación y de valorización del capital. Por eso hay dos niveles que me parecen importantes. Para mí, una categoría que sigue siendo fundamental es la de explotación, que me lleva a concentrar la atención teórica y política sobre los puntos de intersección entre maneras de vida y de trabajo. El problema que tengo con Toni Negri –quien también se orienta en este sentido– se puede plantear muy bien en relación al modo de pensar el espacio. Lo vimos ya sobre el espacio global y ahora reaparece sobre el espacio social. Me parece que para Toni Negri el espacio total es un espacio liso donde hay convergencia entre modo de vivir y modo de trabajar, y por debajo de todo esto está la subjetividad potente del trabajo vivo encarnada en trabajadores específicos. Seguramente no logro desarrollar mi imagen tan bien como Toni Negri desarrolla la suya, pero mi impresión es que hay un espacio que está cruzado por muchas trayectorias subjetivas, que hay puntos múltiples de cruce. Y son, justamente, estos puntos múltiples de cruce entre modo de vivir y de trabajar, entre prácticas de ciudadanía y mecanismos de explotación, los que me interesan.

CS: ¿Por qué no aclarás un poco más la cuestión de cómo valoras la cuestión de la explotación?

SM: Creo que cuando se habla de explotación se habla de que siempre es la fuerza de trabajo lo que está en juego en la determinación de las relaciones sociales de dominación. Es decir, que hay explotación tanto cuando la fuerza de trabajo se subsume al capital, como cuando la fuerza de trabajo no se subsume al capital pero sigue determinando la forma de vida del sujeto de la fuerza de trabajo. Las condiciones mismas de existencia social de los desocupados, por ejemplo, siguen siendo determinadas por el hecho de que su fuerza de trabajo está “en exceso”. Las condiciones de partida son condiciones que siguen siendo determinadas por la norma de valorización del capital, que tiende a subsumir toda la existencia social inscribiéndola en una lógica de explotación.

Buenos Aires, junio de 2004

Notas:

(1) En este mismo volumen: “Capitalismo, migraciones y luchas sociales. Apuntes preliminares para una teoría de la autonomía de las migraciones”.

(2) Ver el volante producido por el “Frassanito Network” a propósito del Forum Social Europeo de Londres: www.noborder.org/files/movements_of_migration.pdf

(3) El operaísmo italiano u obrerismo es una corriente del marxismo occidental que se desarrolló en las décadas del 60 y 70 al calor de un alza de las luchas obreras italianas (con ramificaciones anglosajonas). Uno de sus aportes fundamentales fue la tesis según la cual el desarrollo de la fuerza de trabajo anticipa y prefigura el del capital fijo, construyendo una articulación invertida de la clásica relación entre trabajo vivo y trabajo objetivado (Mario Tronti, Obreros y capital, Akal, Madrid, 2001). Esta concepción se fundó en una relectura del “Fragmento sobre el sistema automático de máquinas” de los Grudrisse de Marx (Toni Negri, Marx más allá de Marx, Akal, Madrid, 1998). Este mismo texto sirvió para articular las visiones objetivistas de la crisis con un punto de vista subjetivo, desde donde se leyeron los acontecimientos del 68 como revolución del concepto de fuerza de trabajo. Tuvo diversas expresiones desde su origen: entre las más relevantes figuran las revistas Quaderni Rossi y Classe Operaia y la primer organización obrerista de masas estructurada a nivel nacional Potere Operaio y, luego, ante su disolución, Autonomia Operaia (Guido Borio, Francesca Pozzi, Gigi Roggero, Futuro anteriore. Dai “Quaderni Rossi ai Movimenti Globali: ricchezze e limite dell´operaísmo italiano, Derive Approdi, Roma, 2002) .

(4) El obrero masa forma parte de la periodización del desarrollo capitalista que es conceptualizada por el operaísmo italiano en la secuencia que va del obrero profesional al obrero masa para llegar, actualmente, al obrero social. Si la primer figura responde a la época de la manufactura, la segunda se sitúa en el momento de “la gran industria” (dividida, a su vez, en dos fases: 1848-1914 y 1918-1968). Se caracteriza por el hecho de que el trabajador se convierte en prótesis de una maquinaria que se complejiza y masifica en oposición a la fase anterior del trabajador artesanal independiente. El obrero masa da cuenta de un tipo de trabajador descualificado, que pierde su conocimiento del ciclo de la producción a la vez que se inserta en procesos productivos altamente complejos y alienantes. La norma de consumo corresponde a una producción en masa regulada solamente por la capacidad del capital para producir, que alcanza su culminación en la fase del fordismo, donde el salario aparece como anticipación de la adquisición de los bienes producidos por la industria de masas. El intervencionismo estatal garantiza el pleno empleo y la asistencia social (Toni Negri, “Interpretación de la situación de clase hoy: aspectos metodológicos”, en General Intellect, Poder Constituyente, Comunismo, Akal, Madrid, 1999).

(5) El obrero social es la figura que surge tras la revolución del 68 y que inaugura una nueva época caracterizada por el hecho de que la cooperación se sitúa antes que la máquina capitalista, como condición independiente de la capacidad productiva a la vez que los procesos sociales están cada vez más condicionados por la informatización de la sociedad. Disminuye la participación del trabajo inmediato (frente a la máquina) en la cadena de producción general del valor a favor del obrero social como complejo de funciones de cooperación en los procesos de trabajo. La época del obrero social permite reivindicar una autonomía de masas sustentada en la capacidad real de autovalorización colectiva respecto del capital. Incluye una nueva composición técnica del proletariado: abstracto, inmaterial, intelectual, con forma polivalente y móvil y se corresponde con la extensión de la producción de valor al conjunto de la sociedad (“fábrica social”). (Toni Negri, “Interpretación de la situación de clase hoy: aspectos metodológicos”, ídem)

(6) La subsunción formal del trabajo en el capital refiere a la subordinación funcional de la fuerza de trabajo al proceso de trabajo simple, es decir, cuando el capital logra coordinar dicho proceso y aumentar el plusvalor por extensión de la jornada laboral; la subsunción real, en cambio, refiere a la subordinación producida con la innovación tecnológica que implica cada vez más a la fuerza productiva, eliminando tiempos muertos a la vez que subordinando nuevos atributos del trabajador. La innovación tecnológica metamorfosea la naturaleza del proceso de trabajo mismo y apunta a aumentar la plusvalía relativa. Desarrolla la capacidad de trabajo socialmente combinada como sujeto de producción. (Carlos Marx, El Capital, cap. III, Siglo XXI, Buenos Aires, 1986). El posfordismo es el capitalismo en el que se desarrolla plenamente la subsunción real.

(7) El posfordismo según Paolo Virno “se caracteriza por la convivencia de los más diversos modelos productivos y, por otro lado, por una socialización extralaboral esencialmente homogénea”. O, también: se trata del capitalismo en épocas de encarnación social del “general intellect”, lo que se manifiesta en la centralidad de la comunicación en el proceso de trabajo y de las facultades genéricas de la mente en el proceso de producción (Ver Gramática de la multitud, Colihue, Buenos Aires, 2003).

(8) General Intellect o saber social general es un concepto extraído de los Grundrisse de Marx en el citado “Fragmento...”: “El desarrollo del capital fijo revela hasta qué punto el general intellect se ha convertido en fuerza productiva inmediata... en órganos inmediatos de la práctica social; del proceso vital real” (Carlos Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, Siglo XXI, Buenos Aires, 1997). A diferencia de Marx, el operaísmo italiano sostiene que el general intellect ya no coincide con el capital fijo sino que se presenta como trabajo vivo, en el sentido que la conexión contemporánea entre saber y producción no se agota en el sistema de máquinas, sino que se articula en la cooperación concertada entre hombres y mujeres. De este modo, Paolo Virno –por ejemplo- llama intelectualidad de masas “al conjunto del trabajo vivo posfordista (y no, se entiende, a cierto grupo particularmente calificado del sector terciario) en cuanto depositario de competencias cognitivas y comunicativas no objetivables en el sistema de máquinas... lo que ocupa un lugar cada vez más sobresaliente es ante todo el intelecto en general, o sea las aptitudes más genéricas de la mente” (Gramática de la multitud, ídem). Esta lectura de la actualidad del general intellect pone en evidencia que el tiempo de trabajo deja de ser la medida del valor, cuestionando las propias bases de la sociedad salarial (Toni Negri, “Marx y el trabajo: el camino de la desutopía”, en General Intellect, Poder Constituyente, Comunismo, Akal, Madrid, 1999).



 

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