(Rosa Estévez | vilagarcía)
A las tres de la tarde, en las calles de Vilagarcía
no quedaba nadie con la ropa seca. «Hai que mollarse»,
había gritado a mediodía Carlos Blanco,
el pregonero de la Festa da Auga. Y las miles de personas
que habían acudido a la capital arousana siguieron
estrictamente la orden. Ansiosos por recibir su bautizo,
los fieles de San Roque comenzaron a reclamar fiesta.
Y como un gran y caótico ejército, fueron
conquistando una a una las calles del centro de la villa.
Al grito de agua, agua y más agua, los cruzados
del líquido elemento sortearon todos los obstáculos,
cruzaron incluso la línea imaginaria que marca
la frontera de la zona húmeda, evitaron, o no,
el ataque acuático de los camiones de Protección
Civil, y dejaron por todas las calles los estandartes
del imperio del agua.
El ejército del agua lo formaron
ayer soldados de Vilagarcía, de todo O Salnés,
de toda Galicia, «e do mundo enteiro», según
Carlos Blanco. Sus uniformes eran de lo más variado.
Pero primaba un color sobre todos los demás: el
negro. El color del chapapote.
Y es que los fieles de San Roque, devotos
de las aguas limpias, no se olvidaron del Prestige . Muchos,
como el pregonero, acudieron a la cita con la camiseta
diseñada por Nunca Máis para la ocasión.
Otros decidieron reinventar los símbolos y las
frases. Una vuelta a las palabras y nos encontramos con
un «Sempre Máis...Auga».
El que no quiso dar vueltas a las palabras
fue Carlos Blanco. Sin la presencia de las cámaras
de la TVG, «que non puido vir porque tiña
que estar na festa gastronómica da gominola»,
el actor pidió una mojadura global contra la guerra,
contra los depósitos de Ferrazo y en defensa del
mar. Un chapuzón verbal que fue recibido desde
abajo, desde la calle que ya empezaba a estar húmeda,
con un contundente grito de «Nunca Máis».
Los de Nunca Máis, precisamente,
cargados con bombos y demás artilugios aptos para
hacer ruido, fueron unos de los grandes animadores de
la fiesta. Pero no los únicos, porque todo el mundo
llevaba ayer, dentro y fuera, energía suficiente
para evitar que la fiesta pareciese no acabar nunca. Algunos
se ocultaban tras un disfraz. Pero la gran mayoría
sólo se cubría de agua y, también,
de la cerveza y del vino que se derramaba a partes iguales
por dentro y por fuera del cuerpo.
A las seis de la tarde, la resistencia
de la fiesta continuaba en las calles. Y continuaban pidiendo
agua. Quizás por eso, a las ocho de la tarde, el
clima que había respetado la fiesta por la mañana
giró sobre si mismo y dio paso a una lluvia desesperada.
A esa hora, el día del Agua ya había pasado
a la historia. Y lo había hecho con letras grandes,
porque el de ayer fue uno de los 16 de agosto más
multitudinarios que se recuerdan en la villa.