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Emilio Martínez Menéndez (20) y José Luis Montañés Gil (23). Asesinatos policiales para no olvidar.

by C.N.A. on diciembre 17th, 2016

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Han pasado 37 años; quizá pasarán 37 años más hasta que nuestros pies dejen  de arrastrarse sobre la tierra. Pero, entre tanto, no hemos olvidado ni  olvidaremos aquel 13 de diciembre de 1979, aquella condensación de todo lo  que el ser humano tiene de sublime y de miserable, de todo lo que su  cerebro y sus nervios tienen de frágil y de automatizado. El 13 de  diciembre de 1979 en la glorieta de embajadores de Madrid la policía  asesinó en una manifestación a dos estudiantes: Emilio Martínez Menéndez,  de 20 años, y José Luis Montañés Gil, de 23. Cayeron bajo las balas, entre  el asfalto, la mentira y la oscuridad; poco después de las nueve de la noche, la hora mágica en la que los maderos ya iban lo suficientemente  cargados en la época y sus lecheras se convertían en calabazas. Sólo lo recordamos los que nos olvidamos de recitar la lección hace años, los que  no hemos aprendido nada. El presidente del gobierno era Adolfo Suárez,  condecorado por Franco con la orden imperial del yugo y las flechas. El  ministro del interior era Antonio Ibáñez Freire, condecorado por Hitler con  la cruz de hierro. El gobernador civil de Madrid era Juan José Rosón, cuyo  despacho siempre estuvo presidido por un retrato del caudillo de sus negras  entrañas.

No encontraréis información en google ni en la wikipedia ni en la  encyclopaedia britannica; en ninguna parte. Hay cosas —la mayoría de las  cosas— que se callan y así se acallan. El 13 de diciembre de 1979 el  movimiento estudiantil llevaba escasas semanas de lucha contra las leyes  educativas del gobierno de UCD. Ningún partido de la izquierda  parlamentaria dio ni ofreció apoyo alguno a esa lucha, quizá por eso acabó  siendo la movilización estudiantil más masiva, prolongada y dramática que jamás se ha visto en este país. El 6 de diciembre se habían producido  manifestaciones en torno a Cibeles y la represión había sido salvaje. El  PCE y sus apéndices se opusieron, como siempre, a las acciones al margen de  las instituciones. Como siempre acusaron a los estudiantes de dar excusas a  la reacción fascista con su actitud combativa. El PCE tenía razón: luchar  contra el enemigo da excusas al enemigo. Por ejemplo, la lucha de los  estudiantes al margen de los partidos le dio excusas al PCE para difamarlos.

El 13 de diciembre, los estudiantes se manifestaron mañana, tarde y noche.  Por la noche, los saltos en Princesa y Cuatro Caminos fueron disueltos por  las cargas de los antidisturbios y algunos cientos de estudiantes se  reagruparon en dirección a Embajadores, donde concluía una manifestación  —ésta legal— del PCE-Ccoo y otros sindicatos encabezada por Carrillo,  Camacho y Tamames a cuenta del Estatuto de Trabajadores. El servicio de  orden del PCE-Ccoo rechazó a empujones a los estudiantes que pretendían  unirse a la manifestación sindical para protegerse de las cargas de la policía. Las pancartas rojas y las banderas con la hoz y el martillo habían confundido a los chavales.

La policía disparó, no sólo botes de humo y balas de goma, sino fuego real.  A pie de calle, antidisturbios desde los jeeps y las furgonetas, y de  arriba a abajo, francotiradores desde azoteas y tejados. Muchos heridos y  los compañeros muertos tenían impactos de bala con trayectoria descendente.

Emilio Martínez y José Luis Montañés cayeron uno junto al otro frente a un bar que había sido inaugurado hacía poco, ese mismo año, entre los números  6 y 8 de la Ronda de Valencia. José Luis Montañés murió en el acto; una de las balas le atravesó el cuello en diagonal. A Emilio Martínez le mató un  balazo en el pecho. Sus compañeros los llevaron en taxis al Hospital Provincial Francisco Franco. Allí José Luis ingresó cadáver y Emilio murió  en el quirófano.

Muchos estudiantes fueron heridos por las balas policiacas: Luis Sáenz  Robles, Esteban Montero, María Patricia McNaurty, entre otros.

Esa misma noche, después de la abundante cacería, empezó a hilvanarse la sarta de mentiras previa al atropello y al olvido. Borrar rastros y crear  pistas falsas fue el postre de ese banquete macabro. Suárez dijo que la policía no había disparado. Al mismo tiempo seis antidisturbios declaraban  haber hecho más de veinte disparos de ráfaga de subfusil. Seguramente los  polis no comprendían que eso tuviera nada de malo. Los medios de  comunicación, por ejemplo El País, hablaron de un jeep policial que habría  sido rodeado por una masa de radicales que lo apedrearon; según la versión  oficial, los ocupantes del jeep se habían visto obligados a repeler la  agresión con sus armas reglamentarias.

El problema es que era mentira. Emilio Martínez y José Luis Montañés  cayeron a más de 25 metros de ese jeep. Ninguno de los heridos de bala lo  fue a menos de 50 metros del vehículo. De hecho, después de disparar a la  altura de las cabezas contra un bus aparcado, los antidisturbios celebraron  lo bien que se les estaba dando noche metiendo sus dedos en los agujeros  que los balazos habían troquelado en el bus, riéndose a carcajadas y  chapoteando con sus botas en los charcos de sangre dejados por los  estudiantes muertos. Nadie puede negarle al vencedor un respiro, una  celebración ebria de su triunfo. Pero enseguida marcharon a los centros  sanitarios para apoderarse de las balas extraídas a los heridos. Quién sabe  en qué manos podían caer.

El jeep con los policías “agredidos” emprendió un largo viaje. En teoría  iban a hacer un recorrido de dos kilómetros, desde Embajadores hasta la  Casa de Socorro de Latina. Pero tardaron tres horas en hacer ese trayecto.  Alegaron “problemas de tráfico”. En realidad pasaron por la Casa de Campo,  junto al río Manzanares. Cuando llegaron a la Casa de Socorro para fabricar  sus partes de lesiones presentaron una enorme cantidad de piedras que los manifestantes habrían arrojado contra ellos. Eran piedras de río.

TVE empezó el menú del día negando que Emilio Martínez y José Luis Montañés  fueran estudiantes. Cuando se comprobó que TVE mentía, pasó a insinuar:  José Luis Montañés llevaba una mochila con 70.000 pesetas. Una información  muy sugerente: Ese dinero ¿sería para armas, para envenenar depósitos de  agua, quizá para libros? Quedaba la duda de si esa pequeña fortuna procedía  de la URSS, de ETA o de Jomeini. Resultó que José Luis trabajaba en una  agencia de viajes como cobrador y que esas 70.000 pesetas eran la  recaudación del día. TVE, por desgracia, olvidó informar de ese pequeño  detalle.

Diarios como Ya y ABC hablaron de una “enorme piedra” arrojada contra el  jeep. Nunca se vio ni siquiera una foto de esa piedra fabulosa. Los  políticos democráticos hablaron de un plan de “guerrilla urbana”. Provistos  de pedruscos dignos de catapultas, con 70.000 pesetas en el bolsillo y  tanta planificación, los guerrilleros urbanos debían de ser muy torpes para  dejarse cazar como perdices. El Final Feliz de la Transición, como todos  los finales felices, ha devorado a las perdices, las ha triturado hasta los  huesos.

Emilio Martínez y José Luis Montañés no pertenecían a ningún partido, así  que no tienen placas, ni recuerdos, ni perros que les ladren. Los  enterraron el 15 de diciembre en un ambiente de “normalidad” según ABC. Lo  único que distingue sus muertes de tantas otras similares es que, por  primera y única vez en la Transición, se tomó declaración a los policías  que dispararon, aunque finalmente el caso se archivó. Esos policías habían cumplido con su deber.

Así empezó la lucha en las facultades y los centros de estudios de aquel  curso 79-80. Acabaría un mes y medio más tarde con otro asesinato, el de  Yolanda González, de 19 años, miembro de la Coordinadora de Estudiantes de  Madrid por el centro de Formación Profesional de Vallecas. Yolanda fue  secuestrada y asesinada de dos tiros en la sien por el militante de Fuerza  Nueva Emilio Hellín, colaborador del ministerio del interior, con la  implicación de varios guardias civiles y policías nacionales.

El ministro de educación y ciencia era José Manuel Otero Novas,  democristiano. El ministro de universidades era Luis González Seara,  socialdemócrata. El 14 de diciembre de 1979, Felipe González pidió desde la  tribuna del parlamento que se dotara a la policía de más medios y material  antidisturbios.

El 20 de diciembre de 1979, una semana después de los asesinatos de Emilio  y José Luis, la Coordinadora de Universidad y la de Enseñanza Media y  Formación Profesional de Madrid organizaron un acto homenaje en el Pabellón  de Agricultura de la Casa de Campo. Muchos estudiantes seguían detenidos y  presos. El grito más coreado por los jóvenes apiñados allí dentro fue el de  “policía asesina”; no dejaba de repetirse. Participaron pocos músicos célebres: Aute y Suburbano. Lola Gaos recitó algún poema. Poco más.  Seguramente el PCE les había dado a sus disciplinados cantamañanas la  consigna de no participar en semejante “provocación”. Provocación: su  palabra favorita. Para el PCE hasta respirar era una provocación. Habían  empezado a acostumbrarse muy jóvenes a vivir sin respirar. Cuatro años  antes, en el verano de 1975, la responsable del grupo de abogados del PCE,  Manuela Carmena, les había trasladado a sus camaradas con toga la consigna  de no participar en la defensa de los procesados en los juicios sumarísimos  que acabaron con cinco jóvenes antifranquistas fusilados el 27 de  septiembre de ese año.

Ningún policía fue condenado por ninguno de los asesinatos de la transición. A ninguna víctima del terror policiaco y fascista de aquellos  maravillosos años se la reconoce oficialmente como víctima del terrorismo.

Entre las víctimas de la represión también hay clases. La mayoría de los  asesinados bajo las balas, los golpes y la tortura, en la calle, en las  comisarías y en los calabozos, no tienen quien les recuerde al margen de  sus allegados. Ésa es una gran ventaja y un gran honor. Los recuerdos  prêt-à-porter con placa, cinta, bandera y banda sólo falsean las cosas y  las echan a perder. Basta dejarse caer por Antón Martín para darse cuenta.

Entre los números 6 y 8 de la Ronda de Valencia ahora ya no está aquel bar  junto al que se desangraron Emilio y José Luis. Cerró. Ahora hay una  floristería pegada a algo como un gimnasio, cerca de una tienda de  electrónica. Al otro lado de la calzada sigue discurriendo la calle  Bernardino Obregón, donde fue herida de bala Patricia McNaurty. La única  placa que allí se ve es la dedicada por “el pueblo de Madrid” al tal  Bernardino Obregón, un fraile de hace siglos o algo así. Un tipo que  seguramente murió de viejo, en la cama. En gracia de Dios, sin duda.

Os recomendamos esta contundente entrevista.

[No dejéis de leer el magnífico libro de Alfredo Grimaldos La sombra de  Franco en la Transición]

3 Comments
  1. bidal permalink

    dura y cruda realidad de una transición,
    también estuve ahí,
    militancia diaria, carreras, barricadas, palos, detenciones, sangre y muertes,
    forme parte de lo que siempre he llamado “generación perdida”,
    la nuestra, la mía,
    dimos mucho……, quizá no suficiente,
    a mis 59 años algunas veces me pregunto si pude hacer mas,
    seguramente,
    porque cuando me paro a pensar lo que estamos viviendo hoy,
    miseria, desahucios, ….. y falta de contestación sobre todo,
    y como se ha escrito la historia,
    no puedo dejar de sentirme responsable en parte,

    • derrocados permalink

      muy buenas, podríamos hablar con usted sobre lo sucedido? somos un grupo de música que escribió una canción sobre esta noche y nos gustaría saber aun mas sobre ello

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