HISTORIA DE LA FILOSOFÍA


Alan Woods



 

Indice

 

1. ¿Necesitamos una filosofía?

2. Los primeros dialécticos

3. Aristóteles y el final de la filosofía griega clásica

4. El Renacimiento

5. Descartes, Spinoza y Leibniz

6. La filosofía del siglo XX

7. Apéndice: La filosofía islámica e hindú

 

Capítulo I

 

¿Necesitamos una filosofía?

 

Antes de empezar, uno podría preguntarse: ¿Es realmente necesario preocuparnos

de complicadas cuestiones científicas y filosóficas? Semejante pregunta

admite dos respuestas. Si lo que se quiere decir es si hace falta saber estas cosas

para la vida cotidiana, la respuesta es, evidentemente, no. Pero si aspiramos a

lograr una comprensión racional del mundo en que vivimos y de los procesos

fundamentales en la naturaleza, la sociedad y nuestra propia forma de pensar,

entonces la cosa se presenta de una forma totalmente distinta.

Aunque parezca extraño, todos tenemos una filosofía. Una filosofía es una

manera de interpretar el mundo. Todos creemos que sabemos distinguir entre

el bien y el mal. Sin embargo, es una cuestión harto complicada que ha ocupado

la atención de las grandes mentes a lo largo de la historia. Cuando nos vemos

enfrentados con hechos tan terribles como la guerra fratricida en la ex

Yugoslavia, el resurgimiento del desempleo o las masacres en Ruanda, muchos

confesarán que no entienden de esas cosas y, a menudo, recurrirán a vagas

referencias a la “naturaleza humana”. Pero, ¿en qué consiste esa misteriosa

naturaleza humana que se presenta como la fuente de todos nuestros males y se

alega que es eternamente inmutable? Esta es una cuestión profundamente

filosófica que pocos intentarían contestar, a no ser que tuvieran inclinaciones

religiosas, en cuyo caso dirían que Dios, en su sabiduría, nos creó así. Por qué a

alguien se le ocurriría adorar a un Ser que crea a los hombres sólo para gastarles

tales faenas es otro asunto.

Los que mantienen con obstinación que ellos no tienen ninguna filosofía se

equivocan. La naturaleza aborrece el vacío. Las personas que carecen de un

punto de vista filosófico elaborado y coherente reflejarán inevitablemente las

ideas y los prejuicios de la sociedad y el entorno en que viven. Esto significa, en

este contexto dado, que sus cabezas estarán repletas de las ideas que absorben

de la prensa, la televisión, el púlpito y el aula, las cuales reflejan fielmente los

intereses y la moral de la clase dominante.

Por lo común, la mayoría de la gente logra “ir tirando”, hasta que algún

gran evento les obliga a reconsiderar las ideas y valores a que están acostumbrados

desde su infancia. La crisis de la sociedad les obliga a cuestionar muchas cosas

que daban por supuestas, haciendo que ideas  aparentemente remotas

se vuelvan de repente tremendamente relevantes.

Cualquiera que desee comprender la vida no como una serie de accidentes

sin sentido ni como una rutina irreflexiva debe ocuparse de la filosofía,

esto es, del pensamiento a un nivel superior al de los problemas inmediatos

 de la vida cotidiana. Tan sólo de esta forma nos elevamos a una altura

desde la que comenzamos a realizar nuestro potencial como seres

humanos conscientes, dispuestos y capaces de tomar las riendas de nuestro destino.

En general se comprende que cualquier empresa que merezca la pena en

la vida requiere esfuerzo. La propia naturaleza de la filosofía implica ciertas

dificultades para su estudio, ya que trata de cosas muy alejadas del mundo de

la experiencia normal. Incluso los términos utilizados presentan dificultades

porque su significado puede ser diferente al común, aunque esto también es

verdad para cualquier materia especializada, desde el psicoanálisis hasta la

mecánica.

El segundo obstáculo es más grave. En el siglo pasado, cuando Marx y

Engels publicaron por primera vez sus escritos sobre materialismo dialéctico,

podían dar por supuesto que muchos de sus lectores tenían por lo menos unos

conocimientos básicos de filosofía clásica, incluido Hegel. Actualmente no es

posible hacer semejante suposición. La filosofía ya no ocupa el lugar del

pasado, puesto que la especulación sobre la naturaleza del universo y la vida

fue asumida hace tiempo por las ciencias naturales. La posesión de potentes

radiotelescopios y naves espaciales vuelve innecesarias las conjeturas sobre la

naturaleza y la extensión de nuestro sistema solar. Incluso los misterios del

alma humana se están poniendo paulatinamente al descubierto mediante el

progreso de la neurobiología y la psicología.

La situación en el terreno de las ciencias sociales es mucho menos

satisfactoria, debido sobre todo a que el deseo de conseguir conocimientos

exactos a menudo decrece en la medida en que la ciencia toca los enormes

intereses materiales que dominan la vida de la gente. Los grandes avances

realizados por Marx y Engels en el terreno del análisis socio-histórico y

económico quedan fuera del ámbito de este libro. Baste con señalar que, a pesar

de los ataques constantes y frecuentemente maliciosos a que estuvieron

sometidas desde el primer momento, las teorías del marxismo en la esfera social

han sido el factor decisivo en el desarrollo de las ciencias sociales modernas. En

cuanto a su vitalidad, está demostrada por el hecho de que los ataques no sólo

continúan, sino que tienden a arreciar con el paso del tiempo.

En épocas pasadas, el desarrollo de la ciencia, que siempre ha estado estrechamente

vinculado al de las fuerzas productivas, no había alcanzado un nivel

suficientemente alto como para permitir que las personas entendiesen el mundo

en que vivían. En ausencia de un conocimiento científico o de los medios

materiales para obtenerlo, se vieron obligados a depender del único instrumento

que poseían para interpretar el mundo y, así, conquistarlo: la mente

humana. La lucha para comprender el mundo se identificaba con la lucha de la

humanidad para elevarse sobre una existencia meramente animal, ganar el control

sobre las fuerzas ciegas de la naturaleza y liberarse (en el sentido real, no

legalista, de la palabra). Esta lucha es como un hilo conductor rojo que recorre

toda la historia de la humanidad.

 

El papel de la religión

 

"El hombre está totalmente loco. No sabría cómo crear un

gusano, y crea dioses por docenas".

(Montaigne.)

 

"Toda mitología supera, domina y transforma las fuerzas de

la naturaleza en la imaginación y mediante la imaginación; por lo

tanto desaparece con la llegada de la auténtica dominación sobre

ellas".

(Marx.)

 

Los animales no tienen religión, y en el pasado se decía que ésa era la

principal diferencia entre hombres y bestias. Pero ésta es sólo otra forma de

decir que únicamente los seres humanos poseen conciencia en el sentido pleno

de la palabra. En los últimos años ha habido una reacción contra la idea del

Hombre como Creación única y especial. Al fin y al cabo, el ser humano

evolucionó de los animales y en muchos aspectos sigue siendo animal. No

solamente compartimos con otros animales muchas de las funciones corporales,

sino que la diferencia genética entre humanos y chimpancés es menor del dos

por ciento. He aquí una respuesta devastadora a las tonterías de los

creacionistas.

Las últimas investigaciones con chimpancés bonobos (los primates más

afines a los humanos) han demostrado fuera de toda duda que son capaces de

un nivel de actividad mental similar en algunos aspectos al de un niño. Esto

prueba claramente el parentesco entre los seres humanos y los primates

superiores, pero aquí la analogía empieza a resquebrajarse. Pese a todos los

esfuerzos de los experimentadores, los bonobos cautivos no han sido capaces de

hablar ni de labrar una herramienta de piedra remotamente similar a los

utensilios más simples creados por los homínidos primitivos. Esa diferencia

genética del dos por ciento que separa a los humanos de los chimpancés marca

el salto cualitativo del animal al humano. Esto se logró no por obra y gracia de

un Creador, sino por el desarrollo del cerebro a través del trabajo manual.

La destreza para hacer incluso las herramientas de piedra más simples

implica un nivel muy alto de habilidad mental y pensamiento abstracto. El

seleccionar la piedra adecuada, elegir el ángulo correcto para golpear y usar la

cantidad de fuerza precisa son acciones intelectuales muy complejas. Requieren

un grado de planificación y previsión que no se encuentra ni en los primates

más avanzados. No obstante, el uso y la manufactura de herramientas de piedra

no fueron resultado de una planificación consciente, sino una imposición de la

necesidad. No fue la conciencia la que creó la humanidad, sino que las

condiciones necesarias para la existencia humana condujeron a un cerebro más

grande, al habla y a la cultura, incluida la religión.

La necesidad de entender el mundo estaba estrechamente vinculada a la

necesidad de sobrevivir. Aquellos homínidos primitivos que descubrieron el

uso de raspadores de piedra para descuartizar cadáveres de animales de piel

gruesa obtuvieron una considerable ventaja sobre aquellos que no tuvieron

acceso a esta fuente abundante de grasas y proteínas. Los que perfeccionaron

sus herramientas de piedra y descubrieron los mejores yacimientos tuvieron

más posibilidades de sobrevivir que los que no lo hicieron. Con el desarrollo de

la técnica vino la expansión de la mente y la necesidad de explicar los

fenómenos naturales que gobernaban sus vidas. A través de millones de años,

mediante aproximaciones sucesivas, nuestros antepasados comenzaron a

establecer ciertas relaciones entre las cosas. Empezaron a hacer abstracciones,

esto es, a generalizar a partir de la experiencia y la práctica.

Durante siglos, la cuestión central de la filosofía ha sido la relación entre el

pensamiento y el ser. La mayoría de las personas pasan sus vidas sin siquiera

contemplar este problema. Piensan y actúan, hablan y trabajan sin la menor

dificultad. Es más, ni se les ocurriría considerar incompatibles las dos

actividades humanas más básicas, que en la práctica son inseparables. Si

excluimos reacciones simples condicionadas fisiológicamente, como los actos

reflejos, incluso la acción más elemental exige un cierto grado de pensamiento.

En cierto modo, esto es verdad no sólo para los humanos, sino también para los

animales (pensemos en un gato apostado a la espera de un ratón). No obstante,

la planificación y el pensamiento humanos tienen un carácter cualitativamente

superior a cualquier actividad mental de incluso el simio más avanzado.

Este hecho está estrechamente vinculado a la capacidad del pensamiento

abstracto, que permite a los seres humanos ir mucho más allá de la situación

inmediata dada por nuestros sentidos. Podemos imaginar situaciones no sólo

en el pasado (los animales también tienen memoria, como el perro, que tiembla

a la vista de un garrote), sino también en el futuro. Podemos predecir

situaciones complejas, planificar, y así determinar el resultado y hasta cierto

punto controlar nuestros destinos. Aunque normalmente no pensamos en ello,

esto representa una conquista colosal que separa a la humanidad del resto de la

naturaleza. “Lo típico del razonamiento humano”, dice el profesor Gordon

Childe, “es que puede ir muchísimo más lejos de la situación actual, presente,

que el razonamiento de cualquier otro animal”.6 De esta capacidad nacen las

múltiples creaciones de la civilización: la cultura, el arte, la música, la literatura,

la ciencia, la filosofía, la religión. También damos por supuesto que todo esto no

cae del cielo, sino que es el producto de millones de años de desarrollo.

El filósofo griego Anaxágoras (500-428 a.C.), en una deducción brillante,

afirmó que el desarrollo mental del hombre dependía de la emancipación de las

manos. Engels, en su importante artículo El papel del trabajo en la

transformación del mono en hombre, explicó la forma exacta en que se logró

dicha transformación. Demostró que la postura vertical, la liberación de las

manos para el trabajo, la forma de la mano, con el pulgar opuesto a los otros

dedos de forma que permitía agarrar, fueron los requisitos fisiológicos para la

manufactura de herramientas, que a su vez fue el principal estímulo para el

desarrollo del cerebro. Incluso el habla, que es inseparable del pensamiento,

surge de las exigencias de la producción social, de la necesidad de cooperar

para realizar funciones complejas. Estas teorías de Engels se han visto

confirmadas brillantemente por los últimos descubrimientos de la

paleontología, que demuestran que los simios homínidos aparecieron en África

bastante antes de lo que se pensaba y que tenían cerebros no más grandes que

los de un chimpancé actual. Es decir, el desarrollo del cerebro vino después de

la producción de herramientas y a consecuencia de ésta. Así, no es verdad que

“En el principio, era la Palabra”, sino, en frase del poeta alemán Goethe, “En el

principio, era el Hecho”.

La capacidad de manejar pensamientos abstractos es inseparable del

habla. El célebre prehistoriador Gordon Childe comenta:

“El razonamiento y todo lo que podemos llamar pensamiento,

inclusive el del chimpancé, hace intervenir en las operaciones mentales lo

que los psicólogos llaman imágenes. Una imagen visual, la representación

mental de una banana, por ejemplo, ha de ser siempre la representación de

una banana determinada en un conjunto determinado. Una palabra, por el

contrario, según lo explicado, es más general y abstracta, pues ha

eliminado precisamente esos rasgos accidentales que dan individualidad a

cualquier banana real. Las imágenes mentales de las palabras

(representaciones del sonido o de los movimientos musculares que

intervienen en su pronunciación) constituyen ‘fichas’ muy cómodas en el

proceso del pensamiento. El pensar con su ayuda posee necesariamente

esa cualidad de abstracción y generalidad que parece faltar en el

pensamiento animal. Los hombres pueden pensar, lo mismo que hablar,

sobre la clase de objetos llamados ‘bananas’; el chimpancé nunca va más

allá de ‘esa banana en ese tubo’. De tal suerte el instrumento social

denominado lenguaje ha contribuido a lo que se denomina

grandilocuentemente ‘la emancipación del hombre de la esclavitud de lo

concreto”. G. Childe, Qué sucedió en la historia. Editorial Pléyade, Buenos

Aires, 1975, pp. 25-6)

Los humanos primitivos, después de largo tiempo, formaron la idea

general de, por ejemplo, una planta o un animal. Esto surgió de la observación

concreta de muchas plantas y animales particulares. Pero cuando llegamos al

concepto general de “planta”, ya no vemos delante de nosotros esta o aquella

flor o arbusto, sino lo que es común a todas ellas. Comprendemos la esencia de

una planta, su ser interior. Comparado con esto, los rasgos peculiares de las

plantas individuales parecen secundarios e inestables. Lo que es permanente y

universal está contenido en el concepto general. Jamás podemos ver una planta

como tal, opuesta a flores y arbustos particulares. Es una abstracción de la mente.

Sin embargo, es una expresión más profunda y verdadera de lo que es

esencial a la naturaleza de la planta cuando se la despoja de todos los rasgos

secundarios.

No obstante, las abstracciones de los humanos primitivos distan mucho de

tener un carácter científico. Eran exploraciones tentativas, como las impresiones

de un niño: suposiciones e hipótesis a veces incorrectas, pero siempre audaces e

imaginativas. Para nuestros antepasados remotos, el Sol era un ser supremo que

unas veces les calentaba y otras les quemaba. La Tierra era un gigante

adormecido. El fuego era un animal feroz que les mordía cuando lo tocaban.

Los humanos primitivos conocieron los truenos y los relámpagos, les

asustarían, como todavía hoy asustan a los animales y a algunas personas. Pero,

a diferencia de los animales, los humanos buscaron una explicación general del

fenómeno. Dada la ausencia de cualquier conocimiento científico, la explicación

sólo podía ser sobrenatural: algún dios golpeando un yunque con su martillo.

Para nosotros, semejantes explicaciones resultan simplemente divertidas, como

las explicaciones ingenuas de los niños. No obstante, en ese período eran

hipótesis extraordinariamente importantes, un intento de encontrar una causa

racional para el fenómeno distinguiendo entre la experiencia inmediata y lo que

había tras ella.

La forma más característica de las religiones primitivas es el animismo —

la noción de que todo objeto, animado o inanimado, posee un espíritu—. Vemos

el mismo tipo de reacción en un niño cuando pega a una mesa contra la que se

ha golpeado la cabeza. De la misma manera, los humanos primitivos y ciertas

tribus actuales piden perdón a un árbol antes de talarlo. El animismo pertenece

a un período en el que la humanidad aún no se había separado plenamente del

mundo animal y de la naturaleza. La proximidad de los humanos al mundo de

los animales está demostrada por la frescura y belleza del arte rupestre, donde

los caballos, ciervos y bisontes están pintados con una naturalidad que ningún

artista moderno es capaz de lograr. Se trata de la infancia del género humano,

que ha desaparecido y nunca volverá. Tan sólo podemos imaginar la psicología

de nuestros antepasados remotos. Pero mediante una combinación de los

descubrimientos de la paleontología y la antropología es posible reconstruir,

por lo menos a grandes rasgos, el mundo del que hemos surgido.

En su estudio antropológico clásico de los orígenes de la magia y la

religión, James G. Frazer escribe:

“El salvaje concibe con dificultad la distinción entre lo natural y lo

sobrenatural, comúnmente aceptada por los pueblos ya más avanzados.

Para él, el mundo está funcionando en gran parte merced a ciertos agentes

sobrenaturales que son seres personales que actúan por impulsos y

motivos semejantes a los suyos propios y, como él, propensos a

modificarlos por apelaciones a su piedad, a sus deseos y temores. En un

mundo así concebido no ve limitaciones a su poder de influir sobre el

curso de los acontecimientos en beneficio propio. Las oraciones, promesas

o amenazas a los dioses pueden asegurarle buen tiempo y abundantes

cosechas; y si aconteciera, como muchas veces se ha creído, que un dios

llegase a encarnar en su misma persona, ya no necesitaría apelar a seres

más altos. Él, el propio salvaje, posee en sí mismo todos los poderes

necesarios para acrecentar su propio bienestar y el de su prójimo”. (Sir

James Frazer, La rama dorada. Magia y religión. Fondo de Cultura

Económica. Madrid. 1981, p. 33)

La noción de que el alma existe separada y aparte del cuerpo viene

directamente de los tiempos más remotos. El origen de esta idea es evidente.

Cuando dormimos, el alma parece abandonar el cuerpo y vagar en nuestros

sueños. Por extensión, la similitud entre la muerte y el sueño —“gemelo de la

muerte”, como lo llamó Shakespeare— sugiere la idea de que el alma podría

seguir existiendo después de la muerte. Así fue cómo los humanos primitivos

concluyeron que el interior de sus cuerpos albergaba algo, el alma, que mandaba

sobre el cuerpo y podía hacer todo tipo de cosas increíbles, incluso cuando

el cuerpo estaba dormido. También observaron cómo palabras llenas de

sabiduría manaban de las bocas de los ancianos y concluyeron que, mientras

que el cuerpo perece, el alma sigue viviendo. Para gente acostumbrada a los

desplazamientos, la muerte era vista como una migración del alma, que

necesitaba comida y utensilios para el viaje.

Al principio estos espíritus no tenían una morada fija. Simplemente

erraban, la mayoría de las veces causando molestias y obligando a los vivos a

hacer todo lo que podían por deshacerse de ellos. He aquí el origen de las

ceremonias religiosas. Finalmente surgió la idea de que mediante la oración

podría conseguirse la ayuda de estos espíritus. En esta etapa, la religión

(magia), el arte y la ciencia no se diferenciaban. No teniendo los medios para

conseguir un auténtico poder sobre el medio ambiente, los humanos primitivos

intentaron obtener sus fines por medio de una relación mágica con la

naturaleza, y así someterla a su voluntad.

La actitud de los humanos primitivos hacia sus dioses-espíritus y fetiches

era bastante práctica. La intención de los rezos era obtener resultados. Un

hombre haría una imagen con sus propias manos y se postraría ante ella. Pero si

no conseguía el resultado deseado, la maldecía y la golpeaba para obtener

mediante la violencia lo que no había conseguido con súplicas. En ese mundo

extraño de sueños y fantasmas, un mundo de religión, la mente primitiva veía

cada acontecimiento como la obra de espíritus invisibles. Cada arbusto o cada

riachuelo eran una criatura viviente, amistosa u hostil. Cada suceso fortuito,

cada sueño, dolor o sensación estaba causado por un espíritu. Las explicaciones

religiosas llenaban el vacío que dejaba la falta de conocimiento de las leyes de la

naturaleza. Incluso la muerte no era vista como un evento natural, sino como el

resultado de alguna ofensa causada a los dioses.

Durante casi toda la existencia del género humano, la mente ha estado

llena de este tipo de cosas. Y no sólo en lo que a la gente le gusta considerar

como sociedades primitivas. Las creencias supersticiosas continúan existiendo

hoy, aunque con diferente disfraz. Bajo el fino barniz de civilización se

esconden tendencias e ideas irracionales primitivas que tienen su raíz en un

pasado remoto que ha sido en parte olvidado, pero que no está todavía

superado. No serán desarraigadas definitivamente de la conciencia humana

hasta que hombres y mujeres no establezcan un firme control sobre sus

condiciones de existencia.

 

La división del trabajo

 

Frazer señala que la división entre trabajo manual y trabajo intelectual en

la sociedad primitiva está invariablemente vinculada a la formación de una

casta de sacerdotes, hechiceros o magos:

“El progreso social, según creemos, consiste principalmente en una

diferenciación progresiva de funciones; dicho más sencillamente, en una

división del trabajo. La obra que en la sociedad primitiva se hace por

todos igual y por todos igualmente mal o muy cerca de ello, se distribuye

gradualmente entre las diferentes clases de trabajadores, que la ejecutan

cada vez con mayor perfección; y así, tanto más cuanto que los productos

materiales o inmateriales de esta labor especializada van siendo gozados

por todos, la sociedad en conjunto se beneficia de la especialización

creciente. Ahora, ya, los magos o curanderos aparecen constituyendo la

clase profesional o artificial más antigua en la evolución de la sociedad,

pues hechiceros se encuentran en cada una de las tribus salvajes conocidas

por nosotros, y entre los más incultos salvajes, como los australianos

aborígenes, es la única clase profesional que existe”. (Ibíd. pp 137-8)

El dualismo, que separa el alma del cuerpo, la mente de la materia, el

pensamiento del hecho, recibió un fuerte impulso con el desarrollo de la

división del trabajo en una etapa dada de la evolución social. La separación

entre trabajo manual y trabajo intelectual coincidió con la división de la

sociedad en clases y marcó un gran avance en el desarrollo humano. Por

primera vez, una minoría de la sociedad se vio liberada de la necesidad de

trabajar para obtener su sustento. La posesión de la mercancía más preciada, el

ocio, significó que los hombres podían dedicar sus vidas al estudio de las

estrellas. Como el filósofo materialista alemán Ludwig Feuerbach explica, la

ciencia teórica auténtica comienza con la cosmología:

“El animal es sólo sensible al rayo de luz que inmediatamente afecta

a la vida; mientras que el hombre percibe la luz, para él físicamente

indiferente, de la estrella más remota. Tan sólo el hombre posee pasiones y

alegrías desinteresadas y puramente intelectuales; sólo el ojo del hombre

mantiene festivales teóricos. El ojo que contempla los cielos estrellados,

que medita sobre aquella luz al mismo tiempo inútil e inocua que no tiene

nada en común con la Tierra y sus necesidades; este ojo ve en aquella luz

su propia naturaleza, sus propios orígenes. El ojo es celestial por su propia

naturaleza. De aquí que el hombre se eleve por encima de la tierra sólo con

el ojo; de aquí que la teoría comience con la contemplación de los cielos.

Los primeros filósofos eran astrónomos”. (Ludwig Feuerbach. The essence

of Christianity. p. 5)

Aunque en esta etapa temprana esto todavía estaba mezclado con la

religión y los requerimientos e intereses de una casta sacerdotal, también

significó el nacimiento de la civilización humana. Aristóteles ya lo había

entendido cuando escribió: “Además, estas artes teóricas evolucionaron en

lugares donde los hombres tenían un superávit de tiempo libre: por ejemplo, las

matemáticas tienen su origen en Egipto, donde una casta sacerdotal gozaba del

ocio necesario”.11

El conocimiento es una fuente de poder. En cualquier sociedad en que el

arte, la ciencia y el gobierno son el monopolio de unos pocos, esa minoría usará

y abusará de su poder en su propio beneficio. La inundación anual del Nilo era

un asunto de vida o muerte para los egipcios, cuyas cosechas dependían de ello.

La pericia de los sacerdotes egipcios para predecir, apoyándose en observaciones

astronómicas, cuándo se desbordaría el Nilo debió de haber incrementado

enormemente su prestigio y poder sobre la sociedad. El arte de escribir, una invención

muy poderosa, era un secreto celosamente guardado por la casta sacerdotal:

“Sumeria descubrió la escritura; los sacerdotes sumerios hicieron

conjeturas acerca de que el futuro pudiera estar escrito por algún

procedimiento oculto en los acontecimientos presentes que tenían lugar a

nuestro alrededor. Hasta llegaron a sistematizar esta creencia, mezclando

elementos mágicos y racionales”.(I. Prigogine e I. Stengers. Order Out of

Chaos, Man’s New Dialogue with Nature. p. 4)

La posterior profundización de la división del trabajo hizo surgir un

abismo insalvable entre la élite intelectual y la mayoría de la humanidad,

condenada a trabajar con sus propias manos. El intelectual, sea sacerdote

babilónico o físico teórico moderno, sólo conoce un tipo de trabajo: el mental.

En el curso de milenios, la superioridad de este último sobre el trabajo manual

“puro y duro” ha echado raíces profundas y adquirido la fuerza de un

prejuicio. Lenguaje, palabras y pensamientos se han revestido de poderes

místicos. La cultura se ha vuelto el monopolio de una élite privilegiada que

guarda celosamente sus secretos, usando y abusando de su posición en su

propio interés.

En la antigüedad, la aristocracia intelectual no hizo ningún intento de

ocultar su desprecio por el trabajo físico. El siguiente extracto de un texto

egipcio conocido como La sátira sobre los oficios, escrito alrededor de 2000 a.C.,

se cree que es la exhortación de un padre a su hijo, al que quiere enviar a la

escuela para formarse como escriba:

La misma actitud prevalecía entre los griegos:“He visto cómo se

maltrata al hombre que trabaja —deberías poner tu corazón en la

búsqueda de la escritura—. He observado cómo uno podría ser rescatado

de sus deberes —¡presta atención! No hay nada que supere a la escritura—

. (...)

“He visto al metalúrgico trabajando en la boca del horno. Sus dedos

eran similares a cocodrilos; olía peor que una hueva de pescado. (...)

“El pequeño constructor lleva barro. (...) Está más sucio que las viñas

o los cerdos de tanto pisotear el barro. Su ropa está tiesa de la arcilla. (...)

“El fabricante de flechas es muy infeliz cuando entra en el desierto

[en busca de pedernal]. Más grande es lo que da a su burro que lo que

posteriormente [vale] su trabajo. (...)

“El lavandero que lava ropa en la orilla [del río] es el vecino del

cocodrilo. (...)

“¡Presta atención! No hay ninguna profesión sin patrón, excepto para

el escriba: él es el patrón. (...)

“¡Presta atención! No hay ningún escriba al que le falte comida de la

propiedad de la Casa del Rey —¡vida, prosperidad, salud!—. (...) Su padre

y su madre alaban a dios, puesto que él está en el sendero de los vivientes.

¡Contempla estas cosas! Yo [las he puesto] ante ti y ante los hijos de tus

hijos”. (Citado por Margret Donaldson, Children’s Minds. p. 84)

“Las llamadas artes mecánicas”, dice Jenofonte, “llevan un estigma

social y con razón son despreciadas en nuestras ciudades, puesto que estas

artes dañan los cuerpos de los que trabajan en ellas o de los que actúan

como capataces, condenándoles a una vida sedentaria de puertas adentro

y, en algunos casos, a pasar todo el día al lado de la chimenea. Esta

degeneración física asimismo da pie a un deterioro del alma. Además, los

que trabajan en estos oficios simplemente no tienen tiempo para dedicarse

a los deberes de la amistad o de la ciudadanía. En consecuencia, son

considerados como malos amigos y malos patriotas, y en algunas

ciudades, sobre todo las más guerreras, no es legal que un ciudadano se

dedique al trabajo manual”. (Oeconomicusm iv, 203, citado en B.

Farrington, Greek Science, pp. 28-9)

El divorcio radical entre trabajo intelectual y manual profundiza la ilusión

de una existencia independiente de las ideas, los pensamientos y las palabras.

Este concepto erróneo es el meollo de toda religión e idealismo filosófico.

No fue Dios quien creó el hombre a su propia imagen y semejanza, sino,

por el contrario, fue el hombre quien creó dioses a imagen y semejanza suya.

Ludwig Feuerbach dijo que si los pájaros tuviesen una religión, su dios tendría

alas. “La religión es un sueño en el que nuestras propias concepciones y

emociones se nos presentan como existencias separadas, como seres al margen

de nosotros mismos. La mente religiosa no distingue entre lo subjetivo y lo

objetivo, no tiene dudas; tiene la capacidad no de discernir cosas diferentes a

ella misma, sino de ver sus propias concepciones fuera de sí misma, como seres

independientes”. Esto era algo que hombres como Jenófanes de Colofón (565-

hacia 470 a. C.) entendió cuando escribió: “Homero y Hesíodo han atribuido a

los dioses cada acción vergonzosa y deshonesta entre los hombres: el robo, el

adulterio, el engaño (...) Los etíopes hacen sus dioses negros y con nariz chata, y

los tracios hacen los suyos con ojos grises y pelo rojo (...) Si los animales

pudieran pintar y hacer cosas como los hombres, los caballos y los bueyes

también harían dioses a su propia imagen”.

Los mitos de la creación, que existen en casi todas las religiones,

inevitablemente toman sus imágenes de la vida real, por ejemplo, la imagen del

alfarero que da forma a la arcilla amorfa. En opinión de Gordon Childe, la

historia de la Creación en el primer libro del Génesis refleja que en

Mesopotamia la tierra fue separada de las aguas “en el Principio”, pero no

mediante la intervención divina:

“La tierra sobre la cual las grandes ciudades de Babilonia se alzarían

tenía que crearse en el sentido literal de la palabra; el antepasado

prehistórico de la Erech bíblica fue construido encima de una especie de

plataforma de juncos entrecruzados sobre el barro aluvial. El libro hebreo

del Génesis nos ha familiarizado con una tradición bastante más antigua

de la condición prístina de Sumeria —un ‘caos’ en el cual las fronteras

entre el agua y la tierra todavía eran fluidas—. Un incidente esencial en ‘la

Creación’ es la separación de estos elementos. Sin embargo, no fue ningún

dios, sino los propios protosumerios quienes crearon la tierra: cavaron

canales para irrigar los campos y drenar la marisma, construyeron diques

y plataformas elevadas por encima del nivel de inundación para proteger

a los hombres y al ganado de las aguas, despejaron las extensiones de

juncos y exploraron los canales que las cruzaban. La persistencia tenaz del

recuerdo de esta lucha es un indicio del grado de esfuerzo que supuso

para los antiguos sumerios. Su recompensa era una fuente garantizada de

nutritivos dátiles, una abundante cosecha de los campos que habían

drenado y pastos permanentes para sus rebaños”. (Gordon Childe. Man

Makes himself, pp. 107-8)

Los intentos más ancestrales del hombre de explicar el mundo y su lugar

en él estaban mezclados con la mitología. Los babilonios creían que el dios del

caos, Marduc, había creado el Orden, separando la tierra del agua y el cielo de

la tierra. Los judíos tomaron de los babilonios el mito bíblico de la Creación y

más tarde lo transmitieron a la cultura cristiana. La auténtica historia del

pensamiento científico empieza cuando el hombre aprende a prescindir de la

mitología e intenta comprender racionalmente la naturaleza, sin la intervención

de los dioses. En ese momento comienza la auténtica lucha por la emancipación

de la humanidad de la esclavitud material y espiritual.

El advenimiento de la filosofía representó una auténtica revolución en el

pensamiento humano. Al igual que tantos otros elementos de la civilización

moderna, la filosofía se lo debemos a la Grecia antigua. Si bien es verdad que

los indios, los chinos, y más tarde los árabes, también hicieron importantes

avances, fueron los griegos quienes llevaron la filosofía y la ciencia a su punto

álgido antes del Renacimiento. La historia del pensamiento griego durante el

período de 400 años que arranca en la mitad del siglo VII a. de C., constituye

una de las páginas más impresionantes en los anales de la historia humana.

En este período aparecen una larga serie de héroes, pioneros en el

desarrollo del pensamiento. Los griegos, antes que Colón, descubrieron que la

tierra era redonda. Antes que Darwin, afirmaron que los humanos habían

evolucionado de los peces. Hicieron extraordinarios descubrimientos en

matemáticas, especialmente en geometría, y para superarlos fueron necesarios

más de mil años. Fue uno de los momentos más decisivos de la historia del

pensamiento humano, el inicio de la verdadera ciencia.

 

El nacimiento de la filosofía

 

La filosofía occidental nació bajo el cielo azul del Egeo. Los siglos VII y

VIII a. C. fueron años agitados y de rápida expansión económica del

Mediterráneo oriental. Los griegos de las islas Jonias que residían en la costa de

Turquía, mantenían una próspera relación comercial con Egipto, Babilonia y

Lidia. El dinero una invención lidia, fue introducido en Europa a través del

Egeo, aproximadamente en el 625 a. C., y estimuló enormemente el comercio y

como consecuencia, mientras unos acumulaban grandes riquezas, otros, sólo

obtenían miseria y esclavitud.

Los primeros filósofos griegos representan el verdadero punto de partida

de la filosofía. El primer intento de luchar y liberarse de los antiguos límites de

la superstición y el mito, de prescindir de dioses y divinidades, por primera vez

el ser humano se enfrentaba cara a cara con la naturaleza.

La revolución económica provocó nuevas contradicciones sociales. El

colapso de la vieja sociedad patriarcal provocó el choque entre ricos y pobres.

La vieja aristocracia se enfrentó al descontento de las masas y a la oposición de

los tiranos, a menudo, eran los propios nobles disidentes siempre dispuestos a

ponerse a la cabeza de las insurrecciones populares. Fue un período de gran

inestabilidad, en el que hombres y mujeres empezaron a poner en tela de juicio

las viejas creencias.

El siguiente pasaje describe la situación en Atenas en aquella época:

“En los años malos (los campesinos) tenían que pedir prestado a sus

ricos vecinos; con la aparición del dinero en vez de pedir prestado un saco

de grano, al viejo estilo de buena vecindad, tenían que pedir prestado el

grano necesario antes de la cosecha, cuando aún estaba barato, sino

tendrían que pagar elevados intereses, lo que provocó una gran

indignación en Megara. En el año 600, mientras los ricos exportaban a los

mercados del Egeo o Corinto, los pobres permanecían hambrientos.

Muchos, demasiados, perdían su tierra o se empeñaban como prenda de

sus deudas, e incluso perdían su libertad; al acreedor, como último recurso

ante al deudor insolvente le quedaba la posibilidad de entregarse él y su

familia como esclavos... La ley era muy severa, era la ley del rico”. (A. R.

Burn; The Pelican History of Greece, p. 119).

Draco recopiló estas leyes en un código, de ahí procede la expresión

“condiciones draconianas”.

El siglo VI a. C. fue un período turbulento y también el del declive de las

repúblicas Jonias de Asia Menor, un siglo caracterizado por la crisis social y por

una feroz lucha de clases entre ricos y pobres, entre dominadores y esclavos.

“En Mileto”, escribe Rostovtzeff, “el pueblo resultó primero victorioso,

asesinando a las esposas e hijos de los aristócratas; después dominaron los

aristócratas que quemaron vivos a sus enemigos y alumbraron las plazas de la

ciudad con antorchas vivientes”. (Citado por Bertrand Russel, Historia de la

filosofía occidental. Madrid. Editorial Espasa, 1997. p. 62).

En aquella época, estas condiciones sociales eran las normales en la

mayoría de las ciudades griegas de Asia Menor. Los héroes de esa época nada

tenían en común con la idea posterior del filósofo, aislado del resto de la

humanidad en su torre de marfil. Estos “hombres sabios” no eran sólo

pensadores, eran escritores, no sólo eran teóricos, eran también hombres

prácticos. Del primero de ellos, Tales de Mileto (640-546 a. C.), no sabemos

prácticamente nada, salvo que fue al final de su vida cuando se aproximó a la

filosofía, se dedicó al comercio, a la ingeniería, a la geometría y a la astronomía

(se dice que predijo un eclipse, que según los astrónomos ocurrió en el año 585

a. C.).

No se puede negar que los primeros filósofos griegos eran materialistas.

Dieron la espalda a la mitología, se dedicaron a buscar el principio general del

funcionamiento de la naturaleza, a partir de la observación de la propia

naturaleza. Los griegos posteriores les llamaron hilozoístas, que se podría

traducir por: los que piensan que la materia está animada. Esta concepción de la

materia en movimiento es sorprendentemente moderna y muy superior a la

concepción de los físicos mecanicistas del siglo XVIII. Debido a la ausencia de

modernos instrumentos científicos, con frecuencia sus teorías tuvieron el

carácter de inspiradas conjeturas. A pesar de todo, teniendo en cuenta la

ausencia de recursos, es realmente asombroso lo que llegaron a aproximarse a

la comprensión del auténtico funcionamiento de la naturaleza. El filósofo

Anaximandro (610-545 a. C.), afirmó que tanto el hombre como el resto de los

demás animales habían evolucionado de un pez que abandonó el agua para

salir a la tierra.

Sería un error pensar que estos filósofos eran religiosos porque utilizasen

la palabra “dios” (theos) para referirse a la sustancia primaria. J. Burnet dice

que esta palabra era similar a los antiguos epítetos homéricos: “eterno”,

“inmortal”, etc. Incluso Homero, utiliza la palabra en diferentes sentidos. Desde

Hesiodo a la teogenia está claro que muchos de los “dioses” nunca fueron

adorados, eran meras personificaciones apropiadas para los fenómenos

naturales o incluso para las pasiones humanas. Las religiones primitivas

miraban al cielo como algo divino y lo separaban de la tierra. Los filósofos

jonios rompieron radicalmente con esta concepción. Se basaron en la multitud

de descubrimientos de la cosmología babilónica y egipcia, rechazaron el

elemento mítico que confundía la astronomía con la astrología.

La tendencia general de la filosofía griega antes de Sócrates era la

búsqueda de los principios fundamentales de la naturaleza:

“La naturaleza es lo que está más cerca de nosotros, se encuentra más

cerca del ojo, es lo más palpable, es lo que primero que atrae el espíritu de

investigación. En sus distintas formas, en su multiplicidad, el pensamiento

debe encontrar el inicio de un principio fundamental permanente. ¿Cuál

es este principio? ¿Cuál es exactamente el elemento básico natural?”.

(Schwgler, History of Philosophy. En la edición inglesa).

Los filósofos dieron explicaciones diferentes a esta cuestión. Por ejemplo,

Tales sostenía que la base de todas las cosas era el agua, esta afirmación fue un

gran paso adelante del pensamiento humano. Ya hacía tiempo que los

babilonios anticiparon la idea de que todas las cosas procedían del agua. Su

mito de la creación fue el modelo que siguió la historia de la creación hebrea del

primer libro del Génesis. “Todas las tierras eran mar hasta que Marduk, el

creador babilonio, separó la tierra del mar”. La diferencia es que no hay

Marduk, ni creador divino externo a la naturaleza, por primera vez se explica la

naturaleza en términos puramente materialistas, es decir, en términos de la

propia naturaleza.

La idea de la naturaleza reducida al agua no es tan inverosímil como

podría parecer. Aparte de que la gran mayoría de la superficie de la tierra está

formada por agua, los jonios se dieron cuenta que el agua es algo esencial para

todas las formas de vida. La mayor parte del volumen de nuestro cuerpo es

agua, moriríamos rápidamente si nos privamos de ella. Además el agua cambia

de forma, pasa de líquido a sólido o vapor.

“No es difícil suponer que los fenómenos meteorológicos influyeron

en Tales a la hora de formular sus teorías. De todas las cosas que

conocemos, el agua es la que parece tener las formas más variadas. Nos

son familiares sus formas, sólido, líquido y vapor. Tales pudo haberse

dado cuenta de ello observando como ante sus ojos el agua regresaba de

nuevo al agua. La evaporación sugiere de manera natural que el fuego de

los cuerpos celestiales se conserva gracias a la humedad que extraen del

mar. El agua cae de nuevo en forma de lluvia, y al final, como pensaban

los primeros cosmólogos, regresa a la tierra. Este proceso era algo natural

para aquellos hombres familiarizados con los ríos de Egipto que formaban

el Delta, y los torrentes de Asia Menor que bajaban por los largos

depósitos aluviales”. (O. J. Burnet; Los primeros filósofos griegos).

 

Anaximandro

 

A Tales le siguieron otros filósofos que postularon diferentes teorías sobre

la estructura básica de la materia. Anaximandro nació en Samos, donde vivió

también el famoso Pitágoras. Dicen que escribió sobre la naturaleza, las estrellas

fijas, la esfera de la tierra y otros temas. Elaboró algo parecido a un mapa que

mostraba el límite de la tierra y el mar, creó varias inventos matemáticos,

incluyendo un cuadrante solar y una carta de navegación astronómica.

Al igual que Tales, Anaximandro consideraba que la naturaleza era real.

De igual manera se aproximó al tema desde un punto de vista estrictamente

materialista, sin recurrir a los dioses o cualquier otro elemento sobrenatural.

Pero a diferencia de su contemporáneo, Tales no encontró la respuesta en una

forma concreta de materia como el agua. Según relata Diógenes, “Recurrió al

Infinito (lo indeterminado) como elemento principal; no lo concretaba en el

agua u otra materia”. (Hegel. Filosofía de la Historia, Vol. I). “Es el principio de

todo, transformándose continuamente; a través de mundos infinitos o dioses

que salen de él y que al mismo tiempo desaparecen”. (Ibíd.).

Estas idean situaron por primera vez el estudio del universo en el camino

de la ciencia, permitió a los primeros filósofos griegos hacer descubrimientos

excepcionales, muy avanzados para su tiempo. Primero descubrieron que el

mundo era redondo y que no descansaba sobre nada, la tierra no era el centro

del universo y giraba junto a los otros planetas alrededor del centro. De acuerdo

con otro contemporáneo, Hipólito, Anaximandro pensaba que la tierra se movía

libremente y nada la podía detener porque era equidistante a todo, tenía forma

redonda y era hueca como una columna, así unos nos encontramos en una cara

de la tierra mientras los demás están en la otra. También descubrió la teoría de

los eclipses lunar y solar.

Con todas sus carencias y deficiencias, estas ideas representaban una

concepción audaz de la naturaleza y el universo, sorprendente y original, más

cerca de la realidad que el ciego misticismo de la Edad Media, un período en el

que de nuevo, el pensamiento humano caería aprisionado bajo el dogma

religioso. Estos importantes avances no fueron sólo resultado de sus conjeturas,

fueron también consecuencia del pensamiento, la investigación y la

experimentación minuciosa. Dos mil años antes que Darwin, Anaximandro se

adelantó a la teoría de la evolución gracias a sus sorprendentes descubrimientos

en biología marina. El historiador A. E. Burn cree que esto no fue accidental,

sino el resultado de la investigación científica. “Hicieron observaciones de

embriones y también de fósiles, como hicieron algunos de sus sucesores,

aunque no podemos afirmarlo con certeza”. (A. R. Burn, The Pelican History of

Greece).

Anaximandro revolucionó el pensamiento humano. En lugar de limitarse

a una forma concreta de la materia se ocupó del concepto de materia en general,

como si se tratara de un concepto filosófico. Esta sustancia universal es eterna e

infinita que se encuentra en constante evolución y cambio. Toda la miríada de

formas de seres distintos que percibimos a través de nuestros sentidos, son

diferentes expresiones de la misma sustancia básica. Esta idea era tan insólita

que para muchos resultaba incomprensible. Plutarco se quejó de que

Anaximandro no concretó si uno de los elementos de su infinito era agua, tierra,

aire o fuego. Pero precisamente este carácter de la teoría fue lo que hizo época.

 

Anaxímenes

 

El último del gran trío de materialistas jonios fue Anaxímenes (585-528 a.

C.). Se dice que nació cuando Tales “florecía” y “floreció” cuando Tales moría.

Más joven que Anaximandro, a diferencia de este último e igual que Tales,

tomó un solo elemento el aire como la sustancia absoluta, de la que todo

procedía y a la que todo se reducía. El uso de la palabra “aire” (aer) por

Anaxímenes, difiere sustancialmente del uso moderno de la palabra.

Anaxímenes incluía el vapor, la bruma e incluso la oscuridad. Muchos

traductores prefieren utilizar la palabra “bruma”.

A primera vista esta idea podría parecer un paso atrás en comparación con

la concepción general de la materia propuesta por Anaximandro, pero su visión

de la materia dio un paso adelante más.

Anaxímenes intentó demostrar que el “aire” era la sustancia universal que

se transformaba mediante un proceso al que denominó enrarificación o

condensación. Cuando el aire se enrarece se convierte en fuego y cuando se

condensa se convierte en viento. Una nueva condensación producirá las nubes,

la tierra y las piedras. Si comparamos su concepción del universo con la de

Anaximandro, ésta es inferior (por ejemplo pensaba que el mundo tenía forma

de tabla), sin embargo su filosofía representaba un paso adelante por que

intentaba ir más allá de la afirmación general de la naturaleza de la materia.

Intentó dar una determinación más precisa, no sólo cualitativa, también

cuantitativamente, a través del proceso de enrarificación y condensación:

“Observad esta sucesión de pensadores, con su lógica, el aluvión de

ideas, el poder de abstracción, la forma en que se enfrentan a los

problemas. Cuando Tales redujo las distintas apariencias de las cosas a un

Primer Principio, fue un gran paso adelante en el pensamiento humano.

Otro gran avance fue la elección de Anaximandro, no eligió como Primer

Principio una forma visible como el agua, eligió un concepto: lo

Indeterminado. Pero esta teoría no satisfacía a Anaxímenes. Anaximandro

para explicar la forma en que emergían todas las cosas a partir de lo

Indeterminado, utilizó una sencilla metáfora. Se trataba de un proceso de

‘clasificación’. Anaxímenes creía que era necesario algo más y fue más allá

con las ideas complementarias de enrarificación y condensación, porque

éstas podían explicar la transformación de los cambios cuantitativos en

cambios cualitativos”. (B. Farrington, op. cit. p. 39).

Debido al nivel tecnológico de la época era imposible para Anaxímenes

caracterizar con más precisión el fenómeno en cuestión. Es fácil señalar ahora

los fallos e incluso los puntos absurdos de sus ideas, pero hacerlo sería un error.

No se puede culpar a los primeros filósofos griegos de no esbozar con más

detalle el mundo, para ello hubo que esperar dos mil años y todo gracias al

avance económico, tecnológico y científico. Estos grandes pioneros del

pensamiento humano prestaron un servicio inestimable a la humanidad, la

permitieron escapar de las antiguas costumbres de la superstición religiosa y de

esta forma, crear las bases sin las que habría sido impensable todo el avance

científico y cultural de la humanidad.

La visión general del universo y la naturaleza, elaborada por estos grandes

y revolucionarios pensadores, en muchos aspectos se acercaban a la realidad. El

problema residía en que debido al nivel de desarrollo de la producción y la

tecnología, no tenían los medios necesarios para demostrar sus hipótesis y

dotarlas de una base sólida. Se adelantaron a muchas cosas que sólo la pudo

demostrar la ciencia moderna, porque requerían un mayor desarrollo de la

ciencia y la técnica. Para Anaxímenes el “aire”, es sólo la taquigrafía de la

materia, su forma más simple y básica. Como señala Erwin Schrsdinger, uno de

los fundadores de la física moderna: “El dijo que había conseguido disociar el

gas hidrógeno y no estaría muy alejado de nuestra visión actual”. (A. R. Burn,

p. 131).

Los primeros filósofos jonios de la naturaleza con total seguridad llegaron

tan lejos como pudieron en su explicación del funcionamiento de la naturaleza,

y lo hicieron a través de la razón especulativa. Hicieron grandes

generalizaciones, encaminadas en la dirección correcta. Pero para seguir

avanzando era necesario examinar las cosas con mas detalle, analizar la

naturaleza trozo a trozo. Aristóteles y los pensadores griegos alejandrinos lo

hicieron más tarde. Una parte importante de su tarea fue considerar la

naturaleza desde un punto de vista cuantitativo, y aquí, los filósofos Pitagóricos

jugaron sin duda un papel decisivo.

Anaxímenes ya se había encaminado en esta dirección, intentó explicar la

relación entre los cambios de cantidad a calidad en el seno de la naturaleza

(enrarificación y condensación). Pero este método ya había alcanzado y agotado

sus límites:

“El triunfo de la escuela Jónica original consistió en que llegó a trazar

un cuadro de cómo había llegado a existir el universo y, de su

funcionamiento, sin la intervención de los dioses o el destino. Su debilidad

básica fue su vaguedad y carácter puramente descriptivo y cualitativo. No

podía conducir por sí mismo a ninguna parte ni podía hacerse con él nada

concreto. Para ello era necesario la introducción del número y la

cantidad”. (J. D. Bernal. Historia Social de la Ciencia. Barcelona. Ediciones

península, 1989. p. 149).

 

Del materialismo al idealismo

 

El período de auge de la antigua filosofía griega se caracterizó por una

profunda crisis en la sociedad, y se destacó por el cuestionamiento general de

las antiguas creencias, incluida la religión. La crisis de las creencias religiosas

provocó el auge de las tendencias ateas, y el surgimiento de un punto de vista

genuinamente científico basado en el materialismo. Sin embargo, como siempre

ocurre en la sociedad, el proceso tuvo un carácter contradictorio. Junto a las

tendencias racionalistas y científicas coexistía la tendencia contraria, una

tendencia hacia el misticismo y la irracionalidad. En los tiempos de crisis de la

sociedad romana ocurrió un fenómeno similar, durante el último período de la

República se diseminaron rápidamente las religiones orientales, y una entre

muchas fue el cristianismo.

Las masas de campesinos y esclavos vivían tiempos de crisis social y los

dioses del Olimpo parecían algo lejanos. Esta era una religión para las clases

superiores. En la otra vida no existía perspectiva de una recompensa futura al

sufrimiento terrenal. El inframundo griego era un lugar triste, habitado por

almas muertas. Los nuevos cultos, con su mimético baile y su canción coral (el

origen real de la tragedia griega), sus misterios (el verbo “myo” significaba

mantener la boca cerrada), la promesa de vida después de la muerte, todo esto

era más atractivo para las masas. El culto a Dionisio era muy popular, era el

dios del vino (Baco para los romanos) y su culto incluía orgías de bebida,

evidentemente resultaba más atractivo que los antiguos dioses de Olimpia.

Como ocurrió en el período de declive del Imperio Romano, y como

ocurre en el período actual de declive capitalista, se extendieron todo tipo de

cultos misteriosos, mezclados con los nuevos ritos exóticos importados de

Tracia, Asia Menor y probablemente de Egipto. El culto a Orfeo adquirió

bastante importancia, era un culto más sofisticado que Dionisio, con muchos

puntos en común con el movimiento pitagórico, ambos creían en la

transmigración de las almas. Tenían ritos de purificación, incluyendo el ayuno

excepto para propósitos sacramentales. Su visión del hombre era dualista: “el

desdoblamiento del cuerpo y del alma”, creían que el hombre se dividía en

cielo y tierra.

Estas ideas eran tan similares a las doctrinas pitagóricas que algunos

autores como Bury, mantienen que los pitagóricos en realidad eran una rama

del movimiento órfico. Sin duda es una exageración. A pesar de sus elementos

místicos, la escuela pitagórica contribuyó de manera importante al desarrollo

del pensamiento humano, en especial a las matemáticas. No se puede descartar

que fueran una secta religiosa, sin embargo, es imposible oponerse a la

conclusión de que las concepciones idealistas del pitagorismo no son sólo eco

de una perspectiva religiosa del mundo, sino que son consecuencia de ella.

Bertrand Russell esboza el desarrollo del idealismo y respalda el misticismo de

la religión órfica.

“El pitagorismo fue un movimiento de reforma dentro del orfismo, el

orfismo a su vez, una reforma de la adoración a Dionisio. Los elementos

órficos de Pitágoras entraron en la filosofía de Platón, y después de Platón

entraron en la filosofía con un grado religioso”. (B. Russell. Op. Cit.).

La división entre el trabajo mental y manual alcanza su extrema expresión

con la extensión de la esclavitud. Este fenómeno estaba relacionado

directamente con la expansión del orfismo. La esclavitud es una forma extrema

de alienación, bajo el capitalismo, el trabajador “libre” se aliena de su fuerza de

trabajo, y ante él existía una fuerza separada y hostil el Capital. Sin

embargo, en la esclavitud el esclavo pierde su propia existencia como ser

humano. No es nada, no es persona, sólo una “herramienta sin voz”. El

producto de su trabajo, cuerpo, mente y alma son propiedad de otro que

dispone de él sin tener en cuenta sus deseos. Los deseos insatisfechos del

esclavo, su extrema alienación del mundo y de él mismo, hacen que aparezca

un sentimiento de rechazo hacia el mundo y todos sus mecanismos. El mundo

material es malo. La vida es un valle de lágrimas, la felicidad y la liberación del

duro trabajo sólo se encuentran en la muerte. El alma se libera de su prisión

corporal y se libera.

En todos los períodos de declive social, los hombres y las mujeres tienen

dos opciones: se enfrentan a la realidad y luchan por transformarla o aceptan

que no hay salida y se resignan ante su destino. Estas dos perspectivas

contrapuestas son el reflejo inevitable de dos filosofías antagónicas: el

materialismo y el idealismo. Si deseamos cambiar el mundo, es necesario

comprenderlo. Debemos mirar a la realidad, el alegre optimismo de los

primeros materialistas griegos era característico de esta visión del mundo.

Primero querían conocer para después transformarlo todo. La ruptura del viejo

orden, el surgimiento de la esclavitud y un sentido general de inseguridad

llevaron al pesimismo y la introversión. Ante la ausencia de una alternativa

clara, ganó terreno la tendencia a buscar una salida fuera de la realidad y a

buscar la salvación individual en el misticismo. Las clases más bajas fijaron la

vista en los cultos misteriosos, Demeter, dios del trigo, Dionisio, dios del vino, y

más tarde el culto a Orfeo. Las clases superiores tampoco eran inmunes a los

problemas de la época. Eran períodos agitados, las ciudades prósperas se

podían ver reducidas a cenizas de la noche a la mañana y sus ciudadanos

asesinados o vendidos como esclavos.

La ciudad de Síbaris era una poderosa rival comercial de Crotona y era

reconocida por su lujo y abundancia. Las clases más altas poseían tanta riqueza

que se narraban todo tipo grandes historias sobre el estilo de vida de los

“sibaritas”. Un ejemplo típico era aquel joven sibarita que al acostarse se quejó

por que un pétalo de rosa le arrugaba la cama. Se decía que conducían el vino

desde el muelle a través de cañerías. Dejando a un lado el elemento de

exageración, está claro que era una ciudad muy próspera donde los ricos vivían

una vida de gran lujo. Sin embargo, el aumento de las desigualdades sociales

provocó una feroz lucha de clases.

Fue un período en el que se intensificó enormemente la división del

trabajo, acompañada por el rápido crecimiento de la esclavitud y el abismo cada

vez mayor entre ricos y pobres. Los barrios industriales y residenciales estaban

separados. Pero los altos muros y los guardas no salvaron a los ricos

ciudadanos de Síbaris. Como en otras ciudades-estado, estalló una revolución,

el “tirano” Telys, llegó al poder con el apoyo de las masas. Esto daría a Crotona

la excusa para declarar la guerra a su rival, en un momento en que ésta se

encontraba debilitada por las divisiones internas, después de setenta días de

campañas la ciudad cayó en sus manos. “La destruyeron totalmente, cambiando

el curso del río, mientras los supervivientes se dispersaban, en su mayor parte

hacia la costa oriental. La barbarie de esta guerra es más fácil comprenderla

cuando se ve como una guerra de clases”. (A. R. Burn. Op. cit.).

Es en este contexto, donde debemos situar el ascenso de la escuela

pitagórica de filosofía. Como en el período de declive del Imperio Romano, un

sector de la clase dominante era presa de un sentimiento de ansiedad, temor y

perplejidad. Los antiguos dioses no ofrecían consuelo o esperanza de

distribución, tanto al rico como al pobre. Incluso las cosas buenas de la vida

perdían parte de su atractivo para los hombres y mujeres que se veían sentados

al borde del abismo. En estas condiciones de inseguridad general, donde los

estados más fuertes y prósperos podían caer derrocados en un breve espacio de

tiempo, las doctrinas de Pitágoras sintonizaron con un sector de la clase

dominante, a pesar de su carácter ascético o quizá debido al mismo. La

naturaleza esotérica o intelectual de este movimiento no tenía atractivo para las

masas que seguían ampliamente el culto Orfico.

 

La escuela de Pitágoras

 

Es más acertado hablar de la escuela antes que de su fundador, por que es

difícil desenmarañar la filosofía de Pitágoras de los mitos y oscurantismo de sus

seguidores. No han perdurado fragmentos escritos por él, incluso se duda de la

propia existencia de Pitágoras. A pesar de todo su escuela caló profundamente

en el pensamiento griego.

Se dice que Pitágoras era originario de la isla de Samos, una próspera

potencia comercial similar a Miletos. Polícrates, su dictador local (“tirano”),

derrocó a la aristocracia agrícola y gobernaba con el apoyo de la clase comercial.

El historiador Herodotos decía de él que robaba indiscriminadamente a todos

los hombres y que sus amigos le estaban muy agradecido si les devolvía la

propiedad que les había robado. Parece ser que en su juventud Pitágoras trabajó

como un Ohilo-Sophos (amante de la sabiduría) bajo el mecenazgo de

Polícrates. Viajó a Egipto, donde parece ser se inició en una casta sacerdotal

egipcia. En el año 530 a. C., huyó a Crotona, en el sur de Italia, para escapar de

la lucha civil y la amenaza de los persas en Jonia.

La exuberancia del mito y la fábula hacen casi imposible decir con certeza

algo sobre el hombre. Su escuela fue una extraordinaria mezcla de investigación

matemática y científica, y de secta religioso-monástica. La comunidad se regía

con normas monásticas, con estrictas reglas que incluían entre otras cosas no

comer alubias; no recoger lo que se había caído; no remover el fuego con hierro;

no pasar sobre un travesaño, etc., La meta era escapar del mundo, buscar la

salvación en una vida pacífica dedicada a la contemplación basada en las

matemáticas, a éstas últimas los pitagóricos las atribuían cualidades místicas.

Probablemente tuviesen influencias orientales ya que los pitagóricos también

creían en la transmigración de las almas.

En contraste con la alegre mundanería de los materialistas jonios, en los

pitagóricos encontramos todos los elementos de la visión idealista del mundo

que posteriormente desarrolló Platón, posteriormente apropiada por la

Cristiandad y que paralizó durante muchos siglos el desarrollo del espíritu de

investigación científica. El espíritu de esta ideología lo expresa acertadamente

B. Russell:

“Somos extraños en este mundo, el cuerpo es la tumba del alma, y

sin embargo, no debemos intentar escaparnos por el suicidio: porque

somos rebaño de Dios que es nuestro pastor, y sin su mandato no tenemos

derecho a desaparecer. En esta vida, hay tres clases de hombres, lo mismo

que hay tres clases de personas que van a los Juegos Olímpicos. La más

baja es la que va a comprar y vender, la segunda la que va a tomar parte

de la competencia. Pero los mejores son los que solamente van a

contemplar. La mas grande purificación es por tanto la ciencia

desinteresada, y el hombre que se dedica a ella, el verdadero filósofo, el

que se libera más eficazmente de la “rueda del nacimiento”. (Russell, op.

Cit. P. 70).

Esta filosofía, con sus fuertes tonos elitistas y monásticos, tuvo mucho

influencia entre las clases ricas de Crotona, aunque no renunciaron a comer

alubias u otras cosas. El hilo común es la separación radical del alma y el

cuerpo. Esta idea hunde sus raíces en una concepción prehistórica del lugar que

ocupa el hombre en la naturaleza, y a lo largo de la historia ha presentado

diferentes formas. Volvió a resurgir en uno los tratados hipocráticos:

“Cuando el cuerpo está despierto, el alma no es su propia señora,

sino que sirve al cuerpo, su atención se divide entre los diferentes sentidos

corporales, ‘vista, oído, tacto, despertar y todas las acciones corporales’,

que privan a la mente de su independencia. Pero cuando el cuerpo está en

reposo, el alma despierta, se agita y mantiene su propia casa y realiza por

sí misma todas las actividades del cuerpo. En el sueño, el cuerpo no siente,

pero el alma despierta sabe todo, ve lo que tiene que ser visto, oye lo que

tiene que ser oído, anda, toca, se aflige, recuerda, en una palabra, todas las

funciones del cuerpo y del alma, del mismo modo que el alma las

interpreta en el sueño. Por lo tanto, aquel que sabe interpretarlo es muy

sabio”.

En contraste con los filósofos materialistas jonios que volvieron la espalda,

deliberadamente, a la religión y la mitología, los pitagóricos tomaron la idea del

misterioso culto órfico, éste creía que el alma podría liberarse del cuerpo a

través del “éxtasis” (la palabra ektasis significa “apartarse”). Sólo cuando el

alma deja la prisión corporal puede expresar su verdadera naturaleza. La

muerte era vida y la vida era muerte. Desde su principio el idealismo filosófico,

junto con su gemela, la religión, representó una retroversión de la verdadera

relación entre el pensamiento y el ser, el hombre y la naturaleza, las personas y

las cosas, retroversión que ha persistido hasta la actualidad, de una forma u

otra, con resultados muy perniciosos.

 

La doctrina pitagórica

 

A pesar de su carácter místico, la doctrina pitagórica supone un paso

adelante en el desarrollo de la filosofía. No nos debe extrañar. En la evolución

del pensamiento humano hay muchos ejemplos de la búsqueda de metas

irracionales y acientíficas que han hecho avanzar la causa de la ciencia. Durante

siglos los alquimistas se esforzaron, infructuosamente, en descubrir la “piedra

filosofal”. Esta busqueda terminó en fracaso, sin embargo, en este proceso

consiguieron hacer descubrimientos muy importantes, sobre todo en el terreno

de la experimentación, sentarían las bases para el posterior desarrollo de la

ciencia moderna y, en especial, la química.

La tendencia filosófica jonia estuvo caracterizada por el intento de

generalizar a partir de la experiencia del mundo real. Pitágoras y sus seguidores

intentaron comprender la naturaleza de las cosas a través de un camino

diferente. Schwegler lo relata de la siguiente forma:

“Nos encontramos ante la misma abstracción, pero a un nivel

superior, cuando se aparta la mirada de la concreción sensorial de la

materia; cuando la atención ya no está en el aspecto cualitativo de la

materia, como el agua, aire, etc., sino en su medida y relaciones

cuantitativas; cuando la reflexión no se dirige a lo material, sino la forma y

el orden que ocupan las cosas en el espacio”. (Schwegler, History of

Philosophy. P. 11).

El progreso del pensamiento humano está estrechamente ligado a la

capacidad de hacer abstracciones de la realidad, a la capacidad de extraer

conclusiones a partir de una multitud de detalles. La realidad tiene muchas

caras, y por tanto es posible interpretarla de muchas formas diferentes,

reflejando éste o aquél elemento de la verdad. En la historia de la filosofía

hemos visto con mucha frecuencia a grandes pensadores que se han aferrado a

un solo aspecto de la realidad, lo han elevado al rango de verdad absoluta y

final y sólo consigue desaparecer con la siguiente generación de pensadores,

quienes a su vez repiten el mismo proceso. Sin embargo, el auge o declive de las

grandes escuelas filosóficas y teorías científicas representa el desarrollo y

enriquecimiento del pensamiento humano a través de un proceso interminable

de aproximaciones sucesivas.

Los pitagóricos se acercaban al mundo desde el punto de vista del número

y de las relaciones cuantitativas. Para Pitágoras “todas las cosas son números”.

Esta idea estaba ligada a la búsqueda de la armonía subyacente del universo.

Creían que el número era el elemento a través del cual se desarrollaban todas

las cosas. A pesar del elemento místico, lograron descubrimientos importantes

que estimularon el desarrollo de las matemáticas, y en especial, el desarrollo de

la geometría. Inventaron el término impar, los números impares podían incluso

ser masculinos y femeninos. Las mujeres no eran admitidas en la comunidad,

debido a la naturaleza de los números impares les confirieron un carácter

divino e incluso existían número ¡terrenales! De los pitagóricos también

proceden el cuadrado y el cubo de los números, descubrieron la progresión

armónica de la escala musical, el largo de una cuerda y el tono de su nota

vibrante.

Los pitagóricos no pusieron en práctica sus ideas, sólo estaban interesados

en lo puramente geométrico, abstracto y místico. Aún así, tuvieron una gran

influencia en el pensamiento filosófico posterior. La mística de las matemáticas

es similar a una materia esotérica, inaccesible para los mortales corrientes, y ha

perdurado hasta nuestros días. Se transmitió a través de la filosofía de Platón,

quien a la entrada de su escuela puso la siguiente inscripción: “Nadie que

ignore la geometría puede entrar aquí”.

“’La cosmología de los Pitagóricos’, escribe el profesor Farrington, ‘es

muy curiosa e importante. Al contrario que los jonios, trataron de describir

el universo en términos del comportamiento de determinados elementos

materiales y procesos físicos. Lo describieron casi exclusivamente en

términos numéricos. Los números constituían la parte fundamental de la

que estaba compuesta su mundo. Llamaron al punto Uno, a la línea Dos, a

la superficie Tres y al sólido Cuatro, según el número mínimo de puntos

necesario para definir cada una de estas dimensiones”.

“Incluso en las matemáticas es muy evidente el elemento místico. Los

pitagóricos relacionaban la inmortalidad del alma con las eternas formas

de los números, atribuyéndole particularmente al número 10 = 1 + 2 + 3 +

4. El universo, según ellos, está hecho solamente de números. Esta forma

de idealismo extremado se relaciona con la magia cabalística de los

números, invocada todavía en la trinidad, los cuatro evangelistas, los siete

pecados capitales y el número de la bestia apocalíptica. También está

patente en la moderna física matemática cuando sus adeptos intentan

hacer de Dios el matemático supremo” (J. D. Bernal, Op. Cit.pág. 151).

La historia de la ciencia se caracteriza por un feroz partidismo que a veces

raya el fanatismo, en muchas ocasiones se ha visto en la defensa de escuelas de

pensamiento, a las que se presentan como portadoras de la verdad absoluta y la

cima del conocimiento humano hasta ese momento. Sólo el desarrollo de la

propia ciencia puede revelar las limitaciones y contradicciones internas de una

teoría determinada, negada después por su contraria, a su vez negada otra vez,

y así en una sucesión infinita. Este proceso es precisamente la dialéctica de la

historia de la ciencia, que durante siglos caminó al unísono con la historia de la

filosofía, y al principio, en la práctica, a penas se diferenciaban.

 

Todas las cosas son números

 

El desarrollo del aspecto cuantitativo de la investigación natural tuvo sin

duda una importancia crucial. Sin él, la ciencia habría seguido hundida en

meras generalidades y no habría podido avanzar más. Cada vez que consigue

dar un paso adelante aparece una tendencia inevitable a lanzar proclamas

exageradas en nombre de ella. Sobre todo allí donde la ciencia aún se

entremezclaba con la religión.

Los pitagóricos veían en el número “relaciones cuantitativas” y la esencia

de todas las cosas. “Todas las cosas son números”. Es verdad que es posible

explicar muchos fenómenos naturales en términos matemáticos. Pero incluso

los modelos matemáticos más avanzados son sólo aproximaciones al mundo

real. Ya hace tiempo que es evidente la insuficiencia de este tipo de

aproximación cuantitativa. Hegel era un idealista convencido y un matemático

formidable, por lo tanto, se podría haber esperado de él entusiasmo hacia la

escuela pitagórica, pero ocurrió todo lo contrario. Hegel despreciaba el hecho

de reducir el mundo a simples relaciones cuantitativas.

Desde los tiempos de Pitágoras se han hecho las afirmaciones más

extravagantes en nombre de las matemáticas, se las presentan como la reina de

las ciencias, la llave mágica que abre todas las puertas del universo. Liberadas

de todo contacto con la tosca realidad material, las matemáticas parece que se

elevaran a los cielos y allí adquirieran una existencia cuasi divina, sin obedecer

a ninguna regla, salvo a sí mismas. El gran matemático Henri Poincar, en los

primeros años de este siglo, decía que las leyes de la ciencia no guardaban

relación con el mundo real, que representaban convenciones arbitrarias

destinadas a describir un fenómeno determinado de la forma más conveniente

y “útil”. Ahora muchos físicos afirman abiertamente que la validez de sus

modelos matemáticos no dependen de la verificación empírica, sino de las

cualidades estéticas de sus ecuaciones.

Las teorías matemáticas, por un lado, fueron fuente de tremendos avances

científicos y por otro, origen de numerosos errores y malinterpretaciones que

han tenido, y tienen, consecuencias profundamente negativas. El error

fundamental es intentar reducir el funcionamiento complejo, dinámico y

contradictorio de la naturaleza a algo estático, a simples y ordenadas fórmulas

cuantitativas. Empezando por los pitagóricos, se presenta a la naturaleza de

una manera formalista, como un punto unidimensional que se convierte en

línea, que se convierte en un plano, un cubo, una esfera, etc. A simple vista, el

mundo de las matemáticas puras es un pensamiento absoluto, sin ningún

contacto con las cosas materiales. Pero como señaló Engels, esta presunción está

muy alejada de la realidad. Utilizamos el sistema decimal, no por una

deducción lógica o por la “libre voluntad”, sino porque tenemos diez dedos. La

palabra “digital” proviene de la palabra latina que designa a los dedos. Hoy en

día, un escolar contará en secreto con sus dedos materiales por debajo del

pupitre, antes de llegar a la respuesta de un problema matemático abstracto. El

niño inconscientemente refleja la forma en que los primeros humanos

aprendieron a contar.

Los orígenes materiales de las abstracciones matemáticas no eran un

secreto para Aristóteles:

“Los matemáticos investigan abstracciones. Eliminan todas las

cualidades razonables como el peso, la densidad, la temperatura, etc.,

dejan sólo las cualidades cuantitativas (una, dos ó tres dimensiones) y sus

atributos esenciales (...) Los objetos matemáticos no pueden existir aparte

de las cosas sensibles (por ejemplo lo material) (...). No tenemos

experiencia de nada que consista en líneas, planos o puntos, y deberíamos

tenerlas si estas cosas fueran sustancias materiales, líneas, etc., Podría ser

importante una definición para el cuerpo, pero no tan importante como

para la sustancia”. (Aristóteles. Metafísica. Madrid. Espasa Calpe. 1979. p.

120-251-253)

El desarrollo de las matemáticas es el resultado de las propias necesidades

materiales humanas. El primer hombre al principio tenía sólo diez números,

precisamente porque contaba, como lo hace un niño pequeño con sus dedos. La

excepción fueron los mayas de América Central que tenían un sistema

numérico basado en el veinte y no en en el diez, con toda probabilidad esto se

debía a que contaban con los dedos del pie y la mano. El primer hombre, vivía

en una sociedad cazadora y recolectora, sin dinero o propiedad privada, no

tenía necesidad de grandes números. Para expresar un número mayor que diez,

simplemente combinaba algunos de los diez sonidos relacionados con sus

dedos. De esta forma, uno más que diez es expresado por “uno-diez”,

(undécimo en Latín o ein-lifon en teutónico), se convierte en once en el inglés

moderno. Los demás números son sólo combinaciones de los diez sonidos

originales, con la excepción de cinco añadidos:cien, mil, millón, billón y trillón.

El gran filósofo materialista inglés del siglo XVII, Thomas Hobbes,

comprendió el auténtico origen de los números: “Hubo un tiempo en que no se

utilizaban los nombres de los números, y los hombres utilizaban los dedos de

una o de ambas manos para contar aquellas cosas de las que deseaban llevar la

cuenta, ahora en cualquier país nuestras palabras numerales son diez y en

algunos cinco”. (Hobbes. Del ciudadano y Leviatán. Madrid. Editorial Tecnos.

1999. p. 14. ).

“Sólo porque el hombre primitivo inventó el mismo número de sonidos

numerales como dedos tenía su mano, hoy nuestra escala numeral es decimal,

es decir, una escala basada en diez, y que consiste en repeticiones interminables

de los primeros diez sonidos básicos numerales. Si los hombres hubieran tenido

doce dedos, en vez de diez, sin duda tendríamos hoy una escala numeral

dúodecimal, basada en el doce, y consistente en repeticiones interminables de

los doce sonidos numerales básicos”. (A. Hooper. Makers of Mathematics. p. 4-

5. En la edición inglesa). El sistema duodecimal tiene ciertas ventajas en

comparación con el decimal, ya que diez sólo puede ser dividido exactamente

entre dos y cinco, mientras el doce puede ser dividido exactamente entre dos,

tres, cuatro y seis.

Los números romanos son representaciones pictóricas de los dedos.

Probablemente el símbolo del cinco represente el hueco entre el pulgar y el

resto de los dedos. La palabra “cálculo” (de la que deriva “calcular”) significa

en latín, “guijarro”, está relacionada con el método de contar abalorios de

piedra en un ábaco. Estos y otros incontables ejemplos sirven para ilustrar que

las matemáticas no derivan de una operación de la mente humana, sino que es

el producto de un largo proceso de evolución social -tantear, observar y

experimentar-, que poco a poco se va separando como un cuerpo

independiente del conocimiento y adquiere un carácter abstracto.

Del mismo modo, nuestros sistemas actuales de peso y medida derivan de

objetos materiales. El origen de la unidad inglesa de medida, “pie”, es evidente,

igual que la palabra española “pulgada”, que significa un pulgar. El origen de

los símbolos matemáticos más básicos + y – no tienen nada que ver con las

matemáticas, eran los signos utilizados en la Edad Media por los comerciantes

para calcular el exceso o defecto de cantidades de mercancías en los almacenes.

La necesidad de construir viviendas para protegerse de los elementos

obligó al hombre primitivo a encontrar la manera mejor y más práctica de cortar

madera, y con ello el descubrimiento del ángulo recto y la escuadra de

carpintero. La necesidad de construir una casa a nivel del suelo llevó a la

invención de todo tipo de instrumentos de nivelado y que se han encontrado en

las tumbas egipcias y romanas, y que consistían en tres piezas de madera

unidas en un triángulo isósceles con una cuerda atada al vértice. Estas simples

herramientas fueron utilizadas en la construcción de las pirámides. Los

sacerdotes egipcios acumularon una gran cantidad de conocimiento derivado

de la práctica.

La palabra “geometría” delata también sus orígenes prácticos. Significa

“medida de la tierra”. La virtud de los griegos fue proporcionar una expresión

teórica a estos descubrimientos. Pero al presentar sus teoremas como un

producto puro de la deducción lógica, se engañaron a sí mismos y también a las

futuras generaciones.

Las matemáticas surgen de la realidad material, y si éste no fuera el caso

no tendrían aplicación. Incluso el famoso teorema de Pitágoras, conocido por

cualquier escolar, en el triángulo rectángulo, la suma de los cuadrados de los

dos catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa, este teorema fue puesto en

práctica por los egipcios.

Los pitagóricos rompieron con la tradición materialista jonia que

generalizaba a partir de la experiencia del mundo real, los pitagóricos

afirmaban que las más altas verdades de las matemáticas no podían derivar del

mundo de la experiencia sensorial, sino sólo del trabajo de la razón pura, a

través de la deducción. Empezando por ciertos puntos fundamentales, que hay

que tomarlos por verdad, el filósofo razonaba a través de una serie de etapas

lógicas hasta llegar a una conclusión, utilizando sólo hechos que están de

acuerdo con los primeros principios, o que se deriven de ellos. Esto era

conocido como razonamiento a priori, de la frase latina que significa: “lo que

viene primero”.

Utilizando la deducción y el razonamiento a priori, los pitagóricos

intentaron establecer un modelo de universo basado en las formas perfectas y

gobernado por la armonía divina. El problema es que las formas del mundo real

son cualquier cosa menos perfectas. Por ejemplo, pensaban que los cuerpos

celestiales eran esferas perfectas que se movían en círculos perfectos. Esto fue

un avance revolucionario para su tiempo, pero ninguna de estas afirmaciones

era correcta. El intento de imponer una armonía perfecta al universo, y de esta

forma liberarlo de la contradicción, colapsó incluso en términos matemáticos.

Las contradicciones internas comenzaron a salir a la superficie y llevaron la

escuela pitagórica a la crisis.

A mediados del siglo V, Hipio de Metapontum, descubrió que las

relaciones cuantitativas entre el lado y la diagonal de figuras simples, como el

cuadrado y el pentágono regular no se podían medir, es decir, no se pueden

expresar como una razón de un número, no importa lo grande que sea. La raíz

cuadrada de dos no se puede expresar en ningún número. Es lo que los

matemáticos llaman número irracional. Este descubrimiento hundió la teoría en

la confusión. Hiterto, el pitagórico, pensaba que el mundo estaba construido

por puntos con magnitud. Aunque no era posible decir de cuantos puntos

constaba una línea determinada, si suponía que era un número finito. Ahora

bien, si la diagonal y el lado son inconmensurables, entonces las líneas son

divisibles infinitamente y los pequeños puntos de los que está formado el

universo no existen.

Desde este momento, la escuela pitagórica entró en declive. Se dividió en

dos facciones rivales, uno de las cuales se hundió en las especulaciones

matemáticas más oscuras, la otra intentó superar la contradicción mediante

ingeniosas innovaciones matemáticas que establecieron las bases para el

desarrollo de las ciencias cuantitativas.

 

Capítulo II

 

Los primeros dialécticos

 

Hoy, más de cien años después de Darwin, en general, se acepta la idea de

que todo cambia. Pero no siempre fue así. La teoría de la evolución y de la

selección natural tuvo que librar una larga y amarga batalla contra los

defensores de la concepción bíblica, que sostenía que todas las especies fueron

creadas por Dios en siete días, y que éstas eran fijas e inmutables. Durante

muchos siglos la Iglesia dominó la ciencia e impuso la idea de que la tierra era

el centro del universo. Aquellos que no estaban de acuerdo eran quemados en

la hoguera.

Incluso hoy en día, la idea del cambio se entiende de una forma superficial

y parcial. Se interpreta la evolución como un cambio lento y gradual que

excluye los saltos repentinos. Se presupone que en la naturaleza no existen las

contradicciones y allí donde surgen, el pensamiento humano las atribuye a un

error subjetivo. Pero las contradicciones abundan en todos los niveles de la

naturaleza y conforman la base del movimiento y el cambio. Los primeros

pensadores sí comprendieron este proceso que ya se puede encontrar en la

filosofía budista. También es el eje central de la antigua noción china del ying y

el yang. En el siglo IV a. C, Hui Shih escribió las siguientes líneas:

“El cielo está al mismo nivel que la tierra; las montañas están al

mismo nivel que los pantanos.

El sol está exactamente en el mediodía; todas las criaturas están

moribundas”.

(G. Thomshon. The First Philosophers. P. 69).

Veamos también los siguientes fragmentos escritos por el fundador de la

filosofía dialéctica griega, Heráclito (544-484 a. C.):

“El fuego vive de la muerte del aire y el aire vive de la muerte del

fuego; El agua vive de la muerte de la tierra y la tierra vive de la muerte

del agua”.

Para nosotros es vivir y morir, dormir y despertar, ser joven y viejo; a

todo cambio le sucede otro”.

“Paramos y no pasamos el mismo río; estamos y no estamos”.

Con Heráclito las contradictorias afirmaciones de los filósofos jonios

adquieren una expresión dialéctica. “Aquí vemos tierra. No hay proposición de

Heráclito que no haya adoptado en mi Lógica” (Hegel. History of Philosophy.

Vol. I. p. 279. En la edición inglesa).

Pese a su importancia sólo han llegado a nosotros 130 fragmentos de la

filosofía de Heráclito, escritos además con un estilo aforístico bastante difíciles

de leer. A Heráclito se le conocía por “el oscuro”, debido a la oscuridad de sus

escritos. Parece que eligiera deliberadamente que su filosofía fuera inaccesible.

Sócrates comentó irónicamente: “en todo lo que comprendía era excelente, en lo

que no creía lo era igualmente, pero el libro requería un nadador resistente”.

(Schwegler, op. cit. p.20).

Engels, en el Anti-Dühring hace la siguiente apreciación de la perspectiva

dialéctica que tiene Heráclito del mundo:

“Cuando sometemos a la consideración del pensamiento la

naturaleza o la historia humana, o nuestra propia actividad espiritual, se

nos ofrece por de pronto la estampa de un infinito entrelazamiento de

conexiones e interacciones, en el cual nada permanece siendo lo que era, ni

como era ni donde era, sino que todo se mueve, se transforma, deviene y

perece. Esta concepción del mundo, primaria e ingenua, pero correcta en

cuanto a la causa, es la de la antigua filosofía griega, y ha sido claramente

formulada por vez primera por Heráclito: todo esto y no es, pues todo

fluye, se encuentra en constante modificación, sumido en constante

devenir y perecer” (Engels. Anti-Dühring; Barcelona. Editorial

Crítica.1977. p. 20).

Heráclito vivió en Efeso, en medio del violento siglo V a. C., un período de

guerra y lucha civil. Se sabe poco de su vida, excepto que procedía de una

familia aristocrática. La naturaleza del período en el que vivió se refleja en uno

de sus fragmentos: “La guerra es el padre de todo y el rey de todas las cosas; a

algunos ha hecho Dioses y a otros hombres; a algunos esclavos y a otros libres”.

(Los fragmentos que aquí se citan proceden de la edición Baywater,

reproducida en Early greek philosophers de Burnet). Heráclito aquí no hace

referencia a la guerra en la sociedad humana, sino al papel de la contradicción

interna en todos los niveles de la naturaleza, por eso la mejor traducción es

“lucha”. Según Heráclito “debemos darnos cuenta que la guerra es común a

todos, la lucha es justicia, que todas las cosas nacen y mueren a través de la

lucha”. Todas las cosas contienen la contradicción que impulsa su desarrollo.

Sin contradicción no existiría movimiento ni vida.

Heráclito fue el primero en plantear la unidad de contrarios. Los

pitagóricos elaboraron una tabla de diez antítesis:

1) Los finito y lo infinito

2) Lo impar y lo par

3) El uno y lo mucho

4) La derecha y la izquierda

5) Lo masculino y lo femenino

6) Lo móvil y lo inmóvil

7) Lo recto y lo tortuoso

8) Luz y oscuridad

9) Bueno y malo

10) El cuadrado y el paralelogramo

Estos conceptos son importantes pero los pitagóricos no los desarrollaron,

se conformaban con su simple enumeración. Los pitagóricos defendían la unión

de contrarios a través de un “significado” y así se eliminaba la contradicción,

buscaban el término medio. Para responder a la interpretación pitagórica

Heráclito utiliza una imagen aún más asombrosa y bella.

“El hombre no sabe lo que concuerda con sí mismo. Es una serie de

armoniosas tensiones contradictorias entre sí, como el arco y la lira. En la

contradicción se encuentra el fundamento de todo. El deseo de eliminar la

contradicción en realidad presupondría la eliminación de todo

movimiento y vida, por eso ‘Homero se equivocó al afirmar: ‘¡Si la lucha

entre dioses y hombres pereciera!’. No comprendía que estaba rezando

por la destrucción del universo; porque si se hubiera escuchado su rezo,

todas las cosas habrían perecido...”.

Estos pensamientos eran profundos pero chocaban con la experiencia

cotidiana y con el “sentido común”. ¿Cómo una cosa puede ser y no ser al

mismo tiempo? ¿Cómo puede una cosa vivir y morir al mismo tiempo?

Heráclito se burlaba de estos argumentos:

“De sabios es escuchar, no a mi, sino a mi Palabra, y confesar que

todas las cosas son una”... “Aunque esta Palabra es verdad eternamente,

todavía el hombre es incapaz de comprenderla cuando la escucha por

primera vez”... “Aunque todas las cosas llegan a pasar según esta palabra,

el hombre parece que no tuviera experiencia en ella, cuando hacen juicios

de palabras y escritura como yo hago, dividen cada cosa según su clase y

muestran fielmente lo que es”... “Pero otros hombres no saben lo que

hacen cuando despiertan y olvidan que estaban dormidos”... “Locos

cuando escuchan como los sordos; de ellos se dice son testigos por que

están ausentes cuando están presentes”... “Los ojos y los oídos son malos

testigos para los hombres si tienen almas que comprenden su lenguaje”...

¿Qué quieren decir estas palabras?. En griego palabra se dice “logos” y de

ella deriva la lógica. A pesar de su apariencia mística, el comentario de

Heráclito es un llamamiento a la objetividad racional. No me escuchen a mí,

dice Heráclito, sino a las leyes objetivas de la naturaleza que él describe. Este es

el significado esencial: Y “¿todas las cosas son una?”. En la historia de la

filosofía hay dos formas de interpretar la realidad: como una única sustancia

que se expresa de formas diferentes (monismo, de la palabra griega que

significa simple); o como dos sustancias totalmente diferentes, espíritu y

materia (conocido como dualismo). Los primeros filósofos griegos eran

materialistas monistas. Posteriormente, los pitagóricos adoptaron el dualismo,

que supuestamente se basaba en la existencia de un abismo insalvable entre la

mente (el espíritu) y la materia. Este es el sello de todo idealismo y hunde sus

raíces en las supersticiones primitivas de los salvajes que creían que durante el

sueño el alma abandonaba el cuerpo.

El pasaje de arriba es una polémica contra el dualismo filosófico de los

pitagóricos, Heráclito defendía la visión del antiguo monismo jonio existe

una unidad material subyacente a la naturaleza. El universo no se creó,

siempre ha existido, a través de un continuo proceso de flujo y cambio, a través

de él las cosas se transforman en su contrario, la causa se convierte en efecto y el

efecto en causa. La contradicción es la base de todo. Para alcanzar la verdad es

necesario ir más allá de las apariencias y tener en cuenta las tendencias

contradictorias internas de un fenómeno concreto y así poder comprender sus

fuerzas motrices internas.

La inteligencia común, por su parte, se conforma con la realidad que le

muestra el sentido de percepción y acepta los “hechos” sin más. Pero esta

percepción, en el mejor de los casos, es limitada y puede ser una fuente de

interminables errores. Por ejemplo, “para el ‘sentido común’ el mundo es plano

y el sol gira alrededor de la tierra. La verdadera naturaleza de las cosas no

siempre es evidente. Como señala Heráclito “a la naturaleza le gusta ocultarse”.

Para alcanzar la verdad es necesario saber como interpretar la información que

llega a nuestros sentidos. “Si no esperas lo inesperado no lo encontrarás”. “Los

que buscan oro para encontrar un poco tendrán que remover mucha arena”.

La filosofía de Heráclito se basa en la idea de que “todo fluye”. “No

puedes pasar dos veces el mismo río; sus aguas frescas están pasando siempre

ante tí”. Esta visión del universo era dinámica, todo lo contrario a la concepción

idealista y estática de los pitagóricos. Heráclito busca la sustancia material que

sustenta el universo, sigue los pasos de Tales y Anaxímenes y elige el elemento

más fugaz y esquivo, el fuego.

Para la mente común es difícil aceptar que todo se encuentra en un estado

de constante flujo, que no hay nada fijo y permanente, excepto, el movimiento y

el cambio. El pensamiento humano, en general, es innatamente conservador. El

deseo de asirse a algo sólido, concreto y seguro se encuentra arraigado en un

instinto profundo, similar al instinto de conservación. La esperanza de

encontrar una vida después de la muerte, la creencia en un alma inmortal, es

fruto del rechazo a creer que todas las cosas tienen un: “panda rhei” (todo

fluye). El hombre, tercamente, busca alcanzar la libertad negando las leyes de la

naturaleza, inventándose privilegios imaginarios. La verdadera libertad -como

explicó Hegel-, consiste en la comprensión correcta de estas leyes y actuar en

consecuencia. La gran aportación de Heráclito fue que por primera vez elaboró

una perspectiva dialéctica del mundo.

La filosofía de Heráclito, incluso en vida, fue recibida con gran

incredulidad y hostilidad. Heráclito cambió la concepción, no sólo de la religión

y de la tradición, también de la mentalidad y el “sentido común” que no ve más

allá de sus narices. En los 2.500 años siguientes, se ha intentado refutarla una y

otra vez:

“La ciencia como la filosofía, ha intentado evadirse de la doctrina del

flujo perpetuo, encontrando un substrato permanente en medio de los

fenómenos cambiantes. La química parecía cumplir este deseo. Se vio que

el fuego, aparentemente destructor, solamente transforma: los elementos

se combinan nuevamente, pero cada átomo que existía antes de la

combustión existe aún cuando el proceso se realiza. Por consiguiente, se

supuso que los átomos eran indestructibles y que todo cambio en el

mundo físico consiste meramente en una nueva disposición de elementos

persistentes. Esta idea predominó hasta que el descubrimiento de la

radiactividad hizo ver que los átomos podían desintegrarse.

Sin darse por vencidos, los físicos inventaron unidades nuevas, más

pequeñas, llamadas electrones y protones, de los cuales se componen los

átomos, y durante años se supuso que estas unidades poseían la

indestructibilidad antes atribuida a los átomos. Desgraciadamente, parecía

que los protones y electrones podían chocar y estallar, formando no una

sustancia nueva sino una onda de energía que se extiende por el universo

con la velocidad de la luz. La energía tenía que sustituir a la sustancia

respecto a la permanencia. Pero la energía distinta a la sustancia, no

representa el refinamiento de la noción vulgar de una cosa, es meramente

una característica de procesos físicos. Puede arbitrariamente identificarse

con el fuego de Heráclito, pero se trata de la acción de arder, no de la que

arde. “Lo que arde” ha desaparecido en la física moderna.

Pasando de lo pequeño a lo grande, la astronomía ya no admite que

se consideren los astros como duraderos. Los planetas proceden del Sol y

el Sol de una nebulosa. Ha durado y durará aún más, pero más pronto o

más tarde, probablemente dentro de un millón de millones de años,

estallará, destruyendo todos los planetas. Por lo menos así lo afirman los

astrónomos. Acaso, mientras se acerca el día fatal, encontrarán algún error

en sus cálculos”. (B. Russell. Op. Cit. p. 84-85)

 

Los eléatas

 

En la antigüedad se creía que la filosofía de Heráclito era una reacción

contra las ideas de Parménides (540-470 a. C.). Ahora la opinión predominante

es la contraria, la escuela eléata fue una reacción contra la filosofía de Heráclito.

Los eléatas intentaron refutar la idea de que “todo fluye” y afirmaron lo

contrario: nada cambia, el movimiento es sólo una ilusión. Estamos ante un

buen ejemplo del carácter dialéctico de la evolución del pensamiento humano y

de la historia de la filosofía en particular. Su desarrollo no sigue una línea recta,

se desarrolla a través de la contradicción, se propone una teoría y ésta a su vez

es negada por su contraria, hasta que de nuevo otra teoría la niega, y a veces, el

proceso regresa al punto de partida. Sin embargo, esta aparente regresión a las

viejas ideas no significa que el desarrollo intelectual sea un círculo cerrado.

Todo lo contrario, el proceso dialéctico nunca se repite de la misma forma, el

proceso científico de controversia, discusión y constante revisión de postulados,

a través de la observación y experimentación, ayudan a profundizar nuestra

comprensión y nos acercan a la verdad.

Elia (o Velia) era una colonia griega del sur de Italia fundada en el año 540

a. C. por emigrantes procedentes de la invasión persa de Jonia. Según la

tradición, la escuela eléata fue fundada por Xenófenes. Sin embargo, no está

clara su relación con la escuela, su contribución se vio eclipsada por sus más

destacados representantes, Parménides y Zenón (460 a. C.). Mientras que los

pitagóricos abstraían de la materia todas las cualidades excepto el número, los

eléatas dieron un paso más, llevaron el proceso a su extremo, establecieron una

concepción completamente abstracta del ser, lo despojaron de todas las

manifestaciones concretas, excepto su existencia desnuda. “Sólo es el ser; el no

ser (se convierte) no es”. Un ser puro, limitado, inmutable, sin características

distintivas, ésta es la esencia del pensamiento eléata.

Esta visión del universo está diseñada para eliminar todas las

contradicciones, toda la mutabilidad y todo el movimiento. Dentro de su marco

de referencia, es una filosofía consistente, sólo hay un problema, que entra

directamente en contradicción con toda la experiencia humana. Nada de esto

preocupó a Parménides. Si el entendimiento humano no puede comprender

esta idea, pues peor para el entendimiento humano. Zenón elaboró una famosa

serie de paradojas con la intención de demostrar la imposibilidad del

movimiento. Según la leyenda, Diógenes rebatió las ideas de Zenón

sencillamente andando por una habitación. Pero cuantas generaciones de

lógicos se han formado en las ideas de Zenón, ideas difíciles de resolver en

términos teóricos.

Hegel afirma que la intención real de Zenón no era negar la realidad del

movimiento, sino extraer la contradicción presente en el movimiento y la forma

en que se refleja en el pensamiento. En este sentido, paradójicamente, los eléatas

también eran filósofos dialécticos. Hegel intenta defender a Zenón de la crítica

de Aristóteles con las siguientes palabras:

“La cuestión no es que exista el movimiento; la existencia del

movimiento es sensorialmente tan cierta como que hay elefantes; Zenón

no niega el movimiento en este sentido. Zenón hace referencia a su

realidad. El movimiento, se considera incierto porque su concepción

supone una contradicción; lo que quiere decir es que no se puede predecir

el Ser verdadero” (Hegel. History of Philosophy. Vol. 1. p. 266. En la

edición inglesa).

Para contrarrestar el argumento de Zenón no basta demostrar la existencia

del movimiento como lo hizo Diógenes. Es necesario partir de sus premisas,

agotar el análisis del movimiento y llevarlo hasta sus últimas consecuencias,

hasta el punto en que se transforme en su contrario. Ese es el auténtico método

de razonamiento dialéctico, no basta con afirmar lo contrario y menos aún

recurrir a la caricatura. La realidad es que las paradojas de Zenón tienen bases

racionales y no se pueden resolver con el método de la lógica formal, sólo se

pueden resolver de una forma dialéctica.

 

“Aquiles el rápido”

 

Zenón “rechazaba” el movimiento. Decía que un cuerpo en movimiento

antes de alcanzar un punto concreto, debe primero haber recorrido la mitad de

la distancia. Y antes debería recorrer la mitad de esa mitad y así infinitamente.

De esta forma, cuando dos cuerpos están moviéndose en la misma dirección y

el de detrás se encuentra a una distancia fija del primero y se mueve a mayor

velocidad, se supone que este último superará al primero. Pero Zenón decía que

“el más rápido nunca podrá alcanzar al más lento”. Esta idea la expresó en la

famosa paradoja de ‘Aquiles el rápido’. Imaginemos una carrera entre Aquiles y

una tortuga. Supongamos que Aquiles puede correr diez veces más rápido que

la tortuga que lleva una ventaja de mil metros. En el tiempo que Aquiles recorre

mil metros, la tortuga se encontrará cien metros delante de Aquiles; cuando éste

haya recorrido otros cien metros, la tortuga estará un metro por delante; cuando

él haya cubierto esa distancia, la tortuga estará a una décima parte de un metro

por delante y así infinitamente.

Desde el punto de vista del sentido común cotidiano esto parece absurdo.

Es evidente que ¡Aquiles alcanzará a la tortuga! Aristóteles comentaba al

respecto que “esta prueba afirma la divisibilidad interminable, pero esto es

falso, el cuerpo rápido alcanzará al lento sí los límites establecidos lo permiten”.

Hegel cita estas palabras y comenta:

“Esta respuesta es correcta y contiene todo lo que se puede decir. En

esta representación hay dos períodos de tiempo y dos distancias,

separadas una de la otra: limitadas en relación la una a la otra” y después

añade: “cuando admitimos que ese tiempo y ese espacio están

relacionados uno con el otro como algo continuo, son dos, pero no dos

distintos sino idénticos”. (Hegel, op. Cit. p. 273).

Las paradojas de Zenón no demuestran que el movimiento sea una ilusión

o que Aquiles no alcance a la tortuga, pero sí revelan brillantemente los límites

del pensamiento conocido como lógica formal. El intento de eliminar toda la

contradicción de la realidad, como hicieron los eléatas, inevitablemente conduce

a esta clase de paradojas insolubles, o antimonio, como más tarde las denominó

Kant. Para demostrar que una línea no estaba formada por un número infinito

de puntos, Zenón decía que si esto fuera así, entonces Aquiles nunca alcanzaría

a la tortuga. Como explica Alfred Hooper:

“Esta paradoja todavía deja perplejo incluso a aquel que sabe que es

posible encontrar la suma de una serie infinita de números, con la

formación de una progresión geométrica con una razón menor a 1 y cuyos

términos se van haciendo más y más pequeños para “converger” en un

valor limitado”. (A. Hooper. Makers of Mathematics. P. 237. En la edición

inglesa).

Zenón descubrió una contradicción del pensamiento matemático y habría

que esperar aún dos mil años más para encontrar la solución. La contradicción

está relacionada con el uso del infinito. Desde Pitágoras al descubrimiento del

cálculo diferencial e integral en el siglo XVII, los matemáticos realizaron

grandes malabarismos para evitar el uso del concepto de infinito. Sólo el genial

Arquímedes se aproximó a la cuestión y lo evitó con la utilización de métodos

indirectos.

Los pitagóricos tropezaron con la raíz cuadrada de dos porque no podía

expresarse como un número perfecto. Inventaron formas ingeniosas para

realizar aproximaciones sucesivas. No importa lo lejos que llegue el proceso

porque nunca habrá una respuesta exacta. El resultado siempre es el camino

intermedio entre dos números. Según se va descendiendo en la lista, más cerca

se está del valor de la raíz cuadrada de dos. Pero este proceso de

aproximaciones sucesivas podría continuar indefinidamente, y no llegaríamos a

un resultado exacto que se pueda expresar como un número entero.

Los pitagóricos tuvieron que abandonar la concepción de una línea

formada por un número finito de puntos muy pequeños, y aceptaron la

existencia de una línea formada por un número infinito de puntos sin

dimensión. Parménides trató el tema desde una perspectiva diferente, propuso

que la línea era indivisible. Para demostrarlo Zenón intentó demostrar las

consecuencias absurdas que se derivan del concepto de divisibilidad infinita.

Siglos después, los matemáticos trabajaron con una idea más clara del infinito

-a partir de Kepler en el siglo XVII-, simplemente dejaron a un lado las

objeciones lógicas, utilizaron el infinito en sus cálculos y consiguieron

resultados extraordinarios.

Estas paradojas surgían cuando se trataba el problema de la continuidad.

Todos los intentos de resolver este problema a través de teoremas matemáticos,

como fue la teoría de series convergentes, sólo consiguieron crear nuevas

contradicciones. Al final, no se han podido refutar los argumentos de Zenón,

porque éstos se basan en una contradicción real que, desde el punto de vista de

la lógica formal, no se puede resolver. “Incluso los oscuros argumentos

presentados por Dedekind (1831-1916), Cantor (1845-1918) y Russell

(1872-1970) en su gran esfuerzo por resolver los problemas paradójicos del infinito

-guiados por nuestro concepto de “números”-, sólo han tenido como

resultado la creación de nuevas paradojas”. (Hooper, op.cit). El paso adelante

llegó en los siglos XVII y XVIII, cuando hombres como Kepler, Cavalieri, Pascal,

Wallis, Newton y Leibniz decidieron ignorar las numerosas dificultades

suscitadas por la lógica formal y se ocuparon de las cantidades infinitesimales.

Sin el uso del infinito la matemática moderna y la física, no existirían.

El problema esencial, el eje de las paradojas de Zenón, es la incapacidad de

la lógica formal de comprender el movimiento. La paradoja de Zenón de ‘la

flecha’, parte de la parábola trazada por una flecha en movimiento. En un cada

uno de los puntos concretos de su trayectoria, Zenón considera que la flecha

está quieta y por consiguiente se encuentra en reposo; pero la flecha llega a la

meta, por lo tanto sí está en movimiento. Pero una línea es formada por una

serie de puntos y en cada uno de estos puntos se encuentra la flecha, por lo

tanto el movimiento es una ilusión. Hegel dio la respuesta a esta paradoja.

La noción de movimiento necesariamente implica una contradicción. Si se

considera el movimiento de un cuerpo, por ejemplo la flecha de Zenón, desde

un punto a otro, una vez la flecha comienza a moverse ya no se encuentra en un

punto A, y al mismo tiempo, ya no se encuentra en el punto B. Entonces ¿donde

está? Afirmar que la flecha está “en el medio” es no decir nada, porque después

se encontrará en otro punto. “El movimiento implica estar y no estar en un

lugar y al mismo tiempo, estar en ambos lugares a la vez; es precisamente la

continuidad del espacio y el tiempo lo que en primer lugar permite la existencia

del movimiento”. (Hegel, op. Cit). Como acertadamente señaló Aristóteles:

“Esta idea surge del hecho de dar por sentado que el tiempo consiste en el

ahora; y por esta razón no se corresponden las conclusiones”. Pero, ¿qué es el

ahora? Si decimos que la flecha está “aquí”, “ahora” y se ha ido.

Engels escribe:

“El movimiento en sí es una contradicción: incluso un simple cambio

mecánico de lugar sólo se puede suceder gracias a que un cuerpo está

tanto en un lugar como en otro y al mismo tiempo, estar y no estar en el

mismo lugar. Y precisamente el movimiento es la continua afirmación y la

solución simultánea de esta contradicción”. (Engels. Ibíd.)

 

Los primeros atomistas

 

Anaxágoras de Clazomenios, nació en el 500 a. C. en Asia Menor, en el

período de las guerras con los medos y el auge de Atenas al mando de Pericles.

Anaxágoras se trasladó a Atenas, allí fue contemporáneo de Esquilos, Sofocles,

Aristófanes, Diógenes y Protágoras. Anaxágoras fue más que un profundo y

original pensador, provocó un gran impacto en la filosofía de Atenas.

Aristóteles dijo de él que era “un hombre sobrio entre borrachos”. Anaxágoras

continuó la mejor tradición Jonia, creía en la experimentación y la observación.

“No hay ninguna duda”, dice Farrington, “lo que él consideraba sentido de la

evidencia es indispensable para la investigación de la naturaleza, igual que a

Empedocles, le preocupaba demostrar la existencia de aquellos procesos físicos

que son demasiados sutiles para ser percibidos directamente por nuestros

sentidos”. (B. Farrington. Greek Science. p. 62. En la edición inglesa).

Realizó descubrimientos científicos de primer orden. Creía que el sol era

una masa de elementos fundidos, como las estrellas, aunque éstas estaban

demasiado lejos para sentir su calor. La luna se encontraba más cerca, estaba

formada por el mismo material que la tierra. La luz de la luna era el reflejo del

sol y los eclipses se producían cuando la luna tapaba la luz del sol. Como le

ocurrió más tarde a Sócrates, fue acusado de ateísmo a pesar de que apenas

mencionó la religión en su cosmología. Estas ideas revolucionarias

escandalizaron a los conservadores atenienses y fue desterrado.

Al contrario que Parménides, Anaxágoras defendía que todo es

infinitamente divisible, incluso la cantidad más pequeña de materia contiene

alguna otra clase de elemento. Consideraba que la materia estaba formada por

muchas clases de partículas. Se preguntaba porque al comer el pan éste se

convierte en huesos, carne, sangre, piel y demás materia. La única explicación

debía ser que las partículas de harina contenían, en algún tipo de forma oculta,

todos los elementos necesarios para formar el cuerpo y éstos se reorganizaban

en el proceso digestivo.

Creía que existían un número infinito de elementos o “gérmenes”. Pero

debía existir uno que tuviese un papel especial. Este elemento era el nous,

normalmente se traduce como “espíritu”. Más ligero que el resto de elementos,

es distinto a los demás, no se puede mezclar con nada y tiene la capacidad de

penetrar en toda la materia, como un principio organizado y animado. Por esta

razón normalmente se considera idealista a Anaxágoras. Pero está afirmación

está muy lejos de la realidad. El archi-idealista Hegel consideraba que, mientras

el nous era un paso importante en dirección al idealismo, “no era precisamente

el caso de Anaxágoras” (Hegel. Op. Cit. Vol I. p. 330. En la edición inglesa). El

nous de Anaxágoras también puede tener una interpretación materialista: el

primer espíritu en movimiento de la materia o para expresarlo más

correctamente, la energía. Hegel entendía que esto no implicaba una

inteligencia externa, sino el proceso objetivo que tiene lugar dentro de la

naturaleza y que la dado forma y definición.

La concepción de la materia formada por un número infinito de

minúsculas partículas, invisibles ante los sentidos, es una generalización

importante y representa la transición a la teoría atómica -teoría que representó

una extraordinaria anticipación de la ciencia moderna-, los primeros que la

plantearon fueron Leucipo (500-440 a. C.) y Demócrito (460-370 a. C.).

Este paso adelante es aún más asombroso si tenemos en cuenta que estos pensadores no tenían acceso a los actuales microscopios

electrónicos o cualquier otro tipo de

ayuda tecnológica. No contaban con ningún medio que les permitiera

corroborar la teoría. Sufrieron la ira religiosa, el desprecio de los idealistas y su

teoría fue sepultada por la noche negra de la Edad Media, hasta que como

tantas ideas de la antigüedad, fue de nuevo descubierta por los pensadores del

Renacimiento, por ejemplo Gassendi, y jugó un papel importante en el estímulo

de una nueva visión científica.

De Leucipo se conoce tan poco que incluso se llegó a dudar de su

existencia hasta que se descubrió un papiro en Hercalaneum. La mayoría de sus

palabras llegaron a nosotros a través de los escritos de otros filósofos. Leucipo

realizó hipótesis nuevas y asombrosas, dijo que todo el universo estaba

formado por dos cosas: átomos y vacío, un vacío absoluto. También fue el

primero que formuló la que más tarde fue conocida como la ley de la

causalidad y la ley de la razón suficiente. El único fragmento que sobrevivió

dice lo siguiente: “Cero es nada, pero todo tiene un motivo y una necesidad”

(Burnet. Early Greek Philosophers. P. 340. En la edición inglesa). Los primeros

atomistas eran deterministas. Para ellos la causalidad era el centro de todos los

procesos naturales, aunque lo aplicaban de una forma inflexible, recuerdo del

posterior determinismo mecánico de Laplace. Epicuro después corregiría esta

inflexibilidad de los primeros atomistas y formuló la idea de los átomos al caer

en el vacío se desvían ligeramente, de esta forma introducía el accidente en el

marco de la necesidad.

Para los atomistas todas las cosas derivaban de un número infinito de

partículas fundamentales: el “átomo” (“que no puede ser dividido”). Estos

átomos eran iguales en calidad pero distintos en cantidad, diferenciándose sólo

en el tamaño, forma y peso, aunque era imposible ver los átomos más

pequeños. En esencia era una idea correcta. Todo el mundo físico, desde el

carbón a los diamantes, desde el cuerpo humano al olor de las rosas, está

formado por átomos de diferentes tamaños y pesos, agrupados en moléculas.

En la actualidad, la ciencia puede dar una expresión cuantitativa a esta

afirmación. Los atomistas griegos no podían hacerlo por el escaso desarrollo de

la tecnología, inherente al modo esclavista de producción que impedía llevar a

la práctica los brillantes inventos de su tiempo, incluida la máquina de vapor

que permaneció en la categoría de un juguete curioso. Lo más impresionante es

la forma en que estos pensadores anticiparon los principios más importantes de

la ciencia del siglo XX.

El famoso físico americano Richard P. Feynman destaca el lugar de la

teoría atómica en la ciencia actual:

“Si por algún cataclismo, todo el conocimiento quedara destruido y

sólo una sentencia pasara a las siguientes generaciones de criaturas, ¿qué

enunciado contendría la máxima información en menos palabras?. Yo creo

que es la hipótesis atómica (o el hecho atómico, o como quiera que ustedes

deseen llamarlo) según la cual todas las cosas están hechas de átomos:

pequeñas partículas que se mueven en movimiento perpetuo, atrayéndose

mutuamente cuando están a poca distancia, pero repeliéndose al ser

apretadas unas contra otras. Verán ustedes que en esa simple sentencia

hay una enorme cantidad de información acerca del mundo, con tal de

que se aplique un poco de imaginación y reflexión”. (Richard P. Feynman

Seis piezas fáciles; Barcelona. Editorial Crítica. 1998. p. 34. El subrayado en

el original)

“Todo está hecho de átomos. Esta es la hipótesis clave. La hipótesis

más importante de toda la biología, por ejemplo, es que todo lo que hacen

los animales lo hacen los átomos. En otras palabras, no hay nada que

hagan los seres vivos que no pueda ser comprendido desde el punto de

vista de que están hechos de átomos que actúan de acuerdo con las leyes

de la física. Esto no era conocido desde el principio: se necesitó alguna

experimentación y teorización para sugerir esta hipótesis, pero ahora se

acepta, y es la teoría más útil para producir nuevas ideas en el campo de la

biología.

Si un pedazo de acero o de sal, que consiste en átomos colocados uno

detrás de otro, puede tener propiedades tan interesantes; si el agua que

no es otra cosa que estos pequeños borrones, un kilómetro tras otro de la

misma cosa sobre la tierra puede formar olas y espuma y hacer ruidos

estruendosos y figuras extrañas cuando corre sobre el cemento; si todo

esto, toda la vida de una corriente de agua, no es otra cosa que un montón

de átomos, ¿cuánto más es posible?. Si en lugar de disponer los átomos

siguiendo una pauta definida, repetida una y otra vez, aquí y allí, o

incluso formando pequeños fragmentos de complejidad como los que dan

lugar al olor de las violetas, construimos una disposición que es siempre

diferente de un lugar a otro, con diferentes tipos de átomos compuestos de

muchas formas, con cambios continuos y sin repetirse, ¿cuánto más

maravilloso podrá ser el comportamiento de este objeto?. ¿Es posible que

este “objeto” que se pasea de un lado a otro delante de ustedes,

hablándoles a ustedes, sea un gran montón de estos átomos en una

disposición muy compleja, tal que su enorme complejidad sorprenda a la

imaginación con lo que puede hacer?. Cuando decimos que somos un

montón de átomos no queremos decir que somos meramente un montón

de átomos, porque un montón de átomos que no se repiten de un lugar a

otro muy bien podría tener las posibilidades que ustedes ven ante sí en el

espejo”. (Ibid, pág.: 52-53. El subrayado en el original)

La visión del mundo de los atomistas griegos era materialista por

naturaleza, eso les acarreó el odio de los idealistas y la religión. Durante siglos,

se falsearon y distorsionaron las ideas filosóficas de Epicuro, convirtiéndolas en

su contrario. Los atomistas se confesaban ateos, en su concepción del universo

no había lugar para Dios. Demócrito ve el origen del cambio en la naturaleza de

los átomos y sus diferentes formas, en su caída al vacío (el “void”) y sus

interrelaciones mutuas.

A través de interminables y diferentes combinaciones se producen

cambios constantes y visibles en cualquier parte de la naturaleza, y dotan a las

cosas mundanas de transitoriedad. Existen infinitos mundos “naciendo y

agonizando”, no son creados por Dios, nacen y mueren por la necesidad, este

proceso se produce de acuerdo con las leyes naturales. El conocimiento de estas

leyes y procesos procede principalmente de la percepción sensorial, que sólo

nos proporciona una comprensión “débil” de la naturaleza. Pero se debe

completar y superar con la “brillante” razón, que nos lleva al conocimiento de

la esencia de las cosas, los átomos y el vacío. Los elementos fundamentales de la

perspectiva materialista y científica del mundo están presentes en estas pocas

líneas.

Epicuro profundizó y desarrolló la filosofía de Demócrito. Al igual que su

mentor, negó la interferencia de los dioses en los asuntos terrenales, se basó en

la eternidad de la material y en un estado de movimiento continúo. Sin

embargo, rechazó el determinismo mecanicista de Leucipo y Demócrito,

introdujo la idea de la “desviación” espontánea de la trayectoria de los átomos,

para explicar la posibilidad de colisiones entre los átomos que se mueven a

igual velocidad en el espacio y en el vacío. Fue un gran paso adelante que sacó a

la luz la relación dialéctica entre la necesidad y la casualidad, una de las

cuestiones teóricas clave sobre la que los físicos modernos están aún

estrujándose el cerebro, a pesar de que hace tiempo Hegel encontró la solución.

La teoría del conocimiento de Epicuro acepta totalmente la información

que nos proporciona nuestros sentidos. Los sentidos son “heraldos de la

verdad”, no hay nada que pueda rebatirlos. Epicuro parte de una suposición

correcta, ‘yo interpreto el mundo a través de mis sentidos’, pero representa un

paso atrás con relación a las ideas de Demócrito. Es demasiado parcial. No hay

duda de que el sentido de la percepción conforma la base de todo conocimiento,

pero también es necesario saber cómo interpretar correctamente la información

que nos llega a través de los sentidos. Heráclito expresó esta idea cuando dijo:

‘los ojos y los oídos son malos testigos para los hombres que tienen almas

bárbaras’. La aproximación empírica conduce invariablemente a errores. Según

Cicerón, Demócrito pensaba que el sol era inmensamente largo, mientras

Epicuro creía que tenía sólo dos pies de diámetro. Epicuro también realizó

algunos asombrosos descubrimientos. Gassendi, que podría ser considerado el

padre del atomismo moderno, elogió a Epicuro porque a través de sus

razonamientos consiguió demostrar un hecho que posteriormente fue

demostrado por la experimentación: todos los cuerpos, independientemente de

su masa y su peso, caen con la misma velocidad.

 

Lucrecio y la religión

 

Epicuro y sus seguidores declararon la guerra a la religión porque

alimentaba el temor y la ignorancia de los hombres. El primer libro del gran

poema filosófico de Lucrecio, De rerum natura, es todo un manifiesto ateo y

materialista:

“Como ante sus ojos lastimosamente la vida de los hombres

permaneciera abatida sobre la tierra, agobiada bajo la onerosa religión que

mostraba su cabeza desde las regiones del cielo amenazando a los

mortales desde arriba con su espantoso ceño, por primera vez en un varón

griego se atrevió a dirigirle sus ojos de mortal y a hacerle frente el

primero y a él no le frenaron ni las consejas en tornos a los dioses ni los

rayos ni el cielo con su amenazador estruendo, sino antes bien le espolean

la acelerada entereza de su espíritu hasta desear ser el primero en hacer

saltar los firmes cerrojos de las puertas de la naturaleza. En consecuencia,

prevaleció la vivida energía de su alma y fue más allá lejos de las

llameantes murallas del mundo y recorrió la inmensidad entera con su

alma y su mente de donde nos trae, vencedor, a nosotros qué es lo que

puede nacer, qué es lo que no, en virtud de qué proporción le está

conferida a cada cosa una entidad determinada y su bien fijado término.

Por esto la regiligión, humillada bajo sus pies, en desquite queda

aplastada y a nosotros la victoria de él nos iguala al cielo”. (Lucrecio.De

rerum natura. Extraido de Lucrecio. Madrid. Ediciones del Orto. 2000.

p.62)

La filosofía materialista de Epicuro provocó un gran impacto en el joven

Carlos Marx, quien lo eligió como el tema de su tesis doctoral en la universidad.

Marx consideraba que el poeta y filósofo romano Lucrecio fue “el único de

todos los antiguos que comprendió la física de Epicuro”. (Marx y Engels. Obras

Escogidas. Vol 1. p. 48. p. 48. En la edición inglesa).

Con un lenguaje poético impactante, Lucrecio defiende la indestructibilidad de la materia,

la idea correcta de que la materia no se crea ni se destruye:

“Este espanto y oscuridad del alma, ciertamente necesario es que no

los rayos del sol ni los luminosos dardos de la luz los disipen, sino

mostrarse de la naturaleza y su explicación. A partir de aquí su primer

principio se resumiría para nosotros en los siguientes extremos: que

ninguna cosa de la nada proviene sobrenaturalmente jamás. A decir

verdad de esta forma el miedo se apodera de los mortales todos, dado que

contemplan acaecer muchas cosas en las tierras y en el cielo, de los cuales

fenómenos sus causas de ninguna manera son capaces de ver y piensan

suceden por un designio divino. En cuando a ello, una vez que veamos

que nada puede ser creado de la nada, entonces lo que perseguimos, de

ahí lo captaremos ya más derechamente al igual que de dónde pueda ser

creada cada cosa y de qué forma las cosas todas se hacen sin la

intervención de los dioses”. (Lucrecio. Ibíd.).

La ley de la conservación de la energía, demostrada por Mayer, Joule,

Helmholz y otros en la mitad del siglo XIX, demuestra que la energía no se crea

ni se destruye, sólo se transforma. Esta ley dotó de una base inquebrantable a la

idea materialista cuando afirma que la materia no se puede crear ni destruir,

esta idea también la expresó brillantemente Lucrecio:

“El segundo gran principio es este: la naturaleza resuelve todo en sus

átomos componentes y nunca reduce nada a la nada. Si todo fuera

perecedero en todas sus partes, repentinamente, todo perecería y

desaparecería. No sería necesaria la fuerza para separar sus partes y

perder sus vínculos. Como todo está formado por gérmenes

indestructibles, la naturaleza, obviamente, no deja que nada perezca, hasta

que ha encontrado una fuerza que con un golpe lo destruye”. (Ibíd. p. 33

En la edición inglesa).

La concepción epicurea del mundo señala que el universo es infinito y que

la materia no tiene límite, tanto externa como internamente:

“Si no existieran estas partes más pequeñas, incluso los cuerpos más

pequeños estarían formados por un número infinito de partes y que

podremos partir por la mitad sin ningún límite. ¿Cuál es la diferencia

entre el conjunto del universo y el resto de las cosas? Ninguna en absoluto,

en un universo infinito incluso las más pequeñas cosas consisten

igualmente en un número infinito de partes”. (Ibíd. p. 45. En la edición

inglesa).

“El universo no tiene límite en ninguna dirección. De ser así,

necesariamente tendría que existir un límite en alguna parte. Pero una

cosa no puede tener límite a menos que exista algo fuera de ella, es decir,

que el ojo puede seguuirla hasta un determinado punto pero no más allá.

Deberéis admitir que no existe nada fuera del universo, no puede tener

límite y por lo tanto, tampoco final o medida”. (Ibid. p. 55. En la edición

inglesa).

Si los científicos de nuestro siglo hubieran tenido una base filosófica firme,

nos habríamos ahorrado los errores de método más notorios: la búsqueda de

“los ladrillos de la materia”, “el big bang” y su universo finito, el “nacimiento

del tiempo”, la igualmente absurda “creación continua de la materia” y otras

teorías similares. Con relación al tiempo Demócrito afirmó que el tiempo no

tenía origen, que por sí mismo, no existe al margen del movimiento de las

cosas. Esta idea es infinitamente más científica que las ideas de ciertos físicos

actuales que hablan del supuesto “nacimiento del tiempo” ¡hace 20.000 millones

de años! Sus aparatos están más avanzados pero su forma de pensar está a años

luz de retraso de los primeros materialistas.

La postura materialista de Epicuro desde el principio mereció los ataques

más venenosos por parte de la Iglesia. El apóstol Pablo le menciona en los Actos

de los Apóstoles, xvii, 18. En los tiempos de Dante, la acusación de epicureísmo

significaba negar el Espíritu Santo y la inmortalidad del alma. En general, a

Epicuro se le ha asociado con una filosofía amoral, hedonística y licenciosa, en

la que estaban permitidas todas las formas de gula. Todo es calumnia contra

Epicuro y su filosofía.

En términos de moralidad y ética, la filosofía epicurea es uno de los

productos más nobles del espíritu humano. Parecida al famoso Dictum de

Spinoza: “Ni reír ni llorar, sino comprender”. Epicuro pretendía liberar a la

humanidad del miedo, a través de una comprensión absoluta de la naturaleza y

el lugar del hombre en ella. Epicuro se preguntó en qué se basa el miedo y

respondió, en el miedo a la muerte. Su principal intención fue eliminar este

miedo, y para ello, explicó que la muerte en el presente para mí no es nada y, no

será nada en el futuro porque sé que después de la muerte no puedo saber nada

sobre ella. Animó a los hombres a que dejaran de lado el miedo a la muerte y

que vivieran plenamente la vida. Esta filosofía maravillosa y humana, siempre

ha sido un pecado para aquellos que desean que los hombres y mujeres aparten

la vista de los problemas del mundo real y miren a un teórico mundo que existe

después de la muerte, y donde se nos recompensará o castigará según nuestros

méritos.

La acusación de hedonismo contra Epicuro es consecuencia de la actitud

vegetativa de los apologistas del cristianismo, contrarios a una filosofía alegre

que ensalza la vida. Y para ello no dudan en sepultar a su enemigo bajo un

montón de calumnias. Epicuro, igual que Espinoza, identificaba lo bueno con el

placer o la ausencia de pena. Trataba las relaciones humanas desde el punto de

vista de la utilidad, que encuentra su más elevada expresión en la amistad. En

medio de un período de gran turbulencia social e incertidumbre, predicaba la

retirada del mundo y una vida pacífica de meditación. Recomendaba a los

hombres reducir al mínimo sus necesidades, alejados de un mundo de lucha,

competencia y guerra. Era, naturalmente, una idea utópica, pero nada tiene que

ver con la fea y malévola caricatura que los contrarios al materialismo han

puesto en circulación. Epicuro siguió fiel a sus ideales hasta el lecho de muerte,

donde escribió: “Hoy cuando escribo es un día feliz... los dolores que ahora

siento... ya no podrán ir a más. Todo esto se opone a la felicidad que el alma

experimenta, al recordar nuestras conversaciones de un tiempo pasado”.

 

El ascenso del Idealismo

 

La palabra “dialéctica” procede del griego “dialektike”, que deriva de

“dialegomai”, discutir o conversar. Originariamente significaba el arte de la

discusión, en los diálogos socráticos de Platón se puede encontrar su forma más

elevada. Este significado no es casualidad, procede de la propia naturaleza de la

democracia ateniense, basada en la amplia libertad de oratoria y debate que

existía en las asambleas públicas. En aquella época surgió una nueva capa de

figuras públicas, profesores profesionales y oradores de todo tipo, desde

valientes librepensadores y filósofos profundos hasta demagogos sin

escrúpulos.

Las palabras “sofista” y “sofistería” para nuestros oídos modernos tiene

un toque de mala reputación, sugiriéndonos deshonestidad intelectual,

engaños, y mentiras enmascaradas con frases hábiles. Realmente, el sofismo

terminó de esta forma pero no siempre fue así. En ciertos aspectos a los sofistas

se les podría comparar con los filósofos de la Ilustración Francesa del siglo

XVIII. Había racionalistas y librepensadores, contrarios a todos los dogmas y la

ortodoxia existente. Su máxima era “dudar de todo”. Había que someter a la

crítica más exhaustiva todas las ideas y cosas existentes en la naturaleza. No

hay duda de que estas ideas tenían un germen dialéctico y revolucionario. “En

este nuevo campo los sofistas disfrutaban con juvenil exuberancia el ejercicio

del poder de la subjetividad y destruían con el uso de la dialéctica subjetiva

todo lo objetivamente establecido. (Schwegler. History of Philosophy. P. 30. En

la edición inglesa).

Las actividades de los sofistas reflejaron la vida de Atenas durante el

período de la guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta. Eran tanto eruditos

como prácticos, y fueron los primeros en cobrar honorarios por la enseñanza.

Platón en La República señala que las doctrinas de los sofistas sólo expresan los

mismos principios que guiaban las costumbres de la multitud en sus relaciones

sociales y civiles. El odio con el que fueron perseguidos por los estadistas,

demostraba los celos que éstos últimos tenían de los sofistas. Se les atacó por

afirmar que la moralidad y la verdad eran conceptos subjetivos y que cualquier

persona podía determinarlos según sus preferencias e intereses personales. Lo

único que hicieron fue decir en voz alta lo que, en la práctica, era norma

establecida. Hoy nos encontramos en la misma situación, vemos a políticos

profesionales que no les gusta que les recuerden el código moral que funciona

en realidad en los pasillos del poder.

“La vida pública se convirtió en una lucha pasional interesante. Las

disputas partidistas que agitaban Atenas durante la guerra del

Peloponeso, habían adormecido y ahogado el sentimiento moral; cada uno

acostumbraba a mirar sólo por su propio interés antes que por el interés

del estado y el bien común, se buscaba la autocomplacencia. El axioma de

Protágoras, el hombre es la medida de todas las cosas, en la práctica se

seguía fielmente, era excesiva la influencia de la retórica en las asambleas

públicas y en la toma de decisiones, los puntos débiles eran la codicia, la

vanidad y el espíritu partidista que delataban al astuto y se presentaban

demasiadas ocasiones para su ejercicio”.

“Lo que estaba establecido y se había derrumbado, perdió autoridad,

la regulación política parecía una restricción arbitraria, un principio moral

fruto del entrenamiento político calculado, la fe en los dioses era una

invención humana para intimidar la libre actividad, la piedad era una ley

de origen humano que cada hombre tenía derecho a modificar a través del

arte de la persuasión. Esta reducción de la necesidad, la universalidad de

la naturaleza y razón de la eventualidad del compromiso humano, es el

punto principal a través del cual los sofistas entran en contacto con la

conciencia general de las clases ilustradas de la época; es imposible decir

que parte de teoría y qué parte de práctica hay, si los sofistas sólo

encontraban la práctica de la vida en una fórmula teórica o si la corrupción

social era consecuencia de la influencia destructiva que ejercieron los

sofistas sobre las ideas de sus contemporáneos”. (Schwegler. Ibíd. p. 31. En

la edición inglesa)

Estos tiempos turbulentos, de constantes cambios, guerras, destrucción e

inquietud, encuentran su en el espíritu inquieto de la contradicción dialéctica.

El movimiento perturbador del pensamiento, las turbulentas ideas existentes

reflejaban las condiciones de Grecia durante la guerra del Peloponeso. De igual

manera, la necesidad de ganar en la asamblea o en la corte de justicia con la

utilización de argumentos inteligentes, crearon la base material para el

surgimiento de toda una generación de oradores profesionales y dialécticos.

Pero esto no quiere decir que el contenido inicial del sofismo estuviera

determinado por consideraciones tales como conseguir ventajas personales u

objetivos pecuniarios, en cualquier caso no lo fue más que el calvinismo. Las

condiciones sociales existentes permitían determinar por adelantado el

desarrollo posterior del sofismo.

La primera generación de sofistas eran auténticos filósofos, con frecuencia

se les ha identificado con los políticos democráticos y la comprensión

materialista de la naturaleza. Eran racionalistas y enciclopedistas como sus

sucesores franceses en las décadas previas a 1789. Igualmente, eran hábiles e

ingeniosos y tenían la habilidad de tener en consideración todos los aspectos

que podía tener un problema. Protágoras fue célebre como profesor de moral,

Gorgias como retórico y político, Prodicus como gramático y etimólogo e Hipias

como matemático. Se les podía encontrar en todas las profesiones y esferas del

conocimiento. Paulatinamente, el movimiento -nunca constituyó una

auténtica escuela-, comenzó a degenerar. El “hombre sabio” vagaba de ciudad

en ciudad buscando un buen salario y un rico patrón, y se convirtió en una

figura despreciable y ridícula.

La característica común a todas las escuelas anteriores de pensamiento que

hemos examinado hasta ahora es la objetividad, la presunción de que la validez

de nuestras ideas dependía de en que medida reflejaban la realidad objetiva y el

mundo que nos rodea. El sofismo rompió totalmente con esto y se presentó

como una alternativa de la subjetividad filosófica. Esta idea está resumida

perfectamente en la frase célebre de Protágoras (481-411 a. C.): “El hombre es la

medida de todas las cosas; de lo que es en tanto es y de lo que no es en tanto no

es”.

Hay discrepancias en torno al significado exacto de esta frase, también se

podría decir que significaba: “la causa principal (“logoses”) de todas las cosas

se encuentra en la materia”. Pero no hay duda de que la tendencia general del

sofismo iba en dirección al subjetivismo extremo. Debido a sus fulminantes

ataques contra las creencias y prejuicios existentes, en los círculos

conservadores se les consideró subversivos. A Protágoras se le expulsó de

Atenas acusado de ateo y quemaron su libro Sobre los Dioses.

La convicción religiosa y su homóloga filosófica, el dogmatismo, no son

cultura. Incluso el propio Heráclito, a pesar de su gran sabiduría, no quedó libre

del dogmatismo. Por este camino es imposible alcanzar el auténtico progreso. El

sofismo, al menos en su primer período, jugó un papel positivo, dividió los

antiguos dogmas universales en sus partes componentes y confrontó entre sí

cada una de las partes. También tenía un aspecto negativo, deformaba los

elementos aislados y los sacaba fuera de contexto, de una forma típicamente

“sofista”. Como dice Hegel, “un hombre de cultura, sabe como decir algo de

todo y capaz de opinar de todo”. (Hegel. History of Philosophy. Vol. 1. p. 356.

En la edición inglesa). Hegel creía que los argumentos de Protágoras en el

diálogo de Platón que lleva ese nombre eran superiores a los de Sócrates.

Esta clase de espíritu es totalmente ajeno a la tradición y mentalidad

anglosajonas, que aborda todo con sospecha y hastío. Hegel afirma que el

sofismo marca el comienzo de la cultura en el sentido moderno de la palabra.

Por cultura se presupone la consideración racional de las cosas y la posibilidad

de elección.

“En realidad, lo que más impacta en un hombre o persona de cultura

es el arte de hablar bien o de dar vueltas a los temas y considerarlos desde

diferentes aspectos. El hombre no cultivado encuentra poco placentero

reunirse con gente que sabe comprender y expresar sus opiniones con

facilidad. Los franceses son buenos oradores en este sentido y los

alemanes los llaman charlatanes; pero no es la simple charla lo que

provoca este resultado, también hay que buscar la cultura. Podremos

aprender a fondo un discurso en su totalidad, pero si no tenemos cultura

no somos buenos oradores. Los hombres que aprenden francés no sólo

pueden hablar bien francés, también adquieren cultura francesa. Lo que se

puede obtener de los sofistas es el poder de mantener los múltiples puntos

de vista que se encuentran presentes en la mente, y de esta forma,

obtienen inmediatamente la riqueza de categorías que se pueden aplicar a

un objeto”. (Ibíd. p. 359. En la edición inglesa)

Pese al descrédito actual que sufre el sofismo, es el auténtico padre de los

actuales abogados, diplomáticos y políticos profesionales. Podemos observar

con bastante y aburrida asiduidad a los políticos burgueses dispuestos siempre

a defender, con una convicción totalmente aparente, unas ideas ahora y

defender exactamente después lo contrario, y en todos los casos defiende

argumentos morales y prácticos impresionantes. El mismo comportamiento se

puede ver a diario en los tribunales. ¿Por qué molestar al lector con una lista de

los ejemplos de las mentiras consumadas, maniobras y practicas engañosas que

utiliza cualquier cuerpo diplomático en el mundo? ¡Todas estas personas tienen

los mismos defectos que los sofistas ¡pero ninguna de sus virtudes!

Los sofistas se ganaban la vida con su diestra inteligencia y habilidad para

argumentar a favor o en contra de casi todo, de la misma forma que los

abogados pueden razonar tanto para la defensa como para la acusación, sin

tener en cuenta los derechos intrínsecos o los errores del caso (el verbo

“sophizesthai” significa “hacer carrera gracias a la habilidad”). Los sofistas

eran el prototipo del abogado o del político profesional actual, aunque fueron

mucho más que eso. Incluso en las actividades morales más cuestionables de los

sofistas estaba implícito un verdadero principio filosófico. Como Hegel observa

ingeniosamente:

“En la peor de las acciones existe un punto de vista que es auténtico

en esencia; si se le quitan las apariencias, los hombres disculpan y

justifican la acción... Un hombre no requiere tener una gran educación

para encontrar buenas razones que justifiquen sus peores acciones; todo lo

que ha ocurrido en el mundo desde Adán ha estado justificado por una

buena razón”. (Ibid. p. 369)

En la dialéctica sofista destaca la idea de que la verdad tiene muchas caras.

Y esta verdad es muy importante y fundamental para el método dialéctico. La

diferencia estriba en el uso que se le da. La dialéctica objetiva y científica se

esfuerza en comprender todos los fenómenos de una forma amplia [completa].

La dialéctica subjetiva, la dialéctica del sofismo, toma uno u otro aspecto del

conjunto y lo confronta con todo lo demás. De esta forma, se puede negar todo

sólo con insistir en un aspecto, que por otra parte, por sí mismo, es

perfectamente razonable. Este es el método utilizado por el charlatán legal, el

ecléctico y también, de una manera más tosca, la forma que adopta el “sentido

común” cuando se hacen suposiciones arbitrarias basadas sólo en

particularidades.

Los sofistas intentaron utilizar los argumentos de Zenón y Heráclito para

justificar sus opiniones, pero lo hicieron de una forma parcial y negativa. Por

ejemplo, Heráclito dijo que es imposible pasar dos veces por el mismo río. Uno

de sus discípulos llegaría aún más lejos y afirmaría que no se puede pasar por el

río nunca. Esta idea es completamente incorrecta. Heráclito decía que todo es y

no es, porque todo está en constante flujo y cambio. La segunda proposición

sólo toma la mitad de la ecuación, todo no es. Nada que ver con lo que decía

Heráclito. El mundo objetivo existe, pero está en un proceso permanente de

movimiento, desarrollo y cambio, en el que nada permanece como era antes.

Los sofistas eran escépticos. “Como los dioses”, escribía Protágoras, “soy

incapaz de decir si existen o no; porque existen demasiadas cosas que me

impiden este conocimiento tanto en la oscuridad de la materia, como en la vida

tan corta del hombre”. Esta sentencia le costó el destierro de Atenas. La

diferencia fundamental con la filosofía anterior es el subjetivismo sofista. “El

hombre es la medida de todas las cosas”. Esta afirmación se podría interpretar

de dos formas, una práctica y otra teórica. En la primera, perfectamente puede

ser una defensa del egoísmo y del propio interés. En la segunda, representa la

teoría del conocimiento (epistemología) que es subjetiva. El hombre se antepone

al mundo objetivo, y al menos en su imaginación, lo somete a sí mismo. Su

propia razón es la que decide la verdad de lo que está pasando, lo esencial no es

lo qué es, sino cómo lo veo. Esta es la base de todas las formas de idealismo

subjetivo, desde Protágoras al Obispo Berkeley, desde Kant a Werner

Heisenberg.

El idealista subjetivo, en el fondo, pretende convencernos de que el

mundo es incognoscible. Realmente, no podemos comprender la verdad, sólo

podemos tener opiniones basadas en un criterio subjetivo. “La verdad”,

preguntaba irónicamente Poncio Pilatos, “¿qué es la verdad?”. Es el lenguaje del

burócrata y político cínico, que ocultan sus propios intereses detrás de un ligero

barniz de “culta” sofistería. Para expresarlo en términos filosóficos, es una

expresión del idealismo subjetivo que niega la posibilidad de conocer realmente

el mundo que nos rodea. Uno de los sofistas más famosos, Gorgias de Leontini

(483-375 a. C.), expresó este punto de vista con mayor claridad en un libro

titulado: Sobre la naturaleza o sobre lo que no existe”. El título lo dice todo,

Gorgias se basaba en tres tesis: a) nada existe, b) pero aunque existiera algo,

sería incognoscible y c) aunque fuera cognoscible, sería incomunicable.

Estas ideas que nos parecen absurdas se encuentran presentes, en

diferentes formas, en la historia de la filosofía, incluso en nuestra época,

respetables científicos llegan a afirmar que los humanos son incapaces de

comprender el mundo cuántico de las partículas subatómicas, porque los

fotones y los electrones se materializan en un lugar concreto sólo cuando

alguien los observa; es decir, el observador, a través de la observación subjetiva,

crea su resultado. De nuevo nos apartamos del mundo de la objetividad para

regresar, gracias al idealismo subjetivo, a la esfera del misticismo religioso.

A los científicos que hoy en día defienden estas ideas, no se les puede

disculpar igual que a los sofistas quienes eran los niños de su tiempo. Los

primeros intentos de encontrar una explicación racional al proceso de la

naturaleza llegaron a un punto donde ya no se podía ir más allá sólo con el

pensamiento. Los pensadores de ese período llegaron a toda una serie de

brillantes generalizaciones acerca de la naturaleza del universo. Pero para

demostrarlas y desarrollarlas, se requería un examen detallado,

descomponerlas en sus partes componentes y analizarlas una a una. Los sofistas

iniciaron este trabajo y posteriormente, con más rigurosidad, lo hizo Aristóteles.

El heroico período de grandes generalizaciones, poco a poco abrió el camino a

una lenta y concienzuda acumulación de hechos, a la experimentación y la

observación. Sólo por este camino se podía demostrar la validez o la falsedad

de una hipótesis. Antes de alcanzar esta etapa, llegaremos al punto álgido del

idealismo filosófico clásico.

 

Sócrates y Platón

 

Al subordinar el mundo objetivo a la subjetividad, los sofistas le

despojaron de toda ley inherente y de la necesidad. La única fuente de orden,

racionalidad y causalidad era el sujeto percibido. Todo era relativo. Por

ejemplo, defendían que la moralidad y la conducta social estaban determinadas

por la conveniencia (un visión similar a la defendida por los pragmáticos, una

filosofía que encontró un gran apoyo en EEUU y que coincide con la necesidad

de compatibilizar la moralidad con la ética de la “libre empresa”). Trasímaco de

Calcedón a finales del siglo V a. C., afirmaba que “lo correcto es aquello que es

beneficioso para el más fuerte o para el mejor”.

De nuevo llegó otro período de guerra, revolución y contrarrevolución. En

el 411 a. C., después de cien años de democracia y sistema esclavista, estalló una

revolución en Atenas y dos años más tarde otra contrarrevolución. Después

llegó otra guerra desastrosa contra Esparta que inició el dominio de los “treinta

tiranos”, en este período el partido aristocrático perpetró numerosas

atrocidades. En el 399 a. C., los treinta fueron derrocados y Sócrates, que tuvo la

desgracia de haber tenido en su momento a varios de ellos como pupilos y

amigos, fue juzgado y sentenciado a muerte.

A Sócrates (469-399 a. C.) sus contemporáneos le consideraron un sofista, a

pesar de no enseñar por dinero. No escribió nada, pero sus ideas han llegado a

nosotros a través de los escritos de Platón y Aristóteles, y ejerció una gran

influencia en el desarrollo de la filosofía. Sus orígenes fueron humildes; hijo de

un picapedrero y una matrona. La fuerza motriz de su vida era el ferviente

deseo de alcanzar la verdad, romper todos los fingimientos y la sofistería

mediante un proceso implacable de preguntas y repuestas. Se dice que en su

intento de hacer pensar a la gente sobre los principios universales, acudía tanto

a los centros de trabajo de los artesanos y comerciantes como a los centros

sofistas para someter a todos al mismo procedimiento.

El método era siempre el mismo: proponía una idea u opinión

determinada relacionada con las experiencias concretas y los problemas de la

vida de la persona, después, paso a paso, a través de un proceso riguroso de

argumentación, sacaría a la luz las contradicciones internas que contenía la

proposición original, mostraría sus limitaciones y elevaría el nivel de la

discusión, hasta llegar a una proposición completamente diferente. Esta es la

forma clásica de la dialéctica de la discusión. Se propone una idea inicial (tesis),

a la que después se responde con una idea contraria (antítesis) y por último,

después de examinar la cuestión a fondo, diseccionándola, revelando sus

contradicciones internas, llegaremos a una conclusión con un nivel más elevado

(síntesis). Esto puede significar o no que ambas partes lleguen a un acuerdo.

Pero en el desarrollo de la propia discusión se profundizará en la comprensión

de ambos aspectos y la discusión pasará de un nivel inferior a otro superior.

El proceso dialéctico de desarrollo del pensamiento a través de la

contradicción, se puede observar en la historia de la ciencia y la filosofía. Hegel

lo demuestra gráficamente en el prefacio de su obra pionera Fenomenología de

la mente:

“Cuando la flor brota, el capullo desaparece, podríamos decir que la

flor niega al capullo; igualmente, cuando aparece el fruto, se podría

explicar la flor como una falsa forma de la existencia de la planta, el fruto,

en lugar de la flor, aparece como la verdadera naturaleza. A primera vista,

estas etapas no se diferencian; una reemplaza a la otra como seres

incompatibles entre sí. Pero la actividad incesante de su propia naturaleza

inherente, hace de ellas, en algunos momentos, una unidad orgánica

donde no sólo no se contradicen entre sí, sino que se necesitan

mutuamente y esta misma necesidad de todos los momentos constituye

sólo y así, la semejanza del conjunto. (Hegel. The Phenomenology of

Mind. P. 68. En la edición inglesa).

Se puede decir que en los diálogos socráticos no encontraremos una

exposición elaborada de la dialéctica, pero sí encontraremos muchos ejemplos

importantes del método dialéctico. La célebre ironía socrática, no es un truco

estilístico, es el reflejo de la propia dialéctica. Sócrates deseaba hacer a las

personas conscientes de las contradicciones subyacentes que tenían sus propias

ideas, creencias y prejuicios. A partir de una proposición concreta, deducía

exactamente lo contrario de lo afirmado en la proposición original. En lugar de

limitarse a atacar las ideas de sus contrincantes, a éstos les colocaba en una

situación en la que ellos mismos llegaban la conclusión contraria. Esta es la base

de la ironía en general. Sócrates perfeccionó el arte de la dialéctica de la

discusión. Lo vinculaba al arte de la partería que irónicamente, decía haber

aprendido de su madre. Por citar a Hegel: “La ayuda en el mundo del

pensamiento que está contenida en la conciencia de los individuos, la

proyección de lo concreto, de la conciencia no reflejada, la universalidad de lo

concreto o de lo postulado universalmente, lo contrario que está implícito en

él”. (Hegel. History of Philosphy. p. 402).

De la misma manera, la tarea de los marxistas no es introducir en la clase

obrera una conciencia socialista “desde fuera”, como algunos imaginan, la tarea

es partir de la situación que existe en ese momento en la conciencia de la clase y

demostrar de manera concreta, paso a paso, que los problemas a los que se

enfrentan los trabajadores sólo se pueden solucionar a través de la

transformación radical de la sociedad. No se trata de predicar desde fuera, se

trata de dar consciencia a la aspiración inconsciente que tiene la clase obrera de

cambiar la sociedad. La diferencia está en que este proceso no sólo es fruto del

debate en la sala, también es fruto de la actividad práctica, la lucha y la

experiencia de la propia clase. El problema esencialmente es el mismo: cómo

romper los prejuicios existentes y hacer ver a las personas las contradicciones

presentes, no sólo en su cabeza, sino en el mundo en el que viven conseguir

que vean las cosas como realmente son y no como imaginan que son.

Sócrates empezaría con lo más evidente, con lo cotidiano, incluso con los

hechos triviales que vemos a través de nuestros sentidos. Después los

compararía con otros, pasaría de un detalle a otro, y así, de forma gradual,

eliminaría todos los aspectos accidentales y secundarios y al final, nos

encontraríamos cara a cara con la esencia de la cuestión. Este es el método

inductivo, proceder de lo particular a lo universal, es el método más importante

para el desarrollo de la ciencia. Concretamente, Aristóteles concede a Sócrates la

invención (o al menos la perfección) del método inductivo y las definiciones

lógicas tan relacionadas con este método.

La búsqueda de lo general que se encuentra oculto en lo particular, es uno

de los aspectos más importantes del desarrollo del pensamiento humano. Se

parte del sentido elemental de la percepción que registra hechos y

circunstancias individuales, la mente humana comienza lenta y afanosamente a

abstraer estas particularidades, descarta lo no esencial, hasta que, finalmente,

llega a una serie de generalizaciones más o menos abstractas. Aunque las

“universales” no tienen una existencia separada y aparte de las cosas

particulares que las expresan, sin embargo, representan la esencia de las cosas,

expresan una verdad más auténtica y profunda que lo particular. El avance del

pensamiento humano está estrechamente vinculado a la capacidad de

generalizar a través de la experiencia y llegar a ideas abstractas que se

corresponden con la naturaleza de la realidad.

En su autobiografía, Trotsky trata esta cuestión:

“El sentimiento de superioridad del todo sobre el detalle había de

ser, corriendo el tiempo, uno de los elementos más constantes de mi

actividad de escritor y de mi credo político. Nada me era más odioso que

el estúpido empirismo y la adoración del hecho, muchas veces puramente

imaginario o mal comprendido. Mi preocupación era buscar las leyes de

los hechos. Esto me llevaba muchas veces, naturalmente, a

generalizaciones prematuras y equivocadas sobre todo en aquellos años en

que me faltaban todavía la cultura y la experiencia necesarias. Pero no

había absolutamente ningún campo en el que supiera moverme con más

soltura si no era guiado por el hilo de una visión de conjunto”. (Trotsky.

Colombia. Editorial Pluma. 1979. p. 75)

El objetivo de Sócrates era proceder, por medio de la argumentación

lógica, de lo particular a lo general, para llegar a lo “universal”. Para él no se

trataba de alcanzar las leyes más generales que gobiernan la naturaleza, como

era el caso de los primeros filósofos griegos, se trataba de ir más allá de la

propia investigación humana, su naturaleza, su pensamiento y sus acciones. La

filosofía de Sócrates no es la filosofía de la naturaleza, es la filosofía de la

sociedad, y sobre todo, de la ética y la moralidad. Su tema favorito es “¿Qué es

lo bueno?”. A esta cuestión sólo se puede responder de una forma concreta con

relación al desarrollo histórico de la sociedad, porque no existe la moralidad

supra-histórica. Se puede ver con claridad en el caso de la antigua Grecia donde

el propio lenguaje delata la relatividad histórica de la moralidad. La palabra

griega areté significa bondad, su equivalente latina es virtus (de la que procede

la palabra inglesa virtue), originalmente quería decir algo parecido a una virtud

viril y combativa.“Por lo tanto, hubo de pasar mucho tiempo antes de que esa

virtud se incorporara al ideal del ciudadano, y más aún para que se convirtiera

en la sumisión cristiana” (J. D. Bernal. Op. Cit. p. 161)

Lo importante no es el contenido de estos diálogos, sino el método.

Representa el nacimiento de la lógica, que originalmente significaba la

utilización de las palabras (del griego logoi). Al principio, la lógica y la

dialéctica eran lo mismo, una técnica para llegar a la verdad. El método

implicaba descomponer conceptos en sus partes constituyentes, revelar sus

contradicciones internas y volverlas a unir de nuevo. Era un proceso dinámico,

con cierto elemento de dramatismo y sorpresa. La primera reacción que se tiene

al descubrir una contradicción importante en ideas previamente establecidas es

de sorpresa, por ejemplo, la idea de que el movimiento implica estar y no estar

en un mismo lugar y al mismo tiempo. La dialéctica cambia constantemente lo

que a primera vista parece ser incuestionable. Demuestra las limitaciones del

pensamiento prosaico, del “sentido común” y las apelaciones superficiales a los

“hechos”, que, como señaló correctamente Trotsky, “a menudo son imaginarios

e interpretados erróneamente”.

La tarea de ir más allá de lo particular, de desmenuzar la información que

nuestros ojos y oidos nos proporcionan y llegar a generalizaciones abstractas,

nos lleva hasta la raíz del desarrollo y el avance del pensamiento humano, no

sólo en un sentido histórico, sino en la evolución de cada individuo en su ardua

lucha en el tránsito de la infancia a la madurez consciente. En los escritos de

Platón (428-348 a. de C.), la búsqueda de lo general, lo “universal”, se

convertiría en el tema central de la filosofía y se descarta todo lo demás, casi se

puede decir que se convertiría en una obsesión. En estas obras podemos

encontrar pensamientos profundos, un estilo brillante y ejemplos magistrales de

la dialéctica de la discusión, mezclados con el idealismo más descarado y

desconcertante que puede elaborar la mente humana.

Para Platón, los universales del pensamiento, por ejemplo la idea de un

círculo, tienen una existencia independiente, separada de los objetos

particulares que los rodean. Desde un punto de vista materialista, como ya

hemos visto, la idea de un círculo originalmente procede de la observación de

objetos redondos durante un largo período de tiempo. Platón decía que si

miramos un objeto redondo, por ejemplo un plato, lo veremos imperfecto. Es

sólo una copia de mala calidad del círculo perfecto que existía antes de que el

mundo comenzara. Para una clase de intelectuales ricos que trabajaban sólo con

pensamientos y palabras, era lógico que estas ideas para ellos estuvieran

dotadas de vida y una fuerza propia.

“El énfasis de la discusión de palabras y sus verdaderos sentidos

tendía a dar a éstas una realidad independiente de las cosas o acciones a

las que se referían. Puesto que hay una palabra para expresar la belleza, la

belleza misma debe ser una entidad real. De hecho ha de ser más real que

cualquier objeto bello. Ningún objeto bello es siempre bello, pues que lo

sea o no es cuestión de opinión, en tanto que la belleza no se contiene más

que a sí misma y tiene que existir independientemente de las cosas

cambiantes e imperfectas del mundo material. La misma lógica se aplica a

las cosas concretas: la piedra en general debe ser más real que cualquiera

de específica”. (J. D. Bernal. Op. cit. p. 164).

 

El idealismo de Platón

 

En su trabajo Fedom, Platón da a esta idea una forma consciente. Si

preguntamos el porqué de una cosa, llegaremos a su esencia, la palabra griega

eidos puede traducirse por forma o idea, aunque Aristóteles la interpreta como

“especie”, que sin duda es preferible desde un punto de vista materialista.

Ahora regresaremos a nuestro plato. ¿Por qué es redondo? o por utilizar el

lenguaje platónico ¿Cuál es el porqué de su redondez? Se puede responder

que la causa de su redondez se encuentra en el alfarero que hace girar un trozo

de arcilla sobre un torno y lo moldea con su mano. Pero para Platón, el plato,

como el resto de objetos materiales normales, sólo es una manifestación

imperfecta de la idea, que en lenguaje sencillo es Dios.

La teoría del conocimiento de Platón, que según Aristóteles es diferente a

la teoría de Sócrates, se basaba en la idea de que el objeto del conocimiento debe

ser permanente y eterno, y ya que nada bajo el sol es permanente, entonces

debemos buscar el conocimiento estable fuera de este mundo engañoso y fugaz

de cosas materiales. Diógenes para ridiculizar la teoría de las ideas dijo que él

podía ver la taza pero no la “tacedad”, Platón le respondió que esto se debía a

que él tenía ojos para ver, pero no intelecto. Es verdad que no basta con la

percepción sensorial, es necesario ir más allá de lo particular, hay que llegar a lo

universal. El principal error es pensar que las generalizaciones del intelecto

pueden mantenerse por sí mismas, separadas y confrontadas al mundo material

del que, en última instancia, derivaban.

Marx y Engels en La Sagrada Familia explicaron que en el idealismo

filosófico, las relaciones reales entre el pensamiento y el ser se encuentran al

revés:

“Para convertirse en idealista absoluto, el idealista absoluto necesita

atravesar constantemente el proceso sofístico, hacer del mundo exterior un

mundo aparente, una simple creación de su cerebro, explicar

posteriormente esta forma imaginaria dándola por lo que es realmente, a

fin de poder proclamar al final de cuenta, su existencia única, exclusiva, a

la que nada molesta, incluso la apariencia de un mundo exterior”. (Marx y

Engels. La sagrada familia. Madrid. Akal Editores. 1981. p. 159).

En la misma obra se explica el truco sofístico:

“Cuando, operando con realidades, manzanas, peras, fresas,

almendras, yo me formo la noción general fruta: cuando, yendo más lejos,

me imagino que mi noción abstracta, sacada de las frutas reales, es decir,

la fruta, es una entidad que existe fuera de mí y constituye hasta la

verdadera entidad de la manzana, de la pera, yo declaro, en lenguaje

especulativo, que la fruta es la sustancia de la pera, de la manzana, de la

almendra, etc., Digo, pues, que lo que hay de esencial en la pera o en la

manzana, no es el ser pera o manzana. Lo que les es esencial, no es su ser

real, concreto, que cae bajo los sentidos, sino la entidad abstracta que he

deducido y que les he sustituido, la entidad de mi representación: la fruta.

Declaro a la manzana la pera, la almendra, etc., simples modos de

existencia de la fruta. Mi inteligencia finita, pero obtenida por los sentidos,

distingue, es cierto, una manzana de una pera y una pera de una

almendra; pero mi razón especulativa declara que esta diferencia sensible

es inesencial e indiferente. Ve en la manzana el mismo elemento que en la

pera, y en la pera el mismo elemento que en la almendra, es decir, la fruta.

Las frutas reales y particulares no son más que frutas aparentes cuya

sustancia, la fruta, es la verdadera esencia”. (Ibíd. pp. 71-72).

Lejos de avanzar en la causa del entendimiento humano, el método

idealista no da un solo paso adelante. Sólo el estudio de lo real, es decir, el

mundo material, puede profundizar nuestra comprensión de la naturaleza y

nuestro lugar en ella. Al apartar la vista humana de las “toscas” cosas

materiales hacia el reino de la llamada abstracción “pura”, los idealistas,

durante siglos, hicieron estragos en el desarrollo de la ciencia.

“De esta manera no se llega a determinar mayormente nada. El

mineralogista que se limitara a declarar que todos los minerales son

realmente el mineral, no sería mineralogista más que en su imaginación. A

cada mineral, el mineralogista especulativo dice, el mineral, y su ciencia se

limita a repetir este término tantas veces como hay verdaderos minerales”.

(Ibíd).

Al contrario que los primeros filósofos griegos que, en general, fueron

materialistas y se proponían estudiar la naturaleza, Platón volvió

conscientemente la espalda al mundo de los sentidos. Nada de experimentos ni

de observación, el camino a la verdad sólo se encontraba en la pura deducción y

las matemáticas. En la puerta de su Academia en Atenas se podía leer la

siguiente inscripción: “Nadie que ignore la geometría puede entrar aquí”.

Platón animaba a sus estudiantes a que estudiaran las estrellas, pero no como

son sino como deberían ser. Siguiendo los pasos de los pitagóricos, pretendía

demostrar la naturaleza divina de los planetas por la existencia de órbitas

eternamente fijas, la regularidad perfecta de su movimiento circular era la

expresión de la armonía del universo. Esta cosmología, junto con la de

Aristóteles, su gran sucesor, hicieron retroceder dos mil años el desarrollo de la

astronomía. Fue un retroceso para la ciencia, el regreso al misticismo pitagórico,

en un libro de astronomía alejandrino escrito por Geminus, podemos leer lo

siguiente:

“Esta es la razón de toda la astronomía... la presunción de que el sol,

la luna y los cinco planetas se mueven a igual velocidad y en círculos

perfectos en dirección contraria al cosmos. Fueron los pitagóricos los

primeros en defender estas teorías que llevarían a la hipótesis del

movimiento circular y uniforme del sol, la luna y los planetas. Su idea era

que, con relación a los seres divinos y eternos, era inadmisible suponer un

desorden tal como que estos cuerpos se movieran más rápida o más

lentamente, indistintamente, o que incluso se detuviesen, como ocurre en

lo que se llaman las estaciones de los planetas. Incluso en la esfera humana

esta irregularidad es incompatible con la forma ordenada de proceder que

tiene un caballero. E incluso si las necesidades cotidianas a menudo

imponen a los hombres momentos de prisa o vagabundeo, no se puede

suponer que estos momentos sean inherentes a la naturaleza incorruptible

de las estrellas. Por esta razón definieron su problema como la explicación

del fenómeno con la hipótesis del movimiento circular y uniforme”.

(Farringtong. Greek Science. Pp. 95-96. En la edición inglesa).

Kepler descubrió que los planteas se movían, pero no en círculos, sino en

elipses. Incluso como más tarde demostraría Newton, tampoco esto era del todo

cierto. Las elipses no son perfectas. Pero en los dos milenios anteriores, el dibujo

idealista del universo impuso el poder de un dogma imposible de desafiar que

durante la mayoría de ese tiempo encontró el respaldo del formidable poder de

la Iglesia.

Resulta significativo que las ideas de Platón sólo se conocieran en la Edad

Media por un solo trabajo, Timeo, su peor libro. Esta obra representa una

completa contrarrevolución de la filosofía. Desde Tales, la filosofía griega se

caracterizó por el intento de explicar el mundo en términos naturales, sin

recurrir a dioses o cualquier otro fenómeno sobrenatural. Timeo no es una obra

filosófica sino un folleto religioso. En él resurge el viejo mito de la creación. El

artesano supremo creó el mundo. La materia estaba formada por triángulos

porque los sólidos están limitados por planos y los planos se pueden reducir a

triángulos. El mundo es esférico, se mueve en círculos porque el círculo es la

forma más perfecta. Los hombres que llevan una mala vida, en la próxima vida

se reencarnan en mujeres.

En uno de los pasajes más impactantes de la obra podemos encontrar

algunas afirmaciones similares a las que hoy defienden los defensores del “big

bang”, Platón escribe sobre del “principio del tiempo”:

“El tiempo y el cielo empezaron a existir en el mismo instante para

que se pudieran crear a la vez, para que no se pudieran separar y sólo

pudieran exisitr conjuntamente. Fue diseñado después que se creara el

patrón de la naturaleza eterna y se debería parecer a ésta tanto como fuera

posible; el patrón existe desde la eternidad y el creador del cielo ha

existido, existe y existirá siempre. Esta era la mente y el pensamiento de

Dios cuando creó el tiempo”. (Platón. Los diálogos de Platón. En la edición

de Jowett. Vol. 3. Timeo. P. 242. En la edición inglesa).

¡No es extraño que la iglesia cristiana lo recibiese con los brazos abiertos!

A pesar de su aspecto dialéctico, la filosofía platónica, en esencia, es

conservadora y refleja la visión del mundo de una elite aristocrática, que sentía,

correctamente, que su mundo se derrumbaba bajo los pies. El deseo de volver la

espalda a la realidad, negar la evidencia de los sentidos, asirse a algún tipo de

estabilidad en medio de la turbulencia y la agitación, negar el cambio, todo esto

corresponde con una profunda necesidad moral y psicológica.

 

Capítulo III

 

Aristóteles y el final de la filosofía griega clásica

 

Marx definió a Aristóteles como “el pensador más importante de la

antigüedad”. Aristóteles vivió entre los años 384 y 322 a. C. y nació no en

Atenas sino en Estagira, Tracia. Discípulo de Platón, durante veinte años se

dedicó a estudiar rigurosamente la filosofía platónica, pero es evidente que no

quedó muy satisfecho con ella. Tras la muerte de Platón dejó la Academia y se

convirtió en tutor de Alejandro Magno. Volvió a Atenas en el 335 a. C., para

fundar su propia escuela, el Liceo. Tenía una mente enciclopédica que abarcaba

gran variedad de temas: lógica, retórica, ética, ciencia política, biología, física y

metafísica. Es el auténtico fundador de la lógica, la historia natural, la teoría de

la moral e incluso de la economía.

La filosofía de Aristóteles representa una ruptura con la filosofía platónica.

En muchos aspectos son diametralmente opuestas. En lugar del método

idealista, que vuelve la espalda a la realidad para refugiarse en el mundo de las

ideas y las formas perfectas, Aristóteles parte de los hechos concretos

procedentes de la percepción de los sentidos y a partir de estas percepciones

llega a los principios y causas finales. Platón partía de las ideas e intentaba

explicar la realidad a partir de ellas, mientras que Aristóteles partía de la

realidad, examinaba cuidadosamente una gran cantidad de datos y fenómenos

y a partir de ellos realizaba deducciones generales. Utilizaba el método

inductivo.

El interés de Aristóteles en la física y la biología demuestra su pasión por

la experimentación y la observación como fuentes principales del conocimiento.

En este sentido, se puede decir que fue pionero del método científico moderno.

Cuando Alejandro Magno estaba ocupado en sus guerras de conquista enviaba

a Aristóteles los detalles y los dibujos de todos los nuevos descubrimientos de

plantas y animales. A diferencia de Platón, quien consideraba el mundo

material de la naturaleza ¡no digno de su atención¡ Aristóteles pasó muchos

años coleccionando, ordenando y clasificando información de toda clase.

Pero Aristóteles no era un simple coleccionista de hechos. Primero se

basaba en la información procedente del mundo material objetivo y después

procedía a la generalización. En su obra más profunda, La Metafísica, especula

sobre el significado de los conceptos universales. Resume y critica todas las

filosofías anteriores, por eso también se le considera el primer historiador de la

filosofía. El título de la obra no tiene nada que ver con el uso de la palabra

“metafísica” que aparece en los escritos de Marx y Engels, ellos la utilizan en un

sentido totalmente distinto para describir la estrecha visión mecanicista de los

filósofos no materialistas de los siglos XVIII y XIX. En realidad, frente a la

filosofía de Platón, la “metafísica” de Aristóteles ocupa un lugar similar a la

dialéctica.

En La Metafísica, Aristóteles hace un estudio sistemático de algunas de las

categorías básicas de la dialéctica. Este hecho con frecuencia se pasa por alto por

que él también dictó las normas de la lógica formal (“aristoteliana”) que, a

primera vista, parece entrar en contradicción con la dialéctica. Para Aristóteles,

tanto la lógica como la dialéctica, eran formas válidas de pensamiento. El

pensamiento dialéctico no contradice la lógica formal, la complementa. Más

correctamente, las leyes de la lógica formal son válidas dentro de determinados

límites, mas allá de éstos límites no nos sirven. En concreto, la ley de la

identidad basada en la lógica formal, no es válida si tratamos el movimiento,

porque éste implica una contradicción la lógica formal excluye la

contradicción. Pero en toda una serie de operaciones de la vida cotidiana sí

son útiles las reglas de la lógica formal. Pero cuando se trata de aplicar estas

leyes y esta forma de pensamiento a áreas donde entran en conflicto con la

realidad, entonces las leyes se vuelven en su contrario. Lejos de ayudarnos a

comprender el funcionamiento de la naturaleza, se convierten en una fuente

interminable de errores, que frenan el desarrollo de la ciencia y el conocimiento.

La lógica formal se basa en tres proposiciones y conforman el silogismo

aristoteliano básico:

1. La ley de la identidad (“A” = “A”)

2. La ley de la contradicción (“A” no es igual a “no-A”)

3. La ley del medio excluido (“A” no es igual a “B”)

Durante más de 2.000 años, éstas tres proposiciones fueron la piedra

angular de toda la lógica. A finales del siglo XVIII, Kant afirmó que la lógica,

desde Aristóteles, no había avanzado ni retrocedido. A pesar de todos los

cambios que experimentó la ciencia en ese período, las reglas de la lógica

siguieron petrificadas tal y como las elaboró Aristóteles y más tarde convertidas

en dogma por parte de la Iglesia medieval. El silogismo básico aristoteliano

sobre el que se ha edificado toda la lógica, se basa en una premisa falsa. En

primer lugar, a pesar de la aparente progresión lógica, todo es una ilusión

porque las tres afirmaciones están incluidas en la primera, “A” es igual a “A”. A

primera vista, parecería patente la verdad de esta proposición. Como la ley de

la contradicción, que es simplemente una forma negativa de decir lo mismo.

“Ciertos filósofos, como ya hemos dicho, pretenden que una misma

cosa puede ser y no ser, y que se pueden concebir simultáneamente los

contrarios. Tal es la aserción de la mayor parte de los físicos. Nosotros

acabamos de reconocer que es imposible ser y no ser al mismo tiempo, y

fundados en esta imposibilidad hemos declarado que nuestro principio es

el principio cierto por excelencia.

También hay filósofos que, dando una muestra de ignorancia,

quieren demostrar este principio; porque es ignorancia no saber distinguir

lo que tiene necesidad de demostración de lo que no la tiene. Es

absolutamente imposible demostrarlo todo, porque sería preciso caminar

hasta el infinito; de suerte que no resultaría su demostración. Y si hay

verdades que no deben demostrarse, dígasenos qué principio, como sea el

expuesto, se encuentra en semejante caso”. (Aristóteles. Metafísica.

Madrid. Espasa Calpe. 1999. p. 109).

Es interesante observar que aquí Aristóteles, más interesado en demostrar

cada uno de sus postulados a través de un proceso riguroso de argumentación,

no intenta demostrar la ley de la contradicción, y se limita a afirmarla de una

forma dogmática. Ha de ser aceptada por el “sentido común”. Si la examinamos

más de cerca veremos que no es una cuestión tan simple como se pretende. En

la vida real, una cosa es y no es igual a sí misma porque cambia

constantemente. Tu no dudas que eres tu. Pero en el tiempo que tardas en leer

estas líneas, en tu cuerpo se han producido miles de millones de cambios

células que mueren y son sustituidas por otras nuevas. El cuerpo está

formado por tejido que constantemente se descompone y es reemplazado por

tejido nuevo, eliminando la materia y bacterias sobrantes, excretando bióxido

de carbono a través de los pulmones, perdiendo agua en el sudor y la orina y

así sucesivamente. Estos constantes cambios forman la base de la vida y hacen,

que en cualquier momento, el cuerpo sea diferente a sí mismo. Ya no eres la

misma persona que antes. No es posible decir lo que ocurre en este preciso

momento por que incluso en la más pequeña porción de tiempo, se están

produciendo cambios.

Para los propósitos normales podemos aceptar que “A = A”, que tu eres tu

y nadie más. El cambio al que nos referimos es tan pequeño que en la vida

cotidiana se puede pasar por alto. Sin embargo, después de un largo período de

tiempo, por ejemplo veinte años, si se puede observar la diferencia. Y en cien

años la diferencia sería lo suficientemente importante como para afirmar que ya

no eres tu. Y no sólo se aplica a las cosas vivas. La materia inorgánica también

se encuentra en un estado de constante cambio, todo es y no es, porque,

utilizando la maravillosa expresión de Heráclito: “todo fluye”.

Para los propósitos normales de la vida cotidiana podemos aceptar la ley

de la identidad. Además, es absolutamente indispensable si no queremos que el

pensamiento acabe en una confusión total. Pero para cálculos más seguros, para

velocidades próximas a la velocidad de la luz o para toda una serie de

situaciones críticas, esta ley es completamente inadecuada. En determinado

momento, la acumulación de pequeños cambios cuantitativos provoca un

cambio cualitativo importante. Para la lógica formal esta idea es un libro

cerrado, porque su principal punto débil es su incapacidad de tratar las cosas en

movimiento.

Lo mismo ocurre con la ley del medio excluido, cuando afirma que es

necesario afirmar o negar, una cosa debe ser blanca o negra, estar viva o

muerta, ser “A” o “B”. No puede ser ambas cosas al mismo tiempo. Para los

propósitos normales de la vida cotidiana podemos dar esta ley por válida.

Además, sin estas suposiciones sería imposible tener un pensamiento claro y

consecuente. En su período de decadencia, el sofismo solía jugar con la

dialéctica de una forma arbitraria, deformó de tal manera el método de

razonamiento que permitía demostrar prácticamente cualquier opinión.

Aristóteles estaba decidido a resolver la confusión creada por la dialéctica

subjetiva del sofismo y de ahí su empeño en las proposiciones lógicas

elementales.

Pero cuando pasamos del reino de la experiencia cotidiana y entramos en

los procesos más complejos, en modo alguno es una cuestión sencilla distinguir

“A” de “B”. El dogmático empeño de eliminar la contradicción conduce

precisamente al pensamiento metafísico en el sentido específico entendido por

Marx y Engels, como este último explicó en el Anti Dühring, donde señaló los

límites de las leyes de la lógica formal cuando se trata de enfrentarse a la

contradictoria realidad de la naturaleza:

“Para el metafísico, las cosas y sus imágenes mentales, los conceptos,

son objetos de investigación dados de una vez para siempre, aislados, uno

tras otro y sin necesidad de contemplar el otro, firmes, fijos y rígidos. El

metafísico piensa según rudas contraposiciones sin mediación: su lenguaje

es ‘sí, sí’, y ‘no, no’, que todo lo que pasa de eso del mal espíritu procede.

Para él, toda cosa existe o no existe; una cosa no puede ser al mismo

tiempo ella misma y algo diverso. Lo positivo y lo negativo se excluyen lo

uno a lo otro de un modo absoluto; la causa y el efecto se encuentran del

mismo modo en rígida contraposición. Este modo de pensar nos resulta a

primera vista muy plausible por ser el del sano sentido común. Pero el

sano sentido común, por apreciable compañero que sea en el doméstico

dominio de sus cuatro paredes, experimenta asombrosas aventuras en

cuanto que se arriesga por el ancho mundo de la investigación, y el modo

metafísico de pensar, aunque también está justificado y es hasta necesario

en esos anchos territorios, de diversa extensión según la naturaleza de la

cosa, tropieza sin embargo siempre, antes o después, con una barrera más

allá de la cual se hace unilateral, limitado, abstracto, y se pierde en

irresolubles contradicciones porque atendiendo a las cosas pierde su

conexión, atendiendo a su ser pierde su devenir y su perecer, atendiendo a

su reposo se olvida de su movimiento; porque los árboles no le dejan ver

el bosque. Para casos cotidianos sabemos, por ejemplo, y podemos decir

con seguridad si un animal existe o no existe; pero si llevamos a cabo una

investigación más detallada, nos damos cuenta de que un asunto así es a

veces sumamente complicado, como saben muy bien, por ejemplo, los

juristas que en vano se han devanado los sesos por descubrir un límite

racional a partir del cual la muerte dada al niño en el seno materno sea

homicidio; no menos imposible es precisar el momento de la muerte, pues

la fisiología enseña que la muerte no es un acontecimiento instantáneo y

dado de una vez, sino un proceso de mucha duración. Del mismo modo es

todo ser orgánico en cada momento el mismo y no lo es; en cada momento

está elaborando sustancia tomada de fuera y eliminando otra; en todo

momento mueren células de su cuerpo y se forman otras nueva; tas un

tiempo más o menos largo, la materia de ese cuerpo se ha quedado

completamente renovada, sustituida por otros átomos de materia , de

modo que todo ser organizado es al mismo tiempo el mismo y otro

diverso. También descubrimos con un estudio más atento que los dos

polos de una contraposición, como positivo y negativo, son tan

inseparables el uno del oto como contrapuestos el uno al otro, y que a

pesar de toda su contraposición se interpretan el uno al otro; también

descubrimos que causa y efecto son representaciones que no tienen

validez como tales, sino en la aplicación a cada caso particular, y que se

funden en cuanto contemplamos el caso particular en su conexión general

con el todo del mundo, y se disuelven en la concepción de la alteración

universal, en la cual las causas y los efectos cambian constantemente de

lugar, y lo que ahora o aquí es efecto, allí o entonces es causa, y viceversa.

Todos estos hechos y métodos de pensamiento encajan mal en el

marco del pensamiento metafísico. Para la dialéctica, en cambio, que

concibe las cosas y sus reflejos conceptuales esencialmente en su conexión,

en su encadenamiento, su movimiento, su origen y su perecer, hechos

como los indicados son otras tantas confirmaciones de sus propios

procedimientos”. (Engels. Anti-Dühring. Barcelona. Grijalbo. 1977. pp. 21-

22)

Es una pena, que el pensamiento brillante y original de un genio se

osifique y agote debido a la mano de sus sucesores. El aspecto flexible y

dialéctico del método aristotélico, su énfasis en la observación y la

experimentación, quedó escondido durante mucho tiempo. Los escolásticos

medievales, interesados sólo en dotar de base ideológica a las doctrinas de la

Iglesia, se concentraron en la lógica aristotélica, la interpretaron de una manera

formalista e inerte y excluyeron prácticamente todo lo demás. De esa forma, un

conjunto de ideas que se podrían haber convertido en un estímulo para el

desarrollo de la ciencia, se convirtió en su contrario, cadenas para el intelecto

que sólo pudieron romperse con el auge revolucionario del Renacimiento.

Hay algo irónico en el secuestro que hizo la Iglesia de la filosofía de

Aristóteles. En realidad, sus escritos están impregnados de un fuerte espíritu

materialista. Lenin considera que “Aristóteles está muy próximo al

materialismo”. (Lenin, OE, Vol. 38, p. 282). A diferencia de Platón, en

Aristóteles, la lógica formal está estrechamente relacionada con la teoría del ser

y la del conocimiento, porqué veía las formas del pensamiento como ser, no

como fenómenos con una existencia independiente, eran formas del ser que se

expresan en la conciencia humana.

Aristóteles rechazaba totalmente la teoría de Platón de las ideas como

formas desmaterializadas. El objetivo de la ciencia es la generalización basada

en la experiencia. Lo general sólo existe en y a través de las cosas materiales que

nos llegan a través del sentido de la percepción. Comprendió correctamente las

limitaciones de los primeros materialistas como Tales, que intentaron expresar

el mundo material en una sola manifestación concreta, por ejemplo, el agua.

Aristóteles consideraba la materia como una sustancia externa, que no se puede

crear ni destruir, sin principio ni fin, pero que en un proceso constante de

cambio y transformación. Una de sus principales objeciones al idealismo

platónico son las cosas no materiales (“no-sensible”) que pueden tener nomovimiento:

“Habrá otro cielo, otro sol, otra una, además de los que tenemos a

la vista, y lo mismo en todo lo demás que aparece en el firmamento. Pero ¿cómo

creeremos en su existencia? A este nuevo cielo no se puede hacer

razonablemente inmóvil; y, por otra parte, es de todo punto imposible que esté

en movimiento”. (Aristóteles. Op. Cit. p. 84).

La aguda mente de Aristóteles encontró una contradicción insalvable en el

idealismo de Platón. Si realmente existían formas eternas e inmutables, ¿cómo

éstas consiguen dar origen al cambio constante y al mundo material cambiante

que vemos ante nosotros? A partir de una idea inamovible, totalmente

desprovista de cualquier principio de movimiento, no se puede derivar nada en

absoluto, excepto una paralización total. Nada puede existir, sin una fuerza

motriz, interna o externa, Newton lo descubrió y asignó a Dios la tarea de dar el

causa final para este movimiento mecánico universal. Pero en las ideas de

Platón no hay nada de esto, no había movimiento porque todas las cosas que se

mueven y cambian, estas supuestamente ideas perfectas son las más

imperfectas de todas. Estas ideas no existen, o para ser más exactos, no existen

en ningún lugar excepto como fantasmas en las mentes de los filósofos.

La absoluta separación entre el pensamiento y el ser, esa particular

esquizofrenia que aflige todas las clases de idealismo, en última instancia,

provocan impotencia porque no existe esa idea absoluta que se supone está

sobre el mundo de la tosca realidad material. Como señala Schwegler:

“Los partidarios de la Teoría Ideal, no se encuentran en una posición

lógica para poder determinar una idea; sus ideas son indefinibles: Platón

ha dejado en total oscuridad la relación general de las cosas con las ideas.

Limita las ideas a arquetipos y se supone que las cosas participan de estos

arquetipos; pero éstos son sólo metáforas poéticas huecas. ¿Cómo

concebimos esta “participación” en esta copia de esquemas remotos y

ausentes en una región extraña? Es inútil buscar en Platón una explicación

concreta. Es totalmente ininteligible como y por qué llega a estas ideas”.

(Schwegler. Op. Cit. p. 104. En la edición inglesa).

En su lucha contra el subjetivismo sofista, Sócrates solía subrayar la

necesidad de buscar ideas universales para llegar a las concepciones correctas y

a las definiciones que realmente corresponden con la materia en consideración.

Era todo un avance ante el método arbitrario de los sofistas. Además, sin estas

universalidades, habría sido imposible la ciencia. Pero el intento de Platón de

transformar estas nociones generales en entidades independientes, llevaba

directamente al pantano del misticismo religioso. Lo que en realidad tratamos

aquí, bajo el título de “universales” es el género o especie de las cosas. La

noción de que un gérero o especie puede existir separada y a parte de los

individuos o viceversa, es evidentemente un disparate. Aristóteles rechazó la

concepción de que estas formas e ideas pueden existir separadas de las cosas

materiales:

“Dicen que las ideas son por sí mismas causas y sustancias, como ya

hemos visto al tratar de esta cuestión en el primer libro. A esta doctrina

puede hacerse mil objeciones. Pero el mayor absurdo que contiene es decir

que existen seres particulares fuera de los que vemos en el Universo, pero

que estos seres son los mismos que los seres sensibles, sin otra diferencia

que los unos son eternos y los otros perecederos. En efecto, dicen que hay

el hombre en sí, el caballo en sí, la salud en sí, imitando en esto a los que

sostienen que hay dioses, pero que son dioses que se parecen a los

hombres. Los unos no hacen otra cosa que hombres eternos; mientras que

las ideas de los otros no son más que seres sensibles eternos” (Aristóteles.

Op. Cit. p. 84).

Con enorme paciencia y rigor intelectual, Aristóteles se ocupó de todas las

categorías del pensamiento y las expresó de una forma más desarrollada y

explícita. Muchas de las categorías del pensamiento dialéctico posteriormente

desarrolladas en la lógica de Hegel ya las trató a grandes rasgos Aristóteles, la

cantidad y la calidad, la parte y el todo, la necesidad y el accidente, lo posible y

lo real, etc., Aquí hay muchas percepciones importantes. Por ejemplo, en la

discusión sobre la relación entre la potencialidad (“dinamismo”) y la realidad

(“energeia”), Aristóteles adelanta ya la idea de la unidad de la materia y la

energía. Para Aristóteles, la materia tiene dos aspectos, la substancia, que en sí

misma contiene el potencial para un número infinito de transformaciones, y un

principio activo, la “energeia”, que es una fuerza motriz innata y espontánea. Al

desarrollar la idea del movimiento de ser potencial a ser real, Aristóteles da una

versión más concreta del “llegar a ser” de Heráclito. Aquí encontramos la

diferencia principal entre la filosofía de Aristóteles y la de Platón. En lugar de la

idea estática e inerte, ahora tenemos la tendencia inherente de la materia al

movimiento y al desarrollo, y ésta se materializa a través del paso constante de

la posibilidad a la realidad.

Con relación al tiempo, Aristóteles no sólo es superior a Platón, también es

superior a muchos científicos modernos que dicen disparates místicos acerca

del “comienzo del tiempo”. Para Aristóteles el tiempo, igual que el movimiento,

siempre ha existido, y por lo tanto, resulta absurdo hablar del principio o el

final del tiempo:

“Es imposible, que el movimiento tenga principio o final, porque siempre

ha existido. Tampoco el tiempo puede llegar a ser o dejar de ser; no puede

existir un ‘ante’ o un ‘después’ donde no hay tiempo. El movimiento es

continuo en el mismo sentido que el tiempo”. (Ibíd.. p. 342). Este es un

pensamiento profundo que ya anticipa la posición del materialismo dialéctico,

el tiempo, el espacio y el movimiento son el modo de existencia de la materia,

pero Aristóteles fue incapaz de desarrollar esta idea satisfactoriamente.

A partir del idealismo objetivo, Aristóteles se aproximó bastante al

materialismo, aunque nunca llegó a romper completamente con el idealismo;

como señaló Lenin, Aristóteles oscilaba “entre el idealismo y el materialismo”.

(Lenin, Obras escogidas, Vol. 38; p. 296. En la edición inglesa). En los escritos de

Aristóteles, encontramos los gérmenes de la concepción materialista de la

historia y el desarrollo del pensamiento y la cultura. Explica que, mientras las

acciones de los animales están determinadas por las impresiones sensoriales

inmediatas (todo lo que pueden ver, oír, etc.,) y la memoria, sólo la raza

humana vive para compartir la experiencia social, el arte y la ciencia. Aunque el

punto de partida de todo conocimiento sea la experiencia y la percepción

sensorial, no es suficiente:

“Ninguna de las acciones sensibles constituye a nuestros ojos el

verdadero saber, bien que sean el fundamento del conocimiento de las

cosas particulares; pero nos dicen el porqué de nada; por ejemplo, no nos

hacen ver por qué el fuego es caliente, sino sólo que es caliente”.

(Aristóteles, op. Cit. p. 39).

La teoría del conocimiento de Aristóteles también está muy cerca de ser

una postura materialista. El punto de partida son los hechos que llegan a

nosotros a través de nuestros sentidos (la percepción sensorial), y que nos

permiten pasar de lo particular a lo universal: “en este caso tenemos que

comenzar con aquello que es más inteligible para nosotros (p. e.: los hechos

complejos y los objetos de la experiencia) y avanzar hacia el entendimiento de

lo que es su naturaleza inteligible”. (p. e.:, lo simple, los principios universales

del pensamiento científico)”. (Ibid. pg. 172. En la edición inglesa).

La contradicción en la postura de Aristóteles se ve en las concesiones que

hace a la religión, al asignar a Dios el papel de Primera Causa. Antes que

Newton, ya Aristóteles dijo que debía existir algo que originara el movimiento.

Este “algo” debía ser una sustancia eterna y real. El concepto es ambiguo, más

parecido a la “substancia” de Spinoza. Al final se pueden hacer las mismas

objeciones a Aristóteles que él hizo a Platón. Si en algún momento el universo

estuvo sin movimiento _es imposible no existiría forma alguna de que se

hubiera puesto en movimiento, y menos que recibiese un impulso externo. Si el

“primer impulso” no es material, entonces es imposible que pueda comunicar

movimiento a un universo material.

Esta línea de argumentación no soluciona el problema, sólo nos hace dar

marcha atrás. Aceptemos que existe una “causa final” que pone al universo en

movimiento. ¿De donde precede la “causa final”? Seguramente se nos

respondería que fue otra “causa final”. La debilidad de esta idea es evidente y

procede de la preocupación que Aristóteles tenía con la búsqueda de causas

finales (opuestas a las que denominó causas materiales, formales y eficaces).

Dentro de determinados límites, para los propósitos de la vida cotidiana, es

posible que esta teoría sea suficiente. Por ejemplo, la causa de la existencia de

una casa se puede encontrar en los materiales de construcción, los

constructores, el arquitecto…

Podríamos seguir encontrando indefinidamente las causas incluso del

fenómeno más simple. Incluso en el ejemplo anterior, podríamos continuar

hasta la demanda de la construcción, el estado de la economía mundial, la

composición atómica de los ladrillos y el cemento, los padres y abuelos de todo

las personas implicadas y así sucesivamente. Pero normalmente no hacemos

esto, ponemos un límite definido a la causalidad. En realidad, la cadena de

causas es infinita, la causa se convierte en efecto y viceversa y así hasta el

infinito. Por eso, la concepción de una “causa final” es acientífica y mística.

Evidentemente la Iglesia aprovechó este aspecto débil y místico de Aristóteles y

lo convirtió en dogma.

Otra malinterpretación de Aristóteles, antes mencionada, fue la

interpretación teológica de la naturaleza. La teleología (de la palabra griega

telos), dice que todos los fenómenos naturales, incluido el hombre, están

determinados por una meta o designio. Esta idea equivocada jugó un papel

nocivo y fue un freno para la ciencia, porque de aceptarla, realmente, no se

podría explicar nada. Lleva a conclusiones religiosas, porque al final no se

puede decir de dónde procede este “designio”. La conclusión, por lo tanto, es

que las cosas viene por Dios.

Aristóteles llegó a decir las cosas de esta forma, ahora bien, la Iglesia

adaptó esta idea más tarde y le dio una interpretación religiosa. Para él todo

contenía en sí mismo un principio activo o “alma” (entelechy), y toda la

naturaleza está guiada por una sola meta suprema. Esta idea probablemente

proceda de las investigaciones biológicas de Aristóteles. En sus trabajos,

menciona unas quinientas clases diferentes de animales, de los que diseccionó

aproximadamente cincuenta clases diferentes. A partir de la observación,

comprobó que la estructura del cuerpo de los animales se adaptaba

perfectamente a su medio ambiente y forma de existencia. También a partir de

esta clase de observaciones Darwin desarrolló la teoría de la evolución. Pero

Aristóteles sacó conclusiones diferentes, es decir, que la naturaleza de cada

animal está predeterminada por la naturaleza de acuerdo con un orden

determinado, un plan inherente a la naturaleza de las cosas. De esta forma

Aristóteles atribuye el cuerpo a un plan divino:

“El hombre es el único animal erguido, porque su naturaleza y su

substancia son divinas. Pensar y ejercitar la inteligencia es característica de

lo más divino. Estas no son tareas fáciles si la mayor parte del cuerpo se

encuentra en la parte superior. El peso vuelve lento el ejercicio de pensar y

la percepción. Por consiguiente, si el cuerpo y el elemento corporal

aumentan, los cuerpos caerán al suelo; posteriormente, por seguridad, la

naturaleza sustituiría las manos y brazos por patas delanteras y entonces

tendremos cuadrúpedos. El hombre es un ser erguido que no tiene

necesidad de patas delanteras; en su lugar, la naturaleza le ha dado manos

y brazos. Anaxágoras ha dicho que son las manos los que hacen del

hombre el más inteligente de los animales. Con toda probabilidad, tiene

manos porque precisamente era el ser más inteligente. Las manos son una

herramienta y la naturaleza, como un hombre inteligente, siempre

distribuye herramientas a aquellos que las pueden utilizar. Lo correcto es

dar la flauta al flautista y no al hombre que no tiene destreza para tocar,

por eso, habrá que dar lo menor a lo más grande y más augusto, en lugar

de dar al menor lo más grande y más precioso. Si, es lo mejor que se podía

hacer y si la naturaleza, de lo que es posible siempre hace lo mejor, el

hombre no es sabio porque tenga manos, sino que tiene manos porque es

el más sabio de los animales”. (Aristóteles. De Partes de los animales.

Citado por Farrington. P. 129-130. En la edición inglesa).

Para Anaxágoras el desarrollo de la inteligencia humana fue posible

gracias a la liberación de las manos, fue una percepción maravillosa, aunque

Aristóteles situara este desarrollo totalmente sobre la cabeza. Su enfoque

teleológico le impidió tener una apreciación auténticamente científica de la

naturaleza, a pesar de sus investigaciones. Tomás de Aquino y la Iglesia se

apoderaron de sus ideas y retrasaron durante siglos el estudio de la naturaleza,

hasta que los descubrimientos de Darwin proporcionaron una explicación

racional del propósito relativo de las criaturas vivientes. Incluso así, las

concepciones teleológicas en la biología resurgieron con diferentes apariencias

diferentes: “neovitalismo, neolamarckismo”, etc., Hoy en día, esta tendencia

también se puede ver cuando algunas personas al intentar describir un

fenómeno natural, inconscientemente conceden a la “naturaleza” características

humanas. En realidad, el proceso de adaptación de plantas y animales a su

entorno, en ningún momento obedecen a un plan determinado de antemano.

 

La ciencia griega en el período alejandrino

 

La debilidad de la filosofía idealista se ve en su incapacidad de ir más allá

del conocimiento. La filosofía de Platón terminó con su muerte. Su Academia

pasó por toda una serie de filósofos de segunda clase que no contribuyeron en

nada nuevo al desarrollo del pensamiento. No ocurrió lo mismo con el Liceo de

Aristóteles, el énfasis que ponía en la investigación animó a sus discípulos a que

abordasen la investigación práctica de una forma satisfactoria. Los voluminosos

estudios de diferentes campos científicos legados por el Maestro sirvieron de

base para el desarrollo de las distintas ciencias. El gran museo de Alejandría era

una ramificación del Liceo, allí se realizaron importantes tratados de botánica,

física, anatomía, psicología, matemáticas, astronomía, geografía, mecánica,

música y gramática.

El primer sucesor de Aristóteles, Teofrasto, consiguió importantes avances

en biología, fue el primero en trazar una distinción firme entre las plantas y los

animales que marcarían el nacimiento de la botánica como ciencia. Teofrasto

también cuestionó la validez de la teleología y propuso limitar su aplicación a la

biología:

“Debemos intentar poner un límite a la determinación de causas

finales. Es el requisito previo para que todo científico pueda investigar el

universo, en las condiciones reales de existencia de las cosas y sus

relaciones entre ellas”. (Ver a Farrington, p. 162. En la edición inglesa.).

Para superar las contradicciones a las que había llegado Aristóteles con

relación a la materia y el movimiento, Teofrasto regresó a las explicaciones

materialistas de los filósofos presocráticos.

Strato dirigió el Liceo durante los años 287 y 267 y puede ser considerado

el padre de la experimentación científica. Según Polibio se ganó el apodo de “el

físico”, que en aquella época denotaba a alguien interesado en la investigación

de la naturaleza. Cicerón dice, con cierto tono de desaprobación, que él

“abandonó la ética la parte más necesaria de la filosofía para dedicarse a la

investigación de la naturaleza” (Ibíd. p. 182). En 1893, Hermann Diels analizó

un fragmento atribuido a Herón de Alejandría, el Pneumatics, escrito en la

segunda mitad del siglo I a. C., que establece las bases del método experimental

elaborado por Strato.

Los científicos del período alejandrino consiguieron grandes avances en

todos los campos del conocimiento. Por ejemplo, en mecánica dieron

explicaciones matemáticas a toda una gran variedad de operaciones: la palanca,

la balanza, la polea, la rueda de alfarero, la cuña, el remo de un bote, el

problema de la inercia, etc., En el terreno de la botánica, el trabajo de Teofrasto

no ha tenido paralelo hasta los tiempos modernos, según Farrington, Strato es

ahora considerado el autor de Problemas Mecánicos, que originariamente fue

atribuido a Aristóteles, que contiene el germen de un importante principio de la

mecánica, el principio de las velocidades virtuales (el principio de los

desplazamientos virtuales). Eratóstenes calculó la circunferencia de la tierra con

la utilización de métodos científicos y tuvo un margen de error del 0,4%. Herón

de Alejandría inventó incluso un motor a vapor, aunque no pudo ser utilizado.

La pregunta que viene a nuestra mente es por qué estos descubrimientos tan

extraordinarios no provocaron una revolución industrial y tecnológica hace

2.000 años. La respuesta a esta pregunta se encuentra en la naturaleza de la

propia sociedad esclavista.

En general, con ciertas excepciones como la minería, máquinas de guerra y

obras publicas, los gobernantes de Grecia y Roma estaban poco interesados en

la aplicación práctica de los descubrimientos científicos. En el período en el que

la esclavitud era el modo dominante de producción, el divorcio entre la ciencia

y la tecnología era casi total. La especulación científica y filosófica era

considerada como un pasatiempo intelectual sólo para el rico. Los filósofos y

matemáticos miraban con desprecio a los hombres prácticos. El gran geométrico

Euclides, cuando un imprudente pupilo le preguntó que ganaría estudiando

geometría, ordenó a un esclavo que le entregara un puñado de monedas, “ya

que parece ser que deseaba obtener algún beneficio de lo que aprendía”. En

realidad, el uso práctico de las teorías de Euclides no se comprobó hasta el siglo

XVII, cuando Galileo descubrió el movimiento parabólico de los proyectiles y

Keppler descubrió que los planetas se movían formando elipses.

La abundancia de mano de obra esclava barata era un desincentivo para la

aplicación de la tecnología que ahorraba trabajo humano. El mercado para los

productos refinados estaba restringido a una pequeña clase de ricos. No era

necesaria la producción en masa. Incluso en la agricultura, que en la última

época de la historia de Roma se basaba en el latifundio a gran escala, tampoco

existían incentivos para la introducción de maquinaria. Al principio por la

abundante oferta de esclavos y después porque los esclavos, a diferencia de los

jornaleros libres, no podían depender de cuidar máquinas costosas y delicadas.

En una nota a pie de página en el primer volumen del Capital, Marx explica la

razón de la imposibilidad de introducir tecnología avanzada sobre la base de la

esclavitud:

“Esta es una de las circunstancias que encarecen la producción

basada en la esclavitud. Conforma a la acertada expresión de los antiguos,

el obrero sólo se distingue como instrumentum vocale del animal,

instrumentum semivocale, y de la herramienta inerte, instrumentum

mutum. Pero él mismo hace sentir al animal y la herramienta que no es

igual a ellos, sino un hombre. Se procura la dignidad personal de su

diferencia respecto a ellos maltratándolos y destruyéndolos con amore. De

ahí que el principio económico vigente en este modo de producción sea el

de aplicar solamente los instrumentos de trabajo más toscos y pesados,

difíciles de estropear precisamente por su pesada tosquedad. Por eso,

hasta el estallido de la guerra de secesión, se encontraban en los estados

esclavisas situados en el Golfo de Méjico arados de antigua construcción

china, que levantan el suelo como los cerdos o los topos, pero no lo

henden ni revuelven. Cf. J. E. Cairnes. The Slave Power, Londres, 1862, pp.

46 y ss. En su Seabord Slave States, pp. 46, 47, cuenta Olmsted, entre otras

cosas: ‘Aquí me han mostrado herramientas con las que entre nosotros

ningún hombre sensato cargaría a su obrero asalariado. Su extraordinario

peso y tosquedad tienen que hacer el trabajo, en mi opinión, al menos un

10% más difícil que con las utilizadas normalmente entre nosotros. Pero,

como me han asegurado, dada la manera negligente y torpe con que las

manejan los esclavos, no es posible confiarles con buenos resultados

herramientas más ligeras o delicadas. En los campos de cereales de

Virginia no durarían un día herramientas como las que nosotros

confiamos continuamente, y en verdad con buenos resultados económicos,

a nuestros obreros, y eso a pesar de que el suelo es más fácil y menos

pedregoso que el nuestro. Igualmente, a mi pregunta de por qué en las

granjas se sustituyen de una forma tan general los caballos por las mulas,

me dieron también como razón primordial y decisiva que los caballos no

aguantan el trato que reciben continua y forzosamente de los negros. En

sus manos, los caballos se baldan e invalidan al poco tiempo, mientras que

las mulas resisten los golpes y la falta de uno o dos piensos sin daño

corporal. Tampoco se resfrían ni enferman cuando se descuidan y trabajan

en exceso. Pero no necesito ir más allá de la ventana de la habitación en

donde escribo para prescenciar casi a cada momento un trato del ganado

que en el Norte induciría inmediatamente al despido del arriero’”. (Carlos

Marx. El Capital. Madrid. Akal Editores. 1976. Vol. I. pp. 266-267)

El ascenso de la esclavitud socavó al campesinado libre, exprimido por el

servicio militar, la deuda y la competencia de la esclavitud. Paradójicamente, la

productividad del trabajo esclavo era más baja que la de los pequeños

campesinos a los que desplazaban. Pero con la enorme oferta de esclavos

procedentes de las guerras de conquista, el bajo nivel de productividad del

esclavo individual se compensaba con lo barata que era la fuerza laboral del

gran número de esclavos que eran sometidos a trabajo forzoso. La sustitución

de la pequeña parcela del campesino por los vastos latifundios, del trabajador

por ejércitos de esclavos, generó enormes excedentes, mientras la oferta de

esclavos baratos continuaba. Allí donde la esclavitud era el principal modo de

producción, el concepto de trabajo también se degradaba, y en la mente

humana el trabajo se identificaba con todo tipo de cosas infames y degradantes.

¡Ninguna maravilla de Aristóteles era tan brillante como la teoría de

Anaxágoras que afirmaba que la inteligencia humana dependía de las manos!

Este no es el lugar para analizar en detalle las contradicciones del modo de

producción esclavista y que finalmente provocaron su desaparición. Basta con

observar que, a pesar del intento común de comparar el sistema esclavista con

el capitalismo moderno, en muchos sentidos es justo lo contrario. Por ejemplo,

el proletariado que hoy, junto con la naturaleza, produce toda la riqueza de la

sociedad, en la época del imperio Romano era una clase parasitaria que vivía a

costa de los esclavos. Por otro lado, mientras el capitalista moderno depende de

la búsqueda continua de sectores donde reinvertir, las posibilidades de

inversión para el capitalista romano estaban limitadas por la naturaleza del

propio sistema de producción esclavista.

La clave para la expansión de las fuerzas productivas en el capitalismo

actual es la creación de medios de producción, la manufactura de nuevas

máquinas, que produce el aumento constante del capital. En la antigüedad, las

condiciones para el desarrollo y la aplicación de maquinaria eran escasas.

Primero era necesaria la existencia de una gran clase de jornaleros libres

obligados a vender su fuerza de trabajo a los dueños de la industria. No había

incentivos para inventar máquinas que después no encontraban un uso

práctico. La relativamente pequeña clase de artesanos dedicados a la

producción de artículos de lujo para el disfrute de los ricos que, como los

capitalistas modernos, no tenían una salida productiva para sus beneficios y se

dedicaban al consumo a gran escala.

Todo el sistema comenzó a resquebrajarse cuando la oferta de trabajo

esclavo barato se agotó porque el imperio alcanzó sus límites. Ante la ausencia

de un giro revolucionario, toda la sociedad entró en una prolongada fase de

declive y decadencia. Las invasiones bárbaras no fueron la causa del colapso,

sólo fueron la expresión práctica del agotamiento del sistema esclavista. El

sentido de decadencia también afectó a la perspectiva de la propia clase, un

sentimiento de cansancio, decadencia moral, disgusto con un mundo que había

sobrevivido a sí mismo, todo esto encuentra su expresión en las filosofías

predominantes que describían por sí mismas las características del período:

cinismo y escepticismo, que han pasado al vocabulario de nuestros tiempos

aunque con significados completamente diferentes a los originales.

Los cínicos eran seguidores de Diógenes de Antístenes, un alumno de

Sócrates que profesaba un desprecio absoluto por la moral y costumbres

costumbres existentes. Su discípulo más famoso, también llamado Diógenes de

Sinope, llevó esta idea al extremo de querer vivir “como un perro”, de aquí la

palabra “cínico” (de la palabra griega que designa a un perro). De él se dice que

vivió en un tonel. Su idea, como los “marginados” actuales, era no tener

“ninguna” dependencia de las cosas materiales. Cuanta la leyenda que cuando

Alejandro Magno le ofreció lo que deseara, Diógenes le respondió que sólo

deseaba que “no le tapase la luz”. La idea, en contraste con los cínicos

modernos, era despreciar las cosas mundanas.

Esta idea de apartar la vista del mundo para buscar la salvación espiritual

en uno mismo, reflejaba la profunda crisis cultural y social causada por el

declive de las ciudades estado griegas. Incluso Pitágoras y Platón, a pesar de su

filosofía idealista, no renunciaron totalmente al mundo. Ambos trataron de

ganar influencia intentando persuadir a los gobernantes e imponer sus puntos

de vista filosóficos. Ambos apelaban a la lógica y la razón. Lo que aquí vemos

es algo diferente, una renuncia completa a este mundo y la negación total del

conocimiento humano.

Mientras el Liceo consiguió importantes resultados científicos, la

Academia cada vez estaba más influenciada por el escepticismo. La filosofía

escéptica representada por Pirrón, Sexto Empírico y otros, cuestionaba la

posibilidad de obtener un conocimiento objetivo de la realidad. “No podemos

saber nada, incluso lo que ya sabemos”. Este era su principio central. Eso era,

hasta cierto punto, el resultado lógico del método de la deducción, que los

idealistas establecieron como la única forma de llegar a la verdad, pero no en

referencia al mundo real de la observación y la experimentación, sino a través

de ideas derivadas de otras ideas, axiomas y “primeros principios”, como los de

la geometría euclidiana, que están considerados como evidentes y no necesitan

demostración.

Los escépticos como Timón, negaban la posibilidad de encontrar estos

principios. Todo tenía que tener una demostración, y ésta debía tener otra y así

hasta al infinito, por lo tanto, no se puede conocer nada.

Esta filosofía marca el inicio de la degeneración del idealismo objetivo,

que, a pesar de todos sus defectos, consiguió llegar a algunas conclusiones

importantes, en su lugar había surgido el idealismo subjetivo, la forma más

baja, primitiva y estéril de idealismo. Por último, esto conduce al solipsismo:

sólo existo “yo”. Como todo depende de mis impresiones subjetivas, entonces,

no existe la verdad objetiva. Por ejemplo, no puedo afirmar que la miel es dulce,

porque sólo me parece dulce a mí. Para la mayoría de las personas esta idea

parece absurda, pero básicamente no se diferencia de los puntos de vista que

más tarde plantearon Hume y Kant, y que en general son aceptados por los

modernos filósofos y científicos burgueses. Por ejemplo, para los escépticos no

puedes dar por cierto nada relacionado con el mundo, sólo puedes dar por

ciertas, algunas cosas que son “probables”, ésta es la base filosófica que llevó a

una interpretación equivocada de los resultados de la mecánica cuántica

presentados en nuestro siglo por científicos como Werner Heisenbergg y otros,

y que muchos científicos las asimilaron sin ninguna crítica.

Estas ideas no caen de las nubes. Son un reflejo indirecto de la confusión

existente en la mente de los hombres ante la realidad social existente. El

escepticismo en todas sus apariencias, incluidas las modernas, es la expresión

de un período en el que una forma concreta de sociedad ha entrado en un

declive irreversible, cuando los antiguos ideales están en bancarrota y los

nuevos todavía no se han hecho valer. Se extiende un ambiente general de

incertidumbre y malestar por toda la sociedad, empezando por la capa más

culta, que se siente desorientada. La expresión más común de este ambiente es

precisamente el escepticismo, con su insistencia en la relatividad del

conocimiento humano, la duda y el agnosticismo. En el siglo XVIII, el período

de ascenso revolucionario de la burguesía, el escepticismo de Montaigne y otros

jugó un papel progresista porque criticaba los dogmas religiosos de los

teólogos. Pero el escepticismo de Hume y Kant, que intentaba poner límite a las

posibilidades de la comprensión humana, sólo abrió la puerta para que

reentrara la fe religiosa. La última variante la podemos encontrar en el

positivismo lógico.

Una característica común en todos estos filósofos del período de declive de

la sociedad esclavista, es la idea de una retirada del mundo. El mundo es visto

como un valle de lágrimas, del que es necesario escapar para buscar la salvación

individual por distintos medios. En el período de declive del Imperio Romano,

los filósofos epicúreos y estoicos, dominantes desde el siglo I a. C, manifestaron

la misma tendencia, aunque, como ocurre a menudo, con frecuencia existía

discrepancia entre la teoría y la práctica. Por ejemplo Séneca, el austero filósofo

moral del estoicismo, que enseñó ética al emperador Nerón, amasó una fortuna

prestando dinero y cobrando exorbitantes tipos de interés, lo que provocó la

rebelión de Bodicea contra los romanos en Britania. Este profeta de la pobreza

dejó detrás de él una de las más grandes fortunas de su tiempo -300 millones

de sestercios-.

En su magistral estudio de la Antigüedad, Orígenes y fundamentos del

cristianismo, Karl Kautsky describe el clima moral e intelectual en el cual estas

ideas arraigaron:

“Epicuro llamó a la filosofía una actividad que lleva a una vida feliz

por medio de concepciones y pruebas. El pensó que podía obtener la

felicidad persiguiendo el placer; pero solamente persiguiendo placeres

racionales, permanentes, no por medio del deseo de goces sensuales

exagerados y temporales, que conducen a la pérdida de la salud y de la

fortuna, y, por consiguiente, de la felicidad.

Esta era una filosofía que se adaptaba a los usos de la clase

explotadora, que no tenía otra aplicación que dar a su riqueza que la del

consumo; lo que necesitaban era una regulación racional de la vida del

placer. Pero esta doctrina no daba satisfacción al creciente número de

personas que ya habían sufrido un fracaso físico, mental o financiero; a los

pobres y a los miserables; ni tampoco ofrecía consuelo a los ya asqueados

del goce; ni podía dar placer a los que todavía tenían algún interés en las

formas tradicionales de la vida comunal y aún perseguían propósitos que

trascendían sus necesidades personales, a los patriotas que observaban la

decadencia del Estado y la sociedad, llenos de impotente pena, pero

incapaces de detener el proceso. A todos estos grupos los placeres de este

mundo parecían vanos e insípidos. Todos éstos se volvían a la doctrina

estoica, que exaltaba la virtud no el placer, como la más grande bondad,

como la única buenaventura. Los estoicos declaraban los bienes externos,

la salud, la riqueza, etc., como cosas de gran indiferencia, como lo eran

también los externos.

Esto condujo por último a muchas personas a volver completamente

la espalda al mundo, a despreciar la vida y hasta a desear la muerte. El

suicidio llegó a ser un hábito en la Roma imperial, por algún tiempo llegó

a ser una verdadera moda”. (Karl. Kautsky. Orígenes y fundamentos del

cristianismo. Editorial Latina. P. 105)

Aquí nos encontramos entre el umbral de la filosofía y la religión. Una

sociedad que se ha agotado económica, moral e intelectualmente encuentra su

expresión en un ambiente general de pesimismo y desesperación. La lógica y la

razón no proporcionan respuestas, el orden existente de las cosas se encuentra

con la irracionalidad. Tales circunstancias no conducen al surgimiento del

pensamiento científico y a realizar atrevidas generalizaciones filosóficas. Lo

más probable es que surja una tendencia a mirar hacia el interior, que refleja la

atomización social, el misticismo y la irracionalidad. De este mundo no

podemos esperar nada ni siquiera comprender nada. Lo mejor es volver la

espalda a la realidad y prepararnos para una vida futura mejor. En lugar de

filosofía, ahora tenemos religión en lugar de razón tenemos misticismo.

Ya hemos visto este fenómeno en el período de declive de las ciudades

estado griegas cuando, en palabras del profesor Gilbert Murray, “La astrología

se adueñó de la mente helenística como una nueva enfermedad se adueña de la

población de una remota isla del Pacífico” (Citado por Rusell). El mismo

fenómeno se multiplicó por mil durante el largo período de declive del Imperio

Romano. La epidemia de religiones y cultos orientales que afligieron a la

sociedad romana en ese momento está bien documentada, no sólo la cristiandad

y el judaísmo, también el culto a Mitra, Isis, Osiris y otras miles de sectas

exóticas que proliferaron a costa de la religión oficial.

Muchos de estos cultos tenían ceremonias y rituales muy similares. El

sacramento a Mitra incluía una comida sagrada, en la que se consagraba el pan

y un cáliz de vino que se daba de beber al fiel, en señal de una vida futura. En

realidad, muchos elementos de la cristiandad proceden de otras religiones y la

mayoría de sus doctrinas provienen de los filósofos paganos. Quien jugó un

papel importante fue Plotino (250-270), un místico griego y fundador de la

escuela neoplatonista, que representa la decadencia final del idealismo clásico.

El mundo es Uno, imposible de conocer e inexpresable. Sólo podemos conocerlo

a través del misticismo, la comunión extática, los trances y otras cosas similares.

También se consigue con la mortificación de la carne y nuestra propia

emancipación de la esclavitud de la materia. Plotino propuso la idea de la

Sagrada Trinidad. La materia no tiene una realidad independiente, es sólo la

creación del alma. Pero, ¿por qué el alma se preocupa de crear esta materia?,

podríamos hacer muchas preguntas más, pero se nos pedirá que lo aceptemos

como un “misterio”. Los primeros apoligistas cristianos metieron estas ideas en

su equipaje y elaboraron una teología que es el bastardo de la religión oriental y

el idealismo griego en su período de decadencia. Se convirtió durante dos mil

años en la dieta básica de la cultura europea, con resultados muy negativos

para la ciencia.

 

La lucha contra la religión

 

En ausencia de una alternativa revolucionaria, la bancarrota de la sociedad

esclavista, provocó un horrible colapso de la cultura, sus efectos duraron siglos.

En el período conocido como “edad oscura”, se perdieron gran parte de los

logros científicos y artísticos de la antigüedad. La llama del conocimiento siguió

ardiendo en Bizancio, Irlanda y sobre todo en parte de la España ocupada por

los árabes. El resto de Europa permaneció sumida en el barbarismo durante

mucho tiempo.

Poco a poco, de los restos de la antigua sociedad emergió una nueva forma

social, el sistema feudal, basado en la explotación del campesinado que ya no

eran esclavos, ahora estaban atados a la tierra, dominados por señores

temporales y espirituales. La estructura piramidal de la sociedad reflejaba su

dominación, con un sistema rígido de pretendidos deberes y derechos a unos

“superiores naturales”. El deber fundamental, sin embargo, sobre el que cual

todo lo demás dependía, era el deber que tenía el siervo de proporcionar trabajo

gratuito al servicio de su señor y maestro. Eso es lo que distinguía esta forma

de sociedad de la esclavitud y también del capitalismo posterior. La Iglesia

santificó todo esto y empezó a detentar un inmenso poder, también se organizó

en unas líneas jerárquicas similares.

El carácter estático e inalterable del modo de producción feudal y la rígida

jerarquía social sobre la que se basaba, encontraron su expresión ideológica en

los dogmas estáticos de la Iglesia, que exigían una obediencia incuestionable,

basada en la interpretación oficial de los textos sagrados. Las primeras doctrinas

de los cristianos, con su fuerte contenido revolucionario y comunista fueron

perseguidas y marcadas como herejes, hasta que el cristianismo fue aceptado

como religión de estado. En lugar de la razón, los padres de la Iglesia

predicaban una fe ciega, resumida en la célebre frase atribuida a Tertuliano

“Credo, quia amsurdum esto” (Creo porque es absurdo). La ciencia fue puesta

bajo sospecha, una herencia del paganismo. Uno de los últimos matemáticos

griegos. Hypatia fue apedreado hasta morir por una multitud dirigida por un

monje.

La herencia de la filosofía griega clásica se perdió y sólo se recuperó

parcialmente en Europa Occidental en el siglo XII. Esta situación no era la mejor

para el desarrollo del pensamiento y la ciencia.

“Las condiciones de la producción feudal redujeron al mínimo la

demanda de una ciencia útil: ésta no volvería a crecer hasta que hacia el

final de la Edad Media el comercio y la navegación crearan nuevas

necesidades. El esfuerzo intelectual se aplicó en otras direcciones y

especialmente se puso al servicio de una característica radicalmente nueva

de la civilización: los credos religiosos organizados”. (J. D. Bernal. Op. cit.

p. 229).

Según Forbes y Dijksterhuis:

“En general, se puede decir que en los primeros siglos de su

existencia, la Cristiandad no perseguía objetivos científicos. A la ciencia se

la miraba con recelo debido a su origen pagano; el ideal que prevalecía,

que no era el conveniente para el bienestar físico de los cristianos, era

penetrar más profundamente en los secretos de la naturaleza a través de

las Escrituras Sagradas y por eso era necesario comprenderlas”. (Forbes y

Dijksterhuir. Historia de la ciencia y la tecnología, Vol. 1, pp. 101-102. En

la edición inglesa).

Finalmente, los restos de la cultura clásica llegaron a Europa occidental

gracias a las traducciones árabes. La energía mostrada por los árabes a la hora

de conquistar el norte de África y España directos hacia los Pirineos, iba

emparejada con una actitud inteligente y flexible hacia la cultura de los pueblos

conquistados, actitud que contrastaba con el barbarismo ignorante de los

cristianos después de la reconquista de Al-Andalus. Durante siglos, las

universidades islámicas en España, en especial la de Córdoba, fueron los únicos

centros verdaderos de enseñanza en Europa, si exceptuamos Irlanda que,

debido a su lejanía, estaba al margen de la corriente principal. Los árabes

hicieron grandes avances en toda una serie de terrenos: matemáticas,

astronomía, geografía, medicina, óptima, química e importantes avances

tecnológicos, además introdujeron los sistemas de irrigación que después se

encargaron de destruir los cristianos. Se tardaron cientos de años en trasladar

este conocimiento a Europa Occidental.

El monopolio que ejercía la Iglesia sobre la cultura hacía que toda la vida

intelectual se canalizara a través de ella. En las universidades, donde todo se

estudiaba en latín, el plan de estudios estaba formado principalmente por

gramática, lógica, retórica, aritmética, astronomía y música. El punto álgido

eran la filosofía y la teología que estaban estrechamente relacionadas. Durante

siglos, la filosofía fue considerada como la “criada de la teología”. La ciencia

quedó reducida a su mínima expresión: “En la práctica la enseñanza de la

ciencia era muy escasa. La aritmética consistía en la numeración; la geometría,

en los tres primeros libros de Euclides; la astronomía iba muy poco más allá del

calendario y del modo de calcular la fecha de la pascua; la física y la música

eran muy elementales y platónicas”. (J. D. Bernal. Op. Cit. p. 249). No existía

interés en la experimentación e investigación científicas.

La filosofía quedó reducida al perfeccionamiento del idealismo platónico,

más tarde sustituido por un Aristóteles osificado y parcial. Durante el primer

período, San Agustín (354-430) se basó en el neoplatonismo para atacar a los

oponentes paganos de la cristiandad. Más tarde los escritos de Santo Tomás de

Aquino (1225-74) falsificaron la filosofía aristotélica y la adaptaron a las

necesidades de la Iglesia en la sociedad feudal, el “impulso inicial” y otras cosas

por el estilo. Hoy en día, su variante filosófica (neotomismo) es todavía la

posición básica de la Iglesia Católica Romana.

Pero incluso en un suelo tan aparentemente estéril, comenzaron a

germinar lentamente las semillas de un nuevo paso adelante. Entre aquellos

escolásticos medievales que debatían continuamente cuestiones teológicas para

intentar dar a su religión una perspectiva global con alguna base teórica,

surgieron finalmente varios pensadores que empezaron a sacar conclusiones

materialistas. No fue casualidad que los pensadores más destacados surgieran

en Gran Bretaña, país donde tradicionalmente estaba arraigado el empirismo.

Al final de la Edad Media, el auge de las ciudades y el comercio

presenciaron el surgimiento de un nuevo y vigoroso elemento en la ecuación

social. El ascenso de una clase de ricos comerciantes que comenzaban a estirar

los músculos y a exigir sus derechos. La expansión del comercio, la apertura de

nuevas rutas comerciales, el surgimiento de la economía monetaria, la creación

de nuevas necesidades y de los medios para satisfacerlas, el desarrollo de

artistas y artesanos, el ascenso de una nueva literatura nacional, todas estas

cosas anunciaban el nacimiento de una fuerza revolucionaria en la sociedad

la burguesía, cuyos intereses provocarían la ruptura de las barreras

feudales artificiales que impedían su desarrollo, y también frenaban el

desarrollo y la explotación de las innovaciones técnicas.

El desarrollo de la navegación, por ejemplo, exigía la elaboración de

nuevas y mejores cartas de navegación, basadas en observaciones astronómicas

fiables y también la existencia de instrumentos más avanzados de navegación.

La introducción del papel y la imprenta revolucionó el acceso a las ideas que

hasta ese momento estaban limitadas a la minoría eclesiástica. La aparición de

la literatura escrita en lengua vernácula también favoreció el surgimiento de

grandes y reconocidos escritores nacionales, Bocaccio, Dante, Rebelais, Chauce

y finalmente Lutero. La pólvora no sólo revolucionó la guerra y ayudó a

socavar el poder de la nobleza, también dio un poderoso impulso al estudio de

la física y la química.

Primero en Italia, después en Holanda, Gran Bretaña, Bohemia, Alemania

y Francia, las nuevas clases comenzaron a cambiar el viejo orden, que después

de casi mil años, se había agotado y entrado en una fase de declive. Las

interminables guerras y conflictos civiles llevaron al feudalismo a un callejón

sin salida. La peste negra diezmó a la población de Europa en el siglo XIV y

aceleró la disolución de las relaciones feudales de la tierra. Las jacqueries

campesinas en Francia y la insurrección campesina en Inglaterra fueron una

advertencia de la venidera disolución del orden feudal. Para mucha gente

parecía que el fin del mundo se aproximaba, el deseo de impedir la fatalidad

provocó el aumento de fenómenos como sectas flagelantes, grupos religiosos

fanáticos, que por el país autoflagelándose, anticipándose a la inminente cólera

de Dios. Esta situación era sencillamente el reflejo confuso en la imaginación

popular, del colapso del orden social existente.

La ruptura del sistema social viene precedida por la crisis de la moral e

ideología oficiales, que cada vez más entran en conflicto con las nuevas

relaciones sociales. Entre cierta capa de intelectuales surge el espíritu crítico,

esta capa es siempre un barómetro de las tensiones subyacentes en las

profundidades de la sociedad. Una ideología y moralidad que no reflejan la

realidad, no pueden ya sobrevivir y están destinadas a desaparecer. La base

moral e ideológica del sistema feudal se encontraba en la enseñanza de la

Iglesia. Cualquier cambio serio en el orden social existente también significaba

un asalto al poder de la Iglesia, que defendió su poder y privilegios con todos

los medios a su alcance, incluida la excomunión, la tortura y la hoguera. Pero la

represión no puede alargar la vida de una idea ya caduca.

Normalmente, se representa a la Edad Media como una época de

devoción religiosa y piedad extremas. Pero esta descripción no se puede aplicar

al período en consideración. La Iglesia, una institución rica y poderosa con un

peso impresionante sobre la sociedad ya estaba muy desacreditada.

“De todas las contradicciones de la vida religiosa de la época, quizás

la más insalvable era el completo desprecio que existía hacia el clero,

desprecio visto como una corriente durante la Edad Media, coexistiendo

con el mayor de los respetos hacia la santidad del oficio sacerdotal. Y esto

permitió a los nobles, ciudadanos y villanos, durante mucho tiempo

alimentar sus odiosas bromas malévolas a expensas del monje

incontinente y el sacerdote glotón. Era un odio latente, general y

persistente. La población solía escuchar atentamente los vicios del clero.

Un sacerdote que arengaba contra el estado eclesiástico seguro que recibía

aplausos. ‘Tan pronto como abordaba en la homilía este tema’, dice

Bernardino de Siena, ‘su audiencia olvidaba todo lo demás; no existía otro

medio más efectivo de captar la atención cuando la congregación

comenzaba a dormirse, o a sufrir de calor o de frío. Al momento, todos

atendían y se alegraban’”. (J. Huizings. The Waning of the Middle Ages.

Pp. 172-173. En la edición inglesa)

La corriente de disensión incluso se dejaba sentir dentro de la propia

Iglesia, que reflejaba las presiones de la sociedad. Los movimientos heréticos

como el de los albigenses terminaron en un baño de sangre. Poco después

aparecían nuevas tendencias opositoras, algunas veces disfrazadas con el atavío

del misticismo. Un historiador italiano del siglo XIX relata lo siguiente:

“El mismo espíritu de reforma que animó a los albigenses se

extendió por toda Europa: muchos cristianos, disgustados con la

corrupción y los vicios del clero, o aquellas mentes rebeldes contrarias a la

violencia que ejercía la Iglesia sobre su razón, se dedicaban a una vida

contemplativa, renunciaban a toda ambición y a los placeres del mundo,

buscaban un nuevo camino para la salvación a través de una alianza entre

la fe y la razón. Se autodenominaban cátaros o los purificados; paternini o

los resignados”. (Sismondi. Historia de las Repúblicas italianas, p. 66. En

la edición inglesa).

Las órdenes dominica y franciscana se fundaron a principios del siglo XII

para combatir a los herejes, el anticlericalismo y las nuevas ideas religiosas.

Sismondi dice lo siguiente del Papa Inocencio III: “Fundó las órdenes

mendicantes de los franciscanos y los dominicos; a los nuevos campeones de la

iglesia se les encargó reprimir toda actividad de la mente, combatir la creciente

inteligencia y expulsar a los herejes. Confió a los dominicos el terrible poder de

la Inquisición, que él instituyó: les encargó descubrir y perseguir hasta la

aniquilación a los nuevos reformadores que, con el nombre de paternini, se

multiplicaban rápidamente por Italia”. (Ibíd. p. 60).

La violenta represión de cualquier clase de oposición fue una característica

constante en la conducta de las autoridades eclesiásticas del más alto nivel,

como demuestra la historia del papado. El Papa Urbano VI, cuando no

conseguía el apoyo de sus cardenales, solucionaba el problema con un simple

expediente en el que los acusaba de conspirar contra él. Torturó a muchos

cardenales en su presencia, mientras él rezaba tranquilamente el rosario. A

otros se les metió en sacos y les echaron al mar. El monje reformista Giromalo

Savonarola, un precursor italiano de Lutero, fue torturado hasta que confesó

todos los crímenes que le atribuían y fue quemado vivo junto a otros dos

monjes, se podrían narrar muchos más casos como este.

Durante cientos de años la asfixia del pensamiento ejercida por la policía

espiritual de la Iglesia fue un freno para el desarrollo de la ciencia. La

considerable energía intelectual de los escolásticos se disipaba en debates

complicados e interminables sobre temas como el sexo de los ángeles. Nadie

podía ir más allá de los límites establecidos por el dogma eclesiástico y aquellos

que intentaban hacerlo sufrían crueles represalias.

Por lo tanto, se puede decir que el escolástico inglés Roger Bacon (1214-

92), tuvo un gran valor cuando se atrevió a desafiar el dogmatismo de los

escoláticos y la veneración a la autoridad. Se enfrentó al espíritu de su tiempo y

se anticipó el método científico al defender el estudio experimental de la

naturaleza. Como la ciencia todavía no se había separado de la alquimia y la

astrología, no es sorprendente que encontremos estos elementos en los escritos

de Bacon. Tampoco nos debe sorprender que premiasen su osadía con la

expulsión de su trabajo de profesor en Oxford y fuese confinado a un

monasterio por defender ideas heréticas. En esas circunstancias no hay ninguna

duda que tuvo mucha suerte.

La tendencia filosófica conocida como nominalismo que surgió en esa

época, decía que los conceptos universales son sólo nombres de objetos

individuales. Esta tendencia reflejaba un movimiento en dirección hacia el

materialismo, como explica Engels:

“El materialismo es hijo natural de Gran Bretaña. Ya el escolástico

británico, Dus Scotus, se preguntó ¿si era imposible para la materia

pensar?

Para conseguir este milagro buscó refugio en la omnipotencia de

Dios, por ejemplo, predicó el materialismo teológico. Además era

nominalista. El nominalismo, la primera forma del materialismo, se

encuentra principalmente entre los escolásticos ingleses”. (Engels. Op cit.

p. 427. En la edición inglesa).

La tendencia nominalista fue desarrollada por otro inglés (aunque para ser

exactos como su propio nombre indica, Duns Scotus nació en Escocia o en

Irlanda del norte), Guillermo de Occam (murió en 1349) fue el más importante

de los escolásticos. Occam sostenía que la existencia de Dios y otros dogmas

religiosos no se basaban en la razón y estaban fundados exclusivamente en la fe.

Esta doctrina era peligrosa porque suponía la separación entre la filosofía y la

religión, permitía el desarrollo independiente de la filosofía y la liberaba del

yugo eclesiástico. Occam fue excomulgado en 1328, pero escapó del territorio

papal en Avignon y se puso bajo la protección de Luis, rey de Francia, también

excomulgado. Luis convocó un Consejo general y se acusó al Papa de hereje. Se

dice que cuando Occam se encontró con el emperador le dijo: “Tu, me defiendes

con la espada y yo te defenderé con un lápiz”. Este no era un debate abstracto

ni filosófico, era el reflejo de una lucha a muerte entre la Iglesia y el emperador,

entre Francia, Inglaterra y Alemania.

El nominalismo por un lado, contenía el germen de una idea materialista

correcta, pero por otro lado, se equivocó al asumir que los conceptos generales

(“universales”) eran sólo nombres. Realmente, los conceptos generales reflejan

cualidades reales de cosas que existen objetivamente, que, a parte de sus

características particulares, también expresan en sí elementos de lo general, que

les identifica como pertenecientes a un género o especie específica. Esta

negación de lo general y la insistencia en lo particular, es una característica

peculiar del pensamiento empírico que ha caracterizado a la tradición filosófica

anglosajona. Como una reacción ante las estériles doctrinas idealistas de la

iglesia medieval, el nominalismo representaba un avance importante, un paso

en dirección a la experimentación científica:

“No es soprendente que los pensadores que defendían concepciones

nominalistas ejercieran una influencia favorable en el estudio de la ciencia.

El nominalismo predisponía la atención en la experiencia y en las cosas

concretas que llegaban a través de los sentidos, mientras la doctrina

contraria conocida como realismo platónico (un nombre confuso ya que

defendía que la realidad residía en las ideas, en su lugar debería llamarse

idealismo) siempre implicaba la tentación de realizar especulaciones a

priori”. (Forbes y Dijksterhuis. Op. Cit. Vol 1. p. 117. En la edición inglesa).

El nominalismo es el germen del materialismo, pero un materialismo

parcial y superficial que más tarde, con Berkeley, Hume y los filósofos

semánticos modernos, llevó a un callejón sin salida filosófico. Occam fue el

último de los grandes escolásticos, pero sus ideas alentaron a una nueva

generación de pensadores, como Nicolás de Oresme su pupilo, quien

investigó la teoría planetaria. Se anticipó a Copérnico al examinar la teoría

geocéntrica, que situaba a la tierra en el centro del universo, y la comparó con la

teoría heliocéntrica, que situaba al sol en el centro del universo, y concluyó que

ninguna de estas teorías servían para explicar todos los hechos conocidos, y que

por tanto, era imposible elegir entre alguna de ellas. Esta, aparentemente,

conclusión cautelosa, en realidad representaba un paso audaz, porque ponía un

signo de interrogación sobre la postura ortodoxa de la Iglesia y eso cambiaba

toda la perspectiva del mundo.

La cosmología de la Iglesia medieval era una parte importante de su

perspectiva general del mundo. No era un tema secundario, el dibujo del

universo se suponía que era un espejo del mundo, con el mismo tipo de

estaticidad, el mismo carácter inalterable y la misma rigidez jerárquica. Estas

ideas no procedían de la observación, fueron tomadas de la cosmología de

Aristóteles y los alejandrinos, y se aceptó de una forma dogmática.

“La jerarquía de la sociedad quedaba reproducida en la jerarquía del

universo mismo; al igual que existían papas, obispos y arzobispos,

emperador, reyes y nobles, existía también la jerarquía celestial de los

nueve coros angélicos: serafines, querubines, tronos; demonaciones,

virtudes, potestades; principados, arcángeles y ángeles (fruto todos ellos

de la imaginación del pseudo-Dionisio). Cada una de ellas tenía una

determinada función a desempeñar en el funcionamiento del universo,

permaneciendo unidas al correspondiente rango de las esferas planetarias

para mantenerlas en movimiento. El orden inferior de los simples ángeles

que pertenecían a la esfera de la luna, tenía, como es natural, muchos que

ver con el orden de los seres humanos que estaban, precisamente, debajo

de ellos. En general existía un orden cósmico, un orden social, un orden en

el cuerpo humano, todos ellos representativos de estados a los que la

Naturaleza tenía a volver cuando se la apartaba de ellos. Había un lugar

para cada cosa y cada cosa conocía su lugar”. (J. D. Bernal. Op. cit. p. 257)

Esta visión del universo no habría cambiado si no se hubiera cuestionado

toda la perspectiva eclesiástica del mundo y el tipo de sociedad sobre la que se

sustentaba. El conflicto entre las ideas de Copérnico y las de Galileo no eran

simples debates intelectuales abstractos, era una lucha a muerte entre visiones

contrarias del mundo, que en realidad reflejaban la desesperada lucha entre dos

órdenes sociales que se excluían mutuamente. El futuro de la historia de la

humanidad dependía del resultado de esta lucha.

 

Capítulo IV

 

El Renacimiento

 

“Sentí entonces lo mismo que el vigía que observa

el firmamento y ve de pronto un nuevo astro;

o lo que el gran Cortés, cuando con ojos de águila

por primera vez divisó el Pacífico y todos sus soldados

entre sí se miraron sin dar crédito a aquello

callado, allá en lo alto de un monte del Darién”

John Kyats

“Eppur si mouve”

 

“Y sin embargo se mueve”

Galileo Galilei

 

El punto de partida de la ciencia moderna es el Renacimiento, ese período

tan maravilloso de renacimiento espiritual e intelectual que puso fin a miles de

años de reinado de la ignorancia y la superstición. La humanidad miraba de

nuevo a la naturaleza sin que la sombra del dogma cegara sus ojos. El mundo

volvió a descubrir las maravillas de la filosofía clásica griega, a través de

traducciones directas de versiones fidedignas llegadas a Italia después de la

invasión turca de Constantinopla. La perspectiva materialista del mundo de los

antiguos jonios y atomistas indicaron a la ciencia cuál era el camino correcto.

El Renacimiento fue un período revolucionario en todo el sentido de la

palabra. Lutero no sólo inició la Reforma religiosa, también reformó la lengua

alemana. Al mismo tiempo la Guerra Campesina en Alemania, con sus tintes

comunistas, señaló cual sería la forma de la futura lucha de clases. “Quedó

hecha pedazos la dictadura de la Iglesia sobre la mente de los hombres; la

rechazaron de manera directa la mayoría de los pueblos germánicos, que

adoptaron el protestantismo, en tanto que entre los latinos se arraigaba cada vez

más un alegre espíritu de libre pensamiento, recibido de los árabes y

alimentado por la filosofía griega, recién descubierta, todo lo cual preparaba el

camino para el materialismo del siglo XVIII”. (Engels. La dialéctica de la

naturaleza. Madrid. Editorial Akal. 1978. p. 27).

El descubrimiento de América y la ruta marítima de las Indias Orientales

abrieron nuevos horizontes para el comercio y la exploración. Pero fue en el

terreno del intelecto donde se abrieron los mayores horizontes. Era imposible

mantener la antigua y estrecha parcialidad, ahora para llegar a la verdad era

necesario derribar las viejas barreras. Como en todas las épocas revolucionarias

existía un ardiente deseo de saber.

El desarrollo de la ciencia está vinculada estrechamente con el crecimiento

de la tecnología, que, a su vez, está relacionada con el desarrollo de las fuerzas

productivas. Tomemos por ejemplo la astronomía. Las especulaciones

cosmológicas de los antiguos griegos estaban limitadas debido a la ausencia de

telescopios que les ayudaran en sus observaciones. En el año 137 a. C, los

observadores habían establecido la existencia de 1.025 cuerpos planetarios. En

1580 el número era exactamente el mismo y se utilizaba el mismo instrumento:

el simple ojo humano.

Los astrónomos de hoy, con poderosos radiotelescopios, pueden observas

conjuntos abrumadores de estrellas y galaxias. Esto ha transformado

completamente la astronomía, desafortunadamente, los avances tecnológicos

han llegado más lejos que el desarrollo de las ideas en las mentes de los

hombres y mujeres. En muchos aspectos, la visión del mundo de algunos

científicos durante la última década del siglo XX, tiene más en común con la

iglesia medieval que con los héroes del Renacimiento que con su lucha contra el

oscurantismo filosófico hicieron posible la ciencia moderna.

Anaximandro y Anaxágoras dijeron que el universo era infinito “no tenía

principio ni fin”. La materia no se puede crear ni destruir. Esta idea fue

aceptada por otros muchos filósofos de la antigüedad y se puede resumir en el

famoso aforismo Ex nihilo nihil fit (fuera de la nada no hay nada). Es por lo

tanto inútil buscar el principio o la creación del universo, porque el universo

siempre ha existido.

Para la Iglesia, esta opinión es una anatema porque deja al Creador fuera

de la foto. En un mundo infinito y material no hay lugar para Dios, el demonio,

los ángeles, el cielo o el infierno. Por lo tanto, se aprovecharon ávidamente del

escrito más débil y pueril de Platón, el Timeo, que en realidad es el mito de la

creación. Por otro lado, tenían el sistema tolomeico del cosmos, que, además

correspondía con el esquema cosmológico de Aristóteles, que contaba con una

autoridad absoluta en aquella época. Presentaba al universo como un sistema

cerrado. La tierra se encontraba en el centro, encerrada en siete esferas de

cristal, sobre las que el sol, la luna y los planteas trazaban órbitas circulares

perfectas alrededor de la tierra. Para nuestra mentalidad moderna este concepto

nos parece extraño. Pero para los fenómenos que se podían observar en la

época, esta interpretación del universo era suficiente. Realmente, desde el punto

de vista del simple “sentido común”, parece que el sol gira alrededor de la

tierra y no viceversa.

A pesar de todo esto, la visión geocéntrica fue puesta en duda incluso en

los tiempos de Tolomeo. La alternativa fue la teoría heliocéntrica defendida por

Aristarco de Samos (310-230 a. C), quien defendió la hipótesis de Copérnico,

éste defendía que todos los planetas, incluida la tierra, giraban alrededor del sol

describiendo órbitas círculos y la tierra se movía sobre su eje cada veinticuatro

horas. Esta teoría brillante fue rechazada en favor de la visión tolomeica,

porque la primera teoría no era apropiada para la visión eclesiástica. La tierra

seguía en el centro del universo y la Iglesia continuaba en el centro del mundo.

Copérnico, el gran astrónomo polaco (1473-1543), viajó en su juventud a

Italia y allí se contagió del nuevo espíritu de investigación y libre pensamiento.

Pronto aceptó que el sol era el centro del universo, aunque no defendió en

público estas ideas por temor a la reacción de la Iglesia. Sólo cuando se

encontraba en su lecho de muerte, decidió publicar su libro, De Revolutionibus

Orbium Coelestium (De las revoluciones de los orbes celestes), que dedicó al

Papa con la esperanza de escapar a la censura. Temporalmente tuvo éxito y el

libro no fue prohibido hasta los tiempos de Galileo cuando la Inquisición y los

jesuitas ―las tropas de choque de la contrarreforma― estaban en pleno auge.

Tycho Brahe, el astrónomo danés (1546-1630), adoptó una posición

intermedia, defendía que mientras el sol y la luna giraban alrededor de la

tierra, los planteas lo hacían alrededor del sol. Más importante fue el papel del

alemán Johannes Kepler (1571-1630) que utilizó los cálculos de Brahe para

corregir algunas incorrecciones del modelo de Copérnico y propuso sus tres

famosas leyes: el movimiento de los planetas no describe círculos sino elipses; la

línea que une un planeta con el sol barre áreas iguales en tiempos iguales y que

el cuadro del período de revolución de un planeta es proporcional al cubo de su

distancia media al sol.

Estas proposiciones asestaron un duro golpe a las posiciones ortodoxas de

la Iglesia. Los planetas tenían que moverse en círculo porque era la forma

perfecta. Esta fue la idea aceptada por todos los idealistas desde Pitágoras. La

primera ley de Kepler decía que se movían en elipses, ¡muy lejos de ser una

forma perfecta! Su segunda ley era aún más monstruosa desde el punto de vista

“oficial”, en lugar de un fino y suave movimiento, la velocidad de los planetas

en órbita variaba, cuanto más cerca estaban del sol mayor era su velocidad.

¿Cómo estas ideas podían ser compatibles con la noción de una armonía divina

en el universo?

La diferencia está en que mientras las teorías de Kepler se basaban en las

minuciosas observaciones de Brahe, la postura de la Iglesia se basaba en una

teoría idealista que sencillamente se asumía como verdadera. Para el

observador de hoy en día parece absurda la posición de aquellos que estaban

en contra de Kepler y Copérnico. Todavía se pueden escuchar ecos de este

método idealista cuando físicos y matemáticos serios, defienden ecuaciones que

no se corresponden con hechos conocidos a través de la observación, sino que

se defienden por su supuesto valor estético. Más adelante volveremos sobre

esta cuestión.

 

Galileo

 

El científico más grande del Renacimiento probablemente fue Galileo

(1564-1642). Hizo grandes descubrimientos en el campo de los proyectiles y la

caída de los objetos, Galileo fue un defensor convencido de la posición de

Copérnico y el primer astrónomo que utilizó el telescopio para la investigación

del cielo. Sus observaciones no dejaron ninguna piedra firme del antiguo

universo. La luna no era una esfera perfecta, era una superficie irregular, con

montañas y mares. Venus tenía fases como el sol y lo más importante de todo,

Júpiter tenía cuatro lunas. La Iglesia defendía la existencia de siete planteas

porque para ella el siete era un número místico. ¿Cómo podían existir once

planetas? La imagen de un profesor negándose a mirar a través del telescopio

de Galileo ha pasado al folklore de historia científica, y resume el choque entre

dos dos perspectivas antagónicas del mundo.

En los últimos años se ha intentado minimizar la persecución de la ciencia

por parte de la Iglesia. El Papa Juan Pablo II, emprendió una investigación

sobre el “asunto Galileo”, el resultado se publicó en 1992 y revelaba la

existencia “graves malentendidos recíprocos” y errores por ambas partes. Pero

todo eso ocurrió en “un contexto cultural muy diferente al nuestro”. En octubre

de 1993, el Papa envió un mensaje al Congreso sobre Copérnico en la

Universidad de Ferrara, con motivo de la conmemoración del 450 aniversario

de la publicación del libro De Revolutionibus Orbium Coelestium. Según el

Papa, Copérnico era un hombre de ciencia y de fe. En realidad, Copérnico

escapó a la persecución eclesiástica porque su libro no vio la luz del día hasta

que él se encontró en un lugar seguro, ¡el cementerio!.

La Inquisición sometió dos veces a juicio a Galileo, uno privado (1616) y

otro público (1633). En el segundo juicio se le obligó a retractarse de sus ideas,

prometió que nunca más defendería que la tierra giraba alrededor del sol o que

rotaba sobre su propio eje. De esta forma la Iglesia consiguió silenciar al más

grande científico de la época y en el proceso también se sepultó en Italia

durante un largo período de tiempo a la ciencia. Otros tuvieron un destino

peor. Giordano Bruno (1548-1600) fue quemado en la hoguera en Roma después

de ocho años en prisión.

Bruno fue un materialista inflexible, estuvo influenciado por Nicolás de

Cusa, quien defendía que el universo no tenía principio ni fin, ni espacio ni

tiempo. El materialismo de Bruno tenía ciertos toques de panteísmo, la idea de

que Dios está en todas partes y en ninguna, que Dios y la naturaleza son una y

la misma cosa. Un concepto similar al hilozoismo defendido por los antiguos

jónios, y decía que la materia era una sustancia activa y en movimiento, que el

hombre y su conciencia eran parte de la naturaleza, ambos eran un todo. Bruno

siguió los pasos de Nicolás de Cusa, y defendía la infinitud del universo.

Afirmó que el universo consistía en un número infinito de mundos, algunos de

ellos, posiblemente, habitados. Es fácil comprender por que la Iglesia consideró

estas ideas subversivas. Bruno no se amilanó y lo pagó con su vida.

La Iglesia Romana no tuvo el monopolio de la persecución de las nuevas

ideas. Lutero denunció a Copernico por ser “un astrólogo que se esfuerza en

demostrar que la tierra da vueltas, ni los cielos o el firmamento, ni la luna o el

sol”. Como observa Engels: “En esa época las ciencias naturales también se

desarrollaron en el seno de la revolución general, y a su vez fueron totalmente

revolucionarias; en verdad, debieron conquistar con la lucha su derecho a la

existencia. Al lado de los grandes italianos de quienes data la filosofía moderna,

ofrecieron sus mártires a la hoguera y a las mazmorras de la Inquisición. Y es

característico que los protestantes superasen a los católicos en sus persecuciones

contra la libre investigación de la naturaleza. Calvino hizo quemar a Servet en

la hoguera cuando éste se hallaba a punto de descubrir la circulación de la

sangre, y por cierto que lo mantuvo vivo, asándose, durante dos horas; a la

Inquisición, por lo menos, le bastó con quemar vivo a Giordano Bruno”.

(Engels. Op. Cit. p. 28).

A pesar de todas las contrariedades, el nuevo modo de pensamiento ganó

fue ganando terreno sin parar hasta finales del siglo XVII, cuando consiguió

una victoria decisiva. Los mismos científicos que, en nombre de la ortodoxia,

condenaron las ideas de Galileo, en la práctica y calladamente descartaban la

desacreditada cosmología tolomeica. El descubrimiento de la circulación

sanguínea por William Harvey (1578-1657) revolucionó el estudio del cuerpo

humano y acabó con los viejos mitos. Fueron los descubrimientos de la ciencia,

y no la disputa lógica de los filósofos, los que hicieron insostenibles las viejas

ideas.

Aunque los métodos tradicionales de los escolásticos permanecieron aún

durante mucho tiempo, cada vez más aparecían más alejados de la realidad. El

auge de la ciencia procedía de otra dirección y con otros métodos de

observación y experimentación. De nuevo Inglaterra se colocó a la vanguardia

al defender el método empírico. El más destacado defensor fue Francis Bacon

(1561-1626), que durante un tiempo fue Lord Canciller de Inglaterra con el rey

Jaime I, hasta que perdió su puesto porque se había enriquecido aceptando

regalos de los litigantes. Después dedicó su talento a un mejor uso, a escribir

libros.

Los escritos de Bacon están llenos de un sentido común sensato y práctico,

son materialistas en el sentido que inglés se da a la palabra empírico. El espíritu

de su obra es el de un hombre del mundo ingenioso y de buena naturaleza. A

diferencia de Tomas Moro, Bacon no estaba hecho de la misma sustancia que

los mártires. Acepta la religión ortodoxa sólo porque da poca importancia a los

principios generales. En su filosofía no juega ningún papel la religión, su

filosofía se inspira en la idea del desarrollo del conocimiento como una forma

de incrementar el poder del hombre sobre la naturaleza.

Se rebeló contra el dogmatismo de los escolásticos con sus litigios

“malsanos y vermiculados” que acaban en “conclusiones equivocadas y

altercados”. La única vez en que se mostró verdaderamente indignado tuvo

relación con esta cuestión:

“Esta clase de saber degenerado reinó principalmente entre los

escolásticos, éstos tenían un ingenio agudo y profundo, abundante tiempo

libre y escasa lectura, su ingenio se limitaba a pocos autores

(principalmente Aristóteles, su dictador), igualmente, sus personas

estaban enclaustradas en las celdas de los monasterios y centros de

estudio, conocían poca historia o naturaleza, con escasa cantidad de

materia y una disposición infinita a prolongar las afanosas redes de

aprendizaje presentes en sus libros. Si para la inteligencia y la mente

humanas la contemplación de las criaturas de Dios y trabajar de acuerdo

con este material es algo limitado, entonces, trabajar para sí mismo de la

misma forma que la araña entreteje su telaraña, es interminable que les

hace caer en las telarañas del aprendizaje, admirable por la delicadeza de

su trazado y laboriosidad, pero sin esencia o utilidad” (F. Bacon. The

Advancement of Learning. p. 26. En la edición inglesa).

Aquí tenemos la sana reacción ante el método estéril del idealismo que

vuelve la espalda al mundo real, que convierte en reales los caprichos de su

cabeza sólo porque corresponden con prejuicios preconcebidos elevados a la

categoría de axiomas. En su lugar, Bacon nos anima a “imitar la naturaleza que

no hace nada en vano” (Ibíd. p. 201). Resulta significativo que prefiera a

Demócrito, el atomista, antes que a Platón y Aristóteles. Bacon hablaba

irónicamente del Artesano Supremo que se suponía había creado el mundo a

partir de la nada, y le hacía una pregunta pertinente:

“Pero si el gran artesano tuvo carácter humano, entonces habría

creado las estrellas con formas agradables y maravillosas, las habría

ordenado como los desgastados tejados de las casas; es difícil que una

encuentre acomodo en el cuadrado, triángulo o línea recta, porque entre

tal número infinito se diferencia de la armonía existente entre el espíritu

del hombre y el espíritu de la naturaleza”. (Ibíd. p. 133).

Este es un punto muy importante, y uno que con frecuencia olvidan los

científicos y matemáticos, quienes creen que sus ecuaciones representan la

verdad última. En la naturaleza no existen las formas perfectas, ni triángulos, ni

círculos, ni planos perfectos, sólo existen objetos materiales y procesos reales, de

los que estas representaciones ideales son sólo toscas aproximaciones. Bacon

comprendió esto muy bien:

“De aquí que los matemáticos no puedan estar satisfechos excepto si

reducen los movimientos de los cuerpos celestes a círculos perfectos,

rechazando las líneas espirales e intentando que no se les acuse de

excéntricos. De aquí que mientras hay muchas cosas en la naturaleza ya

que era monódica, sui juris; entonces las reflexiones del hombre les hacen

fingir sobre relatividades, paralelas y conjugados, aunque no sean tal

cosa”. (Ibíd.).

Las generalizaciones abstractas en la ciencia, incluidas las matemáticas,

son sólo útiles en la medida que se corresponden con el mundo real y por lo

tanto encuentran una aplicación en él. Incluso la generalización más fructuosa e

ingeniosa, necesariamente, sólo refleja la realidad de una forma parcial e

imperfecta. El problema surge cuando los idealistas hacen pretensiones

exageradas de sus teorías y las elevan al rango de principio absoluto y esperan

que la realidad se adapte a sus teorías.

La tendencia más reciente en la ciencia es la teoría del caos, ésta representa

un regreso, aunque en un nivel mucho más elevado, a la línea de

argumentación de Bacon y los materialistas del Renacimiento, que volvieron a

descubrir una tradición mucho más antigua, la tradición materialista griega de

las escuelas jónicas y atomistas. Bacon desarrolló su propia concepción

materialista de la naturaleza, se basaba en la idea de que la materia estaba

formada por partículas dotadas con múltiples propiedades, y una de ellas era el

movimiento, no sólo se limitó al movimiento mecánico también anticipó una

hipótesis brillante, que el calor era una forma de movimiento. Se considera el

movimiento no sólo un impulso externo o una fuerza mecánica, se le considera

una cualidad inherente de la materia, una forma de espíritu vital o tensión

interior. Marx lo comprara con el término utilizado por el filósofo alemán Jacob

Böhme, “Qual”, término difícil de traducir, significa una tensión interna

extrema o “tortura”. De esta forma, las formas primarias de la materia estarían

dotadas de movimiento y energía, casi como una fuerza viva. Hoy en día,

utilizaríamos la palabra energía. Si comparamos estas ideas con las

concepciones inertes, inexpresivas y mecanicistas que se hicieron durante el

siguiente siglo, esta visión de la materia es rotundamente más moderna y se

aproxima a la posición del materialismo dialéctico.

Esta última observación nos lleva al punto central. El verdadero

significado de la filosofía de Bacon fue señalar el camino hacia delante. Aunque

incompleta, sí contenía los gérmenes de su futuro desarrollo, como explica

Marx en La Sagrada Familia:

“En Bacon, su primer creador, el materialismo oculta aún

ingenuamente los gérmenes de su desenvolvimiento universal. La materia

sonríe al hombre en todo su poético y sensual esplendor. Pero la misma

doctrina aforística rebosa aún de inconsecuencias teológicas”. (Op. Cit. p.

146).

La teoría del conocimiento de Bacon era estrictamente empírica, como

Duns Scotus, también negaba la existencia de los “universales”. Desarrolló el

método de razonamiento conocido como inducción que ya estaba presente en

los trabajos de Aristóteles. Esta es una forma de estudiar experimentalmente las

cosas, partimos de una serie de hechos aislados hasta llegar a las proposiciones

generales. Como un antídoto al idealismo estéril de los escolásticos, también

representaba un paso adelante importante aunque contaba con serias

limitaciones, que más tarde se convertirían en un obstáculo para el desarrollo

del pensamiento. Es el principio de la particular aversión anglosajona hacia la

teoría, una tendencia al empirismo, el culto servil a los “hechos” y el rechazo a

aceptar las generalizaciones que han dominado el pensamiento en Gran Bretaña

y por extensión en EEUU.

Las limitaciones del método estrictamente inductivo son evidentes. No

importa la cantidad de hechos que se examinen, porque sólo toma una

excepción para socavar cualquier conclusión general que podamos extraer. Si

hemos visto mil cisnes blancos y llegamos a la conclusión de que todos los

cisnes son blancos, y después vemos un cisne negro, entonces nuestra

conclusión estaría equivocada. Estas conclusiones son hipotéticas, porque

exigen más pruebas. La inducción, en última instancia, es la base de todo

conocimiento, por que todo lo que conocemos, al final, procede de la

observación del mundo objetivo y de la experiencia. Durante un largo período

de observación, combinado con una actividad práctica que nos permita

demostrar la corrección o no de nuestras ideas, descubriremos toda una serie de

relaciones esenciales que existen entre los fenómenos, y demuestran que tienen

características comunes y pertenecen a un género o especie en particular.

Las generalizaciones a las que se llega después de un largo período de

desarrollo humano, algunas de ellas consideradas axiomas, juegan un papel

importante en el desarrollo del pensamiento y no se puede prescindir

fácilmente de ellas. El método de pensamiento de la lógica tradicional juega un

papel importante, porque establece las reglas elementales que nos impiden

llegar a contradicciones absurdas y nos permiten seguir una línea de

argumentación consistente. El materialismo dialéctico no considera que la

inducción y la deducción sean incompatibles, cree que son aspectos diferentes

del proceso de conocimiento dialéctico, inseparablemente relacionados y que se

condicionan mutuamente. El método del conocimiento humano procede de lo

particular a lo universal, y también de lo universal a lo particular. Por esa razón

es incorrecto y unilateral contraponer una a la otra.

A pesar de intentar hacer lo contrario, es imposible partir de los “hechos”

sin tener ninguna concepción previa. Esta teórica objetividad nunca ha existido

ni existirá. Cuando nos aproximamos a un hecho, siempre tenemos nuestras

concepciones y categorías. Pueden ser conscientes o inconscientes, pero siempre

están presentes. Aquellos que imaginan poder ser felices sin filosofía, como

ocurre con muchos científicos, lo que hacen es repetir inconscientemente la

filosofía “oficial” existente y los prejuicios de la sociedad en la que viven. Por

eso es indispensable que los científicos y los pensadores luchen para elaborar

un método consistente de mirar el mundo, una filosofía coherente que pueda

convertirse en una herramienta adecuada para analizar las cosas y los procesos.

En Introducción a la filosofía de la historia, Hegel ridiculiza,

correctamente, a todos aquellos historiadores (muy comunes en Gran Bretaña)

que pretenden limitarse a la realidad y para ello se ocultan tras una falsa

fachada de “objetividad académica”, mientras que dan rienda suelta a todos sus

prejuicios:

“Mas la historia hemos de tomarla tal cual es; se impone que

procedamos de un modo histórico, empírico. Entre otras cosas, no

debemos dejarnos seducir por los historiadores profesionales, pues estos,

en especial los alemanes, que gozan de gran autoridad, hacen lo mismo

que echan en cara a los filósofos, a saber: introducir aprióricas fantasías en

la historia (...) Como primera condición, podríamos enunciar la de que

captemos fielmente lo histórico; es en esas expresiones generales, como

‘fiel’ y ‘captar’, donde se da el equívoco. Incluso el historiador habitual y

mediocre, que acaso opina también y afirma, se comporta sólo

receptivamente y abandonándose a lo dado; no permanece pasivo en su

pensamiento, pues aporta sus categorías y ve lo existente a través de ellas.

Especialmente en todo lo que debe ser científico, no puede permanecer

inactiva la razón y ha de ser empleada la reflexión. A quien considera el

mundo como racional, también el mundo lo tiene a él por racional: ambas

cosas están en acción recíproca. Pero los diversos modos propios de

especulación, de los criterios y de la apreciación sobre la importancia o

insignificancia de los hechos no son de este lugar”. (Hegel. Filosofía de la

historia. Barcelona. Ediciones Zeus. 1971. pp. 39-40).

Las ideas de Bertrand Russell eran diametralmente puestas al

materialismo dialéctico, pero hace una crítica correcta de las limitaciones del

empirismo, para ello sigue la misma línea de Hegel:

“En general la formación de hipótesis es la parte más difícil de