HISTORIA DE LA FILOSOFÍA
Alan Woods
Indice
1. ¿Necesitamos una filosofía?
2. Los primeros dialécticos
3. Aristóteles y el final de la filosofía griega
clásica
4. El Renacimiento
5. Descartes, Spinoza y Leibniz
6. La filosofía del siglo XX
7. Apéndice: La filosofía islámica e hindú
Capítulo I
¿Necesitamos una filosofía?
Antes de empezar, uno podría preguntarse: ¿Es
realmente necesario preocuparnos
de complicadas cuestiones científicas y filosóficas?
Semejante pregunta
admite dos respuestas. Si lo que se quiere decir es si
hace falta saber estas cosas
para la vida cotidiana, la respuesta es,
evidentemente, no. Pero si aspiramos a
lograr una comprensión racional del mundo en que
vivimos y de los procesos
fundamentales en la naturaleza, la sociedad y nuestra
propia forma de pensar,
entonces la cosa se presenta de una forma totalmente
distinta.
Aunque parezca extraño, todos tenemos una filosofía.
Una filosofía es una
manera de interpretar el mundo. Todos creemos que
sabemos distinguir entre
el bien y el mal. Sin embargo, es una cuestión harto
complicada que ha ocupado
la atención de las grandes mentes a lo largo de la
historia. Cuando nos vemos
enfrentados con hechos tan terribles como la guerra
fratricida en la ex
Yugoslavia, el resurgimiento del desempleo o las
masacres en Ruanda, muchos
confesarán que no entienden de esas cosas y, a menudo,
recurrirán a vagas
referencias a la “naturaleza humana”. Pero, ¿en qué
consiste esa misteriosa
naturaleza humana que se presenta como la fuente de
todos nuestros males y se
alega que es eternamente inmutable? Esta es una
cuestión profundamente
filosófica que pocos intentarían contestar, a no ser
que tuvieran inclinaciones
religiosas, en cuyo caso dirían que Dios, en su
sabiduría, nos creó así. Por qué a
alguien se le ocurriría adorar a un Ser que crea a los
hombres sólo para gastarles
tales faenas es otro asunto.
Los que mantienen con obstinación que ellos no tienen
ninguna filosofía se
equivocan. La naturaleza aborrece el vacío. Las
personas que carecen de un
punto de vista filosófico elaborado y coherente
reflejarán inevitablemente las
ideas y los prejuicios de la sociedad y el entorno en
que viven. Esto significa, en
este contexto dado, que sus cabezas estarán repletas
de las ideas que absorben
de la prensa, la televisión, el púlpito y el aula, las
cuales reflejan fielmente los
intereses y la moral de la clase dominante.
Por lo común, la mayoría de la gente logra “ir
tirando”, hasta que algún
gran evento les obliga a reconsiderar las ideas y
valores a que están acostumbrados
desde su infancia. La crisis de la sociedad les obliga
a cuestionar muchas cosas
que daban por supuestas, haciendo que ideas aparentemente remotas
se vuelvan de repente tremendamente relevantes.
Cualquiera que desee comprender la vida no como una serie
de accidentes
sin sentido ni como una rutina irreflexiva debe
ocuparse de la filosofía,
esto es, del pensamiento a un nivel superior al de los
problemas inmediatos
de la vida
cotidiana. Tan sólo de esta forma nos elevamos a una altura
desde la que comenzamos a realizar nuestro potencial
como seres
humanos conscientes, dispuestos y capaces de tomar las
riendas de nuestro destino.
En general se comprende que cualquier empresa que
merezca la pena en
la vida requiere esfuerzo. La propia naturaleza de la
filosofía implica ciertas
dificultades para su estudio, ya que trata de cosas
muy alejadas del mundo de
la experiencia normal. Incluso los términos utilizados
presentan dificultades
porque su significado puede ser diferente al común,
aunque esto también es
verdad para cualquier materia especializada, desde el
psicoanálisis hasta la
mecánica.
El segundo obstáculo es más grave. En el siglo pasado,
cuando Marx y
Engels publicaron por primera vez sus escritos sobre
materialismo dialéctico,
podían dar por supuesto que muchos de sus lectores
tenían por lo menos unos
conocimientos básicos de filosofía clásica, incluido
Hegel. Actualmente no es
posible hacer semejante suposición. La filosofía ya no
ocupa el lugar del
pasado, puesto que la especulación sobre la naturaleza
del universo y la vida
fue asumida hace tiempo por las ciencias naturales. La
posesión de potentes
radiotelescopios y naves espaciales vuelve
innecesarias las conjeturas sobre la
naturaleza y la extensión de nuestro sistema solar.
Incluso los misterios del
alma humana se están poniendo paulatinamente al
descubierto mediante el
progreso de la neurobiología y la psicología.
La situación en el terreno de las ciencias sociales es
mucho menos
satisfactoria, debido sobre todo a que el deseo de
conseguir conocimientos
exactos a menudo decrece en la medida en que la
ciencia toca los enormes
intereses materiales que dominan la vida de la gente.
Los grandes avances
realizados por Marx y Engels en el terreno del
análisis socio-histórico y
económico quedan fuera del ámbito de este libro. Baste
con señalar que, a pesar
de los ataques constantes y frecuentemente maliciosos
a que estuvieron
sometidas desde el primer momento, las teorías del
marxismo en la esfera social
han sido el factor decisivo en el desarrollo de las
ciencias sociales modernas. En
cuanto a su vitalidad, está demostrada por el hecho de
que los ataques no sólo
continúan, sino que tienden a arreciar con el paso del
tiempo.
En épocas pasadas, el desarrollo de la ciencia, que
siempre ha estado estrechamente
vinculado al de las fuerzas productivas, no había
alcanzado un nivel
suficientemente alto como para permitir que las
personas entendiesen el mundo
en que vivían. En ausencia de un conocimiento
científico o de los medios
materiales para obtenerlo, se vieron obligados a
depender del único instrumento
que poseían para interpretar el mundo y, así,
conquistarlo: la mente
humana. La lucha para comprender el mundo se
identificaba con la lucha de la
humanidad para elevarse sobre una existencia meramente
animal, ganar el control
sobre las fuerzas ciegas de la naturaleza y liberarse
(en el sentido real, no
legalista, de la palabra). Esta lucha es como un hilo
conductor rojo que recorre
toda la historia de la humanidad.
El papel de la religión
"El hombre está totalmente loco. No sabría cómo
crear un
gusano, y crea dioses por docenas".
(Montaigne.)
"Toda mitología supera, domina y transforma las
fuerzas de
la naturaleza en la imaginación y mediante la
imaginación; por lo
tanto desaparece con la llegada de la auténtica
dominación sobre
ellas".
(Marx.)
Los animales no tienen religión, y en el pasado se
decía que ésa era la
principal diferencia entre hombres y bestias. Pero
ésta es sólo otra forma de
decir que únicamente los seres humanos poseen
conciencia en el sentido pleno
de la palabra. En los últimos años ha habido una
reacción contra la idea del
Hombre como Creación única y especial. Al fin y al
cabo, el ser humano
evolucionó de los animales y en muchos aspectos sigue
siendo animal. No
solamente compartimos con otros animales muchas de las
funciones corporales,
sino que la diferencia genética entre humanos y
chimpancés es menor del dos
por ciento. He aquí una respuesta devastadora a las
tonterías de los
creacionistas.
Las últimas investigaciones con chimpancés bonobos
(los primates más
afines a los humanos) han demostrado fuera de toda
duda que son capaces de
un nivel de actividad mental similar en algunos
aspectos al de un niño. Esto
prueba claramente el parentesco entre los seres
humanos y los primates
superiores, pero aquí la analogía empieza a
resquebrajarse. Pese a todos los
esfuerzos de los experimentadores, los bonobos
cautivos no han sido capaces de
hablar ni de labrar una herramienta de piedra
remotamente similar a los
utensilios más simples creados por los homínidos
primitivos. Esa diferencia
genética del dos por ciento que separa a los humanos
de los chimpancés marca
el salto cualitativo del animal al humano. Esto se
logró no por obra y gracia de
un Creador, sino por el desarrollo del cerebro a
través del trabajo manual.
La destreza para hacer incluso las herramientas de
piedra más simples
implica un nivel muy alto de habilidad mental y
pensamiento abstracto. El
seleccionar la piedra adecuada, elegir el ángulo
correcto para golpear y usar la
cantidad de fuerza precisa son acciones intelectuales
muy complejas. Requieren
un grado de planificación y previsión que no se
encuentra ni en los primates
más avanzados. No obstante, el uso y la manufactura de
herramientas de piedra
no fueron resultado de una planificación consciente,
sino una imposición de la
necesidad. No fue la conciencia la que creó la
humanidad, sino que las
condiciones necesarias para la existencia humana
condujeron a un cerebro más
grande, al habla y a la cultura, incluida la religión.
La necesidad de entender el mundo estaba estrechamente
vinculada a la
necesidad de sobrevivir. Aquellos homínidos primitivos
que descubrieron el
uso de raspadores de piedra para descuartizar
cadáveres de animales de piel
gruesa obtuvieron una considerable ventaja sobre
aquellos que no tuvieron
acceso a esta fuente abundante de grasas y proteínas.
Los que perfeccionaron
sus herramientas de piedra y descubrieron los mejores
yacimientos tuvieron
más posibilidades de sobrevivir que los que no lo
hicieron. Con el desarrollo de
la técnica vino la expansión de la mente y la
necesidad de explicar los
fenómenos naturales que gobernaban sus vidas. A través
de millones de años,
mediante aproximaciones sucesivas, nuestros
antepasados comenzaron a
establecer ciertas relaciones entre las cosas.
Empezaron a hacer abstracciones,
esto es, a generalizar a partir de la experiencia y la
práctica.
Durante siglos, la cuestión central de la filosofía ha
sido la relación entre el
pensamiento y el ser. La mayoría de las personas pasan
sus vidas sin siquiera
contemplar este problema. Piensan y actúan, hablan y
trabajan sin la menor
dificultad. Es más, ni se les ocurriría considerar
incompatibles las dos
actividades humanas más básicas, que en la práctica
son inseparables. Si
excluimos reacciones simples condicionadas
fisiológicamente, como los actos
reflejos, incluso la acción más elemental exige un
cierto grado de pensamiento.
En cierto modo, esto es verdad no sólo para los
humanos, sino también para los
animales (pensemos en un gato apostado a la espera de
un ratón). No obstante,
la planificación y el pensamiento humanos tienen un
carácter cualitativamente
superior a cualquier actividad mental de incluso el
simio más avanzado.
Este hecho está estrechamente vinculado a la capacidad
del pensamiento
abstracto, que permite a los seres humanos ir mucho
más allá de la situación
inmediata dada por nuestros sentidos. Podemos imaginar
situaciones no sólo
en el pasado (los animales también tienen memoria,
como el perro, que tiembla
a la vista de un garrote), sino también en el futuro.
Podemos predecir
situaciones complejas, planificar, y así determinar el
resultado y hasta cierto
punto controlar nuestros destinos. Aunque normalmente
no pensamos en ello,
esto representa una conquista colosal que separa a la
humanidad del resto de la
naturaleza. “Lo típico del razonamiento humano”, dice
el profesor Gordon
Childe, “es que puede ir muchísimo más lejos de la
situación actual, presente,
que el razonamiento de cualquier otro animal”.6 De
esta capacidad nacen las
múltiples creaciones de la civilización: la cultura,
el arte, la música, la literatura,
la ciencia, la filosofía, la religión. También damos
por supuesto que todo esto no
cae del cielo, sino que es el producto de millones de
años de desarrollo.
El filósofo griego Anaxágoras (500-428 a.C.), en una
deducción brillante,
afirmó que el desarrollo mental del hombre dependía de
la emancipación de las
manos. Engels, en su importante artículo El papel del
trabajo en la
transformación del mono en hombre, explicó la forma
exacta en que se logró
dicha transformación. Demostró que la postura
vertical, la liberación de las
manos para el trabajo, la forma de la mano, con el
pulgar opuesto a los otros
dedos de forma que permitía agarrar, fueron los
requisitos fisiológicos para la
manufactura de herramientas, que a su vez fue el
principal estímulo para el
desarrollo del cerebro. Incluso el habla, que es
inseparable del pensamiento,
surge de las exigencias de la producción social, de la
necesidad de cooperar
para realizar funciones complejas. Estas teorías de
Engels se han visto
confirmadas brillantemente por los últimos
descubrimientos de la
paleontología, que demuestran que los simios homínidos
aparecieron en África
bastante antes de lo que se pensaba y que tenían
cerebros no más grandes que
los de un chimpancé actual. Es decir, el desarrollo
del cerebro vino después de
la producción de herramientas y a consecuencia de
ésta. Así, no es verdad que
“En el principio, era la Palabra”, sino, en frase del
poeta alemán Goethe, “En el
principio, era el Hecho”.
La capacidad de manejar pensamientos abstractos es
inseparable del
habla. El célebre prehistoriador Gordon Childe
comenta:
“El razonamiento y todo lo que podemos llamar
pensamiento,
inclusive el del chimpancé, hace intervenir en las
operaciones mentales lo
que los psicólogos llaman imágenes. Una imagen visual,
la representación
mental de una banana, por ejemplo, ha de ser siempre
la representación de
una banana determinada en un conjunto determinado. Una
palabra, por el
contrario, según lo explicado, es más general y
abstracta, pues ha
eliminado precisamente esos rasgos accidentales que
dan individualidad a
cualquier banana real. Las imágenes mentales de las
palabras
(representaciones del sonido o de los movimientos
musculares que
intervienen en su pronunciación) constituyen ‘fichas’
muy cómodas en el
proceso del pensamiento. El pensar con su ayuda posee
necesariamente
esa cualidad de abstracción y generalidad que parece
faltar en el
pensamiento animal. Los hombres pueden pensar, lo
mismo que hablar,
sobre la clase de objetos llamados ‘bananas’; el
chimpancé nunca va más
allá de ‘esa banana en ese tubo’. De tal suerte el
instrumento social
denominado lenguaje ha contribuido a lo que se
denomina
grandilocuentemente ‘la emancipación del hombre de la
esclavitud de lo
concreto”. G. Childe, Qué sucedió en la historia.
Editorial Pléyade, Buenos
Aires, 1975, pp. 25-6)
Los humanos primitivos, después de largo tiempo,
formaron la idea
general de, por ejemplo, una planta o un animal. Esto
surgió de la observación
concreta de muchas plantas y animales particulares.
Pero cuando llegamos al
concepto general de “planta”, ya no vemos delante de
nosotros esta o aquella
flor o arbusto, sino lo que es común a todas ellas.
Comprendemos la esencia de
una planta, su ser interior. Comparado con esto, los
rasgos peculiares de las
plantas individuales parecen secundarios e inestables.
Lo que es permanente y
universal está contenido en el concepto general. Jamás
podemos ver una planta
como tal, opuesta a flores y arbustos particulares. Es
una abstracción de la mente.
Sin embargo, es una expresión más profunda y verdadera
de lo que es
esencial a la naturaleza de la planta cuando se la
despoja de todos los rasgos
secundarios.
No obstante, las abstracciones de los humanos
primitivos distan mucho de
tener un carácter científico. Eran exploraciones
tentativas, como las impresiones
de un niño: suposiciones e hipótesis a veces
incorrectas, pero siempre audaces e
imaginativas. Para nuestros antepasados remotos, el
Sol era un ser supremo que
unas veces les calentaba y otras les quemaba. La
Tierra era un gigante
adormecido. El fuego era un animal feroz que les
mordía cuando lo tocaban.
Los humanos primitivos conocieron los truenos y los
relámpagos, les
asustarían, como todavía hoy asustan a los animales y
a algunas personas. Pero,
a diferencia de los animales, los humanos buscaron una
explicación general del
fenómeno. Dada la ausencia de cualquier conocimiento
científico, la explicación
sólo podía ser sobrenatural: algún dios golpeando un
yunque con su martillo.
Para nosotros, semejantes explicaciones resultan
simplemente divertidas, como
las explicaciones ingenuas de los niños. No obstante,
en ese período eran
hipótesis extraordinariamente importantes, un intento
de encontrar una causa
racional para el fenómeno distinguiendo entre la
experiencia inmediata y lo que
había tras ella.
La forma más característica de las religiones
primitivas es el animismo —
la noción de que todo objeto, animado o inanimado,
posee un espíritu—. Vemos
el mismo tipo de reacción en un niño cuando pega a una
mesa contra la que se
ha golpeado la cabeza. De la misma manera, los humanos
primitivos y ciertas
tribus actuales piden perdón a un árbol antes de
talarlo. El animismo pertenece
a un período en el que la humanidad aún no se había
separado plenamente del
mundo animal y de la naturaleza. La proximidad de los
humanos al mundo de
los animales está demostrada por la frescura y belleza
del arte rupestre, donde
los caballos, ciervos y bisontes están pintados con
una naturalidad que ningún
artista moderno es capaz de lograr. Se trata de la
infancia del género humano,
que ha desaparecido y nunca volverá. Tan sólo podemos
imaginar la psicología
de nuestros antepasados remotos. Pero mediante una
combinación de los
descubrimientos de la paleontología y la antropología
es posible reconstruir,
por lo menos a grandes rasgos, el mundo del que hemos
surgido.
En su estudio antropológico clásico de los orígenes de
la magia y la
religión, James G. Frazer escribe:
“El salvaje concibe con dificultad la distinción entre
lo natural y lo
sobrenatural, comúnmente aceptada por los pueblos ya
más avanzados.
Para él, el mundo está funcionando en gran parte
merced a ciertos agentes
sobrenaturales que son seres personales que actúan por
impulsos y
motivos semejantes a los suyos propios y, como él,
propensos a
modificarlos por apelaciones a su piedad, a sus deseos
y temores. En un
mundo así concebido no ve limitaciones a su poder de
influir sobre el
curso de los acontecimientos en beneficio propio. Las
oraciones, promesas
o amenazas a los dioses pueden asegurarle buen tiempo
y abundantes
cosechas; y si aconteciera, como muchas veces se ha
creído, que un dios
llegase a encarnar en su misma persona, ya no
necesitaría apelar a seres
más altos. Él, el propio salvaje, posee en sí mismo
todos los poderes
necesarios para acrecentar su propio bienestar y el de
su prójimo”. (Sir
James Frazer, La rama dorada. Magia y religión. Fondo
de Cultura
Económica. Madrid. 1981, p. 33)
La noción de que el alma existe separada y aparte del
cuerpo viene
directamente de los tiempos más remotos. El origen de
esta idea es evidente.
Cuando dormimos, el alma parece abandonar el cuerpo y
vagar en nuestros
sueños. Por extensión, la similitud entre la muerte y
el sueño —“gemelo de la
muerte”, como lo llamó Shakespeare— sugiere la idea de
que el alma podría
seguir existiendo después de la muerte. Así fue cómo
los humanos primitivos
concluyeron que el interior de sus cuerpos albergaba
algo, el alma, que mandaba
sobre el cuerpo y podía hacer todo tipo de cosas
increíbles, incluso cuando
el cuerpo estaba dormido. También observaron cómo
palabras llenas de
sabiduría manaban de las bocas de los ancianos y
concluyeron que, mientras
que el cuerpo perece, el alma sigue viviendo. Para
gente acostumbrada a los
desplazamientos, la muerte era vista como una
migración del alma, que
necesitaba comida y utensilios para el viaje.
Al principio estos espíritus no tenían una morada
fija. Simplemente
erraban, la mayoría de las veces causando molestias y
obligando a los vivos a
hacer todo lo que podían por deshacerse de ellos. He
aquí el origen de las
ceremonias religiosas. Finalmente surgió la idea de
que mediante la oración
podría conseguirse la ayuda de estos espíritus. En
esta etapa, la religión
(magia), el arte y la ciencia no se diferenciaban. No
teniendo los medios para
conseguir un auténtico poder sobre el medio ambiente,
los humanos primitivos
intentaron obtener sus fines por medio de una relación
mágica con la
naturaleza, y así someterla a su voluntad.
La actitud de los humanos primitivos hacia sus
dioses-espíritus y fetiches
era bastante práctica. La intención de los rezos era
obtener resultados. Un
hombre haría una imagen con sus propias manos y se
postraría ante ella. Pero si
no conseguía el resultado deseado, la maldecía y la
golpeaba para obtener
mediante la violencia lo que no había conseguido con
súplicas. En ese mundo
extraño de sueños y fantasmas, un mundo de religión,
la mente primitiva veía
cada acontecimiento como la obra de espíritus
invisibles. Cada arbusto o cada
riachuelo eran una criatura viviente, amistosa u
hostil. Cada suceso fortuito,
cada sueño, dolor o sensación estaba causado por un
espíritu. Las explicaciones
religiosas llenaban el vacío que dejaba la falta de conocimiento
de las leyes de la
naturaleza. Incluso la muerte no era vista como un
evento natural, sino como el
resultado de alguna ofensa causada a los dioses.
Durante casi toda la existencia del género humano, la
mente ha estado
llena de este tipo de cosas. Y no sólo en lo que a la
gente le gusta considerar
como sociedades primitivas. Las creencias
supersticiosas continúan existiendo
hoy, aunque con diferente disfraz. Bajo el fino barniz
de civilización se
esconden tendencias e ideas irracionales primitivas
que tienen su raíz en un
pasado remoto que ha sido en parte olvidado, pero que
no está todavía
superado. No serán desarraigadas definitivamente de la
conciencia humana
hasta que hombres y mujeres no establezcan un firme
control sobre sus
condiciones de existencia.
La división del trabajo
Frazer señala que la división entre trabajo manual y
trabajo intelectual en
la sociedad primitiva está invariablemente vinculada a
la formación de una
casta de sacerdotes, hechiceros o magos:
“El progreso social, según creemos, consiste
principalmente en una
diferenciación progresiva de funciones; dicho más
sencillamente, en una
división del trabajo. La obra que en la sociedad
primitiva se hace por
todos igual y por todos igualmente mal o muy cerca de
ello, se distribuye
gradualmente entre las diferentes clases de
trabajadores, que la ejecutan
cada vez con mayor perfección; y así, tanto más cuanto
que los productos
materiales o inmateriales de esta labor especializada
van siendo gozados
por todos, la sociedad en conjunto se beneficia de la
especialización
creciente. Ahora, ya, los magos o curanderos aparecen
constituyendo la
clase profesional o artificial más antigua en la
evolución de la sociedad,
pues hechiceros se encuentran en cada una de las
tribus salvajes conocidas
por nosotros, y entre los más incultos salvajes, como
los australianos
aborígenes, es la única clase profesional que existe”.
(Ibíd. pp 137-8)
El dualismo, que separa el alma del cuerpo, la mente
de la materia, el
pensamiento del hecho, recibió un fuerte impulso con
el desarrollo de la
división del trabajo en una etapa dada de la evolución
social. La separación
entre trabajo manual y trabajo intelectual coincidió
con la división de la
sociedad en clases y marcó un gran avance en el
desarrollo humano. Por
primera vez, una minoría de la sociedad se vio
liberada de la necesidad de
trabajar para obtener su sustento. La posesión de la
mercancía más preciada, el
ocio, significó que los hombres podían dedicar sus
vidas al estudio de las
estrellas. Como el filósofo materialista alemán Ludwig
Feuerbach explica, la
ciencia teórica auténtica comienza con la cosmología:
“El animal es sólo sensible al rayo de luz que
inmediatamente afecta
a la vida; mientras que el hombre percibe la luz, para
él físicamente
indiferente, de la estrella más remota. Tan sólo el
hombre posee pasiones y
alegrías desinteresadas y puramente intelectuales;
sólo el ojo del hombre
mantiene festivales teóricos. El ojo que contempla los
cielos estrellados,
que medita sobre aquella luz al mismo tiempo inútil e
inocua que no tiene
nada en común con la Tierra y sus necesidades; este
ojo ve en aquella luz
su propia naturaleza, sus propios orígenes. El ojo es
celestial por su propia
naturaleza. De aquí que el hombre se eleve por encima
de la tierra sólo con
el ojo; de aquí que la teoría comience con la
contemplación de los cielos.
Los primeros filósofos eran astrónomos”. (Ludwig
Feuerbach. The essence
of Christianity. p. 5)
Aunque en esta etapa temprana esto todavía estaba
mezclado con la
religión y los requerimientos e intereses de una casta
sacerdotal, también
significó el nacimiento de la civilización humana.
Aristóteles ya lo había
entendido cuando escribió: “Además, estas artes
teóricas evolucionaron en
lugares donde los hombres tenían un superávit de tiempo
libre: por ejemplo, las
matemáticas tienen su origen en Egipto, donde una
casta sacerdotal gozaba del
ocio necesario”.11
El conocimiento es una fuente de poder. En cualquier
sociedad en que el
arte, la ciencia y el gobierno son el monopolio de
unos pocos, esa minoría usará
y abusará de su poder en su propio beneficio. La
inundación anual del Nilo era
un asunto de vida o muerte para los egipcios, cuyas
cosechas dependían de ello.
La pericia de los sacerdotes egipcios para predecir,
apoyándose en observaciones
astronómicas, cuándo se desbordaría el Nilo debió de
haber incrementado
enormemente su prestigio y poder sobre la sociedad. El
arte de escribir, una invención
muy poderosa, era un secreto celosamente guardado por
la casta sacerdotal:
“Sumeria descubrió la escritura; los sacerdotes
sumerios hicieron
conjeturas acerca de que el futuro pudiera estar
escrito por algún
procedimiento oculto en los acontecimientos presentes
que tenían lugar a
nuestro alrededor. Hasta llegaron a sistematizar esta
creencia, mezclando
elementos mágicos y racionales”.(I. Prigogine e I.
Stengers. Order Out of
Chaos, Man’s New Dialogue with Nature. p. 4)
La posterior profundización de la división del trabajo
hizo surgir un
abismo insalvable entre la élite intelectual y la
mayoría de la humanidad,
condenada a trabajar con sus propias manos. El
intelectual, sea sacerdote
babilónico o físico teórico moderno, sólo conoce un
tipo de trabajo: el mental.
En el curso de milenios, la superioridad de este
último sobre el trabajo manual
“puro y duro” ha echado raíces profundas y adquirido
la fuerza de un
prejuicio. Lenguaje, palabras y pensamientos se han
revestido de poderes
místicos. La cultura se ha vuelto el monopolio de una
élite privilegiada que
guarda celosamente sus secretos, usando y abusando de
su posición en su
propio interés.
En la antigüedad, la aristocracia intelectual no hizo
ningún intento de
ocultar su desprecio por el trabajo físico. El
siguiente extracto de un texto
egipcio conocido como La sátira sobre los oficios,
escrito alrededor de 2000 a.C.,
se cree que es la exhortación de un padre a su hijo,
al que quiere enviar a la
escuela para formarse como escriba:
La misma actitud prevalecía entre los griegos:“He
visto cómo se
maltrata al hombre que trabaja —deberías poner tu corazón
en la
búsqueda de la escritura—. He observado cómo uno
podría ser rescatado
de sus deberes —¡presta atención! No hay nada que
supere a la escritura—
. (...)
“He visto al metalúrgico trabajando en la boca del
horno. Sus dedos
eran similares a cocodrilos; olía peor que una hueva
de pescado. (...)
“El pequeño constructor lleva barro. (...) Está más
sucio que las viñas
o los cerdos de tanto pisotear el barro. Su ropa está
tiesa de la arcilla. (...)
“El fabricante de flechas es muy infeliz cuando entra
en el desierto
[en busca de pedernal]. Más grande es lo que da a su
burro que lo que
posteriormente [vale] su trabajo. (...)
“El lavandero que lava ropa en la orilla [del río] es
el vecino del
cocodrilo. (...)
“¡Presta atención! No hay ninguna profesión sin patrón,
excepto para
el escriba: él es el patrón. (...)
“¡Presta atención! No hay ningún escriba al que le
falte comida de la
propiedad de la Casa del Rey —¡vida, prosperidad,
salud!—. (...) Su padre
y su madre alaban a dios, puesto que él está en el
sendero de los vivientes.
¡Contempla estas cosas! Yo [las he puesto] ante ti y
ante los hijos de tus
hijos”. (Citado por Margret Donaldson, Children’s
Minds. p. 84)
“Las llamadas artes mecánicas”, dice Jenofonte,
“llevan un estigma
social y con razón son despreciadas en nuestras
ciudades, puesto que estas
artes dañan los cuerpos de los que trabajan en ellas o
de los que actúan
como capataces, condenándoles a una vida sedentaria de
puertas adentro
y, en algunos casos, a pasar todo el día al lado de la
chimenea. Esta
degeneración física asimismo da pie a un deterioro del
alma. Además, los
que trabajan en estos oficios simplemente no tienen
tiempo para dedicarse
a los deberes de la amistad o de la ciudadanía. En
consecuencia, son
considerados como malos amigos y malos patriotas, y en
algunas
ciudades, sobre todo las más guerreras, no es legal
que un ciudadano se
dedique al trabajo manual”. (Oeconomicusm iv, 203,
citado en B.
Farrington, Greek Science, pp. 28-9)
El divorcio radical entre trabajo intelectual y manual
profundiza la ilusión
de una existencia independiente de las ideas, los
pensamientos y las palabras.
Este concepto erróneo es el meollo de toda religión e
idealismo filosófico.
No fue Dios quien creó el hombre a su propia imagen y
semejanza, sino,
por el contrario, fue el hombre quien creó dioses a
imagen y semejanza suya.
Ludwig Feuerbach dijo que si los pájaros tuviesen una
religión, su dios tendría
alas. “La religión es un sueño en el que nuestras
propias concepciones y
emociones se nos presentan como existencias separadas,
como seres al margen