HISTORIA DE LA FILOSOFÍA
Alan Woods
Indice
1. ¿Necesitamos una filosofía?
2. Los primeros dialécticos
3. Aristóteles y el final de la filosofía griega
clásica
4. El Renacimiento
5. Descartes, Spinoza y Leibniz
6. La filosofía del siglo XX
7. Apéndice: La filosofía islámica e hindú
Capítulo I
¿Necesitamos una filosofía?
Antes de empezar, uno podría preguntarse: ¿Es
realmente necesario preocuparnos
de complicadas cuestiones científicas y filosóficas?
Semejante pregunta
admite dos respuestas. Si lo que se quiere decir es si
hace falta saber estas cosas
para la vida cotidiana, la respuesta es,
evidentemente, no. Pero si aspiramos a
lograr una comprensión racional del mundo en que
vivimos y de los procesos
fundamentales en la naturaleza, la sociedad y nuestra
propia forma de pensar,
entonces la cosa se presenta de una forma totalmente
distinta.
Aunque parezca extraño, todos tenemos una filosofía.
Una filosofía es una
manera de interpretar el mundo. Todos creemos que
sabemos distinguir entre
el bien y el mal. Sin embargo, es una cuestión harto
complicada que ha ocupado
la atención de las grandes mentes a lo largo de la
historia. Cuando nos vemos
enfrentados con hechos tan terribles como la guerra
fratricida en la ex
Yugoslavia, el resurgimiento del desempleo o las
masacres en Ruanda, muchos
confesarán que no entienden de esas cosas y, a menudo,
recurrirán a vagas
referencias a la “naturaleza humana”. Pero, ¿en qué
consiste esa misteriosa
naturaleza humana que se presenta como la fuente de
todos nuestros males y se
alega que es eternamente inmutable? Esta es una
cuestión profundamente
filosófica que pocos intentarían contestar, a no ser
que tuvieran inclinaciones
religiosas, en cuyo caso dirían que Dios, en su
sabiduría, nos creó así. Por qué a
alguien se le ocurriría adorar a un Ser que crea a los
hombres sólo para gastarles
tales faenas es otro asunto.
Los que mantienen con obstinación que ellos no tienen
ninguna filosofía se
equivocan. La naturaleza aborrece el vacío. Las
personas que carecen de un
punto de vista filosófico elaborado y coherente
reflejarán inevitablemente las
ideas y los prejuicios de la sociedad y el entorno en
que viven. Esto significa, en
este contexto dado, que sus cabezas estarán repletas
de las ideas que absorben
de la prensa, la televisión, el púlpito y el aula, las
cuales reflejan fielmente los
intereses y la moral de la clase dominante.
Por lo común, la mayoría de la gente logra “ir
tirando”, hasta que algún
gran evento les obliga a reconsiderar las ideas y
valores a que están acostumbrados
desde su infancia. La crisis de la sociedad les obliga
a cuestionar muchas cosas
que daban por supuestas, haciendo que ideas aparentemente remotas
se vuelvan de repente tremendamente relevantes.
Cualquiera que desee comprender la vida no como una serie
de accidentes
sin sentido ni como una rutina irreflexiva debe
ocuparse de la filosofía,
esto es, del pensamiento a un nivel superior al de los
problemas inmediatos
de la vida
cotidiana. Tan sólo de esta forma nos elevamos a una altura
desde la que comenzamos a realizar nuestro potencial
como seres
humanos conscientes, dispuestos y capaces de tomar las
riendas de nuestro destino.
En general se comprende que cualquier empresa que
merezca la pena en
la vida requiere esfuerzo. La propia naturaleza de la
filosofía implica ciertas
dificultades para su estudio, ya que trata de cosas
muy alejadas del mundo de
la experiencia normal. Incluso los términos utilizados
presentan dificultades
porque su significado puede ser diferente al común,
aunque esto también es
verdad para cualquier materia especializada, desde el
psicoanálisis hasta la
mecánica.
El segundo obstáculo es más grave. En el siglo pasado,
cuando Marx y
Engels publicaron por primera vez sus escritos sobre
materialismo dialéctico,
podían dar por supuesto que muchos de sus lectores
tenían por lo menos unos
conocimientos básicos de filosofía clásica, incluido
Hegel. Actualmente no es
posible hacer semejante suposición. La filosofía ya no
ocupa el lugar del
pasado, puesto que la especulación sobre la naturaleza
del universo y la vida
fue asumida hace tiempo por las ciencias naturales. La
posesión de potentes
radiotelescopios y naves espaciales vuelve
innecesarias las conjeturas sobre la
naturaleza y la extensión de nuestro sistema solar.
Incluso los misterios del
alma humana se están poniendo paulatinamente al
descubierto mediante el
progreso de la neurobiología y la psicología.
La situación en el terreno de las ciencias sociales es
mucho menos
satisfactoria, debido sobre todo a que el deseo de
conseguir conocimientos
exactos a menudo decrece en la medida en que la
ciencia toca los enormes
intereses materiales que dominan la vida de la gente.
Los grandes avances
realizados por Marx y Engels en el terreno del
análisis socio-histórico y
económico quedan fuera del ámbito de este libro. Baste
con señalar que, a pesar
de los ataques constantes y frecuentemente maliciosos
a que estuvieron
sometidas desde el primer momento, las teorías del
marxismo en la esfera social
han sido el factor decisivo en el desarrollo de las
ciencias sociales modernas. En
cuanto a su vitalidad, está demostrada por el hecho de
que los ataques no sólo
continúan, sino que tienden a arreciar con el paso del
tiempo.
En épocas pasadas, el desarrollo de la ciencia, que
siempre ha estado estrechamente
vinculado al de las fuerzas productivas, no había
alcanzado un nivel
suficientemente alto como para permitir que las
personas entendiesen el mundo
en que vivían. En ausencia de un conocimiento
científico o de los medios
materiales para obtenerlo, se vieron obligados a
depender del único instrumento
que poseían para interpretar el mundo y, así,
conquistarlo: la mente
humana. La lucha para comprender el mundo se
identificaba con la lucha de la
humanidad para elevarse sobre una existencia meramente
animal, ganar el control
sobre las fuerzas ciegas de la naturaleza y liberarse
(en el sentido real, no
legalista, de la palabra). Esta lucha es como un hilo
conductor rojo que recorre
toda la historia de la humanidad.
El papel de la religión
"El hombre está totalmente loco. No sabría cómo
crear un
gusano, y crea dioses por docenas".
(Montaigne.)
"Toda mitología supera, domina y transforma las
fuerzas de
la naturaleza en la imaginación y mediante la
imaginación; por lo
tanto desaparece con la llegada de la auténtica
dominación sobre
ellas".
(Marx.)
Los animales no tienen religión, y en el pasado se
decía que ésa era la
principal diferencia entre hombres y bestias. Pero
ésta es sólo otra forma de
decir que únicamente los seres humanos poseen
conciencia en el sentido pleno
de la palabra. En los últimos años ha habido una
reacción contra la idea del
Hombre como Creación única y especial. Al fin y al
cabo, el ser humano
evolucionó de los animales y en muchos aspectos sigue
siendo animal. No
solamente compartimos con otros animales muchas de las
funciones corporales,
sino que la diferencia genética entre humanos y
chimpancés es menor del dos
por ciento. He aquí una respuesta devastadora a las
tonterías de los
creacionistas.
Las últimas investigaciones con chimpancés bonobos
(los primates más
afines a los humanos) han demostrado fuera de toda
duda que son capaces de
un nivel de actividad mental similar en algunos
aspectos al de un niño. Esto
prueba claramente el parentesco entre los seres
humanos y los primates
superiores, pero aquí la analogía empieza a
resquebrajarse. Pese a todos los
esfuerzos de los experimentadores, los bonobos
cautivos no han sido capaces de
hablar ni de labrar una herramienta de piedra
remotamente similar a los
utensilios más simples creados por los homínidos
primitivos. Esa diferencia
genética del dos por ciento que separa a los humanos
de los chimpancés marca
el salto cualitativo del animal al humano. Esto se
logró no por obra y gracia de
un Creador, sino por el desarrollo del cerebro a
través del trabajo manual.
La destreza para hacer incluso las herramientas de
piedra más simples
implica un nivel muy alto de habilidad mental y
pensamiento abstracto. El
seleccionar la piedra adecuada, elegir el ángulo
correcto para golpear y usar la
cantidad de fuerza precisa son acciones intelectuales
muy complejas. Requieren
un grado de planificación y previsión que no se
encuentra ni en los primates
más avanzados. No obstante, el uso y la manufactura de
herramientas de piedra
no fueron resultado de una planificación consciente,
sino una imposición de la
necesidad. No fue la conciencia la que creó la
humanidad, sino que las
condiciones necesarias para la existencia humana
condujeron a un cerebro más
grande, al habla y a la cultura, incluida la religión.
La necesidad de entender el mundo estaba estrechamente
vinculada a la
necesidad de sobrevivir. Aquellos homínidos primitivos
que descubrieron el
uso de raspadores de piedra para descuartizar
cadáveres de animales de piel
gruesa obtuvieron una considerable ventaja sobre
aquellos que no tuvieron
acceso a esta fuente abundante de grasas y proteínas.
Los que perfeccionaron
sus herramientas de piedra y descubrieron los mejores
yacimientos tuvieron
más posibilidades de sobrevivir que los que no lo
hicieron. Con el desarrollo de
la técnica vino la expansión de la mente y la
necesidad de explicar los
fenómenos naturales que gobernaban sus vidas. A través
de millones de años,
mediante aproximaciones sucesivas, nuestros
antepasados comenzaron a
establecer ciertas relaciones entre las cosas.
Empezaron a hacer abstracciones,
esto es, a generalizar a partir de la experiencia y la
práctica.
Durante siglos, la cuestión central de la filosofía ha
sido la relación entre el
pensamiento y el ser. La mayoría de las personas pasan
sus vidas sin siquiera
contemplar este problema. Piensan y actúan, hablan y
trabajan sin la menor
dificultad. Es más, ni se les ocurriría considerar
incompatibles las dos
actividades humanas más básicas, que en la práctica
son inseparables. Si
excluimos reacciones simples condicionadas
fisiológicamente, como los actos
reflejos, incluso la acción más elemental exige un
cierto grado de pensamiento.
En cierto modo, esto es verdad no sólo para los
humanos, sino también para los
animales (pensemos en un gato apostado a la espera de
un ratón). No obstante,
la planificación y el pensamiento humanos tienen un
carácter cualitativamente
superior a cualquier actividad mental de incluso el
simio más avanzado.
Este hecho está estrechamente vinculado a la capacidad
del pensamiento
abstracto, que permite a los seres humanos ir mucho
más allá de la situación
inmediata dada por nuestros sentidos. Podemos imaginar
situaciones no sólo
en el pasado (los animales también tienen memoria,
como el perro, que tiembla
a la vista de un garrote), sino también en el futuro.
Podemos predecir
situaciones complejas, planificar, y así determinar el
resultado y hasta cierto
punto controlar nuestros destinos. Aunque normalmente
no pensamos en ello,
esto representa una conquista colosal que separa a la
humanidad del resto de la
naturaleza. “Lo típico del razonamiento humano”, dice
el profesor Gordon
Childe, “es que puede ir muchísimo más lejos de la
situación actual, presente,
que el razonamiento de cualquier otro animal”.6 De
esta capacidad nacen las
múltiples creaciones de la civilización: la cultura,
el arte, la música, la literatura,
la ciencia, la filosofía, la religión. También damos
por supuesto que todo esto no
cae del cielo, sino que es el producto de millones de
años de desarrollo.
El filósofo griego Anaxágoras (500-428 a.C.), en una
deducción brillante,
afirmó que el desarrollo mental del hombre dependía de
la emancipación de las
manos. Engels, en su importante artículo El papel del
trabajo en la
transformación del mono en hombre, explicó la forma
exacta en que se logró
dicha transformación. Demostró que la postura
vertical, la liberación de las
manos para el trabajo, la forma de la mano, con el
pulgar opuesto a los otros
dedos de forma que permitía agarrar, fueron los
requisitos fisiológicos para la
manufactura de herramientas, que a su vez fue el
principal estímulo para el
desarrollo del cerebro. Incluso el habla, que es
inseparable del pensamiento,
surge de las exigencias de la producción social, de la
necesidad de cooperar
para realizar funciones complejas. Estas teorías de
Engels se han visto
confirmadas brillantemente por los últimos
descubrimientos de la
paleontología, que demuestran que los simios homínidos
aparecieron en África
bastante antes de lo que se pensaba y que tenían
cerebros no más grandes que
los de un chimpancé actual. Es decir, el desarrollo
del cerebro vino después de
la producción de herramientas y a consecuencia de
ésta. Así, no es verdad que
“En el principio, era la Palabra”, sino, en frase del
poeta alemán Goethe, “En el
principio, era el Hecho”.
La capacidad de manejar pensamientos abstractos es
inseparable del
habla. El célebre prehistoriador Gordon Childe
comenta:
“El razonamiento y todo lo que podemos llamar
pensamiento,
inclusive el del chimpancé, hace intervenir en las
operaciones mentales lo
que los psicólogos llaman imágenes. Una imagen visual,
la representación
mental de una banana, por ejemplo, ha de ser siempre
la representación de
una banana determinada en un conjunto determinado. Una
palabra, por el
contrario, según lo explicado, es más general y
abstracta, pues ha
eliminado precisamente esos rasgos accidentales que
dan individualidad a
cualquier banana real. Las imágenes mentales de las
palabras
(representaciones del sonido o de los movimientos
musculares que
intervienen en su pronunciación) constituyen ‘fichas’
muy cómodas en el
proceso del pensamiento. El pensar con su ayuda posee
necesariamente
esa cualidad de abstracción y generalidad que parece
faltar en el
pensamiento animal. Los hombres pueden pensar, lo
mismo que hablar,
sobre la clase de objetos llamados ‘bananas’; el
chimpancé nunca va más
allá de ‘esa banana en ese tubo’. De tal suerte el
instrumento social
denominado lenguaje ha contribuido a lo que se
denomina
grandilocuentemente ‘la emancipación del hombre de la
esclavitud de lo
concreto”. G. Childe, Qué sucedió en la historia.
Editorial Pléyade, Buenos
Aires, 1975, pp. 25-6)
Los humanos primitivos, después de largo tiempo,
formaron la idea
general de, por ejemplo, una planta o un animal. Esto
surgió de la observación
concreta de muchas plantas y animales particulares.
Pero cuando llegamos al
concepto general de “planta”, ya no vemos delante de
nosotros esta o aquella
flor o arbusto, sino lo que es común a todas ellas.
Comprendemos la esencia de
una planta, su ser interior. Comparado con esto, los
rasgos peculiares de las
plantas individuales parecen secundarios e inestables.
Lo que es permanente y
universal está contenido en el concepto general. Jamás
podemos ver una planta
como tal, opuesta a flores y arbustos particulares. Es
una abstracción de la mente.
Sin embargo, es una expresión más profunda y verdadera
de lo que es
esencial a la naturaleza de la planta cuando se la
despoja de todos los rasgos
secundarios.
No obstante, las abstracciones de los humanos
primitivos distan mucho de
tener un carácter científico. Eran exploraciones
tentativas, como las impresiones
de un niño: suposiciones e hipótesis a veces
incorrectas, pero siempre audaces e
imaginativas. Para nuestros antepasados remotos, el
Sol era un ser supremo que
unas veces les calentaba y otras les quemaba. La
Tierra era un gigante
adormecido. El fuego era un animal feroz que les
mordía cuando lo tocaban.
Los humanos primitivos conocieron los truenos y los
relámpagos, les
asustarían, como todavía hoy asustan a los animales y
a algunas personas. Pero,
a diferencia de los animales, los humanos buscaron una
explicación general del
fenómeno. Dada la ausencia de cualquier conocimiento
científico, la explicación
sólo podía ser sobrenatural: algún dios golpeando un
yunque con su martillo.
Para nosotros, semejantes explicaciones resultan
simplemente divertidas, como
las explicaciones ingenuas de los niños. No obstante,
en ese período eran
hipótesis extraordinariamente importantes, un intento
de encontrar una causa
racional para el fenómeno distinguiendo entre la
experiencia inmediata y lo que
había tras ella.
La forma más característica de las religiones
primitivas es el animismo —
la noción de que todo objeto, animado o inanimado,
posee un espíritu—. Vemos
el mismo tipo de reacción en un niño cuando pega a una
mesa contra la que se
ha golpeado la cabeza. De la misma manera, los humanos
primitivos y ciertas
tribus actuales piden perdón a un árbol antes de
talarlo. El animismo pertenece
a un período en el que la humanidad aún no se había
separado plenamente del
mundo animal y de la naturaleza. La proximidad de los
humanos al mundo de
los animales está demostrada por la frescura y belleza
del arte rupestre, donde
los caballos, ciervos y bisontes están pintados con
una naturalidad que ningún
artista moderno es capaz de lograr. Se trata de la
infancia del género humano,
que ha desaparecido y nunca volverá. Tan sólo podemos
imaginar la psicología
de nuestros antepasados remotos. Pero mediante una
combinación de los
descubrimientos de la paleontología y la antropología
es posible reconstruir,
por lo menos a grandes rasgos, el mundo del que hemos
surgido.
En su estudio antropológico clásico de los orígenes de
la magia y la
religión, James G. Frazer escribe:
“El salvaje concibe con dificultad la distinción entre
lo natural y lo
sobrenatural, comúnmente aceptada por los pueblos ya
más avanzados.
Para él, el mundo está funcionando en gran parte
merced a ciertos agentes
sobrenaturales que son seres personales que actúan por
impulsos y
motivos semejantes a los suyos propios y, como él,
propensos a
modificarlos por apelaciones a su piedad, a sus deseos
y temores. En un
mundo así concebido no ve limitaciones a su poder de
influir sobre el
curso de los acontecimientos en beneficio propio. Las
oraciones, promesas
o amenazas a los dioses pueden asegurarle buen tiempo
y abundantes
cosechas; y si aconteciera, como muchas veces se ha
creído, que un dios
llegase a encarnar en su misma persona, ya no
necesitaría apelar a seres
más altos. Él, el propio salvaje, posee en sí mismo
todos los poderes
necesarios para acrecentar su propio bienestar y el de
su prójimo”. (Sir
James Frazer, La rama dorada. Magia y religión. Fondo
de Cultura
Económica. Madrid. 1981, p. 33)
La noción de que el alma existe separada y aparte del
cuerpo viene
directamente de los tiempos más remotos. El origen de
esta idea es evidente.
Cuando dormimos, el alma parece abandonar el cuerpo y
vagar en nuestros
sueños. Por extensión, la similitud entre la muerte y
el sueño —“gemelo de la
muerte”, como lo llamó Shakespeare— sugiere la idea de
que el alma podría
seguir existiendo después de la muerte. Así fue cómo
los humanos primitivos
concluyeron que el interior de sus cuerpos albergaba
algo, el alma, que mandaba
sobre el cuerpo y podía hacer todo tipo de cosas
increíbles, incluso cuando
el cuerpo estaba dormido. También observaron cómo
palabras llenas de
sabiduría manaban de las bocas de los ancianos y
concluyeron que, mientras
que el cuerpo perece, el alma sigue viviendo. Para
gente acostumbrada a los
desplazamientos, la muerte era vista como una
migración del alma, que
necesitaba comida y utensilios para el viaje.
Al principio estos espíritus no tenían una morada
fija. Simplemente
erraban, la mayoría de las veces causando molestias y
obligando a los vivos a
hacer todo lo que podían por deshacerse de ellos. He
aquí el origen de las
ceremonias religiosas. Finalmente surgió la idea de
que mediante la oración
podría conseguirse la ayuda de estos espíritus. En
esta etapa, la religión
(magia), el arte y la ciencia no se diferenciaban. No
teniendo los medios para
conseguir un auténtico poder sobre el medio ambiente,
los humanos primitivos
intentaron obtener sus fines por medio de una relación
mágica con la
naturaleza, y así someterla a su voluntad.
La actitud de los humanos primitivos hacia sus
dioses-espíritus y fetiches
era bastante práctica. La intención de los rezos era
obtener resultados. Un
hombre haría una imagen con sus propias manos y se
postraría ante ella. Pero si
no conseguía el resultado deseado, la maldecía y la
golpeaba para obtener
mediante la violencia lo que no había conseguido con
súplicas. En ese mundo
extraño de sueños y fantasmas, un mundo de religión,
la mente primitiva veía
cada acontecimiento como la obra de espíritus
invisibles. Cada arbusto o cada
riachuelo eran una criatura viviente, amistosa u
hostil. Cada suceso fortuito,
cada sueño, dolor o sensación estaba causado por un
espíritu. Las explicaciones
religiosas llenaban el vacío que dejaba la falta de conocimiento
de las leyes de la
naturaleza. Incluso la muerte no era vista como un
evento natural, sino como el
resultado de alguna ofensa causada a los dioses.
Durante casi toda la existencia del género humano, la
mente ha estado
llena de este tipo de cosas. Y no sólo en lo que a la
gente le gusta considerar
como sociedades primitivas. Las creencias
supersticiosas continúan existiendo
hoy, aunque con diferente disfraz. Bajo el fino barniz
de civilización se
esconden tendencias e ideas irracionales primitivas
que tienen su raíz en un
pasado remoto que ha sido en parte olvidado, pero que
no está todavía
superado. No serán desarraigadas definitivamente de la
conciencia humana
hasta que hombres y mujeres no establezcan un firme
control sobre sus
condiciones de existencia.
La división del trabajo
Frazer señala que la división entre trabajo manual y
trabajo intelectual en
la sociedad primitiva está invariablemente vinculada a
la formación de una
casta de sacerdotes, hechiceros o magos:
“El progreso social, según creemos, consiste
principalmente en una
diferenciación progresiva de funciones; dicho más
sencillamente, en una
división del trabajo. La obra que en la sociedad
primitiva se hace por
todos igual y por todos igualmente mal o muy cerca de
ello, se distribuye
gradualmente entre las diferentes clases de
trabajadores, que la ejecutan
cada vez con mayor perfección; y así, tanto más cuanto
que los productos
materiales o inmateriales de esta labor especializada
van siendo gozados
por todos, la sociedad en conjunto se beneficia de la
especialización
creciente. Ahora, ya, los magos o curanderos aparecen
constituyendo la
clase profesional o artificial más antigua en la
evolución de la sociedad,
pues hechiceros se encuentran en cada una de las
tribus salvajes conocidas
por nosotros, y entre los más incultos salvajes, como
los australianos
aborígenes, es la única clase profesional que existe”.
(Ibíd. pp 137-8)
El dualismo, que separa el alma del cuerpo, la mente
de la materia, el
pensamiento del hecho, recibió un fuerte impulso con
el desarrollo de la
división del trabajo en una etapa dada de la evolución
social. La separación
entre trabajo manual y trabajo intelectual coincidió
con la división de la
sociedad en clases y marcó un gran avance en el
desarrollo humano. Por
primera vez, una minoría de la sociedad se vio
liberada de la necesidad de
trabajar para obtener su sustento. La posesión de la
mercancía más preciada, el
ocio, significó que los hombres podían dedicar sus
vidas al estudio de las
estrellas. Como el filósofo materialista alemán Ludwig
Feuerbach explica, la
ciencia teórica auténtica comienza con la cosmología:
“El animal es sólo sensible al rayo de luz que
inmediatamente afecta
a la vida; mientras que el hombre percibe la luz, para
él físicamente
indiferente, de la estrella más remota. Tan sólo el
hombre posee pasiones y
alegrías desinteresadas y puramente intelectuales;
sólo el ojo del hombre
mantiene festivales teóricos. El ojo que contempla los
cielos estrellados,
que medita sobre aquella luz al mismo tiempo inútil e
inocua que no tiene
nada en común con la Tierra y sus necesidades; este
ojo ve en aquella luz
su propia naturaleza, sus propios orígenes. El ojo es
celestial por su propia
naturaleza. De aquí que el hombre se eleve por encima
de la tierra sólo con
el ojo; de aquí que la teoría comience con la
contemplación de los cielos.
Los primeros filósofos eran astrónomos”. (Ludwig
Feuerbach. The essence
of Christianity. p. 5)
Aunque en esta etapa temprana esto todavía estaba
mezclado con la
religión y los requerimientos e intereses de una casta
sacerdotal, también
significó el nacimiento de la civilización humana.
Aristóteles ya lo había
entendido cuando escribió: “Además, estas artes
teóricas evolucionaron en
lugares donde los hombres tenían un superávit de tiempo
libre: por ejemplo, las
matemáticas tienen su origen en Egipto, donde una
casta sacerdotal gozaba del
ocio necesario”.11
El conocimiento es una fuente de poder. En cualquier
sociedad en que el
arte, la ciencia y el gobierno son el monopolio de
unos pocos, esa minoría usará
y abusará de su poder en su propio beneficio. La
inundación anual del Nilo era
un asunto de vida o muerte para los egipcios, cuyas
cosechas dependían de ello.
La pericia de los sacerdotes egipcios para predecir,
apoyándose en observaciones
astronómicas, cuándo se desbordaría el Nilo debió de
haber incrementado
enormemente su prestigio y poder sobre la sociedad. El
arte de escribir, una invención
muy poderosa, era un secreto celosamente guardado por
la casta sacerdotal:
“Sumeria descubrió la escritura; los sacerdotes
sumerios hicieron
conjeturas acerca de que el futuro pudiera estar
escrito por algún
procedimiento oculto en los acontecimientos presentes
que tenían lugar a
nuestro alrededor. Hasta llegaron a sistematizar esta
creencia, mezclando
elementos mágicos y racionales”.(I. Prigogine e I.
Stengers. Order Out of
Chaos, Man’s New Dialogue with Nature. p. 4)
La posterior profundización de la división del trabajo
hizo surgir un
abismo insalvable entre la élite intelectual y la
mayoría de la humanidad,
condenada a trabajar con sus propias manos. El
intelectual, sea sacerdote
babilónico o físico teórico moderno, sólo conoce un
tipo de trabajo: el mental.
En el curso de milenios, la superioridad de este
último sobre el trabajo manual
“puro y duro” ha echado raíces profundas y adquirido
la fuerza de un
prejuicio. Lenguaje, palabras y pensamientos se han
revestido de poderes
místicos. La cultura se ha vuelto el monopolio de una
élite privilegiada que
guarda celosamente sus secretos, usando y abusando de
su posición en su
propio interés.
En la antigüedad, la aristocracia intelectual no hizo
ningún intento de
ocultar su desprecio por el trabajo físico. El
siguiente extracto de un texto
egipcio conocido como La sátira sobre los oficios,
escrito alrededor de 2000 a.C.,
se cree que es la exhortación de un padre a su hijo,
al que quiere enviar a la
escuela para formarse como escriba:
La misma actitud prevalecía entre los griegos:“He
visto cómo se
maltrata al hombre que trabaja —deberías poner tu corazón
en la
búsqueda de la escritura—. He observado cómo uno
podría ser rescatado
de sus deberes —¡presta atención! No hay nada que
supere a la escritura—
. (...)
“He visto al metalúrgico trabajando en la boca del
horno. Sus dedos
eran similares a cocodrilos; olía peor que una hueva
de pescado. (...)
“El pequeño constructor lleva barro. (...) Está más
sucio que las viñas
o los cerdos de tanto pisotear el barro. Su ropa está
tiesa de la arcilla. (...)
“El fabricante de flechas es muy infeliz cuando entra
en el desierto
[en busca de pedernal]. Más grande es lo que da a su
burro que lo que
posteriormente [vale] su trabajo. (...)
“El lavandero que lava ropa en la orilla [del río] es
el vecino del
cocodrilo. (...)
“¡Presta atención! No hay ninguna profesión sin patrón,
excepto para
el escriba: él es el patrón. (...)
“¡Presta atención! No hay ningún escriba al que le
falte comida de la
propiedad de la Casa del Rey —¡vida, prosperidad,
salud!—. (...) Su padre
y su madre alaban a dios, puesto que él está en el
sendero de los vivientes.
¡Contempla estas cosas! Yo [las he puesto] ante ti y
ante los hijos de tus
hijos”. (Citado por Margret Donaldson, Children’s
Minds. p. 84)
“Las llamadas artes mecánicas”, dice Jenofonte,
“llevan un estigma
social y con razón son despreciadas en nuestras
ciudades, puesto que estas
artes dañan los cuerpos de los que trabajan en ellas o
de los que actúan
como capataces, condenándoles a una vida sedentaria de
puertas adentro
y, en algunos casos, a pasar todo el día al lado de la
chimenea. Esta
degeneración física asimismo da pie a un deterioro del
alma. Además, los
que trabajan en estos oficios simplemente no tienen
tiempo para dedicarse
a los deberes de la amistad o de la ciudadanía. En
consecuencia, son
considerados como malos amigos y malos patriotas, y en
algunas
ciudades, sobre todo las más guerreras, no es legal
que un ciudadano se
dedique al trabajo manual”. (Oeconomicusm iv, 203,
citado en B.
Farrington, Greek Science, pp. 28-9)
El divorcio radical entre trabajo intelectual y manual
profundiza la ilusión
de una existencia independiente de las ideas, los
pensamientos y las palabras.
Este concepto erróneo es el meollo de toda religión e
idealismo filosófico.
No fue Dios quien creó el hombre a su propia imagen y
semejanza, sino,
por el contrario, fue el hombre quien creó dioses a
imagen y semejanza suya.
Ludwig Feuerbach dijo que si los pájaros tuviesen una
religión, su dios tendría
alas. “La religión es un sueño en el que nuestras
propias concepciones y
emociones se nos presentan como existencias separadas,
como seres al margen
de nosotros mismos. La mente religiosa no distingue
entre lo subjetivo y lo
objetivo, no tiene dudas; tiene la capacidad no de
discernir cosas diferentes a
ella misma, sino de ver sus propias concepciones fuera
de sí misma, como seres
independientes”. Esto era algo que hombres como
Jenófanes de Colofón (565-
hacia 470 a. C.) entendió cuando escribió: “Homero y
Hesíodo han atribuido a
los dioses cada acción vergonzosa y deshonesta entre
los hombres: el robo, el
adulterio, el engaño (...) Los etíopes hacen sus
dioses negros y con nariz chata, y
los tracios hacen los suyos con ojos grises y pelo
rojo (...) Si los animales
pudieran pintar y hacer cosas como los hombres, los
caballos y los bueyes
también harían dioses a su propia imagen”.
Los mitos de la creación, que existen en casi todas
las religiones,
inevitablemente toman sus imágenes de la vida real,
por ejemplo, la imagen del
alfarero que da forma a la arcilla amorfa. En opinión
de Gordon Childe, la
historia de la Creación en el primer libro del Génesis
refleja que en
Mesopotamia la tierra fue separada de las aguas “en el
Principio”, pero no
mediante la intervención divina:
“La tierra sobre la cual las grandes ciudades de
Babilonia se alzarían
tenía que crearse en el sentido literal de la palabra;
el antepasado
prehistórico de la Erech bíblica fue construido encima
de una especie de
plataforma de juncos entrecruzados sobre el barro
aluvial. El libro hebreo
del Génesis nos ha familiarizado con una tradición
bastante más antigua
de la condición prístina de Sumeria —un ‘caos’ en el
cual las fronteras
entre el agua y la tierra todavía eran fluidas—. Un
incidente esencial en ‘la
Creación’ es la separación de estos elementos. Sin
embargo, no fue ningún
dios, sino los propios protosumerios quienes crearon
la tierra: cavaron
canales para irrigar los campos y drenar la marisma,
construyeron diques
y plataformas elevadas por encima del nivel de
inundación para proteger
a los hombres y al ganado de las aguas, despejaron las
extensiones de
juncos y exploraron los canales que las cruzaban. La
persistencia tenaz del
recuerdo de esta lucha es un indicio del grado de
esfuerzo que supuso
para los antiguos sumerios. Su recompensa era una
fuente garantizada de
nutritivos dátiles, una abundante cosecha de los
campos que habían
drenado y pastos permanentes para sus rebaños”.
(Gordon Childe. Man
Makes himself, pp. 107-8)
Los intentos más ancestrales del hombre de explicar el
mundo y su lugar
en él estaban mezclados con la mitología. Los
babilonios creían que el dios del
caos, Marduc, había creado el Orden, separando la
tierra del agua y el cielo de
la tierra. Los judíos tomaron de los babilonios el
mito bíblico de la Creación y
más tarde lo transmitieron a la cultura cristiana. La
auténtica historia del
pensamiento científico empieza cuando el hombre
aprende a prescindir de la
mitología e intenta comprender racionalmente la
naturaleza, sin la intervención
de los dioses. En ese momento comienza la auténtica
lucha por la emancipación
de la humanidad de la esclavitud material y
espiritual.
El advenimiento de la filosofía representó una
auténtica revolución en el
pensamiento humano. Al igual que tantos otros
elementos de la civilización
moderna, la filosofía se lo debemos a la Grecia
antigua. Si bien es verdad que
los indios, los chinos, y más tarde los árabes,
también hicieron importantes
avances, fueron los griegos quienes llevaron la
filosofía y la ciencia a su punto
álgido antes del Renacimiento. La historia del
pensamiento griego durante el
período de 400 años que arranca en la mitad del siglo
VII a. de C., constituye
una de las páginas más impresionantes en los anales de
la historia humana.
En este período aparecen una larga serie de héroes,
pioneros en el
desarrollo del pensamiento. Los griegos, antes que
Colón, descubrieron que la
tierra era redonda. Antes que Darwin, afirmaron que
los humanos habían
evolucionado de los peces. Hicieron extraordinarios
descubrimientos en
matemáticas, especialmente en geometría, y para
superarlos fueron necesarios
más de mil años. Fue uno de los momentos más decisivos
de la historia del
pensamiento humano, el inicio de la verdadera ciencia.
El nacimiento de la filosofía
La filosofía occidental nació bajo el cielo azul del
Egeo. Los siglos VII y
VIII a. C. fueron años agitados y de rápida expansión
económica del
Mediterráneo oriental. Los griegos de las islas Jonias
que residían en la costa de
Turquía, mantenían una próspera relación comercial con
Egipto, Babilonia y
Lidia. El dinero ⎯una invención
lidia⎯, fue introducido en Europa a través del
Egeo, aproximadamente en el 625 a. C., y estimuló
enormemente el comercio y
como consecuencia, mientras unos acumulaban grandes
riquezas, otros, sólo
obtenían miseria y esclavitud.
Los primeros filósofos griegos representan el verdadero
punto de partida
de la filosofía. El primer intento de luchar y
liberarse de los antiguos límites de
la superstición y el mito, de prescindir de dioses y
divinidades, por primera vez
el ser humano se enfrentaba cara a cara con la
naturaleza.
La revolución económica provocó nuevas contradicciones
sociales. El
colapso de la vieja sociedad patriarcal provocó el
choque entre ricos y pobres.
La vieja aristocracia se enfrentó al descontento de
las masas y a la oposición de
los tiranos, a menudo, eran los propios nobles
disidentes siempre dispuestos a
ponerse a la cabeza de las insurrecciones populares.
Fue un período de gran
inestabilidad, en el que hombres y mujeres empezaron a
poner en tela de juicio
las viejas creencias.
El siguiente pasaje describe la situación en Atenas en
aquella época:
“En los años malos (los campesinos) tenían que pedir
prestado a sus
ricos vecinos; con la aparición del dinero en vez de
pedir prestado un saco
de grano, al viejo estilo de buena vecindad, tenían
que pedir prestado el
grano necesario antes de la cosecha, cuando aún estaba
barato, sino
tendrían que pagar elevados intereses, lo que provocó
una gran
indignación en Megara. En el año 600, mientras los
ricos exportaban a los
mercados del Egeo o Corinto, los pobres permanecían
hambrientos.
Muchos, demasiados, perdían su tierra o se empeñaban
como prenda de
sus deudas, e incluso perdían su libertad; al
acreedor, como último recurso
ante al deudor insolvente le quedaba la posibilidad de
entregarse él y su
familia como esclavos... La ley era muy severa, era la
ley del rico”. (A. R.
Burn; The Pelican History of Greece, p. 119).
Draco recopiló estas leyes en un código, de ahí
procede la expresión
“condiciones draconianas”.
El siglo VI a. C. fue un período turbulento y también
el del declive de las
repúblicas Jonias de Asia Menor, un siglo
caracterizado por la crisis social y por
una feroz lucha de clases entre ricos y pobres, entre
dominadores y esclavos.
“En Mileto”, escribe Rostovtzeff, “el pueblo resultó
primero victorioso,
asesinando a las esposas e hijos de los aristócratas;
después dominaron los
aristócratas que quemaron vivos a sus enemigos y
alumbraron las plazas de la
ciudad con antorchas vivientes”. (Citado por Bertrand
Russel, Historia de la
filosofía occidental. Madrid. Editorial Espasa, 1997.
p. 62).
En aquella época, estas condiciones sociales eran las
normales en la
mayoría de las ciudades griegas de Asia Menor. Los
héroes de esa época nada
tenían en común con la idea posterior del filósofo,
aislado del resto de la
humanidad en su torre de marfil. Estos “hombres
sabios” no eran sólo
pensadores, eran escritores, no sólo eran teóricos,
eran también hombres
prácticos. Del primero de ellos, Tales de Mileto
(640-546 a. C.), no sabemos
prácticamente nada, salvo que fue al final de su vida
cuando se aproximó a la
filosofía, se dedicó al comercio, a la ingeniería, a
la geometría y a la astronomía
(se dice que predijo un eclipse, que según los
astrónomos ocurrió en el año 585
a. C.).
No se puede negar que los primeros filósofos griegos
eran materialistas.
Dieron la espalda a la mitología, se dedicaron a
buscar el principio general del
funcionamiento de la naturaleza, a partir de la
observación de la propia
naturaleza. Los griegos posteriores les llamaron
hilozoístas, que se podría
traducir por: los que piensan que la materia está
animada. Esta concepción de la
materia en movimiento es sorprendentemente moderna y
muy superior a la
concepción de los físicos mecanicistas del siglo
XVIII. Debido a la ausencia de
modernos instrumentos científicos, con frecuencia sus
teorías tuvieron el
carácter de inspiradas conjeturas. A pesar de todo,
teniendo en cuenta la
ausencia de recursos, es realmente asombroso lo que
llegaron a aproximarse a
la comprensión del auténtico funcionamiento de la
naturaleza. El filósofo
Anaximandro (610-545 a. C.), afirmó que tanto el
hombre como el resto de los
demás animales habían evolucionado de un pez que
abandonó el agua para
salir a la tierra.
Sería un error pensar que estos filósofos eran
religiosos porque utilizasen
la palabra “dios” (theos) para referirse a la
sustancia primaria. J. Burnet dice
que esta palabra era similar a los antiguos epítetos
homéricos: “eterno”,
“inmortal”, etc. Incluso Homero, utiliza la palabra en
diferentes sentidos. Desde
Hesiodo a la teogenia está claro que muchos de los
“dioses” nunca fueron
adorados, eran meras personificaciones apropiadas para
los fenómenos
naturales o incluso para las pasiones humanas. Las
religiones primitivas
miraban al cielo como algo divino y lo separaban de la
tierra. Los filósofos
jonios rompieron radicalmente con esta concepción. Se
basaron en la multitud
de descubrimientos de la cosmología babilónica y
egipcia, rechazaron el
elemento mítico que confundía la astronomía con la
astrología.
La tendencia general de la filosofía griega antes de
Sócrates era la
búsqueda de los principios fundamentales de la
naturaleza:
“La naturaleza es lo que está más cerca de nosotros,
se encuentra más
cerca del ojo, es lo más palpable, es lo que primero
que atrae el espíritu de
investigación. En sus distintas formas, en su
multiplicidad, el pensamiento
debe encontrar el inicio de un principio fundamental
permanente. ¿Cuál
es este principio? ¿Cuál es exactamente el elemento
básico natural?”.
(Schwgler, History of Philosophy. En la edición
inglesa).
Los filósofos dieron explicaciones diferentes a esta
cuestión. Por ejemplo,
Tales sostenía que la base de todas las cosas era el
agua, esta afirmación fue un
gran paso adelante del pensamiento humano. Ya hacía
tiempo que los
babilonios anticiparon la idea de que todas las cosas
procedían del agua. Su
mito de la creación fue el modelo que siguió la
historia de la creación hebrea del
primer libro del Génesis. “Todas las tierras eran mar
hasta que Marduk, el
creador babilonio, separó la tierra del mar”. La
diferencia es que no hay
Marduk, ni creador divino externo a la naturaleza, por
primera vez se explica la
naturaleza en términos puramente materialistas, es
decir, en términos de la
propia naturaleza.
La idea de la naturaleza reducida al agua no es tan
inverosímil como
podría parecer. Aparte de que la gran mayoría de la
superficie de la tierra está
formada por agua, los jonios se dieron cuenta que el
agua es algo esencial para
todas las formas de vida. La mayor parte del volumen
de nuestro cuerpo es
agua, moriríamos rápidamente si nos privamos de ella.
Además el agua cambia
de forma, pasa de líquido a sólido o vapor.
“No es difícil suponer que los fenómenos
meteorológicos influyeron
en Tales a la hora de formular sus teorías. De todas
las cosas que
conocemos, el agua es la que parece tener las formas
más variadas. Nos
son familiares sus formas, sólido, líquido y vapor.
Tales pudo haberse
dado cuenta de ello observando como ante sus ojos el
agua regresaba de
nuevo al agua. La evaporación sugiere de manera
natural que el fuego de
los cuerpos celestiales se conserva gracias a la
humedad que extraen del
mar. El agua cae de nuevo en forma de lluvia, y al
final, como pensaban
los primeros cosmólogos, regresa a la tierra. Este
proceso era algo natural
para aquellos hombres familiarizados con los ríos de
Egipto que formaban
el Delta, y los torrentes de Asia Menor que bajaban
por los largos
depósitos aluviales”. (O. J. Burnet; Los primeros
filósofos griegos).
Anaximandro
A Tales le siguieron otros filósofos que postularon
diferentes teorías sobre
la estructura básica de la materia. Anaximandro nació
en Samos, donde vivió
también el famoso Pitágoras. Dicen que escribió sobre
la naturaleza, las estrellas
fijas, la esfera de la tierra y otros temas. Elaboró algo
parecido a un mapa que
mostraba el límite de la tierra y el mar, creó varias
inventos matemáticos,
incluyendo un cuadrante solar y una carta de
navegación astronómica.
Al igual que Tales, Anaximandro consideraba que la
naturaleza era real.
De igual manera se aproximó al tema desde un punto de
vista estrictamente
materialista, sin recurrir a los dioses o cualquier
otro elemento sobrenatural.
Pero a diferencia de su contemporáneo, Tales no
encontró la respuesta en una
forma concreta de materia como el agua. Según relata
Diógenes, “Recurrió al
Infinito (lo indeterminado) como elemento principal;
no lo concretaba en el
agua u otra materia”. (Hegel. Filosofía de la
Historia, Vol. I). “Es el principio de
todo, transformándose continuamente; a través de
mundos infinitos o dioses
que salen de él y que al mismo tiempo desaparecen”.
(Ibíd.).
Estas idean situaron por primera vez el estudio del
universo en el camino
de la ciencia, permitió a los primeros filósofos
griegos hacer descubrimientos
excepcionales, muy avanzados para su tiempo. Primero
descubrieron que el
mundo era redondo y que no descansaba sobre nada, la
tierra no era el centro
del universo y giraba junto a los otros planetas
alrededor del centro. De acuerdo
con otro contemporáneo, Hipólito, Anaximandro pensaba
que la tierra se movía
libremente y nada la podía detener porque era
equidistante a todo, tenía forma
redonda y era hueca como una columna, así unos nos
encontramos en una cara
de la tierra mientras los demás están en la otra.
También descubrió la teoría de
los eclipses lunar y solar.
Con todas sus carencias y deficiencias, estas ideas
representaban una
concepción audaz de la naturaleza y el universo,
sorprendente y original, más
cerca de la realidad que el ciego misticismo de la
Edad Media, un período en el
que de nuevo, el pensamiento humano caería aprisionado
bajo el dogma
religioso. Estos importantes avances no fueron sólo
resultado de sus conjeturas,
fueron también consecuencia del pensamiento, la
investigación y la
experimentación minuciosa. Dos mil años antes que
Darwin, Anaximandro se
adelantó a la teoría de la evolución gracias a sus
sorprendentes descubrimientos
en biología marina. El historiador A. E. Burn cree que
esto no fue accidental,
sino el resultado de la investigación científica. “Hicieron
observaciones de
embriones y también de fósiles, como hicieron algunos
de sus sucesores,
aunque no podemos afirmarlo con certeza”. (A. R. Burn,
The Pelican History of
Greece).
Anaximandro revolucionó el pensamiento humano. En
lugar de limitarse
a una forma concreta de la materia se ocupó del
concepto de materia en general,
como si se tratara de un concepto filosófico. Esta
sustancia universal es eterna e
infinita que se encuentra en constante evolución y
cambio. Toda la miríada de
formas de seres distintos que percibimos a través de
nuestros sentidos, son
diferentes expresiones de la misma sustancia básica.
Esta idea era tan insólita
que para muchos resultaba incomprensible. Plutarco se
quejó de que
Anaximandro no concretó si uno de los elementos de su
infinito era agua, tierra,
aire o fuego. Pero precisamente este carácter de la
teoría fue lo que hizo época.
Anaxímenes
El último del gran trío de materialistas jonios fue
Anaxímenes (585-528 a.
C.). Se dice que nació cuando Tales “florecía” y
“floreció” cuando Tales moría.
Más joven que Anaximandro, a diferencia de este último
e igual que Tales,
tomó un solo elemento ⎯el aire⎯ como la sustancia absoluta, de la que todo
procedía y a la que todo se reducía. El uso de la
palabra “aire” (aer) por
Anaxímenes, difiere sustancialmente del uso moderno de
la palabra.
Anaxímenes incluía el vapor, la bruma e incluso la
oscuridad. Muchos
traductores prefieren utilizar la palabra “bruma”.
A primera vista esta idea podría parecer un paso atrás
en comparación con
la concepción general de la materia propuesta por
Anaximandro, pero su visión
de la materia dio un paso adelante más.
Anaxímenes intentó demostrar que el “aire” era la
sustancia universal que
se transformaba mediante un proceso al que denominó
enrarificación o
condensación. Cuando el aire se enrarece se convierte
en fuego y cuando se
condensa se convierte en viento. Una nueva
condensación producirá las nubes,
la tierra y las piedras. Si comparamos su concepción
del universo con la de
Anaximandro, ésta es inferior (por ejemplo pensaba que
el mundo tenía forma
de tabla), sin embargo su filosofía representaba un
paso adelante por que
intentaba ir más allá de la afirmación general de la
naturaleza de la materia.
Intentó dar una determinación más precisa, no sólo cualitativa,
también
cuantitativamente, a través del proceso de
enrarificación y condensación:
“Observad esta sucesión de pensadores, con su lógica,
el aluvión de
ideas, el poder de abstracción, la forma en que se
enfrentan a los
problemas. Cuando Tales redujo las distintas
apariencias de las cosas a un
Primer Principio, fue un gran paso adelante en el
pensamiento humano.
Otro gran avance fue la elección de Anaximandro, no
eligió como Primer
Principio una forma visible como el agua, eligió un
concepto: lo
Indeterminado. Pero esta teoría no satisfacía a
Anaxímenes. Anaximandro
para explicar la forma en que emergían todas las cosas
a partir de lo
Indeterminado, utilizó una sencilla metáfora. Se
trataba de un proceso de
‘clasificación’. Anaxímenes creía que era necesario
algo más y fue más allá
con las ideas complementarias de enrarificación y
condensación, porque
éstas podían explicar la transformación de los cambios
cuantitativos en
cambios cualitativos”. (B. Farrington, op. cit. p.
39).
Debido al nivel tecnológico de la época era imposible
para Anaxímenes
caracterizar con más precisión el fenómeno en
cuestión. Es fácil señalar ahora
los fallos e incluso los puntos absurdos de sus ideas,
pero hacerlo sería un error.
No se puede culpar a los primeros filósofos griegos de
no esbozar con más
detalle el mundo, para ello hubo que esperar dos mil
años y todo gracias al
avance económico, tecnológico y científico. Estos
grandes pioneros del
pensamiento humano prestaron un servicio inestimable a
la humanidad, la
permitieron escapar de las antiguas costumbres de la
superstición religiosa y de
esta forma, crear las bases sin las que habría sido
impensable todo el avance
científico y cultural de la humanidad.
La visión general del universo y la naturaleza,
elaborada por estos grandes
y revolucionarios pensadores, en muchos aspectos se
acercaban a la realidad. El
problema residía en que debido al nivel de desarrollo
de la producción y la
tecnología, no tenían los medios necesarios para
demostrar sus hipótesis y
dotarlas de una base sólida. Se adelantaron a muchas
cosas que sólo la pudo
demostrar la ciencia moderna, porque requerían un
mayor desarrollo de la
ciencia y la técnica. Para Anaxímenes el “aire”, es
sólo la taquigrafía de la
materia, su forma más simple y básica. Como señala
Erwin Schrsdinger, uno de
los fundadores de la física moderna: “El dijo que
había conseguido disociar el
gas hidrógeno y no estaría muy alejado de nuestra
visión actual”. (A. R. Burn,
p. 131).
Los primeros filósofos jonios de la naturaleza con
total seguridad llegaron
tan lejos como pudieron en su explicación del
funcionamiento de la naturaleza,
y lo hicieron a través de la razón especulativa.
Hicieron grandes
generalizaciones, encaminadas en la dirección
correcta. Pero para seguir
avanzando era necesario examinar las cosas con mas
detalle, analizar la
naturaleza trozo a trozo. Aristóteles y los pensadores
griegos alejandrinos lo
hicieron más tarde. Una parte importante de su tarea
fue considerar la
naturaleza desde un punto de vista cuantitativo, y
aquí, los filósofos Pitagóricos
jugaron sin duda un papel decisivo.
Anaxímenes ya se había encaminado en esta dirección,
intentó explicar la
relación entre los cambios de cantidad a calidad en el
seno de la naturaleza
(enrarificación y condensación). Pero este método ya
había alcanzado y agotado
sus límites:
“El triunfo de la escuela Jónica original consistió en
que llegó a trazar
un cuadro de cómo había llegado a existir el universo
y, de su
funcionamiento, sin la intervención de los dioses o el
destino. Su debilidad
básica fue su vaguedad y carácter puramente
descriptivo y cualitativo. No
podía conducir por sí mismo a ninguna parte ni podía
hacerse con él nada
concreto. Para ello era necesario la introducción del
número y la
cantidad”. (J. D. Bernal. Historia Social de la
Ciencia. Barcelona. Ediciones
península, 1989. p. 149).
Del materialismo al idealismo
El período de auge de la antigua filosofía griega se
caracterizó por una
profunda crisis en la sociedad, y se destacó por el
cuestionamiento general de
las antiguas creencias, incluida la religión. La
crisis de las creencias religiosas
provocó el auge de las tendencias ateas, y el
surgimiento de un punto de vista
genuinamente científico basado en el materialismo. Sin
embargo, como siempre
ocurre en la sociedad, el proceso tuvo un carácter
contradictorio. Junto a las
tendencias racionalistas y científicas coexistía la
tendencia contraria, una
tendencia hacia el misticismo y la irracionalidad. En
los tiempos de crisis de la
sociedad romana ocurrió un fenómeno similar, durante
el último período de la
República se diseminaron rápidamente las religiones
orientales, y una entre
muchas fue el cristianismo.
Las masas de campesinos y esclavos vivían tiempos de
crisis social y los
dioses del Olimpo parecían algo lejanos. Esta era una
religión para las clases
superiores. En la otra vida no existía perspectiva de
una recompensa futura al
sufrimiento terrenal. El inframundo griego era un
lugar triste, habitado por
almas muertas. Los nuevos cultos, con su mimético
baile y su canción coral (el
origen real de la tragedia griega), sus misterios (el
verbo “myo” significaba
mantener la boca cerrada), la promesa de vida después
de la muerte, todo esto
era más atractivo para las masas. El culto a Dionisio
era muy popular, era el
dios del vino (Baco para los romanos) y su culto
incluía orgías de bebida,
evidentemente resultaba más atractivo que los antiguos
dioses de Olimpia.
Como ocurrió en el período de declive del Imperio
Romano, y como
ocurre en el período actual de declive capitalista, se
extendieron todo tipo de
cultos misteriosos, mezclados con los nuevos ritos
exóticos importados de
Tracia, Asia Menor y probablemente de Egipto. El culto
a Orfeo adquirió
bastante importancia, era un culto más sofisticado que
Dionisio, con muchos
puntos en común con el movimiento pitagórico, ambos
creían en la
transmigración de las almas. Tenían ritos de
purificación, incluyendo el ayuno
excepto para propósitos sacramentales. Su visión del
hombre era dualista: “el
desdoblamiento del cuerpo y del alma”, creían que el
hombre se dividía en
cielo y tierra.
Estas ideas eran tan similares a las doctrinas
pitagóricas que algunos
autores como Bury, mantienen que los pitagóricos en
realidad eran una rama
del movimiento órfico. Sin duda es una exageración. A
pesar de sus elementos
místicos, la escuela pitagórica contribuyó de manera
importante al desarrollo
del pensamiento humano, en especial a las matemáticas.
No se puede descartar
que fueran una secta religiosa, sin embargo, es
imposible oponerse a la
conclusión de que las concepciones idealistas del
pitagorismo no son sólo eco
de una perspectiva religiosa del mundo, sino que son
consecuencia de ella.
Bertrand Russell esboza el desarrollo del idealismo y
respalda el misticismo de
la religión órfica.
“El pitagorismo fue un movimiento de reforma dentro
del orfismo, el
orfismo a su vez, una reforma de la adoración a
Dionisio. Los elementos
órficos de Pitágoras entraron en la filosofía de
Platón, y después de Platón
entraron en la filosofía con un grado religioso”. (B.
Russell. Op. Cit.).
La división entre el trabajo mental y manual alcanza
su extrema expresión
con la extensión de la esclavitud. Este fenómeno
estaba relacionado
directamente con la expansión del orfismo. La
esclavitud es una forma extrema
de alienación, bajo el capitalismo, el trabajador
“libre” se aliena de su fuerza de
trabajo, y ante él existía una fuerza separada y
hostil ⎯el Capital⎯. Sin
embargo, en la esclavitud el esclavo pierde su propia
existencia como ser
humano. No es nada, no es persona, sólo una
“herramienta sin voz”. El
producto de su trabajo, cuerpo, mente y alma son
propiedad de otro que
dispone de él sin tener en cuenta sus deseos. Los
deseos insatisfechos del
esclavo, su extrema alienación del mundo y de él
mismo, hacen que aparezca
un sentimiento de rechazo hacia el mundo y todos sus
mecanismos. El mundo
material es malo. La vida es un valle de lágrimas, la
felicidad y la liberación del
duro trabajo sólo se encuentran en la muerte. El alma
se libera de su prisión
corporal y se libera.
En todos los períodos de declive social, los hombres y
las mujeres tienen
dos opciones: se enfrentan a la realidad y luchan por
transformarla o aceptan
que no hay salida y se resignan ante su destino. Estas
dos perspectivas
contrapuestas son el reflejo inevitable de dos
filosofías antagónicas: el
materialismo y el idealismo. Si deseamos cambiar el
mundo, es necesario
comprenderlo. Debemos mirar a la realidad, el alegre
optimismo de los
primeros materialistas griegos era característico de
esta visión del mundo.
Primero querían conocer para después transformarlo
todo. La ruptura del viejo
orden, el surgimiento de la esclavitud y un sentido
general de inseguridad
llevaron al pesimismo y la introversión. Ante la
ausencia de una alternativa
clara, ganó terreno la tendencia a buscar una salida
fuera de la realidad y a
buscar la salvación individual en el misticismo. Las
clases más bajas fijaron la
vista en los cultos misteriosos, Demeter, dios del
trigo, Dionisio, dios del vino, y
más tarde el culto a Orfeo. Las clases superiores
tampoco eran inmunes a los
problemas de la época. Eran períodos agitados, las
ciudades prósperas se
podían ver reducidas a cenizas de la noche a la mañana
y sus ciudadanos
asesinados o vendidos como esclavos.
La ciudad de Síbaris era una poderosa rival comercial
de Crotona y era
reconocida por su lujo y abundancia. Las clases más
altas poseían tanta riqueza
que se narraban todo tipo grandes historias sobre el
estilo de vida de los
“sibaritas”. Un ejemplo típico era aquel joven
sibarita que al acostarse se quejó
por que un pétalo de rosa le arrugaba la cama. Se
decía que conducían el vino
desde el muelle a través de cañerías. Dejando a un
lado el elemento de
exageración, está claro que era una ciudad muy
próspera donde los ricos vivían
una vida de gran lujo. Sin embargo, el aumento de las
desigualdades sociales
provocó una feroz lucha de clases.
Fue un período en el que se intensificó enormemente la
división del
trabajo, acompañada por el rápido crecimiento de la
esclavitud y el abismo cada
vez mayor entre ricos y pobres. Los barrios
industriales y residenciales estaban
separados. Pero los altos muros y los guardas no salvaron
a los ricos
ciudadanos de Síbaris. Como en otras ciudades-estado,
estalló una revolución,
el “tirano” Telys, llegó al poder con el apoyo de las
masas. Esto daría a Crotona
la excusa para declarar la guerra a su rival, en un
momento en que ésta se
encontraba debilitada por las divisiones internas,
después de setenta días de
campañas la ciudad cayó en sus manos. “La destruyeron
totalmente, cambiando
el curso del río, mientras los supervivientes se
dispersaban, en su mayor parte
hacia la costa oriental. La barbarie de esta guerra es
más fácil comprenderla
cuando se ve como una guerra de clases”. (A. R. Burn.
Op. cit.).
Es en este contexto, donde debemos situar el ascenso
de la escuela
pitagórica de filosofía. Como en el período de declive
del Imperio Romano, un
sector de la clase dominante era presa de un
sentimiento de ansiedad, temor y
perplejidad. Los antiguos dioses no ofrecían consuelo
o esperanza de
distribución, tanto al rico como al pobre. Incluso las
cosas buenas de la vida
perdían parte de su atractivo para los hombres y
mujeres que se veían sentados
al borde del abismo. En estas condiciones de
inseguridad general, donde los
estados más fuertes y prósperos podían caer derrocados
en un breve espacio de
tiempo, las doctrinas de Pitágoras sintonizaron con un
sector de la clase
dominante, a pesar de su carácter ascético o quizá
debido al mismo. La
naturaleza esotérica o intelectual de este movimiento
no tenía atractivo para las
masas que seguían ampliamente el culto Orfico.
La escuela de Pitágoras
Es más acertado hablar de la escuela antes que de su
fundador, por que es
difícil desenmarañar la filosofía de Pitágoras de los
mitos y oscurantismo de sus
seguidores. No han perdurado fragmentos escritos por
él, incluso se duda de la
propia existencia de Pitágoras. A pesar de todo su
escuela caló profundamente
en el pensamiento griego.
Se dice que Pitágoras era originario de la isla de
Samos, una próspera
potencia comercial similar a Miletos. Polícrates, su
dictador local (“tirano”),
derrocó a la aristocracia agrícola y gobernaba con el
apoyo de la clase comercial.
El historiador Herodotos decía de él que robaba
indiscriminadamente a todos
los hombres y que sus amigos le estaban muy agradecido
si les devolvía la
propiedad que les había robado. Parece ser que en su
juventud Pitágoras trabajó
como un Ohilo-Sophos (amante de la sabiduría) bajo el
mecenazgo de
Polícrates. Viajó a Egipto, donde parece ser se inició
en una casta sacerdotal
egipcia. En el año 530 a. C., huyó a Crotona, en el
sur de Italia, para escapar de
la lucha civil y la amenaza de los persas en Jonia.
La exuberancia del mito y la fábula hacen casi
imposible decir con certeza
algo sobre el hombre. Su escuela fue una
extraordinaria mezcla de investigación
matemática y científica, y de secta religioso-monástica.
La comunidad se regía
con normas monásticas, con estrictas reglas que
incluían entre otras cosas no
comer alubias; no recoger lo que se había caído; no
remover el fuego con hierro;
no pasar sobre un travesaño, etc., La meta era escapar
del mundo, buscar la
salvación en una vida pacífica dedicada a la
contemplación basada en las
matemáticas, a éstas últimas los pitagóricos las
atribuían cualidades místicas.
Probablemente tuviesen influencias orientales ya que
los pitagóricos también
creían en la transmigración de las almas.
En contraste con la alegre mundanería de los
materialistas jonios, en los
pitagóricos encontramos todos los elementos de la
visión idealista del mundo
que posteriormente desarrolló Platón, posteriormente
apropiada por la
Cristiandad y que paralizó durante muchos siglos el
desarrollo del espíritu de
investigación científica. El espíritu de esta
ideología lo expresa acertadamente
B. Russell:
“Somos extraños en este mundo, el cuerpo es la tumba
del alma, y
sin embargo, no debemos intentar escaparnos por el
suicidio: porque
somos rebaño de Dios que es nuestro pastor, y sin su
mandato no tenemos
derecho a desaparecer. En esta vida, hay tres clases
de hombres, lo mismo
que hay tres clases de personas que van a los Juegos
Olímpicos. La más
baja es la que va a comprar y vender, la segunda la
que va a tomar parte
de la competencia. Pero los mejores son los que
solamente van a
contemplar. La mas grande purificación es por tanto la
ciencia
desinteresada, y el hombre que se dedica a ella, el
verdadero filósofo, el
que se libera más eficazmente de la “rueda del
nacimiento”. (Russell, op.
Cit. P. 70).
Esta filosofía, con sus fuertes tonos elitistas y
monásticos, tuvo mucho
influencia entre las clases ricas de Crotona, aunque
no renunciaron a comer
alubias u otras cosas. El hilo común es la separación
radical del alma y el
cuerpo. Esta idea hunde sus raíces en una concepción
prehistórica del lugar que
ocupa el hombre en la naturaleza, y a lo largo de la
historia ha presentado
diferentes formas. Volvió a resurgir en uno los
tratados hipocráticos:
“Cuando el cuerpo está despierto, el alma no es su
propia señora,
sino que sirve al cuerpo, su atención se divide entre
los diferentes sentidos
corporales, ‘vista, oído, tacto, despertar y todas las
acciones corporales’,
que privan a la mente de su independencia. Pero cuando
el cuerpo está en
reposo, el alma despierta, se agita y mantiene su
propia casa y realiza por
sí misma todas las actividades del cuerpo. En el
sueño, el cuerpo no siente,
pero el alma despierta sabe todo, ve lo que tiene que
ser visto, oye lo que
tiene que ser oído, anda, toca, se aflige, recuerda,
en una palabra, todas las
funciones del cuerpo y del alma, del mismo modo que el
alma las
interpreta en el sueño. Por lo tanto, aquel que sabe
interpretarlo es muy
sabio”.
En contraste con los filósofos materialistas jonios
que volvieron la espalda,
deliberadamente, a la religión y la mitología, los
pitagóricos tomaron la idea del
misterioso culto órfico, éste creía que el alma podría
liberarse del cuerpo a
través del “éxtasis” (la palabra ektasis significa
“apartarse”). Sólo cuando el
alma deja la prisión corporal puede expresar su
verdadera naturaleza. La
muerte era vida y la vida era muerte. Desde su
principio el idealismo filosófico,
junto con su gemela, la religión, representó una
retroversión de la verdadera
relación entre el pensamiento y el ser, el hombre y la
naturaleza, las personas y
las cosas, retroversión que ha persistido hasta la
actualidad, de una forma u
otra, con resultados muy perniciosos.
La doctrina pitagórica
A pesar de su carácter místico, la doctrina pitagórica
supone un paso
adelante en el desarrollo de la filosofía. No nos debe
extrañar. En la evolución
del pensamiento humano hay muchos ejemplos de la
búsqueda de metas
irracionales y acientíficas que han hecho avanzar la
causa de la ciencia. Durante
siglos los alquimistas se esforzaron,
infructuosamente, en descubrir la “piedra
filosofal”. Esta busqueda terminó en fracaso, sin
embargo, en este proceso
consiguieron hacer descubrimientos muy importantes,
sobre todo en el terreno
de la experimentación, sentarían las bases para el
posterior desarrollo de la
ciencia moderna y, en especial, la química.
La tendencia filosófica jonia estuvo caracterizada por
el intento de
generalizar a partir de la experiencia del mundo real.
Pitágoras y sus seguidores
intentaron comprender la naturaleza de las cosas a
través de un camino
diferente. Schwegler lo relata de la siguiente forma:
“Nos encontramos ante la misma abstracción, pero a un
nivel
superior, cuando se aparta la mirada de la concreción
sensorial de la
materia; cuando la atención ya no está en el aspecto
cualitativo de la
materia, como el agua, aire, etc., sino en su medida y
relaciones
cuantitativas; cuando la reflexión no se dirige a lo
material, sino la forma y
el orden que ocupan las cosas en el espacio”.
(Schwegler, History of
Philosophy. P. 11).
El progreso del pensamiento humano está estrechamente
ligado a la
capacidad de hacer abstracciones de la realidad, a la
capacidad de extraer
conclusiones a partir de una multitud de detalles. La
realidad tiene muchas
caras, y por tanto es posible interpretarla de muchas
formas diferentes,
reflejando éste o aquél elemento de la verdad. En la
historia de la filosofía
hemos visto con mucha frecuencia a grandes pensadores
que se han aferrado a
un solo aspecto de la realidad, lo han elevado al
rango de verdad absoluta y
final y sólo consigue desaparecer con la siguiente
generación de pensadores,
quienes a su vez repiten el mismo proceso. Sin
embargo, el auge o declive de las
grandes escuelas filosóficas y teorías científicas
representa el desarrollo y
enriquecimiento del pensamiento humano a través de un
proceso interminable
de aproximaciones sucesivas.
Los pitagóricos se acercaban al mundo desde el punto
de vista del número
y de las relaciones cuantitativas. Para Pitágoras
“todas las cosas son números”.
Esta idea estaba ligada a la búsqueda de la armonía
subyacente del universo.
Creían que el número era el elemento a través del cual
se desarrollaban todas
las cosas. A pesar del elemento místico, lograron
descubrimientos importantes
que estimularon el desarrollo de las matemáticas, y en
especial, el desarrollo de
la geometría. Inventaron el término impar, los números
impares podían incluso
ser masculinos y femeninos. Las mujeres no eran
admitidas en la comunidad,
debido a la naturaleza de los números impares les
confirieron un carácter
divino e incluso existían número ¡terrenales! De los
pitagóricos también
proceden el cuadrado y el cubo de los números,
descubrieron la progresión
armónica de la escala musical, el largo de una cuerda
y el tono de su nota
vibrante.
Los pitagóricos no pusieron en práctica sus ideas,
sólo estaban interesados
en lo puramente geométrico, abstracto y místico. Aún
así, tuvieron una gran
influencia en el pensamiento filosófico posterior. La
mística de las matemáticas
es similar a una materia esotérica, inaccesible para
los mortales corrientes, y ha
perdurado hasta nuestros días. Se transmitió a través
de la filosofía de Platón,
quien a la entrada de su escuela puso la siguiente
inscripción: “Nadie que
ignore la geometría puede entrar aquí”.
“’La cosmología de los Pitagóricos’, escribe el
profesor Farrington, ‘es
muy curiosa e importante. Al contrario que los jonios,
trataron de describir
el universo en términos del comportamiento de
determinados elementos
materiales y procesos físicos. Lo describieron casi
exclusivamente en
términos numéricos. Los números constituían la parte
fundamental de la
que estaba compuesta su mundo. Llamaron al punto Uno,
a la línea Dos, a
la superficie Tres y al sólido Cuatro, según el número
mínimo de puntos
necesario para definir cada una de estas dimensiones”.
“Incluso en las matemáticas es muy evidente el
elemento místico. Los
pitagóricos relacionaban la inmortalidad del alma con
las eternas formas
de los números, atribuyéndole particularmente al
número 10 = 1 + 2 + 3 +
4. El universo, según ellos, está hecho solamente de
números. Esta forma
de idealismo extremado se relaciona con la magia cabalística
de los
números, invocada todavía en la trinidad, los cuatro
evangelistas, los siete
pecados capitales y el número de la bestia
apocalíptica. También está
patente en la moderna física matemática cuando sus
adeptos intentan
hacer de Dios el matemático supremo” (J. D. Bernal,
Op. Cit.pág. 151).
La historia de la ciencia se caracteriza por un feroz
partidismo que a veces
raya el fanatismo, en muchas ocasiones se ha visto en
la defensa de escuelas de
pensamiento, a las que se presentan como portadoras de
la verdad absoluta y la
cima del conocimiento humano hasta ese momento. Sólo
el desarrollo de la
propia ciencia puede revelar las limitaciones y
contradicciones internas de una
teoría determinada, negada después por su contraria, a
su vez negada otra vez,
y así en una sucesión infinita. Este proceso es
precisamente la dialéctica de la
historia de la ciencia, que durante siglos caminó al
unísono con la historia de la
filosofía, y al principio, en la práctica, a penas se
diferenciaban.
Todas las cosas son números
El desarrollo del aspecto cuantitativo de la
investigación natural tuvo sin
duda una importancia crucial. Sin él, la ciencia
habría seguido hundida en
meras generalidades y no habría podido avanzar más.
Cada vez que consigue
dar un paso adelante aparece una tendencia inevitable
a lanzar proclamas
exageradas en nombre de ella. Sobre todo allí donde la
ciencia aún se
entremezclaba con la religión.
Los pitagóricos veían en el número “relaciones
cuantitativas” y la esencia
de todas las cosas. “Todas las cosas son números”. Es
verdad que es posible
explicar muchos fenómenos naturales en términos
matemáticos. Pero incluso
los modelos matemáticos más avanzados son sólo
aproximaciones al mundo
real. Ya hace tiempo que es evidente la insuficiencia
de este tipo de
aproximación cuantitativa. Hegel era un idealista
convencido y un matemático
formidable, por lo tanto, se podría haber esperado de
él entusiasmo hacia la
escuela pitagórica, pero ocurrió todo lo contrario.
Hegel despreciaba el hecho
de reducir el mundo a simples relaciones
cuantitativas.
Desde los tiempos de Pitágoras se han hecho las
afirmaciones más
extravagantes en nombre de las matemáticas, se las
presentan como la reina de
las ciencias, la llave mágica que abre todas las
puertas del universo. Liberadas
de todo contacto con la tosca realidad material, las
matemáticas parece que se
elevaran a los cielos y allí adquirieran una
existencia cuasi divina, sin obedecer
a ninguna regla, salvo a sí mismas. El gran matemático
Henri Poincar, en los
primeros años de este siglo, decía que las leyes de la
ciencia no guardaban
relación con el mundo real, que representaban
convenciones arbitrarias
destinadas a describir un fenómeno determinado de la
forma más conveniente
y “útil”. Ahora muchos físicos afirman abiertamente
que la validez de sus
modelos matemáticos no dependen de la verificación
empírica, sino de las
cualidades estéticas de sus ecuaciones.
Las teorías matemáticas, por un lado, fueron fuente de
tremendos avances
científicos y por otro, origen de numerosos errores y
malinterpretaciones que
han tenido, y tienen, consecuencias profundamente
negativas. El error
fundamental es intentar reducir el funcionamiento
complejo, dinámico y
contradictorio de la naturaleza a algo estático, a
simples y ordenadas fórmulas
cuantitativas. Empezando por los pitagóricos, se
presenta a la naturaleza de
una manera formalista, como un punto unidimensional
que se convierte en
línea, que se convierte en un plano, un cubo, una
esfera, etc. A simple vista, el
mundo de las matemáticas puras es un pensamiento
absoluto, sin ningún
contacto con las cosas materiales. Pero como señaló
Engels, esta presunción está
muy alejada de la realidad. Utilizamos el sistema
decimal, no por una
deducción lógica o por la “libre voluntad”, sino
porque tenemos diez dedos. La
palabra “digital” proviene de la palabra latina que
designa a los dedos. Hoy en
día, un escolar contará en secreto con sus dedos
materiales por debajo del
pupitre, antes de llegar a la respuesta de un problema
matemático abstracto. El
niño inconscientemente refleja la forma en que los
primeros humanos
aprendieron a contar.
Los orígenes materiales de las abstracciones
matemáticas no eran un
secreto para Aristóteles:
“Los matemáticos investigan abstracciones. Eliminan
todas las
cualidades razonables como el peso, la densidad, la
temperatura, etc.,
dejan sólo las cualidades cuantitativas (una, dos ó
tres dimensiones) y sus
atributos esenciales (...) Los objetos matemáticos no
pueden existir aparte
de las cosas sensibles (por ejemplo lo material)
(...). No tenemos
experiencia de nada que consista en líneas, planos o
puntos, y deberíamos
tenerlas si estas cosas fueran sustancias materiales,
líneas, etc., Podría ser
importante una definición para el cuerpo, pero no tan
importante como
para la sustancia”. (Aristóteles. Metafísica. Madrid.
Espasa Calpe. 1979. p.
120-251-253)
El desarrollo de las matemáticas es el resultado de
las propias necesidades
materiales humanas. El primer hombre al principio
tenía sólo diez números,
precisamente porque contaba, como lo hace un niño
pequeño con sus dedos. La
excepción fueron los mayas de América Central que
tenían un sistema
numérico basado en el veinte y no en en el diez, con
toda probabilidad esto se
debía a que contaban con los dedos del pie y la mano.
El primer hombre, vivía
en una sociedad cazadora y recolectora, sin dinero o
propiedad privada, no
tenía necesidad de grandes números. Para expresar un
número mayor que diez,
simplemente combinaba algunos de los diez sonidos
relacionados con sus
dedos. De esta forma, uno más que diez es expresado
por “uno-diez”,
(undécimo en Latín o ein-lifon en teutónico), se
convierte en once en el inglés
moderno. Los demás números son sólo combinaciones de
los diez sonidos
originales, con la excepción de cinco añadidos:cien,
mil, millón, billón y trillón.
El gran filósofo materialista inglés del siglo XVII,
Thomas Hobbes,
comprendió el auténtico origen de los números: “Hubo
un tiempo en que no se
utilizaban los nombres de los números, y los hombres
utilizaban los dedos de
una o de ambas manos para contar aquellas cosas de las
que deseaban llevar la
cuenta, ahora en cualquier país nuestras palabras
numerales son diez y en
algunos cinco”. (Hobbes. Del ciudadano y Leviatán.
Madrid. Editorial Tecnos.
1999. p. 14. ).
“Sólo porque el hombre primitivo inventó el mismo
número de sonidos
numerales como dedos tenía su mano, hoy nuestra escala
numeral es decimal,
es decir, una escala basada en diez, y que consiste en
repeticiones interminables
de los primeros diez sonidos básicos numerales. Si los
hombres hubieran tenido
doce dedos, en vez de diez, sin duda tendríamos hoy
una escala numeral
dúodecimal, basada en el doce, y consistente en
repeticiones interminables de
los doce sonidos numerales básicos”. (A. Hooper.
Makers of Mathematics. p. 4-
5. En la edición inglesa). El sistema duodecimal tiene
ciertas ventajas en
comparación con el decimal, ya que diez sólo puede ser
dividido exactamente
entre dos y cinco, mientras el doce puede ser dividido
exactamente entre dos,
tres, cuatro y seis.
Los números romanos son representaciones pictóricas de
los dedos.
Probablemente el símbolo del cinco represente el hueco
entre el pulgar y el
resto de los dedos. La palabra “cálculo” (de la que
deriva “calcular”) significa
en latín, “guijarro”, está relacionada con el método
de contar abalorios de
piedra en un ábaco. Estos y otros incontables ejemplos
sirven para ilustrar que
las matemáticas no derivan de una operación de la
mente humana, sino que es
el producto de un largo proceso de evolución social -tantear, observar y
experimentar-, que poco a poco se va separando como un cuerpo
independiente del conocimiento y adquiere un carácter
abstracto.
Del mismo modo, nuestros sistemas actuales de peso y
medida derivan de
objetos materiales. El origen de la unidad inglesa de
medida, “pie”, es evidente,
igual que la palabra española “pulgada”, que significa
un pulgar. El origen de
los símbolos matemáticos más básicos + y – no tienen
nada que ver con las
matemáticas, eran los signos utilizados en la Edad
Media por los comerciantes
para calcular el exceso o defecto de cantidades de
mercancías en los almacenes.
La necesidad de construir viviendas para protegerse de
los elementos
obligó al hombre primitivo a encontrar la manera mejor
y más práctica de cortar
madera, y con ello el descubrimiento del ángulo recto
y la escuadra de
carpintero. La necesidad de construir una casa a nivel
del suelo llevó a la
invención de todo tipo de instrumentos de nivelado y
que se han encontrado en
las tumbas egipcias y romanas, y que consistían en
tres piezas de madera
unidas en un triángulo isósceles con una cuerda atada
al vértice. Estas simples
herramientas fueron utilizadas en la construcción de
las pirámides. Los
sacerdotes egipcios acumularon una gran cantidad de
conocimiento derivado
de la práctica.
La palabra “geometría” delata también sus orígenes
prácticos. Significa
“medida de la tierra”. La virtud de los griegos fue
proporcionar una expresión
teórica a estos descubrimientos. Pero al presentar sus
teoremas como un
producto puro de la deducción lógica, se engañaron a
sí mismos y también a las
futuras generaciones.
Las matemáticas surgen de la realidad material, y si
éste no fuera el caso
no tendrían aplicación. Incluso el famoso teorema de
Pitágoras, conocido por
cualquier escolar, en el triángulo rectángulo, la suma
de los cuadrados de los
dos catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa,
este teorema fue puesto en
práctica por los egipcios.
Los pitagóricos rompieron con la tradición
materialista jonia que
generalizaba a partir de la experiencia del mundo
real, los pitagóricos
afirmaban que las más altas verdades de las
matemáticas no podían derivar del
mundo de la experiencia sensorial, sino sólo del
trabajo de la razón pura, a
través de la deducción. Empezando por ciertos puntos
fundamentales, que hay
que tomarlos por verdad, el filósofo razonaba a través
de una serie de etapas
lógicas hasta llegar a una conclusión, utilizando sólo
hechos que están de
acuerdo con los primeros principios, o que se deriven
de ellos. Esto era
conocido como razonamiento a priori, de la frase
latina que significa: “lo que
viene primero”.
Utilizando la deducción y el razonamiento a priori,
los pitagóricos
intentaron establecer un modelo de universo basado en
las formas perfectas y
gobernado por la armonía divina. El problema es que
las formas del mundo real
son cualquier cosa menos perfectas. Por ejemplo,
pensaban que los cuerpos
celestiales eran esferas perfectas que se movían en
círculos perfectos. Esto fue
un avance revolucionario para su tiempo, pero ninguna
de estas afirmaciones
era correcta. El intento de imponer una armonía
perfecta al universo, y de esta
forma liberarlo de la contradicción, colapsó incluso
en términos matemáticos.
Las contradicciones internas comenzaron a salir a la
superficie y llevaron la
escuela pitagórica a la crisis.
A mediados del siglo V, Hipio de Metapontum, descubrió
que las
relaciones cuantitativas entre el lado y la diagonal
de figuras simples, como el
cuadrado y el pentágono regular no se podían medir, es
decir, no se pueden
expresar como una razón de un número, no importa lo
grande que sea. La raíz
cuadrada de dos no se puede expresar en ningún número.
Es lo que los
matemáticos llaman número irracional. Este
descubrimiento hundió la teoría en
la confusión. Hiterto, el pitagórico, pensaba que el
mundo estaba construido
por puntos con magnitud. Aunque no era posible decir
de cuantos puntos
constaba una línea determinada, si suponía que era un
número finito. Ahora
bien, si la diagonal y el lado son inconmensurables,
entonces las líneas son
divisibles infinitamente y los pequeños puntos de los
que está formado el
universo no existen.
Desde este momento, la escuela pitagórica entró en
declive. Se dividió en
dos facciones rivales, uno de las cuales se hundió en
las especulaciones
matemáticas más oscuras, la otra intentó superar la
contradicción mediante
ingeniosas innovaciones matemáticas que establecieron
las bases para el
desarrollo de las ciencias cuantitativas.
Capítulo II
Los primeros dialécticos
Hoy, más de cien años después de Darwin, en general,
se acepta la idea de
que todo cambia. Pero no siempre fue así. La teoría de
la evolución y de la
selección natural tuvo que librar una larga y amarga
batalla contra los
defensores de la concepción bíblica, que sostenía que
todas las especies fueron
creadas por Dios en siete días, y que éstas eran fijas
e inmutables. Durante
muchos siglos la Iglesia dominó la ciencia e impuso la
idea de que la tierra era
el centro del universo. Aquellos que no estaban de
acuerdo eran quemados en
la hoguera.
Incluso hoy en día, la idea del cambio se entiende de
una forma superficial
y parcial. Se interpreta la evolución como un cambio
lento y gradual que
excluye los saltos repentinos. Se presupone que en la
naturaleza no existen las
contradicciones y allí donde surgen, el pensamiento
humano las atribuye a un
error subjetivo. Pero las contradicciones abundan en
todos los niveles de la
naturaleza y conforman la base del movimiento y el
cambio. Los primeros
pensadores sí comprendieron este proceso que ya se
puede encontrar en la
filosofía budista. También es el eje central de la
antigua noción china del ying y
el yang. En el siglo IV a. C, Hui Shih escribió las
siguientes líneas:
“El cielo está al mismo nivel que la tierra; las
montañas están al
mismo nivel que los pantanos.
El sol está exactamente en el mediodía; todas las
criaturas están
moribundas”.
(G. Thomshon. The First Philosophers. P. 69).
Veamos también los siguientes fragmentos escritos por
el fundador de la
filosofía dialéctica griega, Heráclito (544-484 a.
C.):
“El fuego vive de la muerte del aire y el aire vive de
la muerte del
fuego; El agua vive de la muerte de la tierra y la
tierra vive de la muerte
del agua”.
Para nosotros es vivir y morir, dormir y despertar,
ser joven y viejo; a
todo cambio le sucede otro”.
“Paramos y no pasamos el mismo río; estamos y no
estamos”.
Con Heráclito las contradictorias afirmaciones de los
filósofos jonios
adquieren una expresión dialéctica. “Aquí vemos
tierra. No hay proposición de
Heráclito que no haya adoptado en mi Lógica” (Hegel.
History of Philosophy.
Vol. I. p. 279. En la edición inglesa).
Pese a su importancia sólo han llegado a nosotros 130
fragmentos de la
filosofía de Heráclito, escritos además con un estilo
aforístico bastante difíciles
de leer. A Heráclito se le conocía por “el oscuro”,
debido a la oscuridad de sus
escritos. Parece que eligiera deliberadamente que su
filosofía fuera inaccesible.
Sócrates comentó irónicamente: “en todo lo que
comprendía era excelente, en lo
que no creía lo era igualmente, pero el libro requería
un nadador resistente”.
(Schwegler, op. cit. p.20).
Engels, en el Anti-Dühring hace la siguiente
apreciación de la perspectiva
dialéctica que tiene Heráclito del mundo:
“Cuando sometemos a la consideración del pensamiento
la
naturaleza o la historia humana, o nuestra propia
actividad espiritual, se
nos ofrece por de pronto la estampa de un infinito
entrelazamiento de
conexiones e interacciones, en el cual nada permanece
siendo lo que era, ni
como era ni donde era, sino que todo se mueve, se
transforma, deviene y
perece. Esta concepción del mundo, primaria e ingenua,
pero correcta en
cuanto a la causa, es la de la antigua filosofía
griega, y ha sido claramente
formulada por vez primera por Heráclito: todo esto y
no es, pues todo
fluye, se encuentra en constante modificación, sumido
en constante
devenir y perecer” (Engels. Anti-Dühring; Barcelona.
Editorial
Crítica.1977. p. 20).
Heráclito vivió en Efeso, en medio del violento siglo
V a. C., un período de
guerra y lucha civil. Se sabe poco de su vida, excepto
que procedía de una
familia aristocrática. La naturaleza del período en el
que vivió se refleja en uno
de sus fragmentos: “La guerra es el padre de todo y el
rey de todas las cosas; a
algunos ha hecho Dioses y a otros hombres; a algunos
esclavos y a otros libres”.
(Los fragmentos que aquí se citan proceden de la
edición Baywater,
reproducida en Early greek philosophers de Burnet).
Heráclito aquí no hace
referencia a la guerra en la sociedad humana, sino al
papel de la contradicción
interna en todos los niveles de la naturaleza, por eso
la mejor traducción es
“lucha”. Según Heráclito “debemos darnos cuenta que la
guerra es común a
todos, la lucha es justicia, que todas las cosas nacen
y mueren a través de la
lucha”. Todas las cosas contienen la contradicción que
impulsa su desarrollo.
Sin contradicción no existiría movimiento ni vida.
Heráclito fue el primero en plantear la unidad de
contrarios. Los
pitagóricos elaboraron una tabla de diez antítesis:
1) Los finito y lo infinito
2) Lo impar y lo par
3) El uno y lo mucho
4) La derecha y la izquierda
5) Lo masculino y lo femenino
6) Lo móvil y lo inmóvil
7) Lo recto y lo tortuoso
8) Luz y oscuridad
9) Bueno y malo
10) El cuadrado y el paralelogramo
Estos conceptos son importantes pero los pitagóricos
no los desarrollaron,
se conformaban con su simple enumeración. Los
pitagóricos defendían la unión
de contrarios a través de un “significado” y así se
eliminaba la contradicción,
buscaban el término medio. Para responder a la
interpretación pitagórica
Heráclito utiliza una imagen aún más asombrosa y
bella.
“El hombre no sabe lo que concuerda con sí mismo. Es
una serie de
armoniosas tensiones contradictorias entre sí, como el
arco y la lira. En la
contradicción se encuentra el fundamento de todo. El
deseo de eliminar la
contradicción en realidad presupondría la eliminación
de todo
movimiento y vida, por eso ‘Homero se equivocó al
afirmar: ‘¡Si la lucha
entre dioses y hombres pereciera!’. No comprendía que
estaba rezando
por la destrucción del universo; porque si se hubiera
escuchado su rezo,
todas las cosas habrían perecido...”.
Estos pensamientos eran profundos pero chocaban con la
experiencia
cotidiana y con el “sentido común”. ¿Cómo una cosa
puede ser y no ser al
mismo tiempo? ¿Cómo puede una cosa vivir y morir al
mismo tiempo?
Heráclito se burlaba de estos argumentos:
“De sabios es escuchar, no a mi, sino a mi Palabra, y
confesar que
todas las cosas son una”... “Aunque esta Palabra es
verdad eternamente,
todavía el hombre es incapaz de comprenderla cuando la
escucha por
primera vez”... “Aunque todas las cosas llegan a pasar
según esta palabra,
el hombre parece que no tuviera experiencia en ella,
cuando hacen juicios
de palabras y escritura como yo hago, dividen cada
cosa según su clase y
muestran fielmente lo que es”... “Pero otros hombres
no saben lo que
hacen cuando despiertan y olvidan que estaban
dormidos”... “Locos
cuando escuchan como los sordos; de ellos se dice son
testigos por que
están ausentes cuando están presentes”... “Los ojos y
los oídos son malos
testigos para los hombres si tienen almas que
comprenden su lenguaje”...
¿Qué quieren decir estas palabras?. En griego palabra
se dice “logos” y de
ella deriva la lógica. A pesar de su apariencia
mística, el comentario de
Heráclito es un llamamiento a la objetividad racional.
No me escuchen a mí,
dice Heráclito, sino a las leyes objetivas de la
naturaleza que él describe. Este es
el significado esencial: Y “¿todas las cosas son
una?”. En la historia de la
filosofía hay dos formas de interpretar la realidad:
como una única sustancia
que se expresa de formas diferentes (monismo, de la
palabra griega que
significa simple); o como dos sustancias totalmente
diferentes, espíritu y
materia (conocido como dualismo). Los primeros
filósofos griegos eran
materialistas monistas. Posteriormente, los
pitagóricos adoptaron el dualismo,
que supuestamente se basaba en la existencia de un
abismo insalvable entre la
mente (el espíritu) y la materia. Este es el sello de
todo idealismo y hunde sus
raíces en las supersticiones primitivas de los
salvajes que creían que durante el
sueño el alma abandonaba el cuerpo.
El pasaje de arriba es una polémica contra el dualismo
filosófico de los
pitagóricos, Heráclito defendía la visión del antiguo
monismo jonio ⎯existe
una unidad material subyacente a la naturaleza⎯. El universo no se creó,
siempre ha existido, a través de un continuo proceso
de flujo y cambio, a través
de él las cosas se transforman en su contrario, la
causa se convierte en efecto y el
efecto en causa. La contradicción es la base de todo.
Para alcanzar la verdad es
necesario ir más allá de las apariencias y tener en
cuenta las tendencias
contradictorias internas de un fenómeno concreto y así
poder comprender sus
fuerzas motrices internas.
La inteligencia común, por su parte, se conforma con
la realidad que le
muestra el sentido de percepción y acepta los “hechos”
sin más. Pero esta
percepción, en el mejor de los casos, es limitada y
puede ser una fuente de
interminables errores. Por ejemplo, “para el ‘sentido
común’ el mundo es plano
y el sol gira alrededor de la tierra. La verdadera
naturaleza de las cosas no
siempre es evidente. Como señala Heráclito “a la
naturaleza le gusta ocultarse”.
Para alcanzar la verdad es necesario saber como
interpretar la información que
llega a nuestros sentidos. “Si no esperas lo
inesperado no lo encontrarás”. “Los
que buscan oro para encontrar un poco tendrán que
remover mucha arena”.
La filosofía de Heráclito se basa en la idea de que
“todo fluye”. “No
puedes pasar dos veces el mismo río; sus aguas frescas
están pasando siempre
ante tí”. Esta visión del universo era dinámica, todo
lo contrario a la concepción
idealista y estática de los pitagóricos. Heráclito
busca la sustancia material que
sustenta el universo, sigue los pasos de Tales y
Anaxímenes y elige el elemento
más fugaz y esquivo, el fuego.
Para la mente común es difícil aceptar que todo se
encuentra en un estado
de constante flujo, que no hay nada fijo y permanente,
excepto, el movimiento y
el cambio. El pensamiento humano, en general, es
innatamente conservador. El
deseo de asirse a algo sólido, concreto y seguro se
encuentra arraigado en un
instinto profundo, similar al instinto de
conservación. La esperanza de
encontrar una vida después de la muerte, la creencia
en un alma inmortal, es
fruto del rechazo a creer que todas las cosas tienen
un: “panda rhei” (todo
fluye). El hombre, tercamente, busca alcanzar la
libertad negando las leyes de la
naturaleza, inventándose privilegios imaginarios. La
verdadera libertad -como
explicó Hegel-, consiste en la comprensión correcta de estas leyes y
actuar en
consecuencia. La gran aportación de Heráclito fue que
por primera vez elaboró
una perspectiva dialéctica del mundo.
La filosofía de Heráclito, incluso en vida, fue recibida
con gran
incredulidad y hostilidad. Heráclito cambió la
concepción, no sólo de la religión
y de la tradición, también de la mentalidad y el
“sentido común” que no ve más
allá de sus narices. En los 2.500 años siguientes, se
ha intentado refutarla una y
otra vez:
“La ciencia como la filosofía, ha intentado evadirse
de la doctrina del
flujo perpetuo, encontrando un substrato permanente en
medio de los
fenómenos cambiantes. La química parecía cumplir este
deseo. Se vio que
el fuego, aparentemente destructor, solamente
transforma: los elementos
se combinan nuevamente, pero cada átomo que existía
antes de la
combustión existe aún cuando el proceso se realiza.
Por consiguiente, se
supuso que los átomos eran indestructibles y que todo
cambio en el
mundo físico consiste meramente en una nueva
disposición de elementos
persistentes. Esta idea predominó hasta que el
descubrimiento de la
radiactividad hizo ver que los átomos podían
desintegrarse.
Sin darse por vencidos, los físicos inventaron
unidades nuevas, más
pequeñas, llamadas electrones y protones, de los
cuales se componen los
átomos, y durante años se supuso que estas unidades
poseían la
indestructibilidad antes atribuida a los átomos.
Desgraciadamente, parecía
que los protones y electrones podían chocar y estallar,
formando no una
sustancia nueva sino una onda de energía que se
extiende por el universo
con la velocidad de la luz. La energía tenía que
sustituir a la sustancia
respecto a la permanencia. Pero la energía distinta a
la sustancia, no
representa el refinamiento de la noción vulgar de una
cosa, es meramente
una característica de procesos físicos. Puede
arbitrariamente identificarse
con el fuego de Heráclito, pero se trata de la acción
de arder, no de la que
arde. “Lo que arde” ha desaparecido en la física
moderna.
Pasando de lo pequeño a lo grande, la astronomía ya no
admite que
se consideren los astros como duraderos. Los planetas
proceden del Sol y
el Sol de una nebulosa. Ha durado y durará aún más,
pero más pronto o
más tarde, probablemente dentro de un millón de
millones de años,
estallará, destruyendo todos los planetas. Por lo
menos así lo afirman los
astrónomos. Acaso, mientras se acerca el día fatal,
encontrarán algún error
en sus cálculos”. (B. Russell. Op. Cit. p. 84-85)
Los eléatas
En la antigüedad se creía que la filosofía de
Heráclito era una reacción
contra las ideas de Parménides (540-470 a. C.). Ahora
la opinión predominante
es la contraria, la escuela eléata fue una reacción
contra la filosofía de Heráclito.
Los eléatas intentaron refutar la idea de que “todo
fluye” y afirmaron lo
contrario: nada cambia, el movimiento es sólo una
ilusión. Estamos ante un
buen ejemplo del carácter dialéctico de la evolución
del pensamiento humano y
de la historia de la filosofía en particular. Su desarrollo
no sigue una línea recta,
se desarrolla a través de la contradicción, se propone
una teoría y ésta a su vez
es negada por su contraria, hasta que de nuevo otra
teoría la niega, y a veces, el
proceso regresa al punto de partida. Sin embargo, esta
aparente regresión a las
viejas ideas no significa que el desarrollo
intelectual sea un círculo cerrado.
Todo lo contrario, el proceso dialéctico nunca se
repite de la misma forma, el
proceso científico de controversia, discusión y
constante revisión de postulados,
a través de la observación y experimentación, ayudan a
profundizar nuestra
comprensión y nos acercan a la verdad.
Elia (o Velia) era una colonia griega del sur de
Italia fundada en el año 540
a. C. por emigrantes procedentes de la invasión persa
de Jonia. Según la
tradición, la escuela eléata fue fundada por
Xenófenes. Sin embargo, no está
clara su relación con la escuela, su contribución se
vio eclipsada por sus más
destacados representantes, Parménides y Zenón (460 a.
C.). Mientras que los
pitagóricos abstraían de la materia todas las
cualidades excepto el número, los
eléatas dieron un paso más, llevaron el proceso a su
extremo, establecieron una
concepción completamente abstracta del ser, lo
despojaron de todas las
manifestaciones concretas, excepto su existencia
desnuda. “Sólo es el ser; el no
ser (se convierte) no es”. Un ser puro, limitado,
inmutable, sin características
distintivas, ésta es la esencia del pensamiento
eléata.
Esta visión del universo está diseñada para eliminar
todas las
contradicciones, toda la mutabilidad y todo el
movimiento. Dentro de su marco
de referencia, es una filosofía consistente, sólo hay
un problema, que entra
directamente en contradicción con toda la experiencia
humana. Nada de esto
preocupó a Parménides. Si el entendimiento humano no
puede comprender
esta idea, pues peor para el entendimiento humano.
Zenón elaboró una famosa
serie de paradojas con la intención de demostrar la
imposibilidad del
movimiento. Según la leyenda, Diógenes rebatió las
ideas de Zenón
sencillamente andando por una habitación. Pero cuantas
generaciones de
lógicos se han formado en las ideas de Zenón, ideas
difíciles de resolver en
términos teóricos.
Hegel afirma que la intención real de Zenón no era
negar la realidad del
movimiento, sino extraer la contradicción presente en
el movimiento y la forma
en que se refleja en el pensamiento. En este sentido,
paradójicamente, los eléatas
también eran filósofos dialécticos. Hegel intenta
defender a Zenón de la crítica
de Aristóteles con las siguientes palabras:
“La cuestión no es que exista el movimiento; la
existencia del
movimiento es sensorialmente tan cierta como que hay
elefantes; Zenón
no niega el movimiento en este sentido. Zenón hace
referencia a su
realidad. El movimiento, se considera incierto porque
su concepción
supone una contradicción; lo que quiere decir es que
no se puede predecir
el Ser verdadero” (Hegel. History of Philosophy. Vol.
1. p. 266. En la
edición inglesa).
Para contrarrestar el argumento de Zenón no basta
demostrar la existencia
del movimiento como lo hizo Diógenes. Es necesario
partir de sus premisas,
agotar el análisis del movimiento y llevarlo hasta sus
últimas consecuencias,
hasta el punto en que se transforme en su contrario.
Ese es el auténtico método
de razonamiento dialéctico, no basta con afirmar lo
contrario y menos aún
recurrir a la caricatura. La realidad es que las
paradojas de Zenón tienen bases
racionales y no se pueden resolver con el método de la
lógica formal, sólo se
pueden resolver de una forma dialéctica.
“Aquiles el rápido”
Zenón “rechazaba” el movimiento. Decía que un cuerpo
en movimiento
antes de alcanzar un punto concreto, debe primero
haber recorrido la mitad de
la distancia. Y antes debería recorrer la mitad de esa
mitad y así infinitamente.
De esta forma, cuando dos cuerpos están moviéndose en
la misma dirección y
el de detrás se encuentra a una distancia fija del
primero y se mueve a mayor
velocidad, se supone que este último superará al
primero. Pero Zenón decía que
“el más rápido nunca podrá alcanzar al más lento”.
Esta idea la expresó en la
famosa paradoja de ‘Aquiles el rápido’. Imaginemos una
carrera entre Aquiles y
una tortuga. Supongamos que Aquiles puede correr diez
veces más rápido que
la tortuga que lleva una ventaja de mil metros. En el
tiempo que Aquiles recorre
mil metros, la tortuga se encontrará cien metros
delante de Aquiles; cuando éste
haya recorrido otros cien metros, la tortuga estará un
metro por delante; cuando
él haya cubierto esa distancia, la tortuga estará a
una décima parte de un metro
por delante y así infinitamente.
Desde el punto de vista del sentido común cotidiano
esto parece absurdo.
Es evidente que ¡Aquiles alcanzará a la tortuga!
Aristóteles comentaba al
respecto que “esta prueba afirma la divisibilidad
interminable, pero esto es
falso, el cuerpo rápido alcanzará al lento sí los
límites establecidos lo permiten”.
Hegel cita estas palabras y comenta:
“Esta respuesta es correcta y contiene todo lo que se
puede decir. En
esta representación hay dos períodos de tiempo y dos
distancias,
separadas una de la otra: limitadas en relación la una
a la otra” y después
añade: “cuando admitimos que ese tiempo y ese espacio
están
relacionados uno con el otro como algo continuo, son
dos, pero no dos
distintos sino idénticos”. (Hegel, op. Cit. p. 273).
Las paradojas de Zenón no demuestran que el movimiento
sea una ilusión
o que Aquiles no alcance a la tortuga, pero sí revelan
brillantemente los límites
del pensamiento conocido como lógica formal. El
intento de eliminar toda la
contradicción de la realidad, como hicieron los
eléatas, inevitablemente conduce
a esta clase de paradojas insolubles, o antimonio,
como más tarde las denominó
Kant. Para demostrar que una línea no estaba formada
por un número infinito
de puntos, Zenón decía que si esto fuera así, entonces
Aquiles nunca alcanzaría
a la tortuga. Como explica Alfred Hooper:
“Esta paradoja todavía deja perplejo incluso a aquel
que sabe que es
posible encontrar la suma de una serie infinita de
números, con la
formación de una progresión geométrica con una razón
menor a 1 y cuyos
términos se van haciendo más y más pequeños para
“converger” en un
valor limitado”. (A. Hooper. Makers of Mathematics. P.
237. En la edición
inglesa).
Zenón descubrió una contradicción del pensamiento
matemático y habría
que esperar aún dos mil años más para encontrar la
solución. La contradicción
está relacionada con el uso del infinito. Desde
Pitágoras al descubrimiento del
cálculo diferencial e integral en el siglo XVII, los
matemáticos realizaron
grandes malabarismos para evitar el uso del concepto
de infinito. Sólo el genial
Arquímedes se aproximó a la cuestión y lo evitó con la
utilización de métodos
indirectos.
Los pitagóricos tropezaron con la raíz cuadrada de dos
porque no podía
expresarse como un número perfecto. Inventaron formas
ingeniosas para
realizar aproximaciones sucesivas. No importa lo lejos
que llegue el proceso
porque nunca habrá una respuesta exacta. El resultado
siempre es el camino
intermedio entre dos números. Según se va descendiendo
en la lista, más cerca
se está del valor de la raíz cuadrada de dos. Pero
este proceso de
aproximaciones sucesivas podría continuar
indefinidamente, y no llegaríamos a
un resultado exacto que se pueda expresar como un
número entero.
Los pitagóricos tuvieron que abandonar la concepción
de una línea
formada por un número finito de puntos muy pequeños, y
aceptaron la
existencia de una línea formada por un número infinito
de puntos sin
dimensión. Parménides trató el tema desde una
perspectiva diferente, propuso
que la línea era indivisible. Para demostrarlo Zenón
intentó demostrar las
consecuencias absurdas que se derivan del concepto de
divisibilidad infinita.
Siglos después, los matemáticos trabajaron con una
idea más clara del infinito
-a partir de Kepler en el siglo XVII-, simplemente dejaron a un lado las
objeciones lógicas, utilizaron el infinito en sus
cálculos y consiguieron
resultados extraordinarios.
Estas paradojas surgían cuando se trataba el problema
de la continuidad.
Todos los intentos de resolver este problema a través
de teoremas matemáticos,
como fue la teoría de series convergentes, sólo
consiguieron crear nuevas
contradicciones. Al final, no se han podido refutar
los argumentos de Zenón,
porque éstos se basan en una contradicción real que,
desde el punto de vista de
la lógica formal, no se puede resolver. “Incluso los
oscuros argumentos
presentados por Dedekind (1831-1916), Cantor
(1845-1918) y Russell
(1872-1970) en su gran esfuerzo por resolver los
problemas paradójicos del infinito
-guiados por nuestro concepto de “números”-, sólo han tenido como
resultado la creación de nuevas paradojas”. (Hooper,
op.cit). El paso adelante
llegó en los siglos XVII y XVIII, cuando hombres como
Kepler, Cavalieri, Pascal,
Wallis, Newton y Leibniz decidieron ignorar las numerosas
dificultades
suscitadas por la lógica formal y se ocuparon de las
cantidades infinitesimales.
Sin el uso del infinito la matemática moderna y la
física, no existirían.
El problema esencial, el eje de las paradojas de
Zenón, es la incapacidad de
la lógica formal de comprender el movimiento. La
paradoja de Zenón de ‘la
flecha’, parte de la parábola trazada por una flecha
en movimiento. En un cada
uno de los puntos concretos de su trayectoria, Zenón
considera que la flecha
está quieta y por consiguiente se encuentra en reposo;
pero la flecha llega a la
meta, por lo tanto sí está en movimiento. Pero una
línea es formada por una
serie de puntos y en cada uno de estos puntos se
encuentra la flecha, por lo
tanto el movimiento es una ilusión. Hegel dio la respuesta
a esta paradoja.
La noción de movimiento necesariamente implica una
contradicción. Si se
considera el movimiento de un cuerpo, por ejemplo la
flecha de Zenón, desde
un punto a otro, una vez la flecha comienza a moverse
ya no se encuentra en un
punto A, y al mismo tiempo, ya no se encuentra en el
punto B. Entonces ¿donde
está? Afirmar que la flecha está “en el medio” es no
decir nada, porque después
se encontrará en otro punto. “El movimiento implica
estar y no estar en un
lugar y al mismo tiempo, estar en ambos lugares a la
vez; es precisamente la
continuidad del espacio y el tiempo lo que en primer
lugar permite la existencia
del movimiento”. (Hegel, op. Cit). Como acertadamente
señaló Aristóteles:
“Esta idea surge del hecho de dar por sentado que el
tiempo consiste en el
ahora; y por esta razón no se corresponden las
conclusiones”. Pero, ¿qué es el
ahora? Si decimos que la flecha está “aquí”, “ahora” y
se ha ido.
Engels escribe:
“El movimiento en sí es una contradicción: incluso un
simple cambio
mecánico de lugar sólo se puede suceder gracias a que
un cuerpo está
tanto en un lugar como en otro y al mismo tiempo,
estar y no estar en el
mismo lugar. Y precisamente el movimiento es la
continua afirmación y la
solución simultánea de esta contradicción”. (Engels.
Ibíd.)
Los primeros atomistas
Anaxágoras de Clazomenios, nació en el 500 a. C. en
Asia Menor, en el
período de las guerras con los medos y el auge de
Atenas al mando de Pericles.
Anaxágoras se trasladó a Atenas, allí fue
contemporáneo de Esquilos, Sofocles,
Aristófanes, Diógenes y Protágoras. Anaxágoras fue más
que un profundo y
original pensador, provocó un gran impacto en la
filosofía de Atenas.
Aristóteles dijo de él que era “un hombre sobrio entre
borrachos”. Anaxágoras
continuó la mejor tradición Jonia, creía en la
experimentación y la observación.
“No hay ninguna duda”, dice Farrington, “lo que él
consideraba sentido de la
evidencia es indispensable para la investigación de la
naturaleza, igual que a
Empedocles, le preocupaba demostrar la existencia de
aquellos procesos físicos
que son demasiados sutiles para ser percibidos
directamente por nuestros
sentidos”. (B. Farrington. Greek Science. p. 62. En la
edición inglesa).
Realizó descubrimientos científicos de primer orden.
Creía que el sol era
una masa de elementos fundidos, como las estrellas,
aunque éstas estaban
demasiado lejos para sentir su calor. La luna se
encontraba más cerca, estaba
formada por el mismo material que la tierra. La luz de
la luna era el reflejo del
sol y los eclipses se producían cuando la luna tapaba
la luz del sol. Como le
ocurrió más tarde a Sócrates, fue acusado de ateísmo a
pesar de que apenas
mencionó la religión en su cosmología. Estas ideas
revolucionarias
escandalizaron a los conservadores atenienses y fue
desterrado.
Al contrario que Parménides, Anaxágoras defendía que
todo es
infinitamente divisible, incluso la cantidad más
pequeña de materia contiene
alguna otra clase de elemento. Consideraba que la
materia estaba formada por
muchas clases de partículas. Se preguntaba porque al
comer el pan éste se
convierte en huesos, carne, sangre, piel y demás
materia. La única explicación
debía ser que las partículas de harina contenían, en
algún tipo de forma oculta,
todos los elementos necesarios para formar el cuerpo y
éstos se reorganizaban
en el proceso digestivo.
Creía que existían un número infinito de elementos o
“gérmenes”. Pero
debía existir uno que tuviese un papel especial. Este
elemento era el nous,
normalmente se traduce como “espíritu”. Más ligero que
el resto de elementos,
es distinto a los demás, no se puede mezclar con nada
y tiene la capacidad de
penetrar en toda la materia, como un principio
organizado y animado. Por esta
razón normalmente se considera idealista a Anaxágoras.
Pero está afirmación
está muy lejos de la realidad. El archi-idealista
Hegel consideraba que, mientras
el nous era un paso importante en dirección al
idealismo, “no era precisamente
el caso de Anaxágoras” (Hegel. Op. Cit. Vol I. p. 330.
En la edición inglesa). El
nous de Anaxágoras también puede tener una
interpretación materialista: el
primer espíritu en movimiento de la materia o para
expresarlo más
correctamente, la energía. Hegel entendía que esto no
implicaba una
inteligencia externa, sino el proceso objetivo que
tiene lugar dentro de la
naturaleza y que la dado forma y definición.
La concepción de la materia formada por un número
infinito de
minúsculas partículas, invisibles ante los sentidos,
es una generalización
importante y representa la transición a la teoría
atómica -teoría que representó
una extraordinaria anticipación de la ciencia moderna-, los primeros que la
plantearon fueron Leucipo (500-440 a. C.) y Demócrito
(460-370 a. C.).
Este paso adelante es aún más asombroso si tenemos en
cuenta que estos pensadores no tenían acceso a los actuales microscopios
electrónicos o cualquier otro tipo de
ayuda tecnológica. No contaban con ningún medio que
les permitiera
corroborar la teoría. Sufrieron la ira religiosa, el
desprecio de los idealistas y su
teoría fue sepultada por la noche negra de la Edad
Media, hasta que como
tantas ideas de la antigüedad, fue de nuevo
descubierta por los pensadores del
Renacimiento, por ejemplo Gassendi, y jugó un papel
importante en el estímulo
de una nueva visión científica.
De Leucipo se conoce tan poco que incluso se llegó a
dudar de su
existencia hasta que se descubrió un papiro en
Hercalaneum. La mayoría de sus
palabras llegaron a nosotros a través de los escritos
de otros filósofos. Leucipo
realizó hipótesis nuevas y asombrosas, dijo que todo
el universo estaba
formado por dos cosas: átomos y vacío, un vacío
absoluto. También fue el
primero que formuló la que más tarde fue conocida como
la ley de la
causalidad y la ley de la razón suficiente. El único
fragmento que sobrevivió
dice lo siguiente: “Cero es nada, pero todo tiene un
motivo y una necesidad”
(Burnet. Early Greek Philosophers. P. 340. En la
edición inglesa). Los primeros
atomistas eran deterministas. Para ellos la causalidad
era el centro de todos los
procesos naturales, aunque lo aplicaban de una forma
inflexible, recuerdo del
posterior determinismo mecánico de Laplace. Epicuro
después corregiría esta
inflexibilidad de los primeros atomistas y formuló la
idea de los átomos al caer
en el vacío se desvían ligeramente, de esta forma
introducía el accidente en el
marco de la necesidad.
Para los atomistas todas las cosas derivaban de un
número infinito de
partículas fundamentales: el “átomo” (“que no puede
ser dividido”). Estos
átomos eran iguales en calidad pero distintos en
cantidad, diferenciándose sólo
en el tamaño, forma y peso, aunque era imposible ver
los átomos más
pequeños. En esencia era una idea correcta. Todo el
mundo físico, desde el
carbón a los diamantes, desde el cuerpo humano al olor
de las rosas, está
formado por átomos de diferentes tamaños y pesos,
agrupados en moléculas.
En la actualidad, la ciencia puede dar una expresión
cuantitativa a esta
afirmación. Los atomistas griegos no podían hacerlo
por el escaso desarrollo de
la tecnología, inherente al modo esclavista de
producción que impedía llevar a
la práctica los brillantes inventos de su tiempo,
incluida la máquina de vapor
que permaneció en la categoría de un juguete curioso.
Lo más impresionante es
la forma en que estos pensadores anticiparon los
principios más importantes de
la ciencia del siglo XX.
El famoso físico americano Richard P. Feynman destaca
el lugar de la
teoría atómica en la ciencia actual:
“Si por algún cataclismo, todo el conocimiento quedara
destruido y
sólo una sentencia pasara a las siguientes
generaciones de criaturas, ¿qué
enunciado contendría la máxima información en menos
palabras?. Yo creo
que es la hipótesis atómica (o el hecho atómico, o
como quiera que ustedes
deseen llamarlo) según la cual todas las cosas están
hechas de átomos:
pequeñas partículas que se mueven en movimiento
perpetuo, atrayéndose
mutuamente cuando están a poca distancia, pero
repeliéndose al ser
apretadas unas contra otras. Verán ustedes que en esa
simple sentencia
hay una enorme cantidad de información acerca del
mundo, con tal de
que se aplique un poco de imaginación y reflexión”.
(Richard P. Feynman
Seis piezas fáciles; Barcelona. Editorial Crítica.
1998. p. 34. El subrayado en
el original)
“Todo está hecho de átomos. Esta es la hipótesis
clave. La hipótesis
más importante de toda la biología, por ejemplo, es
que todo lo que hacen
los animales lo hacen los átomos. En otras palabras,
no hay nada que
hagan los seres vivos que no pueda ser comprendido
desde el punto de
vista de que están hechos de átomos que actúan de
acuerdo con las leyes
de la física. Esto no era conocido desde el principio:
se necesitó alguna
experimentación y teorización para sugerir esta
hipótesis, pero ahora se
acepta, y es la teoría más útil para producir nuevas
ideas en el campo de la
biología.
Si un pedazo de acero o de sal, que consiste en átomos
colocados uno
detrás de otro, puede tener propiedades tan
interesantes; si el agua ⎯que
no es otra cosa que estos pequeños borrones, un
kilómetro tras otro de la
misma cosa sobre la tierra⎯ puede formar olas y espuma y hacer ruidos
estruendosos y figuras extrañas cuando corre sobre el
cemento; si todo
esto, toda la vida de una corriente de agua, no es
otra cosa que un montón
de átomos, ¿cuánto más es posible?. Si en lugar de
disponer los átomos
siguiendo una pauta definida, repetida una y otra vez,
aquí y allí, o
incluso formando pequeños fragmentos de complejidad
como los que dan
lugar al olor de las violetas, construimos una
disposición que es siempre
diferente de un lugar a otro, con diferentes tipos de
átomos compuestos de
muchas formas, con cambios continuos y sin repetirse,
¿cuánto más
maravilloso podrá ser el comportamiento de este objeto?.
¿Es posible que
este “objeto” que se pasea de un lado a otro delante
de ustedes,
hablándoles a ustedes, sea un gran montón de estos
átomos en una
disposición muy compleja, tal que su enorme
complejidad sorprenda a la
imaginación con lo que puede hacer?. Cuando decimos
que somos un
montón de átomos no queremos decir que somos meramente
un montón
de átomos, porque un montón de átomos que no se
repiten de un lugar a
otro muy bien podría tener las posibilidades que
ustedes ven ante sí en el
espejo”. (Ibid, pág.: 52-53. El subrayado en el
original)
La visión del mundo de los atomistas griegos era
materialista por
naturaleza, eso les acarreó el odio de los idealistas
y la religión. Durante siglos,
se falsearon y distorsionaron las ideas filosóficas de
Epicuro, convirtiéndolas en
su contrario. Los atomistas se confesaban ateos, en su
concepción del universo
no había lugar para Dios. Demócrito ve el origen del
cambio en la naturaleza de
los átomos y sus diferentes formas, en su caída al
vacío (el “void”) y sus
interrelaciones mutuas.
A través de interminables y diferentes combinaciones
se producen
cambios constantes y visibles en cualquier parte de la
naturaleza, y dotan a las
cosas mundanas de transitoriedad. Existen infinitos
mundos “naciendo y
agonizando”, no son creados por Dios, nacen y mueren
por la necesidad, este
proceso se produce de acuerdo con las leyes naturales.
El conocimiento de estas
leyes y procesos procede principalmente de la
percepción sensorial, que sólo
nos proporciona una comprensión “débil” de la
naturaleza. Pero se debe
completar y superar con la “brillante” razón, que nos
lleva al conocimiento de
la esencia de las cosas, los átomos y el vacío. Los
elementos fundamentales de la
perspectiva materialista y científica del mundo están
presentes en estas pocas
líneas.
Epicuro profundizó y desarrolló la filosofía de
Demócrito. Al igual que su
mentor, negó la interferencia de los dioses en los
asuntos terrenales, se basó en
la eternidad de la material y en un estado de
movimiento continúo. Sin
embargo, rechazó el determinismo mecanicista de
Leucipo y Demócrito,
introdujo la idea de la “desviación” espontánea de la
trayectoria de los átomos,
para explicar la posibilidad de colisiones entre los
átomos que se mueven a
igual velocidad en el espacio y en el vacío. Fue un
gran paso adelante que sacó a
la luz la relación dialéctica entre la necesidad y la
casualidad, una de las
cuestiones teóricas clave sobre la que los físicos
modernos están aún
estrujándose el cerebro, a pesar de que hace tiempo
Hegel encontró la solución.
La teoría del conocimiento de Epicuro acepta
totalmente la información
que nos proporciona nuestros sentidos. Los sentidos
son “heraldos de la
verdad”, no hay nada que pueda rebatirlos. Epicuro
parte de una suposición
correcta, ‘yo interpreto el mundo a través de mis
sentidos’, pero representa un
paso atrás con relación a las ideas de Demócrito. Es
demasiado parcial. No hay
duda de que el sentido de la percepción conforma la
base de todo conocimiento,
pero también es necesario saber cómo interpretar
correctamente la información
que nos llega a través de los sentidos. Heráclito
expresó esta idea cuando dijo:
‘los ojos y los oídos son malos testigos para los
hombres que tienen almas
bárbaras’. La aproximación empírica conduce
invariablemente a errores. Según
Cicerón, Demócrito pensaba que el sol era inmensamente
largo, mientras
Epicuro creía que tenía sólo dos pies de diámetro.
Epicuro también realizó
algunos asombrosos descubrimientos. Gassendi, que
podría ser considerado el
padre del atomismo moderno, elogió a Epicuro porque a
través de sus
razonamientos consiguió demostrar un hecho que
posteriormente fue
demostrado por la experimentación: todos los cuerpos,
independientemente de
su masa y su peso, caen con la misma velocidad.
Lucrecio y la religión
Epicuro y sus seguidores declararon la guerra a la
religión porque
alimentaba el temor y la ignorancia de los hombres. El
primer libro del gran
poema filosófico de Lucrecio, De rerum natura, es todo
un manifiesto ateo y
materialista:
“Como ante sus ojos lastimosamente la vida de los
hombres
permaneciera abatida sobre la tierra, agobiada bajo la
onerosa religión que
mostraba su cabeza desde las regiones del cielo
amenazando a los
mortales desde arriba con su espantoso ceño, por
primera vez en un varón
griego se atrevió a dirigirle sus ojos de mortal y a
hacerle frente el
primero y a él no le frenaron ni las consejas en
tornos a los dioses ni los
rayos ni el cielo con su amenazador estruendo, sino
antes bien le espolean
la acelerada entereza de su espíritu hasta desear ser
el primero en hacer
saltar los firmes cerrojos de las puertas de la
naturaleza. En consecuencia,
prevaleció la vivida energía de su alma y fue más allá
lejos de las
llameantes murallas del mundo y recorrió la inmensidad
entera con su
alma y su mente de donde nos trae, vencedor, a
nosotros qué es lo que
puede nacer, qué es lo que no, en virtud de qué
proporción le está
conferida a cada cosa una entidad determinada y su
bien fijado término.
Por esto la regiligión, humillada bajo sus pies, en
desquite queda
aplastada y a nosotros la victoria de él nos iguala al
cielo”. (Lucrecio.De
rerum natura. Extraido de Lucrecio. Madrid. Ediciones
del Orto. 2000.
p.62)
La filosofía materialista de Epicuro provocó un gran
impacto en el joven
Carlos Marx, quien lo eligió como el tema de su tesis
doctoral en la universidad.
Marx consideraba que el poeta y filósofo romano
Lucrecio fue “el único de
todos los antiguos que comprendió la física de
Epicuro”. (Marx y Engels. Obras
Escogidas. Vol 1. p. 48. p. 48. En la edición
inglesa).
Con un lenguaje poético impactante, Lucrecio defiende
la indestructibilidad de la materia,
la idea correcta de que la materia no se crea ni se
destruye:
“Este espanto y oscuridad del alma, ciertamente
necesario es que no
los rayos del sol ni los luminosos dardos de la luz
los disipen, sino
mostrarse de la naturaleza y su explicación. A partir
de aquí su primer
principio se resumiría para nosotros en los siguientes
extremos: que
ninguna cosa de la nada proviene sobrenaturalmente
jamás. A decir
verdad de esta forma el miedo se apodera de los
mortales todos, dado que
contemplan acaecer muchas cosas en las tierras y en el
cielo, de los cuales
fenómenos sus causas de ninguna manera son capaces de
ver y piensan
suceden por un designio divino. En cuando a ello, una
vez que veamos
que nada puede ser creado de la nada, entonces lo que
perseguimos, de
ahí lo captaremos ya más derechamente al igual que de
dónde pueda ser
creada cada cosa y de qué forma las cosas todas se
hacen sin la
intervención de los dioses”. (Lucrecio. Ibíd.).
La ley de la conservación de la energía, demostrada
por Mayer, Joule,
Helmholz y otros en la mitad del siglo XIX, demuestra
que la energía no se crea
ni se destruye, sólo se transforma. Esta ley dotó de
una base inquebrantable a la
idea materialista cuando afirma que la materia no se
puede crear ni destruir,
esta idea también la expresó brillantemente Lucrecio:
“El segundo gran principio es este: la naturaleza
resuelve todo en sus
átomos componentes y nunca reduce nada a la nada. Si
todo fuera
perecedero en todas sus partes, repentinamente, todo
perecería y
desaparecería. No sería necesaria la fuerza para
separar sus partes y
perder sus vínculos. Como todo está formado por
gérmenes
indestructibles, la naturaleza, obviamente, no deja
que nada perezca, hasta
que ha encontrado una fuerza que con un golpe lo
destruye”. (Ibíd. p. 33
En la edición inglesa).
La concepción epicurea del mundo señala que el
universo es infinito y que
la materia no tiene límite, tanto externa como
internamente:
“Si no existieran estas partes más pequeñas, incluso
los cuerpos más
pequeños estarían formados por un número infinito de
partes y que
podremos partir por la mitad sin ningún límite. ¿Cuál
es la diferencia
entre el conjunto del universo y el resto de las
cosas? Ninguna en absoluto,
en un universo infinito incluso las más pequeñas cosas
consisten
igualmente en un número infinito de partes”. (Ibíd. p.
45. En la edición
inglesa).
“El universo no tiene límite en ninguna dirección. De
ser así,
necesariamente tendría que existir un límite en alguna
parte. Pero una
cosa no puede tener límite a menos que exista algo
fuera de ella, es decir,
que el ojo puede seguuirla hasta un determinado punto
pero no más allá.
Deberéis admitir que no existe nada fuera del
universo, no puede tener
límite y por lo tanto, tampoco final o medida”. (Ibid.
p. 55. En la edición
inglesa).
Si los científicos de nuestro siglo hubieran tenido
una base filosófica firme,
nos habríamos ahorrado los errores de método más
notorios: la búsqueda de
“los ladrillos de la materia”, “el big bang” y su
universo finito, el “nacimiento
del tiempo”, la igualmente absurda “creación continua
de la materia” y otras
teorías similares. Con relación al tiempo Demócrito
afirmó que el tiempo no
tenía origen, que por sí mismo, no existe al margen
del movimiento de las
cosas. Esta idea es infinitamente más científica que
las ideas de ciertos físicos
actuales que hablan del supuesto “nacimiento del
tiempo” ¡hace 20.000 millones
de años! Sus aparatos están más avanzados pero su
forma de pensar está a años
luz de retraso de los primeros materialistas.
La postura materialista de Epicuro desde el principio
mereció los ataques
más venenosos por parte de la Iglesia. El apóstol
Pablo le menciona en los Actos
de los Apóstoles, xvii, 18. En los tiempos de Dante,
la acusación de epicureísmo
significaba negar el Espíritu Santo y la inmortalidad
del alma. En general, a
Epicuro se le ha asociado con una filosofía amoral,
hedonística y licenciosa, en
la que estaban permitidas todas las formas de gula.
Todo es calumnia contra
Epicuro y su filosofía.
En términos de moralidad y ética, la filosofía
epicurea es uno de los
productos más nobles del espíritu humano. Parecida al
famoso Dictum de
Spinoza: “Ni reír ni llorar, sino comprender”. Epicuro
pretendía liberar a la
humanidad del miedo, a través de una comprensión
absoluta de la naturaleza y
el lugar del hombre en ella. Epicuro se preguntó en
qué se basa el miedo y
respondió, en el miedo a la muerte. Su principal
intención fue eliminar este
miedo, y para ello, explicó que la muerte en el
presente para mí no es nada y, no
será nada en el futuro porque sé que después de la
muerte no puedo saber nada
sobre ella. Animó a los hombres a que dejaran de lado
el miedo a la muerte y
que vivieran plenamente la vida. Esta filosofía
maravillosa y humana, siempre
ha sido un pecado para aquellos que desean que los
hombres y mujeres aparten
la vista de los problemas del mundo real y miren a un
teórico mundo que existe
después de la muerte, y donde se nos recompensará o
castigará según nuestros
méritos.
La acusación de hedonismo contra Epicuro es
consecuencia de la actitud
vegetativa de los apologistas del cristianismo,
contrarios a una filosofía alegre
que ensalza la vida. Y para ello no dudan en sepultar
a su enemigo bajo un
montón de calumnias. Epicuro, igual que Espinoza,
identificaba lo bueno con el
placer o la ausencia de pena. Trataba las relaciones
humanas desde el punto de
vista de la utilidad, que encuentra su más elevada
expresión en la amistad. En
medio de un período de gran turbulencia social e
incertidumbre, predicaba la
retirada del mundo y una vida pacífica de meditación.
Recomendaba a los
hombres reducir al mínimo sus necesidades, alejados de
un mundo de lucha,
competencia y guerra. Era, naturalmente, una idea
utópica, pero nada tiene que
ver con la fea y malévola caricatura que los
contrarios al materialismo han
puesto en circulación. Epicuro siguió fiel a sus
ideales hasta el lecho de muerte,
donde escribió: “Hoy cuando escribo es un día feliz...
los dolores que ahora
siento... ya no podrán ir a más. Todo esto se opone a
la felicidad que el alma
experimenta, al recordar nuestras conversaciones de un
tiempo pasado”.
El ascenso del Idealismo
La palabra “dialéctica” procede del griego
“dialektike”, que deriva de
“dialegomai”, discutir o conversar. Originariamente
significaba el arte de la
discusión, en los diálogos socráticos de Platón se
puede encontrar su forma más
elevada. Este significado no es casualidad, procede de
la propia naturaleza de la
democracia ateniense, basada en la amplia libertad de
oratoria y debate que
existía en las asambleas públicas. En aquella época
surgió una nueva capa de
figuras públicas, profesores profesionales y oradores
de todo tipo, desde
valientes librepensadores y filósofos profundos hasta
demagogos sin
escrúpulos.
Las palabras “sofista” y “sofistería” para nuestros
oídos modernos tiene
un toque de mala reputación, sugiriéndonos
deshonestidad intelectual,
engaños, y mentiras enmascaradas con frases hábiles.
Realmente, el sofismo
terminó de esta forma pero no siempre fue así. En
ciertos aspectos a los sofistas
se les podría comparar con los filósofos de la
Ilustración Francesa del siglo
XVIII. Había racionalistas y librepensadores,
contrarios a todos los dogmas y la
ortodoxia existente. Su máxima era “dudar de todo”.
Había que someter a la
crítica más exhaustiva todas las ideas y cosas
existentes en la naturaleza. No
hay duda de que estas ideas tenían un germen
dialéctico y revolucionario. “En
este nuevo campo los sofistas disfrutaban con juvenil
exuberancia el ejercicio
del poder de la subjetividad y destruían con el uso de
la dialéctica subjetiva
todo lo objetivamente establecido. (Schwegler. History
of Philosophy. P. 30. En
la edición inglesa).
Las actividades de los sofistas reflejaron la vida de
Atenas durante el
período de la guerra del Peloponeso entre Atenas y
Esparta. Eran tanto eruditos
como prácticos, y fueron los primeros en cobrar
honorarios por la enseñanza.
Platón en La República señala que las doctrinas de los
sofistas sólo expresan los
mismos principios que guiaban las costumbres de la
multitud en sus relaciones
sociales y civiles. El odio con el que fueron
perseguidos por los estadistas,
demostraba los celos que éstos últimos tenían de los
sofistas. Se les atacó por
afirmar que la moralidad y la verdad eran conceptos
subjetivos y que cualquier