HISTORIA DE LA FILOSOFÍA


Alan Woods



 

Indice

 

1. ¿Necesitamos una filosofía?

2. Los primeros dialécticos

3. Aristóteles y el final de la filosofía griega clásica

4. El Renacimiento

5. Descartes, Spinoza y Leibniz

6. La filosofía del siglo XX

7. Apéndice: La filosofía islámica e hindú

 

Capítulo I

 

¿Necesitamos una filosofía?

 

Antes de empezar, uno podría preguntarse: ¿Es realmente necesario preocuparnos

de complicadas cuestiones científicas y filosóficas? Semejante pregunta

admite dos respuestas. Si lo que se quiere decir es si hace falta saber estas cosas

para la vida cotidiana, la respuesta es, evidentemente, no. Pero si aspiramos a

lograr una comprensión racional del mundo en que vivimos y de los procesos

fundamentales en la naturaleza, la sociedad y nuestra propia forma de pensar,

entonces la cosa se presenta de una forma totalmente distinta.

Aunque parezca extraño, todos tenemos una filosofía. Una filosofía es una

manera de interpretar el mundo. Todos creemos que sabemos distinguir entre

el bien y el mal. Sin embargo, es una cuestión harto complicada que ha ocupado

la atención de las grandes mentes a lo largo de la historia. Cuando nos vemos

enfrentados con hechos tan terribles como la guerra fratricida en la ex

Yugoslavia, el resurgimiento del desempleo o las masacres en Ruanda, muchos

confesarán que no entienden de esas cosas y, a menudo, recurrirán a vagas

referencias a la “naturaleza humana”. Pero, ¿en qué consiste esa misteriosa

naturaleza humana que se presenta como la fuente de todos nuestros males y se

alega que es eternamente inmutable? Esta es una cuestión profundamente

filosófica que pocos intentarían contestar, a no ser que tuvieran inclinaciones

religiosas, en cuyo caso dirían que Dios, en su sabiduría, nos creó así. Por qué a

alguien se le ocurriría adorar a un Ser que crea a los hombres sólo para gastarles

tales faenas es otro asunto.

Los que mantienen con obstinación que ellos no tienen ninguna filosofía se

equivocan. La naturaleza aborrece el vacío. Las personas que carecen de un

punto de vista filosófico elaborado y coherente reflejarán inevitablemente las

ideas y los prejuicios de la sociedad y el entorno en que viven. Esto significa, en

este contexto dado, que sus cabezas estarán repletas de las ideas que absorben

de la prensa, la televisión, el púlpito y el aula, las cuales reflejan fielmente los

intereses y la moral de la clase dominante.

Por lo común, la mayoría de la gente logra “ir tirando”, hasta que algún

gran evento les obliga a reconsiderar las ideas y valores a que están acostumbrados

desde su infancia. La crisis de la sociedad les obliga a cuestionar muchas cosas

que daban por supuestas, haciendo que ideas  aparentemente remotas

se vuelvan de repente tremendamente relevantes.

Cualquiera que desee comprender la vida no como una serie de accidentes

sin sentido ni como una rutina irreflexiva debe ocuparse de la filosofía,

esto es, del pensamiento a un nivel superior al de los problemas inmediatos

 de la vida cotidiana. Tan sólo de esta forma nos elevamos a una altura

desde la que comenzamos a realizar nuestro potencial como seres

humanos conscientes, dispuestos y capaces de tomar las riendas de nuestro destino.

En general se comprende que cualquier empresa que merezca la pena en

la vida requiere esfuerzo. La propia naturaleza de la filosofía implica ciertas

dificultades para su estudio, ya que trata de cosas muy alejadas del mundo de

la experiencia normal. Incluso los términos utilizados presentan dificultades

porque su significado puede ser diferente al común, aunque esto también es

verdad para cualquier materia especializada, desde el psicoanálisis hasta la

mecánica.

El segundo obstáculo es más grave. En el siglo pasado, cuando Marx y

Engels publicaron por primera vez sus escritos sobre materialismo dialéctico,

podían dar por supuesto que muchos de sus lectores tenían por lo menos unos

conocimientos básicos de filosofía clásica, incluido Hegel. Actualmente no es

posible hacer semejante suposición. La filosofía ya no ocupa el lugar del

pasado, puesto que la especulación sobre la naturaleza del universo y la vida

fue asumida hace tiempo por las ciencias naturales. La posesión de potentes

radiotelescopios y naves espaciales vuelve innecesarias las conjeturas sobre la

naturaleza y la extensión de nuestro sistema solar. Incluso los misterios del

alma humana se están poniendo paulatinamente al descubierto mediante el

progreso de la neurobiología y la psicología.

La situación en el terreno de las ciencias sociales es mucho menos

satisfactoria, debido sobre todo a que el deseo de conseguir conocimientos

exactos a menudo decrece en la medida en que la ciencia toca los enormes

intereses materiales que dominan la vida de la gente. Los grandes avances

realizados por Marx y Engels en el terreno del análisis socio-histórico y

económico quedan fuera del ámbito de este libro. Baste con señalar que, a pesar

de los ataques constantes y frecuentemente maliciosos a que estuvieron

sometidas desde el primer momento, las teorías del marxismo en la esfera social

han sido el factor decisivo en el desarrollo de las ciencias sociales modernas. En

cuanto a su vitalidad, está demostrada por el hecho de que los ataques no sólo

continúan, sino que tienden a arreciar con el paso del tiempo.

En épocas pasadas, el desarrollo de la ciencia, que siempre ha estado estrechamente

vinculado al de las fuerzas productivas, no había alcanzado un nivel

suficientemente alto como para permitir que las personas entendiesen el mundo

en que vivían. En ausencia de un conocimiento científico o de los medios

materiales para obtenerlo, se vieron obligados a depender del único instrumento

que poseían para interpretar el mundo y, así, conquistarlo: la mente

humana. La lucha para comprender el mundo se identificaba con la lucha de la

humanidad para elevarse sobre una existencia meramente animal, ganar el control

sobre las fuerzas ciegas de la naturaleza y liberarse (en el sentido real, no

legalista, de la palabra). Esta lucha es como un hilo conductor rojo que recorre

toda la historia de la humanidad.

 

El papel de la religión

 

"El hombre está totalmente loco. No sabría cómo crear un

gusano, y crea dioses por docenas".

(Montaigne.)

 

"Toda mitología supera, domina y transforma las fuerzas de

la naturaleza en la imaginación y mediante la imaginación; por lo

tanto desaparece con la llegada de la auténtica dominación sobre

ellas".

(Marx.)

 

Los animales no tienen religión, y en el pasado se decía que ésa era la

principal diferencia entre hombres y bestias. Pero ésta es sólo otra forma de

decir que únicamente los seres humanos poseen conciencia en el sentido pleno

de la palabra. En los últimos años ha habido una reacción contra la idea del

Hombre como Creación única y especial. Al fin y al cabo, el ser humano

evolucionó de los animales y en muchos aspectos sigue siendo animal. No

solamente compartimos con otros animales muchas de las funciones corporales,

sino que la diferencia genética entre humanos y chimpancés es menor del dos

por ciento. He aquí una respuesta devastadora a las tonterías de los

creacionistas.

Las últimas investigaciones con chimpancés bonobos (los primates más

afines a los humanos) han demostrado fuera de toda duda que son capaces de

un nivel de actividad mental similar en algunos aspectos al de un niño. Esto

prueba claramente el parentesco entre los seres humanos y los primates

superiores, pero aquí la analogía empieza a resquebrajarse. Pese a todos los

esfuerzos de los experimentadores, los bonobos cautivos no han sido capaces de

hablar ni de labrar una herramienta de piedra remotamente similar a los

utensilios más simples creados por los homínidos primitivos. Esa diferencia

genética del dos por ciento que separa a los humanos de los chimpancés marca

el salto cualitativo del animal al humano. Esto se logró no por obra y gracia de

un Creador, sino por el desarrollo del cerebro a través del trabajo manual.

La destreza para hacer incluso las herramientas de piedra más simples

implica un nivel muy alto de habilidad mental y pensamiento abstracto. El

seleccionar la piedra adecuada, elegir el ángulo correcto para golpear y usar la

cantidad de fuerza precisa son acciones intelectuales muy complejas. Requieren

un grado de planificación y previsión que no se encuentra ni en los primates

más avanzados. No obstante, el uso y la manufactura de herramientas de piedra

no fueron resultado de una planificación consciente, sino una imposición de la

necesidad. No fue la conciencia la que creó la humanidad, sino que las

condiciones necesarias para la existencia humana condujeron a un cerebro más

grande, al habla y a la cultura, incluida la religión.

La necesidad de entender el mundo estaba estrechamente vinculada a la

necesidad de sobrevivir. Aquellos homínidos primitivos que descubrieron el

uso de raspadores de piedra para descuartizar cadáveres de animales de piel

gruesa obtuvieron una considerable ventaja sobre aquellos que no tuvieron

acceso a esta fuente abundante de grasas y proteínas. Los que perfeccionaron

sus herramientas de piedra y descubrieron los mejores yacimientos tuvieron

más posibilidades de sobrevivir que los que no lo hicieron. Con el desarrollo de

la técnica vino la expansión de la mente y la necesidad de explicar los

fenómenos naturales que gobernaban sus vidas. A través de millones de años,

mediante aproximaciones sucesivas, nuestros antepasados comenzaron a

establecer ciertas relaciones entre las cosas. Empezaron a hacer abstracciones,

esto es, a generalizar a partir de la experiencia y la práctica.

Durante siglos, la cuestión central de la filosofía ha sido la relación entre el

pensamiento y el ser. La mayoría de las personas pasan sus vidas sin siquiera

contemplar este problema. Piensan y actúan, hablan y trabajan sin la menor

dificultad. Es más, ni se les ocurriría considerar incompatibles las dos

actividades humanas más básicas, que en la práctica son inseparables. Si

excluimos reacciones simples condicionadas fisiológicamente, como los actos

reflejos, incluso la acción más elemental exige un cierto grado de pensamiento.

En cierto modo, esto es verdad no sólo para los humanos, sino también para los

animales (pensemos en un gato apostado a la espera de un ratón). No obstante,

la planificación y el pensamiento humanos tienen un carácter cualitativamente

superior a cualquier actividad mental de incluso el simio más avanzado.

Este hecho está estrechamente vinculado a la capacidad del pensamiento

abstracto, que permite a los seres humanos ir mucho más allá de la situación

inmediata dada por nuestros sentidos. Podemos imaginar situaciones no sólo

en el pasado (los animales también tienen memoria, como el perro, que tiembla

a la vista de un garrote), sino también en el futuro. Podemos predecir

situaciones complejas, planificar, y así determinar el resultado y hasta cierto

punto controlar nuestros destinos. Aunque normalmente no pensamos en ello,

esto representa una conquista colosal que separa a la humanidad del resto de la

naturaleza. “Lo típico del razonamiento humano”, dice el profesor Gordon

Childe, “es que puede ir muchísimo más lejos de la situación actual, presente,

que el razonamiento de cualquier otro animal”.6 De esta capacidad nacen las

múltiples creaciones de la civilización: la cultura, el arte, la música, la literatura,

la ciencia, la filosofía, la religión. También damos por supuesto que todo esto no

cae del cielo, sino que es el producto de millones de años de desarrollo.

El filósofo griego Anaxágoras (500-428 a.C.), en una deducción brillante,

afirmó que el desarrollo mental del hombre dependía de la emancipación de las

manos. Engels, en su importante artículo El papel del trabajo en la

transformación del mono en hombre, explicó la forma exacta en que se logró

dicha transformación. Demostró que la postura vertical, la liberación de las

manos para el trabajo, la forma de la mano, con el pulgar opuesto a los otros

dedos de forma que permitía agarrar, fueron los requisitos fisiológicos para la

manufactura de herramientas, que a su vez fue el principal estímulo para el

desarrollo del cerebro. Incluso el habla, que es inseparable del pensamiento,

surge de las exigencias de la producción social, de la necesidad de cooperar

para realizar funciones complejas. Estas teorías de Engels se han visto

confirmadas brillantemente por los últimos descubrimientos de la

paleontología, que demuestran que los simios homínidos aparecieron en África

bastante antes de lo que se pensaba y que tenían cerebros no más grandes que

los de un chimpancé actual. Es decir, el desarrollo del cerebro vino después de

la producción de herramientas y a consecuencia de ésta. Así, no es verdad que

“En el principio, era la Palabra”, sino, en frase del poeta alemán Goethe, “En el

principio, era el Hecho”.

La capacidad de manejar pensamientos abstractos es inseparable del

habla. El célebre prehistoriador Gordon Childe comenta:

“El razonamiento y todo lo que podemos llamar pensamiento,

inclusive el del chimpancé, hace intervenir en las operaciones mentales lo

que los psicólogos llaman imágenes. Una imagen visual, la representación

mental de una banana, por ejemplo, ha de ser siempre la representación de

una banana determinada en un conjunto determinado. Una palabra, por el

contrario, según lo explicado, es más general y abstracta, pues ha

eliminado precisamente esos rasgos accidentales que dan individualidad a

cualquier banana real. Las imágenes mentales de las palabras

(representaciones del sonido o de los movimientos musculares que

intervienen en su pronunciación) constituyen ‘fichas’ muy cómodas en el

proceso del pensamiento. El pensar con su ayuda posee necesariamente

esa cualidad de abstracción y generalidad que parece faltar en el

pensamiento animal. Los hombres pueden pensar, lo mismo que hablar,

sobre la clase de objetos llamados ‘bananas’; el chimpancé nunca va más

allá de ‘esa banana en ese tubo’. De tal suerte el instrumento social

denominado lenguaje ha contribuido a lo que se denomina

grandilocuentemente ‘la emancipación del hombre de la esclavitud de lo

concreto”. G. Childe, Qué sucedió en la historia. Editorial Pléyade, Buenos

Aires, 1975, pp. 25-6)

Los humanos primitivos, después de largo tiempo, formaron la idea

general de, por ejemplo, una planta o un animal. Esto surgió de la observación

concreta de muchas plantas y animales particulares. Pero cuando llegamos al

concepto general de “planta”, ya no vemos delante de nosotros esta o aquella

flor o arbusto, sino lo que es común a todas ellas. Comprendemos la esencia de

una planta, su ser interior. Comparado con esto, los rasgos peculiares de las

plantas individuales parecen secundarios e inestables. Lo que es permanente y

universal está contenido en el concepto general. Jamás podemos ver una planta

como tal, opuesta a flores y arbustos particulares. Es una abstracción de la mente.

Sin embargo, es una expresión más profunda y verdadera de lo que es

esencial a la naturaleza de la planta cuando se la despoja de todos los rasgos

secundarios.

No obstante, las abstracciones de los humanos primitivos distan mucho de

tener un carácter científico. Eran exploraciones tentativas, como las impresiones

de un niño: suposiciones e hipótesis a veces incorrectas, pero siempre audaces e

imaginativas. Para nuestros antepasados remotos, el Sol era un ser supremo que

unas veces les calentaba y otras les quemaba. La Tierra era un gigante

adormecido. El fuego era un animal feroz que les mordía cuando lo tocaban.

Los humanos primitivos conocieron los truenos y los relámpagos, les

asustarían, como todavía hoy asustan a los animales y a algunas personas. Pero,

a diferencia de los animales, los humanos buscaron una explicación general del

fenómeno. Dada la ausencia de cualquier conocimiento científico, la explicación

sólo podía ser sobrenatural: algún dios golpeando un yunque con su martillo.

Para nosotros, semejantes explicaciones resultan simplemente divertidas, como

las explicaciones ingenuas de los niños. No obstante, en ese período eran

hipótesis extraordinariamente importantes, un intento de encontrar una causa

racional para el fenómeno distinguiendo entre la experiencia inmediata y lo que

había tras ella.

La forma más característica de las religiones primitivas es el animismo —

la noción de que todo objeto, animado o inanimado, posee un espíritu—. Vemos

el mismo tipo de reacción en un niño cuando pega a una mesa contra la que se

ha golpeado la cabeza. De la misma manera, los humanos primitivos y ciertas

tribus actuales piden perdón a un árbol antes de talarlo. El animismo pertenece

a un período en el que la humanidad aún no se había separado plenamente del

mundo animal y de la naturaleza. La proximidad de los humanos al mundo de

los animales está demostrada por la frescura y belleza del arte rupestre, donde

los caballos, ciervos y bisontes están pintados con una naturalidad que ningún

artista moderno es capaz de lograr. Se trata de la infancia del género humano,

que ha desaparecido y nunca volverá. Tan sólo podemos imaginar la psicología

de nuestros antepasados remotos. Pero mediante una combinación de los

descubrimientos de la paleontología y la antropología es posible reconstruir,

por lo menos a grandes rasgos, el mundo del que hemos surgido.

En su estudio antropológico clásico de los orígenes de la magia y la

religión, James G. Frazer escribe:

“El salvaje concibe con dificultad la distinción entre lo natural y lo

sobrenatural, comúnmente aceptada por los pueblos ya más avanzados.

Para él, el mundo está funcionando en gran parte merced a ciertos agentes

sobrenaturales que son seres personales que actúan por impulsos y

motivos semejantes a los suyos propios y, como él, propensos a

modificarlos por apelaciones a su piedad, a sus deseos y temores. En un

mundo así concebido no ve limitaciones a su poder de influir sobre el

curso de los acontecimientos en beneficio propio. Las oraciones, promesas

o amenazas a los dioses pueden asegurarle buen tiempo y abundantes

cosechas; y si aconteciera, como muchas veces se ha creído, que un dios

llegase a encarnar en su misma persona, ya no necesitaría apelar a seres

más altos. Él, el propio salvaje, posee en sí mismo todos los poderes

necesarios para acrecentar su propio bienestar y el de su prójimo”. (Sir

James Frazer, La rama dorada. Magia y religión. Fondo de Cultura

Económica. Madrid. 1981, p. 33)

La noción de que el alma existe separada y aparte del cuerpo viene

directamente de los tiempos más remotos. El origen de esta idea es evidente.

Cuando dormimos, el alma parece abandonar el cuerpo y vagar en nuestros

sueños. Por extensión, la similitud entre la muerte y el sueño —“gemelo de la

muerte”, como lo llamó Shakespeare— sugiere la idea de que el alma podría

seguir existiendo después de la muerte. Así fue cómo los humanos primitivos

concluyeron que el interior de sus cuerpos albergaba algo, el alma, que mandaba

sobre el cuerpo y podía hacer todo tipo de cosas increíbles, incluso cuando

el cuerpo estaba dormido. También observaron cómo palabras llenas de

sabiduría manaban de las bocas de los ancianos y concluyeron que, mientras

que el cuerpo perece, el alma sigue viviendo. Para gente acostumbrada a los

desplazamientos, la muerte era vista como una migración del alma, que

necesitaba comida y utensilios para el viaje.

Al principio estos espíritus no tenían una morada fija. Simplemente

erraban, la mayoría de las veces causando molestias y obligando a los vivos a

hacer todo lo que podían por deshacerse de ellos. He aquí el origen de las

ceremonias religiosas. Finalmente surgió la idea de que mediante la oración

podría conseguirse la ayuda de estos espíritus. En esta etapa, la religión

(magia), el arte y la ciencia no se diferenciaban. No teniendo los medios para

conseguir un auténtico poder sobre el medio ambiente, los humanos primitivos

intentaron obtener sus fines por medio de una relación mágica con la

naturaleza, y así someterla a su voluntad.

La actitud de los humanos primitivos hacia sus dioses-espíritus y fetiches

era bastante práctica. La intención de los rezos era obtener resultados. Un

hombre haría una imagen con sus propias manos y se postraría ante ella. Pero si

no conseguía el resultado deseado, la maldecía y la golpeaba para obtener

mediante la violencia lo que no había conseguido con súplicas. En ese mundo

extraño de sueños y fantasmas, un mundo de religión, la mente primitiva veía

cada acontecimiento como la obra de espíritus invisibles. Cada arbusto o cada

riachuelo eran una criatura viviente, amistosa u hostil. Cada suceso fortuito,

cada sueño, dolor o sensación estaba causado por un espíritu. Las explicaciones

religiosas llenaban el vacío que dejaba la falta de conocimiento de las leyes de la

naturaleza. Incluso la muerte no era vista como un evento natural, sino como el

resultado de alguna ofensa causada a los dioses.

Durante casi toda la existencia del género humano, la mente ha estado

llena de este tipo de cosas. Y no sólo en lo que a la gente le gusta considerar

como sociedades primitivas. Las creencias supersticiosas continúan existiendo

hoy, aunque con diferente disfraz. Bajo el fino barniz de civilización se

esconden tendencias e ideas irracionales primitivas que tienen su raíz en un

pasado remoto que ha sido en parte olvidado, pero que no está todavía

superado. No serán desarraigadas definitivamente de la conciencia humana

hasta que hombres y mujeres no establezcan un firme control sobre sus

condiciones de existencia.

 

La división del trabajo

 

Frazer señala que la división entre trabajo manual y trabajo intelectual en

la sociedad primitiva está invariablemente vinculada a la formación de una

casta de sacerdotes, hechiceros o magos:

“El progreso social, según creemos, consiste principalmente en una

diferenciación progresiva de funciones; dicho más sencillamente, en una

división del trabajo. La obra que en la sociedad primitiva se hace por

todos igual y por todos igualmente mal o muy cerca de ello, se distribuye

gradualmente entre las diferentes clases de trabajadores, que la ejecutan

cada vez con mayor perfección; y así, tanto más cuanto que los productos

materiales o inmateriales de esta labor especializada van siendo gozados

por todos, la sociedad en conjunto se beneficia de la especialización

creciente. Ahora, ya, los magos o curanderos aparecen constituyendo la

clase profesional o artificial más antigua en la evolución de la sociedad,

pues hechiceros se encuentran en cada una de las tribus salvajes conocidas

por nosotros, y entre los más incultos salvajes, como los australianos

aborígenes, es la única clase profesional que existe”. (Ibíd. pp 137-8)

El dualismo, que separa el alma del cuerpo, la mente de la materia, el

pensamiento del hecho, recibió un fuerte impulso con el desarrollo de la

división del trabajo en una etapa dada de la evolución social. La separación

entre trabajo manual y trabajo intelectual coincidió con la división de la

sociedad en clases y marcó un gran avance en el desarrollo humano. Por

primera vez, una minoría de la sociedad se vio liberada de la necesidad de

trabajar para obtener su sustento. La posesión de la mercancía más preciada, el

ocio, significó que los hombres podían dedicar sus vidas al estudio de las

estrellas. Como el filósofo materialista alemán Ludwig Feuerbach explica, la

ciencia teórica auténtica comienza con la cosmología:

“El animal es sólo sensible al rayo de luz que inmediatamente afecta

a la vida; mientras que el hombre percibe la luz, para él físicamente

indiferente, de la estrella más remota. Tan sólo el hombre posee pasiones y

alegrías desinteresadas y puramente intelectuales; sólo el ojo del hombre

mantiene festivales teóricos. El ojo que contempla los cielos estrellados,

que medita sobre aquella luz al mismo tiempo inútil e inocua que no tiene

nada en común con la Tierra y sus necesidades; este ojo ve en aquella luz

su propia naturaleza, sus propios orígenes. El ojo es celestial por su propia

naturaleza. De aquí que el hombre se eleve por encima de la tierra sólo con

el ojo; de aquí que la teoría comience con la contemplación de los cielos.

Los primeros filósofos eran astrónomos”. (Ludwig Feuerbach. The essence

of Christianity. p. 5)

Aunque en esta etapa temprana esto todavía estaba mezclado con la

religión y los requerimientos e intereses de una casta sacerdotal, también

significó el nacimiento de la civilización humana. Aristóteles ya lo había

entendido cuando escribió: “Además, estas artes teóricas evolucionaron en

lugares donde los hombres tenían un superávit de tiempo libre: por ejemplo, las

matemáticas tienen su origen en Egipto, donde una casta sacerdotal gozaba del

ocio necesario”.11

El conocimiento es una fuente de poder. En cualquier sociedad en que el

arte, la ciencia y el gobierno son el monopolio de unos pocos, esa minoría usará

y abusará de su poder en su propio beneficio. La inundación anual del Nilo era

un asunto de vida o muerte para los egipcios, cuyas cosechas dependían de ello.

La pericia de los sacerdotes egipcios para predecir, apoyándose en observaciones

astronómicas, cuándo se desbordaría el Nilo debió de haber incrementado

enormemente su prestigio y poder sobre la sociedad. El arte de escribir, una invención

muy poderosa, era un secreto celosamente guardado por la casta sacerdotal:

“Sumeria descubrió la escritura; los sacerdotes sumerios hicieron

conjeturas acerca de que el futuro pudiera estar escrito por algún

procedimiento oculto en los acontecimientos presentes que tenían lugar a

nuestro alrededor. Hasta llegaron a sistematizar esta creencia, mezclando

elementos mágicos y racionales”.(I. Prigogine e I. Stengers. Order Out of

Chaos, Man’s New Dialogue with Nature. p. 4)

La posterior profundización de la división del trabajo hizo surgir un

abismo insalvable entre la élite intelectual y la mayoría de la humanidad,

condenada a trabajar con sus propias manos. El intelectual, sea sacerdote

babilónico o físico teórico moderno, sólo conoce un tipo de trabajo: el mental.

En el curso de milenios, la superioridad de este último sobre el trabajo manual

“puro y duro” ha echado raíces profundas y adquirido la fuerza de un

prejuicio. Lenguaje, palabras y pensamientos se han revestido de poderes

místicos. La cultura se ha vuelto el monopolio de una élite privilegiada que

guarda celosamente sus secretos, usando y abusando de su posición en su

propio interés.

En la antigüedad, la aristocracia intelectual no hizo ningún intento de

ocultar su desprecio por el trabajo físico. El siguiente extracto de un texto

egipcio conocido como La sátira sobre los oficios, escrito alrededor de 2000 a.C.,

se cree que es la exhortación de un padre a su hijo, al que quiere enviar a la

escuela para formarse como escriba:

La misma actitud prevalecía entre los griegos:“He visto cómo se

maltrata al hombre que trabaja —deberías poner tu corazón en la

búsqueda de la escritura—. He observado cómo uno podría ser rescatado

de sus deberes —¡presta atención! No hay nada que supere a la escritura—

. (...)

“He visto al metalúrgico trabajando en la boca del horno. Sus dedos

eran similares a cocodrilos; olía peor que una hueva de pescado. (...)

“El pequeño constructor lleva barro. (...) Está más sucio que las viñas

o los cerdos de tanto pisotear el barro. Su ropa está tiesa de la arcilla. (...)

“El fabricante de flechas es muy infeliz cuando entra en el desierto

[en busca de pedernal]. Más grande es lo que da a su burro que lo que

posteriormente [vale] su trabajo. (...)

“El lavandero que lava ropa en la orilla [del río] es el vecino del

cocodrilo. (...)

“¡Presta atención! No hay ninguna profesión sin patrón, excepto para

el escriba: él es el patrón. (...)

“¡Presta atención! No hay ningún escriba al que le falte comida de la

propiedad de la Casa del Rey —¡vida, prosperidad, salud!—. (...) Su padre

y su madre alaban a dios, puesto que él está en el sendero de los vivientes.

¡Contempla estas cosas! Yo [las he puesto] ante ti y ante los hijos de tus

hijos”. (Citado por Margret Donaldson, Children’s Minds. p. 84)

“Las llamadas artes mecánicas”, dice Jenofonte, “llevan un estigma

social y con razón son despreciadas en nuestras ciudades, puesto que estas

artes dañan los cuerpos de los que trabajan en ellas o de los que actúan

como capataces, condenándoles a una vida sedentaria de puertas adentro

y, en algunos casos, a pasar todo el día al lado de la chimenea. Esta

degeneración física asimismo da pie a un deterioro del alma. Además, los

que trabajan en estos oficios simplemente no tienen tiempo para dedicarse

a los deberes de la amistad o de la ciudadanía. En consecuencia, son

considerados como malos amigos y malos patriotas, y en algunas

ciudades, sobre todo las más guerreras, no es legal que un ciudadano se

dedique al trabajo manual”. (Oeconomicusm iv, 203, citado en B.

Farrington, Greek Science, pp. 28-9)

El divorcio radical entre trabajo intelectual y manual profundiza la ilusión

de una existencia independiente de las ideas, los pensamientos y las palabras.

Este concepto erróneo es el meollo de toda religión e idealismo filosófico.

No fue Dios quien creó el hombre a su propia imagen y semejanza, sino,

por el contrario, fue el hombre quien creó dioses a imagen y semejanza suya.

Ludwig Feuerbach dijo que si los pájaros tuviesen una religión, su dios tendría

alas. “La religión es un sueño en el que nuestras propias concepciones y

emociones se nos presentan como existencias separadas, como seres al margen

de nosotros mismos. La mente religiosa no distingue entre lo subjetivo y lo

objetivo, no tiene dudas; tiene la capacidad no de discernir cosas diferentes a

ella misma, sino de ver sus propias concepciones fuera de sí misma, como seres

independientes”. Esto era algo que hombres como Jenófanes de Colofón (565-

hacia 470 a. C.) entendió cuando escribió: “Homero y Hesíodo han atribuido a

los dioses cada acción vergonzosa y deshonesta entre los hombres: el robo, el

adulterio, el engaño (...) Los etíopes hacen sus dioses negros y con nariz chata, y

los tracios hacen los suyos con ojos grises y pelo rojo (...) Si los animales

pudieran pintar y hacer cosas como los hombres, los caballos y los bueyes

también harían dioses a su propia imagen”.

Los mitos de la creación, que existen en casi todas las religiones,

inevitablemente toman sus imágenes de la vida real, por ejemplo, la imagen del

alfarero que da forma a la arcilla amorfa. En opinión de Gordon Childe, la

historia de la Creación en el primer libro del Génesis refleja que en

Mesopotamia la tierra fue separada de las aguas “en el Principio”, pero no

mediante la intervención divina:

“La tierra sobre la cual las grandes ciudades de Babilonia se alzarían

tenía que crearse en el sentido literal de la palabra; el antepasado

prehistórico de la Erech bíblica fue construido encima de una especie de

plataforma de juncos entrecruzados sobre el barro aluvial. El libro hebreo

del Génesis nos ha familiarizado con una tradición bastante más antigua

de la condición prístina de Sumeria —un ‘caos’ en el cual las fronteras

entre el agua y la tierra todavía eran fluidas—. Un incidente esencial en ‘la

Creación’ es la separación de estos elementos. Sin embargo, no fue ningún

dios, sino los propios protosumerios quienes crearon la tierra: cavaron

canales para irrigar los campos y drenar la marisma, construyeron diques

y plataformas elevadas por encima del nivel de inundación para proteger

a los hombres y al ganado de las aguas, despejaron las extensiones de

juncos y exploraron los canales que las cruzaban. La persistencia tenaz del

recuerdo de esta lucha es un indicio del grado de esfuerzo que supuso

para los antiguos sumerios. Su recompensa era una fuente garantizada de

nutritivos dátiles, una abundante cosecha de los campos que habían

drenado y pastos permanentes para sus rebaños”. (Gordon Childe. Man

Makes himself, pp. 107-8)

Los intentos más ancestrales del hombre de explicar el mundo y su lugar

en él estaban mezclados con la mitología. Los babilonios creían que el dios del

caos, Marduc, había creado el Orden, separando la tierra del agua y el cielo de

la tierra. Los judíos tomaron de los babilonios el mito bíblico de la Creación y

más tarde lo transmitieron a la cultura cristiana. La auténtica historia del

pensamiento científico empieza cuando el hombre aprende a prescindir de la

mitología e intenta comprender racionalmente la naturaleza, sin la intervención

de los dioses. En ese momento comienza la auténtica lucha por la emancipación

de la humanidad de la esclavitud material y espiritual.

El advenimiento de la filosofía representó una auténtica revolución en el

pensamiento humano. Al igual que tantos otros elementos de la civilización

moderna, la filosofía se lo debemos a la Grecia antigua. Si bien es verdad que

los indios, los chinos, y más tarde los árabes, también hicieron importantes

avances, fueron los griegos quienes llevaron la filosofía y la ciencia a su punto

álgido antes del Renacimiento. La historia del pensamiento griego durante el

período de 400 años que arranca en la mitad del siglo VII a. de C., constituye

una de las páginas más impresionantes en los anales de la historia humana.

En este período aparecen una larga serie de héroes, pioneros en el

desarrollo del pensamiento. Los griegos, antes que Colón, descubrieron que la

tierra era redonda. Antes que Darwin, afirmaron que los humanos habían

evolucionado de los peces. Hicieron extraordinarios descubrimientos en

matemáticas, especialmente en geometría, y para superarlos fueron necesarios

más de mil años. Fue uno de los momentos más decisivos de la historia del

pensamiento humano, el inicio de la verdadera ciencia.

 

El nacimiento de la filosofía

 

La filosofía occidental nació bajo el cielo azul del Egeo. Los siglos VII y

VIII a. C. fueron años agitados y de rápida expansión económica del

Mediterráneo oriental. Los griegos de las islas Jonias que residían en la costa de

Turquía, mantenían una próspera relación comercial con Egipto, Babilonia y

Lidia. El dinero una invención lidia, fue introducido en Europa a través del

Egeo, aproximadamente en el 625 a. C., y estimuló enormemente el comercio y

como consecuencia, mientras unos acumulaban grandes riquezas, otros, sólo

obtenían miseria y esclavitud.

Los primeros filósofos griegos representan el verdadero punto de partida

de la filosofía. El primer intento de luchar y liberarse de los antiguos límites de

la superstición y el mito, de prescindir de dioses y divinidades, por primera vez

el ser humano se enfrentaba cara a cara con la naturaleza.

La revolución económica provocó nuevas contradicciones sociales. El

colapso de la vieja sociedad patriarcal provocó el choque entre ricos y pobres.

La vieja aristocracia se enfrentó al descontento de las masas y a la oposición de

los tiranos, a menudo, eran los propios nobles disidentes siempre dispuestos a

ponerse a la cabeza de las insurrecciones populares. Fue un período de gran

inestabilidad, en el que hombres y mujeres empezaron a poner en tela de juicio

las viejas creencias.

El siguiente pasaje describe la situación en Atenas en aquella época:

“En los años malos (los campesinos) tenían que pedir prestado a sus

ricos vecinos; con la aparición del dinero en vez de pedir prestado un saco

de grano, al viejo estilo de buena vecindad, tenían que pedir prestado el

grano necesario antes de la cosecha, cuando aún estaba barato, sino

tendrían que pagar elevados intereses, lo que provocó una gran

indignación en Megara. En el año 600, mientras los ricos exportaban a los

mercados del Egeo o Corinto, los pobres permanecían hambrientos.

Muchos, demasiados, perdían su tierra o se empeñaban como prenda de

sus deudas, e incluso perdían su libertad; al acreedor, como último recurso

ante al deudor insolvente le quedaba la posibilidad de entregarse él y su

familia como esclavos... La ley era muy severa, era la ley del rico”. (A. R.

Burn; The Pelican History of Greece, p. 119).

Draco recopiló estas leyes en un código, de ahí procede la expresión

“condiciones draconianas”.

El siglo VI a. C. fue un período turbulento y también el del declive de las

repúblicas Jonias de Asia Menor, un siglo caracterizado por la crisis social y por

una feroz lucha de clases entre ricos y pobres, entre dominadores y esclavos.

“En Mileto”, escribe Rostovtzeff, “el pueblo resultó primero victorioso,

asesinando a las esposas e hijos de los aristócratas; después dominaron los

aristócratas que quemaron vivos a sus enemigos y alumbraron las plazas de la

ciudad con antorchas vivientes”. (Citado por Bertrand Russel, Historia de la

filosofía occidental. Madrid. Editorial Espasa, 1997. p. 62).

En aquella época, estas condiciones sociales eran las normales en la

mayoría de las ciudades griegas de Asia Menor. Los héroes de esa época nada

tenían en común con la idea posterior del filósofo, aislado del resto de la

humanidad en su torre de marfil. Estos “hombres sabios” no eran sólo

pensadores, eran escritores, no sólo eran teóricos, eran también hombres

prácticos. Del primero de ellos, Tales de Mileto (640-546 a. C.), no sabemos

prácticamente nada, salvo que fue al final de su vida cuando se aproximó a la

filosofía, se dedicó al comercio, a la ingeniería, a la geometría y a la astronomía

(se dice que predijo un eclipse, que según los astrónomos ocurrió en el año 585

a. C.).

No se puede negar que los primeros filósofos griegos eran materialistas.

Dieron la espalda a la mitología, se dedicaron a buscar el principio general del

funcionamiento de la naturaleza, a partir de la observación de la propia

naturaleza. Los griegos posteriores les llamaron hilozoístas, que se podría

traducir por: los que piensan que la materia está animada. Esta concepción de la

materia en movimiento es sorprendentemente moderna y muy superior a la

concepción de los físicos mecanicistas del siglo XVIII. Debido a la ausencia de

modernos instrumentos científicos, con frecuencia sus teorías tuvieron el

carácter de inspiradas conjeturas. A pesar de todo, teniendo en cuenta la

ausencia de recursos, es realmente asombroso lo que llegaron a aproximarse a

la comprensión del auténtico funcionamiento de la naturaleza. El filósofo

Anaximandro (610-545 a. C.), afirmó que tanto el hombre como el resto de los

demás animales habían evolucionado de un pez que abandonó el agua para

salir a la tierra.

Sería un error pensar que estos filósofos eran religiosos porque utilizasen

la palabra “dios” (theos) para referirse a la sustancia primaria. J. Burnet dice

que esta palabra era similar a los antiguos epítetos homéricos: “eterno”,

“inmortal”, etc. Incluso Homero, utiliza la palabra en diferentes sentidos. Desde

Hesiodo a la teogenia está claro que muchos de los “dioses” nunca fueron

adorados, eran meras personificaciones apropiadas para los fenómenos

naturales o incluso para las pasiones humanas. Las religiones primitivas

miraban al cielo como algo divino y lo separaban de la tierra. Los filósofos

jonios rompieron radicalmente con esta concepción. Se basaron en la multitud

de descubrimientos de la cosmología babilónica y egipcia, rechazaron el

elemento mítico que confundía la astronomía con la astrología.

La tendencia general de la filosofía griega antes de Sócrates era la

búsqueda de los principios fundamentales de la naturaleza:

“La naturaleza es lo que está más cerca de nosotros, se encuentra más

cerca del ojo, es lo más palpable, es lo que primero que atrae el espíritu de

investigación. En sus distintas formas, en su multiplicidad, el pensamiento

debe encontrar el inicio de un principio fundamental permanente. ¿Cuál

es este principio? ¿Cuál es exactamente el elemento básico natural?”.

(Schwgler, History of Philosophy. En la edición inglesa).

Los filósofos dieron explicaciones diferentes a esta cuestión. Por ejemplo,

Tales sostenía que la base de todas las cosas era el agua, esta afirmación fue un

gran paso adelante del pensamiento humano. Ya hacía tiempo que los

babilonios anticiparon la idea de que todas las cosas procedían del agua. Su

mito de la creación fue el modelo que siguió la historia de la creación hebrea del

primer libro del Génesis. “Todas las tierras eran mar hasta que Marduk, el

creador babilonio, separó la tierra del mar”. La diferencia es que no hay

Marduk, ni creador divino externo a la naturaleza, por primera vez se explica la

naturaleza en términos puramente materialistas, es decir, en términos de la

propia naturaleza.

La idea de la naturaleza reducida al agua no es tan inverosímil como

podría parecer. Aparte de que la gran mayoría de la superficie de la tierra está

formada por agua, los jonios se dieron cuenta que el agua es algo esencial para

todas las formas de vida. La mayor parte del volumen de nuestro cuerpo es

agua, moriríamos rápidamente si nos privamos de ella. Además el agua cambia

de forma, pasa de líquido a sólido o vapor.

“No es difícil suponer que los fenómenos meteorológicos influyeron

en Tales a la hora de formular sus teorías. De todas las cosas que

conocemos, el agua es la que parece tener las formas más variadas. Nos

son familiares sus formas, sólido, líquido y vapor. Tales pudo haberse

dado cuenta de ello observando como ante sus ojos el agua regresaba de

nuevo al agua. La evaporación sugiere de manera natural que el fuego de

los cuerpos celestiales se conserva gracias a la humedad que extraen del

mar. El agua cae de nuevo en forma de lluvia, y al final, como pensaban

los primeros cosmólogos, regresa a la tierra. Este proceso era algo natural

para aquellos hombres familiarizados con los ríos de Egipto que formaban

el Delta, y los torrentes de Asia Menor que bajaban por los largos

depósitos aluviales”. (O. J. Burnet; Los primeros filósofos griegos).

 

Anaximandro

 

A Tales le siguieron otros filósofos que postularon diferentes teorías sobre

la estructura básica de la materia. Anaximandro nació en Samos, donde vivió

también el famoso Pitágoras. Dicen que escribió sobre la naturaleza, las estrellas

fijas, la esfera de la tierra y otros temas. Elaboró algo parecido a un mapa que

mostraba el límite de la tierra y el mar, creó varias inventos matemáticos,

incluyendo un cuadrante solar y una carta de navegación astronómica.

Al igual que Tales, Anaximandro consideraba que la naturaleza era real.

De igual manera se aproximó al tema desde un punto de vista estrictamente

materialista, sin recurrir a los dioses o cualquier otro elemento sobrenatural.

Pero a diferencia de su contemporáneo, Tales no encontró la respuesta en una

forma concreta de materia como el agua. Según relata Diógenes, “Recurrió al

Infinito (lo indeterminado) como elemento principal; no lo concretaba en el

agua u otra materia”. (Hegel. Filosofía de la Historia, Vol. I). “Es el principio de

todo, transformándose continuamente; a través de mundos infinitos o dioses

que salen de él y que al mismo tiempo desaparecen”. (Ibíd.).

Estas idean situaron por primera vez el estudio del universo en el camino

de la ciencia, permitió a los primeros filósofos griegos hacer descubrimientos

excepcionales, muy avanzados para su tiempo. Primero descubrieron que el

mundo era redondo y que no descansaba sobre nada, la tierra no era el centro

del universo y giraba junto a los otros planetas alrededor del centro. De acuerdo

con otro contemporáneo, Hipólito, Anaximandro pensaba que la tierra se movía

libremente y nada la podía detener porque era equidistante a todo, tenía forma

redonda y era hueca como una columna, así unos nos encontramos en una cara

de la tierra mientras los demás están en la otra. También descubrió la teoría de

los eclipses lunar y solar.

Con todas sus carencias y deficiencias, estas ideas representaban una

concepción audaz de la naturaleza y el universo, sorprendente y original, más

cerca de la realidad que el ciego misticismo de la Edad Media, un período en el

que de nuevo, el pensamiento humano caería aprisionado bajo el dogma

religioso. Estos importantes avances no fueron sólo resultado de sus conjeturas,

fueron también consecuencia del pensamiento, la investigación y la

experimentación minuciosa. Dos mil años antes que Darwin, Anaximandro se

adelantó a la teoría de la evolución gracias a sus sorprendentes descubrimientos

en biología marina. El historiador A. E. Burn cree que esto no fue accidental,

sino el resultado de la investigación científica. “Hicieron observaciones de

embriones y también de fósiles, como hicieron algunos de sus sucesores,

aunque no podemos afirmarlo con certeza”. (A. R. Burn, The Pelican History of

Greece).

Anaximandro revolucionó el pensamiento humano. En lugar de limitarse

a una forma concreta de la materia se ocupó del concepto de materia en general,

como si se tratara de un concepto filosófico. Esta sustancia universal es eterna e

infinita que se encuentra en constante evolución y cambio. Toda la miríada de

formas de seres distintos que percibimos a través de nuestros sentidos, son

diferentes expresiones de la misma sustancia básica. Esta idea era tan insólita

que para muchos resultaba incomprensible. Plutarco se quejó de que

Anaximandro no concretó si uno de los elementos de su infinito era agua, tierra,

aire o fuego. Pero precisamente este carácter de la teoría fue lo que hizo época.

 

Anaxímenes

 

El último del gran trío de materialistas jonios fue Anaxímenes (585-528 a.

C.). Se dice que nació cuando Tales “florecía” y “floreció” cuando Tales moría.

Más joven que Anaximandro, a diferencia de este último e igual que Tales,

tomó un solo elemento el aire como la sustancia absoluta, de la que todo

procedía y a la que todo se reducía. El uso de la palabra “aire” (aer) por

Anaxímenes, difiere sustancialmente del uso moderno de la palabra.

Anaxímenes incluía el vapor, la bruma e incluso la oscuridad. Muchos

traductores prefieren utilizar la palabra “bruma”.

A primera vista esta idea podría parecer un paso atrás en comparación con

la concepción general de la materia propuesta por Anaximandro, pero su visión

de la materia dio un paso adelante más.

Anaxímenes intentó demostrar que el “aire” era la sustancia universal que

se transformaba mediante un proceso al que denominó enrarificación o

condensación. Cuando el aire se enrarece se convierte en fuego y cuando se

condensa se convierte en viento. Una nueva condensación producirá las nubes,

la tierra y las piedras. Si comparamos su concepción del universo con la de

Anaximandro, ésta es inferior (por ejemplo pensaba que el mundo tenía forma

de tabla), sin embargo su filosofía representaba un paso adelante por que

intentaba ir más allá de la afirmación general de la naturaleza de la materia.

Intentó dar una determinación más precisa, no sólo cualitativa, también

cuantitativamente, a través del proceso de enrarificación y condensación:

“Observad esta sucesión de pensadores, con su lógica, el aluvión de

ideas, el poder de abstracción, la forma en que se enfrentan a los

problemas. Cuando Tales redujo las distintas apariencias de las cosas a un

Primer Principio, fue un gran paso adelante en el pensamiento humano.

Otro gran avance fue la elección de Anaximandro, no eligió como Primer

Principio una forma visible como el agua, eligió un concepto: lo

Indeterminado. Pero esta teoría no satisfacía a Anaxímenes. Anaximandro

para explicar la forma en que emergían todas las cosas a partir de lo

Indeterminado, utilizó una sencilla metáfora. Se trataba de un proceso de

‘clasificación’. Anaxímenes creía que era necesario algo más y fue más allá

con las ideas complementarias de enrarificación y condensación, porque

éstas podían explicar la transformación de los cambios cuantitativos en

cambios cualitativos”. (B. Farrington, op. cit. p. 39).

Debido al nivel tecnológico de la época era imposible para Anaxímenes

caracterizar con más precisión el fenómeno en cuestión. Es fácil señalar ahora

los fallos e incluso los puntos absurdos de sus ideas, pero hacerlo sería un error.

No se puede culpar a los primeros filósofos griegos de no esbozar con más

detalle el mundo, para ello hubo que esperar dos mil años y todo gracias al

avance económico, tecnológico y científico. Estos grandes pioneros del

pensamiento humano prestaron un servicio inestimable a la humanidad, la

permitieron escapar de las antiguas costumbres de la superstición religiosa y de

esta forma, crear las bases sin las que habría sido impensable todo el avance

científico y cultural de la humanidad.

La visión general del universo y la naturaleza, elaborada por estos grandes

y revolucionarios pensadores, en muchos aspectos se acercaban a la realidad. El

problema residía en que debido al nivel de desarrollo de la producción y la

tecnología, no tenían los medios necesarios para demostrar sus hipótesis y

dotarlas de una base sólida. Se adelantaron a muchas cosas que sólo la pudo

demostrar la ciencia moderna, porque requerían un mayor desarrollo de la

ciencia y la técnica. Para Anaxímenes el “aire”, es sólo la taquigrafía de la

materia, su forma más simple y básica. Como señala Erwin Schrsdinger, uno de

los fundadores de la física moderna: “El dijo que había conseguido disociar el

gas hidrógeno y no estaría muy alejado de nuestra visión actual”. (A. R. Burn,

p. 131).

Los primeros filósofos jonios de la naturaleza con total seguridad llegaron

tan lejos como pudieron en su explicación del funcionamiento de la naturaleza,

y lo hicieron a través de la razón especulativa. Hicieron grandes

generalizaciones, encaminadas en la dirección correcta. Pero para seguir

avanzando era necesario examinar las cosas con mas detalle, analizar la

naturaleza trozo a trozo. Aristóteles y los pensadores griegos alejandrinos lo

hicieron más tarde. Una parte importante de su tarea fue considerar la

naturaleza desde un punto de vista cuantitativo, y aquí, los filósofos Pitagóricos

jugaron sin duda un papel decisivo.

Anaxímenes ya se había encaminado en esta dirección, intentó explicar la

relación entre los cambios de cantidad a calidad en el seno de la naturaleza

(enrarificación y condensación). Pero este método ya había alcanzado y agotado

sus límites:

“El triunfo de la escuela Jónica original consistió en que llegó a trazar

un cuadro de cómo había llegado a existir el universo y, de su

funcionamiento, sin la intervención de los dioses o el destino. Su debilidad

básica fue su vaguedad y carácter puramente descriptivo y cualitativo. No

podía conducir por sí mismo a ninguna parte ni podía hacerse con él nada

concreto. Para ello era necesario la introducción del número y la

cantidad”. (J. D. Bernal. Historia Social de la Ciencia. Barcelona. Ediciones

península, 1989. p. 149).

 

Del materialismo al idealismo

 

El período de auge de la antigua filosofía griega se caracterizó por una

profunda crisis en la sociedad, y se destacó por el cuestionamiento general de

las antiguas creencias, incluida la religión. La crisis de las creencias religiosas

provocó el auge de las tendencias ateas, y el surgimiento de un punto de vista

genuinamente científico basado en el materialismo. Sin embargo, como siempre

ocurre en la sociedad, el proceso tuvo un carácter contradictorio. Junto a las

tendencias racionalistas y científicas coexistía la tendencia contraria, una

tendencia hacia el misticismo y la irracionalidad. En los tiempos de crisis de la

sociedad romana ocurrió un fenómeno similar, durante el último período de la

República se diseminaron rápidamente las religiones orientales, y una entre

muchas fue el cristianismo.

Las masas de campesinos y esclavos vivían tiempos de crisis social y los

dioses del Olimpo parecían algo lejanos. Esta era una religión para las clases

superiores. En la otra vida no existía perspectiva de una recompensa futura al

sufrimiento terrenal. El inframundo griego era un lugar triste, habitado por

almas muertas. Los nuevos cultos, con su mimético baile y su canción coral (el

origen real de la tragedia griega), sus misterios (el verbo “myo” significaba

mantener la boca cerrada), la promesa de vida después de la muerte, todo esto

era más atractivo para las masas. El culto a Dionisio era muy popular, era el

dios del vino (Baco para los romanos) y su culto incluía orgías de bebida,

evidentemente resultaba más atractivo que los antiguos dioses de Olimpia.

Como ocurrió en el período de declive del Imperio Romano, y como

ocurre en el período actual de declive capitalista, se extendieron todo tipo de

cultos misteriosos, mezclados con los nuevos ritos exóticos importados de

Tracia, Asia Menor y probablemente de Egipto. El culto a Orfeo adquirió

bastante importancia, era un culto más sofisticado que Dionisio, con muchos

puntos en común con el movimiento pitagórico, ambos creían en la

transmigración de las almas. Tenían ritos de purificación, incluyendo el ayuno

excepto para propósitos sacramentales. Su visión del hombre era dualista: “el

desdoblamiento del cuerpo y del alma”, creían que el hombre se dividía en

cielo y tierra.

Estas ideas eran tan similares a las doctrinas pitagóricas que algunos

autores como Bury, mantienen que los pitagóricos en realidad eran una rama

del movimiento órfico. Sin duda es una exageración. A pesar de sus elementos

místicos, la escuela pitagórica contribuyó de manera importante al desarrollo

del pensamiento humano, en especial a las matemáticas. No se puede descartar

que fueran una secta religiosa, sin embargo, es imposible oponerse a la

conclusión de que las concepciones idealistas del pitagorismo no son sólo eco

de una perspectiva religiosa del mundo, sino que son consecuencia de ella.

Bertrand Russell esboza el desarrollo del idealismo y respalda el misticismo de

la religión órfica.

“El pitagorismo fue un movimiento de reforma dentro del orfismo, el

orfismo a su vez, una reforma de la adoración a Dionisio. Los elementos

órficos de Pitágoras entraron en la filosofía de Platón, y después de Platón

entraron en la filosofía con un grado religioso”. (B. Russell. Op. Cit.).

La división entre el trabajo mental y manual alcanza su extrema expresión

con la extensión de la esclavitud. Este fenómeno estaba relacionado

directamente con la expansión del orfismo. La esclavitud es una forma extrema

de alienación, bajo el capitalismo, el trabajador “libre” se aliena de su fuerza de

trabajo, y ante él existía una fuerza separada y hostil el Capital. Sin

embargo, en la esclavitud el esclavo pierde su propia existencia como ser

humano. No es nada, no es persona, sólo una “herramienta sin voz”. El

producto de su trabajo, cuerpo, mente y alma son propiedad de otro que

dispone de él sin tener en cuenta sus deseos. Los deseos insatisfechos del

esclavo, su extrema alienación del mundo y de él mismo, hacen que aparezca

un sentimiento de rechazo hacia el mundo y todos sus mecanismos. El mundo

material es malo. La vida es un valle de lágrimas, la felicidad y la liberación del

duro trabajo sólo se encuentran en la muerte. El alma se libera de su prisión

corporal y se libera.

En todos los períodos de declive social, los hombres y las mujeres tienen

dos opciones: se enfrentan a la realidad y luchan por transformarla o aceptan

que no hay salida y se resignan ante su destino. Estas dos perspectivas

contrapuestas son el reflejo inevitable de dos filosofías antagónicas: el

materialismo y el idealismo. Si deseamos cambiar el mundo, es necesario

comprenderlo. Debemos mirar a la realidad, el alegre optimismo de los

primeros materialistas griegos era característico de esta visión del mundo.

Primero querían conocer para después transformarlo todo. La ruptura del viejo

orden, el surgimiento de la esclavitud y un sentido general de inseguridad

llevaron al pesimismo y la introversión. Ante la ausencia de una alternativa

clara, ganó terreno la tendencia a buscar una salida fuera de la realidad y a

buscar la salvación individual en el misticismo. Las clases más bajas fijaron la

vista en los cultos misteriosos, Demeter, dios del trigo, Dionisio, dios del vino, y

más tarde el culto a Orfeo. Las clases superiores tampoco eran inmunes a los

problemas de la época. Eran períodos agitados, las ciudades prósperas se

podían ver reducidas a cenizas de la noche a la mañana y sus ciudadanos

asesinados o vendidos como esclavos.

La ciudad de Síbaris era una poderosa rival comercial de Crotona y era

reconocida por su lujo y abundancia. Las clases más altas poseían tanta riqueza

que se narraban todo tipo grandes historias sobre el estilo de vida de los

“sibaritas”. Un ejemplo típico era aquel joven sibarita que al acostarse se quejó

por que un pétalo de rosa le arrugaba la cama. Se decía que conducían el vino

desde el muelle a través de cañerías. Dejando a un lado el elemento de

exageración, está claro que era una ciudad muy próspera donde los ricos vivían

una vida de gran lujo. Sin embargo, el aumento de las desigualdades sociales

provocó una feroz lucha de clases.

Fue un período en el que se intensificó enormemente la división del

trabajo, acompañada por el rápido crecimiento de la esclavitud y el abismo cada

vez mayor entre ricos y pobres. Los barrios industriales y residenciales estaban

separados. Pero los altos muros y los guardas no salvaron a los ricos

ciudadanos de Síbaris. Como en otras ciudades-estado, estalló una revolución,

el “tirano” Telys, llegó al poder con el apoyo de las masas. Esto daría a Crotona

la excusa para declarar la guerra a su rival, en un momento en que ésta se

encontraba debilitada por las divisiones internas, después de setenta días de

campañas la ciudad cayó en sus manos. “La destruyeron totalmente, cambiando

el curso del río, mientras los supervivientes se dispersaban, en su mayor parte

hacia la costa oriental. La barbarie de esta guerra es más fácil comprenderla

cuando se ve como una guerra de clases”. (A. R. Burn. Op. cit.).

Es en este contexto, donde debemos situar el ascenso de la escuela

pitagórica de filosofía. Como en el período de declive del Imperio Romano, un

sector de la clase dominante era presa de un sentimiento de ansiedad, temor y

perplejidad. Los antiguos dioses no ofrecían consuelo o esperanza de

distribución, tanto al rico como al pobre. Incluso las cosas buenas de la vida

perdían parte de su atractivo para los hombres y mujeres que se veían sentados

al borde del abismo. En estas condiciones de inseguridad general, donde los

estados más fuertes y prósperos podían caer derrocados en un breve espacio de

tiempo, las doctrinas de Pitágoras sintonizaron con un sector de la clase

dominante, a pesar de su carácter ascético o quizá debido al mismo. La

naturaleza esotérica o intelectual de este movimiento no tenía atractivo para las

masas que seguían ampliamente el culto Orfico.

 

La escuela de Pitágoras

 

Es más acertado hablar de la escuela antes que de su fundador, por que es

difícil desenmarañar la filosofía de Pitágoras de los mitos y oscurantismo de sus

seguidores. No han perdurado fragmentos escritos por él, incluso se duda de la

propia existencia de Pitágoras. A pesar de todo su escuela caló profundamente

en el pensamiento griego.

Se dice que Pitágoras era originario de la isla de Samos, una próspera

potencia comercial similar a Miletos. Polícrates, su dictador local (“tirano”),

derrocó a la aristocracia agrícola y gobernaba con el apoyo de la clase comercial.

El historiador Herodotos decía de él que robaba indiscriminadamente a todos

los hombres y que sus amigos le estaban muy agradecido si les devolvía la

propiedad que les había robado. Parece ser que en su juventud Pitágoras trabajó

como un Ohilo-Sophos (amante de la sabiduría) bajo el mecenazgo de

Polícrates. Viajó a Egipto, donde parece ser se inició en una casta sacerdotal

egipcia. En el año 530 a. C., huyó a Crotona, en el sur de Italia, para escapar de

la lucha civil y la amenaza de los persas en Jonia.

La exuberancia del mito y la fábula hacen casi imposible decir con certeza

algo sobre el hombre. Su escuela fue una extraordinaria mezcla de investigación

matemática y científica, y de secta religioso-monástica. La comunidad se regía

con normas monásticas, con estrictas reglas que incluían entre otras cosas no

comer alubias; no recoger lo que se había caído; no remover el fuego con hierro;

no pasar sobre un travesaño, etc., La meta era escapar del mundo, buscar la

salvación en una vida pacífica dedicada a la contemplación basada en las

matemáticas, a éstas últimas los pitagóricos las atribuían cualidades místicas.

Probablemente tuviesen influencias orientales ya que los pitagóricos también

creían en la transmigración de las almas.

En contraste con la alegre mundanería de los materialistas jonios, en los

pitagóricos encontramos todos los elementos de la visión idealista del mundo

que posteriormente desarrolló Platón, posteriormente apropiada por la

Cristiandad y que paralizó durante muchos siglos el desarrollo del espíritu de

investigación científica. El espíritu de esta ideología lo expresa acertadamente

B. Russell:

“Somos extraños en este mundo, el cuerpo es la tumba del alma, y

sin embargo, no debemos intentar escaparnos por el suicidio: porque

somos rebaño de Dios que es nuestro pastor, y sin su mandato no tenemos

derecho a desaparecer. En esta vida, hay tres clases de hombres, lo mismo

que hay tres clases de personas que van a los Juegos Olímpicos. La más

baja es la que va a comprar y vender, la segunda la que va a tomar parte

de la competencia. Pero los mejores son los que solamente van a

contemplar. La mas grande purificación es por tanto la ciencia

desinteresada, y el hombre que se dedica a ella, el verdadero filósofo, el

que se libera más eficazmente de la “rueda del nacimiento”. (Russell, op.

Cit. P. 70).

Esta filosofía, con sus fuertes tonos elitistas y monásticos, tuvo mucho

influencia entre las clases ricas de Crotona, aunque no renunciaron a comer

alubias u otras cosas. El hilo común es la separación radical del alma y el

cuerpo. Esta idea hunde sus raíces en una concepción prehistórica del lugar que

ocupa el hombre en la naturaleza, y a lo largo de la historia ha presentado

diferentes formas. Volvió a resurgir en uno los tratados hipocráticos:

“Cuando el cuerpo está despierto, el alma no es su propia señora,

sino que sirve al cuerpo, su atención se divide entre los diferentes sentidos

corporales, ‘vista, oído, tacto, despertar y todas las acciones corporales’,

que privan a la mente de su independencia. Pero cuando el cuerpo está en

reposo, el alma despierta, se agita y mantiene su propia casa y realiza por

sí misma todas las actividades del cuerpo. En el sueño, el cuerpo no siente,

pero el alma despierta sabe todo, ve lo que tiene que ser visto, oye lo que

tiene que ser oído, anda, toca, se aflige, recuerda, en una palabra, todas las

funciones del cuerpo y del alma, del mismo modo que el alma las

interpreta en el sueño. Por lo tanto, aquel que sabe interpretarlo es muy

sabio”.

En contraste con los filósofos materialistas jonios que volvieron la espalda,

deliberadamente, a la religión y la mitología, los pitagóricos tomaron la idea del

misterioso culto órfico, éste creía que el alma podría liberarse del cuerpo a

través del “éxtasis” (la palabra ektasis significa “apartarse”). Sólo cuando el

alma deja la prisión corporal puede expresar su verdadera naturaleza. La

muerte era vida y la vida era muerte. Desde su principio el idealismo filosófico,

junto con su gemela, la religión, representó una retroversión de la verdadera

relación entre el pensamiento y el ser, el hombre y la naturaleza, las personas y

las cosas, retroversión que ha persistido hasta la actualidad, de una forma u

otra, con resultados muy perniciosos.

 

La doctrina pitagórica

 

A pesar de su carácter místico, la doctrina pitagórica supone un paso

adelante en el desarrollo de la filosofía. No nos debe extrañar. En la evolución

del pensamiento humano hay muchos ejemplos de la búsqueda de metas

irracionales y acientíficas que han hecho avanzar la causa de la ciencia. Durante

siglos los alquimistas se esforzaron, infructuosamente, en descubrir la “piedra

filosofal”. Esta busqueda terminó en fracaso, sin embargo, en este proceso

consiguieron hacer descubrimientos muy importantes, sobre todo en el terreno

de la experimentación, sentarían las bases para el posterior desarrollo de la

ciencia moderna y, en especial, la química.

La tendencia filosófica jonia estuvo caracterizada por el intento de

generalizar a partir de la experiencia del mundo real. Pitágoras y sus seguidores

intentaron comprender la naturaleza de las cosas a través de un camino

diferente. Schwegler lo relata de la siguiente forma:

“Nos encontramos ante la misma abstracción, pero a un nivel

superior, cuando se aparta la mirada de la concreción sensorial de la

materia; cuando la atención ya no está en el aspecto cualitativo de la

materia, como el agua, aire, etc., sino en su medida y relaciones

cuantitativas; cuando la reflexión no se dirige a lo material, sino la forma y

el orden que ocupan las cosas en el espacio”. (Schwegler, History of

Philosophy. P. 11).

El progreso del pensamiento humano está estrechamente ligado a la

capacidad de hacer abstracciones de la realidad, a la capacidad de extraer

conclusiones a partir de una multitud de detalles. La realidad tiene muchas

caras, y por tanto es posible interpretarla de muchas formas diferentes,

reflejando éste o aquél elemento de la verdad. En la historia de la filosofía

hemos visto con mucha frecuencia a grandes pensadores que se han aferrado a

un solo aspecto de la realidad, lo han elevado al rango de verdad absoluta y

final y sólo consigue desaparecer con la siguiente generación de pensadores,

quienes a su vez repiten el mismo proceso. Sin embargo, el auge o declive de las

grandes escuelas filosóficas y teorías científicas representa el desarrollo y

enriquecimiento del pensamiento humano a través de un proceso interminable

de aproximaciones sucesivas.

Los pitagóricos se acercaban al mundo desde el punto de vista del número

y de las relaciones cuantitativas. Para Pitágoras “todas las cosas son números”.

Esta idea estaba ligada a la búsqueda de la armonía subyacente del universo.

Creían que el número era el elemento a través del cual se desarrollaban todas

las cosas. A pesar del elemento místico, lograron descubrimientos importantes

que estimularon el desarrollo de las matemáticas, y en especial, el desarrollo de

la geometría. Inventaron el término impar, los números impares podían incluso

ser masculinos y femeninos. Las mujeres no eran admitidas en la comunidad,

debido a la naturaleza de los números impares les confirieron un carácter

divino e incluso existían número ¡terrenales! De los pitagóricos también

proceden el cuadrado y el cubo de los números, descubrieron la progresión

armónica de la escala musical, el largo de una cuerda y el tono de su nota

vibrante.

Los pitagóricos no pusieron en práctica sus ideas, sólo estaban interesados

en lo puramente geométrico, abstracto y místico. Aún así, tuvieron una gran

influencia en el pensamiento filosófico posterior. La mística de las matemáticas

es similar a una materia esotérica, inaccesible para los mortales corrientes, y ha

perdurado hasta nuestros días. Se transmitió a través de la filosofía de Platón,

quien a la entrada de su escuela puso la siguiente inscripción: “Nadie que

ignore la geometría puede entrar aquí”.

“’La cosmología de los Pitagóricos’, escribe el profesor Farrington, ‘es

muy curiosa e importante. Al contrario que los jonios, trataron de describir

el universo en términos del comportamiento de determinados elementos

materiales y procesos físicos. Lo describieron casi exclusivamente en

términos numéricos. Los números constituían la parte fundamental de la

que estaba compuesta su mundo. Llamaron al punto Uno, a la línea Dos, a

la superficie Tres y al sólido Cuatro, según el número mínimo de puntos

necesario para definir cada una de estas dimensiones”.

“Incluso en las matemáticas es muy evidente el elemento místico. Los

pitagóricos relacionaban la inmortalidad del alma con las eternas formas

de los números, atribuyéndole particularmente al número 10 = 1 + 2 + 3 +

4. El universo, según ellos, está hecho solamente de números. Esta forma

de idealismo extremado se relaciona con la magia cabalística de los

números, invocada todavía en la trinidad, los cuatro evangelistas, los siete

pecados capitales y el número de la bestia apocalíptica. También está

patente en la moderna física matemática cuando sus adeptos intentan

hacer de Dios el matemático supremo” (J. D. Bernal, Op. Cit.pág. 151).

La historia de la ciencia se caracteriza por un feroz partidismo que a veces

raya el fanatismo, en muchas ocasiones se ha visto en la defensa de escuelas de

pensamiento, a las que se presentan como portadoras de la verdad absoluta y la

cima del conocimiento humano hasta ese momento. Sólo el desarrollo de la

propia ciencia puede revelar las limitaciones y contradicciones internas de una

teoría determinada, negada después por su contraria, a su vez negada otra vez,

y así en una sucesión infinita. Este proceso es precisamente la dialéctica de la

historia de la ciencia, que durante siglos caminó al unísono con la historia de la

filosofía, y al principio, en la práctica, a penas se diferenciaban.

 

Todas las cosas son números

 

El desarrollo del aspecto cuantitativo de la investigación natural tuvo sin

duda una importancia crucial. Sin él, la ciencia habría seguido hundida en

meras generalidades y no habría podido avanzar más. Cada vez que consigue

dar un paso adelante aparece una tendencia inevitable a lanzar proclamas

exageradas en nombre de ella. Sobre todo allí donde la ciencia aún se

entremezclaba con la religión.

Los pitagóricos veían en el número “relaciones cuantitativas” y la esencia

de todas las cosas. “Todas las cosas son números”. Es verdad que es posible

explicar muchos fenómenos naturales en términos matemáticos. Pero incluso

los modelos matemáticos más avanzados son sólo aproximaciones al mundo

real. Ya hace tiempo que es evidente la insuficiencia de este tipo de

aproximación cuantitativa. Hegel era un idealista convencido y un matemático

formidable, por lo tanto, se podría haber esperado de él entusiasmo hacia la

escuela pitagórica, pero ocurrió todo lo contrario. Hegel despreciaba el hecho

de reducir el mundo a simples relaciones cuantitativas.

Desde los tiempos de Pitágoras se han hecho las afirmaciones más

extravagantes en nombre de las matemáticas, se las presentan como la reina de

las ciencias, la llave mágica que abre todas las puertas del universo. Liberadas

de todo contacto con la tosca realidad material, las matemáticas parece que se

elevaran a los cielos y allí adquirieran una existencia cuasi divina, sin obedecer

a ninguna regla, salvo a sí mismas. El gran matemático Henri Poincar, en los

primeros años de este siglo, decía que las leyes de la ciencia no guardaban

relación con el mundo real, que representaban convenciones arbitrarias

destinadas a describir un fenómeno determinado de la forma más conveniente

y “útil”. Ahora muchos físicos afirman abiertamente que la validez de sus

modelos matemáticos no dependen de la verificación empírica, sino de las

cualidades estéticas de sus ecuaciones.

Las teorías matemáticas, por un lado, fueron fuente de tremendos avances

científicos y por otro, origen de numerosos errores y malinterpretaciones que

han tenido, y tienen, consecuencias profundamente negativas. El error

fundamental es intentar reducir el funcionamiento complejo, dinámico y

contradictorio de la naturaleza a algo estático, a simples y ordenadas fórmulas

cuantitativas. Empezando por los pitagóricos, se presenta a la naturaleza de

una manera formalista, como un punto unidimensional que se convierte en

línea, que se convierte en un plano, un cubo, una esfera, etc. A simple vista, el

mundo de las matemáticas puras es un pensamiento absoluto, sin ningún

contacto con las cosas materiales. Pero como señaló Engels, esta presunción está

muy alejada de la realidad. Utilizamos el sistema decimal, no por una

deducción lógica o por la “libre voluntad”, sino porque tenemos diez dedos. La

palabra “digital” proviene de la palabra latina que designa a los dedos. Hoy en

día, un escolar contará en secreto con sus dedos materiales por debajo del

pupitre, antes de llegar a la respuesta de un problema matemático abstracto. El

niño inconscientemente refleja la forma en que los primeros humanos

aprendieron a contar.

Los orígenes materiales de las abstracciones matemáticas no eran un

secreto para Aristóteles:

“Los matemáticos investigan abstracciones. Eliminan todas las

cualidades razonables como el peso, la densidad, la temperatura, etc.,

dejan sólo las cualidades cuantitativas (una, dos ó tres dimensiones) y sus

atributos esenciales (...) Los objetos matemáticos no pueden existir aparte

de las cosas sensibles (por ejemplo lo material) (...). No tenemos

experiencia de nada que consista en líneas, planos o puntos, y deberíamos

tenerlas si estas cosas fueran sustancias materiales, líneas, etc., Podría ser

importante una definición para el cuerpo, pero no tan importante como

para la sustancia”. (Aristóteles. Metafísica. Madrid. Espasa Calpe. 1979. p.

120-251-253)

El desarrollo de las matemáticas es el resultado de las propias necesidades

materiales humanas. El primer hombre al principio tenía sólo diez números,

precisamente porque contaba, como lo hace un niño pequeño con sus dedos. La

excepción fueron los mayas de América Central que tenían un sistema

numérico basado en el veinte y no en en el diez, con toda probabilidad esto se

debía a que contaban con los dedos del pie y la mano. El primer hombre, vivía

en una sociedad cazadora y recolectora, sin dinero o propiedad privada, no

tenía necesidad de grandes números. Para expresar un número mayor que diez,

simplemente combinaba algunos de los diez sonidos relacionados con sus

dedos. De esta forma, uno más que diez es expresado por “uno-diez”,

(undécimo en Latín o ein-lifon en teutónico), se convierte en once en el inglés

moderno. Los demás números son sólo combinaciones de los diez sonidos

originales, con la excepción de cinco añadidos:cien, mil, millón, billón y trillón.

El gran filósofo materialista inglés del siglo XVII, Thomas Hobbes,

comprendió el auténtico origen de los números: “Hubo un tiempo en que no se

utilizaban los nombres de los números, y los hombres utilizaban los dedos de

una o de ambas manos para contar aquellas cosas de las que deseaban llevar la

cuenta, ahora en cualquier país nuestras palabras numerales son diez y en

algunos cinco”. (Hobbes. Del ciudadano y Leviatán. Madrid. Editorial Tecnos.

1999. p. 14. ).

“Sólo porque el hombre primitivo inventó el mismo número de sonidos

numerales como dedos tenía su mano, hoy nuestra escala numeral es decimal,

es decir, una escala basada en diez, y que consiste en repeticiones interminables

de los primeros diez sonidos básicos numerales. Si los hombres hubieran tenido

doce dedos, en vez de diez, sin duda tendríamos hoy una escala numeral

dúodecimal, basada en el doce, y consistente en repeticiones interminables de

los doce sonidos numerales básicos”. (A. Hooper. Makers of Mathematics. p. 4-

5. En la edición inglesa). El sistema duodecimal tiene ciertas ventajas en

comparación con el decimal, ya que diez sólo puede ser dividido exactamente

entre dos y cinco, mientras el doce puede ser dividido exactamente entre dos,

tres, cuatro y seis.

Los números romanos son representaciones pictóricas de los dedos.

Probablemente el símbolo del cinco represente el hueco entre el pulgar y el

resto de los dedos. La palabra “cálculo” (de la que deriva “calcular”) significa

en latín, “guijarro”, está relacionada con el método de contar abalorios de

piedra en un ábaco. Estos y otros incontables ejemplos sirven para ilustrar que

las matemáticas no derivan de una operación de la mente humana, sino que es

el producto de un largo proceso de evolución social -tantear, observar y

experimentar-, que poco a poco se va separando como un cuerpo

independiente del conocimiento y adquiere un carácter abstracto.

Del mismo modo, nuestros sistemas actuales de peso y medida derivan de

objetos materiales. El origen de la unidad inglesa de medida, “pie”, es evidente,

igual que la palabra española “pulgada”, que significa un pulgar. El origen de

los símbolos matemáticos más básicos + y – no tienen nada que ver con las

matemáticas, eran los signos utilizados en la Edad Media por los comerciantes

para calcular el exceso o defecto de cantidades de mercancías en los almacenes.

La necesidad de construir viviendas para protegerse de los elementos

obligó al hombre primitivo a encontrar la manera mejor y más práctica de cortar

madera, y con ello el descubrimiento del ángulo recto y la escuadra de

carpintero. La necesidad de construir una casa a nivel del suelo llevó a la

invención de todo tipo de instrumentos de nivelado y que se han encontrado en

las tumbas egipcias y romanas, y que consistían en tres piezas de madera

unidas en un triángulo isósceles con una cuerda atada al vértice. Estas simples

herramientas fueron utilizadas en la construcción de las pirámides. Los

sacerdotes egipcios acumularon una gran cantidad de conocimiento derivado

de la práctica.

La palabra “geometría” delata también sus orígenes prácticos. Significa

“medida de la tierra”. La virtud de los griegos fue proporcionar una expresión

teórica a estos descubrimientos. Pero al presentar sus teoremas como un

producto puro de la deducción lógica, se engañaron a sí mismos y también a las

futuras generaciones.

Las matemáticas surgen de la realidad material, y si éste no fuera el caso

no tendrían aplicación. Incluso el famoso teorema de Pitágoras, conocido por

cualquier escolar, en el triángulo rectángulo, la suma de los cuadrados de los

dos catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa, este teorema fue puesto en

práctica por los egipcios.

Los pitagóricos rompieron con la tradición materialista jonia que

generalizaba a partir de la experiencia del mundo real, los pitagóricos

afirmaban que las más altas verdades de las matemáticas no podían derivar del

mundo de la experiencia sensorial, sino sólo del trabajo de la razón pura, a

través de la deducción. Empezando por ciertos puntos fundamentales, que hay

que tomarlos por verdad, el filósofo razonaba a través de una serie de etapas

lógicas hasta llegar a una conclusión, utilizando sólo hechos que están de

acuerdo con los primeros principios, o que se deriven de ellos. Esto era

conocido como razonamiento a priori, de la frase latina que significa: “lo que

viene primero”.

Utilizando la deducción y el razonamiento a priori, los pitagóricos

intentaron establecer un modelo de universo basado en las formas perfectas y

gobernado por la armonía divina. El problema es que las formas del mundo real

son cualquier cosa menos perfectas. Por ejemplo, pensaban que los cuerpos

celestiales eran esferas perfectas que se movían en círculos perfectos. Esto fue

un avance revolucionario para su tiempo, pero ninguna de estas afirmaciones

era correcta. El intento de imponer una armonía perfecta al universo, y de esta

forma liberarlo de la contradicción, colapsó incluso en términos matemáticos.

Las contradicciones internas comenzaron a salir a la superficie y llevaron la

escuela pitagórica a la crisis.

A mediados del siglo V, Hipio de Metapontum, descubrió que las

relaciones cuantitativas entre el lado y la diagonal de figuras simples, como el

cuadrado y el pentágono regular no se podían medir, es decir, no se pueden

expresar como una razón de un número, no importa lo grande que sea. La raíz

cuadrada de dos no se puede expresar en ningún número. Es lo que los

matemáticos llaman número irracional. Este descubrimiento hundió la teoría en

la confusión. Hiterto, el pitagórico, pensaba que el mundo estaba construido

por puntos con magnitud. Aunque no era posible decir de cuantos puntos

constaba una línea determinada, si suponía que era un número finito. Ahora

bien, si la diagonal y el lado son inconmensurables, entonces las líneas son

divisibles infinitamente y los pequeños puntos de los que está formado el

universo no existen.

Desde este momento, la escuela pitagórica entró en declive. Se dividió en

dos facciones rivales, uno de las cuales se hundió en las especulaciones

matemáticas más oscuras, la otra intentó superar la contradicción mediante

ingeniosas innovaciones matemáticas que establecieron las bases para el

desarrollo de las ciencias cuantitativas.

 

Capítulo II

 

Los primeros dialécticos

 

Hoy, más de cien años después de Darwin, en general, se acepta la idea de

que todo cambia. Pero no siempre fue así. La teoría de la evolución y de la

selección natural tuvo que librar una larga y amarga batalla contra los

defensores de la concepción bíblica, que sostenía que todas las especies fueron

creadas por Dios en siete días, y que éstas eran fijas e inmutables. Durante

muchos siglos la Iglesia dominó la ciencia e impuso la idea de que la tierra era

el centro del universo. Aquellos que no estaban de acuerdo eran quemados en

la hoguera.

Incluso hoy en día, la idea del cambio se entiende de una forma superficial

y parcial. Se interpreta la evolución como un cambio lento y gradual que

excluye los saltos repentinos. Se presupone que en la naturaleza no existen las

contradicciones y allí donde surgen, el pensamiento humano las atribuye a un

error subjetivo. Pero las contradicciones abundan en todos los niveles de la

naturaleza y conforman la base del movimiento y el cambio. Los primeros

pensadores sí comprendieron este proceso que ya se puede encontrar en la

filosofía budista. También es el eje central de la antigua noción china del ying y

el yang. En el siglo IV a. C, Hui Shih escribió las siguientes líneas:

“El cielo está al mismo nivel que la tierra; las montañas están al

mismo nivel que los pantanos.

El sol está exactamente en el mediodía; todas las criaturas están

moribundas”.

(G. Thomshon. The First Philosophers. P. 69).

Veamos también los siguientes fragmentos escritos por el fundador de la

filosofía dialéctica griega, Heráclito (544-484 a. C.):

“El fuego vive de la muerte del aire y el aire vive de la muerte del

fuego; El agua vive de la muerte de la tierra y la tierra vive de la muerte

del agua”.

Para nosotros es vivir y morir, dormir y despertar, ser joven y viejo; a

todo cambio le sucede otro”.

“Paramos y no pasamos el mismo río; estamos y no estamos”.

Con Heráclito las contradictorias afirmaciones de los filósofos jonios

adquieren una expresión dialéctica. “Aquí vemos tierra. No hay proposición de

Heráclito que no haya adoptado en mi Lógica” (Hegel. History of Philosophy.

Vol. I. p. 279. En la edición inglesa).

Pese a su importancia sólo han llegado a nosotros 130 fragmentos de la

filosofía de Heráclito, escritos además con un estilo aforístico bastante difíciles

de leer. A Heráclito se le conocía por “el oscuro”, debido a la oscuridad de sus

escritos. Parece que eligiera deliberadamente que su filosofía fuera inaccesible.

Sócrates comentó irónicamente: “en todo lo que comprendía era excelente, en lo

que no creía lo era igualmente, pero el libro requería un nadador resistente”.

(Schwegler, op. cit. p.20).

Engels, en el Anti-Dühring hace la siguiente apreciación de la perspectiva

dialéctica que tiene Heráclito del mundo:

“Cuando sometemos a la consideración del pensamiento la

naturaleza o la historia humana, o nuestra propia actividad espiritual, se

nos ofrece por de pronto la estampa de un infinito entrelazamiento de

conexiones e interacciones, en el cual nada permanece siendo lo que era, ni

como era ni donde era, sino que todo se mueve, se transforma, deviene y

perece. Esta concepción del mundo, primaria e ingenua, pero correcta en

cuanto a la causa, es la de la antigua filosofía griega, y ha sido claramente

formulada por vez primera por Heráclito: todo esto y no es, pues todo

fluye, se encuentra en constante modificación, sumido en constante

devenir y perecer” (Engels. Anti-Dühring; Barcelona. Editorial

Crítica.1977. p. 20).

Heráclito vivió en Efeso, en medio del violento siglo V a. C., un período de

guerra y lucha civil. Se sabe poco de su vida, excepto que procedía de una

familia aristocrática. La naturaleza del período en el que vivió se refleja en uno

de sus fragmentos: “La guerra es el padre de todo y el rey de todas las cosas; a

algunos ha hecho Dioses y a otros hombres; a algunos esclavos y a otros libres”.

(Los fragmentos que aquí se citan proceden de la edición Baywater,

reproducida en Early greek philosophers de Burnet). Heráclito aquí no hace

referencia a la guerra en la sociedad humana, sino al papel de la contradicción

interna en todos los niveles de la naturaleza, por eso la mejor traducción es

“lucha”. Según Heráclito “debemos darnos cuenta que la guerra es común a

todos, la lucha es justicia, que todas las cosas nacen y mueren a través de la

lucha”. Todas las cosas contienen la contradicción que impulsa su desarrollo.

Sin contradicción no existiría movimiento ni vida.

Heráclito fue el primero en plantear la unidad de contrarios. Los

pitagóricos elaboraron una tabla de diez antítesis:

1) Los finito y lo infinito

2) Lo impar y lo par

3) El uno y lo mucho

4) La derecha y la izquierda

5) Lo masculino y lo femenino

6) Lo móvil y lo inmóvil

7) Lo recto y lo tortuoso

8) Luz y oscuridad

9) Bueno y malo

10) El cuadrado y el paralelogramo

Estos conceptos son importantes pero los pitagóricos no los desarrollaron,

se conformaban con su simple enumeración. Los pitagóricos defendían la unión

de contrarios a través de un “significado” y así se eliminaba la contradicción,

buscaban el término medio. Para responder a la interpretación pitagórica

Heráclito utiliza una imagen aún más asombrosa y bella.

“El hombre no sabe lo que concuerda con sí mismo. Es una serie de

armoniosas tensiones contradictorias entre sí, como el arco y la lira. En la

contradicción se encuentra el fundamento de todo. El deseo de eliminar la

contradicción en realidad presupondría la eliminación de todo

movimiento y vida, por eso ‘Homero se equivocó al afirmar: ‘¡Si la lucha

entre dioses y hombres pereciera!’. No comprendía que estaba rezando

por la destrucción del universo; porque si se hubiera escuchado su rezo,

todas las cosas habrían perecido...”.

Estos pensamientos eran profundos pero chocaban con la experiencia

cotidiana y con el “sentido común”. ¿Cómo una cosa puede ser y no ser al

mismo tiempo? ¿Cómo puede una cosa vivir y morir al mismo tiempo?

Heráclito se burlaba de estos argumentos:

“De sabios es escuchar, no a mi, sino a mi Palabra, y confesar que

todas las cosas son una”... “Aunque esta Palabra es verdad eternamente,

todavía el hombre es incapaz de comprenderla cuando la escucha por

primera vez”... “Aunque todas las cosas llegan a pasar según esta palabra,

el hombre parece que no tuviera experiencia en ella, cuando hacen juicios

de palabras y escritura como yo hago, dividen cada cosa según su clase y

muestran fielmente lo que es”... “Pero otros hombres no saben lo que

hacen cuando despiertan y olvidan que estaban dormidos”... “Locos

cuando escuchan como los sordos; de ellos se dice son testigos por que

están ausentes cuando están presentes”... “Los ojos y los oídos son malos

testigos para los hombres si tienen almas que comprenden su lenguaje”...

¿Qué quieren decir estas palabras?. En griego palabra se dice “logos” y de

ella deriva la lógica. A pesar de su apariencia mística, el comentario de

Heráclito es un llamamiento a la objetividad racional. No me escuchen a mí,

dice Heráclito, sino a las leyes objetivas de la naturaleza que él describe. Este es

el significado esencial: Y “¿todas las cosas son una?”. En la historia de la

filosofía hay dos formas de interpretar la realidad: como una única sustancia

que se expresa de formas diferentes (monismo, de la palabra griega que

significa simple); o como dos sustancias totalmente diferentes, espíritu y

materia (conocido como dualismo). Los primeros filósofos griegos eran

materialistas monistas. Posteriormente, los pitagóricos adoptaron el dualismo,

que supuestamente se basaba en la existencia de un abismo insalvable entre la

mente (el espíritu) y la materia. Este es el sello de todo idealismo y hunde sus

raíces en las supersticiones primitivas de los salvajes que creían que durante el

sueño el alma abandonaba el cuerpo.

El pasaje de arriba es una polémica contra el dualismo filosófico de los

pitagóricos, Heráclito defendía la visión del antiguo monismo jonio existe

una unidad material subyacente a la naturaleza. El universo no se creó,

siempre ha existido, a través de un continuo proceso de flujo y cambio, a través

de él las cosas se transforman en su contrario, la causa se convierte en efecto y el

efecto en causa. La contradicción es la base de todo. Para alcanzar la verdad es

necesario ir más allá de las apariencias y tener en cuenta las tendencias

contradictorias internas de un fenómeno concreto y así poder comprender sus

fuerzas motrices internas.

La inteligencia común, por su parte, se conforma con la realidad que le

muestra el sentido de percepción y acepta los “hechos” sin más. Pero esta

percepción, en el mejor de los casos, es limitada y puede ser una fuente de

interminables errores. Por ejemplo, “para el ‘sentido común’ el mundo es plano

y el sol gira alrededor de la tierra. La verdadera naturaleza de las cosas no

siempre es evidente. Como señala Heráclito “a la naturaleza le gusta ocultarse”.

Para alcanzar la verdad es necesario saber como interpretar la información que

llega a nuestros sentidos. “Si no esperas lo inesperado no lo encontrarás”. “Los

que buscan oro para encontrar un poco tendrán que remover mucha arena”.

La filosofía de Heráclito se basa en la idea de que “todo fluye”. “No

puedes pasar dos veces el mismo río; sus aguas frescas están pasando siempre

ante tí”. Esta visión del universo era dinámica, todo lo contrario a la concepción

idealista y estática de los pitagóricos. Heráclito busca la sustancia material que

sustenta el universo, sigue los pasos de Tales y Anaxímenes y elige el elemento

más fugaz y esquivo, el fuego.

Para la mente común es difícil aceptar que todo se encuentra en un estado

de constante flujo, que no hay nada fijo y permanente, excepto, el movimiento y

el cambio. El pensamiento humano, en general, es innatamente conservador. El

deseo de asirse a algo sólido, concreto y seguro se encuentra arraigado en un

instinto profundo, similar al instinto de conservación. La esperanza de

encontrar una vida después de la muerte, la creencia en un alma inmortal, es

fruto del rechazo a creer que todas las cosas tienen un: “panda rhei” (todo

fluye). El hombre, tercamente, busca alcanzar la libertad negando las leyes de la

naturaleza, inventándose privilegios imaginarios. La verdadera libertad -como

explicó Hegel-, consiste en la comprensión correcta de estas leyes y actuar en

consecuencia. La gran aportación de Heráclito fue que por primera vez elaboró

una perspectiva dialéctica del mundo.

La filosofía de Heráclito, incluso en vida, fue recibida con gran

incredulidad y hostilidad. Heráclito cambió la concepción, no sólo de la religión

y de la tradición, también de la mentalidad y el “sentido común” que no ve más

allá de sus narices. En los 2.500 años siguientes, se ha intentado refutarla una y

otra vez:

“La ciencia como la filosofía, ha intentado evadirse de la doctrina del

flujo perpetuo, encontrando un substrato permanente en medio de los

fenómenos cambiantes. La química parecía cumplir este deseo. Se vio que

el fuego, aparentemente destructor, solamente transforma: los elementos

se combinan nuevamente, pero cada átomo que existía antes de la

combustión existe aún cuando el proceso se realiza. Por consiguiente, se

supuso que los átomos eran indestructibles y que todo cambio en el

mundo físico consiste meramente en una nueva disposición de elementos

persistentes. Esta idea predominó hasta que el descubrimiento de la

radiactividad hizo ver que los átomos podían desintegrarse.

Sin darse por vencidos, los físicos inventaron unidades nuevas, más

pequeñas, llamadas electrones y protones, de los cuales se componen los

átomos, y durante años se supuso que estas unidades poseían la

indestructibilidad antes atribuida a los átomos. Desgraciadamente, parecía

que los protones y electrones podían chocar y estallar, formando no una

sustancia nueva sino una onda de energía que se extiende por el universo

con la velocidad de la luz. La energía tenía que sustituir a la sustancia

respecto a la permanencia. Pero la energía distinta a la sustancia, no

representa el refinamiento de la noción vulgar de una cosa, es meramente

una característica de procesos físicos. Puede arbitrariamente identificarse

con el fuego de Heráclito, pero se trata de la acción de arder, no de la que

arde. “Lo que arde” ha desaparecido en la física moderna.

Pasando de lo pequeño a lo grande, la astronomía ya no admite que

se consideren los astros como duraderos. Los planetas proceden del Sol y

el Sol de una nebulosa. Ha durado y durará aún más, pero más pronto o

más tarde, probablemente dentro de un millón de millones de años,

estallará, destruyendo todos los planetas. Por lo menos así lo afirman los

astrónomos. Acaso, mientras se acerca el día fatal, encontrarán algún error

en sus cálculos”. (B. Russell. Op. Cit. p. 84-85)

 

Los eléatas

 

En la antigüedad se creía que la filosofía de Heráclito era una reacción

contra las ideas de Parménides (540-470 a. C.). Ahora la opinión predominante

es la contraria, la escuela eléata fue una reacción contra la filosofía de Heráclito.

Los eléatas intentaron refutar la idea de que “todo fluye” y afirmaron lo

contrario: nada cambia, el movimiento es sólo una ilusión. Estamos ante un

buen ejemplo del carácter dialéctico de la evolución del pensamiento humano y

de la historia de la filosofía en particular. Su desarrollo no sigue una línea recta,

se desarrolla a través de la contradicción, se propone una teoría y ésta a su vez

es negada por su contraria, hasta que de nuevo otra teoría la niega, y a veces, el

proceso regresa al punto de partida. Sin embargo, esta aparente regresión a las

viejas ideas no significa que el desarrollo intelectual sea un círculo cerrado.

Todo lo contrario, el proceso dialéctico nunca se repite de la misma forma, el

proceso científico de controversia, discusión y constante revisión de postulados,

a través de la observación y experimentación, ayudan a profundizar nuestra

comprensión y nos acercan a la verdad.

Elia (o Velia) era una colonia griega del sur de Italia fundada en el año 540

a. C. por emigrantes procedentes de la invasión persa de Jonia. Según la

tradición, la escuela eléata fue fundada por Xenófenes. Sin embargo, no está

clara su relación con la escuela, su contribución se vio eclipsada por sus más

destacados representantes, Parménides y Zenón (460 a. C.). Mientras que los

pitagóricos abstraían de la materia todas las cualidades excepto el número, los

eléatas dieron un paso más, llevaron el proceso a su extremo, establecieron una

concepción completamente abstracta del ser, lo despojaron de todas las

manifestaciones concretas, excepto su existencia desnuda. “Sólo es el ser; el no

ser (se convierte) no es”. Un ser puro, limitado, inmutable, sin características

distintivas, ésta es la esencia del pensamiento eléata.

Esta visión del universo está diseñada para eliminar todas las

contradicciones, toda la mutabilidad y todo el movimiento. Dentro de su marco

de referencia, es una filosofía consistente, sólo hay un problema, que entra

directamente en contradicción con toda la experiencia humana. Nada de esto

preocupó a Parménides. Si el entendimiento humano no puede comprender

esta idea, pues peor para el entendimiento humano. Zenón elaboró una famosa

serie de paradojas con la intención de demostrar la imposibilidad del

movimiento. Según la leyenda, Diógenes rebatió las ideas de Zenón

sencillamente andando por una habitación. Pero cuantas generaciones de

lógicos se han formado en las ideas de Zenón, ideas difíciles de resolver en

términos teóricos.

Hegel afirma que la intención real de Zenón no era negar la realidad del

movimiento, sino extraer la contradicción presente en el movimiento y la forma

en que se refleja en el pensamiento. En este sentido, paradójicamente, los eléatas

también eran filósofos dialécticos. Hegel intenta defender a Zenón de la crítica

de Aristóteles con las siguientes palabras:

“La cuestión no es que exista el movimiento; la existencia del

movimiento es sensorialmente tan cierta como que hay elefantes; Zenón

no niega el movimiento en este sentido. Zenón hace referencia a su

realidad. El movimiento, se considera incierto porque su concepción

supone una contradicción; lo que quiere decir es que no se puede predecir

el Ser verdadero” (Hegel. History of Philosophy. Vol. 1. p. 266. En la

edición inglesa).

Para contrarrestar el argumento de Zenón no basta demostrar la existencia

del movimiento como lo hizo Diógenes. Es necesario partir de sus premisas,

agotar el análisis del movimiento y llevarlo hasta sus últimas consecuencias,

hasta el punto en que se transforme en su contrario. Ese es el auténtico método

de razonamiento dialéctico, no basta con afirmar lo contrario y menos aún

recurrir a la caricatura. La realidad es que las paradojas de Zenón tienen bases

racionales y no se pueden resolver con el método de la lógica formal, sólo se

pueden resolver de una forma dialéctica.

 

“Aquiles el rápido”

 

Zenón “rechazaba” el movimiento. Decía que un cuerpo en movimiento

antes de alcanzar un punto concreto, debe primero haber recorrido la mitad de

la distancia. Y antes debería recorrer la mitad de esa mitad y así infinitamente.

De esta forma, cuando dos cuerpos están moviéndose en la misma dirección y

el de detrás se encuentra a una distancia fija del primero y se mueve a mayor

velocidad, se supone que este último superará al primero. Pero Zenón decía que

“el más rápido nunca podrá alcanzar al más lento”. Esta idea la expresó en la

famosa paradoja de ‘Aquiles el rápido’. Imaginemos una carrera entre Aquiles y

una tortuga. Supongamos que Aquiles puede correr diez veces más rápido que

la tortuga que lleva una ventaja de mil metros. En el tiempo que Aquiles recorre

mil metros, la tortuga se encontrará cien metros delante de Aquiles; cuando éste

haya recorrido otros cien metros, la tortuga estará un metro por delante; cuando

él haya cubierto esa distancia, la tortuga estará a una décima parte de un metro

por delante y así infinitamente.

Desde el punto de vista del sentido común cotidiano esto parece absurdo.

Es evidente que ¡Aquiles alcanzará a la tortuga! Aristóteles comentaba al

respecto que “esta prueba afirma la divisibilidad interminable, pero esto es

falso, el cuerpo rápido alcanzará al lento sí los límites establecidos lo permiten”.

Hegel cita estas palabras y comenta:

“Esta respuesta es correcta y contiene todo lo que se puede decir. En

esta representación hay dos períodos de tiempo y dos distancias,

separadas una de la otra: limitadas en relación la una a la otra” y después

añade: “cuando admitimos que ese tiempo y ese espacio están

relacionados uno con el otro como algo continuo, son dos, pero no dos

distintos sino idénticos”. (Hegel, op. Cit. p. 273).

Las paradojas de Zenón no demuestran que el movimiento sea una ilusión

o que Aquiles no alcance a la tortuga, pero sí revelan brillantemente los límites

del pensamiento conocido como lógica formal. El intento de eliminar toda la

contradicción de la realidad, como hicieron los eléatas, inevitablemente conduce

a esta clase de paradojas insolubles, o antimonio, como más tarde las denominó

Kant. Para demostrar que una línea no estaba formada por un número infinito

de puntos, Zenón decía que si esto fuera así, entonces Aquiles nunca alcanzaría

a la tortuga. Como explica Alfred Hooper:

“Esta paradoja todavía deja perplejo incluso a aquel que sabe que es

posible encontrar la suma de una serie infinita de números, con la

formación de una progresión geométrica con una razón menor a 1 y cuyos

términos se van haciendo más y más pequeños para “converger” en un

valor limitado”. (A. Hooper. Makers of Mathematics. P. 237. En la edición

inglesa).

Zenón descubrió una contradicción del pensamiento matemático y habría

que esperar aún dos mil años más para encontrar la solución. La contradicción

está relacionada con el uso del infinito. Desde Pitágoras al descubrimiento del

cálculo diferencial e integral en el siglo XVII, los matemáticos realizaron

grandes malabarismos para evitar el uso del concepto de infinito. Sólo el genial

Arquímedes se aproximó a la cuestión y lo evitó con la utilización de métodos

indirectos.

Los pitagóricos tropezaron con la raíz cuadrada de dos porque no podía

expresarse como un número perfecto. Inventaron formas ingeniosas para

realizar aproximaciones sucesivas. No importa lo lejos que llegue el proceso

porque nunca habrá una respuesta exacta. El resultado siempre es el camino

intermedio entre dos números. Según se va descendiendo en la lista, más cerca

se está del valor de la raíz cuadrada de dos. Pero este proceso de

aproximaciones sucesivas podría continuar indefinidamente, y no llegaríamos a

un resultado exacto que se pueda expresar como un número entero.

Los pitagóricos tuvieron que abandonar la concepción de una línea

formada por un número finito de puntos muy pequeños, y aceptaron la

existencia de una línea formada por un número infinito de puntos sin

dimensión. Parménides trató el tema desde una perspectiva diferente, propuso

que la línea era indivisible. Para demostrarlo Zenón intentó demostrar las

consecuencias absurdas que se derivan del concepto de divisibilidad infinita.

Siglos después, los matemáticos trabajaron con una idea más clara del infinito

-a partir de Kepler en el siglo XVII-, simplemente dejaron a un lado las

objeciones lógicas, utilizaron el infinito en sus cálculos y consiguieron

resultados extraordinarios.

Estas paradojas surgían cuando se trataba el problema de la continuidad.

Todos los intentos de resolver este problema a través de teoremas matemáticos,

como fue la teoría de series convergentes, sólo consiguieron crear nuevas

contradicciones. Al final, no se han podido refutar los argumentos de Zenón,

porque éstos se basan en una contradicción real que, desde el punto de vista de

la lógica formal, no se puede resolver. “Incluso los oscuros argumentos

presentados por Dedekind (1831-1916), Cantor (1845-1918) y Russell

(1872-1970) en su gran esfuerzo por resolver los problemas paradójicos del infinito

-guiados por nuestro concepto de “números”-, sólo han tenido como

resultado la creación de nuevas paradojas”. (Hooper, op.cit). El paso adelante

llegó en los siglos XVII y XVIII, cuando hombres como Kepler, Cavalieri, Pascal,

Wallis, Newton y Leibniz decidieron ignorar las numerosas dificultades

suscitadas por la lógica formal y se ocuparon de las cantidades infinitesimales.

Sin el uso del infinito la matemática moderna y la física, no existirían.

El problema esencial, el eje de las paradojas de Zenón, es la incapacidad de

la lógica formal de comprender el movimiento. La paradoja de Zenón de ‘la

flecha’, parte de la parábola trazada por una flecha en movimiento. En un cada

uno de los puntos concretos de su trayectoria, Zenón considera que la flecha

está quieta y por consiguiente se encuentra en reposo; pero la flecha llega a la

meta, por lo tanto sí está en movimiento. Pero una línea es formada por una

serie de puntos y en cada uno de estos puntos se encuentra la flecha, por lo

tanto el movimiento es una ilusión. Hegel dio la respuesta a esta paradoja.

La noción de movimiento necesariamente implica una contradicción. Si se

considera el movimiento de un cuerpo, por ejemplo la flecha de Zenón, desde

un punto a otro, una vez la flecha comienza a moverse ya no se encuentra en un

punto A, y al mismo tiempo, ya no se encuentra en el punto B. Entonces ¿donde

está? Afirmar que la flecha está “en el medio” es no decir nada, porque después

se encontrará en otro punto. “El movimiento implica estar y no estar en un

lugar y al mismo tiempo, estar en ambos lugares a la vez; es precisamente la

continuidad del espacio y el tiempo lo que en primer lugar permite la existencia

del movimiento”. (Hegel, op. Cit). Como acertadamente señaló Aristóteles:

“Esta idea surge del hecho de dar por sentado que el tiempo consiste en el

ahora; y por esta razón no se corresponden las conclusiones”. Pero, ¿qué es el

ahora? Si decimos que la flecha está “aquí”, “ahora” y se ha ido.

Engels escribe:

“El movimiento en sí es una contradicción: incluso un simple cambio

mecánico de lugar sólo se puede suceder gracias a que un cuerpo está

tanto en un lugar como en otro y al mismo tiempo, estar y no estar en el

mismo lugar. Y precisamente el movimiento es la continua afirmación y la

solución simultánea de esta contradicción”. (Engels. Ibíd.)

 

Los primeros atomistas

 

Anaxágoras de Clazomenios, nació en el 500 a. C. en Asia Menor, en el

período de las guerras con los medos y el auge de Atenas al mando de Pericles.

Anaxágoras se trasladó a Atenas, allí fue contemporáneo de Esquilos, Sofocles,

Aristófanes, Diógenes y Protágoras. Anaxágoras fue más que un profundo y

original pensador, provocó un gran impacto en la filosofía de Atenas.

Aristóteles dijo de él que era “un hombre sobrio entre borrachos”. Anaxágoras

continuó la mejor tradición Jonia, creía en la experimentación y la observación.

“No hay ninguna duda”, dice Farrington, “lo que él consideraba sentido de la

evidencia es indispensable para la investigación de la naturaleza, igual que a

Empedocles, le preocupaba demostrar la existencia de aquellos procesos físicos

que son demasiados sutiles para ser percibidos directamente por nuestros

sentidos”. (B. Farrington. Greek Science. p. 62. En la edición inglesa).

Realizó descubrimientos científicos de primer orden. Creía que el sol era

una masa de elementos fundidos, como las estrellas, aunque éstas estaban

demasiado lejos para sentir su calor. La luna se encontraba más cerca, estaba

formada por el mismo material que la tierra. La luz de la luna era el reflejo del

sol y los eclipses se producían cuando la luna tapaba la luz del sol. Como le

ocurrió más tarde a Sócrates, fue acusado de ateísmo a pesar de que apenas

mencionó la religión en su cosmología. Estas ideas revolucionarias

escandalizaron a los conservadores atenienses y fue desterrado.

Al contrario que Parménides, Anaxágoras defendía que todo es

infinitamente divisible, incluso la cantidad más pequeña de materia contiene

alguna otra clase de elemento. Consideraba que la materia estaba formada por

muchas clases de partículas. Se preguntaba porque al comer el pan éste se

convierte en huesos, carne, sangre, piel y demás materia. La única explicación

debía ser que las partículas de harina contenían, en algún tipo de forma oculta,

todos los elementos necesarios para formar el cuerpo y éstos se reorganizaban

en el proceso digestivo.

Creía que existían un número infinito de elementos o “gérmenes”. Pero

debía existir uno que tuviese un papel especial. Este elemento era el nous,

normalmente se traduce como “espíritu”. Más ligero que el resto de elementos,

es distinto a los demás, no se puede mezclar con nada y tiene la capacidad de

penetrar en toda la materia, como un principio organizado y animado. Por esta

razón normalmente se considera idealista a Anaxágoras. Pero está afirmación

está muy lejos de la realidad. El archi-idealista Hegel consideraba que, mientras

el nous era un paso importante en dirección al idealismo, “no era precisamente

el caso de Anaxágoras” (Hegel. Op. Cit. Vol I. p. 330. En la edición inglesa). El

nous de Anaxágoras también puede tener una interpretación materialista: el

primer espíritu en movimiento de la materia o para expresarlo más

correctamente, la energía. Hegel entendía que esto no implicaba una

inteligencia externa, sino el proceso objetivo que tiene lugar dentro de la

naturaleza y que la dado forma y definición.

La concepción de la materia formada por un número infinito de

minúsculas partículas, invisibles ante los sentidos, es una generalización

importante y representa la transición a la teoría atómica -teoría que representó

una extraordinaria anticipación de la ciencia moderna-, los primeros que la

plantearon fueron Leucipo (500-440 a. C.) y Demócrito (460-370 a. C.).

Este paso adelante es aún más asombroso si tenemos en cuenta que estos pensadores no tenían acceso a los actuales microscopios

electrónicos o cualquier otro tipo de

ayuda tecnológica. No contaban con ningún medio que les permitiera

corroborar la teoría. Sufrieron la ira religiosa, el desprecio de los idealistas y su

teoría fue sepultada por la noche negra de la Edad Media, hasta que como

tantas ideas de la antigüedad, fue de nuevo descubierta por los pensadores del

Renacimiento, por ejemplo Gassendi, y jugó un papel importante en el estímulo

de una nueva visión científica.

De Leucipo se conoce tan poco que incluso se llegó a dudar de su

existencia hasta que se descubrió un papiro en Hercalaneum. La mayoría de sus

palabras llegaron a nosotros a través de los escritos de otros filósofos. Leucipo

realizó hipótesis nuevas y asombrosas, dijo que todo el universo estaba

formado por dos cosas: átomos y vacío, un vacío absoluto. También fue el

primero que formuló la que más tarde fue conocida como la ley de la

causalidad y la ley de la razón suficiente. El único fragmento que sobrevivió

dice lo siguiente: “Cero es nada, pero todo tiene un motivo y una necesidad”

(Burnet. Early Greek Philosophers. P. 340. En la edición inglesa). Los primeros

atomistas eran deterministas. Para ellos la causalidad era el centro de todos los

procesos naturales, aunque lo aplicaban de una forma inflexible, recuerdo del

posterior determinismo mecánico de Laplace. Epicuro después corregiría esta

inflexibilidad de los primeros atomistas y formuló la idea de los átomos al caer

en el vacío se desvían ligeramente, de esta forma introducía el accidente en el

marco de la necesidad.

Para los atomistas todas las cosas derivaban de un número infinito de

partículas fundamentales: el “átomo” (“que no puede ser dividido”). Estos

átomos eran iguales en calidad pero distintos en cantidad, diferenciándose sólo

en el tamaño, forma y peso, aunque era imposible ver los átomos más

pequeños. En esencia era una idea correcta. Todo el mundo físico, desde el

carbón a los diamantes, desde el cuerpo humano al olor de las rosas, está

formado por átomos de diferentes tamaños y pesos, agrupados en moléculas.

En la actualidad, la ciencia puede dar una expresión cuantitativa a esta

afirmación. Los atomistas griegos no podían hacerlo por el escaso desarrollo de

la tecnología, inherente al modo esclavista de producción que impedía llevar a

la práctica los brillantes inventos de su tiempo, incluida la máquina de vapor

que permaneció en la categoría de un juguete curioso. Lo más impresionante es

la forma en que estos pensadores anticiparon los principios más importantes de

la ciencia del siglo XX.

El famoso físico americano Richard P. Feynman destaca el lugar de la

teoría atómica en la ciencia actual:

“Si por algún cataclismo, todo el conocimiento quedara destruido y

sólo una sentencia pasara a las siguientes generaciones de criaturas, ¿qué

enunciado contendría la máxima información en menos palabras?. Yo creo

que es la hipótesis atómica (o el hecho atómico, o como quiera que ustedes

deseen llamarlo) según la cual todas las cosas están hechas de átomos:

pequeñas partículas que se mueven en movimiento perpetuo, atrayéndose

mutuamente cuando están a poca distancia, pero repeliéndose al ser

apretadas unas contra otras. Verán ustedes que en esa simple sentencia

hay una enorme cantidad de información acerca del mundo, con tal de

que se aplique un poco de imaginación y reflexión”. (Richard P. Feynman

Seis piezas fáciles; Barcelona. Editorial Crítica. 1998. p. 34. El subrayado en

el original)

“Todo está hecho de átomos. Esta es la hipótesis clave. La hipótesis

más importante de toda la biología, por ejemplo, es que todo lo que hacen

los animales lo hacen los átomos. En otras palabras, no hay nada que

hagan los seres vivos que no pueda ser comprendido desde el punto de

vista de que están hechos de átomos que actúan de acuerdo con las leyes

de la física. Esto no era conocido desde el principio: se necesitó alguna

experimentación y teorización para sugerir esta hipótesis, pero ahora se

acepta, y es la teoría más útil para producir nuevas ideas en el campo de la

biología.

Si un pedazo de acero o de sal, que consiste en átomos colocados uno

detrás de otro, puede tener propiedades tan interesantes; si el agua que

no es otra cosa que estos pequeños borrones, un kilómetro tras otro de la

misma cosa sobre la tierra puede formar olas y espuma y hacer ruidos

estruendosos y figuras extrañas cuando corre sobre el cemento; si todo

esto, toda la vida de una corriente de agua, no es otra cosa que un montón

de átomos, ¿cuánto más es posible?. Si en lugar de disponer los átomos

siguiendo una pauta definida, repetida una y otra vez, aquí y allí, o

incluso formando pequeños fragmentos de complejidad como los que dan

lugar al olor de las violetas, construimos una disposición que es siempre

diferente de un lugar a otro, con diferentes tipos de átomos compuestos de

muchas formas, con cambios continuos y sin repetirse, ¿cuánto más

maravilloso podrá ser el comportamiento de este objeto?. ¿Es posible que

este “objeto” que se pasea de un lado a otro delante de ustedes,

hablándoles a ustedes, sea un gran montón de estos átomos en una

disposición muy compleja, tal que su enorme complejidad sorprenda a la

imaginación con lo que puede hacer?. Cuando decimos que somos un

montón de átomos no queremos decir que somos meramente un montón

de átomos, porque un montón de átomos que no se repiten de un lugar a

otro muy bien podría tener las posibilidades que ustedes ven ante sí en el

espejo”. (Ibid, pág.: 52-53. El subrayado en el original)

La visión del mundo de los atomistas griegos era materialista por

naturaleza, eso les acarreó el odio de los idealistas y la religión. Durante siglos,

se falsearon y distorsionaron las ideas filosóficas de Epicuro, convirtiéndolas en

su contrario. Los atomistas se confesaban ateos, en su concepción del universo

no había lugar para Dios. Demócrito ve el origen del cambio en la naturaleza de

los átomos y sus diferentes formas, en su caída al vacío (el “void”) y sus

interrelaciones mutuas.

A través de interminables y diferentes combinaciones se producen

cambios constantes y visibles en cualquier parte de la naturaleza, y dotan a las

cosas mundanas de transitoriedad. Existen infinitos mundos “naciendo y

agonizando”, no son creados por Dios, nacen y mueren por la necesidad, este

proceso se produce de acuerdo con las leyes naturales. El conocimiento de estas

leyes y procesos procede principalmente de la percepción sensorial, que sólo

nos proporciona una comprensión “débil” de la naturaleza. Pero se debe

completar y superar con la “brillante” razón, que nos lleva al conocimiento de

la esencia de las cosas, los átomos y el vacío. Los elementos fundamentales de la

perspectiva materialista y científica del mundo están presentes en estas pocas

líneas.

Epicuro profundizó y desarrolló la filosofía de Demócrito. Al igual que su

mentor, negó la interferencia de los dioses en los asuntos terrenales, se basó en

la eternidad de la material y en un estado de movimiento continúo. Sin

embargo, rechazó el determinismo mecanicista de Leucipo y Demócrito,

introdujo la idea de la “desviación” espontánea de la trayectoria de los átomos,

para explicar la posibilidad de colisiones entre los átomos que se mueven a

igual velocidad en el espacio y en el vacío. Fue un gran paso adelante que sacó a

la luz la relación dialéctica entre la necesidad y la casualidad, una de las

cuestiones teóricas clave sobre la que los físicos modernos están aún

estrujándose el cerebro, a pesar de que hace tiempo Hegel encontró la solución.

La teoría del conocimiento de Epicuro acepta totalmente la información

que nos proporciona nuestros sentidos. Los sentidos son “heraldos de la

verdad”, no hay nada que pueda rebatirlos. Epicuro parte de una suposición

correcta, ‘yo interpreto el mundo a través de mis sentidos’, pero representa un

paso atrás con relación a las ideas de Demócrito. Es demasiado parcial. No hay

duda de que el sentido de la percepción conforma la base de todo conocimiento,

pero también es necesario saber cómo interpretar correctamente la información

que nos llega a través de los sentidos. Heráclito expresó esta idea cuando dijo:

‘los ojos y los oídos son malos testigos para los hombres que tienen almas

bárbaras’. La aproximación empírica conduce invariablemente a errores. Según

Cicerón, Demócrito pensaba que el sol era inmensamente largo, mientras

Epicuro creía que tenía sólo dos pies de diámetro. Epicuro también realizó

algunos asombrosos descubrimientos. Gassendi, que podría ser considerado el

padre del atomismo moderno, elogió a Epicuro porque a través de sus

razonamientos consiguió demostrar un hecho que posteriormente fue

demostrado por la experimentación: todos los cuerpos, independientemente de

su masa y su peso, caen con la misma velocidad.

 

Lucrecio y la religión

 

Epicuro y sus seguidores declararon la guerra a la religión porque

alimentaba el temor y la ignorancia de los hombres. El primer libro del gran

poema filosófico de Lucrecio, De rerum natura, es todo un manifiesto ateo y

materialista:

“Como ante sus ojos lastimosamente la vida de los hombres

permaneciera abatida sobre la tierra, agobiada bajo la onerosa religión que

mostraba su cabeza desde las regiones del cielo amenazando a los

mortales desde arriba con su espantoso ceño, por primera vez en un varón

griego se atrevió a dirigirle sus ojos de mortal y a hacerle frente el

primero y a él no le frenaron ni las consejas en tornos a los dioses ni los

rayos ni el cielo con su amenazador estruendo, sino antes bien le espolean

la acelerada entereza de su espíritu hasta desear ser el primero en hacer

saltar los firmes cerrojos de las puertas de la naturaleza. En consecuencia,

prevaleció la vivida energía de su alma y fue más allá lejos de las

llameantes murallas del mundo y recorrió la inmensidad entera con su

alma y su mente de donde nos trae, vencedor, a nosotros qué es lo que

puede nacer, qué es lo que no, en virtud de qué proporción le está

conferida a cada cosa una entidad determinada y su bien fijado término.

Por esto la regiligión, humillada bajo sus pies, en desquite queda

aplastada y a nosotros la victoria de él nos iguala al cielo”. (Lucrecio.De

rerum natura. Extraido de Lucrecio. Madrid. Ediciones del Orto. 2000.

p.62)

La filosofía materialista de Epicuro provocó un gran impacto en el joven

Carlos Marx, quien lo eligió como el tema de su tesis doctoral en la universidad.

Marx consideraba que el poeta y filósofo romano Lucrecio fue “el único de

todos los antiguos que comprendió la física de Epicuro”. (Marx y Engels. Obras

Escogidas. Vol 1. p. 48. p. 48. En la edición inglesa).

Con un lenguaje poético impactante, Lucrecio defiende la indestructibilidad de la materia,

la idea correcta de que la materia no se crea ni se destruye:

“Este espanto y oscuridad del alma, ciertamente necesario es que no

los rayos del sol ni los luminosos dardos de la luz los disipen, sino

mostrarse de la naturaleza y su explicación. A partir de aquí su primer

principio se resumiría para nosotros en los siguientes extremos: que

ninguna cosa de la nada proviene sobrenaturalmente jamás. A decir

verdad de esta forma el miedo se apodera de los mortales todos, dado que

contemplan acaecer muchas cosas en las tierras y en el cielo, de los cuales

fenómenos sus causas de ninguna manera son capaces de ver y piensan

suceden por un designio divino. En cuando a ello, una vez que veamos

que nada puede ser creado de la nada, entonces lo que perseguimos, de

ahí lo captaremos ya más derechamente al igual que de dónde pueda ser

creada cada cosa y de qué forma las cosas todas se hacen sin la

intervención de los dioses”. (Lucrecio. Ibíd.).

La ley de la conservación de la energía, demostrada por Mayer, Joule,

Helmholz y otros en la mitad del siglo XIX, demuestra que la energía no se crea

ni se destruye, sólo se transforma. Esta ley dotó de una base inquebrantable a la

idea materialista cuando afirma que la materia no se puede crear ni destruir,

esta idea también la expresó brillantemente Lucrecio:

“El segundo gran principio es este: la naturaleza resuelve todo en sus

átomos componentes y nunca reduce nada a la nada. Si todo fuera

perecedero en todas sus partes, repentinamente, todo perecería y

desaparecería. No sería necesaria la fuerza para separar sus partes y

perder sus vínculos. Como todo está formado por gérmenes

indestructibles, la naturaleza, obviamente, no deja que nada perezca, hasta

que ha encontrado una fuerza que con un golpe lo destruye”. (Ibíd. p. 33

En la edición inglesa).

La concepción epicurea del mundo señala que el universo es infinito y que

la materia no tiene límite, tanto externa como internamente:

“Si no existieran estas partes más pequeñas, incluso los cuerpos más

pequeños estarían formados por un número infinito de partes y que

podremos partir por la mitad sin ningún límite. ¿Cuál es la diferencia

entre el conjunto del universo y el resto de las cosas? Ninguna en absoluto,

en un universo infinito incluso las más pequeñas cosas consisten

igualmente en un número infinito de partes”. (Ibíd. p. 45. En la edición

inglesa).

“El universo no tiene límite en ninguna dirección. De ser así,

necesariamente tendría que existir un límite en alguna parte. Pero una

cosa no puede tener límite a menos que exista algo fuera de ella, es decir,

que el ojo puede seguuirla hasta un determinado punto pero no más allá.

Deberéis admitir que no existe nada fuera del universo, no puede tener

límite y por lo tanto, tampoco final o medida”. (Ibid. p. 55. En la edición

inglesa).

Si los científicos de nuestro siglo hubieran tenido una base filosófica firme,

nos habríamos ahorrado los errores de método más notorios: la búsqueda de

“los ladrillos de la materia”, “el big bang” y su universo finito, el “nacimiento

del tiempo”, la igualmente absurda “creación continua de la materia” y otras

teorías similares. Con relación al tiempo Demócrito afirmó que el tiempo no

tenía origen, que por sí mismo, no existe al margen del movimiento de las

cosas. Esta idea es infinitamente más científica que las ideas de ciertos físicos

actuales que hablan del supuesto “nacimiento del tiempo” ¡hace 20.000 millones

de años! Sus aparatos están más avanzados pero su forma de pensar está a años

luz de retraso de los primeros materialistas.

La postura materialista de Epicuro desde el principio mereció los ataques

más venenosos por parte de la Iglesia. El apóstol Pablo le menciona en los Actos

de los Apóstoles, xvii, 18. En los tiempos de Dante, la acusación de epicureísmo

significaba negar el Espíritu Santo y la inmortalidad del alma. En general, a

Epicuro se le ha asociado con una filosofía amoral, hedonística y licenciosa, en

la que estaban permitidas todas las formas de gula. Todo es calumnia contra

Epicuro y su filosofía.

En términos de moralidad y ética, la filosofía epicurea es uno de los

productos más nobles del espíritu humano. Parecida al famoso Dictum de

Spinoza: “Ni reír ni llorar, sino comprender”. Epicuro pretendía liberar a la

humanidad del miedo, a través de una comprensión absoluta de la naturaleza y

el lugar del hombre en ella. Epicuro se preguntó en qué se basa el miedo y

respondió, en el miedo a la muerte. Su principal intención fue eliminar este

miedo, y para ello, explicó que la muerte en el presente para mí no es nada y, no

será nada en el futuro porque sé que después de la muerte no puedo saber nada

sobre ella. Animó a los hombres a que dejaran de lado el miedo a la muerte y

que vivieran plenamente la vida. Esta filosofía maravillosa y humana, siempre

ha sido un pecado para aquellos que desean que los hombres y mujeres aparten

la vista de los problemas del mundo real y miren a un teórico mundo que existe

después de la muerte, y donde se nos recompensará o castigará según nuestros

méritos.

La acusación de hedonismo contra Epicuro es consecuencia de la actitud

vegetativa de los apologistas del cristianismo, contrarios a una filosofía alegre

que ensalza la vida. Y para ello no dudan en sepultar a su enemigo bajo un

montón de calumnias. Epicuro, igual que Espinoza, identificaba lo bueno con el

placer o la ausencia de pena. Trataba las relaciones humanas desde el punto de

vista de la utilidad, que encuentra su más elevada expresión en la amistad. En

medio de un período de gran turbulencia social e incertidumbre, predicaba la

retirada del mundo y una vida pacífica de meditación. Recomendaba a los

hombres reducir al mínimo sus necesidades, alejados de un mundo de lucha,

competencia y guerra. Era, naturalmente, una idea utópica, pero nada tiene que

ver con la fea y malévola caricatura que los contrarios al materialismo han

puesto en circulación. Epicuro siguió fiel a sus ideales hasta el lecho de muerte,

donde escribió: “Hoy cuando escribo es un día feliz... los dolores que ahora

siento... ya no podrán ir a más. Todo esto se opone a la felicidad que el alma

experimenta, al recordar nuestras conversaciones de un tiempo pasado”.

 

El ascenso del Idealismo

 

La palabra “dialéctica” procede del griego “dialektike”, que deriva de

“dialegomai”, discutir o conversar. Originariamente significaba el arte de la

discusión, en los diálogos socráticos de Platón se puede encontrar su forma más

elevada. Este significado no es casualidad, procede de la propia naturaleza de la

democracia ateniense, basada en la amplia libertad de oratoria y debate que

existía en las asambleas públicas. En aquella época surgió una nueva capa de

figuras públicas, profesores profesionales y oradores de todo tipo, desde

valientes librepensadores y filósofos profundos hasta demagogos sin

escrúpulos.

Las palabras “sofista” y “sofistería” para nuestros oídos modernos tiene

un toque de mala reputación, sugiriéndonos deshonestidad intelectual,

engaños, y mentiras enmascaradas con frases hábiles. Realmente, el sofismo

terminó de esta forma pero no siempre fue así. En ciertos aspectos a los sofistas

se les podría comparar con los filósofos de la Ilustración Francesa del siglo

XVIII. Había racionalistas y librepensadores, contrarios a todos los dogmas y la

ortodoxia existente. Su máxima era “dudar de todo”. Había que someter a la

crítica más exhaustiva todas las ideas y cosas existentes en la naturaleza. No

hay duda de que estas ideas tenían un germen dialéctico y revolucionario. “En

este nuevo campo los sofistas disfrutaban con juvenil exuberancia el ejercicio

del poder de la subjetividad y destruían con el uso de la dialéctica subjetiva

todo lo objetivamente establecido. (Schwegler. History of Philosophy. P. 30. En

la edición inglesa).

Las actividades de los sofistas reflejaron la vida de Atenas durante el

período de la guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta. Eran tanto eruditos

como prácticos, y fueron los primeros en cobrar honorarios por la enseñanza.

Platón en La República señala que las doctrinas de los sofistas sólo expresan los

mismos principios que guiaban las costumbres de la multitud en sus relaciones

sociales y civiles. El odio con el que fueron perseguidos por los estadistas,

demostraba los celos que éstos últimos tenían de los sofistas. Se les atacó por

afirmar que la moralidad y la verdad eran conceptos subjetivos y que cualquier