EL ORIGEN DE LA VIDA
Alexander I. Oparin
Prólogo.
Capítulo I.
La lucha del materialismo contra el idealismo
y la religión en tomo al
problema del origen de la vida.
Capítulo II.
Origen primitivo de
las substancias orgánicas
mas simples: los hidrocarburos
y sus derivados.
Capítulo III.
Origen de las proteínas primitivas.
Capítulo IV.
Origen de las primitivas formaciones
coloidales.
Capítulo V.
Organización del protoplasma vivo.
Capitulo VI.
Origen de los organismos primitivos.
Conclusión.
Biografía.
Notas.
PRÓLOGO
A finales del siglo XIX se
hizo pública una teoría que cambiaría completamente la visión que los hombres
tenían de sí mismos. Esa nueva concepción de la naturaleza era tan diferente,
que muchos la catalogaron como poco seria e incluso llegaron a tildarla de
peligrosa. El Origen de las especies, del naturalista inglés Charles
Darwin, fue el primer paso de una serie de textos de carácter científico en
torno al tema de la evolución, complementado en 1879 por el Origen del
hombre, que se dedicó expresamente a observar el nexo existente entre el
ser humano actual y los primates. Si bien se han publicado varios trabajos que
profundizan o hacen claridad sobre las obras de Darwin, un trabajo equivalente
en el tema de la iniciación de la vida sólo está presente en la obra de Oparin,
que se encarga de explicar los pasos anteriores que ilustran la fase primigenia
de la cadena evolutiva.
Hasta hace poco, los esfuerzos por responder
a la pregunta sobre cómo se originó la vida fueron consideradas especulaciones
irresponsables que no correspondían a científicos serios. La situación ha
cambiado por completo. De manera general, hoy se acepta que las primeras formas
de vida en la Tierra no fueron el resultado de un evento súbito, sino más bien
de uno, cuya repetición era parte integral del desarrollo general de la
materia. Esa situación hace que el tema del origen de la vida sea objeto de una
investigación científica a profundidad.
Antes de dedicarnos puntualmente a la
presente obra, es conveniente revisar un poco los presupuestos que subyacen
tras la producción científica del autor. Oparin se interesó desde muy niño por
las plantas, posiblemente por haber nacido en un área rural cercana al río
Volga; esa inclinación se vio estimulada por la lectura de la teoría de la
evolución de Darwin, que para ese entonces ya era comentada en los centros de
estudios a lo largo y ancho de Rusia. En sus tiempos de estudiante de la
cátedra de fisiología vegetal, Oparin no podía aprobar que los primeros
organismos hubieran podido elaborar procesos de fotosíntesis; consideraba
difícil que un organismo se constituyera sólo a partir
de dióxido de carbono, nitrógeno y agua. Tal afirmación estaba en contravía de
la teoría de la evolución de Darwin, en la que Oparin se había nutrido desde
muy temprano.
Como resultado de sus estudios, Oparin
publicó en 1923 El origen de la vida, un texto que se encarga de
presentar con lenguaje muy sencillo cómo la evolución de la materia orgánica se
inició aun antes de la formación de la Tierra. Después de que el planeta
terminó su conformación, y después de que su litosfera, atmósfera e hidrosfera
se desarrollaron, la materia, que era muy elemental, se hizo más compleja. Entonces evolucionaron las primeras formas de vida, y
tanto su estructura como su metabolismo evolucionaron paulatinamente.
El
trabajo, publicado por primera vez en Moscú hacia 1923, no fue conocido de
manera más amplia sino hasta cuando John D. Bernal lo incluyó en su The
origin of life en 1967. Desde
entonces la incidencia de Oparin ha sido muy diversa: estableció el puente
entre lo vivo y lo inerte, redondeó la teoría propuesta por Darwin con respecto
a la evolución, puso al mundo científico a pensar sobre las relaciones entre
los organismos y el medio que los rodea y abrió la posibilidad de estudiar los
fenómenos biológicos en el cosmos.
Oparin se
hizo importante por su explicación del origen de la vida como el paso de las
proteínas simples a los agregados orgánicos por afinidad funcional. Aunque algunas de las afirmaciones de Oparin
han sido revaluadas, lo que sí es importante destacar es que su producción es
campo fértil para el surgimiento de toda clase de preguntas en las disciplinas
científicas, haciendo que los dogmas no sean ya los que manejen el curso del
conocimiento. Hoy,
al bordear los ochenta años de la aparición de su primer libro, Oparin sigue
siendo punto de discusión de legos y expertos.
La lucha del materialismo contra el idealismo y la religión en
torno al apasionante y discutido problema del origen de la vida
¿Qué es la vida? ¿Cuál es
su origen? ¿Cómo han
surgido los seres vivos que nos rodean? La respuesta a estas preguntas entraña
uno de los problemas más grandes y difíciles de explicar que tienen planteado
las ciencias naturales. De ahí que, consciente o inconscientemente, todos los
hombres, no importa cuál sea el nivel de su desarrollo, se plantean estas
mismas preguntas y, mal o bien, de una u otra forma, les dan una respuesta. He
aquí, pues, que sin responder a estas preguntas no puede haber ninguna
concepción del mundo, ni aun la más primitiva.
El
problema que plantea el conocimiento del origen de la vida, viene desde tiempos
inmemoriales preocupando al pensamiento humano. No existe sistema filosófico ni
pensador de merecido renombre que no hayan dado a este problema la mayor
atención. En las diferentes épocas y distintos niveles del desarrollo cultural,
al problema del origen de la vida se le aplicaban soluciones diversas, pero
siempre se ha originado en torno a él una encarnizada lucha ideológica entre
los dos campos filosóficos irreconciliables: materialismo e idealismo.
De ahí
que, al observar la naturaleza que nos rodea, tratamos de dividirla en mundo de
los seres vivos y mundo inanimado, o lo que es lo mismo, inorgánico. Sabido es
que el mundo de los seres vivos está representado por una enorme variedad de
especies animales y vegetales. Pero, no obstante y a pesar de esa variedad,
todos los seres vivos, a partir del hombre hasta el más insignificante
microbio, tiene algo de común algo que los hace afines pero que, a la vez,
distingue hasta a la bacteria más elemental de los objetos del mundo
inorgánico. Ese algo es lo que llamamos vida, en el
sentido más simple y elemental de esta palabra. Pero, ¿qué es la vida? ¿Es de naturaleza material, como todo el resto del
mundo, o su esencia se halla en un principio espiritual sin acceso al
conocimiento con base en la experiencia?
Si la vida
es de naturaleza material, estudiando las leyes que la rigen podemos y debemos
hacer lo posible por modificar o transformar conscientemente y en el sentido
anhelado a los seres vivos. Ahora bien, si todo lo que sabemos vivo ha sido
creado por un principio espiritual, cuya esencia no nos es dable conocer,
deberemos limitarnos a contemplar pasivamente la naturaleza viva, incapaces
ante fenómenos que se estiman no accesibles a nuestros conocimientos, a los
cuales se atribuye un origen sobrenatural.
Sabido es
que los idealistas siempre han considerado y continúan considerando la vida
como revelación de un principio espiritual supremo, inmaterial, al que
denominan Alma, espíritu universal, fuerza vital, razón divina, etc.
Racionalmente considerada desde este punto de vista, la materia en sí es algo
exánime, inerte; es decir, inanimado. Por tanto, no sirve más que de materia
para la formación de los seres vivos, pero éstos no pueden nacer ni existir más
que cuando el alma introduce vida en ese material y le da a la estructura,
forma y armonía.
Este
concepto idealista de la vida constituye el fundamento básico de cuantas
religiones hay en el mundo. A pesar de su gran diversidad, todas ellas
concuerdan en afirmar que un ser supremo (Dios) dio un alma viva a la carne
inanimada y perecedera, y que esa partícula eterna del ser divino es
precisamente lo vivo, lo que mueve y mantiene a los seres vivos. Cuando el alma
se desprende, entonces no queda más que la envoltura material vacía, un cadáver
que se pudre y descompone. La vida, pues, es una manifestación del ser divino,
y por eso el hombre no puede llegar a conocer la esencia de la vida, ni, mucho
menos, aprender a regularla. Tal es la conclusión fundamental de todas las
religiones respecto de la naturaleza de la vida, y no se concibe ni se sabe de
una doctrina religiosa que no llegue a esa conclusión.
Sin
embargo, el problema de la esencia de la vida siempre ha sido abordado de
manera totalmente diferente por el materialismo, según el cual la vida, como
todo lo demás en el mundo, es de naturaleza material y no necesita el reconocimiento
de ningún principio espiritual supramaterial para ser perfectamente explicado.
La vida no
es más que la estructuración de una forma especial de existencia de la materia,
que lo mismo se origina que se destruye, siempre de acuerdo con determinadas
leyes. La práctica, la experiencia objetiva y la observación de la naturaleza
viva señalan el camino seguro que nos lleva al conocimiento de la vida.
Toda la
historia de la ciencia de la vida –la biología- nos muestra de diversas maneras
lo fecundo que es el camino materialista en la investigación analítica de la
naturaleza viva, sobre la base del estudio objetivo, de la experiencia y de la
práctica social histórica; de qué forma tan completa nos abre ese camino
correspondiente a la esencia de la vida y cómo nos permite dominar la
naturaleza viva, modificarla conscientemente en el sentido anhelado y
transformarla en beneficio de los hombres que construyen el comunismo.
La historia de la biología nos
brinda una cadena ininterrumpida de éxitos de la ciencia, que demuestran a
plenitud la base cognoscitiva de la vida, y una sucesión ininterrumpida de
fracasos del idealismo. Sin embargo, durante mucho tiempo
ha habido un problema al que no había sido posible darle una solución
materialista, constituyendo, por esa razón, un buen asidero para las
lucubraciones idealistas de todo género. Ese problema era el origen de la vida.
A diario nos damos cuenta de
cómo los seres vivos nacen de otros seres semejantes. El
ser humano proviene de otro ser humano; la ternera, nace de una vaca; el
polluelo sale del huevo puesto por una gallina; los peces proceden de las
huevas puestas por otros peces semejantes; las plantas brotan de semillas que
han madurado en plantas análogas. Empero, no siempre ha debido ser así. Nuestro plantea, la Tierra, tiene un origen, y, por tanto, tiene
que haberse formado en cierto período. ¿Cómo aparecieron en ella los
primeros ancestros de todos los animales y de todas las plantas?
De acuerdo con las ideas
religiosas, no cabe duda de que todos los seres vivos habrían sido creados
originariamente por Dios. Esta acción creadora del ser
divino habría hecho aparecer en la Tierra, de golpe y en forma acabada,
los primeros ascendientes de todos los animales y de todas las plantas que
existen actualmente en nuestro plantea. Un hecho creador especial habría
originado el nacimiento del primer hombre, del que descenderían seguidamente
todos los seres humanos de la Tierra.
Así, según la Biblia, el libro sagrado de los judíos
y de los cristianos, Dios habría fabricado el mundo en seis días, con la
particularidad de que al tercer día dio forma a las plantas, al quinto creó los
peces y las aves, y al sexto las fieras y, finalmente, los seres humanos, en
primer lugar al hombre y después a la mujer. El primer hombre, o sea Adán,
habría sido creado por Dios, de un material inanimado, es decir, de barro;
después lo habría dotado de un alma, convirtiéndolo así en un ser vivo.
Pero el estudio de la historia de la religión
demuestra palmariamente que estos cuentos ingenuos acerca del origen repentino
de los animales y de las plantas, que, de suerte, aparecen hechos y derechos,
cual seres organizados, se apoyan en la ignorancia y en una suposición
simplista de la observación somera y superficial de la naturaleza que nos rodea.
Esa fue la razón fundamental de que por
espacio de muchos siglos se creyese que la Tierra era
plana y se mantenía inmóvil, que el Sol giraba alrededor de ella apareciendo
por el oriente y ocultándose tras el mar o las montañas, por el occidente. Esa misma observación superficial y simplista hacía
creer muchas veces a los hombres que diferentes seres vivos, como por ejemplo,
los insectos, los gusanos y también los peces, las aves y los ratones, no sólo
podían nacer de otros animales semejantes, sino que también brotar
directamente, generarse y nacer de un modo espontáneo a partir del lodo, del
estiércol, de la tierra y de otros materiales inanimados, inertes. Siempre que
el hombre tropezaba con la generación masiva y repentina de seres vivos,
consideraba el caso como una prueba irrefutable de la generación espontánea de
la vida.
Y aún
ahora, existen ciertas gentes incultas que están convencidas de que los gusanos
se generan en el estiércol y en la carne podrida, y que diversos parásitos
caseros nacen espontáneamente como consecuencia de los desperdicios, las
basuras y toda clase de suciedades e inmundicias. Su observación superficial no
advierte que los desperdicios y las basuras sólo son el lugar, el nido donde
los parásitos colocan sus huevos, que más tarde dan origen al nacimiento de
nuevas generaciones de seres vivos.
En efecto,
muy antiguas teorías de la India, Babilonia y Egipto, nos advierten de esa
generación espontánea de gusanos, moscas y escarabajos que surgen del estiércol
y de la basura; de piojos que se generan en el sudor humano; de ranas,
serpientes, ratones y cocodrilos engendrados por el lodo del río Nilo, de
luciérnagas que se consumen. Todas estas fantasías relativas a la generación
espontánea correspondían en dichas teorías con las leyendas, mitos vulgares y
tradiciones religiosas. Todas las apariciones repentinas de seres vivos, como
caídos del cielo, eran interpretadas exclusivamente como manifestaciones
parciales de la voluntad creadora de los dioses o de los demonios.
En la antigua Grecia, muchos filósofos
materialistas refutaban ya esa definición religiosa del origen de los seres
vivos.
Sin
embargo, el transcurso de la historia facilitó que en los siglos siguientes se
desenvolviera y llegase a preponderar una especulación teórica enemiga del
materialismo: la concepción idealista de Platón, filósofo de la antigua Grecia.
De acuerdo con las ideas de Platón, tanto la
materia vegetal como la animal, por sí solas, carecen de vida, y sólo pueden
vivificarse cuando el alma inmortal, la “psique”, penetra en ellas.
Esta idea de Platón representó
un gran papel contradictorio y, por tanto, negativo en el desenvolvimiento
posterior del problema que estamos examinando.
Diríase que, hasta cierto punto, la teoría de
Platón se reflejó también en la doctrina de otro filósofo de la antigua Grecia,
Aristóteles, más tarde convertida en fundamento básico de la cultura medieval y
que predominó en el pensamiento de los pueblos por espacio de casi dos mil
años.
En sus obras, Aristóteles no se circunscribió a detallar numerosos casos de seres vivos
que, según su creencia, aparecían espontáneamente, sino que, además, dotó a
este fenómeno de una cierta base teórica. Aristóteles consideraba que los seres vivos, al igual que todos los
demás objetos concretos, se formaban mediante la conjugación de determinado
principio pasivo: la materia, con un principio activo: la forma. Esta
última sería para los seres vivos la “entelequia del
cuerpo”, es decir, el alma. Ella era
la que daba forma al cuerpo y la que lo movía. En consecuencia, resulta que la
materia carece de vida, pero es abarcada por ésta, adquiere forma armónicamente
y se organiza con ayuda de la fuerza anímica, que infiltra vida a la materia y
la mantiene viva.
Las ideas aristotélicas
tuvieron gran influencia sobre la historia posterior del problema del origen de
la vida. Todas las escuelas filosóficas ulteriores, lo mismo las griegas que
las romanas, participaron plenamente de la idea de Aristóteles respecto de la
generación espontánea de los seres vivos. A
la vez, con el transcurso del tiempo, la base teórica de la generación
espontánea y repentina fue tomando un carácter cada vez más idealista y hasta
místico.
Este
último carácter lo adquirió, muy particularmente, a principios de nuestra era,
especialmente entre los neoplatónicos. Plotino, jefe de esta escuela
filosófica, muy divulgada en aquella época, afirmaba que los seres vivos habían
surgido en el pasado y surgían todavía cuando la materia era animada por el
espíritu vivificador. Se supone, pues, que fue Plotino el primero que formuló
la idea de la “fuerza vital”, la cual pervive aún hoy en las doctrinas
reaccionarias de los vitalistas contemporáneos.
Para describir en detalle el origen de la
vida, el cristianismo de la antigüedad se basaba en la Biblia, la cual a su vez
había copiado de las leyendas religiosas de Egipto y Babilonia. Los intérpretes
de la teología de fines del siglo IV y principios del V, o sea, los llamados
padres de la Iglesia, mezclaron estas leyendas con las doctrinas de los neoplatónicos,
fincando sobre esta base su propia elaboración mística del origen de la vida,
totalmente mantenida hasta hoy por todas las doctrinas cristianas.
Basilio de Cesarea, obispo de
mediados del siglo IV de nuestra era, en sus prédicas respecto de que el mundo
había sido formado en seis días, decía que, por voluntad divina, la Tierra
había concebido de su propio seno las distintas hierbas, raíces y árboles, así
como también las langostas, los insectos, las ranas y las serpientes, los
ratones, las aves y las anguilas. “Esta voluntad divina –dice Basilio– continúa manifestándose hoy día con
fuerza indeclinable”.
El “beato”
Agustín, que fuera contemporáneo de Basilio y una de las autoridades más
conspicuas e influyentes de la Iglesia católica, intentó justificar en sus
obras, desde el punto de vista de la concepción cristiana del mundo, el
surgimiento de la generación espontánea de los seres vivos.
Agustín
aseveraba que la generación espontánea de los seres vivos era una manifestación
de la voluntad divina, un acto mediante el cual el “espíritu vivificador”, las
“invisibles simientes” infiltraban vida propia a la materia inanimada. Así fue
como Agustín fundamentó la plena concordancia de la teoría de la generación
espontánea con los principios dogmáticos de la Iglesia cristiana.
La Edad
Media agregó muy poco a esta teoría anticientífica. En el medioevo, las ideas
filosóficas, no importa su carácter, sólo podían sostenerse si iban envueltas
en una capa teológica, si se cobijaban con el manto de tal o cual doctrina de
la Iglesia. Los problemas de las ciencias naturales fueron postergados a
segundo plano.
Para
opinar acerca de la naturaleza circundante, no se practicaba la observación ni
la experiencia, sino que se recurría a la Biblia y a las escrituras teológicas.
Únicamente noticias muy escasas acerca de problemas de las
matemáticas, de la astronomía y de la medicina arribaban a Europa procedentes
de Oriente.
Del mismo modo, y a través de
traducciones frecuentemente muy tergiversadas, llegaron a los pueblos europeos
las obras de Aristóteles. Al principio su doctrina se estimó peligrosa, pero luego, cuando la Iglesia se dio
cuenta de que podía utilizarla con gran provecho para muchos de sus fines,
entronizó a Aristóteles elevándolo a la categoría de “precursor de Cristo en
los problemas de las ciencias naturales”. Y según la acertada expresión de Lenin, “la escolástica y el
clericalismo no tomaron de Aristóteles lo vivo, sino lo muerto”(1). Por lo que respecta en particular
al problema del origen de la vida, se había expandido muy ampliamente la teoría
de la generación espontánea de los organismos, cuya esencia consistía, a juicio
de los teólogos cristianos, en la vivificación de la materia inanimada por el
“eterno espíritu divino”.
En calidad
de ejemplo, podríamos citar a Tomás de Aquino, por ser uno de los teólogos más
afamados de la Edad Media, cuyas doctrinas continúan siendo hoy día, para la
Iglesia católica, la única filosofía verdadera. En sus obras, Tomás de Aquino
manifiesta que los seres vivos aparecen al ser animada la materia inerte. Así
se originan de modo muy particular, al pudrirse el lodo marino y la tierra
abonada con estiércol, las ranas, las serpientes y los peces. Incluso los
gusanos que en el infierno martirizan a los pecadores, surgen allí según Tomás
de Aquino, como consecuencia natural de la putrefacción de los pecados. Tomás de Aquino fue siempre un gran defensor y un constante
propagandista de la demonología militante. Para
él, el diablo existe en la realidad y es, además, jefe de todo un tropel de
demonios. Por esos aseguraba que la aparición de parásitos malignos para el
hombre, no sólo puede surgir obedeciendo a la voluntad divina, sino también por
las argucias del diablo y de las fuerzas del mal a él sometidas. La expresión práctica de estas concepciones proviene
de los numerosos procesos incoados en la Edad Media contra las “brujas”, a las
que se acusaba de lanzar contra los campos ratones y otros animales dañinos que
destruían las cosechas.
La Iglesia
cristiana occidental adoptó de la doctrina reaccionaria de Tomás de Aquino,
hasta convertirla en severo dogma, la teoría de la generación espontánea y
repentina de los organismos, según la cual los seres vivos se originarían de la
materia inerte, al ser animada ésta por un principio espiritual.
Este era
también el punto de vista sostenido por el que fue obispo de Rostov y vivió en tiempos de Pedro I; también
sostenían en sus obras el principio de la generación espontánea de manera por
demás bastante curiosa para nuestras ideas actuales. Según él, durante el
diluvio universal, Noé no había acogido en su arca ratones, sapos, escorpiones,
cucarachas ni mosquitos, es decir, ninguno de esos animales que “nacen del
cieno y de la podredumbre... y que se engendran en el rocío”. Todos estos seres
murieron con el diluvio y “después del diluvio renacen engendrados de esas
mismas sustancias”.
La
religión cristiana al igual que todas las demás religiones del mundo, continúa
sosteniendo hoy día que los seres vivos han surgido y surgen de pronto y
enteramente constituidos por generación espontánea, a consecuencia de un hecho
creador del ser divino y sin ninguna relación con el desarrollo o evolución de
la materia.
Sin
embargo, al ahondar en el estudio de la naturaleza viva, los hombres de ciencia
han llegado a demostrar que esa generación espontánea y repentina de seres
vivos no surge en ninguna parte del mundo que nos rodea. Esto quedó establecido y demostrado a
mediados del siglo XVII para los organismos con un cierto grado de desarrollo,
especialmente para los gusanos, los insectos, los reptiles y los animales
anfibios. Investigaciones posteriores patentizaron este aserto, también por lo
que respecta a seres vivos de formación más simple; de suerte que incluso los
microorganismos más sencillos, que aun no siendo perceptibles a simple vista,
nos rodean por todas partes, poblando la tierra, el agua y el aire.
Vemos,
pues, que el “hecho” de la generación espontánea de seres vivos, que teólogos
de diferentes religiones querían explicar como un hecho en que el espíritu
vivificador infiltraba vida a la materia inerte y que implicaba la base de
todas las teorías religiosa del origen de la vida, vino a ser un “hecho”
inexistente, ilusorio, basado en observaciones falsas y en la ignorancia de sus
interpretadores.
En el silo XIX se
aplicó otro golpe demoledor a las ideas religiosas, respecto del origen de la
vida. C. Darwin y, posteriormente, otros muchos hombres de ciencia, entre los
cuales están los investigadores rusos K. Timiriázev, los hermanos A. Y V.
Kovalevski, I. Mécnikiv y otros, demostraron que, a diferencia de lo que
afirman las Sagradas Escrituras, nuestro planeta no había estado poblado
siempre por los animales y las plantas que nos rodean en la actualidad. Por el contrario, las plantas y los animales
superiores, comprendido el hombre, no surgieron de pronto, al mismo tiempo que
la Tierra, sino en épocas posteriores de nuestro plantea y a consecuencia del
desarrollo progresivo de otros seres vivos más simples. Estos, a su vez,
tuvieron su origen en otros organismos todavía más simples y que vivieron en
épocas anteriores. Y así, sucesivamente, hasta llegar a los seres vivos más
sencillos.
Estudiando
los organismos fósiles de los animales y de las plantas que poblaron la Tierra
hace muchos millones de años, podemos llegar a convencernos, en forma tangible,
de que en aquellas lejanas épocas la población viviente de la Tierra era
diferente a la actual, y de que cuanto más avanzamos en la inmensa profundidad
de los siglos comprobamos que esa población es cada vez más simple y menos
variada.
Descendiendo
gradualmente, de peldaño en peldaño, y estudiando la vida en formas cada vez
más antiguas, llegamos a concluir cómo fueron los seres vivos más simples, muy
semejantes a los microorganismos de nuestros días y que en pasados tiempos eran
los únicos que poblaban la Tierra. Pero,
a la vez, también surge inevitablemente la cuestión del punto de origen de las
manifestaciones más simples y más primitivas de la naturaleza viva, las cuales
constituyen el punto de arranque de todos los seres vivos que pueblan la
Tierra.
Las
ciencias naturales, al mismo tiempo que rechazan la posibilidad de que lo vivo
se engendrase al margen de las condiciones concretas del desarrollo del mundo
material, debían explicar el paso de la materia inanimada a la vida, es decir,
explicar, por tanto, la transmutación de la materia y el origen de la vida.
En los
notables trabajos de F. Engels –Anti-Dühring y Dialéctica de la naturaleza-,
en sus geniales generalizaciones de los avances de las ciencias naturales, se
presenta el único planteamiento correcto y científico acerca del problema del
origen de la vida. Engels indicó también la ruta que habían de llevar en lo
sucesivo las investigaciones en este terreno, camino por el que transita y
avanza con todo éxito la biología soviética.
Engels
refutó por anticientífico el criterio de que lo vivo puede originarse al margen
de las condiciones en que se desarrolla la naturaleza e hizo patente el lazo de
unidad existente entre la naturaleza viva y la naturaleza inanimada. Basándose
en fehacientes pruebas científicas, Engels consideraba la vida como una
consecuencia del desarrollo, como una transmutación cualitativa de la materia,
condicionada en el período anterior a la aparición de la vida por una cadena de
cambios graduales sucedidos en la naturaleza y condicionados por el desarrollo
histórico.
La
meritoria importancia de la teoría darwinista consistió en haber aportado una
explicación científica, una explicación materialista al surgimiento de los
animales y plantas trascendentes mediante el conocimiento progresivo del mundo
vivo y en haberse servido del método histórico para resolver los problemas
biológicos. Sin embargo, en el problema mismo
del origen de la vida, muchos naturalistas continúan sosteniendo, aun después
de Darwin, el anticuado método metafísico de atacar este problema. El mendelismo-morganismo, muy usual en los medios científicos de
América y de Europa occidental, mantiene la tesis de que los poseedores de la
herencia, al igual que de todas las demás particularidades sustanciales de la
vida, son los genes, partículas de una sustancia especial acumulada en los
cromosomas del núcleo celular. Estas partículas habrían aparecido
repentinamente en la Tierra, en alguna época, conservando práctica e
invariablemente su estructura definitiva de la vida, a lo largo de todo el
desenvolvimiento de ésta. Vemos, por consiguiente, que desde el punto de vista
mantenido por los mendelistas-morganistas, el problema del origen de la vida se constriñe a saber cómo pudo surgir repentinamente esta
partícula de sustancial especial, poseedora de todas las propiedades de la
vida.
La mayoría de los autores extranjeros que se
preocupan de esta cuestión (por ejemplo, Devillers en Francia y Alexander en
Norteamérica), lo hacen de un modo por demás simplista. Según ellos, la
molécula del gene aparece en forma puramente casual,
gracias a una “operante” y feliz conjunción de átomos de carbono, hidrógeno,
oxígeno, nitrógeno y fósforo, los cuales se conjugan “solos”, para constituir
una molécula excepcionalmente compleja de esta sustancia especial, que contiene
desde el primer momento todas las propiedades de la vida.
Ahora bien, esa “circunstancia feliz” es tan
excepcional e insólita que únicamente podría haber sucedido una vez en toda la
existencia de la Tierra. A partir de ese instante, sólo se produce una
incesante multiplicación del gene, de esa sustancia especial que ha aparecido
una sola vez y que es eterna e inmutable.
Está
claro, pues, que esa “explicación” no explica en esencia absolutamente nada. Lo
que diferencia a todos los seres vivos sin excepción alguna, es que su
organización interna está extraordinariamente adaptada; y podríamos decir que
perfectamente adaptada a las necesidades de determinadas funciones vitales: la
alimentación, la respiración, el crecimiento y la reproducción en las
condiciones de existencia dadas. ¿Cómo ha podido suceder mediante un hecho
puramente casual, esa adaptación interna, tan determinativa para todas las
formas vivas, incluso para las más elementales?
Los que
sostienen ese punto de vista, rechazan en forma anticientífica el orden regular
del proceso que infiltra origen a la vida, pues consideran que esta
realización, el más importante acontecimiento de la vida de nuestro planeta, es
puramente casual y, por tanto, no pueden darnos ninguna respuesta a la pregunta
formulada, cayendo inevitablemente en las creencias más idealistas y místicas
que aseveran la existencia de una voluntad creadora primaria de origen divino y
de un programa determinado para la creación de la vida.
Así, en el
libro de Schroedinger ¿Qué es la vida desde el punto de vista físico?,
publicado no hace mucho; en el libro del biólogo norteamericano Alexander: La
vida, su naturaleza y su origen, y en otros autores extranjeros, se afirma
muy clara y terminantemente que la vida sólo pudo surgir a consecuencia de la
voluntad creadora de Dios. En cuanto al mendelismo-morganismo, éste se
esfuerza por desarmar en el plano ideológico a los biólogos que luchan contra el
idealismo, esforzándose por demostrar que el problema del origen de la vida –el
más importante de los problemas ideológicos- no puede ser resuelto manteniendo
una posición materialista.
Sin
embargo, esa aserción es absolutamente falsa, y puede rebatirse fácilmente
abordando el asunto que nos ocupa y sosteniendo el punto de vista de lo que
constituye la única filosofía acertada y científica, es decir, el materialismo
dialéctico.
El materialismo dialéctico
enseña que la vida es de naturaleza material. Mas,
sin embargo, la vida no es, en realidad, una propiedad
inseparable de toda la materia en general. Por el contrario, la vida sólo es
inherente a los seres vivos, pues sabido es que carecen de ella todos los
objetos y materiales del mundo inorgánico, La vida es una manifestación
especial del movimiento de la materia, pero esta manifestación o forma especial
no ha existido eternamente ni está desunida de la materia inorgánica por un
abismo insalvable, sino que, por el contrario, surgió de esa misma materia en
el curso del desarrollo del mundo, como una nueva cualidad.
El materialismo dialéctico nos enseña que la
materia nunca está en reposo, sino que se halla en constante movimiento, se
desarrolla, y en su expansión se eleva a planos cada vez más altos, tomando
formas de movimiento cada vez más complejas y más perfectas.
Al elevarse de un plano inferior a otro
superior, la materia va adquiriendo nuevas cualidades que antes no tenía, lo
cual quiere decir que la vida es, por tanto, una nueva cualidad, que aflora
como una etapa determinada, como determinado escalón del desarrollo histórico
de la materia. Por lo expuesto se descubre claramente que el camino principal
que nos lleva con seguridad y acierto a la solución del problema del origen de
la vida es, sin duda alguna, el estudio del desarrollo histórico de la materia,
es decir, de ese desarrollo que en otros tiempos condujo a la aparición de una
nueva cualidad: a la aparición de la vida.
Ahora bien, el surgimiento de
la vida no tuvo efecto de golpe, como trataban de demostrar los sostenedores de
la generación espontánea y repentina. Por lo contrario, hasta los
seres vivos más simples poseen una estructura tan compleja que de ninguna
manera pudieron haber surgido de golpe; pero sí pudieron y debieron formarse
mediante mutaciones continuadas y sumamente prolongadas de las sustancias que
los integran. Estas mutaciones, estos cambios, se produjeron hace mucho tiempo,
cuando la Tierra aún se estaba formando y en los períodos primarios de su
existencia. De aquí, precisamente, que para resolver
acertadamente el problema del origen de la vida haya que dedicarse
ahincadamente al estudio de esas transformaciones, a la historia de la
formación y del desarrollo de nuestro planeta.
En las obras de V. Lenin
encontramos una idea muy profunda respecto del origen evolutivo de la vida. “Las
Ciencias Naturales –decía Lenin- afirman positivamente que la
Tierra existió en un estado tal que ni el hombre ni ningún otro ser viviente
habitaban ni podían habitarla. La materia orgánica es un
fenómeno posterior, fruto de un desarrollo muy prolongado”(2).
Así se ha producido, en líneas generales, el
desarrollo de la naturaleza”(3).
Es únicamente en la segunda
década del siglo XX cuando la aplicación del principio evolutivo al estudio del
problema que nos ocupa empieza a alcanzar gran desarrollo en las ciencias
naturales. Acerca de esto podemos señalar, de manera muy
particular, la opinión de nuestro célebre compatriota K. Timiriázev, pues en su
artículo de los Anales científicos de 1912, refiriéndose al asunto del origen de
la vida, dice: “... Nos vemos obligados a admitir que la materia viva ha
seguido el mismo camino que los demás procesos materiales, es decir, el camino
de la evolución”. “La hipótesis de la evolución, que ahora se expande no sólo a
la biología sino también a las demás ciencias de la naturaleza –a la
astronomía, la geología, la química y la física-, nos convence de que esta
evolución también se produjo probablemente al realizarse el paso del mundo
inorgánico al orgánico”.
Entre los trabajos publicados en la Unión
Soviética, es digno de destacarse especialmente el libro del académico V.
Komarov: Origen de las plantas. Komarov analiza y refuta la teoría de la
eternidad de la vida y la suposición de que los seres vivos vinieron a la
Tierra procedentes de los espacios interplanetarios, y añade: “La única teoría
científica es la teoría bioquímica del origen de la vida, el profundo
convencimiento de que su aparición no fue sino una de las etapas sucesivas de
la evolución general de la materia, de esa complicación cada vez mayor de la
serie de compuestos carbonados del nitrógeno”.
Actualmente, el principio básico del
desarrollo evolutivo de la materia es admitido por muchos naturalistas, no sólo
en la Unión Soviética sino también en otros países.
Pero la mayoría de los investigadores de los
países capitalistas solamente admiten este principio como aplicable al período
de la evolución de la materia que antecede a la aparición de los seres vivos.
Pero cuando se refiere a esta etapa, la más importante de la historia del
desarrollo de la materia, estos investigadores resbalan inevitablemente hacia
las viejas posiciones mecanicistas, se acogen o invocan la “feliz casualidad” o
buscan la explicación en incognoscibles o inescrutables fuerzas físicas.
En el problema del origen de la vida, las
modernas ciencias naturales tienen trazada la tarea de presentar un cuadro
acertado de la evolución sucesiva de la materia que ha culminado en la
aparición de los primitivos seres vivos, de estudiar, con base en los datos
proporcionados por la ciencia, las diferentes etapas del desarrollo histórico
de la materia y descubrir las leyes naturales que han ido apareciendo
sucesivamente en el proceso de la evolución y que han producido el devenir de
la vida.
CAPÍTULO II
Origen primitivo de las
sustancias orgánicas más simples: los hidrocarburos y sus derivados
En lo fundamental, todos los animales, las
plantas y los microbios están constituidos por las denominadas sustancias
orgánicas. La vida sin ellas es inexplicable. Por
tanto, la primera etapa del origen de la vida tuvo que ser la formación de esas
sustancias, el surgimiento del material básico que después habría de servir
para la formación de todos los seres vivos.
Lo primero que diferencia a las sustancias orgánicas
de todas las demás sustancias de la naturaleza inorgánica, es que en su
contenido se encuentra el carbono como elemento fundamental. Esto puede
verificarse fácilmente calentando hasta una alta temperatura diversos
materiales de origen animal o vegetal. Todos ellos pueden arder cuando se les
calienta donde hay presencia de aire y se carbonizan cuando al calentarlos se
impide la penetración del aire, mientras que los materiales de la naturaleza
inorgánica –las piedras, el cristal, los metales, etc.-, jamás llegan a
carbonizarse, por más que los calentemos.
En las
sustancias orgánicas, el carbono se halla combinado con diversos elementos: con
el hidrógeno y el oxígeno (estos dos elementos forman el agua), con el
nitrógeno (éste está presente en el aire en grandes cantidades), con el azufre,
el fósforo, etc. Las
diferentes sustancias orgánicas no son sino diversas combinaciones de esos
elementos, pero en todas ellas se encuentra siempre el carbono como elemento
básico. Las sustancias orgánicas más elementales y simples son los
hidrocarburos o composiciones de carbono e hidrógeno. El petróleo natural y
otros varios productos obtenidos de él, como la gasolina, el keroseno, etc.,
son mezclas de diferentes hidrocarburos. Partiendo de todas estas sustancias,
los químicos consiguen obtener fácilmente, por síntesis, numerosos combinados
orgánicos, a veces muy complicados y en muchas ocasiones idénticos a los que
podemos tomar directamente los seres vivos, como son los azúcares, las grasas,
los aceites esenciales, etc. ¿Cómo han llegado a formarse primeramente en
nuestro planeta las sustancias orgánicas? Cuando acometí por vez primera el
estudio del problema del origen de la vida –de ello hace exactamente 30 años-,
el origen primario de las sustancias orgánicas me pareció un problema asaz
enigmático y hasta inaprensible al entendimiento y al estudio. Esta opinión era
producto de la observación directa de la naturaleza, pues observaba que la
inmensa mayoría de las sustancias orgánicas inherentes al mundo de los seres
vivos se producen actualmente en la
Tierra por efecto de la función activa y vital de los organismos. Las
plantas verdes atraen y absorben del aire el carbono inorgánico en calidad de
anhídrido carbónico, y sirviéndose de la energía de la luz forman, a partir de
él, las sustancias orgánicas que necesitan. Los animales, los hongos, así como
las bacterias y todos los demás organismos que no poseen color verde, se
proveen de las sustancias orgánicas necesarias nutriéndose de animales o vegetales
vivos o descomponiéndolos una vez muertos. Así vemos cómo todo el mundo actual
de los seres vivos se sostiene gracias a los dos hechos análogos de
fotosíntesis y quimiosíntesis que acabamos de explicar. Más aún, incluso las
sustancias orgánicas que se hallan en las entrañas de la envoltura terrestre,
como son la turba, los yacimientos de hulla y de petróleo, etc., todas han
surgido, en lo fundamental, por efecto de la actividad de numerosos organismos
que en tiempos lejanos vivieron en nuestro planeta y que más tarde quedaron
sepultados en la macicez de la corteza terrestre.
Por todo
esto, muchos hombres de ciencia de fines del siglo pasado y de principios de
éste, aseguraban que las sustancias orgánicas no pueden producirse en la
Tierra, en contextos naturales, más que mediante un proceso biogenético, es
decir, sólo con la intervención de los organismos. Esta opinión, que prevalecía en la ciencia hace 30 años,
obstaculizó considerablemente la solución del problema del origen de la vida. Parecía que había formado un círculo vicioso del que
era imposible evadirse. Para abordar el origen de la vida era
necesario entender cómo se constituían las sustancias orgánicas; pero se daba
el caso de que éstas únicamente podían ser sintetizadas por organismos vivos.
Ahora bien, a esta síntesis
sólo es dable llegar si nuestras observaciones no traspasan los límites de
nuestro planeta. Si rebasamos esos límites veremos que en
diversos cuerpos celestes de nuestro mundo estelar se están creando sustancias
orgánicas abiogenéticamente, o sea, en un estado ambiental que excluye toda
posibilidad de que allí haya seres orgánicos.
El
espectroscopio nos permite estudiar la fórmula o composición química de las
atmósferas estelares, y a veces casi con la misma exactitud que si tuviéramos
muestras de ellas en nuestro laboratorio. El carbono se manifiesta ya en la
atmósfera de las estrellas tipo O, que son las más calientes, y se diferencian
de los demás astros por su extraordinario brillo. Incluso en su superficie
dichas estrellas contienen una temperatura que fluctúa entre los 20.000 y los
28.000 grados. Se comprende, pues, que en esas situaciones no puede prevalecer
todavía ninguna combinación química. La materia está aquí en forma
relativamente simple, como átomos libres disgregados, sueltos como pequeñísimas
partículas que forman la atmósfera incandescente de estas estrellas.
La
atmósfera de las estrellas tipo B, que destellan una luz brillante
blanco-azulada y cuya corteza tiene una temperatura de 15.000 a 20.000 grados,
también incluye vapores incandescentes de carbono. Pero este elemento tampoco
alcanza a formar aquí cuerpos químicos compuestos, sino que existe en forma
atómica, es decir, como minúsculas partículas sueltas de materia que se mueven
muy rápidamente.
Únicamente
la visión espectral de las estrellas blancas tipo A, en cuya superficie impera
una temperatura de 12.000º, nos deja ver por vez primera unas franjas tenues,
que indican la existencia de hidrocarburos –las primera combinaciones químicas–
en la atmósfera de esas estrellas. Aquí, por vez primera, los átomos de dos
elementos (el carbono y el hidrógeno) se han combinado y el resultado ha sido
un cuerpo más complejo, una molécula química.
En las
visiones espectrales de las estrellas más frías, las franjas inherentes a los
hidrocarburos se manifiestan más limpias
a medida que baja la temperatura y adquieren su máxima claridad en las
estrellas rojas, en cuya superficie la temperatura es de 4.000º. Nuestro Sol abarca una situación intermedia en ese sistema
estelar. Pertenece a las estrellas amarillas de tipo
G. Se ha concluido que la temperatura de la atmósfera solar es de 5.800 a 6.400º. Pero en las capas superiores desciende a
5.000º, y en las más profundas al alcance aún de nuestras investigaciones suele
elevarse los 7.000º.
Los
análisis espectroscópicos han probado que parte del carbono permanece aquí
combinado con el hidrógeno (CH-metino). Al mismo tiempo, en la atmósfera solar
se puede encontrar una combinación del carbono con el nitrógeno (CN-cianógeno).
Además, en la atmósfera solar se ha encontrado por primera vez el llamado
dicarbono (C2), que es una mezcla o combinación de dos átomos de carbono entre
sí.
Vemos,
pues, que en el curso de la evolución del Sol, el carbono, elemento que nos
interesa en este momento, ya ha pasado de una forma de existencia a otra.
En la atmósfera de las estrellas más
calientes, el carbono se manifiesta en forma de átomos
libres y disgregados. En el Sol, ya lo vemos, en parte, haciendo combinaciones
químicas, formando moléculas de hidrocarburos, de cianógeno y de dicarbono.
Para solucionar el problema que estamos
examinando, promete un gran interés el estudio de la atmósfera de los grandes
planetas de nuestros sistema solar. Las investigaciones han
descubierto que la atmósfera de Júpiter está formada en gran parte por amoníaco
y metano. Esto da motivos para suponer que
también existen otros hidrocarburos. Ahora bien, debido a la baja
temperatura que hay en la superficie de Júpiter (135º bajo cero), la masa
básica de estos hidrocarburos permanece en estado líquido o sólido. Las mismas
combinaciones se manifiestan en la atmósfera de todos los grandes planetas.
Es de excepcional importancia
el estudio de los meteoritos, esas “piedras celestes” que de tanto en tanto
descienden sobre la Tierra procedentes de los espacios interplanetarios. Estos son los únicos cuerpos extraterrestres que se
pueden someter directamente al análisis químico y a un estudio mineralógico.
Tanto por la índole de los elementos que los componen como por la razón en que
se basa su estructura, los meteoritos son iguales a los materiales que hay en
las partes más profundas de la corteza de la Tierra y en el núcleo central de
nuestro planeta. Se entiende fácilmente la gran importancia que tiene el
estudio de la textura material de los meteoritos para aclarar el problema de
las primitivas composiciones que se originaron al formarse la Tierra.
Por lo general, se suele situar a los
meteoritos en dos grupos principales: meteoritos de hierro (metálicos) y
meteoritos de piedra. Los
primeros están formados esencialmente por hierro (90%), níquel (8%) y cobalto
(0.5%). Los meteoritos de piedra contienen una
cantidad bastante menor de hierro (un 25%
aproximadamente). En ellos se encuentra en gran cantidad óxido de diversos
minerales: magnesio, aluminio, calcio, sodio, manganeso y otros.
En todos los meteoritos se
halla carbono en diferentes proporciones. Se le encuentra sobre todo en forma
natural, como carbón, grafito o diamante en bruto. Pero las formas más usuales
para los meteoritos son las composiciones de carbono con diferentes metales,
los llamados carburos. Es precisamente en los meteoritos donde se ha encontrado
por primera vez la cogenita, mineral muy abundante en ellos y que es un carburo
compuesto de hierro, níquel y cobalto.
Entre las demás composiciones del carbono que
se hallan en los meteoritos, deben señalarse los
hidrocarburos. En 1857 se logró extraer de un meteorito de roca hallado en
Hungría, cerca de Kabí, cierta porción de una sustancia orgánica similar a la
cera fósil u ozoquerita. El ensayo de esta sustancia demostró
que era un hidrocarburo de gran peso molecular. Cuerpos parecidos, con
moléculas formadas por muchos átomos de carbono e hidrógeno y a veces de
oxígeno y azufre, fueron encontrados en otros muchos meteoritos de diferentes
clases.
En las épocas en que se
descubrió por vez primera la existencia de hidrocarburos en los meteoritos,
imperaba todavía la falsa idea de que las sustancias orgánicas (y,
consecuentemente, también los hidrocarburos) únicamente podían formarse en
condiciones naturales con la intervención de organismos vivos. De ahí que
muchos hombres de ciencia adoptaron entonces la hipótesis de que los
hidrocarburos de los meteoritos no se conformaron, originariamente, sino que
eran productos de la desintegración de organismos que vivieron en otros tiempos
en esos cuerpos celestes.
Sin
embargo, investigaciones muy meticulosas realizadas posteriormente, destruyeron
esas hipótesis, y hoy sabemos que los hidrocarburos de los meteoritos, al igual
que los de las atmósferas estelares, aparecieron por vía inorgánica, es decir,
sin ninguna conexión con la vida.
La resultante de esto, sin ningún lugar a dudas, es que las sustancias orgánicas también pueden producirse al margen de los organismos, antes de que se produzca esa forma compleja del movimiento de la materia. Y, en efecto, conocemos sustancias orgánicas que se han ido formando en numerosos cuerpos celestes en unas condiciones que no cabe ni hablar de la existencia de cualquier género de vida. Ahora bien, si esto es así para la mayoría de los cuerpos celestes más