INICIACIÓN A LA ECONOMIA MARXISTA

 

ERNEST MANDEL




 

Crece, día a día, el interés de todos –estudiosos, militantes, de diversas tendencias,

opinión pública- por la teoría económica y por el análisis de los mecanismos que

condicionan el progreso social.

Los criterios que están en la base de la economía marxista o de la economía

neocapitalista son sometidos hoy a revisión continua. Ello da lugar a nuevas

situaciones en ambos polos ideológicos y a la aparición de formas mixtas. Sin embargo,

las exposiciones analíticas y técnicas sobre las respectivas líneas de fondo de ambos

procesos siguen siendo imprescindibles para hacerse con la clave de la actual

evolución sociopolítica.

Ernest Mandel ha tenido la rara capacidad de reducir a unas pocas páginas –unas

pocas lecciones orales, luego convertidas en libro- los resultados de su análisis. En

ellas aparecen con claridad los rasgos esenciales de la concepción marxista de la

economía y, como trasfondo, los de la evolución de la economía neocapitalista.

La brevedad y la diafanidad expositiva, unidas a la autoridad excepcional del autor en

estas materias, han convertido este libro en el vademécum indispensable para toda

persona interesada en conocer lo esencia de la economía. Otra cualidad interesa,

todavía, subrayar: esto no es un libro propagandístico, sino de análisis. Su autor, desde

luego, nunca esconde su criterio. Pero al lector discrepante nunca le resulta

desagradable la lectura.

Nota del Traductor

 

I. la teoría del valor y de la plus-valía

 

En último análisis, todos los progresos de la civilización vienen determinados por el

aumento de la productividad en el trabajo. Mientras la labor de un grupo humano sólo

alcanza, a duras penas, a mantener la vida o subsistencia de los trabajadores, mientras

no existe algún excedente o sobrante por encima de este producto indispensable,

resultan imposibles la división del trabajo, la aparición del artesanado, las condiciones

imprescindibles para la existencia y la actividad de los artistas y de los científicos. Por

consiguiente, y con mucha más razón, no hay, mientras dure tal circunstancia, ninguna

posibilidad de desarrollo de las técnicas que exigen aquellas especializaciones.

 

El excedente social

 

Mientras el rendimiento del trabajo sea tan bajo que el producto del trabajo de un

hombre sólo baste para su propio sustento, no hay ni puede haber tampoco división

social, diferenciación en el interior de la sociedad. Todos los individuos son, en este

caso, productores; todos se encuentran en idéntico estado y nivel de privación y de

incapacidad.

Todo aumento de la productividad del trabajo que supera aquel nivel mínimo, crea la

posibilidad de un pequeño excedente, y desde el momento que existe un sobrante de

productos, que dos brazos rinden más de lo que requiere su propia manutención, aparece

la posibilidad de lucha por la distribución de este superávit.

A partir de entonces, el conjunto de la labor de una colectividad ya no está forzosamente

destinado al mantenimiento de los productos. Una porción de este trabajo puede ser

destinada a liberar a otro sector de la comunidad de la necesidad de dedicarse tan sólo a

su propio mantenimiento.

Cuando surge esta posibilidad, una parte de la sociedad puede erigirse en clase

dominante, caracterizándose, principalmente, por el hecho de verse emancipada de la

necesidad de trabajar para poder subsistir.

En tal circunstancia, el trabajo de los obreros se descompone en dos partes. Una parte

sigue efectúandose para proveer el sostén de los propios productores; lo denominaremos

trabajo necesario. Otra parte sirve para mantener a la clase dominante; lo llamaremos el

trabajo sobrante.

Citemos un ejemplo evidente demostrativo: los esclavos en las plantaciones, ya sea en

determinadas zonas y épocas del Imperio romano, ya sea también en las grandes

plantaciones, a partir del siglo XVII, en las Indias occidentales o en las islas africanas,

bajo el poder colonial portugués. Generalmente, en las regiones tropicales, el dueño no

proporciona ni el alimento del esclavo; es éste mismo quien lo ha de producir, los

domingos, cultivando un exiguo espacio de tierra. Seis días por semana, el esclavo

trabaja en la plantación; es un trabajo cuyo fruto no le pertenece, crea un excedente

social que abandona desde el instante de su producción, que pertenece en exclusiva a los

señores de los esclavos.

La semana laboral, de 7 jornadas en este caso, se divide en dos partes: el trabajo de un

día, el domingo, es un trabajo necesario, para sostener al esclavo y a su familia; el

trabajo de los otros 6 días de la semana es lo que constituye el trabajo sobrante, cuyo

producto revierte en exclusivo beneficio de los amos, sirve para su subsistencia y,

además, para su enriquecimiento.

Otra muestra histórica: las grandes propiedades en la alta Edad Media. Las tierras de

estos dominios están distribuidas en tres facciones: los terrenos comunales o de

propiedad colectiva, esto es, los bosques, las praderas, los pantanos, etc; la tierra que los

siervos cultivan para mantenerse ellos y sus familias; finalmente, las tierras que han de

trabajar para sostener a sus señores feudales. Ordinariamente, en este caso, la semana

laboral es de 6 días y ya no de 7. Se divide en dos partes iguales: durante tres jornadas

cada semana, el siervo de la gleba se ocupa en producir lo que necesita; otras tres

jornadas semanales las destina a tierras de su señor, sin ninguna remuneración. El

vasallo efectúa un trabajo gratuito a favor de la clase privilegiada, del grupo en el poder.

Podemos definir el producto de estos dos tipos de trabajo tan diferentes con términos

también distintos. Cuando el productor realiza el trabajo necesario, crea el producto

necesario. Cuando, en cambio, realiza un trabajo sobrante, entonces crea excedente de

producto social.

El excedente de producto social es la parte de la producción social de que, aún siendo

realizada por la clase de los productores, se apropia de la clase dominante, cualesquiera

que sean el modo o el medio que emplee para retenerla en su poder: ya sea en forma de

productos naturales, ya sea en forma de mercancías destinadas a ser vendidas, ya sea en

forma de dinero.

La plus-valía no es, por tanto, nada más que la forma monetaria del producto de

excedente social. Cuando es exclusivamente en forma de dinero que la clase dominante

se apropia de la parte de producción anterio rmente denominada excedente de

“producto”, entonces ya no se utiliza esta expresión para calificarla, sino la de “plusvalía”.

Por otra parte, esto no es más que un primer esbozo de la definición de la plus- valía que

examinaremos más adelante.

¿cuál es el origen del excedente del producto social? El excedente del producto social se

presenta como el resultado de la expropiación gratutita –sin la compensación o el

intercambio de alguna contrapartida en valor- de una parte de la labor de la clase

productora, efectuada por el estamento en el poder. Cuando el esclavo trabaja dos días

cada semana en la plantación del dueño de los esclavos y todo el fruto de este esfuerzo

es acaparado por este propietario, sin ninguna remuneración a cambio, el factor causal

de este excedente de producto social es el trabajo gratuito, no pagado, realizado por el

esclavo en beneficio de su amo. Cuando el siervo trabaja tres días por semana en la

tierra del señor feudal, el origen de esta renta, de este excedente de producto social, es

también la labor no remunerada, gratuita, prestada por el siervo.

Comprobaremos seguidamente que el origen de la plus-valía capitalista, es decir, de la

renta o beneficio de la clase burguesa en la sociedad de tipo capitalista, es exactamente

el mismo: se trata de un trabajo no remunerado, gratuito, proporcionado al capitalista

por el proletario, por el asalariado, sin que perciba ningún valor a cambio de su tarea.

 

Mercancías, valor de uso y valor de cambio

 

He ahí, por consiguiente, algunas definiciones básicas que emplearemos como

instrumentos de trabajo a lo largo de los tres temas que expondremos en el presente

curso. Todavía tenemos que añadir algunas más:

Todo producto del trabajo humano ha de rendir normalmente una utilidad, ha de poder

satisfacer alguna necesidad del hombre. Puede afirmarse, en efecto que todo producto

del trabajo posee un valor de uso. Emplearemos este término según dos interpretaciones

diferentes. Hablaremos del valor de uso de una mercancía y, también, de los valores de

uso. Mostraremos cómo en determinadas sociedades sólo son producidos valores de

uso, productos destinados al consumo directo de quienes se apropian de ellos

(productores o clase dirigente).

Pero, al lado de este valor de uso, el producto del trabajo humano puede estar asociado

con otro tipo de valor, un valor de cambio. Puede ser producido no para ser consumido

inmediatamente por los proletarios o por el grupo de los privilegiados que monopolizan

la riqueza, sino para ser intercambiado en el mercado, para ser vendido. La masa de los

productos destinados a la venta ya no constituye una producción exclusiva de valores de

uso, sino una producción de mercancías.

Así pues, la mercancía es un producto que no ha sido creado para ser consumido

directamente, sino que su finalidad consiste en ser cambiado en el mercado. Por lo tanto

toda mercancía ha de contener simultáneamente un valor de uso y un valor de cambio.

Ha de poseer un valor de cambio, porque, de lo contrario, nadie la adquiriría. Sólo se

compra con la intención final de consumir, de satisfacer una necesidad. Si una

mercancía no presenta ningún valor de uso resulta invendible, inútil, no tiene valor de

cambio, precisamente porque carece de valor de uso.

Sin embargo, todo producto que posee un valor de uso no siempre tiene un valor de

cambio. Este valor de cambio le vendrá, principalmente, del hecho y en la medida de ser

producido por una sociedad fundamentada en el intercambio, una sociedad que practica

generalmente el intercambio.

¿Existen sociedades donde los productos no comporten un valor de uso? En el fondo del

valor de cambio y, con mayor motivo aún, en la base del comercio y de la práctica de

mercado, se halla un grado determinado de división del trabajo. Para que unos

productos no sean inmediatamente consumidos por sus propios productores, es preciso

que no todos los individuos elaboren un único e idéntico género o artículo. Si en una

comunidad concreta no existe una división del trabajo o ésta aparece en estado

rudimentario, es evidente que no hay razón para que surja el intercambio. Normalmente,

un productor de trigo no tendrá nada que pueda ser objeto de permuta con otro

productor del mismo cereal. Pero, desde el momento que hay división del trabajo,

cuando se establece contacto entre grupos sociales que elaboran materias con un valor

de uso diferente, el ejercicio del cambio puede manifestarse inicialmente, en

circunstancias esporádicas con la posibilidad de una ulterior generalización. Desde

aquel instante, aparecen paulatinamente junto a los productos destinados al mero

consumo, otros productos creados para ser intercambiados, las mercancías.

La producción mercantil y la producción de valores de cambio han conocido su más

amplia expansión en la sociedad capitalista. Es la primera sociedad histórica donde la

mayor parte de la producción está compuesta de mercancías. Aunque no todo el trabajo,

dentro del sistema capitalista, está proyectado con una finalidad comercial. Dos

categorías de productos continúan siendo valores tan sólo para el uso.

En primer lugar, todo cuando producen los campesinos para su autoconsumo en el área

de las haciendas y casas rurales. Esta producción para el abastecimiento de los propios

agricultores y granjeros se encuentra hasta en los países capitalistas más avanzados,

como p.e., en los Estados Unidos; pero constituye una ínfima porción de la actividad

agrícola total. En general, cuanto más retrasada está la agricultura de un país mayor es

la fracción de la producción agrícola reservada al autoconsumo, lo que dificulta en gran

manera el cálculo exacto de la renta nacional.

Una segunda categoría de productos que siguen siendo valores sólo de uso y no

mercancías en un régimen capitalista son los frutos de las labores domésticas. Aunque

supone y exige un gran acopio y desgaste de energías humanas, este trabajo en el hogar

produce valores de uso y no mercancías. Preparar una sopa, barrer la casa, coser un

botón son actividades productivas, pero no pretenden la comercialización o el lucro.

La aparición, luego la regulación y la posterior generalización de la producción de

mercancías, ha transformado radicalmente la forma de trabajar y el modo de

organización de la sociedad humana.

 

La teoría marxista de la alineación

 

Todos, más o menos, tenéis referencias sobre la teoría marxista de la alineación. La

aparición, la regularización, la generalización de la producción mercantil están

íntimamente vinculadas con la difusión de este fenómeno de la alineación.

No podemos analizar extensamente ahora este aspecto de la cuestión. Pero es

extraordinariamente importante conocer y comprender este hecho, porque la sociedad

mercantil no abarca solamente la época del capitalismo. Contiene asimismo la pequeña

producción mercantil que estudiaremos más adelante. Hay también una sociedad

mercantil postcapitalista, la sociedad de transición actual, que permanece aún

ampliamente fundamentada y establecida sobre la producción de los valores de cambio.

Cuando de descubren y entienden algunas de las características esenciales de la

sociedad mercantil, se puede también comprender el motivo de la imposible superación

de algunos fenómenos alienadores mientras dura el período de transición entre el

capitalismo y el socialismo, como es el caso de la URSS contemporánea.

En cambio, este hecho de la alineación no se da, lógicamente, por lo menos de esta

manera, en una sociedad que desconoce la producción mercantil, donde hay una unidad

entre la vida individual y una actividad social completamente elemental. El hombre

trabaja y, ordinariamente, no trabaja solo sino en conexión con una colectividad más o

menos orgánica. Este trabajo consiste en transformar directamente cosas materiales. Es

decir, que la actividad del trabajo, de la producción, del consumo y de las relaciones

entre el individuo y la sociedad, están regulados por un cierto equilibrio más o menos

permanente.

Realmente no está justificado embellecer la sociedad primitiva, sujeta a presiones y

catástrofes periódicas a causa de su extrema escasez de recursos. Constantemente el

equilibrio está amenazado por el peligro de ser destruido por la miseria, por los

cataclismos y desastres naturales, etc. Pero entre una y otra catástrofe, principalmente a

partir de un cierto grado de desarrollo de la agricultura y de unas condiciones

climatológicas favorables, es factible una cierta unidad y armonía, un cierto equilibrio

entre prácticamente todas las actividades humanas.

En la sociedad primitiva no existen las calamitosas consecuencias de la división del

trabajo, tales como el divorcio total entre la tarea estética, la inspiración y el impulso

artísticos, la ambición creadora y las actividades productivas, puramente mecánicas,

reiterativas, monótonas. Bien al contrario, la mayoría de las artes, tanto la música y la

escultura como la pintura y la danza se encuentran radicalmente ligadas con el trabajo.

El deseo de proporcionar una forma agradable, hermosa, a los productos que eran

comidos por el mismo individuo, por la familia, por el grupo más amplio de parentesco,

por la tribu, etc., se integraba normalmente, armónicamente, orgánicamente en el trabaja

cotidiano.

El trabajo no era considerado ni experimentado como una obligación o una carga

impuestas desde el exterior, sobre todo porque resultaba una operación mucho menos

tensa y agotadora de lo que es en el sistema capitalista actual, porque respetaba y se

adaptaba a los ritmos intrínsecos y característicos del cuerpo humano y de la naturaleza.

El número de jornadas laborales casi nunca excedía de 150 a 200 cada año, mientras que

en la sociedad capitalista se aproxima peligrosamente a 300 y lo sobrepasa en algunas

ocasiones. Después, porque subsistía una concordia entre el productor, el producto y su

consumo, porque el trabajador producía para subvenir a sus personales necesidades o a

las de su familia y su tarea conservaba un aspecto directamente funcional. La alineación

moderna nace principalmente de la rotura y separación entre el obrero y el fruto de su

actividad, efecto simultáneo de la división del trabajo y de la producción de mercancías

destinadas a un mercado y a un consumidor desconocidos y no al beneficio del mismo

trabajador.

El reverso de la medalla muestra que una sociedad que sólo produce valores de uso,

bienes para el consumo inmediato de los mismos productores, siempre fue, en el

pasado, una sociedad sujeta a un grave estado de inteligencia. Se trata, por lo tanto, de

una sociedad que no solamente se ve sometida al azar y al despotismo de las fuerzas

naturales, sino que también limita hasta el extremo las necesidades humanas, en la

misma medida que carece de lo imprescindible, no disponiendo más que de una gama

limitada de productos. Las necesidades humanas sólo muy parcialmente son innatas. Es

constante la interacción entre producción y necesidades, entre desarrollo de las fuerzas

productoras y la eclosión de las necesidades. Únicamente dentro de una sociedad que

hace avanzar al máximo la productividad del trabajo, que procura hacer progresar una

gama inmensa de productos, puede el hombre experimentar un desarrollo continuo de

sus necesidades, de sus potencialidades inagotables, de su humanidad integral.

 

La ley del valor

 

Una de las consecuencias de la aparición y de la generalización progresivas de la

producción de mercancías es que el mismo trabajo empieza a convertirse en algo

regular, medido, deja de estar en sintonía con el ritmo de la naturaleza y el ritmo

fisiológico del hombre.

Hasta el siglo XIX y quizás hasta el siglo XX, en algunas regiones de Europa

occidental, la gente del campo no trabaja de un modo regulara, no trabaja con idéntica

intensidad cada mes del año. Durante algunos períodos del año laboral, realizará una

labor sumamente vigorosa. Pero también aparecen dilatados espacios de inactividad,

especialmente a lo largo de la estación invernal. Cuando ha crecido la sociedad

capitalista, ésta ha encontrado en las zonas agrícolas más retrasadas, dentro de la misma

sociedad capitalista, una reserva de mano de obra particularmente interesante, que

acudía a trabajar a la fábrica 4 ó 6 meses cada año, aceptando salarios mucho más bajos,

puesto que una parte de su subsistencia podía ser atendida gracias a la explotación

agrícola que permanecía.

Cuando se observan granjas más desarrolladas y prósperas, por ejemplo en la

proximidad de las grandes ciudades, es decir, granjas que han entrado en un proceso de

industrialización, se halla en ellas un trabajo mucho más regular, un rendimiento y

dedicación laborales superiores, sostenidos durante todo el curso del año, eliminando

paulatinamente los tiempos muertos. Esto no ocurre solamente en nuestra época, ya se

puede constatar en la Edad Media, desde el siglo XII. A mayor cercanía de las ciudades

y de sus mercados, mayor orientación de la agricultura hacia el comercio, hacia la

producción de mercancías, más alto nivel de regularización del trabajo, con una

dedicación más o menos permanente, como si se tratara del trabajo dentro de una

empresa industrial.

En otros términos: cuanto más se generaliza la producción de mercancías, tanto más se

regulariza el trabajo y la organización de la sociedad se concentra alrededor de una

contabilidad fundada en el trabajo.

Si se examina la división del trabajo, ya bastante avanzada en una población rural, en

los inicios del desarrollo comercial y artesanal medievales; si se estudian las

colectividades propias de las civilizaciones bizantina, árabe, india, china y japonesa, se

descubre, con sorpresa, el hecho común a todas ellas de una integración muy adelantada

entre la labor en el campo y las diversas técnicas artesanales, de una regularización del

trabajo tanto en las zonas agrarias como en los núcleos urbanos, factores que erigen la

contabilidad en el trabajo y en el horario laboral en motor normativo de toda la

actividad y de la misma estructuración de la convivencia social. En el capítulo referente

a la ley del valor del “Tratado de economía marxista”, he presentado una larga serie de

ejemplos de esta contabilidad en horas de trabajo. En ciertas aldeas de la India, una

casta determinada monopoliza el oficio de herrero, pero continúa, al mismo tiempo,

cultivando la tierra para subvenir por su propia alimentación. Han promulgado la

siguiente regla: cuando el herrero fabrica una herramienta o un arma para una casa de

campo, ésta ha de proporcionar la materia prima y, durante el tiempo que dedica a

trabajar la materia prima para hacer aquellos instrumentos, el campesino para quien

realiza su tarea artesana cuidará de la tierra del herrero. Existe, por tanto, una

equivalencia en horas de trabajo que rige los intercambios de una manera totalmente

diáfana.

En las aldeas japonesas medievales, en el seno de la comunidad rural, se lleva una

contabilidad precisa de las horas de trabajo. El contable de la población posee una

especie de gran libro en el que anota y registra las horas de trabajo prestadas por cada

campesino en las tierras recíprocas, porque la producción agrícola se basa aún, en gran

medida, en la cooperación en el trabajo. Generalmente la cosecha, la construcción de

casas, la cría de ganado se efectúan colectivamente. Es calculado con rigurosa exactitud

el número de horas de trabajo que los miembros de una familia prestan a otra familia. A

fin de año ha de haberse establecido un equilibrio, es decir, el hogar A y el hogar B se

han de haber prestado, al cabo del año, mutuamente idéntica cantidad de horas

laborales. Los japoneses han llegado hasta el punto de detallar -¡hace de ello cerca de

1000 años!- que una hora de trabajo realizada por un niño sólo “vale” una media hora de

tarea hecha por un adulto. Se trata de un caso de estricta contabilidad del trabajo.

Otro ejemplo que nos permite descubrir de forma inmediata la generalización de esta

contabilidad centrada en la economía del tiempo dedicado al trabajo: la reconversión de

la renta feudal. En una sociedad feudal, el excedente de la producción agrícola puede

adoptar tres modalidades diferentes: la de renta en trabajo obligatorio y gratuito, la de

renta en especie o en género producido y la de renta en dinero.

Cuando se da el paso de la prestación forzada y sin gratificación a la renta en especie, se

registra un proceso de reconversión. En lugar de proporcionar tres días de trabajo por

semana al señor feudal, el siervo le entrega, cada estación agrícola, una determinada

cantidad de trigo o de ganado vivo, etc. Se produce otra reconversión cuando la renta en

especie se muda en renta en dinero.

Estas dos conversiones se han de fundar sobre una contabilidad bastante rigurosa de las

horas laborales, si una de las dos partes no quiere ni tolera ser perjudicada por este tipo

de operación. Si al hacer la primera reconversión, en lugar de entregar al señor feudal

150 jornadas de trabajo por año, el campesino le da una cantidad de trigo que le ha

costado 75 días de labor, esta reconversión de la renta-trabajo en renta en especie

provocaría como resultante un brusco empobrecimiento del señor y un rápido

enriquecimiento del siervo.

Los propietarios de los bienes raíces -¡dignos, claro está, de toda confianza!- vigilaban

con mucha atención el proceso de reconversión para que hubiera una paridad estricta

entre las diferentes formas de renta. Esta reconversión podía en definitiva resultar un

detrimento de una de las dos clases agentes de la operación, por ejemplo contra el dueño

feudal cuando se produjo un súbito aumento del precio de los frutos del campo después

de la transformación de la renta en dinero, pero se trata de la consecuencia de una

evolución histórica y no del efecto de la misma reconversión.

El origen de esta economía fundada sobre la contabilidad en tiempo de trabajo se

evidencia en el caso de la división del trabajo entre los artesanos y los campesinos en el

interior de la misma comunidad rural. Durante un largo período de tiempo, esta división

del trabajo se mantiene en un estado bastante rudimentario. Una parte de los agricultores

continúa produciendo una porción de su vestimenta por un espacio de tiempo muy

dilatado que, en la Europa occidental, se extiende desde el origen de las ciudades

medievales hasta el siglo XIX, cerca, por lo tanto, de un millar de años, con el resultado

final de que la técnica de confección de la ropa y de los trajes propios no ofrezca secreto

ni dificultad para los agricultores.

Cuando se establecen intercambios regulares entre los campesinos y los confeccionadores de productos textiles, surgen unas equivalencias normales entre ellos,

por ejemplo, puede ser permutada una vara de pieza textil por 10 libras de manteca, no

precisamente por 100 libras. Ciertamente los campesinos conocen por experiencia el

tiempo aproximado de trabajo necesario para producir una concreta cantidad de género

textil. De no existir una equivalencia más o menos aproximada entre la duración del

trabajo necesario para producir la cantidad de ropa entregada a cambio de una

convenida cantidad de manteca, la división del trabajo sería necesariamente

inmediatamente modificada. Si resultara más provechoso para ellos producir ropa en

lugar de manteca, cambiarían de producción, siendo así que aún nos hallamos en los

umbrales de una división radical del trabajo y son todavía imprecisas las fronteras que

distinguen las diferentes técnicas y el tránsito de una actividad económica a otra es

factible y hasta fácil, principalmente si está brinda sugestivas ventajas materiales.

En el mismo seno de las ciudades medievales hay un equilibrio, calculado con gran

lucidez, entre los diferentes oficios, inscrito en las tábulas gremiales, precisando hasta el

minuto el tiempo de trabajo destinado a la elaboración de los diferentes productos. En

tales condiciones, sería inconcebible que el zapatero o el herrero llegasen a obtener la

misma suma de dinero por el producto de la mitad de tiempo de trabajo que requeriría

un tejedor o a otro artesano para conseguir la misma cantidad de dinero a cambio de sus

productos.

En la citada circunstancia podemos descubrir el mecanismo de aquella contabilidad en

horas de trabajo, el modo de funcionar de aquella sociedad fundamentada en una

economía en horas de trabajo, que es característica general de toda aquella fase

denominada pequeña producción mercantil, que se intercala entre una economía

simplemente natural que sólo produce valores de uso y la sociedad capitalista que crea

una ilimitada expansión de la elaboración de mercancías.

 

Determinación del valor de uso de las mercancías.

 

Después de precisar que la producción e intercambio de mercancías se regularizan y se

generalizan en el interior de una sociedad fundada sobre una economía en tiempo de

trabajo, sobre una contabilización de las horas laborales, podemos comprender porque,

por sus orígenes y por su propia naturaleza, el intercambio de mercancías se establece

sobre esta misma contabilidad en horas de trabajo y que la regla común que se instituye

es la siguiente: el valor de cambio de una mercancía está determinada por la cantidad

de trabajo necesario para producirla, y esta cantidad de trabajo es medida según la

duración del trabajo requerido para la producción de dicha mercancía.

Conviene añadir algunas precisiones a esta definición que constituye la teoría del valor-

.trabajo, base simultánea de la clásica economía política burguesa, desde el siglo XVII y

comienzos del XIX, desde William Pessy hasta Ricardo, y de la teoría economía

marxista, que asumió y perfeccionó esta misma teoría del valor-trabajo.

Primera precisión: los hombres no poseen la misma capacidad de trabajo, la misma

energía, el mismo dominio de su oficio. Si el valor de cambio de las mercancías

dependiera de la sola cantidad de trabajo efectuado individualmente, realmente prestado

por cada individuo para producir una mercancía, se llegaría a una situación absurda:

cuanto más holgazán e inepto fuera un obrero, tanto mayor sería el número de horas

empleado para confeccionar un traje o un par de zapatos, por ejemplo, y

consiguientemente mayor sería el valor del traje o de los zapatos. Es lógicamente

imposible, porque el valor de cambio no constituye una recompensa moral para quien ha

tenido la buena voluntad de trabajar; sino que constituye un vehículo establecido entre

productores independientes, para instaurar la igualdad entre los oficios, en una sociedad

fundada a la vez en la división del trabajo y en la economía del tiempo de trabajo. En

este tipo de sociedad, el despilfarro en el trabajo es algo que no merece premio, bien al

contrario, es penalizado automáticamente. Quienquiera gasta, para producir un par de

zapatos, una cantidad en horas superior a la medida necesaria –esta media

imprescindible ya está determinada por la productividad media del trabajo y figura

inscrita en la Carta de los Oficios- ha dilapidado el trabajo humano, ha sido inefectivo,

ha perdido su tiempo y por estas horas malgastadas no merece ni recibe recompensa

alguna.

Formulado de otra manera: El valor de cambio de una mercancía está determinado no

por la cantidad de trabajo dedicado para la producción de esta mercancía por parte de

cada productor individualmente considerado, sino por la cantidad de trabajo socialmente

necesario para confeccionarla o elaborarla. La fórmula “socialmente necesario”

significa: la cantidad de trabajo necesario en las condiciones medias de productividad

del trabajo que existen en una época y en un país determinados.

Esta precisión ofrece importantes aplicaciones cuando se analiza con mayor

detenimiento el funcionamiento de la sociedad capitalista.

Se impone, sin embargo, una segunda precisión. ¿qué significación exacta tiene la

fórmula “cantidad de trabajo”? Hay cualificaciones diferentes entre los trabajadores.

¿Existe una paridad total entre una hora de trabajo prestada por diferentes obreros,

prescindiendo de dicha cualificación profesional y personal?. Repetimos, no se trata de

una cuestión moral sino de un caso de lógica interna, de una sociedad fundada en la

igualdad de los oficios, la igualdad en el mercado, para la cual admitir condiciones de

desigualdad implicaría y provocaría una pronta ruptura del equilibrio social.

¿Qué pasaría, por ejemplo, si una hora de trabajo de un peón no produjese menos valor

que una hora de un obrero cualificado, que ha necesitado y ha empleado de 4 a 6 años

de aprendizaje para alcanzar su destreza técnica?. Nadie desearía conseguir una

cualificación profesional. Las horas de trabajo destinadas a lograr su dominio del oficio

resultarían un derroche inútil de energía, el aprendiz que alcanzara un grado de maestría

en el oficio no hallaría ninguna compensación.

Para que haya jóvenes que deseen e intenten cualificarse dentro de un sistema

económico fundado sobre la contabilidad de horas laborales, es necesario que el tiempo

que han dedicado a la adquisición del dominio del oficio sea remunerado y reciban un

valor compensatorio de este tiempo de instrucción y adestramiento. Completaremos

nuestra definición del valor de cambio de una mercancía: “Una hora de trabajo de un

obrero cualificado ha de ser considerada como un tiempo de trabajo complejo, como un

múltiplo de la hora de trabajo de un peón, y este coeficiente de multiplicación no es

arbitrario sino que tiene como fundamento los gastos y el costo exigidos por la

cualificación”. Sea dicho de paso, en la Unión Soviética, durante el período staliniano,

apareció indefectiblemente un pequeño equívoco o vaguedad en la explicación del

trabajo compuesto, error o imprecisión que aún subsiste allí. Se continúa afirmando que

la remuneración del trabajo ha de hacerse en función de la cantidad y de la calidad del

trabajo realizado, pero la noción de calidad no es interpretada, a la luz del análisis

marxista, como una calidad mensurable cuantitativamente por un coeficiente preciso de

multiplicación. Por el contrario, es interpretada y empleada según la ideología burguesa,

pretendiendo determinar la calidad del trabajo según la medida de su utilidad social, y

de esta manera se justifican los ingresos de un mariscal, de una bailarina o de un

director de “trust”, diez veces superiores a los de un obrero manual no cualificado. Se

trata en realidad de una teoría apologética para explicar y apoyar las grandes diferencias

de remuneración que se registraban durante la época staliniana y que todavía siguen

existiendo actualmente, en la URSS, aunque en proporciones más reducidas.

El valor de cambio de una mercancía está determinada, por consiguiente, por la cantidad

de trabajo socialmente necesaria para producirla. El trabajo cualificado es considerado

como un múltiplo del trabajo simple, multiplicado por un coeficiente más o menos

mensurable.

Este es el núcleo central de la teoría marxista sobre el valor, que, a su vez, es la base de

toda la teoría económica marxista. De la misma manera, la teoría sobre el excedente del

producto social y del trabajo excedente, que ha sido expuesta en las primeras páginas

del presente estudio, constituye el fundamento de toda la sociología marxista y el punto

que realiza la conexión del análisis sociológico e histórico de Marx, de su teoría de las

clases y de la evolución de la sociedad en general con la teoría económica marxista, y,

más exactamente, con el análisis de la sociedad de mercaderes: precapitalista, capitalista

y postcapitalista.

 

¿Qué es el trabajo socialmente necesario?

 

He indicado hace poco que la definición particular de la cantidad de trabajo socialmente

necesario para producir una mercancía tenía una aplicación singular y sumamente

importante dentro del análisis de la sociedad capitalista. Considero que es mejor, más

útil, examinarla ahora, aunque lógicamente su lugar más apropiado estaría en la

siguiente exposición sobre el capital y el capitalismo.

El conjunto de todas las mercancías producidas en un país y en una época determinadas,

tiene como objeto satisfacer las necesidades de aquella colectividad concreta. Porque

una mercancía que no sirviese para solucionar los problemas y necesidades de nadie,

que no tuviese valor de uso para alguien, sería –desde el principio y por definicióninvendible,

no presentaría ningún valor de cambio, no sería en realidad una mercancía,

sino simplemente el resultado del capricho, del juego desinteresado de un productor.

Por otra parte, la totalidad del poder de compra que exista en aquella sociedad concreta

en un momento preciso de su historia y que va destinado a ser gastado en el mercado, y

no a ser guardado como un tesoro o una cuenta de ahorro, tendría que ser aplicada a la

adquisición del conjunto de las mercancías producidas, si se pretende que haya un

equilibrio económico. Este equilibrio implica que la suma global de la producción

social, de las fuerzas creadoras de bienes para la sociedad, de las horas de trabajo

disponibles haya sido distribuida entre los diferentes sectores industriales, guardando

proporción con la manera según la cual los consumidores dividen su poder adquisitivo

entre sus diferentes necesidades capaces de ser solventadas. Cuando la distribución de

las fuerzas productivas ya no corresponde a esta distribución de las necesidades se

quiebra el equilibrio económico y aparecen conjuntamente el exceso y el déficit de

producción.

Citemos un ejemplo algo banal: a finales del siglo XIX y comienzos del siglo actual, en

París, existía una industria de carrocería y de las diferentes mercancías relacionadas con

el transporte por tracción animal que empleaba a muchos millares de obreros.

Surgió la industria del automóvil, al principio dentro de proporciones muy modestas,

pero ya con decenas de fabricantes y contratando los servicios de miles de trabajadores.

¿Qué sucede durante este período? El número de vehículos tirados por caballerías va

disminuyendo, el número de coches a motor empieza a aumentar. Tenemos, de una

parte, la producción de carros y carrozas que tiende a superar las necesidades y

demandas sociales, la manera de distribuir su capacidad adquisitiva por parte de los

parisinos; por otra parte, existe una producción de automóviles que permanece inferior a

las necesidades socia les; la naciente industria del automóvil se mueve dentro de un

medio ambiente de penuria hasta que no aplica el sistema de fabricación en serie. Había

un desequilibrio entre la oferta y la demanda, el número de automóviles disponibles

para su venta en el mercado era inferior a los pedidos por la clientela.

¿Cómo expresar este tipo de fenómenos utilizando los términos de la teoría del valortrabajo?

Puede afirmarse que en los sectores de la industria de carrocerías se trabaja

más de lo que es socialmente necesario, para una porción del trabajo aportado por el

conjunto de este tipo de empresas resulta socialmente malgastado, no encuentra

equivalencia en el mercado, produce una mercancía invendible. Cuando unas

mercancías resultan invendibles en la sociedad capitalista esto significa que se ha