che Las lágrimas que merece el Che
Arleen Rodríguez Derivet

Todo el Atlántico está de por medio, pero Rocío ha venido conmigo a La Habana. Nos despedimos solidariamente en Gotland -isla del norte escandinavo a la que me llevó un curso de Periodismo-, luego de un ávido interrogatorio sobre la situación en Cuba y una proposición que aún me parece estarle oyendo: "No dejes de ir a los funerales del Che; piensa que lo harás por mucha gente. También por mí".

Rocío, como millares de migrantes latinoamericanos, ha hecho de Cuba y del Che una suerte de escudo contra la nostalgia, contra la sensación de desamparo en un exilio que es también interior, personal. Sus sueños no están en el país al que emigraron y que les reserva la categoría de ciudadanos de segunda, sólo buenos cuando lavan los platos y limpian la nieve en las avenidas. Tampoco en el que nacieron, donde extraviaron los proyectos para el futuro y decidieron quemar todas las naves. En ese viaje de ida sin vuelta, sólo el Che y Cuba les alumbra una alternativa en la pelea del nunca acabar contra la indignidad y el hambre.

En Suecia, por ejemplo, encontré múltiples evidencias de un intenso pensar en y desde el Che, y a la misma vez las más variadas voces contra el bloqueo. Es lo que una descubre en cualquier ciudad -hasta en Miami,donde aparecieron súbitamente en edificios públicos sábanas con el rostro fotografiado por Korda-, y hasta en INTERNET, que en estos días sufre atascos cuando se solicitan al servidor los textos relacionados con el Guerrillero Heroico, espacios abrumadoramente destinados a hablar en todos los idiomas de la resistencia y de la rebeldía.

Llama la atención que hay un regresar consciente y con más fuerza que nunca a un Che asumido como ideal, después de intentos del mercado de convertirlo en un mito de polyester. Cuando uno se asoma a esta aldea global entiende por qué es tan apasionado el encuentro con la vida de ese estoico de la Revolución cubana y latinoamericana, pero lo trascendente es que se le asuma en consenso junto a Cuba como compromiso contra el hambre y el desamparo de los seres humanos.

El Che y Cuba -la extraordinaria multiplicación del homenaje al Che en esta fecha ha ayudado a vulnerar la férrea censura de los medios internacionales de prensa- están en los labios y en los puños de miles de hombres y mujeres, y hay aliento de resurrección.

Fidel dio la clave en el Congreso. Dijo: "Che y la Revolución cubana son una misma cosa",aunque los cubanos instintivamente ya lo habíamos descubierto. Yo lo vi en Rocío y en otras muchas personas que en el frío otoño de Suecia vencían la contagiosa timidez nórdica para enviar un mensaje de amor a la Isla y hasta pusieron, calladas, anónimas, una foto del guerrillero en el pizarrón del aula donde yo recibía las clases, después de una tensa discusión en la que alguien trataba de condicionar su solidaridad.

Una parte decisiva de este planeta está empezando a reconocer sus esencias y a ver ángulos diferentes en un universo que impone la adoración unánime de los valores de la sociedad de consumo. Ahora se percibe con claridad por qué no ha sido doloroso este ocho de octubre que recuerda el crimen cometido hace 30 años. Como diría Eduardo Galeano, maravilla que este mundo empiece a tener la mirada recién amanecida del Che, de los hombres que creen fervorosamente en los sueños.