Las banderas están a media asta, se ha decretado duelo oficial. Pero cualquier observador inteligente se percata de que no es precisamente tristeza lo que acompaña al Che en este fin de semana de octubre en que se le honra en La Habana.
Andamos, como él en la despedida hace 32 años, con una mezcla de alegría y dolor porque, devolviéndole las palabras, él sigue estando entre lo más puro de nuestras esperanzas y entre lo más querido de nuestros seres queridos y saberlo físicamente muerto laceró una parte de nuestro espíritu.
Pero ya hay un sitio para sus huesos en Cuba a donde será posible llegar para decirle que seguimos cumpliendo el más sagrado de los deberes.
Y eso reconforta y cura con creces cualquier desgarradura. Como todos los cubanos nacidos después de 1959 sólo sé del Che algo de lo que recuerdan sus compañeros y amigos, de lo que quedó en sus escritos y reflexiones, de lo que se conserva en grabaciones que ya pueden llamarse antiguas aunque jamás podrán considerarse viejas...pero sé que ese Che tiene mucho en común con el verdadero. De todas esas fuentes y testimonios ha emergido un revolucionario absolutamente consecuente, virtud indispensable a la que tantas veces se refirió Fidel al conversarle especialmente a los jóvenes en el V Congreso del Partido.
Entonces me siento con todo el derecho a decir que conozco al Che. Y sé que hoy no le gustaría ver lágrimas de luto en ningún rostro. Sé que hoy trabajaría y seguramente diría algunos poemas, suyos o de un poeta como Neruda, y que en más de un momento caminaría respetuoso, con su boina entre los dedos, frente a los héroes muertos en combate. Pero no lloraría. No porque no tuviera lágrimas. A un ser humano de su talla no le faltaría la pasión que humedece los ojos y hasta los desborda. Pero estaría tan orgulloso de saber que no le hemos dado al imperialismo "ni un tantito así"...disfrutaría tanto el realismo descarnado con que se discutieron los problemas de la economía en el más reciente congreso de los comunistas cubanos...se habría identificado tanto con la pasión crítica de Raúl...se sentiría tan entusiasmado por las intensas batallas por la eficiencia que se avecinan...coincidiría de tal manera con la visión cruda pero optimista de Fidel sobre el futuro del mundo...le gustaría tanto aquella frase de su jefe y amigo de que no puede haber una economía revolucionaria sin una política revolucionaria...estaría, en fin, tan entusiasmado con los retos de esta Revolución -ue se le parece porque también es suya- que nadie podría decir que vio más brillo en sus ojos que aquel con el que nos mira desde la foto antológica, insistiendo en su saludo que convoca: Hasta la victoria siempre.
A nadie puede prohibírsele que llore. Pero es deber advertir que quienes regresan victoriosos de enfrentar la muerte y el olvido sólo merecen lágrimas de profunda alegría. Esas que distinguen a los humanos entre todos los seres vivientes y dan ánimos nuevos para seguir la lucha.