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TERRITORIOS / Latinoamérica

Iberoamérica, cólera en tiempos de cambio


Nidia Díaz
El Economista de Cuba / CEPRID
26 - XI -07


Acaba de concluir en Santiago de Chile la decimoséptima edición de la Cumbre Iberoamericana y, más allá de cualquier análisis, de cualquier avance habido en estos años en el debate y las reflexiones sobre asuntos puntuales de un escenario económico, político, cultural y social común a sus estados miembros, salta a la vista que quienes un día nos conquistaron y sometieron, no han madurado lo suficiente para tratarnos en pie de igualdad.

Sin tener ante sí el tema del V Centenario que presidió el inicio de estas cumbres, alla por el año de 1991, la visión de latinoamericanos y europeos que conforman Iberoamérica sigue siendo diferente. Los primeros, con toda justicia, estamos convencidos de que la referida comunidad es resultado del encuentro entre dos mundos y dos culturas. Los segundos, otrora potencias coloniales, al creer ciegamente que nos "descubrieron" se desajustan cuando actúamos no como súbditos sino como hombres y mujeres libres.

Resulta tan grande su desconcierto que pierden los estribos y nos mandan a callar con el índice en ristre, como cuando con las patas en alto de sus caballos amedrentaban a los nativos que encontraban a su paso.
Santiago de Chile, este 10 de noviembre, en los momentos finales de una cita que intentó consensuar los caminos hacia la cohesión social que tanto necesita la región, fue testigo para suerte de muchos de que este es un tiempo de cambios.

La denuncia hecha por el presidente de Venezuela, Hugo Chávez contra las acciones fascistas e injerencistas del exjefe del Gobierno español, José María Aznar, y la solidaridad manifiesta de los representantes de Cuba, Nicaragua y Bolivia a sus planteamientos, rechazados con ira por la delegación de España, corroboran esta realidad.

La cohesión social

Veintidós naciones latinoamericanas, más España, Portugal y Andorra (esta última desde 2005) dan vida al movimiento de cumbres iberoamericanas que desde 1991 han tenido como tema recurrente lo social desde una perspectiva que no pocas veces se ha circunscrito a lo expositivo y no a la profundización de sus causas y orígenes.

De cualquier manera, el hecho mismo de que tras diecisiete años sigamos abordando el problema, es un indicativo acusador de que dentro del actual modelo político y económico, su solución es imposible.

En 1991, cuando la I Cumbre, en Guadalajara, la región arrastraba una década de crisis económica, agravada por la recesión y las políticas usureras de los organismos crediticios internacionales afines a Washington; entonces, los índices de pobreza, de marginalización y de exclusión social eran insostenibles. Tanto que en 1996 se hizo necesario que la VI Cumbre, convocada para Valparaíso, Chile, se abordara el tema de la gobernabilidad. Eran los días de los crecientes movimientos populares contra el orden impuesto que llevarían a desalojar del gobierno por la fuerza de las masas a más de un presidente corrupto y neoliberal.

En los foros alternativos paralelos a estas citas de Jefes de Estado y de Gobierno, organizados por los pueblos, se insistía en la necesidad de un cambio, de hacer expresa la voluntad política de los gobernantes de la región para poner fin a la galopante miseria. Algunos mandatarios cómodamente sentados en los centros de convenciones, utilizaban la retórica para potenciar como la panacea y el fin de todos los males, la urgencia de lograr un crecimiento sostenido en cada una de nuestras naciones.

La receta era fácil: la inversión extranjera, las privatizaciones, la dependencia y la entrega de la soberanía al Norte rico e industrializado, frente a unas pocas voces que apostaban a la transformación de las viejas estructuras burguesas para conseguir la justicia social, base de la cohesión social.

Aquellos argumentos quedaron al desnudo, las cifras hablan: América Latina lleva poco más de lustro con un crecimiento sostenido de su Producto Interno Bruto, sus recursos naturales se privatizaron y una mayoría se plegó a los dictados del Norte, mientras transnacionales norteamericanas y europeas son el verdadero poder a la sombra en esos países.

Pero América Latina, a pesar de ese crecimiento macroeconómico, sigue siendo la región del mundo más desigual en la distribución de la riqueza, donde no se ha podido eliminar el hambre, los pocos empleos que se ofertan son precarios y la mayoría de ellos son en la economía informal. En una palabra, se sigue incrementando la marginalización y la exclusión social.

No es casual que en esta XVII Cumbre los representantes de Cuba y de los nuevos gobiernos revolucionarios, populares y nacionalistas hayan puesto en dedo en la llaga y hayan llamado por su nombre aquellos elementos que son los que impiden se fragüe la tan necesaria cohesión social, la cual, coincidieron, sólo puede ser el resultado del triunfo de un sistema de justicia y equidad social.

La cita, y hay que decirlo también, sirvió de escenario para demostrar que la democracia no es sólo el ejercicio de las urnas, sino la obligación de los elegidos a cumplir las promesas hechas, a respetar la soberanía nacional, a trabajar por y para el pueblo y no a favor de una minoría, pero, sobre todo, volvió a quedar claro que la democracia no puede ser patrimonio de unos pocos ni puede descalificarse porque no responda al modelo hegemónico.

El resto, las resoluciones especiales, la declaración política y las condenas contra las políticas fundamentalmente de Estados Unidos, transitaron como venían haciéndolo desde la cita de Salamanca lo cual es buen indicativo de que no retrocedemos a pesar de las diferencias.

Esta XVII Cumbre Iberoamericana sirvió para que los sietemesinos de alma y de coraje volvieran a defender a quienes los amamantan, sólo que los paridos a tiempo por sus pueblos son cada vez más.

Nidia Díaz es diputada del Parlamento Centroamericano por FMLN de El Salvador.