CEPRID

Carta abierta a los “defensores de los derechos humanos” en Alepo

Lunes 16 de enero de 2017 por CEPRID

Jean Bricmont

Counter Punch

Traducido para el CEPRID (www.nodo50.org/ceprid) por María Valdés

Que no haya error: esto no es en modo alguno una crítica de los derechos humanos como ideal por el que trabajar. El título completo de esta carta debería ser: "Carta abierta a quienes invocan selectivamente los derechos humanos para justificar la política de intervención de las potencias occidentales en los asuntos internos de otros países".

En realidad, la única cuestión a discutir sobre Siria no es la situación sobre el terreno (que puede ser complicada), sino la legitimidad de las políticas intervencionistas en ese país por parte de los EEUU y sus "aliados", los europeos, los turcos y los estados del Golfo en ese país.

Durante décadas, el principio en que se basa el derecho internacional, es decir, la igualdad de soberanía de los estados, lo que implica la no-intervención de un estado en los asuntos internos de otro, ha sido sistemáticamente violado, hasta el punto de ser prácticamente ha sido olvidado, por los campeones del "derecho de intervención humanitaria". Recientemente, un número de estos defensores de la intervención humanitaria, autoproclamados izquierdistas inquebrantables, se han sumado al coro del partido de la guerra de Washington reprochando al gobierno de Obama no haber intervenido más en los esfuerzos militares para derrocar al gobierno de Siria. En una palabra: critican a la administración Obama por no haber violado suficientemente el derecho internacional.

De hecho, casi todo lo que los EEUU hacen en todo el mundo viola el principio de no intervención: no sólo las invasiones “preventivas”, sino también influir o comprar elecciones, armar rebeldes o sanciones unilaterales y embargos destinados a cambiar las políticas de un país.

Los que se consideran de izquierda deberían tomar nota de la base histórica de esos principios del derecho internacional. En primer lugar, la lección extraída de la II Guerra Mundial. El origen de esa guerra fue el uso que hizo Alemania de las minorías germanas en Checoslovaquia y Polonia, extendido luego durante la invasión de la Unión Soviética. La guerra tuvo finalmente consecuencias catastróficas para las propias minorías que fueron utilizadas por los alemanes.

En parte por esta razón, los vencedores que escribieron la Carta de las Naciones Unidas declararon ilegal la política de intervención, a fin de ahorrar a la humanidad "el flagelo de la guerra".

Luego, el principio de no intervención se vio fortalecido por la ola de descolonizaciones en las décadas siguientes. Lo último que los países recién descolonizados querían era la intervención de las antiguas potencias coloniales. Los países del Sur han sido prácticamente unánimes en la condena de la intervención. En febrero de 2003, poco antes de la invasión de Irak, la cumbre de Países No Alineados reunida en Kuala Lumpur adoptó una resolución declarando: "Los Jefes de Estado y de Gobierno reafirmaron el compromiso del Movimiento de aumentar la cooperación internacional para resolver los problemas internacionales de carácter humanitario en plena conformidad de la Carta de las Naciones Unidas y, en este sentido, reiteran el rechazo del MNA al llamado ’derecho’ de intervención humanitaria, que no tiene el menor fundamento ni en la Carta de las Naciones Unidas ni en el derecho internacional." [1]

Es obvio que esas "intervenciones" sólo son posibles por parte de estados fuertes contra estados débiles. Se trata de un caso en el que la fuerza hace el derecho.

Sin embargo, ni siquiera todos los estados fuertes son igualmente fuertes. Imaginemos por un momento que se aceptara el derecho de intervención como un nuevo principio de derecho internacional. ¿Qué pasaría si Rusia tratase de derrocar al gobierno de Arabia Saudí a causa de las "violaciones de derechos humanos" en ese país? ¿Y si China mandara tropas a Israel para "proteger a los palestinos? No tardaríamos en llegar a una nueva Guerra Mundial. Para entender el carácter “inaceptable” de las políticas intervencionistas, basta pensar en los alaridos del establishment estadounidense después de la supuesta piratería informática rusa de ciertos correos electrónicos publicados por Wikileaks. Tenga en cuenta que la realidad de esta piratería está por demostrar y que, incluso si fuera cierta, sólo significaría que la piratería informática permitió al público estadounidense tomar conciencia de algunas maniobras de sus líderes, lo que no pasa de ser un pecadillo comparado con las intervenciones norteamericanas en América Latina, el Oriente Medio o Indochina.

Las consecuencias de las políticas intervencionistas de EEUU son múltiples y catastróficas. Por un lado, tenemos millones de muertos a causa de las guerras norteamericanas y ya hay estudios que llegan a un total de 1’3 millones de víctimas contando sólo la “guerra contra el terrorismo”.

Por otra parte, sería un error imaginar que las víctimas de las intervenciones no reaccionarán a la amenaza de intervención mediante la construcción de alianzas y tratando de defenderse a sí mismos mediante el aumento de la represión interna. Cuando EEUU fue atacado el 11 de Septiembre de 2001, Washington tomó unas medidas de seguridad y vigilancia sin precedentes y, lo que es mucho peor, invadió dos países. ¿Cómo puede alguien imaginar que Siria, Rusia o China no van a tomar medidas para protegerse de la subversión extranjera?

De esta manera se entra en la lógica de las guerras sin fin. En realidad, tras haber intervenido en Ucrania y Siria, las potencias occidentales entraron luego en conflicto con Rusia y China a causa de las medidas que estos países tomaron en respuesta a esas intervenciones. Lejos de ser una fuente de paz, el Consejo de Seguridad de la ONU se convierte en escenario de expresión de un sinfín de acritudes.

En el caso de Siria, si, como ahora parece, la insurrección termina siendo derrotada, se verá que la política occidental de intervención armando a la rebelión sólo habrá conseguido prolongar los sufrimientos de la población de esa desafortunada tierra. Los "defensores de los derechos humanos" que defendieron esta política intervencionista tienen una responsabilidad en la tragedia.

Aunque la defensa de los derechos humanos es un concepto liberal y el liberalismo está, en principio, en oposición al fanatismo, los "defensores de los derechos humanos" de hoy exhiben a menudo su fanatismo. Se nos advierte contra una perfectamente imaginaria influencia rusa en Europa (compárese la influencia comercial, cultural, intelectual y diplomática norteamericana con la de Rusia) y se nos recomienda no consultar los "medios de comunicación del Kremlin". Pero en cualquier guerra, y el apoyo a la insurrección siria es una guerra, la primera víctima es la verdad. Cualquier mente genuinamente liberal consultaría la "propaganda" de la otra parte, no para creerla al pie de la letra, sino para contrapesar y evaluar la propaganda a la que su propio lado está constantemente sometiendo.

Dejando a un lado la "propaganda rusa", esos "defensores de los derechos humanos" parecen incapaces de prestar atención al siguiente estudio: "Possible Implications of Faulty US Technical Intelligence in the Damascus Nerve Agent Attack of August 21, 2013." Ese estudio, realizado por Richard Lloyd, un ex inspector de armas de la ONU, y por Theodore A. Postol, un profesor de Ciencia, Tecnología y Seguridad Nacional en el MIT, concluía que el ataque con gas cerca de Damasco en agosto de 2013, que estuvo a punto de desencadenar una guerra total contra Siria, no pudo haberlo realizado el gobierno sirio. Es difícil de imaginar que expertos que desempeñan cargos de esta categoría mientan deliberadamente para "apoyar a Asad", o que sean incompetentes en asuntos de física relativamente elementales.

Los "defensores de los derechos humanos" también se preguntan todavía si es siquiera posible hablar con Putin "después de Alepo". Pero la "guerra al terror" librada por los EEUU, incluida la invasión de Irak, con sus centenares de miles de muertes, nunca ha impedido a nadie hablar con los estadounidenses. En realidad, después de esta guerra que Francia condenó en 2003, Francia se integró más en la OTAN y siguió a los EEUU más fielmente que nunca.

Además, los "defensores de los derechos humanos" están en una situación particularmente absurda. Consideremos, por ejemplo, el pretendido empleo de armas químicas en 2013 por parte del gobierno sirio. Hubo un amplio consenso en Francia sobre la necesidad de intervenir militarmente en Siria. Pero sin la intervención norteamericana, una intervención puramente francesa resultaba imposible. Los "defensores de los derechos humanos" europeos se ven reducidos a implorar a los estadounidenses: "¡Haced la guerra, no el amor!" Pero los norteamericanos padecen de "fatiga de la guerra" y acaban de elegir a un presidente opuesto en principio a las guerras libradas para cambiar regímenes políticos. La única posibilidad para los "defensores de los derechos humanos" europeos es que sus pueblos acepten enormes gastos militares, a fin de crear una correlación de fuerzas que haga posibles las políticas intervencionistas. ¡Buena suerte!

Por último, hay que distinguir, entre los "defensores de los derechos humanos", a las almas nobles de las almas bellas.

Las Almas Nobles advierten a sus "amigos" contra la idea de "apoyar" al carnicero, al criminal, al asesino de su propio pueblo, Bashar al Asad. Pero eso es confundir completamente la razón de la actitud anti-intervencionista.

Los Estados pueden apoyar a otros estados con armamento y dinero. Pero los individuos o los movimientos sociales, como el movimiento contra la guerra, no pueden hacerlo. Por lo tanto, no tiene sentido decir, cuando se expresa una crítica a las políticas intervencionistas en nuestra sociedad, necesariamente de un modo marginal, que "apoyan" a tal o cual régimen o líder, a menos que uno considere que todos los que no quieren que Rusia intervenga en Arabia Saudí o China en Palestina lo que hacen es apoyar al régimen saudí o a la colonización israelí.

Lo que hacen los antiimperialistas es dar su apoyo a otra política exterior, distinta de la practicada por su propio gobierno, que es una cuestión totalmente diferente.

En toda guerra hay propaganda masiva a favor de la guerra en curso. Puesto que las guerras actuales se justifican en nombre de los derechos humanos, es obvio que la propaganda de guerra se concentrará en "violaciones de derechos humanos" en los países objeto de los intervencionistas.

Por lo tanto, todos quienes se oponen hoy a las políticas intervencionistas tienen que proporcionar información completa para contrarrestar la propaganda: por ejemplo, el estudio antes mencionado sobre el uso de gas venenoso en 2013, o los testimonios sobre Alepo que contradicen el discurso dominante (por ejemplo, el de un ex embajador del Reino Unido en Siria). Es muy notable que algunos izquierdistas muy críticos de sus principales medios de comunicación en lo tocante a políticas nacionales internas se traguen casi por entero la "narrativa" occidental cuando se trata de Rusia y Siria. Pero si los medios de comunicación distorsionan la realidad en nuestros propios países, ¿por qué no habrían de hacer lo mismo cuando se trata de países extranjeros, en donde las cosas son más difíciles de verificar?

Esta crítica de la propaganda de guerra no tiene nada que ver con el "apoyo" a un régimen determinado, en el sentido de que tal régimen pudiera resultar deseable en un mundo libre de políticas intervencionistas.

Las almas nobles quieren "salvar Alepo", “tienen vergüenza de la inacción de la comunidad internacional" y quieren "hacer algo". Sí, pero ¿para qué? La única sugerencia práctica que se hizo (antes de los recientes acontecimientos) era crear una "zona de exclusión aérea" que pudiera prevenir la ayuda de la fuerza aérea rusa al ejército sirio. Pero eso sería una violación más del derecho internacional, porque Rusia fue invitada a Siria por el gobierno legal e internacionalmente reconocido de ese país, a fin de luchar contra el terrorismo. La situación de Rusia en Siria no es, desde un punto de vista jurídico, muy distinta a la de Francia cuando el gobierno de Malí la invitó a combatir a los islamistas en ese país (que, por cierto, se hallaban en Malí a causa de la intervención, apoyada por Francia, en Libia). Por otra parte, una intervención militar en Siria implicaría o una guerra con Rusia o una rendición rusa sin luchar. ¿Quién quiere apostar por esta última posibilidad?

Para ilustrar la hipocresía de las almas nobles, comparar la situación en Siria y en Yemen. En Yemen, Arabia Saudita está cometiendo numerosas masacres, en total violación de la ley internacional. Si usted está enojado porque no se hace nada por Siria, ¿por qué no haces algo tú mismo por Yemen? Además, hay una gran diferencia entre las dos situaciones. En el caso de Siria, una intervención militar podría llevar a una guerra con Rusia. En el caso de Yemen, por el contrario, probablemente sería suficiente ejercer presión sobre Arabia Saudita deteniendo el suministro de armas a ese país. Por supuesto que las almas nobles saben perfectamente que no son capaces de frenar esos suministros. Pero, entonces ¿a qué viene indignarse con Siria?

Las almas bellas, por otra parte, están contra todas las guerras, contra todo tipo de violencia. "Condenan" a Asad y a Putin, claro está, pero también a Obama, a la Unión Europea, a la OTAN y a todo el mundo. Denuncian, encienden velas y apagan luces. "Dan testimonio", porque "guardar silencio" significa "ser cómplices".

Pero de lo que no se dan cuenta es de que sobre el terreno, en Siria, nadie, ni el gobierno ni los rebeldes saben de su existencia, y si supieran de ella, les importarían un higo sus indignaciones, condenas yencendidos de velas.

Eso no significa que las almas nobles y las almas bellas no tengan ningún efecto. Tienen uno, que es éste: interponerse en el camino de cualquier política exterior alternativa en su propio país, política que debería fundarse en la diplomacia y en el respeto a la Carta de las Naciones Unidas. Sólo una política así podría favorecer la paz en el mundo, el equilibrio y la igualad entre las naciones y, finalmente, hacer avanzar la causa de los derechos humanos. Pero la demonización de Asad y Putin, y de cualquiera que quiera negociar con ellos, por parte de los "defensores de los derechos humanos" hace prácticamente imposible políticamente tal alternativa.

Para los "defensores de los derechos humanos", el realismo político y las consecuencias de sus acciones carecen de importancia: lo que les importa es demostrar que pertenecen al "campo de la virtud". Uno se imagina a sí mismo como libre, mientras sigue a cada paso las indicaciones de los medios de comunicación dominantes respecto de lo que debería ser objeto de su ira.

Si tuviera la más mínima ilusión respecto de la lucidez que ustedes puedan tener sobre las consecuencias de sus acciones, les llamaría criminales, a causa del daño que hacen a Europa y al resto del mundo. Pero puesto que no albergo ilusión ninguna, me limito a llamarles hipócritas.

Notas

[1] Documento Final de la Decimotercera Conferencia de Jefes de Estado y de Gobierno del Movimiento de los Países No Alineados, Kuala Lumpur, 24-25 de febrero de 2003, artículo 354. (Disponible en http://www.bernama.com /events/newnam2003/indexspeech.shtml?declare ) . Jean Bricmont enseña física en la Universidad de Lovaina, Bélgica. Es autor de Imperialismo humanitario . Él puede ser alcanzado en Jean.Bricmont@uclouvain.be


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