CEPRID

A propósito de propuestas sobre la incorporación de Cuba al FMI

Jueves 12 de abril de 2012 por CEPRID

Tania García Lorenzo

Temas

Ninguna sociedad puede ser analizada fuera de los contextos espacio-temporales en que se ha desenvuelto, los requerimientos de sus sociedades y las externalidades que la condicionan. Cuba no es una excepción. Los objetivos de la llamada actualización del modelo económico trascienden con creces la economía y su modernidad. Para muchos, el objetivo es el desarrollo y el bienestar de toda la sociedad y no solo una parte de ella, lo que, partiendo desde el subdesarrollo, lo convierte en un propósito sumamente complejo. Lo que está en juego hoy no es solo el modelo económico cubano, sino la sociedad que debe emerger de la crisis que atraviesa la nación y que esta imprescindible introspección la haga emerger más saludable.

El diagnóstico de lo que debe ser jerarquizado en la estrategia de desarrollo es un componente fundamental del análisis. La evolución de un pueblo depende de él mismo y de sus capacidades para lograr su desarrollo, por lo que en ausencia de autosustentabilidad económica, los equilibrios han dependido del ahorro externo. A decir de estudiosos de la economía nacional, en el caso cubano se demostró que, si bien la ayuda externa resulta decisiva en el proceso de desarrollo, el logro de una dinámica endógena que permita transformar y disminuir la dependencia resulta más que indispensable.

Los expertos cubanos comprometidos con el proyecto nacional han reiterado en múltiples ocasiones que en el proceso de reconstrucción de la economía, hay que asumir y desarrollar los sectores dinámicos y establecer los encadenamientos productivos necesarios para alcanzar un desarrollo autosostenido. Esto es ineludible si de independencia estamos hablando.

El multilateralismo es un instrumento de las políticas domésticas a escala internacional y son los Estados Nacionales los que determinan su membresía y después su participación. Su sistema institucional ha servido para catalizar las correlaciones de fuerza del poder mundial y como resultado del estado actual de desorden, en la actualidad esta deslegitimado. El sistema de Instituciones Financieras no escapa a esa realidad. Como respuesta, se ha ido estableciendo un sistema multilateral internacional paralelo con un carácter cada vez más corporativo.

Han sido varias las propuestas que han incluido la reincorporación de Cuba al sistema de instituciones financieras de Bretton Woods, FMI y BM. No pretendo juzgar aquí a estas dos instituciones y sus desempeños a lo largo de sus más de sesenta años. La bibliografía que da cuenta de su gestión es sumamente amplia, diversa y polarizada. Desde el lado del análisis de esta ecuación solo quisiera dejar sentado un criterio de partida. El FMI/BM es un mecanismo institucional, instrumento de los intereses vencedores en la correlación mundial de fuerzas en cada etapa. Y le han sido asignados su perfil y el papel a desempeñar en cada uno de los países, así como los grados de libertad y las flexibilidades aceptables que aplicar. Los desmanes que han provocado constituyen el resultado de las políticas que propugnan las fuerzas que asumen su conducción, pero, sobre todo, de los gobiernos de los países que aceptan condicionamientos y políticas que no se corresponden con sus necesidades verdaderas. Existen múltiples aristas del análisis de la reincorporación de Cuba al sistema multilateral de financiamiento internacional que no podrían faltar, tales como la actitud de los Estados Unidos y otras potencias mundiales en su accionar en el FMI, y la actitud para con Cuba. También la tradicional política de interferencia en los diseños nacionales que son invariables y reconocidas, lo que no resulta negociable para los conceptos de independencia que tenemos la mayoría de los cubanos, mas allá de su disposición a escuchar con simpatías las preferencias domésticas. Por otra parte, la vida ha demostrado la inconveniencia de homologar experiencias de distinta naturaleza. El fracaso del llamado Consenso de Washington dio múltiples lecciones y una de ellas es que cada país tiene que analizarse de forma independiente. Cuba también tiene una larga experiencia en la inconveniencia de copiar modelos y políticas que no se ajustan a sus necesidades internas. Con todo el amor que nos profesamos, de forma recíproca, no es lo mismo Cuba que Nicaragua o Viet Nam. Al evaluar cada país es necesario tener en cuenta sus características específicas, sus diferentes puntos de partida, compromisos internacionales aceptados y sus sociedades.

No hay debate de políticas económicas que no esté compelido a empezar por definir la economía política que la regirá. Estamos hablando de un reordenamiento para producir y reproducir la vida de la sociedad tanto material como espiritual a través de un proyecto ético dignificador del ser humano. En ese contexto, se trata de restablecer la funcionalidad armónica de la economía donde coexistan distintas formas sociales de propiedad, estatal, cooperativa e individual, diferentes categorías de trabajo productivo y todo ello con una participación social activa y permanente que corrija las distorsiones. Una mirada que exceda los equilibrios macroeconómicos fundamentales pudiera apreciar que los cambios internos que deben producirse constituyen cambios profundos en el patrón de acumulación que sustente la estrategia nacional de desarrollo.

La proyección exterior de la Revolución cubana ha tenido diferentes etapas, donde ha influido en su definición la voluntad política de mantener un proyecto independiente; una concepción del «deber ser» del orden mundial y una acción internacional consecuente con esa interpretación del deber ser; la permanente contradicción entre las conveniencias económicas y las políticas así como las posibilidades de ambas. Por ello se aprecia que la inserción internacional política del proyecto cubano ha influido de forma determinante en el tipo y modelo socio económico doméstico y no a la inversa y ha determinado su evolución económica y social, actuando en ocasiones como complemento y en otras como condicionante de las decisiones estratégicas.

En las condiciones actuales y los ordenamientos internos necesarios establecidos, la inserción internacional juega un papel fundamental y forma parte de ese ordenamiento, pero debiera ser en una función subordinada. Disponer de fuentes de financiamiento estables para el proceso de inversión y de gastos corrientes en términos aceptables para el ciclo de reproducción puede contribuir de forma relevante a alcanzar los objetivos y, seguramente, deberán considerarse todas las opciones para asumir aquellas que no contradigan los encadenamientos productivos internos y las estrategias internas que se definan.

En la década de los 2000, Cuba reestructura por tercera vez su sistema de relaciones económicas internacionales con una importante reorientación hacia el continente y, cuando se comparan los datos por regiones, pareciera que se alcanza una mayor diversificación de sus vínculos comerciales. Sin embargo, al estudiar la estructura geográfica del comercio internacional se aprecia que siete países son el destino de 70% de las exportaciones cubanas; ocho son los proveedores de 73% de las importaciones del país y en cinco se concentra 59% del comercio exterior.

Transformar esa situación y diversificar los vínculos externos debiera constituir un objetivo priorizado de la política económica en la esfera internacional. Además de lo dicho por José Martí hace más de 150 años, cualquier cambio en los cinco países que hoy concentran los flujos de comercio e inversión tendría un severo impacto en la economía y la sociedad cubanas, de tal grado que, con mayor o menor exactitud, algunos analistas lo comparan con el shock externo que le provocó el derrumbe al “socialismo real europeo”.

En las transformaciones en marcha debiera tenerse el desarrollo como objetivo, el crecimiento económico como una de las vías y la inserción internacional y la cooperación como un expediente funcional al proyecto y al modelo y no a la inversa. Y para ello, fortalecer e impulsar la transformación de la totalidad de las capacidades productivas cubanas tanto en el sector estatal como en el no estatal y sin exclusiones, se constituye en requisito indispensable para alcanzar una inserción no dependiente en la economía mundial.

El discurso de integración con el continente se ha reflejado siempre vinculado al ejercicio de la solidaridad, la cooperación desde y a través de los acuerdos intergubernamentales, pero aún se evidencia poca o nula incidencia en las relaciones ínterempresariales en los bloques o estructuras internacionales en los que se participa y en los resultados totales del comercio internacional. Al menos, eso indica las estadísticas públicas. Un cambio cualitativo en ese esquema pudiera potenciar la economía nacional.

Cuba necesita una inserción económica internacional en general y financiera en particular que respalde los esfuerzos que se realizan y contribuya a acortar los tiempos necesarios para la recuperación de la economía nacional y de eso no debiéramos tener dudas. Pero no es cualquier inserción, no es a partir de patrones envejecidos que han probado su ineficacia, ni en esquemas que propendan a condicionamientos intolerables. Al menos, si de economía y sociedad estamos hablando.

Notas

1. Los trabajos de Juan Triana, Omar Everleny, Armando Nova y las reflexiones contenidas en el libro Cincuenta años de economía cubana (Omar Everleny, comp., Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2010), son de obligada referencia en este orden para el debate actual.

2. Cálculos de la autora a partir de datos de la Oficina Nacional de Estadísticas (ONE) y TRADEMAP.

Tania García Lorenzo es doctora en Economía por la Universidad de La Habana (Cuba).

tanialuis@cubarte.cult.cu


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