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La actualidad de Rosa Luxemburgo en el debate actual: postneoliberalismo o anticapitalismo (I)

Miércoles 1ro de febrero de 2012 por CEPRID

Beatriz Stolowicz

Bolpress

Rosa Luxemburgo tenía razón y sus cuestionamientos tienen hoy una estremecedora vigencia, pues colocan las grandes preguntas que deben hacerse. La discusión con Bernstein no era táctica. Cuando así se malentendió, como ocurrió en América Latina, se regaron las semillas de la confusión, de las que cosechó y sigue cosechando la derecha. El social liberalismo –que Bernstein no creó pero al que le dio una argumentación “de izquierda” con su “revisión del marxismo”- goza de sorprendente salud, y paradójicamente en la izquierda latinoamericana. Rosa miraba más allá de su tiempo, porque pensaba en la larga duración, única temporalidad con la que puede analizarse un sistema histórico. Anticipó el camino que recorrería el sistema capitalista hacia el caos y la barbarie, que sin eufemismos ni catastrofismos hoy ha llegado a poner en riesgo la sobrevivencia de la humanidad y del planeta. Y argumentó sobre la necesidad histórica del socialismo para impedirlo, porque la barbarie actual es de factura humana.

Pero debían pasar varios años para demostrar su verdad. No los ciento diez que nos unen con su libro Reforma o revolución, menos. La barbarie no ha comenzado apenas. Porque la euforia que tenía Bernstein en el inicio de la belle époque en 1896 terminaría abruptamente en 1913. Vendría la época de la guerra total, como la caracterizó Hobsbawm: un continuum de 1914 a 1945 de destrucción humana –dos guerras mundiales, crisis del 29, nazifascismo- más de 50 millones de muertos; y de “destrucción creativa” de fuerzas productivas, como decía fríamente Schumpeter. Para que de esas cenizas, carne y dolor, ya purificado por el fuego, emergiera el capitalismo “dorado” que pondría en práctica el programa de reforma social, pensado por Bernstein sobre el dominio bélico de las potencias imperialistas.

Cuando Bernstein murió, en 1932, aunque fue un año antes de que el nazismo triunfara en su patria, no era el mejor momento en ese camino lineal y ascendente de desarrollo que a él lo deslumbraba, sino el de la Gran Depresión. No sé si en su lecho de muerte reconoció lo que había negado contundentemente: las crisis capitalistas. Tuvo razón en que el capitalismo podía reformarse. Pero los años dorados fueron treinta en el centro del sistema, y ya han pasado 40 años en los que Bernstein no habría podido explicarles a los europeos por qué bajo su programa de reformas la propiedad del capital no se democratizó sino que se concentró en grados que ni siquiera Rosa imaginaba; por qué regresó el desempleo y el deterioro del ingreso de la clase media; por qué los socialistas liberales a los que él instruyó ideológicamente han perdido más veces las elecciones que los fulgurantes tiempos en que llegaron a gobernar. Quién sabe cómo les explicaría ahora esta nueva gran depresión, que según los expertos del sistema es más rápida en su caída que la de 1929; y que si bien no es condición suficiente para el “derrumbe” del capitalismo, sí es un momento de colapso, que esos mismos expertos no saben aún cuánto tiempo durará.

Pasado el tiempo para la verificación histórica de sus respectivas afirmaciones, Rosa tuvo razón en su debate con Bernstein. Pero el social liberalismo –que Bernstein no creó pero al que le dio una argumentación “de izquierda” con su “revisión del marxismo”- goza de sorprendente salud, y paradójicamente en la izquierda latinoamericana. El logro no es sólo suyo, porque muchos otros ideólogos del capitalismo han trabajado sistemáticamente para actualizarlo e imponerlo como pensamiento “progresista”. Y porque a esos logros ideológicos del sistema, incluso cuando está en crisis, han abonado varios “marxismos”. Las fundamentales críticas de Rosa Luxemburgo siguen vigentes como preguntas que aún deben ser respondidas. No, quizás, a partir del binomio contradictorio de “reforma o revolución” –que vulgarizado ha inducido a muchos equívocos- sino como “postliberalismo o anticapitalismo”.

No era un debate táctico

Rosa inicia la introducción de su Reforma o revolución diciendo enfáticamente que no contrapone la revolución social, la transformación del orden existente, a las reformas sociales, a la lucha diaria por las reformas, por el mejoramiento de la condición de los trabajadores dentro del sistema social y por las instituciones democráticas. Y añade: “Entre las reformas sociales y la revolución existe para la socialdemocracia un lazo indisoluble: la lucha por las reformas es el medio; la revolución social, su fin”. (1) Bernstein, a la inversa, renuncia a la transformación social, y hace de las reformas sociales su fin, dice Rosa. No era una discusión sobre medios, sino sobre fines. El santo y seña del reformismo pragmático fue planteado por Bernstein en 1898, en el artículo “Socialdemocracia y revolución en la sociedad” de la serie Problemas del socialismo: “Reconozco abiertamente que para mí tiene muy poco sentido e interés lo que comúnmente se entiende como `meta del socialismo´. Sea lo que fuere, esta meta no significa nada para mí y en cambio el movimiento lo es todo. Y por tal entiendo tanto el movimiento general de la sociedad, es decir, el progreso social, como la agitación política y económica y la organización que conduce a este progreso”. (2)

Si no hay un fin, preguntaba Gramsci, ¿hacia dónde se camina? Estaba planteado el tema, de gran actualidad, de si cualesquiera reformas conducen a los objetivos buscados de transformar la realidad en beneficio de los explotados y oprimidos. (3) Porque, agrega Gramsci, si el reformismo establece como único método de acción política aquel en el que el progreso, el desarrollo histórico, resulta de la dialéctica de conservación-innovación, ¿qué se conserva y qué se cambia si no hay un fin hacia donde se busca llegar? (4)

Es que el binomio reforma/revolución implica desde su formulación más abstracta un conflicto, o al menos una tensión entre: a) un cambio de forma (re-forma) que no altera los elementos constitutivos, y sus relaciones, que dan permanencia o continuidad a una estructura o sistema; b) la destrucción-reconstrucción de esos elementos constitutivos y de sus relaciones, que dan lugar a una nueva estructura o sistema.

Decía Rosa, con razón, que: “…en cada período histórico la lucha por las reformas se lleva a cabo solamente dentro del marco de la forma social creada por la última revolución. He aquí el meollo del problema”. (5) Es decir, que las reformas operan en el marco del cambio estructural producido anteriormente. Por ello, hay re-formas que son necesarias precisamente para mantener estable una estructura o sistema, para perpetuarla. También es verdad que ciertas re-formas pueden producir su debilitamiento o inestabilidad si modifican la función o situación de uno o varios elementos respecto a los otros. Es así que hay reformas que sin alcanzar a modificar la estructura o sistema pueden tener una potencialidad revolucionaria: todas aquellas que acrecientan el poder social, económico, político y cultural de los dominados tienen esa potencialidad revolucionaria, pero en tanto ese poder acrecentado se dirija a cambiar el orden dominante existente. Como también es cierto que toda revolución permanece y avanza con reformas. Sólo el análisis histórico-concreto puede dar respuesta a esas distintas posibilidades.

Debe decirse, sin embargo, que en la formulación de Bernstein de que “el movimiento lo es todo” estaba implicado un fin. Eso es así en todo pragmatismo, que nunca es neutro. El fin de Bernstein no era el socialismo –que para él “no significa nada”- sino el de conservar al capitalismo, al que admiraba como fuerza de “desarrollo”. El “movimiento” es el desarrollo del capitalismo con sus eventuales reformas. Como sabía que los capitalistas condicionan la redistribución del excedente a mantener inalterada su ganancia, con pleno respeto a esos condicionamientos capitalistas planteaba que el eje del programa de la socialdemocracia debía ser el de actuar a favor del “crecimiento económico”, del “crecimiento de la producción y la productividad”. (6) En ese objetivo fundamenta la conciliación de clases. El sindicato, dice, es un necesario “órgano intermedio de la democracia”, y es “socialista” porque promueve el bienestar general y no sólo el interés de sus miembros. Tiene que ser “responsable”, por eso la socialdemocracia no promueve una política que “abotague el sentimiento de responsabilidad social [convirtiendo a] la población en pordioseros”. (7) El sindicato es útil porque disciplina las demandas obreras en beneficio del crecimiento económico: “los trabajadores saben muy bien hasta dónde pueden llevar sus reivindicaciones”. Saben –continúa- que “Un aumento de los salarios que lleve a un aumento de los precios no significa, en determinadas circunstancias, una ventaja para la colectividad, sino que más bien acarrea efectos más dañinos que beneficiosos”. (8)

Y han aprendido, dice Bernstein citando a los fabianos Sidney y Beatrice Webb, que la democracia industrial (en la que los trabajadores adoptan como propio el interés del capital) les exige también “renunciar al democratismo doctrinario”, es decir, “al mandato imperativo, a los funcionarios no remunerados, a órganos centrales sin poder, para ganar eficacia”. (9) La tarea de la socialdemocracia es mantener el orden. (10) Bernstein había adherido a la doctrina liberal, y su inspiración eran los profesores de economía neoclásicos en boga. Es con esos argumentos neoclásicos que formula la “revisión” de la teoría de Marx y Engels. Decía que era necesario hacer correcciones a la teoría para hacerla avanzar “desde el punto donde ellos la dejaron”, y de ese modo superar los “errores de la socialdemocracia alemana”. Se presentaba como un renovador de las ideas de Marx, que tenían enorme prestigio en la Segunda Internacional. Para tener credibilidad y hacer más efectiva su influencia, utilizó como principio de autoridad su antigua amistad con Engels. Pero comenzó a publicar sus críticas revisionistas en 1896, pocos meses después de la muerte de Engels, que ya no podía responderle. Bernstein admitió que la espera para publicarlas había sido deliberada. (11) Rosa Luxemburgo asumió la tarea.

Siguiendo a los neoclásicos desde su postulado de equilibrio de mercado, Bernstein negó la validez de la teoría del valor de Marx, y desde allí negó la explotación, negó la tendencia a la concentración del capital, negó la contradicción entre producción y realización del plusvalor y la inherente tendencia a las crisis; los monopolios y los cárteles eran para él una superior organización “socializada” de la producción que garantizaría el desarrollo (“crecimiento”) capitalista constante y en ascenso, y que junto a la expansión del sistema bancario darían al capitalismo una capacidad ilimitada de adaptación y corrección de desequilibrios; la “ampliación” de la propiedad capitalista mostraba la vocación distributiva del capitalismo, de modo que la socialdemocracia debía favorecer ese crecimiento y acelerar esas tendencias virtuosas presionando desde los sindicatos y el parlamento por reformas, para impedir los excesos que pudieran cometer algunos miopes industriales individualistas. Asimismo, la socialdemocracia debía acompañar las acciones para expandir internacionalmente ese crecimiento (guerra e imperialismo). Eso era el “socialismo”. En 1930, el italiano Carlo Rosselli mantenía esa argumentación sobre la potencia virtuosa del capitalismo -¡en medio de la Gran Depresión!- y reconocía el papel precursor de Bernstein. Pero decía Rosselli que el Socialismo Liberal debía dar un paso adelante respecto a Bernstein, quien había quedado atrapado tratando de fundamentarlo como una renovación del marxismo cuando en realidad era liberalismo; y que lo que correspondía era liberar al socialismo de las “escorias del materialismo histórico incrustadas en él”. (12)

El capitalismo se reforma

Bernstein era una expresión exitosa del constante empeño de los ideólogos del capitalismo por influir en el pensamiento socialista mediante el falseamiento del marxismo, que observamos hasta nuestros días. Pese a los intentos por hacerlo desaparecer, su fuerza explicativa del capitalismo nunca pudo ser negada. Una forma de inutilizarlo en su potencia crítica, teórica y política, ha sido tergiversar las ideas de Marx para ridiculizarlas como positivistas, mecanicistas, mesiánicas, utópicas, etcétera.

Otra forma, como la que inició Bernstein, es una burda pero no siempre evidente fusión de las ideas de Marx con la teoría económica burguesa en una suerte de marxismo neoclásico, que tuvo diversas expresiones en la socialdemocracia de mediados del siglo XX, y que reaparece bajo nuevas formas en el autodenominado marxismo analítico desde la década de 1980. Hay que cuidarse también de los repentinos redescubrimientos de Marx –como ocurre actualmente tras el estallido de la crisis capitalista- puestos al servicio de los ajustes buscados por el capitalismo para perpetuarse, que hacen un uso a modo de Marx para aparecer como posturas “alternativas” sin salirse del sistema. Gramsci conceptualizó estas estrategias ideológicas dominantes como revolución pasiva y más expresivamente como restauración positiva, en la cual identifica tres aspectos: a) la transformación del capitalismo con nuevas formas de reproducción del capital; b) la apropiación por parte de la clase dominante de aspectos del programa de los dominados despojándolo de sus objetivos antiburgueses; y c) el papel de los intelectuales del sistema para extender su hegemonía sobre los intelectuales que representan un proyecto antagónico.

Bernstein era producto e instrumento de la revolución pasiva con que el capitalismo enfrentó su crisis general de 1873. Para lo cual, el gran capital debió poner fin a la era de librecompetencia que comenzó en 1850-60. Y que, con la redistribución del poder colonial, con el proteccionismo y la organización empresarial que impulsaron la expansión imperialista, desde 1896 le permitió pasar rápidamente de una fase de depresión a otra de gran prosperidad: “la belle époque”, interrumpida por la primera guerra. El gran capital negó al liberalismo económico en aras de su “progreso”. Pero era una prosperidad que no todos disfrutaban de la misma manera.

Para la clase obrera, las fases de depresión y auge tuvieron efectos distintos pero ninguno la benefició: eran pobres. Esto explica el aumento de las tensiones sociales con algunos estallidos antes de 1913; la existencia de un sindicalismo cada vez más numeroso y activo que se formó en los años de depresión; y que a finales de la década de 1880 ya hubiera importantes partidos socialdemócratas en casi todos los países, que crearon la Internacional Socialista (la Segunda Internacional) en 1889, en el centenario de la Revolución Francesa. Entre sus objetivos inmediatos estaba la lucha por la jornada de 8 horas; convocó a una jornada internacional de lucha con suspensión del trabajo, que se concretó con bastante éxito el 1 de mayo de 1890, el primer Primero de Mayo. Sobre todo después de la revolución en Rusia en 1905, la burguesía entendió que la estabilidad de su expansión exigía atender algunas de esas demandas, al tiempo de intensificar la ofensiva ideológica para alejar al movimiento obrero y socialista de sus ideas anticapitalistas y revolucionarias. Debe tenerse presente que las reformas sociales fueron llevadas a cabo por gobiernos conservadores, no por los liberales, como un medio para salir de la crisis e integrar a los trabajadores en sus planes expansivos, incluidos los preparativos bélicos que estallaron en 1914. (13)

El capitalismo se reformaba para perpetuarse. Por eso, en el aforismo “el movimiento lo es todo” estaba matrizada una dirección prefigurada por las clases dominantes. Era un cambio de la organización capitalista necesaria, pero no espontánea, como pretendió Karl Polanyi en La gran transformación (14), libro en el cual se exhibe como un ideólogo orgánico del social-conservadurismo y del imperialismo, no obstante que su crítica moral a los efectos del liberalismo económico es contundente.

Pero el triunfo y consolidación del programa reformista de la socialdemocracia tuvo que pasar primero por la gran destrucción. Y el capitalismo volvió a reformarse, para perpetuarse, en la nueva crisis general de 1973-75; esta vez en dirección contraria, reestructurándose bajo las premisas del neoliberalismo. Ya a mediados de la década de los noventa, durante las crisis financieras de 1995 y 1997, y en un entorno de creciente ingobernabilidad –de pérdida de eficacia de la dominación-, en los círculos oficiales capitalistas se advertía sobre la necesidad de iniciar un nuevo movimiento “pendular” para perpetuarse: el posliberal. Desde entonces comenzó una nueva revolución pasiva de apariencia progresista, que ha buscado neutralizar los rechazos al capitalismo e incidir en los contenidos de las reclamadas alternativas. La crisis general del capitalismo desde 2008 –que no es ajena a esos cambios posliberales- es un terreno aún más propicio para reformismos oficiales que se apropien discursivamente de los reclamos populares de cambio e influyan sobre la izquierda. Lo que está por verse es cuánto puede seguir reformándose el capitalismo y de qué manera, como comentaré más adelante.

El capitalismo se re-forma, pero esto no significa que las reformas burguesas sean siempre en una dirección que pueda empalmar con las aspiraciones populares y con la “reforma social”, aunque se hagan para recuperar la estabilidad de su dominio. En esos casos, la revolución pasiva es mucho más perversa porque no se apropia de partes del programa de las clases subalternas, como veía Gramsci en aquellos años, sino que se apropia de su lenguaje solamente, que vaciado de los contenidos que le asignan las clases subalternas se usa para legitimar reformas anti populares.

Esta expropiación-falsificación del lenguaje es posible tanto por la “explicación” que dan los ideólogos del capitalismo a su “vocación reformista”, como por el lugar que ocupa la idea de reforma en el imaginario popular, que asimila reforma en el capitalismo a reforma social.

Como ya he señalado en otro lugar (15), las clases dominantes han “teorizado” la historia del capitalismo como un constante movimiento pendular de ajustes y reequilibrios, de sucesivas correcciones de anomalías o excesos que lo devuelven a sus equilibrios, y a su normalidad como “progreso”. Las oscilaciones pendulares siempre son cambio para regresar, siempre se está dentro del capitalismo. Cada uno de estos movimientos habría sido la respuesta necesaria y, por lo tanto realista –de lo cual derivaría su moralidad- para corregir excesos y restablecer la salud del sistema; habrían sido todas, por lo tanto, reformas inevitables (o “espontáneas”: como los librecambistas atribuían al laissez faire, y como en sentido contrario Karl Polanyi atribuyó al proteccionismo). Al devolverle la salud al sistema, cada una de esas reformas habría sido en su momento la alternativa “progresista”, precisamente por “necesaria”, “moral”, e “inevitable”.

Desde la década de 1860, cuando la crítica marxista al capitalismo y su objetivo político para superarlo van acrecentando su influencia, los ideólogos del capitalismo agregan, a la teoría del péndulo, el juego de oposición en tríadas. Porque para preservar al capitalismo, además de tener que cuestionar una modalidad de reproducción que lo estaba desequilibrando, necesitaban al mismo tiempo enfrentar al marxismo que quería destruirlo. Frente a los dos factores de desestabilización, la corrección burguesa se presenta como la “tercera posición”. Cada momento de crisis real o potencial del sistema cuenta con su tercera vía: la solución razonable frente a los dos extremos desestabilizadores. La lógica de la tríada hace aparecer al “nuevo tercero” como el “centro progresista”, el que permite superar el estancamiento y retomar el camino del progreso. Cada tercera vía burguesa, para imponerse, desarrolla intensos debates al interior de las clases dominantes para convencerlas de la necesidad de ese cambio, y desde luego dirige ese debate hacia el resto de la sociedad para construir un nuevo consenso en torno a los objetivos dominantes.

La simplicidad de esa explicación hace aparecer como lo esencial de cada movimiento pendular a la “desaparición” o “reaparición” del Estado como “agente económico”. Este argumento nace de la doctrina liberal, que establece una distinción ontológica entre mercado y Estado que, en palabras de Gramsci, “de distinción metodológica es convertida en distinción orgánica y presentada como tal”. (16) La dicotomía entre mercado y Estado presupone su exterioridad: el Estado como “agente económico” es un ente distinto y externo al mercado sea en una relación de complementariedad o de contradicción. Debe consignarse, por lo demás, que esa formulación dicotómica entre mercado y Estado ha persistido porque da razón de ser, correlativamente, a la existencia autónoma de la Economía y de la Ciencia Política como disciplinas académicas.

La explicación pendular de la historia del capitalismo y sus reformas con “menos” o “más Estado” ha tenido como eje del debate doctrinario en la clase dominante la defensa o crítica del laissez faire. La retórica doctrinaria del laissez faire parte del supuesto de un no-Estado o Estado mínimo porque sólo admite la función jurídico-coercitiva del Estado, como una actividad institucional externa al mercado, que por ello es “libre”. Sucede que el Estado es un “agente económico” también mediante las acciones legislativas, jurídicas y coercitivas, que son constitutivas de las modalidades de creación de riqueza, de su realización y apropiación.

El discurso doctrinario del laissez faire ha sido siempre un recurso ideológico-político para eliminar las trabas estatales a la imposición irrestricta de los objetivos del capital, un recurso discursivo de los arditi de la burguesía. Pero los neoliberales, como Hayek, siempre han reconocido la imprescindible intervención del Estado “para la competencia”. (17) En su cruzada contra las funciones sociales del Estado capitalista de bienestar conquistadas por las presiones populares, los economistas liberales caracterizaron al Estado como “agente económico” sólo en cuanto productor-proveedor directo de determinados bienes y servicios, lo que rechazaron en tanto transfería parte del excedente a los no propietarios.

La reestructura neoliberal del capitalismo condujo a que el Estado abandonara aquella función y ese propósito, pero no significa que haya dejado de ser un “agente económico”: el Estado en el neoliberalismo es un activo agente económico también para la “redistribución del ingreso” sólo que transfiriéndolo de los de menor ingreso a los de mayor ingreso, utilizando para ello instrumentos impositivos, mediante precios y tarifas, en la asignación del gasto público, con intervenciones de promoción y financiamiento directos al capital, y con mecanismos económicos y extraeconómicos de disciplinamiento y despojo a los trabajadores. La reestructura neoliberal del capitalismo implica la “privatización” del Estado pues convierte al interés minoritario del capital en interés general (“público”), incluso cuando no se modifica el status jurídico de “propiedad estatal” de sus organismos o empresas. Esta fusión público-privado (capitalista) en los fines del Estado es el origen del descomunal patrimonialismo estatal burgués en el neoliberalismo, que no se trata de mera “corrupción” (ni que pueda ser superada con mera “transparencia”).

No son movimientos que dan por resultado “más” o “menos” Estado. Los “ajustes pendulares” del capitalismo tienen lugar, en realidad, para contender con la contradicción inherente a un sistema que tiene como objetivo y motor la ganancia, cuya obsesión de crear-expropiar y realizar plusvalor es la que sustenta la producción y circulación ampliadas y no la creación de valores de uso en función de necesidades sociales. El desajuste entre la producción-expropiación de plusvalor por un lado, y su realización por el otro, es el que conduce a las crisis de sobreproducción de plusvalor. De ahí que los movimientos de “reajuste” se propongan durante las crisis capitalistas.

Contra la falsificación que se ha hecho de Marx como un teórico del desarrollo capitalista, admirable por su incesante desarrollo de las fuerzas productivas, él consideraba al capitalismo como una “fuerza destructiva” de todo lo que lo limita, por lo tanto “revolucionaria”, que derriba todas las barreras que se le presentan: la naturaleza, los territorios, las necesidades humanas, las leyes, las costumbres. “Por primera vez, la naturaleza se convierte puramente en objeto para el hombre, en cosa puramente útil; cesa de reconocérsele como poder para sí; incluso el reconocimiento teórico de sus leyes autónomas aparece sólo como artimaña para someterla a las necesidades humanas, sea como objeto del consumo, sea como medio de la producción”. E irónicamente lo reafirmaba así: “Hence the great civilising influence of capital”.

Pero esas barreras no son superadas realmente –continúa- porque con su expansión universal los capitales vuelven a ponerlas, con nuevas contradicciones: “La universalidad a la que tiende sin cesar, encuentra trabas en su propia naturaleza, las que en cierta etapa del desarrollo del capital harán que se le reconozca a él como la barrera mayor para esa tendencia”. La tendencia a las crisis de sobreproducción es consustancial a la naturaleza del capital a “saltarse las barreras”, porque necesita constantemente “plustrabajo”, “plusproductividad” y “plusconsumo”. Pero el plusconsumo está en contradicción con el plustrabajo que crea plusvalor: el capitalista ve a los otros asalariados como consumidores, pero con los suyos busca reducir el trabajo necesario y con ello su fondo de consumo. El capital rompe permanentemente “las proporciones” por la “coerción a que lo somete el capital ajeno”, es decir, la competencia. El consumo insuficiente del plusproducto significa que esas fuerzas productivas son superfluas. Por eso, la tendencia expansiva del capital es un constante “poner y sacar fuerzas productivas”: la “tendencia universal” del capital es a ponerlas, del lado de la oferta (libre cambio), y ésta se enfrenta a la “limitación particular” del consumo insuficiente del plusproducto, que busca sacar fuerzas productivas, “ponerles un freno con barreras externas y artificiales, por medio de las costumbres, leyes, etc.” (o regulaciones, como se dice actualmente).

Pero el capital busca romper nuevamente esas barreras y vuelve a crear fuerzas productivas superfluas (desvalorización), y una vez más tiene que enfrentarse a una “disciplina que le resulta insoportable, ni más ni menos que las corporaciones”. Por eso, dice Marx: “en contra de lo que aducen los economistas, el capital no es la forma absoluta del desarrollo de las fuerzas productivas”. En la crisis general de sobreproducción, -que “tiene lugar con respecto a la valorización, not else”- la contradicción fundamental se da entre el capital industrial y el capital de préstamo: “entre el capital tal cual se introduce directamente en el proceso de producción, y el capital tal cual se presenta como dinero, de manera autónoma (relativamente) y al margen de ese proceso”, entre los cuales también se rompen las proporciones. (18) En ese conflicto entre “poner y sacar plusvalor” se dan contradicciones entre el interés individual del capitalista que pugna por “ponerlo”, y quienes buscan preservar al capitalismo como tal y para ello plantean restricciones o regulaciones, buscando que el Estado represente el interés general de la clase. Esas regulaciones no hacen al Estado menos capitalista o menos conservador. Cuando criticando al laissez faire (que ni los neoliberales de verdad esgrimen), los posliberales apelan a “más Estado”, aclaran que no es un Estado “más grande” como productor-proveedor de bienes y servicios que fuera a redistribuirlos a los de menor ingreso, sino “más eficaz para fortalecer al sector privado”, reclamándole mayor efectividad para dar seguridad económica, jurídica y política a la acumulación capitalista y a la estabilidad del sistema, lo que desde luego favorece la concentración y la centralización del capital.

Sin embargo, la teoría del péndulo hace aparecer las reformas como un permanente movimiento de retorno a un mismo punto de equilibrio. Oculta que en cada movimiento de “ajuste y corrección” para lograr mayores ganancias (ese es “el progreso”) hubo un cambio cualitativo en una mayor concentración y centralización del capital, no un punto de retorno. Los distintos grados de concentración y centralización del capital producen contradicciones de naturaleza e intensidad distintas, y cambia también la capacidad del sistema para enfrentarlas o absorberlas. No es una oscilación con sucesivos (“post”) movimientos que se repiten (“neo”), aunque es constante el objetivo de la ganancia y la conservación del sistema. Y aunque los ideólogos capitalistas recurran con muy poca originalidad a los argumentos previos para justificar las reiteraciones pendulares.

El “ajuste pendular” requiere de la modificación de las relaciones de poder existentes para poder llevarse a cabo, y las profundiza tras su concreción, lo que para el capitalismo supone una dialéctica propia de reforma/revolución. Empero, la disciplina económica caracteriza a cada una de esas reformas como un cambio de “instrumentos de política económica”, como si se tratara exclusivamente de asuntos técnicos, lo que otorga a los ideólogos del capitalismo un amplio margen de maniobra política, discursiva e ideológica.

El librecambio se ha impuesto tanto en el siglo XIX como en el XX con represión y conservadurismo político (tras 1848 y en la década de 1970), porque ese “poner y realizar plusvalor” exige debilitar la fuerza social y política del trabajo frente al capital. La reestructuración neoliberal se impuso con una contrarrevolución social y política, y se estabilizó con reformas: recuérdese que en la década de 1990 desde el FMI se habló de una “revolución silenciosa” que se llevaba a cabo con la “reforma estructural”, la “reforma del Estado”, etcétera. Por su parte, la reforma capitalista ha convergido con la reforma social sólo cuando ésta ha sido útil para la acumulación y cuando ha tenido un papel político preventivo –es decir, conservador más allá de los perfiles doctrinarios de quienes la propusieran- en lo que ha contado la lucidez de ciertos ideólogos para asumir la dimensión política de la estabilización del sistema.

John Maynard Keynes escribió El fin del laissez faire (19) en 1926, tras la primera huelga general (The Great Strike) en la historia de Gran Bretaña, de nueve días en solidaridad con la huelga de los mineros, para criticar la miopía de los “capitanes de la industria” y sus economistas, cuestionar las vacilaciones de los reformadores “anti laissez faire”, y para advertir al mismo tiempo contra el riesgo de que avanzaran las posiciones socialistas. Siendo un liberal partidario del libre comercio y un abierto opositor a la izquierda y a la igualdad social, defendía un camino intermedio en el que el Estado debía cumplir un papel complementario al mercado contribuyendo al éxito de la empresa privada. Dos décadas después, entre 1942 y 1946, cuando la URSS emergía triunfante de la segunda guerra mundial y con un enorme prestigio en occidente, el economista conservador Joseph Schumpeter –que tenía discrepancias teóricas con Keynes- llamaba a salvar al capitalismo con una democracia de élites que lo impermeabilizara de las demandas e ideas igualitaristas, y que fuera “administrado” por un “socialismo responsable” (20) no antagónico con el capitalismo, que absorbiera conflictos mediante algunas reformas sociales. Aclarando que si bien podía interferir su desenvolvimiento económico en el corto plazo con políticas de distribución del ingreso, sería en el largo plazo un factor de control social y antídoto contra las revoluciones anticapitalistas. En una fase de expansión del capitalismo industrial, ese reformismo social conservador era compatible con la acumulación y necesario para hacer frente a las luchas y presiones populares. Por eso, es correcto que en el imaginario popular se identifique la reforma social con sus luchas y conquistas. El problema radica en suponer que toda alusión a la reforma hecha por los ideólogos burgueses sea invariablemente a favor de los intereses populares, lo que da una enorme ventaja a los dominantes para apropiarse del lenguaje y símbolos de los dominados.

En América Latina, en efecto, la idea de reforma fue asociada a cambios radicales, pues en la primera mitad del siglo XX las reformas sociales se lograron como parte de las luchas antioligárquicas protagonizadas por las clases populares en alianza con sectores medios (la Reforma Universitaria de 1918 es expresiva de ello). El reformismo social avanzó allí donde la burguesía latinoamericana que se desarrolló conduciendo políticamente el desplazamiento de la oligarquía del Estado, lo hizo también enfrentada a las presiones imperialistas o sorteando esas presiones en el contexto de la Gran Depresión y las guerras. Esa burguesía fue proclive a las reformas sociales para reafirmar su propio papel económico y su función dirigente, y con ello se convirtió en burguesía nacional, no por su origen geográfico sino porque asumía que su desarrollo estaba vinculado al de las clases no propietarias como productoras y consumidoras, para crearse un mercado interno. Aunque no se anuló la lucha de clases, en varios países la concertación política con la burguesía se dio en torno a un nacionalismo no anticapitalista, que marcó diferencias con el antimperialismo de las fuerzas comunistas y socialistas revolucionarias.

A partir de la década de 1950, la reactivación del mercado mundial bajo la nueva hegemonía imperialista de Estados Unidos canceló en su “patio trasero” latinoamericano los espacios de autonomía relativa de la burguesía nacional, cuya existencia y expansión dependió de su creciente subordinación económica y política al capital imperialista, agotando su ideología reformista e intensificando su papel de gendarme.

La idea de reforma pasó entonces a pertenecer exclusivamente a la semántica popular. Las luchas para preservar las reformas sociales conquistadas, o para avanzar en otras nuevas, intensificaron un antimperialismo con mayor contenido anticapitalista, asociado, como necesidad, con la revolución emancipadora, con el potente estímulo de la Revolución Cubana. Ese era un objetivo compartido por todas las vertientes de la izquierda, pero que fueron diferenciándose en la definición de las formas de lucha para alcanzarlo. Cuando se convirtió en un debate táctico

Mientras que en su origen el debate sobre “reforma o revolución” en el movimiento socialista europeo no era táctico, no era de medios sino de fines, el que se dio en América Latina en la segunda mitad del siglo XX, entre quienes compartían los fines, se convirtió en un debate táctico de una trágica esterilidad. Pletórico de reduccionismos y falsas dicotomías, tuvo efectos perdurables en las dificultades analíticas de la izquierda, que fueron convenientemente explotadas por la derecha.

En la década de 1960, la línea divisoria no pasaba por diferencias sobre la posibilidad de construir el socialismo en el seno del capitalismo dependiente por medio de reformas, o la necesidad de superar al capitalismo revolucionando todos sus cimientos, sino en las “vías de la revolución”. De ser ésta una discusión táctica obligatoriamente acotada a las circunstancias histórico-concretas de cada país, fue convertida en una supuesta definición estratégica y hasta ética de carácter general. En muy pocos países se logró zanjar las diferencias y avanzar en una sólida unidad de izquierda, lo que en la mayoría tuvo efectos negativos en la capacidad para enfrentar la contrarrevolución capitalista de las décadas de los setenta y ochenta.

Esas limitaciones analíticas tuvieron efectos perdurables para enfrentar la fase de estabilización de las transformaciones regresivas dominantes, en la que la derecha incorporó el vocablo “reforma” en sus estrategias conservadoras. Muy significativamente, en la década de 1990, cuando el ascenso de las luchas populares contra el neoliberalismo se expresa en avances electorales y en la conquista de importantes espacios institucionales en parlamentos y gobiernos locales por la izquierda latinoamericana, en ésta aparecen confrontadas posturas que corresponden esencialmente a las que enfrentaron a Rosa Luxemburgo y Eduard Bernstein. Y se proyectan al nuevo siglo cuando la izquierda conquista gobiernos nacionales. Tras la derrota electoral de la revolución sandinista después de una sangrienta contrarrevolución, y el fin de la dictadura de Pinochet mediante elecciones, ambos en 1990; de la derrota de Sendero Luminoso en Perú por el gobierno de Fujimori; así como las negociaciones de paz en Guatemala y entre el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional y el gobierno derechista de Arena en El Salvador en 1992, que completaron el cuadro de “transiciones a la democracia”, la derecha proclamó eufórica la resolución definitiva de aquel debate de los sesenta en América Latina, y no pocos izquierdistas así lo entendieron. La derecha tendió una trampa a la izquierda explotando sus errores analíticos.

La utopía desarmada de Jorge G. Castañeda (1993) (21) fue un instrumento para ello. Con ese sugerente título, si bien en un sentido aludía al “desarme” ideológico de la “utopía” de izquierda por el desmoronamiento del “socialismo real”, más literalmente se regodeaba con el “fracaso” de la lucha armada y con la conversión de los antiguos guerrilleros en pacíficos demócratas y hasta en prósperos empresarios; y que habiendo superado su infantilismo anterior admitían la teoría de los dos demonios que explica la brutal contrarrevolución de los setenta y ochenta como respuesta lógica del sistema a las acciones armadas. El parteaguas entre la “vieja” y esa “nueva izquierda democrática” quedaba confirmado como regla por las excepciones de la revolución cubana y de las fuerzas insurgentes colombianas, cuyas respectivas caída y derrota vaticinaba inminentes. Estos argumentos gozaron de aceptación entre numerosos segmentos de la izquierda durante la década de los noventa hasta que, en el nuevo siglo, el inédito proceso bolivariano en Venezuela cambió los términos del debate “reforma o revolución”. Y además Castañeda dejó de ser citado cuando se exhibió como prohombre de Estados Unidos, no tan sólo de la Tercera Vía neodemócrata representada por William Clinton sino del gobierno de George W. Bush, desde su cargo de canciller mexicano (2000-2003) en la presidencia de Vicente Fox.

En la década de los noventa, el debate reforma/revolución en América Latina era sobre fines pero todavía encubierto por una discusión sobre medios. Dada ya por descartada la cuestión de las vías, la discusión sobre los objetivos también estaba “resuelta” por la autoexclusión de la “revolución” tras el derrumbe del “socialismo real” que había sido su “materialización”. Desaparecido el “modelo” como meta, en los términos de Bernstein parecían evidenciarse tanto los errores de las premisas del socialismo revolucionario, como la validez de las tareas para promover la reforma del capitalismo para moralizarlo, en lo que el movimiento lo sería todo.

El término pragmatismo entró en el vocabulario virtuoso de la izquierda latinoamericana, como sinónimo de incrementalismo realista en un capitalismo “nuevo” que se había renovado con la “era del conocimiento” (22) que, se decía, había modificado las condiciones económicas y sociales en las que se basaban las premisas del socialismo revolucionario decimonónico, y había encontrado mecanismos adaptativos irreversibles. Paradójicamente, muchos de los neo-bernsteinianos (23) –conscientes o de facto- reivindicaban también a Rosa Luxemburgo, pero en sus debates con Lenin respecto a los problemas de la democracia en el socialismo soviético, con una racionalización a posteriori del stalinismo. Así, sólo quedaba como opción el “socialismo liberal”.

Las nuevas adhesiones liberales se argumentaron como rechazo a las vulgarizaciones del marxismo y a las fallidas críticas que se les hicieron desde la anterior “nueva izquierda” (24), pero expresaban fundamentalmente la influencia de los ideólogos del capitalismo, que lograron imponer sus “explicaciones” sobre aquellos errores y “llenar esos vacíos” con sus propias “alternativas”.

El actual estallido de la crisis general del capitalismo parecería reconducir el debate al demostrar, una vez más, la falsedad de los postulados de Bernstein sobre la capacidad permanente del capitalismo para desarrollarse conjurando sus crisis, pero aún dista mucho de cuestionar sus conclusiones sobre las “tareas de la socialdemocracia”. Peor aún, la crisis actual está dando nuevos bríos y auditorios a los promotores de las reformas del capitalismo con algunas regulaciones, que sintonizan discursivamente con la izquierda que proclama el fin del neoliberalismo, al que responsabilizan de los excesos y corrupción del capitalismo (al que, de todas maneras, los posliberales le asignan superioridad sobre “el ineficiente socialismo real” para proveer “bienes materiales y libertad”).

Notas:

1. Rosa Luxemburg, Reforma o revolución (1899), “Introducción”. México, Grijalbo, 1967, p.9.

2. Eduard Bernstein, Problemas del socialismo, en el libro compilado por José Aricó titulado Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia, que incluye otros escritos de Bernstein. México, Siglo XXI Editores, 1982, p.75. De octubre de 1896 a finales de 1898, Bernstein publicó una serie de artículos titulada Problemas del socialismo. Las críticas que suscitó lo llevaron a exponer con más amplitud esas ideas en el libro Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia, publicado el 14 de marzo de 1899, que es su texto más conocido.

3. Esa interrogante fundamental atraviesa nuestro libro: Beatriz Stolowicz (Coord.), Gobiernos de izquierda en América Latina. Un balance político. Bogotá, Ediciones Aurora, noviembre 2007.

4. Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel (edición crítica en 6 tomos), México, Ediciones Era-Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 1999. Tomo 4. El término reformismo, dice Gramsci, es el nombre que el “lenguaje moderno” da a ese concepto que anteriormente se calificaba como moderacionismo político. p.205.

5. R. Luxemburg, Reforma o revolución, Op.cit., p.89.

6. E. Bernstein, “Prefacio al décimo millar” de Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia, en Op. cit, p.101.

7. E. Bernstein, Problemas del socialismo, Op. Cit., p.46.

8. E. Bernstein, Premisas del socialismo, Op. Cit., pp.214 y 215.

9. Premisas del socialismo, Op. Cit, p.230.

10. Dice Bernstein: “El socialista no puede valorar satisfactoriamente la actual emigración del campo a la ciudad que concentra las masas de trabajadores, siembra la rebelión y promueve la emancipación política”. Premisas del socialismo, Op. Cit, p.211.

11. E. Bernstein, “Prefacio a la primera edición” de Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia, Op. Cit., p.99.

12. Carlo Rosselli, Socialismo liberal (1930), México, Editores Mexicanos Unidos, 1977, pp. 108-112. El social liberal y anticomunista Carlo Rosselli fue opositor a Mussolini. Fue el gran mentor de Norberto Bobbio (véase la entrevista a Norberto Bobbio de Luiz Carlos Bresser-Pereira: “Bobbio defende compromiso entre liberalismo e socialismo”, publicada en Folha de Sao Paulo, Mais!, el 5 de diciembre de 1994).

13. Un acucioso estudio de este período se encuentra en Eric Hobsbawm, La era del imperio (1875-1914), Barcelona, Editorial Labor, 1989.

14. Karl Polanyi. La gran transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo (1944), México, Fondo de Cultura Económica, 2003. Su tesis de que el antiliberalismo fue un movimiento pendular espontáneo es sintetizada en la afirmación: “El laissez-faire se planeó; la planeación no”, p.196.

15. Retomo aquí algunos fragmentos de lo dicho en “Los desafíos del pensamiento crítico”, conferencia impartida en octubre de 2007 en Bogotá, en la celebración del 40 aniversario del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso), publicada en: Periferias núm.115, Buenos Aires, 2007; Cuadernos de Nuestra América núm.41, La Habana, 2008; y Contexto Latinoamericano núm.8, México, 2008.

16. A. Gramsci, Cuadernos de la cárcel, Tomo 5, Op. Cit., pp.40-41.

17. Ya desde Camino de servidumbre (1944), decía Friedrich von Hayek: “La cuestión de si el Estado debe o no debe `actuar´ o ‘interferir‘ plantea una alternativa completamente falsa, y la expresión laissez faire describe de manera muy ambigua y equívoca los principios sobre los que se basa una política liberal. Por lo demás, no hay Estado que no tenga que actuar, y toda acción del Estado interfiere con una cosa o con otra”. Madrid, Alianza Editorial, 1995, p.113.

18. Karl Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, Tomo I, México, Siglo XXI Editores, 1971 (primera edición en castellano), pp.362-367 y 402.

19. John Maynard Keynes, The end of laissez-faire, Hogarth Press, julio de 1926. Publicada por la Von Mises Foundation en su página electrónica.

20. Joseph A. Schumpeter. Capitalismo, socialismo y democracia (1942, con un capítulo agregado en 1946) Barcelona, Ediciones Orbis, 1983, pp.454-466.

21. Jorge G. Castañeda, La utopía desarmada. Intrigas, dilema y promesas de la izquierda en América Latina, México, Joaquín Mortiz, 1993.

22. Los ideólogos de la derecha exaltaron los nuevos conocimientos como el único factor productivo dinámico, no agotable, que internamente desplaza la pugna por la distribución de la renta con la concertación colectiva como intercambio de conocimientos entre “agentes” (entre ellos los trabajadores); y que externamente desplaza la pugna en torno a la distribución de la renta proveniente de los recursos naturales con el esfuerzo por incrementar la competitividad, la productividad y la modernización tecnológica. Así lo planteaba el presidente del BID, Enrique V. Iglesias, en su libro Reflexiones sobre el desarrollo económico. Hacia un nuevo consenso latinoamericano, Washington DC, Banco Interamericano de Desarrollo, 1992. 23. Los neo-bernsteinianos deslindan de la postura belicista de Bernstein calificándola como una desviación de derecha, pero adoptan su revisionismo con sus consecuencias prácticas de aceptación del capitalismo reformable.

Beatriz Stolowicz es Profesora-investigadora del Departamento de Política y Cultura, Área Problemas de América Latina, Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Xochimilco, México. Fuente: América Latina hoy ¿reforma o revolución?, Ocean Sur, México, agosto 2009, pp.65-101. Jairo Estrada Álvarez (Comp.), Crisis capitalista. Economía, política y movimiento, Espacio Crítico Ediciones, Bogotá, septiembre 2009, pp. 285-321. Anales N. 368, Revista de la Universidad Central del Ecuador, Quito, marzo 2010. www.quehacer.com.uy


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