El plan federal fracasó y miseria y represión crecen
Proceso. 10 diciembre de 1983
Guillermo Correa
A un año de gobierno del general Absalón Castellanos
Domínguez, Chiapas se debate entre la violencia institucionalizada,
represiva, del Estado y la que surge de la desesperada y legítima
defensa de su población, principalmente indígena, por los
agobios de la miseria, del hambre y de la represión que se multiplican.
Tierra de paradoja, donde su abundante riqueza contrasta con la dura realidad:
el empobrecimiento del minifundio, comunidades indígenas despojadas,
desnutridas, con desempleo y víctimas de un gobierno “absolutista”
que, con su política de mano dura, lejos de aliviar, agrava los
problemas. Por todo esto, Chiapas, a juicio del Episcopado Mexicano, se
encuentra a un paso de la guerrilla, “no por la presencia de los
refugiados guatemaltecos, pero sí por la injusticia que se agudiza”.
Tal advertencia fue hecha desde el 13 de abril pasado por el obispo auxiliar
de Tuxtla Gutiérrez, Felipe Aguirre Franco, quien recalcó,
durante una conferencia en la ciudad de México, que la situación
en la entidad es muy comprometida y que del tratamiento que se le dé
a esta situación “depende nuestro futuro”.
Un mes antes, seis senadores, integrantes de la Comisión de Asuntos
Fronterizos del Sur de la República, visitaron la entidad para
analizar la realidad de la región. En su informe confidencial presentado
al presidente Miguel de la Madrid, advierten que “para preservar
la soberanía nacional, en los límites de Chiapas y Guatemala,
se debe construir un muro de justicia y libertad”.
Porque “no queremos exagerar el riesgo actual, ya que de inmediato
no se advierten inquietudes sobre la estabilidad política y social
de la región; pero sí pueden, tomando en cuenta la forma
de explotación que hemos comentado, llegar a traducirse en el origen
de problemas verdaderamente serios”.
Y es que la explotación no tiene límites y, de hecho, la
esclavitud de mexicanos y guatemaltecos se da en todo su esplendor en
las fincas chiapanecas. Así lo comprobaron los senadores Miguel
Borge Martín, Guadalupe Gómez de Anaya, Patrocinio González
Blanco Garrido, Salvador Neme Castillo, Heladio Ramírez López
y Héctor Vázquez Paredes. En su informe destacan:
“En la región de Los Altos, que tiene como centro comercial
a San Cristóbal de las Casas, habitan unas 300,000 personas de
condición indígena; existe la más alta densidad de
población, la agricultura más precaria y las más
altas manifestaciones de marginación e injusticia, que se apoyan
en la ignorancia y en el alcoholismo, y hay unos 30,000 o 40,000 minifundios
con menos de media hectárea de temporal cada uno. De allí
salen miles de jornaleros, a veces desde muy temprana edad, a las diversas
labores agrícolas del café y el plátano que se desarrollan
en la sierra de Soconusco y en la costa.
“Allí la demanda de mano de obra es muy alta porque los cultivos
de plátano y café son los que requieren de mayor número
de jornadas asalariadas para su producción. Se estima que las necesidades
de jornaleros para las medianas y grandes fincas de café va de
81,000 a 111,000 peones, de los cuales se calcula que 30,000 viven en
Los Altos de Chiapas, de 45,000 a 75,000 son guatemaltecos, según
la época, y 6,000 son de la propia región del Soconusco.
“Los jornaleros indígenas -mexicanos y guatemaltecos- son
reclutados por enganchadores y tienen que viajar a veces durante varios
días de camino para llegar a sus lugares de trabajo. Se comprometen
por lo regular a contratos de 8 semanas como mínimo para tener
derecho al viaje de regreso, ya que por períodos más cortos
o aún en caso de enfermedad que los incapacite, ellos mismos deben
cubrir sus gastos por este concepto.”
El enganche de trabajadores es un sistema bien organizado y opera con
regularidad, no sólo durante la época de cosecha, sino todo
el año, para asegurar la fuerza de trabajo que requieren las fincas.
Los enganchadores, que pueden ser empleados de las fincas o comisionistas,
son los responsables de administrar el dinero que les suministran los
finqueros.
“El enganchador recibe, por trasladar y mantener un peón
proveniente de Los Altos de Chiapas, unos 450 pesos, una vez colocado
en las fincas del Soconusco, en tanto que por uno guatemalteco obtiene
entre 50 y 80 pesos.”
Los senadores explican en su informe que la proporción de extranjeros
en las plantaciones visitadas normalmente excede el 50%. En principio
siempre existe la posibilidad de sustituir a un trabajador mexicano por
uno extranjero (guatemalteco por regla general), que “dada su condición
de ilegal no está en condiciones de reclamar los derechos que nuestra
Constitución y nuestras leyes establecen”. Esta es la situación
general que prevalece en alrededor de 300 fincas cafetaleras, que en el
período de mayor actividad, durante la cosecha, dan empleo a poco
más de 100,000 jornaleros, considerando 350 por finca, en promedio.
Pero la Constitución también es letra muerta para los mexicanos,
como lo comprobó la comisión en sus diálogos con
las comunidades indígenas de San Juan Chamula y Tenejapa. En este
último lugar “se escucharon unas veinte intervenciones de
indígenas tzeltales, quiénes relataron, en tono de denuncia,
las difíciles condiciones de trabajo, alimentación y hospedaje
que padecen; los precarios ingresos que reciben por su trabajo y las irregularidades
con que muchas veces se hace el pago.
“Su inconformidad -que después se constató a visitar
varias fincas- por su ración de comida, que consiste en una taza
de frijoles y cinco tortillas que se les da dos veces al día. Nos
dijeron que dormían en obscuros galerones, sobre tablas, prácticamente
sin los servicios elementales y en condiciones de total falta de higiene
y la más absoluta promiscuidad.
“Se recogió -dicen los senadores- con sus denuncias la realidad
lastimosa de la queja y nos llevamos de esa reunión hondas inquietudes
y preocupaciones.”
En su recorrido por Chiapas, visitaron, además, los campos de refugiados
guatemaltecos de La Sombra, Las Hamacas y Las Delicias. Y refieren que
la parte más difícil del problema se da por la incertidumbre
de la población chiapaneca respecto a la duración que puede
llegar a tener la permanencia de los guatemaltecos, ya que en un principio
fue manifiesta la hospitalidad para con ellos, pero ahora, cuando los
hay con más de un año de residencia en territorio nacional,
“los locales empiezan a preocuparse por la competencia que representaría
sobre la posesión de la tierra -que es la base de su propia subsistencia-,
la regularización de los asentamientos actualmente provisionales.”
Fue en esta ocasión cuando durante una plática con el gobernador,
general Absalón Castellanos, “nos dijo que ya había
recibido inquietudes de la población local en ese sentido, por
lo que desaconsejaba que el problema tratara de resolverse con la permanencia
de los refugiados en territorio de Chiapas”.
Y en sus sugerencias para resolver la problemática, los legisladores
advirtieron la necesidad de contar con un plan que dé respuesta
eficaz a demandas que no deben ser objeto de paliativos o soluciones coyunturales,
sino de un enfoque estructural que contemple simultáneamente los
aspectos políticos, económicos, sociales y culturales.
* * * * *
Fue así como se anunció, el 12 de mayo de 1983, la panacea
tan anhelada: El Plan Chiapas. Elaborado por el gobierno federal y el
local, el documento contiene un conjunto de estrategias para evitar la
centroamericanización de la entidad.
Reconocido como el “plan especial de mayor interés para la
Federación”, tiene el propósito fundamental de elevar
aceleradamente las condiciones de vida de los chiapanecos, así
como reforzar su integración social y cultural. Se prometió,
para ello, una derrama económica en la entidad, durante 1983, de
94,897 millones de pesos.
“El Plan Chiapas -se dijo- no será la vía para la
transferencia indiscriminada de mayores recursos federales al estado o
para una distribución improductiva de los apoyos financieros, sino
un plan con sólidas bases políticas para aprovechar, en
beneficio de los sectores mayoritarios del estado, los recursos existentes
y para potenciar su expansión económica.”
Pero no ha funcionado del todo bien y hasta el momento, para las comunidades
indígenas principales beneficiarias, el Plan Chiapas, por lo menos
durante este año, fracasó.
Investigadores de la Universidad Autónoma de Chapingo, que realizan
trabajos de campo en la entidad, dirigentes indígenas y de la Central
Independiente de Obreros Agrícolas y Campesinos (CIOAC), dicen
que es notoria la ausencia de obras, sobre todo en los primeros cuatro
meses del año; que el programa caminero brilla por su ausencia;
que el Instituto Nacional Indigenistas (INI) no ha hecho nada por los
indios y que, por si fuero poco, ha trascendido en la entidad que ni siquiera
se han acabado obras inconclusas de períodos anteriores.
Afirman también que el gobierno ha reconocido que la propiedad
agraria se encuentra pulverizada por los repartos ya efectuados y por
el crecimiento de la población rural.
Según informes de la Secretaría de Reforma Agraria de la
entidad, existen a la fecha 58,000 demandantes de tierra, que han sido
manipulados por partidos políticos de oposición y por el
clero progresista. Reconoce invasiones en cerca de 500 predios de propiedad
particular, a los que considera problemas de orden social.
Durante el primer año de gobierno del general Absalón Castellanos,
dicen los investigadores y las organizaciones, se han registrado más
de cien desalojos, siempre en forma violenta y ante la presencia de autoridades
agrarias, elementos de seguridad y agentes del ministerio público.
Prueba de ello es que los indígenas temen al camino que ha delineado
la política del gobernador, el que va de la milpa a la cárcel,
así como desde los cinturones de miseria que rodean a San Cristóbal
de las Casas, Tuxtla Gutiérrez y otras importantes ciudades chiapanecas.
Un estudio del Instituto de Asesoría Antropológica para
la Región Maya, A.C. (INAREMAC), revela que los indígenas,
al huir de la represión, fundan sus “villas miseria”
para, con el miedo a cuestas, mendigar por las bellas mansiones cercanas
al Periférico Norte, “todas ellas residencias veraniegas,
cuyos dueños son científicos, pilotos de Alas del Socorro
Instituto Lingüístico de Verano (ILV) o funcionarios estatales
de alto rango que llegan en helicóptero.
“Empezaron como siempre: un trajín de chamulas clavando costeras,
de la noche a la mañana. Poco a poco se traza el lote, la leña
se dispone por debajo del alero, se construye una cocina, se va poblando
el corral con guajolotes, nacen huertas familiares.
“Y luego, todo cambia otra vez: se levantan viviendas de bloque
de cemento, al diseño arrabalesco, al parecer con asesoría
evangélica pues, en la colonia Mazariegos, ocho tienen el mismísimo
modelo. Todo lo chamula, de la arquitectura, ha desaparecido: ni patio,
ni corredor sino la monotonía de los malos barrios de clases bajas
de los arrabales feos.”
No obstante todo lo anterior, el gobernador chiapaneco abunda en optimismo
al prometer y presumir supuestas acciones que desmiente la dramática
realidad de su entidad. Porque, inmersos en la intranquilidad social y
en la pobreza crónica, los indígenas chiapanecos han escrito
al presidente Miguel de la Madrid.
Tal es el caso de los habitantes de la selva lacandona, cerca de 10,000
indígenas que poco a poco son despojados de sus terrenos ubicados
en 40,000 hectáreas, y todo a causa de una resolución presidencial,
firmada el 6 de marzo de 1972 por Luis Echeverría, en la que se
pretende entregar 614,000 hectáreas a tan sólo 66 familias
de lacandones.
Una de las últimas misivas a la Presidencia de la República
fue enviada el 29 de junio de 1983. El motivo: “una camioneta de
tres toneladas llena de policías judiciales y otra con caribes
(llamados lacandones) amedrentaron con armas subametralladoras a las mujeres
y los niños. Saquearon nuestro poblado, Nuevo Progreso, con apoyo
y conocimiento de las autoridades estatales.
“Le suplicamos -dicen al presidente MMH- considerarnos víctimas
de desastre, pues lo hemos perdido todo menos la vida. Si nos reubica
podemos trabajar, pero mientras no tengamos tierra y siembra, jamás
sobreviviremos.”
Los suscritos, 43 familias, se encuentran refugiadas, desde entonces y
provisionalmente, en el poblado Nuevo Ojo de Agua, Ocosingo, y para el
despojo de sus tierras no contó el haberlas trabajado por 12 años.
Así lo advierte Antonio Peñate Arce, que en nombre de los
afectados pide justicia. Ayuda inmediata porque “donde estamos refugiados
no pueden hospedarnos más que provisionalmente. Pero no tenemos
a dónde ir ni en qué transportar a nuestras mujeres”.
La carta, recibida en la Presidencia el 9 de agosto de este año,
aún espera respuesta. Y también los habitantes de las poblaciones
de El Chamizal y Flor de Cacao, que desde 1981 han sufrido similares expulsiones.
Otro caso es el del poblado Nuevo Potiajá, ubicado en Palenque,
donde también han sido amenazados de desalojo, sin importar los
11 años de su estancia. La razón: Manuel, Víctor
y “Joselito” Huerta y el presidente del poblado Once de Julio,
José Vázquez Alegría, que “es manipulado por
el Instituto Lingüístico de Verano -ILV-, quieren apoderarse
de sus terrenos”.
De acuerdo con informes de la Unión Quipict Ta Lecubtusel, el responsable
directo de las agresiones que padecen otras 32 comunidades que se encuentran
a lo largo de la brecha lacandona, es el presidente estatal del PRI, Manuel
de la Torre, quien durante el sexenio anterior se desempeño como
subdelegado de la Reforma Agraria y cuyo interés primordial es
“seguir enriqueciéndose con la tala de los bosques de la
región”.
En la zona, dice Marín Rubio López, investigador de la Universidad
Autónoma de Chapingo, habitan principalmente tzotziles y choles
que han huido desde hace 25 años de la explotación que prevalece
en el norte y en Los Altos de Chiapas. Inclusive se crearon para ellos,
en 1976, dos nuevos centros de población, el de Manuel Velasco
Suárez y el de Luis Echeverría, pero resulta que ahora los
quieren sacar a causa del peligro que advierte el gobierno por su cercanía
con la frontera de Guatemala. “A ello responde el Plan Chiapas que
hasta la fecha no se ha podido implementar en la región”.
Para las comunidades indígenas chiapanecas sólo hay una
realidad en este primer año de gobierno del general Absalón
Castellanos Domínguez: mayor miseria, acompañada siempre
con la represión a consecuencia de la defensa de su tierra. Si
con Juan Sabines imperó un “populismo sangriento”,
el gobierno actual es formalmente “absolutista”. No hay diálogo,
dicen, y prueba de ello fue la marcha de 27 días que realizaron
el pasado octubre indígenas de la entidad hacia el Palacio Nacional,
en la Ciudad de México (Proceso 363).
La caminata en ninguna forma conmovió al gobernador que, por la
repercusión internacional que tuvo la manifestación, debió
aceptar el diálogo y prometer soluciones que no han sido inmediatas.
Meses antes había destacado su entidad por el secuestro que sufrió
el asesor de la Coordinadora Nacional de Pueblos Indígenas, Genaro
Domínguez.
Sin embargo, los tzeltales, en otra carta al Presidente, denuncian que
“el baño de sangre no ha concluido y el Dios de la Guerra
en el estado de Chiapas no ha cesado de hostilizar a todos los indígenas,
y así, no es ajeno a la persecución de los indios de Bachajón,
a quiénes se les ha dividido y el gobernador, junto con la CNC
(Confederación Nacional Campesina) ha ordenado a la policía
la captura de los más distinguidos dirigentes que pugnan por una
organización independiente y a los cuales, absurdamente, se les
acusa de asesinato”.
Los nativos de Monte Líbano, en el municipio de Ocosingo, acusan
a los extranjeros Herbert Stacpoole Lasso y
Enrique S. Lewels, entre otros, de “destrozar siembras y destruir
nuestras casas para poder sacar la caoba que nos pertenece”. Relatan:
“Difícil y desigual ha sido la lucha, los ricos con su dinero
han comprado autoridades de todos tamaños y nosotros sólo
gritando que tenemos la razón. Nuestro pueblo ha sufrido la furia
de terratenientes y caciques. Por primera vez en el año de 1976:
nuestras casas y siembras fueron destruidas, quemadas, y nosotros perseguidos.
Necios para no morir de hambre, las reedificamos para volver a sufrir
lo mismo en noviembre de 1979. Una vez más, el 3 de abril de 1982
en que aprovechando la obscuridad de las cenizas del volcán Chichón
que arrasó con los pueblos zoques, a nosotros nos destruían
los policías, los guardias blancas y los propios terratenientes
que, armados con metralletas y maquinaria, acabaron, como ha sucedido
posteriormente, con todas nuestras pertenencias.”
Cansados de luchar y de denunciar ante la opinión pública
su situación, los tzeltales advierten que se organizan, incluso
con otros pueblos del país, para ser fuertes y anteponerse a los
ricos. “Dura y amarga ha sido la experiencia pero hemos aprendido:
lo que no hagamos por nosotros no lo hará nadie, y estamos dispuestos
a luchar por recobrar nuestras tierras”.
Lo mismo sostienen ya los choles, tojolabales, catchiquiles, mochos y
mayas de la selva lacandona que, junto con la Coordinadora Nacional Plan
de Ayala (CNPA), han realizado huelgas de hambre para exigir la libertad
de sus presos políticos. La última de ellas se llevó
a cabo el pasado 29 de noviembre, por la libertad de Victórico
Hernández, Agustín de la Torre y Gustavo Zárate,
que se encuentran recluidos en el penal de Cerro Hueco, de Tuxtla Gutiérrez.
Y pese a todo, no hay visos de solución. Por el contrario, denuncia
la Central Independiente de Obreros Agrícolas y Campesinos (CIOAC),
los terratenientes, principalmente de Simojovel, contratan pistoleros
y se arman como nunca en espera de una revancha por las denuncias de los
indígenas que tanto los han molestado, lo mismo que al gobernador.
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