STALIN Y LA ÉPOCA ACTUAL
(Extractos de la ponencia presentada por N.A. Andreieva al Seminario Internacional celebrado en la India, en marzo de 1995)
Desde los alarmantes años 30, para numerosas generaciones de soviéticos, el nombre de Stalin se convirtió en la personificación de la justicia social y del orgullo nacional.
Durante la Segunda Guerra mundial fue la confianza en Stalin la que alimentó la seguridad del pueblo en la victoria sobre los hitlerianos. Se asociaba a Stalin la política de bajada anual de los precios al tiempo que aumentaban los ingresos de la población, la certeza de que en el futuro el país sería más poderoso y más hermoso que hoy.
Se puede decir, sin exagerar, que Stalin gozaba de una consideración sin límites y del afecto popular, aunque la complejidad de la época en que tuvo que gobernar exigía tener que adoptar bastante a menudo medidas impopulares.
El cariño y la consideración del pueblo hacia Stalin no estaban determinados por la propaganda, sino, ante todo, por los grandes cambios constantes y reales que experimentaba la gente normal, así como por la estabilidad en la política interior y exterior.
Por supuesto, en los años en los que Stalin estuvo al frente del Estado hubo también derroches, pero esto sólo se puede juzgar basándose en los hechos, teniendo en cuenta la situación histórica tanto dentro como fuera del país.
Stalin advirtió del peligro de degeneración del aparato del partido por una casta de intocables endiosados; insistía en la necesidad de hacer depuraciones sistemáticas dentro de la cúpula del partido para evitar que se burocratizase.
La tesis leninista-estalinista de poner el acento en la lucha de clases para poder avanzar en el camino socialista ha sido plenamente confirmada por la historia. Como se sabe, esta tesis fue refutada por los oportunistas de la época kruschovista-breznevista de forma particularmente violenta.
Es el desprecio o el desconocimiento de esta ley objetiva de la lucha de clases lo que, a fin de cuentas, llevó a la degeneración completa del núcleo dirigente del PCUS el cual, bajo la máscara de la perestroika gorbachoviana, ha transformado al Comité Central del Partido en un estado mayor del reformismo burgués y de la exportación de la contrarrevolución a los Estados socialistas de Europa oriental. La nomenclatura instalada en el ex-PCUS tomó el camino de la traición abierta cuando vieron en peligro sus privilegios y el descenso de su nivel de vida personal.
Buscando salvar su buena posición, los bonzos del partido se lanzaron a las estructuras comerciales y han pasado a engrosar los órganos de poder de los regímenes mafiosos de las antiguas repúblicas de la URSS. Hoy los ex-emisarios del partido se han convertido en el destacamento de choque de la contrarrevolución burguesa y, con Yeltsin, realizan el negro trabajo de la reacción. En particular, la famosa perestroika de Gorbachov hizo correr ríos de mentiras sobre Stalin. La campaña antiestalinista se transformó en histeria y en un verdadero escándalo.
Todo fue deformado, vejado, escupido. Esto tenía un solo objetivo: eliminar de la conciencia de las masas la consideración y el aprecio del que gozaba Stalin. Pero de nuevo la historia les ha jugado una mala pasada a estos falsificadores desenfrenados.
El irremediable fiasco de la perestroika y el impasse en el que se encuentra la restauración burguesa en la URSS hacen que los soviéticos se vuelvan a plantear la forma en la que eran resueltos los problemas sociales y nacionales durante el periodo estalinista.
La diferencia es tan abismal y tan clara con respecto a la época de Stalin que hoy hasta los antiestalinistas más descarados empiezan a camuflar sus posiciones. No es cuestión de defender o de alabar la actividad de Stalin. Stalin es un capítulo glorioso de la historia de nuestro Partido que toda-vía espera ser investigado de forma profunda e imparcial. Pero, aparte de esto, de todas formas hay que preguntarse y que esclarecer algunas cuestiones sobre las que especula el antiestalinismo. Me voy a permitir entrar en algunas de ellas. Ante todo está la vieja cuestión del papel de su personalidad en la historia ¿Cómo entenderlo?
En principio, todo hombre es considerado socialmente según los resultados de su actividad. Un ingeniero, por ejemplo, es considerado según la calidad de sus soluciones técnicas o de sus elaboraciones, o sea, según la contribución que aporta a la ciencia; un artista según los papeles que ha hecho en el teatro o en el cine; un campesino según su buena mano para hacer crecer y recoger la cosecha, etc. Un hombre de estado es considerado por los resultados de su actividad política como gobernante.
La realidad contemporánea de Rusia confirma la necesidad de este acercamiento. Pongamos un ejemplo, los defectos morales de Yeltsin (alcoholismo, imprevisibilidad, influenciabilidad) son muy debatidos en la prensa de la oposición. Pero el odio y el desprecio que inspira a los soviéticos no son consecuencia de sus vicios, sino por ser un renegado, por haber traicionado a los idea-les del socialismo, por el genocidio de su propio pueblo. A diferencia del presidente de Rusia, Mijail Gorbachov está mucho mejor visto, desde el punto de vista de la moralidad, por la opinión pública, pero no es mejor que Yeltsin, su rival y continuador de la causa restauracionista, y se ha ganado el odio y el desprecio de la gente.
Aquí parece como si las cualidades morales no tuvieran importancia, como si se igualaran. Por supuesto que las cualidades morales de un hombre político juegan su papel. Por ejemplo, en la democracia burguesa se puede debatir durante meses, en el curso de las campañas electorales, la infidelidad conyugal de los candidatos a la presidencia. Por regla general, los candidatos que han contado con mayores cantidades de dinero son los que acceden a los puestos presidenciales y no los que cuentan con la mayor tasa de moralidad.
Los resultados de la actividad política y estadística de I.V. Stalin son tan impresionantes que no cabe ninguna falsificación. Estos resultados muestran que Stalin reunía las mejores cualidades para ser un gran dirigente político del siglo XX, que sabía apreciar correctamente y de forma realista una situación, prever el futuro, fijar de forma precisa los objetivos y elegir los medios para conseguirlos, que tenía una voluntad política de hierro para realizarlo que se había propuesto.
Nadie puede negar que, con Stalin, la URSS consiguió éxitos colosales en todos los terrenos, como el que llegara a ser la segunda potencia mundial. Un ejemplo, en 1917 la producción industrial de Rusia suponía el7% de la de EEUU y en 1940 era ya el 45% (!). Es por eso por lo que los antiestalinistas se han readaptado en sus patrañas sobre las cualidades morales del guía del pueblo soviético. Para hacerlo, las apreciaciones de los seudo-demócratas se han basado no en los testimonios o los recuerdos de los que conocieron personalmente a Stalin, sino sobre las elucubraciones malintencionadas de personajes que profesan un odio patológico por el socialismo y el Poder soviético.
De ahí las etiquetas que se le han colocado a Stalin sobre sus supuestas paranoias, su ansia de poder, mediocridad intelectual, alcoholismo, psicosis maniaco-depresiva y demás. La experiencia de la historia del antiestalinismo testifica que todas estas características han sido más de una vez refutadas por los que trabajaron directamente con Stalin en diferentes periodos de su actividad. Stalin era de una gran simplicidad en su vida diaria enteramente consagrada a la revolución y al socialismo. Nunca sufrió de megalomanía y se esforzaba por no diferenciarse en nada de las personas que le rodeaban.
Stalin era poco hablador, sabía escuchar y comprender a los demás sin imponer nunca su opinión. Un ejemplo, después de la guerra fue a visitar al crucero«Molotov». Kosiguin y su esposa le acompañaban. El comandante del crucero, ateniéndose a las tradiciones de la flota, no entendía que una mujer subiera a bordo de un barco de guerra. Cuando Stalin le pidió que hiciera una excepción, el oficial se negó en rotundo. Iossif Vissarionovitch sonrió maliciosamente bajo su bigote y le dio la mano al coman-dante del crucero diciendo: «¡Bravo! Un comandante debe ser inflexible...».
La afirmación de la irresistible ansia de poder de Stalin y su pretendido culto a la personalidad esa absurda. Para hacerla han silenciado el hecho de que Stalin presentó tres veces su dimisión al cargo de Secretario general del Comité Central del partido.
La última vez fue antes del XIX Congreso del partido. Debido a su edad, su nombre no estaba incluido en las listas de candidatos al Presidium del Comité central y, sin embargo, su nombre apareció ante la exigencia unánime de los delegados al Congreso. Para Stalin la política era la esfera de la defensa de los intereses de la clase obrera y de todo el pueblo soviético.
A los ojos de los trabajadores Stalin no era un ídolo de la forma en la que tratan de presentarlo de esa manera tan irreflexiva. La consideración y el afecto del pueblo no pueden conquistarse a través de la propaganda y de palabras aduladoras. Por regla general el pueblo no se equivoca y, si lo hace, no es por mucho tiempo. Kruschov y Breznev bien que intentaron crear su «culto», pero lo único que consiguieron fue el rechazo.
El «culto» exige necesariamente una personalidad notoria. En 1970, el escritor soviético Mijail Cholojov, galardonado con el premio Nobel, escribió: «No se puede menospreciar y a echar abajo la actividad de Stalin... En primer lugar porque sería injusto; en segundo porque esto no sería bueno para el país, para los Soviéticos. Y no porque no enjuiciemos a los vencedores, sino ante todo porque la ‘demolición’ no se corresponde con la verdad».
¿Por qué los ideólogos de la burguesía y los oportunistas de todo tipo siguen temiendo a Stalin? Creo que se debe a que la implacable lógica estalinista es capaz, incluso después de medio siglo, de conquistar a los lectores e investigadores sin ideas preconcebidas y de ayudarles a ver la diferencia entre el acero de alta calidad del leninismo y los viejos trozos de chatarra oxidada del revisionismo, del oportunismo, del nacional-comunismo y de otros chapuzas burgueses y pequeño-burgueses que forman parte actualmente de la contrarrevolución. Únicamente los más negros y acérrimos enemigos de Stalin siguen combatiendo, no contra su época, es decir, contra el pasado real del país, sino contra las invenciones de su propia imaginación enferma y resentida. No se trata de la difícil búsqueda de la verdad, sino de la manipulación descarada debida a la mentira y a la ignorancia. Una de estas invenciones es el problema de los «represaliados».Los restauradores del capitalismo lo han presentado como si se tratara de una justicia sumarial de Stalin contra sus «rivales» en la lucha por el poder personal.
En los años de la perestroika la prensa ha estado salpicada de seudo-revelaciones presentando a todos los que han sido reprimidos como absolutamente inocentes. Por tanto, han sido los mismos reprimidos los que inmediatamente han ayudado a restablecer la verdad. Cuando el capitalismo se implantó en el país, ellos se pusieron a hacer de reclamo, presentándose como los más férreos combatientes contra el Poder soviético, haciéndose pasar por héroes y vanagloriándose de haber sido ellos los que habían engañado al Comité de Seguridad del Estado (KGB).
Yeltsin les colmó generosamente de favores materiales, consistentes en«compensaciones» y mejoras en sus jubilaciones.(...) En cuanto a lo que concierne a los supuestos «pueblos reprimidos». Es cierto que en la URSS, durante los años de la guerra y en los inmediatamente posteriores a la Victoria de 1945, algo más de dos millones de personas fueron deportadas.
Pero esta deportación se debió a una medida obligada y unida a circunstancias excepcionales. El resto de los países beligerantes también lo hicieron, eso sin hablar de Alemania que trasladó a su país a muchos millones de hombres y mujeres, provenientes de los países ocupados, para convertirlos en esclavos.
Se sabe que los EEUU no se contentaron sólo con deportar a los alemanes y a los japoneses americanos, sino que los encerraron en campos de concentración. Y eso, recordémoslo, cuando para los EEUU no existía ninguna amenaza de ocupación fascista.
¿Qué podía hacer el Gobierno soviético en esos momentos cuando en las regiones ocupadas por los alemanes se estaba asesinando a los soldados soviéticos del Frente Sur, mientras que los alemanes habían sido recibidos por los contrarrevolucionarios con los brazos abiertos? La república de los alemanes, donde no todo estaba muy tranquilo, estaba situada en el valle del Volga, sobre el camino de retirada de las tropas soviéticas. Fue por eso por lo que se tomó la decisión de desplazar a los alemanes volguianos para alejarles del eje de la ofensiva de las tropas hitlerianas.
Hablemos de la deportación en las repúblicas bálticas. Lituania, por ejemplo suministró a Hitler un cuerpo armado de SS a los que hoy se están levantando monumentos. Entre los años 1945 y 1956, los nacionalistas que se habían escondido en los bosques mataron a más de 25.000 habitantes locales entre los que se encontraban mujeres y niños. La mayoría de los asesinados eran lituanos. Durante los años de la ocupación alemana esos mismos fascistas lituanos asesinaron a 700.000 habitantes de Lituania. ¿Por qué hay que llorar tanto ahora por los padres de esos verdugos y cómplices de los ocupantes?, ¿porque fueron deportados a Siberia?
Fueron ellos los que durante muchos años suministraron alimentos y de todo lo necesario a esos bandidos y asesinos, sus «hermanos del bosque». Hasta no hace mucho estos herederos de los asesinos iban de demócratas, mientras que hoy no sienten vergüenza al hablar de sus crímenes pasados. Parémonos un momento en la deportación de los chechenos y los inguches en marzo de 1944.
En todas las naciones que componían la Unión Soviética se dieron actos de traición individuales, pero algunas de las pequeñas nacionalidades son culpables de traición colectiva. Cuando las tropas hitlerianas estaban a las puertas de la ciudad de Grozni, los chechenos y los inguches cedieron ante la propaganda fascista y organizaron pequeñas unidades de voluntarios para luchar contra el Ejército Rojo. Destacamentos de distracción chechenos e inguches lucharon contra la retaguardia del ejército soviético. Es así como la República checheno-inguche había decidido liberarse del pretendido «yugo ruso» y por eso consideraban como amigos a todos los enemigos de los ruso-soviéticos. Entre sus amigos había fascistas alemanes. En Chechenia operaba una oposición musulmana. Los mullats habían incluso encontrado el medio de conseguir que siguiera en vigor la ley islámica. Los jefes de estos pueblos montañeses acogieron a las tropas alemanas como a libertadores y nadie en Chechenia se pronunció en esos momentos contra semejante traición.(...)
La rehabilitación por Kruschev de esos supuestos «pueblos reprimidos» y la calificación, hecha por él mismo, de que su deportación fue un acto de violación de la legalidad socialista y de la política nacional leninista fue una PROVOCACION de los oportunistas que todo el pueblo soviético paga hoy con su sangre.
A diferencia de la deportación de 1944, la actual guerra en Chechenia es un genocidio, o un acto tras el que se esconde la intención de exterminar a un pueblo. La guerra de los yeltsinistas en Chechenia es un crimen. En el transcurso de ella, las gentes, las ciudades, los pueblos de su propio país están siendo criminalmente aniquilados.
Se está atentando hasta con el derecho que tiene el hombre a vivir. En los últimos años cada vez son más las personas que participan en las manifestaciones en recuerdo de I.V. Stalin; su tumba, cerca de la muralla del Kremlin, está permanentemente llena de ramos y coronas de flores.
Cada vez son más las personas que vienen cada año, en particular los días en los que se celebran las jornadas de recuerdo a Stalin. Como dijo el guía del pueblo chino, el camarada Mao Zedong, «Honrar a Stalin significa defender su causa, la victoria del socialismo, el camino que Stalin nos mostró».
Allí donde está Stalin, dicen los soviéticos, está la VICTORIA. El Partido comunista de los bolcheviques de la Unión soviética es y seguirá siendo defensor de la causa de Lenin y Stalin cuyas efigies están grabadas en nuestra insignia.