Especial: Ampliación del Canal - Las razones del NO.
EXPANSIÓN DEL CANAL
Cuando se requiere mucha cautela
Betty Brannan Jaén
La Prensa. 16 de julio de 2006
Panamá, R.P. -En Boston, el lunes, una pobre mujer murió aplastada cuando tres toneladas de concreto le cayeron encima. La tragedia ocurrió en un túnel recién construido que es parte de lo que los bostonianos conocen como el Big Dig, megaproyecto cuyo costo fue estimado originalmente en 2 mil millones de dólares, pero que ya va por los 15 mil millones.
La difunta se llamaba Milena Del Valle. Era una costarricense de 38 años que el lunes en la noche cometió de error de acompañar a su esposo al aeropuerto de Boston para recoger a unos familiares que estaban llegando de visita. Cuando iban por uno de los túneles nuevos del Big Dig, cuatro planchas enormes de concreto -cada una pesaba tres toneladas- se desplomaron repentinamente del cielo raso. Una cayó sobre el carro de la familia Del Valle, directamente sobre la cabeza de la señora. (Su esposo sobrevivió, con solo algunos rasguños). Aunque el administrador de la obra tildó el accidente de "anomalía", una inspección del túnel no solamente ha revelado que hay por lo menos 60 puntos adicionales de peligro en el techo, sino que esta falla se conocía desde 1999. Un buen tramo del túnel estará cerrado indefinidamente.
En Boston, esto ha provocado caos en las calles y crisis en el estamento político, donde el Big Dig había contado por muchos años con el beneplácito bipartidista de los mismos políticos que hoy se acusan mutuamente de complicidad en la corrupción y en los malos manejos que han plagado al proyecto desde su inicio. "El accidente es un ejemplo poderoso de como el Big Dig -antes celebrado como una maravilla de ingeniería que transformaría la ciudad de Boston- se ha convertido en un símbolo de ineptitud gubernamental", observó ayer el Financial Times de Londres. Profesores de Harvard y Boston University le comentaron al Financial Times que el efecto a largo plazo del escándalo del Big Dig será la pérdida de confianza ciudadana en proyectos de gran escala.
Como este breve espacio no alcanza para contarles debidamente de la apabullante trayectoria del proyecto, los invito, apreciados lectores, a que revisen por internet la extensa cobertura disponible en el Boston Globe y en los principales periódicos estadounidenses, donde un artículo tras otro durante los últimos cinco años detalla cómo los gatos gordos se llenaron los bolsillos a expensas del gobierno y de los contribuyentes. No me lo crean a mí; confírmenlo ustedes mismos.
Mientras tanto, aquí ofrezco un breve resumen de los hechos: El Big Dig, el más grande proyecto de construcción vial en la historia de Estados Unidos, es una gran red de túneles y enlaces de carretera para descongestionar el tráfico en el centro urbano de Boston; su construcción duró 12 años y el último tramo fue inaugurado el año pasado. El proyecto fue presentado al público en 1985, a un costo estimado de 2 mil millones 600 mil dólares. Ronald Reagan vetó el proyecto pero el Congreso, motivado por una codicia compartida entre ambos partidos, lo aprobó por encima del veto. En 1994, antes de iniciarse la construcción, el administrador del proyecto, James Kerasiotes, aseguró que no costaría más que 7 mil millones 700 mil dólares, pero Kerasiotes sabía que esas cifras eran fraudulentas. El estado de Massachusetts se vio obligado a emitir bonos para asumir el costo adicional, pero lo hizo basado en las cifras fraudulentas. Se entabló un proceso penal contra Kerasiotes por fraude (claro que éste no fue a la cárcel) pero el costo del proyecto siguió aumentando. Hubo errores verdaderamente increíbles de diseño e ingeniería. Hubo fraude en la calidad del concreto y fallas en la calidad del acero. En 2004, se descubrieron cientos de filtraciones de agua en los túneles, pero los funcionarios aseguraron que no había peligro alguno. Ahora sabemos que eso es falso; múltiples procesos civiles y penales están en marcha.
Para mí, el Big Dig ilustra la gran cautela con que debemos evaluar los riesgos de la propuesta de ampliación al Canal. No me estoy declarando por el NO, pero tampoco me parece prudente confiar ciegamente del SÍ. Habrá quienes digan que un proyecto de carreteras no es igual a uno canalero y que no se puede culpar a la Autoridad del Canal por lo que ha pasado en Boston, pero esos señalamientos no van al grano. Lo crucial no es la diferencia técnica o geográfica entre un proyecto y el otro, sino la universalidad de la avaricia.
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