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Panamá, Julio de 2006

 

Especial: Ampliación del Canal - Las razones del NO.

 

¡La cosa va porque va!

Julio Yao

Panamá-América, 3/7/2006

Cuando la Autoridad del Canal de Panamá  autorizó los estudios después que su padre biológico le diera el visto bueno, la Junta Directiva se propuso: “la cosa va porque va".   La Constitución no sería óbice sino mero trámite.  La convicción de los usurpadores no estaba escrita en piedra sino en diamante, y ustedes saben lo duro y valioso que es el diamante.  ¿Con qué herramienta lo grabaron?  No con la que burilaron sus cunas de oro  sino con  la que tornean las cunas de los dioses.  Porque éstos no son príncipes sino dioses (pequeños, pero dioses al fin).

Y como dioses, trazaron los linderos de una nueva "Cuenca Hidrográfica", que por supuesto no era tal porque ni una sola gota iba a la vía acuática; despilfarraron carretadas de plata  tratando de convencer a los pobladores de las tierras que iban a ser inundadas para que las titularan e hicieran negocios más productivos con los especuladores; entraron, fisgonearon e hicieron lo que les dio la gana sin pedir permiso a los dueños de esas fincas; les organizaron seminarios con "data show" y "power point" para enseñarles a los descalzos y hambrientos cómo ya iban camino al Primer Mundo.
Durante años venían diciendo que la cosa venía, pero todavía no; faltaban semanas, luego días, pero ya casi.  Ese "casi" tomó varios años.  Primero tenían que ganar las elecciones de 2004, esperar a que pasara el ciclón del Seguro Social y las reformas tributarias; además, toma tiempo convencer ($$$$) a los indecisos.    Mientras tanto,  un secretismo oscurantista impidió discernir qué era lo que se estaba gestando.  Pero ya las contracciones se hacían más frecuentes, mas no dilataba lo necesario. Ya empezaba la pujadera y la sudadera.  Llegaron a decir que hasta los más reacios  iban a caer deslumbrados y a derramarse en loas a los constructores de este nuevo Adonis.

Cuando al fin se dio el parto de los montes y nace la hija (¿o fue hijo?) de la Tulivieja, la cosa era irreconocible:  carecía de diseño identificable;  no podía medirse como todos los niños con cinta métrica; se parecía al primer monstruo del Apocalipsis porque de él nació; era más grande de lo que parecía, más pesado de lo que revelaba la balanza y más feo de como lo veían sus parteros, y por eso nació por cesárea: porque no cabía por el conducto natural, venía con los pies por delante y el cordón umbilical enredado en algo que parecía el cuello; era dorado como el becerro de oro, mas bajo su piel engañosa había un chivo como el Fauno, un fauno lascivo y violador, con las pezuñas al revés y, como éste, dispuesto a secuestrar no a la bella Europa sino nuestra inocencia.  Tenía un solo ojo como el gigante que le salió a Ulises y por eso su visión es unilateral; cinco patas (sí, cinco patas, señor presidente, y si le buscamos  la quinta pata es porque este esperpento la tiene); y, en vez de brazos, le nacieron unas esclusas como garfios para atrapar enormes portaaviones y mecerlos como a un bebé, suave, dulce, tierna y calladamente de un océano a otro.

Pero esta cosa, que nuestro presidente prometió que no sería confirmada, ni bautizada ni menos inscrita en el Registro Público hasta que todos los aldeanos la conocieran y  aprobaran; es decir, antes de presentarla ante la sociedad, resulta que  tiene un genoma que se resiste a ser escaneado, mapeado o rastreado  porque no quieren que descubramos por qué y a qué vino al mundo, quién fue su padre biológico; a quiénes va a servir; cuáles son sus rasgos cromosómicos; cómo sus articulaciones, sus órganos y fluidos, su genealogía vital.

No se nos dice la verdad:  que esta criatura, que parece material, no lo es:  es una hermosa suma de conceptos, de abstracciones poéticas si se quiere; una construcción irreal de  inédita arquitectura, carente de fundamentos incuestionables, proyectada ante nuestros ojos como un fantástico holograma que ninguna relación guarda con este aborto de la Naturaleza que, sin embargo, le sirve de inspiración.

Si la criatura es tan hermosa, ¿cuál es el apuro?  Dejadnos verla, admirarla, tocarla, olerla, tenerla en nuestros brazos un ratito más; acariciar su delicada piel y cantarle alguna cancioncita de cuna, buscarle un nombrecito apropiado y convocar a todo el vecindario para celebrar tan magno acontecimiento.

Pero no.  Luego de inseminarla en tubo de probeta y depositarla en el útero de la Tulivieja; luego de intentar inútilmente con fórceps, es necesario apartarla de los ojos escudriñadores de los resentidos y frustrados, que quieren envenenarla con sus envidias malsanas, echándole un "mal de ojo".  ¡Una cinta roja!  Hay que colocarle una cinta roja para impedir que la ojeen; llevarla rápido a la capilla más próxima, bautizarla con el nombre que sea. 

Y todo ese barullo, y toda esa corredera, y todo ese ocultamiento,  ¿para qué?  ¿Cuál es el apuro?  Pues, para que no se nos vaya a resfriar la criatura; para que los pobres paguemos el parto (y el pato), la manutención, el médico y el funeral a la criatura que ofrendarán antes al Becerro de Oro.