A MANERA DE CARTA
Berna Calvit
Don Ricardo: Escribir cartas al presidente del país es de lo más corriente. Leí que las probabilidades de que una carta “cerrada”, enviada a un presidente le llegue, es como de un 3%, porcentaje bajo, pero comprensible, porque entre un presidente y el remitente de la carta hay muchos funcionarios acuciosos, dispuestos a ahorrarle tiempo de lectura. Otra razón para que la carta pudiera no llegar a su destino, es la limbo-canasta, o el basurero de algún asistente, ya sea porque no la considera importante, porque le cae mal el autor o porque piensa que lo que dice la misiva pudiera causarle un mal rato al presidente.
Por tanto, la mejor manera de asegurar que la carta llegue, es la llamada “carta abierta” que, aunque requiere gastar unos cuantos dólares para divulgarla en los medios es, sin duda, la forma más segura de evitar que el destinatario, en este caso, el presidente, pueda decir que nunca la recibió. Aun así, existe la posibilidad de que tampoco sea leída si es como el ex presidente George Bush, que no leía periódicos y solamente se atenía a lo que selectivamente le informaban sus asistentes, que dicen, fue lo que lo metió en el lío de Irak. Dicho lo anterior, aquí le envío a manera de carta este escrito (el primero con usted como mi presidente y el de todos los panameños), con algunas cosas que deseo decirle.
Primero que me alegra que no le digan Ricky. No me gustan los apodos diminutivos como Bobby (nunca llamé así al señor Roberto Velásquez); y aunque no soy afecta a los apodos, prefiero uno como Toro, Perro, ¡hasta Bimbín! Así que permítame el don Ricardo.
He leído muchos escritos recordándole sus promesas, algo que no haré en esta misiva; tengo por delante varios años (ojalá) para hacerlo si observo que no las cumple. Usted sabe, porque está bien “fogueado” en política, que el blanco favorito de los medios de comunicación son los gobernantes; así que prepare el ánimo porque “la tortilla se viró” y, como cabeza de gobierno, ahora es su turno de recibir los dardos. Y recuerde que estando en oposición, las críticas al gobierno Torrijos fueron municiones para su campaña.
Como ciudadana panameña, no puedo menos que desear que su gobierno mejore nuestra calidad de vida. Al presidente Torrijos le tocó el tiempo de las vacas gordas; usted llega a la Presidencia de la República en tiempo de vacas medio escuálidas porque, nos guste o no, de la crisis económica mundial, algún coletazo nos toca y ya lo estamos sintiendo. Y me preocupa que la prosperidad que optimista nos augura, resulte un tanto difícil de lograr. Ojalá me equivoque. De su discurso inaugural me agradó mucho que planteara la desburocratización; lo interpreto como que no habrá cuatro o cinco funcionarios donde hagan falta dos; de ser así se reducirá la abultada planilla estatal y la tortura burocrática a la que estamos sometidos los que solicitamos servicios oficiales. Así que le doy las gracias anticipadamente.
Don Ricardo, Panamá es amigo de todos los países; hasta ahora las relaciones exteriores se han llevado con mucho tino y no andamos pisando callos, ni metiéndonos en camisas diplomáticas de once varas. Manejar un país es más complejo que manejarse en la empresa privada; para hacerlo necesitará la prudencia y el tacto que le recomiendan los que lo conocen bien.
Escúchelos y cuente hasta 10 o hasta 100 si es necesario, cuando alguno en el péndulo al que se refirió en su discurso, haga o diga algo que lo irrite (a mí Chávez me irrita con frecuencia); o que vaya en contravía con su pensamiento. Su gobierno se inicia con una “papa caliente”, el golpe de Estado contra el presidente hondureño Zelaya; confío en que la cercanía de Zelaya con gobiernos de tendencia diferente a la suya, no lo hagan perder de vista que un golpe de Estado es un ataque vil al sistema democrático. De allí el significativo repudio de gobiernos y organizaciones internacionales de tendencias ideológicas variadas.
Por último, mi mayor preocupación: la educación. Un país deja de ser pobre cuando su población se educa adecuadamente. Métale el diente con ganas a la pobreza educativa. La riqueza de un país, más que en los dólares, está en la educación de su gente.
Y, por favor, medite bien sobre una idea que considero desatinada y perniciosa para la cultura: la fusión de cultura y turismo en una sola institución. El espacio no da para más, así que solo me resta desearle que con su entusiasmo y buenos propósitos, logre sus metas. Y no olvide que nosotros, los de a pie, tenemos voz y deseamos ser escuchados.
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