¡VIVA LA POBREZA!
Paco Gómez Nadal
La Prensa
El día que no haya pobres, tendremos que inventárnoslos. Llevo varios días leyendo juiciosamente el diario –algo que no siempre es bueno para la salud intelectual ni emocional– y encuentro maravillosa la pobreza, estimulante, casi imprescindible. ¿Qué haríamos políticos, periodistas y empresarios si no hubiera pobres? ¿Qué harían funcionarios internacionales del desarrollo, onegistas varios, teóricos de la economía, consultores de diversa calaña? ¿Para qué congresos, cumbres y términos de referencia? Alguna vez, en respuesta a un artículo que escribí criticando Casa Cor, una escritora local me dijo que hay gente que nace con necesidades estéticas y otros que nacen pobres y así se quedarán, que así es el mundo. Y empiezo a darle la razón… ¡oh cielos!, creo que debo hacer un curso de Feng shui o algo similar, a ver si encuentro el alineamiento de mis chakras –esos que nunca sé muy bien dónde se esconden– porque empiezo a ser amigo de los fantasmas que antes me daban pánico.
Pero miren que hay un punto de lógica en todo este desvarío. Leo cómo las hidroeléctricas y las minas están justificadas para luchar contra la pobreza, aunque, claro, los pobres –esos seres tozudos e ignorantes– se empeñen en oponerse a ellas. Tampoco debe ser importante que en países repletos de minería o de represas, como en Perú o en la sacrosanta Colombia, la pobreza siga siendo un tumor en expansión.
También entiendo ahora que los ambientalistas son unas bestias primitivistas incapaces de ver el beneficio popular de cargarse miles y miles de hectáreas de bosques o de secar un río salvando el 10% del llamado cauce ecológico –un hilillo de agua para recordar lo que un día fue torrente–. Por supuesto que no leo ni una sola línea animando a reducir el consumo energético en ciudad de Panamá –que se come el 62% de la electricidad del país– o a dejar de construir moles de cemento, metal y vidrio: eso sería ir en contra del desarrollo… ¡y de los pobres!
También he aprendido que Martinelli, en realidad, cuando viaja por medio mundo para relajarse antes de empezar a trabajar está pensando en los pobres todo el tiempo. Pobre él, no poder disfrutar las calles de Madrid o de París por culpa de estos pobres desagradecidos que no entienden el sacrificio de estos ricos. Incluso entendí que si la universitaria Balbina hubiera trabajado por los pobres se habría tratado de chavismo y que si lo hace Martinelli, será altruismo.
Imaginen los sacrificios que ha hecho el saliente Torrijos por la pobreza del país, igual que todos los presidentes anteriores: se dejaron las pestañas en el esfuerzo y redujeron la pobreza como dos puntos porcentuales en 15 años mientras las cuentas corrientes propias y las de los empresarios crecieron por encima del 10%, por ser conservador.
El defensor del Pueblo también trabaja a favor de los pobres, y el contralor, y los ministros de Economía o de Desarrollo Social, y los obispos, y los predicadores, e imagino que hasta la vendedora de carne en palito de mi esquina (ella al menos alimenta a buen precio y buen humor). Entonces... si tantas mentes brillantes y generosas trabajan para eliminar la pobreza desde hace tanto tiempo y no lo han logrado… ¡deberíamos pedir la dimisión en masa, incluidos los obispos y predicadores varios! Si los evaluamos por metas cumplidas, si les exigimos algún tipo de eficacia, todos y todas deberían engrosar las estadísticas del desempleo por malos profesionales.
No es así porque el círculo virtuoso de la pobreza también los necesita a ellos: sin profesionales del desarrollo y la protección de los pobres no podría haber pobreza. Jamás podrán hacer la diferencia funcionarios y políticos que no se atreven a encarar la verdad de que en el sistema económico, tal y como lo conocemos, los pobres son tan necesarios como los consumidores. Si aceptáramos este hecho, los paños tibios nunca más nos dejarían dormir tranquilos porque nos recordarían a cada paso, a cada pago con la tarjeta de crédito, a cada cena deliciosa en mesa de restaurante, que para que nosotros tengamos eso una inmensa cantidad de seres humanos deben vivir con nada. ¡Qué viva la pobreza!
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