EL PRESIDENTE DE LA ESPERA
Roberto Arosemena Jaén
Las expectativas del gobierno del cambio son altas. Los filósofos de la historia consideran que los espacios de experiencia determinarán el horizonte de espera de los contemporáneos. Esto será válido en filosofía, pero no en el caso del votante que creyó en el ciudadano presidente, Ricardo Martinelli.
Expectativas de mejor gobierno con el nuevo mandatario y las experiencias que tenemos de su actividad política después de la invasión son contrastantes. ¿Puede esperarse un mejor Panamá con una persona que se ha concentrado con ahínco a ser multimillonaria y a buscar a toda costa el poder presidencial en estos pasados 25 años? ¿De dónde se puede concluir que este gobierno será mejor que los anteriores? Claro está que mis dudas admiten prueba en contrario. Yo voté en blanco, porque creo que el poder político, en retirada, está corrupto y el entrante se corrompe rápidamente. Para generar cambios, se necesita de una cirugía constituyente con una ciudadanía más crítica y menos ingenua frente a los poderes mediáticos.
Se espera un transporte expedito que reduzca a media hora lo que hoy son cuatro horas para ir y venir del trabajo a la casa. Se necesita evitar esos congestionamientos de arrebato y desesperación. ¿Quién ha dicho, con autoridad técnica y financiera, que el metro es el medio idóneo para el transporte expedito y económico que se quiere con vehemencia y angustia?
Se esperan calles y barriadas seguras y la conducción de todo maleante y todo corrupto a la cárcel. ¿Quién le ha dicho al presidente electo que esto se consigue con los señores Pérez y Trujillo al frente de la Policía y la Dirección de Inteligencia, y quién sabe con quiénes al frente de la Policía Militarizada de Frontera y Aéreo Naval? Parece que el Ministro de Gobierno y Justicia está más ocupado en mantener en penumbra la información de los defraudadores fiscales extranjeros en Panamá, antes que en buscar cooperación para organizar operativos ciudadanos que hagan de las calles y barriadas lugares de convivencia y no de enfrentamiento entre pandillas y policías. No se quiere ni la paz del cementerio ni la seguridad de los cuarteles.
¿Quién le ha dicho al presidente que Uribe es un buen ejemplo en el respeto de los derechos humanos y en el manejo civil del Ejército? Si no puede poner orden, militarizando su país, ¿cómo puede garantizar orden en las fronteras con sus países vecinos? Es como irle a pedir consejo al APRA para manejar los conflictos con los indígenas de Bocas del Toro.
La esperanza en Martinelli aumentó cuando su grito de batalla electoral “entran pobres y salen millonarios” se tradujo: “los millonarios del gobierno que entraron pobres irán a la cárcel”. El caso Cemis es uno de esos contratos que engolosina a la clase gobernante y que se espera sea esclarecido en el contexto de entran pobres y salen para la cárcel. La crisis de la democracia panameña –que lo sepa todo el gobierno entrante– no es en qué estado de pobreza se entra a gobernar, sino en salir millonario y pavonearse de ese poder mal habido. La política de alianzas de Martinelli, sin tomar en cuenta la conducta ética y política “de los locos somos más”, es, sin lugar a duda, un freno para el adecentamiento del Estado panameño.
No se sabe si tiene algún costo para la justicia pública la contribución del PRD al gobierno del cambio de aumentar en cientos de millones el endeudamiento externo.
Se sospecha que la misma política de militarizar fronteras, aire y mares de la patria del gobierno saliente se mantenga con el gobierno entrante. Esta decisión desconoce la vocación histórica de la nación panameña de garantizar la paz, mediante la neutralización de todo el territorio.
El gobierno del cambio apenas empieza y no se le puede firmar un cheque en blanco, ni siquiera de un día. El horizonte de espera se reduce drásticamente. Con todo, sigue habiendo luz en el Palacio de las Garzas, pero basta una locura para que se extinga la llama definitivamente.
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