LA MUJER QUE PERDIÓ LA GRACIA AL ATARDECER
Juan Carlos Ansin
La contienda electoral ya pasó. Después de casi dos años de campaña ahora nos queda la resaca. La lucha ha sido intensa, sin concesiones, crispada de principio a fin y con un final de ópera bufa.
Las interpretaciones de las causas del tsunami de votos que para unos provocaron la victoria y para otros la derrota, son múltiples, pero hay una que sobresale. Las intrincadas redes del dinero no necesitan partida de nacimiento, pasaporte, cédula, ni carta de ciudadanía, ni cerificado de origen, tanto da que venga de Estados Unidos, Venezuela, Colombia o de la ciudad capital. La palabra mágica es: “contribuyente inversor” con acceso a cobrar jugosos intereses si las puertas de palacio se abren al pronunciarlas.
En política, como en la vida, hay una cualidad tan poderosa como el dinero: la gracia. No se trata de un don divino para lograr la bienaventuranza eterna. Es una cualidad que hace agradable a la persona que se maneja con donaire y que la hace atractiva más allá de su belleza física. Es actuar con cierto garbo. No es un chiste, ni tampoco una disculpa. Es aquello de lo que careció la candidata derrotada cuando el Tribunal Electoral dictaminó quién era el nuevo presidente electo.
A quienes hemos vivido la historia de los últimos cincuenta años eso no nos ha sorprendido. La señora Balbina Herrera, como ella misma lo ha reiterado hasta el cansancio en infinidad de entrevistas, no se ha criado en un lecho de rosas, tampoco nació en un pesebre, ni en la cueva de Alí Babá. Nació y se crió, como la mayoría de la población, en una familia humilde y tuvo la educación suficiente para poder enfrentar la vida. Escogió la política en un período convulsionado, cuando el militarismo irrumpió en la escena y alzó las fatigadas banderas de la nacionalización del Canal, la justicia social y la democratización de la educación.
Yo hice mi último año de primaria en la escuela Benjamín Quintero Álvarez en Taboga. Recuerdo que tenía dos pisos de madera carcomida. Cuando regresé graduado de médico en 1972 me encontré con un edificio de mampostería con capacidad para primer ciclo secundario. No vi, como entonces, alumnos descalzos con pantalón gris y camisa blanca. Fueron años muy duros, porque el costo de aquellos avances sociales, postergados por años, resultó demasiado alto. El pueblo panameño había empeñado su libertad y cuando quisimos despertar ya el daño estaba hecho. Durante el largo exilio de mi padre aprendí desde muy joven que ninguna ideología por legítima y progresista que parezca vale la vida de un solo ser humano, ni su libertad, ni sus legítimos derechos, ni la dolorosa pena del destierro.
Balbina Herrera ha sido, es y seguramente seguirá siendo una mujer de lucha. Lo suyo es la trinchera, la política hecha pasión, pero como todo político también tiene su propio límite de incompetencia. Ella puede ser muy buena defendiendo su partido, pero carece de condiciones esenciales para gobernar a un país culturalmente tan heterogéneo y tan fatigado, políticamente, como el nuestro. Lo demostró cuando perdió la gracia al atardecer.
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