¡TE LO DIJE!
Ricardo Stevens
Me pareció escuchar un murmullo de entre los que, con vigorosos ademanes de mano y gestos de desencanto, contendían; no distinguí y pregunté, «Qué dijo». «¡Shh! Déjame oír», fue la respuesta, acompañada de un rápido pero fraternal codazo. Al final, me fue claro que aquel susurro reclamaba inequívocamente «Que se vaya», porque después eso se convirtió en rumor que fue contagiándose, repitiéndose en distintos lugares, y creciendo en convicción, en voces y en fuerza, y ya con coros ensordecedores: «Que se vaaayá... que se vvaaaayá... que se vvaaaaayá».
«Quién, quién. Que se vaya quién», quise saber; a nadie, en ningún lugar, interesó explicar a este lelo perdido quién debía largarse presto presto, porque el consenso era claro: «Que se vaaayá... que se vaaayá... que se vvaaaayá...»
Por Arraiján, por Coclé, por San Miguelito, estudiantes, padres de familia y profesores protestan y atrancan calles por las deficiencias en las instalaciones educativas, pero, de lo furibundo del clamor, me figuro que dicen: «Que se vaaayá... que se vvaaaayá...» En Colón penitentes moradores que han invertido sus recursos y sueños en residenciales nuevos, también cortan avenidas quejándose por la falta de agua, y se les oye: «Que se vaaayá... que se vvaaaayá...» Los parientes apaleados de los muertos y de los que se van a morir por la intoxicación de la Caja, «Que se vaaayá... que se vvaaaayá...»
En uno de locales del partido oficialista hubo el que afirmó: «Ese es un lúmpen... y casasola», y otros vocalizaron: «Que se vaaayá... que se vvaaaayá...»
Y yo, «Quién es lúmpen. Quién es casasola. Que se vaya quién... quién...»
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El siguiente comentario lo presenté el 8 de septiembre del 2004, siete días después de la toma de posesión de nuestro buen presidente, y como se podrá comprobar, resultó tal cual.
«¡Te lo dije!» Será después.
Estoy convencido que, en la cuenta final -que es la que cuenta-, Martín no va a producir la presidencia como yo quiero que se haga. Renuentemente debo admitir, sin embargo, que si yo fuera el presidente, estoy persuadido que, en el mundo de hoy, como están las fuerzas equilibradas, tampoco podría realizar un gobierno como yo concibo que debiera hacerse y con la urgencia que debiera hacerse para la gente de la calle. Pero sí creo que puede hacerse una gestión que se parezca más a la solución de los apremios de la gente de la calle, sin subterfugios; no todo lo que sé que ya debe hacerse por inaplazable, pero con una dosis bien cargada hacia la inclusión social; y pienso que Martín ni siquiera va a poder hacer esto, porque, primero, debe quererlo, segundo, creerlo posible, y tercero, poderlo hacer. Y él, aunque diga que lo quiere y que sí se puede, anda por caminos por los que sí no se puede lo que dice querer.
Mi apuesta, entonces, no es a Martín, ni siquiera en el punto a que he retrocedido en mis expectativas de lo que es justo, necesario e impostergable ahora para salvar a toda la nación de sí misma. Para mí la trabazón grande es que él, como la presidenta que su fue -a la que se le debe guardar un espacio en la cárcel de mujeres-, como los dos anteriores y los tres pretendientes que perdieron en mayo, son neoliberales a matar: apoyan las privatizaciones y las reglas más salvajes del mercado libre, que tienen arruinada a la gente de la calle; que si han producido crecimiento económico ha sido limitado a incrementar las fortunas de las empresas transnacionales favorecidas y las de sus agentes migajeros locales, como siempre ha sido, desde el día uno de la República.
Pero todo esto ya lo he dicho y sustentado repetidamente antes de mayo, de diferentes maneras y con distintas ilustraciones. Hoy quiero registrar mi estado de ánimo luego del primer día de la presidencia de Martín Torrijos.
Si él hubiera hecho una trastada de las muchas que espero que cometa durante sus años de gobierno, no me hubiera extrañado y hubiera dicho «¡ajá, se los dije!». Sin embargo, una cosa de las tantas que debió decir el Presidente en la inauguración, y otra de las tantas que debió hacer en ese día primero, me hacen sentir bien; no optimista, porque para este estado de entusiasmo por el futuro, deben haber signos que en este Torrijos son inexistentes. Pero sí, me siento bien, porque, de ser yo el presidente, hubiera dicho, como dijo él, sin estar él obligado a repetirlo ese primero, que investigaría las malversaciones del erario público y metería presos a los culpables. Y lo otro fue la derogación inmediata y sin reservas de la nefasta reglamentación de la ley de transparencia.
En la jerga del béisbol, ambos fueron cuadrangulares indiscutibles frente a los primeros lanzamientos. Siendo lo distintos que somos, como ya asenté, si fuese yo el presidente, hubiera dicho eso que él dijo y hecho eso que él hizo, exactamente.
Con la reglamentación de la ley de transparencia pudo hacer varias cosas: reformarla, atenderla después o hacerse el chivo; pero no, la tiró toda, desde ya, el primer día.
Lo de investigar, hacer auditorías y, ¡dios!, meter presos a los ladrones, eso estaba bien en campaña electoral, nadie entonces esperaba que lo hiciera después, por lo que no le era necesario reiterarlo ya en el ejercicio del poder.
Ese decir compromete en otro grado; pero lo puntualizó, como si tuviera memoria de su promesa para ganar votos.
Sé que entre la lengua que habla y crea expectativas, y la mano que hace, hay voluntades engañosas. Pero, al cabo del primer día, tendré que guardar mis «¡se los dije!» para después.
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