Panamá, Año VIII, No. 225

21 de junio al 4 de julio de 2009


SUMARIO

Nacional
Editorial
  Finalizó la pesadilla
  Ebrahim Asvat
    Acabemos con esta farsa
  Miguel Antonio Bernal
    La alcaldía de Procusto
  José A Domínguez A.
    Engaños al terminar el gobierno
  Betty Brannan Jaén
    Entre Irán y Panamá
  Ricardo Stevens
    Te lo dije..
  Juan Carlos Ansin
    La mujer que perdió la gracia al atardecer
  Asociación de Educadores Veragüenses (AEVE)
    Ante los sucesos de corrupción del MEDUCA
  Luis Rubén Paz Mollah
    Crimen sin castigo
  Paco Gómez Nadal
    El salvavidas internacional
Internacional
  Pablo Ordaz
    Golpe de Estado en Honduras
  Pablo Ordaz
    El jefe del ejército desobedeció a su comandante
  EFE  -  Bogotá
    Ejecuciones extrajudiciales en Colombia
  Gorka Castillo
    Entrevista a Piedad Córdoba
  Juan Miguel Muñoz
    Bajo el cañón de Israel
  Guillermo Almeyra
    Irán y la prensa venenosa
Pensamiento Critico
  David Brooks
    El liberalismo y las crisis actuales
  Ángel Guerra Cabrera
    Tres escenarios del cambio social en AL
  Walter Goobar
    El libre mercado es enemigo de la libertad
  Antoni Domènech
    Disciplina y generosidad

Boletín BUSCANDO CAMINO

 

Internacional

BAJO EL CAÑÓN DE ISRAEL

Militares israelíes rompen su silencio para denunciar el maltrato que sufren los palestinos

JUAN MIGUEL MUÑOZ

El País

Tomamos el colegio y detuvimos a cualquier persona entre los 17 y los 50 años. Todos vinieron maniatados y con los ojos vendados. Cuando pedían ir al servicio, los soldados los llevaban y los golpeaban sin ninguna razón que justificara esas palizas. Muchos fueron detenidos para recabar información para los servicios de seguridad, no porque hubieran hecho algo. En general, a la gente se la mantuvo sentada durante 10 horas al sol. Se les daba agua de vez en cuando. Los soldados pasan 10 horas de pie, aburridos, así que golpean a la gente. Tal vez es su única satisfacción".

Sucedió en Hares, un pueblo del norte de la Cisjordania ocupada en marzo pasado.

El diálogo entre el soldado que prestó este testimonio y un activista de Breaking the Silence, una combativa ONG israelí, prosigue:

-Hay soldados que piensan que las esposas de nailon son para inmovilizar y para impedir que la sangre llegue a los dedos. Se ponen azules.

-¿Cuánto tiempo pasaron así?

-Siete horas. Al final, tras quejas y lloros, el comandante ordenó que aflojaran las esposas.

-¿Participó el batallón entero?

-Sí.

-¿Comenzó la operación de día?

-Por la noche. Trajeron al conserje del colegio a las tres de la madrugada y abrió las clases.

-¿Con qué criterio detuvieron a la gente?

-A partir de los 17 años. Pero había chicos de 14 años. Eran unos 150. La mayoría, en pijama.

-¿Viste otros incidentes?

-Muchos reservistas participaron y celebraron las humillaciones, insultos, tirones de pelo, patadas y bofetadas. Era la norma. Lo que sucedió en los servicios, lo que llamamos el baile de los demonios, fue lo más extremo.

Un grupo de judíos, varios de ellos ex suboficiales y fervientes creyentes, pelean a brazo partido para dar a conocer lo que tantos en Israel saben, pero que muy pocos osan contar. Lo pasan mal estos activistas de Breaking the Silence, que alzan la voz en un país anestesiado ante el sufrimiento del enemigo. Pretenden quebrar el grueso muro que envuelve las prácticas aberrantes de muchos soldados para reprimir ataques a pedradas lanzados por jóvenes palestinos. La denuncia tiene precio elevado. Pero algún militar, excepción de la regla, no soporta lo que ve. Y rompe el silencio. Rara vez sucede.

Es el caso de otro uniformado. D., cabo de 19 años de la Brigada Kfir, la más implicada en los desmanes en Cisjordania. D. no aguantó más después de la redada en Hares, el 26 de marzo. Describió a sus superiores el comportamiento de muchos compañeros y se negó a prestar ciertos servicios en Cisjordania. Fue condenado a 30 días de prisión. "La opinión común entre los soldados del batallón Haruv", acusa D., "es que los árabes son animales salvajes que deben ser destruidos".

El portavoz del Ejército ofrece una versión muy distinta: "Durante meses, los conductores que circulaban en la carretera próxima a Hares sufrieron ataques que provenían de las colinas de la zona. Varios civiles inocentes resultaron heridos. Por ello, el Ejército operó para interrogar a sospechosos involucrados en estos atentados. Todos los detenidos, sospechosos de estar involucrados en actividades violentas, recibieron un trato digno, incluido el aprovisionamiento de agua y alimentos".

No faltan soldados que opinan que las medidas de seguridad son imprescindibles, pero que detestan las humillaciones gratuitas. Como la del vídeo difundido esta semana en el que varios militares fuerzan a un palestino a golpearse en la cara mientras tiene que alabar a sus agresores, que entre tanto se mofan.

Las vejaciones no son excepción. No hay más que ver los semblantes de los palestinos en los controles. En fila, callados, atentos a las órdenes, a menudo displicentes y a gritos, a veces apuntados directamente con un fusil. Tampoco es de extrañar la actitud de esos jóvenes uniformados, dadas las palabras del coronel Itai Virob, jefe de la Brigada Kfir, quien semanas atrás se granjeó la reprimenda del alto mando cuando afirmó: "La agresividad para impedir que la violencia [de los palestinos] crezca no sólo está permitida, a veces se exige. Un golpe, incluso cuando la gente no está implicada, para lograr el objetivo de la misión es posible".

Las operaciones de la Brigada Kfir -en la que sirven cientos de jóvenes de la extrema derecha nacionalista y religiosa- son constantes en Cisjordania. A veces acompañan a los colonos en sus asaltos a pueblos palestinos. Muchos soldados son a su vez colonos de esta brigada que dispone de información precisa recabada de chivatos palestinos -son legión- y mediante operaciones destinadas a conocer hasta el último rincón de un pueblo. Lo llaman mapeo.

Habla un sargento de la brigada: "Entramos en una casa. Reunimos a la familia en una habitación y ordenamos a un guardia que los encañone... Se fotografía todo, se inspecciona lo que hay en la vivienda y se pasa la información a los servicios de seguridad. Pero lo que conmociona es que los hay que roban". Con frecuencia se cae en la violencia gratuita.

"Yo", agrega el sargento, "no lo he hecho, pero mis amigos sí me hablan del vandalismo". Y de destrozos del mobiliario de viviendas con madres y niños presentes, de humillaciones a minusválidos. "Cuando me alisté estaba muy motivado. Entrené, y ya prestando servicio vi a la gente comportarse como animales... Como si fueran dioses", explica, muy pesimista sobre las posibilidades de cambiar la situación. "Para los soldados, árabe es sinónimo de terrorista. Así es como han sido educados".

Los soldados disfrutan de una posición de superioridad abrumadora. Armados hasta los dientes frente a una temerosa población local que desea pasar el trámite en el control militar de turno lo antes posible, aunque las dilaciones deliberadas son habituales. Lo explica el citado sargento: "Cuando tienes un arma y pides algo a un palestino le estás forzando. Tiene miedo. El árabe puede decirnos: 'Sí, toma, no hay problema'. Sabe que puedes perseguirle si dice una palabra fuera de lugar".

"Recuerdo", dice el suboficial, "mi primera vez en un control militar. Vino un grupo de reservistas para enseñarnos. Uno de ellos vio un taxi repleto de gente. Salieron [los palestinos] del taxi y comenzaron a pedirles las identificaciones y a buscar en las bolsas. Uno encontró una camiseta original del Real Madrid, y me preguntó si la quería. Si hubiera querido me la habría quedado".

El portavoz castrense replica: "El Ejército aboga por el respeto de los derechos humanos y condena tajantemente todo maltrato o uso de fuerza injustificado contra la población civil. Cuando se hallan irregularidades se investigan independientemente". Las ONG israelíes rechazan sin ambages declaraciones de este tipo. A tenor de las condenas a soldados en los últimos años, que tienden a cero, los abusos serían cosa de la imaginación.