EL AUTORITARISMO INTELECTUAL
Juan Carlos Ansin
Al trabajo intelectual algunos lo toman como una condecoración al mérito. Para otros se trata de un esnobismo ligado a la aristocracia del saber. Yo utilizaré aquí el término llano, que definiría como aquello que en el mercado de las ideas tiene consecuencias sobre el individuo y la sociedad, tanto en el campo de las ciencias como en el arte. En ese sentido todos somos, en mayor o menor grado, intelectuales, más allá de la profesión u oficio que se tenga.
La historia, la sociología y la antropología han destacado que en todo grupo, tribu o sociedad rige un sistema implícito de sometimiento a la autoridad de quienes tienen el poder para ejercerla. La autoridad no es otra cosa que el ejercicio del poder. En una sociedad organizada ese poder es limitado y en una democracia funcional ese límite lo impone el Estado de derecho. Cuando este orden se quebranta o cuando la democracia deja de ser funcional, nace el autoritarismo institucional, religioso o personalista. Así el caudillo, el dictador y el pensador mesiánico o el científico infalible, tienen en común el ejercicio autoritario del poder militar, político, religioso o intelectual. En la ciencia y en las artes la autoridad natural y el respeto de sus autores emana del mérito de las obras. Distinto a lo usual y acostumbrado, el respeto no se pide ni se otorga, se merece.
Entre los intelectuales abundan los ejemplos autocráticos. Debido quizás a la creencia popular de que el pensamiento abstracto es lo único que nos distingue y a que las ideas trascienden porque no se mueren ni se matan o porque puedan cambiar el curso de una vida o el destino del universo; lo cierto es que existe una tiránica tendencia innata a imponer las ideas propias. Algunas veces por las buenas y otras muchas, por las malas.
Un ejemplo digno de mención, típico de nuestro medio, es un ensayo político escrito antes de la debacle actual. Me refiero al Manual del perfecto idiota latinoamericano, tenido por nuestros neoliberales -germinados en el Consenso de Washington- como su Biblia de bolsillo. En él se pretende imponer una ideología humillando a quienes en otra época y bajo diferentes circunstancias actuaron o pensaron -equivocados o no- en forma distinta, calificándolos con el castizo mote de idiotas, tal vez porque no se animaron a llamarlos pendejos, que es como aquí hablamos y decimos y que la Real Academia admite. Como suele suceder, la cruda realidad los ha refutado sin necesidad de insultos.
Sólo el Hombre posee conciencia moral y persigue una conducta ética. El autoritarismo intelectual, vestido de soberbia, se basa precisamente y en gran medida, en una deficiencia de esa conciencia superior que determina y califica a la razón.
Pretender ser el abanderado de una ideología o de un conocimiento y no sospechar siquiera de la fugacidad de su vigencia, nos revela cuán limitado puede llegar a ser el pensamiento autocrático del intelectual carente de la humildad cultural necesaria que enaltece y distingue a la condición humana.
El autor es médico.
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