NEUROSIS POLÍTICA
Miguel Antonio Bernal
ACTIVISTA DE DERECHOS HUMANOS
El encuadramiento de los fenómenos políticos es, en toda sociedad, una tarea cotidiana ciudadana impostergable. Allí dónde no se produce dicho ordenamiento la inseguridad de las libertades es permanente.
Montesquieu, muy sabiamente, nos enseñó hace ya varios siglos que: “…El hombre no puede ser libre, no es libre, sino vive como un hombre, y no puede vivir como un hombre sino se le asegura un mínimo de existencia y no puede tener un mínimo de existencia sino se ordena la economía sobre otras bases que aumenten la posibilidad de disfrute de millones y millones de hombres, y no puede ordenarse la economía, sin un Estado fuerte y organizado, y no puede haber un Estado fuerte y organizado sino al servicio exclusivo de una gran unidad de destino que es la Patria”.
No faltan a diario algunos adversarios de las libertades y de las garantías que ellas conllevan, que pretendan hacernos creer que el papel de las leyes o del Estado es el de castigar a los ciudadanos y no el de limitar el poder y a quienes lo ejercen. Ello denota una pronunciada y abierta aversión al constitucionalismo como técnica de libertad, al constitucionalismo como instrumento para la racionalización permanente del ejercicio del poder político, lo cual está afectando cada día más el comportamiento individual y colectivo de un número creciente de integrantes de la sociedad panameña.
Con atinado criterio, Pablo Lucas Verdú, respetado jurista y constitucionalista español, nos alerta que: “Una conciencia constitucional insuficiente produce, poco a poco, malestar social gradualmente al ciudadano del Estado e incrementa la neurosis política”. La neurosis, precisa la Real Academia de la Lengua, es el “conjunto de enfermedades cuyos síntomas indican un trastorno del sistema nervioso, sin que el examen anatómico descubra lesiones en dicho sistema”. Y ello es, precisamente lo que nos está ocurriendo en Panamá y que, a través de diversas expresiones y manifestaciones del malestar social, podemos palpar a diario en el comportamiento de la población.
Hoy por hoy, Panamá vive una acelerada carrera hacia la desintegración como sociedad. Cada vez menos el ciudadano es considerado como sujeto portador de derechos, las reglas para las relaciones políticas son trastocadas y deformadas por los Órganos del Estado, el sentimiento jurídico y el sentimiento constitucional han sido desplazados para favorecer la autocracia y el autoritarismo. Se ha olvidado que, como nos lo recuerda el escritor Carlos Fuentes: “El ejercicio de la democracia es una afirmación de la soberanía de una nación: se requiere de un marco democrático que le devuelva a la noción mermada de soberanía su sentido político prístino: no hay nación soberana en el concierto internacional si no es soberana en el orden nacional, es decir, si no respeta los derechos políticos y culturales de la población concebida no como simple número sino como compleja calidad, no como cantidad de habitantes sino como calidad de ciudadanos”.
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