Panamá, Año VIII, No. 223
31 de mayo al 13 de junio de 2009

SUMARIO

Nacional
Editorial
  Surge el Movimiento Democrático Popular
  Miguel Antonio Bernal
    Neurosis política
  Guido Bilbao
    Torrijos y una amistad inconveniente
  Mara Rivera
    Me encontré con Mrs. Hyde 
  Ricardo Stevens
    Del buenazo no, y del otro tampoco...
  Paco Gómez Nadal
    Homo criticus, Homo estupidus
  María Del Carmen Cabello
    Panamá de mis amores
  Panamá Profundo
    El cambio sin esfuerzo no cambia nada
  Orden de Frailes Menores de Panamá
    Comunicado acerca de la explotación minera
  Claude Vergès de López
    La nueva conquista
Internacional
  La Jornada
    OEA: rectificación e inoperancia
  Guillermo Almeyra
    La revolución cubana en peligro
  Blanche Petrich y Claudia Herrera
    El Salvador: no tenemos derecho a equivocarnos
  Javier Darío Restrep
    Colombia: hacia un Estado paramilitar
  Néstor Restivo
    Ecuador: El desafío de Rafael Correa
  La Jornada
    Norcorea: contextos del ensayo nuclear
Pensamiento Critico
  Jacmel Cuevas P.
    Cómo y quiénes asesinaron a Víctor Jara
  Octavio Rodríguez Araujo
    Crítica a los abstencionistas
  Sanjay Suri
    La recesión engendra represión
  Ernesto Laclau
    Democracia, populismo y neoliberalismo

Boletín BUSCANDO CAMINO

 

NEUROSIS POLÍTICA

Miguel Antonio Bernal

ACTIVISTA DE DERECHOS HUMANOS

El encuadramiento de los fenómenos políticos es, en toda sociedad, una tarea cotidiana ciudadana impostergable. Allí dónde no se produce dicho ordenamiento la inseguridad de las libertades es permanente.

Montesquieu, muy sabiamente, nos enseñó hace ya varios siglos que: “…El hombre no puede ser libre, no es libre, sino vive como un hombre, y no puede vivir como un hombre sino se le asegura un mínimo de existencia y no puede tener un mínimo de existencia sino se ordena la economía sobre otras bases que aumenten la posibilidad de disfrute de millones y millones de hombres, y no puede ordenarse la economía, sin un Estado fuerte y organizado, y no puede haber un Estado fuerte y organizado sino al servicio exclusivo de una gran unidad de destino que es la Patria”.

No faltan a diario algunos adversarios de las libertades y de las garantías que ellas conllevan, que pretendan hacernos creer que el papel de las leyes o del Estado es el de castigar a los ciudadanos y no el de limitar el poder y a quienes lo ejercen. Ello denota una pronunciada y abierta aversión al constitucionalismo como técnica de libertad, al constitucionalismo como instrumento para la racionalización permanente del ejercicio del poder político, lo cual está afectando cada día más el comportamiento individual y colectivo de un número creciente de integrantes de la sociedad panameña.

Con atinado criterio, Pablo Lucas Verdú, respetado jurista y constitucionalista español, nos alerta que: “Una conciencia constitucional insuficiente produce, poco a poco, malestar social gradualmente al ciudadano del Estado e incrementa la neurosis política”. La neurosis, precisa la Real Academia de la Lengua, es el “conjunto de enfermedades cuyos síntomas indican un trastorno del sistema nervioso, sin que el examen anatómico descubra lesiones en dicho sistema”. Y ello es, precisamente lo que nos está ocurriendo en Panamá y que, a través de diversas expresiones y manifestaciones del malestar social, podemos palpar a diario en el comportamiento de la población.

Hoy por hoy, Panamá vive una acelerada carrera hacia la desintegración como sociedad. Cada vez menos el ciudadano es considerado como sujeto portador de derechos, las reglas para las relaciones políticas son trastocadas y deformadas por los Órganos del Estado, el sentimiento jurídico y el sentimiento constitucional han sido desplazados para favorecer la autocracia y el autoritarismo. Se ha olvidado que, como nos lo recuerda el escritor Carlos Fuentes: “El ejercicio de la democracia es una afirmación de la soberanía de una nación: se requiere de un marco democrático que le devuelva a la noción mermada de soberanía su sentido político prístino: no hay nación soberana en el concierto internacional si no es soberana en el orden nacional, es decir, si no respeta los derechos políticos y culturales de la población concebida no como simple número sino como compleja calidad, no como cantidad de habitantes sino como calidad de ciudadanos”.