CIUDADANÍA Y DEMOCRACIA
Miguel Antonio Bernal
ACTIVISTA DE DERECHOS HUMANOS
Ni la ciudadanía es relegable, ni la democracia es prescindible. Sin embargo, hay una minoría dedicada a predicar y practicar lo contrario y parecen haber logrado, hasta ahora, hacerle creer a la gente qu e un presidente puede ir más allá de las leyes, que la Corte Suprema de Justicia puede violar la Constitución, que los diputados deben ser objetos de privilegios y que, una economía mal repartida es más importante que una verdadera democracia participativa.
Quienes lideran esas concepciones son los que todavía nos quieren hacer creer en la fuerza redentora del “caudillo”, en el caciquismo patriarcal que fomenta y protege el clientelismo y que apadrina el populismo bastardo, que busca que los ciudadanos renunciemos a nuestra ciudadanía y que, nos entreguemos de cuerpo y alma a los personajes únicos de pensamiento único, que beben en y de las copas de la autocracia y el autoritarismo, además de los siempre empalagados de sectarismo y dogmatismo.
Aplaudir, bajo cualquier pretexto el neo-terrorismo judicial del Acuerdo 398 o la supresión o recorte de cualquier mecanismo democrático en pleno ejercicio de los Derechos Humanos, atenta contra cualquier posibilidad real de poder contar con un Estado de Derecho Constitucional y, abre las puertas a que se intente suprimir el derecho a disentir y que se considere una crítica todo lo que no es un elogio.
Veintiún años de dictadura y veinte años de partidocracia no solo han traído atraso social, desigualdad económica, trastocamiento de valores, pseudoconstitucionalismo y un creciente e inquietante resentimiento constitucional. También han promovido unas prácticas institucionalizadas de corrupción e impunidad y, una pronunciada tendencia de los órganos del Estado, a querer atropellar la libertad en nombre de la seguridad y de convertir la Ley en un mito, en un ídolo sin significado alguno.
Cabe entonces reiterar la urgencia ciudadana de promover el constitucionalismo, mecanismo básico para el control y la racionalización del ejercicio del poder. Debemos dejar atrás -de una vez por todas-, la constitución militarista, que solo ha servido de camisa de fuerza para impedir el ejercicio y desarrollo del constitucionalismo y ha impregnado en la ciudadanía, el temor al cambio participativo, pacífico y popular que sería un proceso hacia una Constituyente.
Sufrimos una angustiosa crisis constitucional, una crisis estructural. Hay quienes no la ven, pero ha quedado evidenciada una vez más, en el reciente torneo electoral. Valga recordar y reiterar lo que nos enseña el historiador Alfredo Castillero Calvo: "se nos oculta sobre todo porque no sabemos reconocer lo obvio, identificar lo que muchas veces salta a la vista y que por estar demasiado cerca de los ojos no podemos ver. Son esas cosas que por demasiado sabidas ignoramos y que por ignorarse acabamos olvidando". |