SIN CONTROL DE CALIDAD
Berna Calvit
Hay dos maneras de hacer las cosas: bien o mal. Entre una y otra, nos hemos inventado una tercera clasificación para hacer más llevadera la vida: el “más o menos”, que al decirlo, generalmente acompañamos con un movimiento de manos muy particular, palma ladeada que se inclina hacia un lado y hacia el otro. Con ese “más o menos” nos damos por bien servidos cuando algo no anda bien del todo; al recibir servicios o productos mediocres; cuando en vez de calificar con merecido “mal” o “muy mal”, callamos por cortesía, o cobardía. Porque es más cómodo conformarse, que exigir. No sé a usted, pero a mí me causa grata sorpresa, y me alegra el día, que alguien conteste “bien” o “muy bien”, que es lo menos usual en los tiempos que corren.
Este es el último escrito mío que aparecerá antes del 3 de mayo, día para elegir nuevos gobernantes. Pensando en esa responsabilidad me preguntaba cómo clasificar la oferta electoral de la que puedo escoger a quienes serán mis representantes en el nuevo gobierno. ¿Buena, mala, muy mala, más o menos? ¿Qué pasó con el control de calidad para escoger candidatos? Llevo semanas cavilando sobre la resignación y la indiferencia que mostramos ante aspirantes a cargos de elección que, por la salud del país, deberían haberse mantenido alejados de cargos que requieren inteligencia, honestidad, educación, capacidad, ¡conocimientos básicos de urbanidad! Los partidos políticos, mal necesario en el sistema democrático se apoderaron, hace mucho, de nuestro destino; gracias a las leyes electorales tienen la sartén por el mango, lo que les permite escoger candidatos que sirvan al partido, no al pueblo. Razón, entre otras, para rechazar con tanto denuedo las candidaturas libres.
Los requisitos básicos para cargos de elección permiten que algunos cabeza de chorlito, vagos y pillos (con feos y conocidos antecedentes), se crean con derecho a gobernarnos. Y a estar, inmerecidamente, por encima del resto de los ciudadanos. Gracias a la falta de control de calidad, en esta indigesta campaña electoral se observa abundancia de esos especímenes. ¿Triste realidad que hay que aceptar? No veo porqué. Si los electores tuviéramos el buen tino de rechazarlos, otro gallo cantaría. Pero no medimos la importancia, por ejemplo, de elegir buenos diputados y nos centramos, principalmente, en la figura presidencial. Como resultado, en vez de ser aconsejable contrapeso del Ejecutivo, los diputados le sirven de bienmandados, yes man complacientes, sobre todo, para no quedarse sin los privilegios y los “regalos extra”.
En 2009, en 16 sesiones solo tres veces se logró el quórum en la Asamblea Legislativa (La Prensa). Las ausencias de los diputados, en cinco años, costaron al erario público $15.9 millones. El 66% de los diputados actuales aspira a la reelección. ¡Pues claro! Si les pagan aunque no cumplan con el trabajo, ¿dónde van a conseguir una chamba mejor? Pero que un partido nomine a un diputado que no asiste a la Asamblea a cumplir con su trabajo de legislar, y cuyas 542 ausencias (paveadas) nos han costado 534 mil dólares, que es el caso de un aspirante a la reelección en Cambio Democrático, es repudiable. Sin reparar en su historial, más propio de bodeguero de barrio, que de diputado con la importante responsabilidad de crear y aprobar leyes, lo que interesa es cuántos votos arrastra. El diputado Gálvez es solo un ejemplo; otros diputados son sordos, mudos y algunos, podría jurar, casi catatónicos; y muchos, afectados por “el mal de ausencia”. En este respecto, los votantes no somos inocentes; los elegimos y hasta reelegimos, sabiendo, que antes que usted y que yo, en primer lugar está el partido, y en segundo lugar, los intereses personales. ¿O es al revés? No importa. El orden de los factores no altera el producto.
Ya no hay marcha atrás con candidaturas que no resisten un análisis de calidad. Votar el 3 de mayo ofrece la oportunidad de deshacernos de los indeseables; de decirle a los partidos que su candidato mediocre, categoría “más o menos” o malo del todo, no satisface; que algunos hasta asustan. Hay quienes dicen que a este pueblo ya no se le puede engañar ni comprar. Lamento disentir. Cuando la realidad es cotidianamente amarga, nos dejamos engañar por la ilusión de mejores días para no caer en el oscuro agujero de la desesperanza. Y de esa ilusión se aprovechan, sin sentir los mordiscos de la mala conciencia, los mercaderes de la política. Usted y yo podríamos impedir un nuevo engaño. Escojamos bien.
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