Panamá, Año VII, No. 191
20 de julio al 3 de agosto de 2008

SUMARIO

Nacional
Editorial
    Clientelismo, demagogia, hambre y desesperación
  Juan Ramón Herrera
    Hacia una huelga nacional con unidad
  Paco Gómez Nadal
    El que mata va a la cárcel
  Unidad de Lucha Integral del Pueblo (ULIP)
    Declaración
  Ernesto Endara
    El petróleo paga
  José María Chiari
    ¿Por qué no pertenecemos a Petrocaribe?
  Betty Brannan Jaén
    Fantasmas militaristas
  Rolando Villalaz G.
    Plan Mérida y poderes de Torrijos
  Marco A. Gandásegui h.
    Enriquecimiento enloquecido de una pequeña oligarquía
  Berna Calvit
    Lo dijo Honorato de Balzac
  Julio Yao
    La lista negra de Petaquilla
  Ignacio Iriberri
    El mono, aunque se disfrace, mono queda
Internacional
  Carlos Mendo
    El viraje de Obama
  Immanuel Wallerstein
    ¿Ha funcionado "la oleada" de tropas en Irak?
  Eduardo Tamayo G.
    Constituyente ecuatoriana
  Guillermo Almeyra
    Argentina, ahora
  Octavio Rodríguez Araujo
    Delincuencia y mano dura
  Diego Iturriza
    Daniel Ortega condecora a Margot Honecker
Pensamiento Critico
  José Luis Fiori
    La IV Flota y América Latina
  Esther Vivas
    Frente a la crísis alimentaria
  Michel Chossudovsky
    La crisis global: alimento, agua y combustible

Boletín BUSCANDO CAMINO



PACO GÓMEZ NADAL*

EL QUE MATA VA A LA CÁRCEL

La Prensa

Cada vez es más peligroso circular o caminar por las calles de Panamá. Y no porque haya asesinos, ladrones y violadores en cada esquina, tal y como publicitan los propagadores del terror (esa arma casi perfecta para controlar seres humanos), sino porque la calle está repleta de mensajes que atentan contra la inteligencia y el simple buen gusto.

Hay que decir que uno ya va teniendo cierto entrenamiento y que, cuando siente que la pupila vuelve a acomodarse pidiendo paisajes no perturbadores, solo debe transitar la carretera que une Colón a Panamá y deleitarse con las vallas publicitarias. De este modo se logran dos objetivos fundamentales para la estabilidad mental: se educa el ojo para sobrevivir en este paraíso de la foto mala y el eslogan peor, y se comprende en toda su dimensión el término contaminación visual.

Ni con estos intensos ejercicios de adaptación pude evitar hace unos días frenar el carro, dar marcha atrás y confirmar que lo que mi ojo había registrado a 50 kilómetros por hora se mantenía y definía en la corta y estática distancia: “El que mata va a la cárcel”. Ante una sentencia tan innovadora, sorprendente y provocadora tuve que constatar si era una publicidad de La Cáscara o de un candidato despistado. Bueno, finalmente Juan Carlos Navarro no perdió un votante potencial porque no puedo votar en el país. Tampoco creo que le quite el sueño mi opinión.

Sin embargo, quiero invitarlo a él y a los ideólogos de su campaña que reflexionen un poco sobre las propuestas que hacen a la ciudadanía.

Lo extraño, estimado alcalde-candidato, es que si matas no vayas a la cárcel. Cómo puede siquiera osar a plantearnos la ley como una propuesta electoral. Imagine otros eslóganes tan inteligentes como el anterior: “Si bebes mucho alcohol, te emborrachas”; “si hay guerra, mueren personas”; “si pruebas el agua de mar, estará salada”. Estas estupideces son del tenor de la de “El que mata va a la cárcel”.

Es tan increíble el descrédito del sistema político en Latinoamérica que cuando los servidores públicos –¡servidores!– cumplen con la ley o con sus funciones básicas, hay que agradecérselo. De tanto repetir estos mensajes –que en realidad no son nada casuales–, las ciudadanas y ciudadanos se comportan como pedigüeños que reciben al alcalde o al Presidente entre vítores y banderitas para agradecer el acueducto o la vía reparada, cuando, en realidad, los gobernantes no han hecho sino cumplir su trabajo. Es tan extraño que lo hagan, que cuando sucede lo aprovechan para “bañarse” de pueblo y seguir perpetuando la infamia de unos funcionarios del Estado que no tienen el convencimiento de lo público.

Pero no ocurre diferente en el mundo de la empresa privada. Otro eslogan que me golpeó el rostro mientras recorría la ciudad, es el de “Ayúdanos a ayudar”, en el que una compañía de distribución de combustibles –sí, esas que están especulando y jugando con precios y beneficios– tiene el descaro de pedir a sus clientes-víctimas que encima le financien su campaña de Responsabilidad Social Corporativa.

Deberíamos organizarnos para responder a todas estas vallas con contramallas publicitarias en las que respondiéramos estos mensajes tan inverosímiles. Por ejemplo, al alcalde le podríamos poner contramallas que digan “los cargos públicos que no cumplan su palabra van a la cárcel”. O a la Shell le podemos encasquetar un: “¿Por qué no nos ayudas con un precio justo?”.

Lo cierto es que en los concilios de la publicidad se cuece buena parte de la manipulación de los cerebros y el resultado es una sociedad adocenada que ni sabe ni entiende –perpleja ella y con los ojos cerrados– en qué momento le tomaron el pelo.

Lo bueno es que a la mayoría le gusta este juego de frases mentirosas y tranquilizadoras. Excepto al que mata, que irá a la cárcel... Así quizá los que están en la cárcel sin sentencia puedan salir. No hay mal que por bien no venga.

[C., alimentado desde el sur del sur, se toma más espacio del habitual para reproducir la reflexión de un personaje bello y triste parido por Martín Caparrós. Saudade de los tiempos en los que sí se creía que había cambios posibles, mirada atrás desde el fracaso del tiempo: “Era maravilloso: todo lo que hacíamos era importante, decisivo. Era increíble creer que el mundo tenía sentido. Que iba en una dirección y que en esa dirección –fantástica, gloriosa– lo acompañábamos con nuestra decisión, con nuestro sacrificio. Porque iba en esa dirección, multitud de pequeñas cosas, de pequeños actos, de pequeñas ideas –todas esas pequeñas cosas, ideas, actos– eran piedras que construían el camino: tenían un sentido. Era tan ¿tranquilizador? ¿exultante? ¿agradable? vivir en un mundo con sentido…”. C. Se concentra en buscar sentido, informará si logra algún avance.]

*El autor es periodista.