Panamá, Año VII, No. 185
8 al 14 de Junio de 2008

SUMARIO

Nacional
Editorial
    Panamá: una nación concesionada
  Rafael Spalding
    El partido primero
  Ángela I. Figueroa Sorrentini
    Se acabó el periodo de gracia
  Miguel Antonio Bernal
    De corte a quinta
  Marco A. Gandásegui h.
    Tres proyectos de dudosa transparencia
  Juan Pérez Archibold
    La vena eléctrica por Kuna Yala y Centroamérica
  AEVE
    Boletín de Noticias
  Ana Teresa Benjamín y Urania Cecilia Molina
    Inflación, golpe para los más débiles
  Leopoldo Santamaría
    ¿Sistema único?
  Angel F. Achurra
    Estamos a tiempo de salvar a la CSS
  Manuel Domínguez
    El próximo presidente
  Pedro Pineda González
    ¡Hagan sus apuestas, señores!
Internacional
  Pilar Lozano
    La 'parapolítica' ensucia Colombia
  Rosa Rojas
    Abstencionismo marca consultas en Beni y Pando
  Asa Cristina Laurell
    México: hacia la crisis de la reforma de salud
  Marcos Roitman R.
    La muerte del general de la concertación chilena
  Robert Fisk
    ¿Al qaeda derrotada? Díganselo a los manines?
Pensamiento Critico
  Saul Landau ... Samuel Farber
    Presente y futuro de Cuba-Debate
  Eduardo Lucita
    La crisis económica mundial y América Latina
  Ester Vivas
    El tsunami del hambre

Boletín BUSCANDO CAMINO



PEDRO PINEDA GONZÁLEZ*

¡HAGAN SUS APUESTAS, SEÑORES!

La Prensa

La privatización de empresas estatales como principal objetivo del gobierno de Ernesto Pérez Balladares, lejos de traer el desarrollo y mejoría de los servicios públicos provocó un acelerado desmejoramiento de la capacidad adquisitiva de los panameños al quintuplicarse el costo de la luz, teléfono y servicios conexos. Además privó al país de utilidades que de una manera u otra revertían en inversiones sociales para bombearlas como excedentes económicos a Madrid, Londres o Beijing.

Como una cadena de males que comienza con el empobrecimiento de los sectores medios y populares, otros males menos evidentes pero tal vez más perniciosos se han extendido en nuestra sociedad como secuela de ese afán desmedido por vender el país y su futuro. La reforma del artículo constitucional que limitaba la explotación de los juegos de azar al Estado, condujo irremediablemente a la privatización de los casinos y abrió las válvulas para que esta peligrosa actividad se extendiera como un cáncer en todos los confines del país.

Con el falso discurso de brindar recreación y obtener beneficios de la actividad turística y limitada a hoteles y sitios afines, se inició un proceso de expansión de estas empresas sin limitación alguna. De la noche a la mañana, como arácnidos voraces, salieron de los hoteles y se dispersaron por comunidades que los turistas solo ven en refrigerados recorridos. Comunidades como Arraiján, Chame, Río Abajo, Bethania, Calidonia, El Chorrillo, San Miguelito, Juan Díaz, y ciudades como La Chorrera, Las Tablas, Chitré, David, Santiago, Changuinola, solo para mencionar algunos sitios, fueron iluminados de la noche a la mañana con el neón del black jack.

No se trató únicamente de la explotación turística, sino de sacar del bolsillo de los jubilados (as), de los ancianos (as) vendedores de billetes, de los escolares y amas de casa, de taxistas y obreros las pocas monedas del sustento diario para enriquecer desconocidos magnates en Atlantic City, Las Vegas o Moscú. Es, sobre todo, un gigantesco y continuado esfuerzo por sumar la ludopatía a la serie de enfermedades morales que corroen la sociedad panameña y la conducen a su disolución. Según cifras de la Junta de Control de Juegos en 2006 se concedieron 56 licencias sobre las existentes, en que los casinos pasaron de 6 a 13, las salas de máquinas tragamonedas de 12 a 26 y las sitios de apuestas deportivas de 6 a 11. En el país hay un estimado de 170 mesas de juego y 5 mil máquinas tragamonedas, lo que nos coloca a una máquina por cada 600 habitantes solo superados por Macao, Estados Unidos y Canadá. Para el año 2007 quedaron nueve solicitudes de casinos pendientes, de las cuales seis están todavía en proceso.

Con una población de tres millones de habitantes, los juegos de azar nos colocan en un sitio privilegiado en las estadísticas mundiales en las que ya somos pioneros. Por el tamaño y población de la ciudad nos ubicamos en el décimo lugar con la mayor concentración de casinos en el mundo. Según estimado de la Contraloría General, para el año 2007 el monto de las apuestas alcanzó 747.6 millones de dólares (63 millones mensuales) y alcanzó un crecimiento mensual de 15.9%, lo que nos concede el primer lugar en apuestas en América Latina con relación a la población. Según Lucas Alemán, gerente de Fiesta Casino, el 80% de los apostadores son panameños y asiáticos residentes en el país, lo que desestima las cifras de 3 mil 500 ludópatas dadas por la Junta de Control de Juegos, pues una confrontación con el estimado de la OMS de 1% o 1.5% de la población mundial nos daría 30 mil o 35 mil enfermos, cifra nada despreciable para un pequeño país con un 21% de niños desnutridos.

No importa la posición ética de los miembros de la Junta de Control de Juegos con relación a la concesión hecha al Sr. Sudi Ozkan –pues así como existe el objetivismo ético que sitúa la moral como norma universal e inalterable, también existe el relativismo y lo que puede ser turbio en otro lado aquí puede ser transparente y moralmente bueno– tampoco interesa la polémica de la Asociación de Administradores de Juegos de Azar y su lucha contra nuevas competencias. Lo que debe importarnos es la salud mental de nuestros conciudadanos, el compromiso moral de formar generaciones sin adicciones o vicios que comprometan su crecimiento como hombres y mujeres libres. De nada sirven esos lugares en los indicadores estadísticos, como tampoco las cuantiosas cifras generadas que van a fin de cuentas a parar a manos de carteles internacionales, si lo que se caldea en nuestro patio y gravita alrededor de los juegos de azar son otros males como el alcoholismo, la prostitución, el lavado de dinero, las drogas, la violencia y la miseria.

A los artífices de la creación del Macao de Occidente en nuestro país, y cuyo principal referente son los más de 6 mil 500 millones de dólares anuales que generan sus casinos, pero que dejan a un lado los daños colaterales de la actividad en esa ex colonia portuguesa, nos permitimos recordarle que esa pequeña ciudad está abrumada por la prostitución e índices de violencia, a pesar de los esfuerzos de las autoridades chinas, es el principal centro de distribución de drogas en Oriente y posee, dentro de una población que apenas alcanza los 450 mil habitantes, un 80% de personas adictas patológicamente al juego. Cuánto más nos costará el desarrollo, no lo sabemos. Por el momento podemos seguir apostando cuánto o hasta cuándo resistirá la sociedad panameña, así que ¡hagan sus apuestas señores!

*El autor es profesor de filosofía de la Universidad de Panamá.