PACO GÓMEZ NADAL
EL PAÍS TEFLÓN
En latitudes más sureñas, donde quieren eliminar el istmo de su escudo nacional, dicen los pocos críticos públicos que tienen un presidente "teflón". Pase lo que pase, a él no se le adhiere nada, nada le afecta, y más bien, mejora en las encuestas de popularidad con cada escándalo que ronda el Palacio de Nariño.
Pero en Panamá hemos mejorado la técnica de recubrimiento, porque parece que el país completo fuera de teflón. Lo atribuyo, en un probablemente errado análisis de cafetería, al tamaño del país. Yo que nací y me crié en pueblo pequeño –ya se sabe: infierno grande– sé lo que es el tejido complejo de complicidades en comunidades donde muchos se conocen, donde más comparten apellido y en las mesas de la noche es fácil toparse con amigos y enemigos en la misma proporción.
En sociedades así, hay una especie de código de cobertura, por el que nadie ataca demasiado porque en igual medida puede ser atacado, donde la doble moral anida y crece incubada por el peligro de la exclusión del círculo social.
Atribuyo a esta circunstancia el hecho de que nada de lo que se revela, ninguno de los escándalos, de los tumbes económicos, de las quiebras, de las historias de la dictadura, de los blanqueos de plata, de los escándalos inmobiliarios… nada tiene consecuencias. Los supuestos delincuentes de guante blanco pasean por la calle tranquilos, a bordo de lujosos carros y asisten a los cocteles sin el menor pudor.
Por eso, la entrada en vigencia del nuevo Código Penal es una broma para ellos y una mala noticia para los que no tienen la suerte de pertenecer a las clases ¿nobles?
Una prueba de ello es que se penalice a las botellas de las oficinas públicas, pero no a los embotelladores. Es decir, la paga el que duerme un salario de 250 dólares, pero no el politiquero que lo colocó para mantener la cuota de adherencias.
Nada nuevo bajo el sol. Llevo cuatro años viviendo en Panamá, y en estos cuatro años los mismos casos judiciales salen de vez en cuando a la palestra solo para avisar que nada ha cambiado. Y muchos de ellos llevan en el mismo estado ocho o 10 años.
Quizá algún día haya que enfrentar esto de una vez por todas. El sistema judicial panameño ha recibido muchos millones de dólares en cooperación internacional para su modernización, para luchar contra la triste impunidad que oxida las ya maltrechas tuberías de la justicia.
Mientras nos centramos en la loca Asamblea Nacional que nos asiste, nos despistamos con el errático Ejecutivo del control energético o miramos con estupor cómo el país se llena de mafiosos elegantes, el problema de fondo sigue siendo el sistema de justicia, porque es el único control independiente con el que cuenta una sociedad para poner límites a los atropellos.
Panamá dice estar entrando en el primer mundo. Así parece indicarlo el Índice de Desarrollo Humano, así lo asegura nuestro excelso presidente, así lo juran los empresarios que se están llenando los bolsillos vendiendo el país a trocitos (algo cuyo efecto notaremos en un par de décadas). Pero el primer mundo, de existir, es aquel en el que el ciudadano sabe que incumplir la ley tiene consecuencias y en que da tranquilidad pensar que cuando abusan de nosotros o de nuestros vecinos o de nuestros recursos, puede que el culpable la pague.
Aquí no. Prófugos internacionales se permiten el lujo de poner condiciones para entregarse a la justicia, las prisiones están atestadas de inocentes (o al menos nadie ha demostrado que sean culpables) que sufren un régimen de campo de concentración, la Policía Nacional tiene tanta confianza de la población como la puede tener un vendedor ambulante y, cuando escuchamos investigación judicial, es casi como ir al casino y apostar todo al azar.
¿Quién le va a meter el diente a esta situación? Si este gobierno ya ha anunciado que la Educación será asunto del siguiente y que lo de la Salud les queda grande… ni hablar de la Justicia. Aunque no es tema del Ejecutivo, sino de todo el país, alguien tiene que liderar el debate.
Lo que se trató en el Pacto de Estado por la Justicia –¿alguien se acuerda?– y que se asumió como bueno en la Concertación Nacional, es papel mojado si no hay un compromiso real de cambio, internamente en el sistema judicial y al exterior en una sociedad mucho más exigente.
Me temo que, en todo caso, el problema es que a algunos les sigue conviniendo que la Justicia sea ciega, torpe y sorda. Quizás, si no fuese así, este país no fuera tan rentable.
[C. no ceja en el empeño de entender por qué funcionamos como lo hacemos y echa mano de Humberto Maturana: "Los seres humanos no somos seres racionales. Somos animales emocionales, lenguajeantes, que usamos las coherencias operacionales del lenguaje, a través de la constitución de sistemas racionales, para explicar y justificar nuestras acciones mientras en el proceso, y sin darnos cuenta de él, nos negamos el fundamento emocional de todos los dominios racionales que traemos a mano"].
El autor es periodista
La Prensa
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