MARIO AIXEL RODRÍGUEZ STANZIOLA
CUANDO LA CAJA DE SEGURO SOCIAL TENÍA LO NECESARIO
La Prensa
Durante el reciente paro médico, los colegas nos reuníamos mientras esperábamos efectuar nuestros correspondientes turnos en el dispensario. En esos momentos aprovechábamos para conversar, contar anécdotas y hacer reflexiones sobre el momento que estábamos viviendo. Un tema recurrente era cómo nuestra institución iba perdiendo, poco a poco, muchas de las características que extrañábamos y cómo era visible y palpable su desmantelamiento paulatino y progresivo.
Casi siempre estas reflexiones comenzaban recordando cuando el Seguro tenía una auxiliar o asistente de clínica para apoyar a cada médico. Lo habitual era designar una auxiliar o asistente durante un año con cada médico y, posteriormente, rotarla. Durante ese año de trabajar juntos, auxiliar o asistente y médico establecían una relación laboral que permitía un desempeño eficiente, oportuno y eficaz. Nuestro personal de apoyo conocía todas nuestras peculiaridades, nosotros igual las de ellas y esto se extendía a nuestros pacientes. Era una relación familiar prolongada hasta nuestros pacientes. Ahora hay que "compartir" y "fusionarse" con una asistente de clínica con varios colegas. Esto significa un desgaste intenso tanto de la asistente como del médico.
Ahora la asistente tiene que correr de un lado para el otro, arreglar expedientes, llenar solicitudes de laboratorio, referencias, radiografías, llamar a los pacientes, etc. El médico, además, no puede hacer muchos de los exámenes clínicos, cuando no está la asistente de clínica, porque le está prohibido hacer exámenes sin la presencia de la asistente. De forma que hacer un examen ginecológico, un examen de mamas o un procedimiento clínico se atrasa o, en el peor de los casos, se omite muchas veces.
Hay colegas que transitan por un vía crucis peor: hasta cuatro tienen que "compartir" la asistente. En muchos casos la asistente se coloca en el pasillo para trabajar todos los expedientes, solicitudes de laboratorio, radiografías, referencias, etc.
Además, si a esto se le suma el número excesivo de pacientes atendidos por hora y la presión de saber que hay un colega esperando que terminemos de trabajar para hacer lo propio, la jornada laboral se torna agotadora, deshumanizante y frustrante.
Recordábamos los tiempos en que en cada consultorio médico había la cantidad de espéculos ginecológicos necesarios para los exámenes. No teníamos que solicitarlos con anticipación, ni programar los paps, pelear el KY (que aparentemente ya no existe), las plaquitas de vidrio para el pap y esperar a que la asistente concluya su labor con el otro colega para acompañarnos a hacer el examen ginecológico.
También recordamos los tiempos en que cada consultorio médico tenía varios juegos de cirugía menor y electro cauterio para procedimientos dermatológicos. Ahora una cirugía menor tiene que ser programada o referida a otro colega, hasta para la simple cauterización de una verruga hay que referir al paciente con un dermatólogo.
Ahora, frecuentemente no contamos con estetoscopios, esfingomanómetros, oto oftalmoscopios, ni pesas calibradas. En muchos casos, nosotros tenemos que comprar el equipo para atender adecuadamente a nuestros pacientes. Soñamos con aparatos de presión que no usen mercurio y con adecuados equipos de diagnóstico que, en muchos casos, hasta los especialistas carecen.
Por otra parte, es frecuente que tengamos que destinar parte de nuestro tiempo a limpiar el escritorio, porque el personal de aseo es escaso y está sometido a trabajos extenuantes. Frecuentemente no contamos con aire acondicionado, ni con las hojas para las cuadrículas que legalmente tienen que tener ciertas características como: la codificación, la papelería y las hojas de carbón para todas las copias de algún tramite que hay que llenar, que algún burócrata médico decidió inventar.
Recordamos los buenos tiempos en que podíamos recetar todos los medicamentos con la seguridad de que al paciente se les suministraría. Esto incluía los de patentes o los genéricos, con la certeza de recetar medicamentos conocidos y no el dilema de no saber qué se le suministrará al paciente.
Ahora, de forma regular, los elevadores están dañados, lo que dificulta el acceso a las instalaciones. Por todo esto, hay que continuar luchando por humanizar todas estas condiciones de trabajo que influyen en la calidad de la atención del paciente.
El autor es médico general.
Panamá, 26 de enero de 2008 |